El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 11

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Le faltaba la última decepción para llenar la vida de un héroe. En cuanto á su muerte, el destino se ocuparía de realizarla.

Desde aquel momento su estrella se empañó en el cielo del oráculo, y comenzó á resbalar sobre la huella que termina en el desastre.

Solo, pobre y abandonado, sin más compañía que aquella espada que le había acompañado durante tantos años de vicisitudes, partió del campo de la ingratitud con la faz serena, pero con el corazón hecho pedazos.

Aquel hombre extraordinario tenía un consuelo: la religión; era como Morelos: se persignaba y decía oraciones momentos antes de la batalla.

Se le vió atravesar por los pueblos que respetaban el grande infortunio, viendo aquella figura histórica como el paso del alma de la revolución, que iba peregrinante por el suelo de los combates.

Unióse á la división Berriozábal que venía de triunfo del Puente de Calderón, y tomó hospedaje en la ciudad de Toluca.

La reacción no se dejaría arrebatar el poder sino hasta el último momento; así es que haciendo un esfuerzo supremo, organizó sus fuerzas y cayó sobre aquella división avanzada, dándole una sorpresa.

El general Degollado fué hecho prisionero y conducido como un trofeo entre los estandartes de la reacción.

El pueblo se agolpó á su tránsito, deseaba conocer á aquel hombre que había llenado las páginas de cuatro años con sus milagros y sus hazañas.

El ilustre prisionero aceptó por completo su destino; sabía que el genio de la vicisitud batía las alas sobre su existencia, y estaba resignado.

La victoria de Calpulálpan vino á decidir el triunfo completo de la idea reformista; sobre aquella arena quedó vencida para siempre la reacción. Un monumento sería en aquel lugar histórico el sarcófago de la sociedad antigua.

IV

El ejército de la reforma clavó sus estandartes vencedores en la capital de la República, el día 25 de Diciembre del año memorable de 1860.

Las puertas del calabozo que guardaban á Don Santos Degollado se abrieron, y aquel mártir de la fe republicana se refugió en un silencio heroico, sacando su barca del mar borrascoso de las agitaciones políticas.

Un golpe inesperado vino á herirle cuando yacía en el silencio de su hogar. Las hordas salvajes de la reacción, esos grupos de miserables asesinos, marea infecta en el lago obscuro de los motines, perpetraban el más cobarde de los asesinatos en la persona ilustre de Don Melchor Ocampo, en el hombre del pensamiento, en el salvador de la idea, en el cerebro de la revolución reformista.

Los restos ensangrentados del mártir de Tepeji, colgados á un árbol del camino, y agitándose al soplo del viento, eran desde el suplicio el pregón de la infamia de sus verdugos, el ejemplo palpitante, la enseñanza heroica á las generaciones del porvenir.

La sociedad entera se estremeció ante ese drama pavoroso. La hiena de Tacubaya, ese miserable, hecho del barro de Troppman, y animado por el soplo del crimen, era el autor de ese atentado, que rechaza con indignación la severidad humana.

El pueblo se agolpó á las galerías de la Cámara, buscando un eco bajo aquellas bóvedas, y se encontró con un espectáculo que no esperaba, y que se registra en la sesión del 4 de Junio de 1861.

En medio de la terrible fermentación de los ánimos, cuando todas las voces se convertían en un alarido de venganza, se vió aparecer sobre la tribuna á un hombre de aspecto siniestramente sereno, dejando ver, no obstante, las señales marcadas del dolor sobre su rostro.

El aparecimiento repentino de aquella figura solemne aplacó la tempestad desencadenada; entonces se dejó oír el acento patriótico, que había resonado tantas veces en los campos de batalla y la tribuna revolucionaria: era la voz de Don Santos Degollado, que vibraba con una entonación lúgubre, demandando de sus jueces el permiso para vengar la sangre del patriarca de la democracia. _Ave, Cæsar, moriture te salutant!_

V

El 15 de Junio, ese año histórico de 1861, el general Degollado presentaba batalla á la reacción en el monte de las Cruces.

