El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 12

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La sincera amistad que le profesamos en vida, y el pesar y respeto que nos causó su muerte trágica y prematura, harán quizá que no seamos enteramente imparciales al consagrarle unas líneas en esta publicación donde hemos consignado el funesto fin de hombres célebres y distinguidos en las edades de nuestra historia. No es una biografía la que vamos á escribir, sino el recuerdo familiar de algunos de los rasgos más marcados de un personaje que, de todas maneras, tendrá que figurar en nuestra historia contemporánea.

II

Puebla pasa por uno de los Estados donde ha penetrado con más trabajo la civilización.--No tengo esa creencia, y me parece simplemente que el apego religioso á sus antiguas costumbres y creencias, da motivo á una crítica que tiene mucho de injusta y de apasionada. Los hombres distinguidos que ha producido, bastarían para destruir en parte esta preocupación. Comonfort era originario de un pueblo del Sur de ese Estado. Sus primeros años fueron, como es común, dedicados a la escuela y al colegio, donde fué condiscípulo de D. Antonio de Haro y Tamariz, que murió el año pasado en Roma con el hábito de jesuita.

Nada se encuentra en los años de la juventud de Comonfort que revelara el alto destino que debía ocupar en la República, y la marcada influencia que debía ejercer en los negocios públicos. Los empleos que desempeñó en los primeros momentos de su carrera política, fueron subalternos y de la esfera política. Después vivió algunos años reducido al círculo privado, y dedicado al cultivo de una propiedad que tenía en el campo, situada entre México y Puebla, y la cual enajenó en los últimos días de su gobierno.

III

Hubo una época en que una tertulia de hombres eminentes y distinguidos gobernó á México. Esta era la tertulia que se reunía en la casa de D. Mariano Otero.

Otero era redactor en jefe del _Siglo XIX_, senador, después ministro. Yáñez era diputado, después fué ministro. Lafragua, diputado varias veces, después también ministro. No había persona de las que concurrían habitualmente, que no ejerciese un importante cargo público y un influjo más ó menos eficaz en los asuntos del gobierno. El alma de toda esta reunión era D. Manuel Gómez Pedraza, que jamás en su delicadeza y respeto por los demás, pretendió constituirse en director ó jefe; pero que se complacía en los últimos años, de ejercer su influjo y de tener íntima amistad con personas cuyos talentos él más que nadie sabía estimar. A esta reunión de liberales moderados pertenecía Comonfort, y fué verdaderamente la época en que se colocó en una esfera de acción y comenzó á tomar más ó menos parte en la política.

Antes había ya dado una prueba de patriotismo y de valor personal. Había sido militar, como muchos mexicanos, de milicias nacionales; pero no era su profesión: sin embargo, cuando las fuerzas americanas llegaron al Valle de México, y el general Santa-Anna se puso al frente del nuevo ejército que formó, Comonfort ofreció sus servicios y desempeñó el cargo de ayudante en toda la campaña del Valle, atravesando por entre las balas y la metralla, y dando pruebas de una serenidad y una calma, en medio del peligro, que le captó las simpatías de los antiguos oficiales que servían en los cuerpos de las tropas de línea. Concluída la campaña, volvió Comonfort á su vida quieta y á sus ocupaciones privadas.

En la tertulia de Otero, Comonfort era verdaderamente querido de todos. De un carácter extremadamente complaciente y suave, de unas maneras insinuantes, de unos modales propios de una dama, como decía Pedraza, no había persona que le tratase, aunque fuese un cuarto de hora, que no quedase prendado de su amabilidad. Así sucedió constantemente durante su gobierno, y más de un enemigo que hubiese querido aniquilarle, se reconcilió con solo una media hora de conversación. Decían que Maximiliano era en su trato verdaderamente seductor. Yo no he conocido otro hombre más agradable, por sus maneras, que Comonfort. La finura y cortesía del gentilhombre francés de los buenos tiempos, estaba personificada en él.

