El libro rojo, 1520-1867, Tomo II

Part 10

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Aquel niño cuya frente serena se ostentó en esos días á la luz resplandeciente de los cañones, se dejó ver en el combate con el extranjero, en cuyo estadio se trazaban los preliminares de una carrera de gloria y de heroicidad.

La fortuna negó á nuestras armas la victoria, pero fué impotente para borrar las hazañas de nuestros héroes; se veneran aún en aquellos campos de recuerdos patrióticos las cenizas sagradas de nuestros mártires.

¡Gloria á vosotros, que llevasteis vuestra sangre como una ofrenda á los altares de la patria!

¡Gloria á vosotros, que rindiendo un homenaje al patriotismo, caísteis en la arena lanzando vuestro último grito como un saludo eterno á la libertad!

¡Gloria á vosotros, que sobrevivís á esos días de prueba y arrastrais una existencia de olvido; vosotros sois los templos vivos de nuestras memorias, la tradición palpitante de las batallas; cada vez que las descargas anuncian que uno de vosotros baja al sepulcro, nos parece que se arranca una hoja de ese libro histórico de nuestras glorias!

II

Cuando una sociedad encalla, se necesitan los choques de la revolución para sacarla de los arrecifes.

El torrente irresistible del siglo destruye y crea al mismo tiempo; por eso vemos al mundo antiguo desaparecer con sus tradiciones, con sus hombres, con su filosofía y si invocamos como un derecho las creencias de nuestros padres, no recordamos las de nuestros mayores.

La independencia de las naciones no trae siempre consigo la idea de la libertad.

México, independiente, cayó bajo el poder del clero, y la sociedad yacía esclava de las prácticas religiosas en su orden político y su construcción administrativa.

Acabó la _unción_ de los reyes; pero el presidente iba á consagrar su cabeza bajo el palio y á arrodillarse en los mármoles de la catedral, y á inclinar la frente agobiada, al resonar en las bóvedas el canto de los Salmos.

El poder civil desaparecía ante la potestad canónica, ante esa vara mágica que abre á su contacto las puertas del cielo y las del abismo.

Desde las aldeas hasta las ciudades, ostentaban, templos y monasterios, sitios de tormento para las vírgenes, foco de pereza y de histérico para los cenobitas, rompiendo de continuo los _votos_ esas cadenas que el ascetismo de los siglos medios ha querido imponer á la naturaleza.

Avasallada la sociedad por el sentimiento religioso, subyugada por el fanatismo y ultrajada por una soldadesca inmoral y desenfrenada, sintió la necesidad del sacudimiento; la prolongación del letargo podía llegar hasta la muerte.

Brotó la idea de la Reforma como una fosforescencia de su cerebro; la idea necesitaba armarse, combatir, triunfar.

Los que habían puesto el dogma de la _intolerancia_ en las cartas políticas, no eran seguramente los hombres de la revolución.

Los que habían combatido al lado del estandarte de _la fe_, pertenecían al pasado. No quedaba sino la nueva generación para realizar el pensamiento reformador de la sociedad.

Pero la juventud necesitaba una guía en el terreno práctico de sus aspiraciones patrióticas.

Hidalgo había dado el grito de libertad cuando su cabeza estaba cubierta con el hielo de la vejez; era necesario buscar para la _Reforma_ otra organización privilegiada que no cediera á los embates de la revolución, que se presentaría terrible como nunca.

Un antiguo caudillo de la libertad daría con su voz autorizada el prestigio de la revolución. En el mapa de nuestros recuerdos se encuentra señalado con una estrella roja el pueblo de _Ayutla_, punto de la erupción cuya lava debía extenderse sobre los campos todos de la República.

No seguiremos en esta vez la marcha trabajosa de esa revolución hasta su triunfo definitivo, porque vamos en pos de la huella de un hombre, objeto de nuestro artículo.

El gobierno democrático quedó instalado, y la idea de la _Reforma_ aceptada como una conquista del siglo y de la civilización.

El gigante se sintió herido; alzóse terrible en sus convulsiones; rota su armadura, aun podía empuñar la clava y provocar una reacción momentánea; pero qué diría de sus esfuerzos sobrehumanos antes de declararse vencido y humillado ante sus adversarios.

El motín, la conspiración tenebrosa, la tribuna eclesiástica, la cátedra, todo, todo se puso en juego para falsear los principios victoriosos.