El enemigo le tendió un lazo horrible, aparentó retroceder é hizo caer en una emboscada á los soldados republicanos. En medio del desórden que sigue siempre á una sorpresa, el general quiso reconquistar lo perdido y llamó con su voz de trueno á sus huestes, que se perdían entre los pinares y rocas de la montaña.

Aquella voz atrajo la atención del enemigo, que se precipitó sobre el general, á quien el caballo le faltó en los momentos supremos, rodando sobre las piedras.--Pocos momentos después, la reacción llevaba en triunfo el cadáver de Don Santos Degollado, horriblemente mutilado y como un despojo de la batalla.

* * * * *

¡Descansa en paz, sublime mártir de la libertad republicana! Los pendones enlutados de la patria sombrearán tu sepulcro en son de duelo, y el libro de la historia guardará tu nombre en esa página reservada á los mártires y á los héroes!

_Juan A. Mateos._

LOS MARTIRES DE TACUBAYA

I

El huracán sombrío de las revoluciones arrastra á su paso los despojos de las sociedades, desquiciándolas y hundiéndolas en un abismo, tumba abierta al extravío humano!

El libro ensangrentado de nuestra historia es uno de aquellos monumentos terribles donde se ve la expiación y el castigo que deja caer la mano vengadora de Dios, sobre los pueblos á quienes azota la guerra fratricida.

Medio siglo de combates, de duelos, de asesinatos, han sembrado de tumbas el territorio de la República, y es, que al descarrilarse nuestra sociedad de la vía tenebrosa de la conquista, ha llevado en su paso á dos generaciones con el tren inmenso de sus costumbres, de su superstición y de sus creencias.

La Reforma ha pasado, como en todos los pueblos, sobre un campo de muerte; porque las sociedades antiguas se hunden en medio de la catástrofe.

Reaparece la sociedad moderna bajo la luz de la civilización y de la nueva idea, y sentada sobre los escombros ensangrentados, pasea su mirada en torno, y entonces la historia se escribe, y el gran libro de la experiencia llena sus páginas con el relato de los desastres.

Registramos hoy en las hojas del _Libro Rojo_ la hecatombe más pavorosa que llenó de indignación al mundo civilizado, y determinó la caída de la usurpación armada.

He aquí el relato de ese hecho que pasa ya entre los romances populares con todas sus sombras é invencible horror.

La hora había sonado para las antiguas preocupaciones; el poder del clero se hundía al _Dies iræ_ de la revolución en los avances del siglo, y los últimos _soldados de la fe_ luchaban desesperados en nombre de una causa sentenciada en el tribunal augusto de la civilización.

El pueblo combatía bajo los pendones del progreso, y oponía su sangre como en los días primeros de su emancipación, á los golpes postreros de sus enemigos.

El patriarca de la Libertad que como el mito de la religión pagana convertía las piedras en hombres, levantando ejércitos con sólo el esfuerzo de su aliento y la fe de su constancia, acercó atrevido sus trágicos estandartes á la capital de la República, clavando su bandera sobre ese cerro histórico de Chapultepec, como un cartel de desafío á sus adversarios.--Menguaba el astro de aquel hombre sublime, mientras ascendía en el cielo de la patria el sol de sus libertades. La historia señalaba el 11 de Abril de 1859 como una fecha siniestramente memorable para la República.

Libróse una batalla sangrienta en que las huestes del pueblo quedaron derrotadas sobre aquel campo. Hasta ahí, nada presentaba de particular el lance de guerra, sino la heroicidad de los vencidos.

Abrimos un paréntesis para dar lugar al relato escrito en la misma noche del 11 de Abril, y bajo las impresiones dolorosas de aquel suceso.

* * * * *

El 11 de Abril de 1859 trabóse una batalla en las lomas de Tacubaya, y el general Degollado resolvió emprender una retirada, señalando una corta sección que resistiera el empuje de los soldados de la guarnición de México. Esta sección combatió con valor hasta agotar sus municiones; la villa fué invadida, el palacio arzobispal ocupado por los soldados de la reacción, que viendo vencidos á sus enemigos les hicieron fuego y los lancearon en todas partes, sin hacer distinción entre los heridos.