IV

Comonfort se hallaba en 1854 de Administrador de la Aduana de Acapulco. Santa-Anna, que gobernaba entonces, le destituyó. He aquí el principio pequeño de una gran revolución social que se llamó de la _Reforma_, y que se ha enlazado posteriormente con sucesos tan importantes como fueron los de la intervención, y hoy mismo la próxima destrucción de la dinastía de los Bonaparte.

Comonfort fué el verdadero promovedor y autor del Plan que proclamaron en Ayutla los generales Alvarez, Moreno y Villareal, que se reformó en Acapulco, el 11 de Marzo de 1854. Sosteniéndolo con las armas en la mano, se hizo notable Comonfort, no sólo como hombre de valor, sino como caudillo dotado de una gran constancia y de cierta capacidad militar. Fué realmente una aparición repentina en la escena de nuestro gran drama revolucionario, que recordaba aquellas figuras que se levantaban repentinamente de cualquiera parte, en los últimos años de la dominación española.

Santa-Anna, que por política ó por carácter había sido el amigo de todos los partidos y el favorecedor de todos los partidarios, en la última vez que gobernó el país fué perseguidor, vanidoso, vengativo, hasta cruel. Esta tiranía y el aparato monárquico con que revistió su gobierno, chocó generalmente á los mexicanos; así, que en los últimos días del año de 1853, tenía ya la opinión pública enteramente contraria, y su administración sin recursos pecuniarios no contaba con más apoyo que el de la fuerza armada. La revolución de Ayutla era la chispa, pero el reguero de pólvora estaba ya tendido de uno á otro extremo del país. Los gobiernos personales han sido frecuentes en la República: como el gobierno personal ya cansaba al carácter movible de los mexicanos, un plan que prometiese una organización constitucional debía tener eco en toda la República; como en efecto lo tuvo el de Ayutla.

Santa-Anna despreció al principio este movimiento; pero pocos días bastaron para persuadirle que si no le sofocaba, prontamente podría acabar con su gobierno. Como todo gobierno que está para caer, multiplicó sus actos de opresión, y no confiando desde luego en ninguno de sus generales, ó creyendo conquistar fácilmente una gloria militar, se puso á la cabeza de una división de cinco mil hombres y marchó al Sur.

Venciendo las dificultades de un país desprovisto de recursos, y los ataques poco importantes de algunas guerrillas, Santa-Anna llegó frente al puerto de Acapulco el 19 de Abril de 1854.

La gloria de Santa-Anna se apagó para siempre en esta jornada, y Comonfort comenzó á ser el hombre de la revolución y el personaje distinguido de la época. Se encerró con un puñado de hombres en el castillo de San Diego, y de allí no le sacaron ni los cañonazos ni el oro. Santa-Anna llevaba y ofrecía pólvora y oro, y la influencia y dinero de D. Manuel Escandón, no fueron del todo extraños en esta expedición.

Santa-Anna, que temió acabarse de estrellar y perecer con todo su ejército en las ásperas montañas del Sur, levantó el sitio de Acapulco y regresó á la Capital, teniendo que forzar varios pasos y que perder en cada uno un pedazo de su prestigio y algunos de sus soldados.

El dinero que recibió Santa-Anna por el tratado de la Mesilla, prolongó por unos días más su existencia; pero la revolución creció en el Sur y se propagó por Michoacán y Tamaulipas.

Entretanto, Comonfort salió de Acapulco para San Francisco de Californias, donde no pudo conseguir ningunos recursos. De San Francisco pasó á Nueva-York, y allí encontró á D. Gregorio Ajuria. Era hombre especulador y audaz, y jugó un verdadero albur. Prestó á Comonfort sesenta mil pesos, parte en dinero y parte en armas, estipulando que recibiría doscientos cincuenta mil pesos si la revolución triunfaba. La revolución triunfó, y Ajuria fué pagado, y más adelante arrendó, en compañía con otra persona, la Casa de Moneda de México.