El 11 de Enero de 1858, la reacción tornó á enseñorearse de la capital, comunicando su movimiento á los puntos más distantes de la República.

Juárez, después de una marcha trabajosa y de vicisitudes por el interior del país, se embarcó en el Manzanillo, y atravesando el istmo de Panamá, entró sereno, como la barca que le conducía, á las aguas del Golfo, y estableció su gobierno en Veracruz hasta el triunfo definitivo de la idea progresista.

La revolución tronaba como la tempestad en el cielo de la República.

Se alzaron cien patíbulos, corrió la sangre, se consumaron venganzas inauditas, el clero se arrancó la máscara, y se entró en la lucha más terrible que registran nuestros anales.

Volvamos á nuestra individualidad. Leandro Valle quedó fiel á su bandera, quemó sus últimos cartuchos en las calles de la capital, y marchó después á unirse con el ejército al interior de la República.

La reacción había tenido un éxito inesperado, el ejército del clero ganaba batallas por doquiera, y cosechaba triunfos, de los cuales él mismo se sorprendía.

Estrechos son los márgenes de este artículo para narrar las vicisitudes de los demócratas y sus grandes sacrificios por la causa de la libertad.

Aparecía un hombre empujado por el huracán revolucionario, se hacía célebre por su heroicidad, y desaparecía después en una oleada de muerte y de exterminio.

De esa peregrinación de combates queda una estela de sangre, como una marca de fuego, sobre los campos y las montañas.

III

El terrible sitio de Guadalajara y las jornadas de Silao y Calpulalpam anunciaron al mundo de la _reacción_, que había muerto para siempre, hundiéndose en el pasado con el anatema de los buenos.

Valle venía en ese ejército victorioso, de cuartel-maestre, distinguiéndose por su arrojo y pericia militar. El 25 de Diciembre de 1860 el ejército liberal ocupó la plaza de México, y los prohombres del partido clerical huyeron despavoridos, unos al extranjero y otros á las encrucijadas, donde se hicieron á poco de los restos desmoralizados de su ejército, entregándose al pillaje desenfrenado y á las escenas de sangre más repugnantes.

Juárez estaba de regreso en su palacio presidencial, como el pensamiento de la revolución triunfante.

Convocóse desde luego la Asamblea Nacional, y el nombre de Valle surgió en las candidaturas populares, y el joven caudillo tomó asiento en los escaños de la Cámara.

Arrebatado por su carácter fogoso, fué uno de los que propusieron la Convención, cuya idea no pudo llevarse hasta su término. Valle se había colocado entre los exaltados, y votaba los proyectos de reforma más avanzados en nuestra política.

En aquellos días de efervescencia, cuando las pasiones estaban desbordadas, se supo en la capital que D. Melchor Ocampo, uno de los hombres más prominentes de nuestro país, había sido asesinado alevosa é impíamente por la reacción acaudillada por Márquez, ese miserable que está fuera de la compasión humana, entregado al desprecio y vilipendio del mundo entero.

El pueblo se sintió herido por aquel rudo golpe, y se lanzó á la cárcel de reos políticos, en busca de víctimas: entonces Leandro Valle se apresuró á contener el desórden, habló al pueblo en nombre de su honra sin mancha, de la gran conquista que acababa de alcanzar en su gran revolución de reforma, y de su porvenir.

La tempestad se calmó; pero de aquellas olas inquietas todavía se desprendió una voz fatídica como la de un agorero: _Cuando el general Valle caiga en poder de los reaccionarios, no le perdonarán_.

Hay palabras que las inspira la fatalidad y las realiza el destino.

El general D. Santos Degollado, de cuya biografía vamos á ocuparnos próximamente en la galería del _Libro Rojo_, pidió ir en busca de los asesinos de Ocampo. Desgraciadamente una mala combinación militar le hizo caer en poder de sus enemigos, que derramaron aquella sangre que dejó ungida la tierra.

El Gobierno dispuso que Leandro Valle saliera en persecución de los asesinos.

IV

Hay detalles que recargan las sombras tenebrosas de un drama.

Valle estaba en la fuerza de la juventud, en esa alborada de la vida en que la luz de la fantasía extiende pabellones de fuego en nuestro cerebro y envuelve el corazón en una densa nube de aromas: cloroformo que nos hace soñar en el encanto engañador de la existencia, y horas de amor en que el ángel de la dicha llama á las puertas del corazón y trasporta el alma al mundo bellísimo de las esperanzas!......