Algunos jefes y oficiales quedaron prisioneros al terminar la acción del 11. Los heridos no pudieron seguir la retirada, y quedaron en hospitales improvisados en el Arzobispado y en algunas casas particulares. Con ellos quedó el jefe del cuerpo médico-militar del ejército federal y tres de sus compañeros que creyeron inhumano y desleal abandonar á hombres cuyas vidas podrían salvar, cuyas dolencias podrían mitigar.

Un día antes de la acción se supo en México que eran muy pocos los profesores que venían en el ejército federal, y que esta escasez podía hacer mucho más funestos los resultados de una batalla. Esta noticia hizo que algunos jóvenes estudiantes formaran y llevaran á cabo el noble proyecto de ir á Tacubaya á ayudar gratuitamente á los facultativos y á cuidar y operar á los heridos de los dos ejércitos.

Terminada la acción, varios vecinos recorrían el teatro de la batalla para informarse de lo ocurrido y auxiliar á los moribundos.

Otros jóvenes llegaban en aquel momento á la población, viniendo de tránsito para México á completar su educación.

La contienda había concluido; contienda entre compatriotas y hermanos, no quedaba para el vencedor más que el triste y piadoso deber de curar á los heridos, de sepultar á los muertos y endulzar la suerte de los prisioneros: esto habría hecho cualquier caudillo que hubiera tenido de su parte el derecho y la legitimidad. Pero pocas horas antes había llegado á México D. Miguel Miramón como primer disperso del ejército que anunció iba á tomar Veracruz y retrocedió espantado de los muros de aquella heroica ciudad, sin haberse atrevido á atacarla. Humillado, caído en el ridículo, prófugo, quiere vengar los desastres que debe á su impericia, y vuela á Tacubaya. El genio del mal, el demonio del exterminio y del asesinato, cayó sobre aquella población!

Durante el desorden de la ocupación de la villa, se oían tiros por todas partes. Unos huían, otros se defendían vendiendo caras sus vidas, otros sucumbían; pero, aunque desigual, había lucha todavía.

Miramón reune en San Diego á Márquez y Mejía; sabe allí los nombres de algunos de los prisioneros, y estos tres hombres reunidos en un claustro decretan la muerte de los vencidos y de cuantos se encuentren en su compañía. Estos tres hombres pronuncian el vae victis! de los tiempos más bárbaros. Varios jefes palidecen al recibir las órdenes de los asesinos; pero hay cobardes que se encargan gustosos de la ejecución de la matanza.

Los soldados caen sobre los heridos; penetran hasta los lechos que les ha preparado la caridad, y allí los acaban á lanzadas animados por la voz de Mejía.

Los médicos, pocas horas antes, habían dicho á un oficial que estaban prestando socorros urgentes á los heridos. El oficial les dijo que hacían muy bien en cumplir con su deber, y desde entonces los auxilios de la ciencia se impartieron por ellos, sin distinción, á liberales y reaccionarios.

Llegó la noche, y comenzó á cumplirse la orden de los jefes de asesinos.

En el jardín del Arzobispado sucumbió la primera víctima, el GENERAL D. MARCIAL LAZCANO, antiguo militar, que acababa de batirse con un valor admirable, y que al ser conducido al suplicio fué insultado por oficiales que habían sido sus subalternos y á quienes había corregido faltas de subordinación y disciplina. El general les dijo: «_Hay cobardía y bajeza en insultar á un muerto._»

Inmediatamente corrieron la misma suerte

El joven D. José M. Arteaga, El capitán D. José López, El teniente D. Ignacio Sierra.

Los cuatro murieron con valor y fueron fusilados por la espalda; los cuatro animaron á sus verdugos diciéndoles que no temblaran al hacerles fuego.