El lance fué atrevido, y sea lo que se fuere, Comonfort regresó á Acapulco el 7 de Diciembre de 1854 con algunos recursos, y la revolución tomó un carácter más positivo y más serio. Comonfort pasó al Estado de Michoacán con el carácter de General en Jefe de las tropas de aquel Estado, y Santa-Anna, por su parte, salió también de la capital con un ejército á combatir á su enemigo; pero regresó el 8 de Junio de 1855, sin haber podido obtener sino triunfos efímeros, y dejando en peor estado el resto del país donde cundía el incendio de la revolución.

V

El 13 de Agosto de 1855 fué día de holgorio y de fiesta revolucionaria para el pueblo de la capital. Los bustos de mármol del Ministro D. Manuel Diez de Bonilla, los libros de pastas blancas italianas, el piano, los retratos del personaje, los muebles, todo volaba de los balcones á la calle, donde la plebe furiosa se arrojaba sobre los destrozos del menaje del que representaba la aristocracia pocos días antes y lo entregaba á las llamas. Por otras calles conducía una multitud frenética los coches de Santa-Anna, untados de brea y ardiendo como unos hornos ó fraguas ambulantes. El aspecto de la ciudad, llena de gentes de los barrios dispuestas á la venganza y próximas al furor y al desbordamiento, hicieron que los habitantes cerraran sus casas y tiendas, y que los hombres que habían hasta ese momento gobernado, se pusieran en salvo.

¿Qué cosa había ocasionado este movimiento?

Santa-Anna, cansado ya de luchar y persuadido de que no podía dominar la revolución, abandonó el gobierno, y á las tres de la mañana del 9 de Agosto salió para Veracruz, donde llegó pocos días después y se embarcó con dirección á la Habana.

Como los reyes, dejó en un pliego cerrado nombrados los gobernantes que debían de sucederle; pero la revolución avanzaba á grandes pasos al centro.

Comonfort continuaba sus hazañas militares, y se hacía á la vez temer y amar de los pueblos por donde pasaba.

Obraba ya con unas tropas medianamente regularizadas, y en un extenso Estado como el de Jalisco. Zapotlán era una plaza fuerte, guarnecida con fuerzas del Gobierno. Comonfort la atacó, asaltó personalmente una fortificación y llegó hasta la plaza, precediendo á mucha distancia á sus soldados. Este triunfo, puede decirse personal, le grangeó la admiración de todas esas poblaciones, y cuando se dirigió á Colima, la ciudad le abrió sus puertas, y en lugar de balas y pólvora hubo banquetes, bailes y regocijos.

En la capital se organizó una presidencia interina que ocupó el general Carrera; pero no siendo reconocido por la revolución, las fuerzas que desde entonces podían llamarse liberales, se avanzaron á la capital, y cosa de cincuenta mil hombres de línea que había dejado Santa-Anna, ó se disolvieron ó fueron tomando parte en el movimiento.

VI

El general Alvarez, patriarca centenario del inexpugnable Sur, fué también el jefe de una revolución. Vino á Cuernavaca, y allí una junta, como era de esperarse, lo eligió Presidente. Alvarez eligió á Comonfort para su Ministro de la Guerra, y con este carácter vino á la capital, después de derrocado Santa-Anna. La revolución era en el sentido liberal, pero no progresista. El partido moderado, teniendo por principio no hacer peligrosas innovaciones, era en ese sentido antagonista del partido rojo. Comonfort, representante de esa revolución y de ese partido moderado, fué elegido Presidente substituto el 12 de Diciembre de 1855, no sin haber tratado de impedirlo el partido liberal exaltado.

A los pocos días y cuando apenas acababa la revolución llamada de Ayutla, brotó otra nueva en Zacapoaxtla. Todas las tropas de que podía disponer el gobierno, le abandonaron; mientras que los pronunciados, á cuya cabeza estaba D. Antonio Haro, se posesionaron de Puebla con una gran fuerza, y amagaban la capital.