Valle amaba por la primera vez; su corazón, que parecía encallecido entre el rumor de las batallas y los trabajos del campamento, rindió su homenaje á la hermosura, palpitó lleno de cariño, y evocó los genios de la felicidad y del porvenir!...... Sarcasmo ruin de la existencia!...... Aquella alma virgen y llena de ilusiones, estaba ya en los dinteles de otra vida!......

Valle debía salir á la mañana siguiente.... á los desfiladeros de las Cruces, donde el enemigo le esperaba.

Al joven general, que acababa de asistir á combates de primer orden, le parecía de poca importancia aquella expedición; así es que se entregaba al esplendor de una fiesta en medio de sus ilusiones de amor y la efusión simpática de sus amistades.

Valle ofrecía á los pies de su prometida, traer un nuevo laurel de victoria, cosechar un nuevo triunfo, manifestarse héroe al influjo santo de aquella pasión.

Resonaba la música poblando de armonía aquella atmósfera de perfumes; las flores exhalaban su esencia, como el corazón sus suspiros y el hervidor champagne apagaba sus blanquísimas olas en los labios encendidos de la belleza!...... Ilusiones, amores, esperanzas; velas flotantes en la barca de la vida!

En medio de aquel mundo de ensueños, resonó una palabra que es de tristeza en todas circunstancias...... Adiós!

Frase misteriosa, exhalación pavorosa del alma, voz de agonía, acento desgarrador que anuncia la separación, parecido al choque de una ola que se aleja en el mar para no volver nunca!.......... Ay! ¡cuántas olas han desaparecido en ese mar siniestramente sereno de la existencia, dejándonos la huella imborrable de los recuerdos!

Valle partió emocionado al campo de batalla; oyóse el rumor de las cajas, el paso de los batallones, el rodar de la artillería......... después, todo quedó en silencio!

V

Estamos en la mañana del 23 de Junio de 1861: las nubes se arrastran entre los pinares del Monte de las Cruces, y una lluvia menuda cae en el silencio misterioso de aquellos bosques.

Todo está desierto; por intervalos se escuchan los golpes del viento que agita las pesadas copas de los árboles y arrastra á gran distancia el grito de los pastores.

Ni un viajero cruza por aquellas soledades, reciente teatro de una catástrofe.

El huracán de la revolución tiene yermos aquellos campos.

Se ignora la altura del sol, porque las montañas están alumbradas por luz de crepúsculo.

Repentinamente aquel silencio se turba; grupos de guerrilleros comienzan á aparecer en todas direcciones, posesionándose de las montañas y desfiladeros, indicando el movimiento de una sorpresa.

Unos batallones se sitúan en la hondonada de un pequeño valle, en actitud de espera.

Pasan dos horas de espectativa, cuando se dejan ver las primeras avanzadas de una tropa regularizada; se oyen los primeros disparos, y comienza á empeñarse un combate parcial; los soldados de Valle se extienden por las laderas, desalojando á los reaccionarios, y con el grueso de sus tropas hace un empuje sobre las del llano, que resisten á pie firme algunos minutos y comienzan después á desordenarse.

Los guerrilleros de la montaña pierden terreno y se replegan á su campo.

Valle debía obrar en combinación con las fuerzas del general Arteaga que se le reunirían en aquel campo; pero alentado con el éxito de su primer movimiento, cree alcanzar, sin auxilio, una fácil victoria, y se lanza con arrojo sobre el enemigo que huye en desórden.

Una coincidencia fatal viene á arrebatarle su conquista.

Márquez llega al campo enemigo accidentalmente, con fuerzas superiores á las de Valle, le sorprende en ese desórden que trae consigo la victoria, y alcanza á derrotarle completamente.

Valle hace esfuerzos inauditos de valor; sus oficiales le quieren arrancar del campo; pero él prefiere la muerte, á presentarse prófugo y derrotado en una ciudad que le aguardaba victorioso.

El joven general cae prisionero después de disparar el último tiro de su pistola.

El tigre de Tacubaya, la hiena insaciable de sangre, tiene una víctima más entre sus garras y no la dejará escapar.

Está en su poder el soldado á cuyo frente había retrocedido tantas veces, el que le había humillado en los campos de batalla...... su sentencia era irremisible! Valle comprendió desde luego la suerte que se le reservaba, y escuchó con serenidad su sentencia de muerte.