* * * * *

Los médicos oyeron los tiros, conocieron lo que pasaba y sin embargo seguían haciendo vendajes y practicando amputaciones. Hubo quien dijera á D. Manuel Sánchez que huyera, y él, mostrando un instrumento quirúrgico que tenía en la mano, y el enfermo á quien operaba, dijo: «No puedo abandonarlo.»

La soldadesca llega hasta las camas de los heridos, arranca á los médicos y á los estudiantes de las cabeceras de los pacientes, y un momento después caen acribillados de balas

D. Ildefonso Portugal, D. Gabriel Rivero, D. Manuel Sánchez, D. Juan Duval (súbdito inglés), D. Alberto Abad.

Portugal pertenecía á una de las familias más distinguidas de Morelia, era notable por su ciencia y por su filantropía, y era primo hermano de D. Severo Castillo, el llamado Ministro de Guerra de Miramón.

Rivero ejercía las funciones de jefe del cuerpo médico del ejército federal, y no quiso retirarse cuando salieron las tropas.

Sánchez fué el que permaneció al lado de los enfermos, aunque se le advirtió el peligro que corría.

Duval era un hombre estimado por su caridad, por la conciencia con que ejercía su profesión, y que jamás se había afiliado en nuestros bandos políticos.

Con estos hombres eminentes que así terminaron una carrera consagrada á la ciencia y á la humanidad, perecen los dos estudiantes

D. Juan Díaz Covarrubias, D. José M. Sánchez.

Díaz Covarrubias tenía diecinueve años; era hijo de Díaz el célebre poeta veracruzano, su aspecto era simpático, en su frente se veían las huellas prematuras del estudio y de la meditación. Estaba para concluir los cursos de la escuela, y consagraba sus ocios á cultivar las bellas letras. Es autor de varias novelas de costumbres y de poesías líricas, que revelan una alma pura, sensible y ansiosa de gloria. Todas sus ilusiones juveniles, todas sus esperanzas se extinguieron cuando le anunciaron que lo llevaban á la muerte. Este joven, este niño, pidió que se le permitiera despedirse de su hermano; los verdugos le dijeron que no había tiempo. Quiso escribir á su familia; los verdugos le dijeron que no había tiempo. Pidió un confesor; los verdugos le dijeron que no había tiempo. Entonces el poeta regaló su reloj al oficial que mandaba la ejecución, distribuyó sus vestidos y el dinero que tenía en los bolsillos, entre los soldados; abrazó á su compañero Sánchez, y resignado y tranquilo se arrodilló á recibir la muerte. El oficial dió con acento ahogado la voz de fuego, y los soldados no obedecieron; la repitió dos y tres veces, y al fin sólo dos balas atravesaron el cuerpo del joven; sólo dos hombres dispararon sus armas. Los soldados lloraban; Díaz Covarrubias, agonizante, fué arrojado sobre un montón de cadáveres; algunas horas después, aún respiraba......... Entonces lo acabaron de matar, destrozándole el cráneo con las culatas de los fusiles!

El mundo calificará estos horrores, que jamás había presenciado ni en las guerras más encarnizadas. Se ha visto entrar á saco á los ejércitos en país enemigo; se ha visto el incendio de las ciudades; se han visto actos de crueles represalias; pero ni en los tiempos bárbaros, ni en la edad media, ni en las conquistas de los musulmanes, ni en la guerra de Rusia en Polonia, ni en la del Austria en Italia y en Hungría, ni en los desastres de los carlistas de España, ni en la actual sublevación de la India, se han encontrado bárbaros que arranquen de la cabecera del enfermo el médico para asesinarlo. A los ojos de ningún tirano ha sido delito curar al herido; el médico de ejército no se considera como prisionero; jamás es permitido disparar contra la bandera blanca de los hospitales de sangre; en medio de la guerra, los hombres todos respetan ciertas reglas de humanidad, cuya observancia es la gloria del valor.

A nuestro siglo, á nuestro país estaba reservada la triste singularidad de ofrecer un espectáculo tan inhumano, tan cruel, tan salvaje, que hace retroceder la guerra á los tiempos de Atila y de los hunos.