Fué necesario reclutar nuevas tropas, armarlas, vestirlas y enseñarles hasta los primeros rudimentos del arte militar; pero con la actividad y energía que desplegó la administración en esos momentos supremos, se vencieron todos los obstáculos, y en el mes de Marzo de 1856, Comonfort se hallaba frente de Puebla con cerca de 16 mil hombres.

Dotado Comonfort, como se dice vulgarmente, de un buen ojo militar y de un valor sereno é inalterable, arriesga una batalla en Ocotlán, contra los mejores jefes del ejército de línea, que mandaban las fuerzas contrarias, y triunfa completamente el 8 de Marzo; estrecha sus operaciones sobre Puebla, toma la plaza, y habiendo dominado la más formidable de todas las revoluciones que han estallado contra los gobiernos de México, regresa triunfante á la capital, donde es recibido con unas festividades y unos banquetes populares nunca vistos hasta entonces.

Aunque las fiestas que se hicieron se llamaron de la paz, la paz no duró sino unos cuantos días. En Puebla hubo otra sublevación y otro sitio, y en San Luis estalló otro pronunciamiento. De todos estos peligros salió Comonfort airoso, y logró vencer y tener en su poder á todos sus enemigos.

Las tendencias progresistas se hicieron sentir forzosamente en la administración, y la reforma tenía que comenzar. D. Miguel Lerdo de Tejada ocupó el Ministerio de Hacienda con ese designio, y la ley de 25 de Junio continuó la reforma civil que se había ya comenzado sin éxito, hacía algunos años, por D. Valentín Gómez Farías, el Dr. Mora y el Lic. D. Juan José Espinosa de los Monteros.

Comonfort, no sólo por opinión sino por carácter, era moderado. Enemigo de la violencia, lleno de bondad no sólo con sus amigos sino con sus enemigos, nada de lo que se le pedía negaba, y pasaba por falso cuando no le era posible contentar todas las aspiraciones ni llenar todas las exigencias de los que siempre solicitan favores del hombre que gobierna. Con un fondo tal de carácter, los choques que debía producir en su espíritu y en la ejecución material todo lo que era necesario hacer para llevar á cabo lo que el partido progresista exigía, eran demasiado fuertes y superiores á su organización. Valiente por naturaleza, ni el temor de ser asesinado, ni las balas, ni los cañones le amedrentaban; pero vacilaba ante las observaciones de los hombres notables del partido conservador, á quienes siempre trató con una grande consideración. Lo que labraba en su ánimo en el día el partido progresista, lo destruía en la noche el partido conservador, y venía á quedar en ese término moderado; quizá bueno en unas circunstancias normales y ordinarias, pero peligroso é inútil en las crisis políticas, que tienen forzosamente que sufrir á su vez y en determinado tiempo todas las naciones. Quería la reforma, pero gradual, filosófica, sin violencia y sin sangre. Esto era imposible; tanto más, cuanto que el clero, después de la ley de 25 de Junio, tenía ya que defender sus cuantiosos bienes materiales y su eterno principio de administración de esos bienes, sin ninguna ingerencia de la autoridad civil!

Así combatido, como la nave por las olas entre dos escollos, su vida era una verdadera tortura, y las medidas del gobierno parecían algunas veces enérgicas y decisivas, y otras débiles é ineficaces. El 5 de Febrero de 1857 se promulgó la Constitución.

La Constitución era una base que se trataba de hacer normal y permanente para el orden de la sociedad. La Reforma tenía que ir más adelante. ¿Cómo habían de conciliarse estas dos fuerzas morales que luchaban en el seno mismo del Congreso? La solución tenía que ser violenta y revolucionaria. Este fué el golpe de Estado, y sin él, la Reforma, tal cual se realizó, habría sido imposible, como habría sido también imposible, sin el golpe de Estado de Chihuahua, el completo y definitivo triunfo sobre la intervención europea. El tiempo, la experiencia, y los hechos hacen que los hombres sean más indulgentes, y poco á poco la justicia se hace lugar en la historia de las debilidades y de las pasiones de la humanidad. Hoy se puede presentar el ejemplo patente, vivo é innegable. Si pudiéramos colocarnos en la época de Diciembre de 1857, tendríamos la constitución republicana, pero no tendríamos la Reforma. Hoy existen unidas estas dos cosas, contradictorias entre sí, y el golpe de Estado hizo sobrevivir la Constitución y realizó la Reforma. Que por los medios lentos que el mismo Código señala se hubiera hecho todo lo que hizo el Gobierno de Veracruz, y estaríamos en las primeras letras de este abecedario, que las naciones de Europa no han aprendido sino á costa de los mayores y más terribles desastres. No hay más que recordar los tiempos de Enrique VIII, de Lutero y de la Convención francesa. Clero y aristocracia, moderados y progresistas, comparad, y todos quedaréis contentos de cuán poco ha costado entre nosotros lo que en este momento todavía tiene que comenzar la Francia republicana.

VII

Comonfort fué la víctima. Su carácter, su posición y los acontecimientos, de que él no era el dueño ni el regulador, le condujeron al destierro.

Salió tranquilamente de entre las bayonetas de sus enemigos, tomó el camino de Veracruz, y allí, la buena amistad del gobernador D. Manuel Gutiérrez Zamora proporcionó un asilo al proscrito. Embarcóse, y en breve se encontró en los Estados Unidos, en esa tierra única donde encuentran asilo y seguridad los desgraciados y los proscritos de todo el globo.

Todo el tiempo de la tenaz y larga guerra que se llamó de la Reforma, vivió Comonfort en el extranjero. Restaurada la República, Comonfort trató de volver á su país, de abrirse camino con nuevos servicios á la patria, y de borrar con la brava conducta el error personal que como Presidente había cometido, sin apercibirse acaso de que no había sido más que un medio, un instrumento necesario para el desarrollo de una revolución social. No es el ingeniero que comienza un camino de fierro, el que suele recorrer toda la linea concluída. Así, en la política, el que inició el movimiento progresista, no recogió más que los peligros, las amarguras y los desengaños, y otros fueron los que recogieron la fama, los honores y el poder.

El Sr. Juárez, siempre amigo de Comonfort, le abrió completamente las puertas de la patria, por donde ya el infortunado Don Santiago Vidaurri le había dejado entrar. Comonfort con su familia residió en Monterrey algún tiempo, inspirando celos y temores al partido exaltado, que veía en su residencia en la Frontera, una nueva revolución y un amago á la constitución restaurada. Nada de eso era: Comonfort no quería más que una rehabilitación, y la guerra extranjera le abrió el camino de la Capital.

Comonfort llegó con una corta fuerza compuesta de esos hombres del desierto, fuertes y atrevidos, acostumbrados á luchar en la frontera con los filibusteros y con los indios salvajes. A estas buenas tropas se agregaron otras, y se formó un corto ejército que se llamó del centro, y se colocó en la línea de México á Puebla.

Cerca de dos meses de un sitio riguroso puesto por las tropas francesas á la Plaza, de Puebla, habían necesariamente agotado los víveres y municiones. Se necesitaba á toda costa introducir un convoy, y esta operación imposible se encargó al General Comonfort, y en verdad, de los que la sugirieron los unos obraron por patriotismo y otros por venganza. La muerte ó la derrota eran inevitables. Comonfort no podía tener ni la más remota probabilidad de vencer á un número más que triple de las tropas regulares y bien armadas que mandaba el General Bazaine. Con efecto, el día 8 de Mayo de 1863, en poco más de dos horas, las columnas de zuavos y de feroces argelinos pusieron en desórden á nuestras tropas acabadas de reclutar y de organizar, y ni la muerte de Miguel López, ni la bravura de muchos de los jefes mexicanos, ni la intrepidez de Comonfort que se arrojó en lo más recio de la pelea y buscó desesperado la muerte, ni el sacrificio de muchos infelices soldados que fueron materialmente asesinados por los árabes, fueron bastantes para restablecer la acción que definitivamente fué ganada por el mismo Mariscal que hoy ha dado pruebas en Metz de no haber olvidado las lecciones de constancia, de tenacidad y de desesperada resistencia que aprendió en sus campañas de México. Comonfort había ya recibido un nuevo bautismo, y se presentó en la capital todavía con el polvo y la sangre de la batalla. Puebla, como consecuencia forzosa de la desgraciada batalla de San Lorenzo, fué ocupada por los franceses cuyo general era el memorable Forey, que permaneció todo el tiempo del sitio en el cerro de San Juan, y no se atrevió á entrar á Puebla sino cuando ya habían ocupado todas las calles y fortines las columnas de Bazaine. Forey, que merecía ser destituído y condenado lo menos por diez años á un castillo, recibió sin embargo el bastón de Mariscal.