Los médicos asesinados en Tacubaya son mártires de la ciencia y del deber. Sus verdugos, que defienden los fueros de clérigos y frailes, han atropellado los fueros de la humanidad, las leyes de la civilización, los preceptos del derecho de gentes sancionados por los pueblos cristianos.

* * * * *

Quienes así trataron á los que estaban salvando á sus heridos, ¿de quién habrán de tener piedad?

El LIC. D. AGUSTIN JÁUREGUI estaba tranquilo en su casa de Mixcoac, al lado de su esposa y de sus hijos, sin haber tenido la menor relación con los constitucionalistas. Era hombre que, si bien deploraba los males del país, estaba exclusivamente consagrado á su familia. Un infame, cuyo nombre ignoramos, lo denuncia á Miramón como hombre de ideas liberales, y esto basta para que lo mande aprehender.

Jáuregui tiene aviso de esta denuncia; duda, nada teme, sus deudos le aconsejan la fuga; pero era ya tarde: una gavilla de soldados se apodera de él, y maniatado es conducido á Tacubaya. No se le pregunta siquiera su nombre; es llevado al matadero, y cae fusilado como los otros.

¿Cuál era su delito? ¿De qué se le acusaba?

Nadie lo sabe.

* * * * *

Entre los prisioneros estaba D. MANUEL MATEOS, joven de veinticuatro años que hace un año se recibió de abogado, y tenía felicísimas disposiciones para el cultivo de las letras, habiéndose desde niño dado á conocer por sus poesías, que respiraban un entusiasta patriotismo, y en que cantaba las glorias de nuestros primeros héroes.

Este joven valeroso, instruído é inteligente, había combatido varias veces contra la reacción; hacía pocos días que, después de haber sufrido una larguísima prisión, se había incorporado al ejército federal.

Llevado al suplicio, camina sin temblar, indaga quienes han muerto antes que él: cuando quieren fusilarlo como traidor, se irrita, forcejea para recibir las balas por delante, y arenga á sus verdugos, diciéndoles que _los perdona porque no saben lo que hacen cuando consienten en asesinar á los que luchan por darles la libertad; hace votos porque su sangre no sea vengada; dice no lo aterra la muerte porque ha cumplido con sus deberes de mexicano y acepta gustoso el sacrificio de su vida_...... Sus palabras son interrumpidas por las balas que le hieren el pecho; un oficial ha tenido miedo de que siga hablando, y manda hacerle fuego antes de tiempo. ¡Mateos cae, y espira victoreando la libertad!!!

Cuando este joven fué como voluntario á la campaña de Puebla y estuvo en la batalla de Ocotlán, en medio de la confusión de aquel día descubrió á su lado á unos oficiales reaccionarios que estaban perdidos. Mateos se acerca á ellos, les estrecha la mano, los viste con el uniforme de los rifleros, cede á uno su caballo, y así los salva, trayéndolos á México y ayudándoles á ocultarse mientras pueden obtener el indulto. Uno de los oficiales así salvados por Mateos, era ayudante de Haro y Tamariz.

¡Y hombre tan generoso perece en la flor de su edad, sin encontrar un corazón amigo!

* * * * *

Las víctimas completan hasta el número de CINCUENTA Y TRES.

Entre estas víctimas se oyen crueles despedidas, gritos de los que pedían un confesor, plegarias dirigidas á Dios y víctores á la libertad. Algunos habían sido prisioneros, otros no tenían más culpa que estar cerca del teatro de los sucesos: unos eran artesanos, otros labradores; muchos quedaron con los rostros tan desfigurados, que nadie ha podido reconocerlos. ¡Mártires sin nombre, pero cuya sangre no dejará por esto de caer sobre las cabezas de sus asesinos! Entre los testigos de esta tragedia, muchos lloraban, y á veces soldados y oficiales abrazaban á las víctimas.....

Los cincuenta y tres cadáveres quedaron amontonados unos sobre otros, insepultos y enteramente desnudos, porque los soldados los despojaron de cuanto tenían, y de paso saquearon algunas casas.