Cuando los franceses emprendieron la marcha para la capital, se pensó en una nueva defensa; pero, en verdad, pocos elementos existían para esto, y al fin, sin un ejército auxiliar competente para medirse con el enemigo, la suerte hubiera sido igual á la de Puebla, donde la historia no podrá negar que hubo una resistencia, que sin exageración se puede llamar heróica. El Gobierno, pues, salió de la capital, y Comonfort comenzó la larga peregrinación que no había de terminar sino el Sr. Juárez. El 16 de Octubre de 1863 fué nombrado Comonfort general en jefe del ejército que se trataba de reorganizar para resistir sin descanso á la intervención. Este honor, dispensado no sólo por la amistad que profesaban los Sres. Juárez, Lerdo y Núñez á Comonfort, sino porque reconocían en él valor, abnegación y las cualidades militares con que le había dotado la naturaleza, fué el origen conocido y visible de su fin trágico, y de que por uno de esos designios de la Providencia, que escapan á la indagación de la inteligencia humana, muriese obscuramente á manos de unos bandidos, en vez de acabar gloriosamente delante del enemigo extranjero, empuñando la bandera de la Independencia y de la Libertad.

No pudiendo nosotros describir tan minuciosamente ni mejor, los últimos sucesos que acabaron con la existencia de este mexicano distinguido y valiente; copiamos lo que el General Rangel, que fué siempre su íntimo y fiel amigo, escribió con este motivo, haciéndole sólo una ligera variación.

* * * * *

El general Comonfort fué nombrado general en jefe del ejército, como por el 16 de Octubre, y el 26 marchó para Querétaro, con tan amplias facultades como las que tenía el Presidente de la República, excepto las que se cifraban en ciertas restricciones, impuestas por este mismo magistrado. Establecidas las bases para el plan de operaciones, y las de regimentación de todo el ejército con que se contaba entonces, para su movilidad conforme á dichas bases, faltaban únicamente los caudales necesarios, que se estaban reuniendo en San Luis bajo la influencia del C. Presidente Juárez y por las agencias de su ministro el C. H. Núñez.

El día 8 salió de Querétaro para San Luis el General Comonfort, en compañía del Sr. Cañedo, que acababa de llegar allí de Guanajuato; de un oficial del Ministerio, el Teniente Coronel Vergara; de su ayudante de campo, que estaba ese día de guardia, el Coronel Cerda, y de un empleado de la secretaría particular del Sr. Comonfort, el Comandante Velázquez. El día 9 llegó á San Luis, alojándose en la casa del Sr. Lerdo, y el día 10 recibió libranzas por valor de sesenta y tres mil pesos.

El día 11 salió por la diligencia para Querétaro, con todo el séquito que había traído, y además el C. Coronel Rul, ayudante del C. Presidente.

Poco antes de llegar á la Quemada, alcanzó á la diligencia un extraordinario, por medio del cual el C. Presidente mandaba decir al General Comonfort que se cuidara mucho, porque se decía que en el camino se hallaba una contraguerrilla que le quería salir al encuentro.