Las madres, las esposas, los hermanos, los hijos de las víctimas, acudieron al lugar del trágico acontecimiento, reclamaron á sus deudos para enterrarlos, y se les negó este último y tristísimo consuelo.

A los dos días, los cadáveres fueron echados en carretas que los condujeron á una barranca, donde se les arrojó y donde permanecen insepultos.

* * * * *

¡Víctimas de la ciencia, de la caridad y de la abnegación, dormid en paz! Vuestros verdugos os han abierto las puertas de la inmortalidad, y han coronado vuestras frentes con la aureola del martirio y de la gloria. Estais ya libres de la opresión; no sufrís el sonrojo del abatimiento de la patria; no veis triunfante el crimen, y estais ya en la mansión de la eterna justicia!

* * * * *

Esta justicia ha condenado ya á los verdugos, que no podrán librarse del castigo de su culpa. Malditos serán sobre la tierra que empaparon con la sangre de sus hermanos, á quienes cobarde y alevosamente asesinaron: malditos sobre la tierra, sí, porque aunque huyan de la patria, en el destierro los perseguirán sus remordimientos, y todas las naciones cultas los recibirán con horror y con espanto. No hizo tanto el general Haynau en la guerra de Hungría, y al llegar á Londres el pueblo lo apedreó y lo escarneció en memoria de sus iniquidades.

* * * * *

¡Dios Santo!! Tú que amparaste al pueblo mexicano en sus tribulaciones; Tú que diste fuerza á su brazo para filiarse entre las naciones soberanas; Tú que inspiraste á su primer caudillo la obra sublime de la abolición de la esclavitud, aliéntalo para que lave la tierra que le diste, y la purifique de las manchas sangrientas que le imprimen sus verdugos. ¡Dios de las naciones! Tú que eres misericordioso y justiciero, alienta, alienta á este pueblo para que recobre sus inalienables derechos para que asegure su porvenir, para que sea digno de contarse entre los pueblos cristianos que siguen la ley de gracia, traída al mundo por tu Hijo á costa de sangre!

* * * * *

¡Dios de las naciones! Haz que el crimen tenga expiación; permite que este pueblo se lave del baldón de sus opresores, haciendo reinar la paz, la justicia y la virtud; y haz por fin, que este pueblo oprimido quebrante sus cadenas y sea el terrible instrumento de tu justicia inexorable.

* * * * *

¡Ay de los asesinos! ¡Ay de los verdugos! ¡Ay de los modernos fariseos! ¡Malditos serán sobre la tierra que regaron con sangre inocente, con sangre de sus hermanos que vertieron con crueldad y alevosía!!

II

Once años han pasado, y está aún abierto el libro de la historia y palpitante el recuerdo de la catástrofe.

La iglesia de San Pedro Mártir, en cuyo cementerio reposan las cenizas de los patriotas, no existe ya; los huracanes la derribaron por el suelo; y hasta sus cimientos han perecido.

Una aguja de mármol señala el lugar del sacrificio; sobre una de sus piedras se lee en letras negras: ACELDAMA (_campo de sangre_), palabra de la Biblia, que resume el misterio de aquel lugar que velan los pabellones de la muerte.

III

Víctimas y verdugos duermen ya el sueño eterno; las primeras vestirán en el cielo la túnica de los mártires y empuñarán la palma del sacrificio; los verdugos, rojos con la sangre de sus hermanos, pedirán con labios trémulos misericordia; Dios, sobre la alta justicia de los hombres, pronunciará su inexorable fallo.

Uno solo, el principal autor de la hecatombe, vive expatriado de la sociedad humana, yace como un condenado entre los hombres, con la carga pesada de su existencia, maldito de los suyos, aborrecido de los extraños, y con la marca del asesino sobre su frente.

Huye del castigo humano. ¿Podrá esconderse á la mirada de Dios?

México, Octubre de 1870.

_Juan A. Mateos._

COMONFORT

I