Márquez quizo humillar en su horrible venganza al joven general, mandando que se le fusilase por la espalda como á _traidor_.

Entre aquella turba de miserables asesinos, no hubo una voz amiga que se alzara en favor del soldado que había perdonado cien veces la vida de los prisioneros, y evitado en la capital que la cólera del pueblo consumase una represalia en personajes de valía entre los reaccionarios.

El vaticinio popular se cumplía: «Caerá en poder de sus enemigos, y no le perdonarán.»

Cerraba la noche de aquel día aciago, cuando Valle fué conducido al lugar de la ejecución.

De pie, reclinó su frente sobre la tosca corteza de un árbol, se apoyó en sus brazos y esperó resuelto el golpe de la muerte.

Oyóse una descarga cuyos ecos repercutieron en el fondo de las montañas, y al disiparse el humo de la descarga, se vió en el suelo al general Valle tendido en un lago de su propia sangre, agitándose en las últimas convulsiones.

* * * * *

El rencor de los hombres tiene por límite la muerte; pero hay seres que en mal hora han venido al mundo para deshonra de la humanidad. Aquel cadáver, mutilado por el plomo, provocaba aún las iras de su asesino; no le bastaba la sangre, no; aquello era poco á la venganza; le faltaba la ostentación del crimen, el alarde de la impiedad!

Aquel cadáver fué colgado á un árbol que han desgajado ya los huracanes, como el pregón, no del delito de Valle, sino de la infamia de sus verdugos.

Desde aquel leño ensangrentado pedía el cadáver justicia á Dios, cuya sombra se alza terrible delante de los malvados, como la amenaza del cielo en sus horas de inexorable justicia!

VI

El cadáver de Leandro Valle fué recibido en la capital con pompa fúnebre, y se le tributaron los honores de los héroes.

Sus restos mortales descansan en el panteón de San Fernando, al lado de las cenizas venerandas de los mártires de la Libertad y de la Reforma.

_Juan A. Mateos._

DON SANTOS DEGOLLADO

I

Hay seres á quienes el destino manifiesto, lanza en el mundo pavoroso de la adversidad, como relámpagos desprendidos de una nube de tormenta, para alumbrar el caos y quedar perdidos en los pliegues gigantes de la tiniebla.

Seres revestidos de una alta misión, apóstoles de una idea sobre el ancho camino de los mártires, glorificadores del pensamiento, honra de un siglo y veneración de la humanidad.

Ante esos seres del privilegio histórico, es necesario descubrirse la frente, como á la vista de un monumento que señala una conquista civilizadora, ó la revindicación de un derecho hollado.

Hay una palabra que asume el destino entero de una época, ya se opere en la religión, en la política ó en la filosofía: se llama REFORMA.

Cuando esa idea grandiosa encarna en un hombre, hace de él un mártir, á veces un héroe.

El mundo oye decir: «_ese hombre es un reformador_,» y su mirada se posa en la tribuna, y después en ese gólgota donde ha caído gota á gota la sangre redentora de la sociedad humana!

¡El cadalso! trípode magnífica levantada sobre los gigantes círculos de la tierra, donde la voz, en sus últimas entonaciones, adquiere el poder de resonar en los ámbitos del globo.

Diez y nueve siglos vienen las palabras del ajusticiado de Jerusalem disputándose las lenguas, reapareciendo con los idiomas nuevos, incrustándose en los monumentos, porque esas palabras cayeron al pie de la cruz en los momentos supremos de la agonía.

Y es que al extinguirse el aliento del hombre, comunica á la idea ese soplo vivificante de la inmortalidad.

Delante de las cenizas de un reformador venimos á pronunciar las palabras del contemporáneo, para que sean recogidas en son de ofrenda por los historiadores del porvenir.

No vamos á buscar en la cuna del pontífice de la democracia mexicana la voz del augurio, ni la constelación dominante en la hora de su advenimiento al mundo; porque esos misterios los encerramos todos en la _idea_ que opera transformaciones tan gigantes.

La democracia no cree más que en una raza, en una sangre: la que corre al través de la humanidad entera.

Dios arrojó sobre el globo las inquietas aguas del Océano; en vano el orgullo de los hombros les ha impuesto un bautismo; son tan salobres las ondas del mar Indico, como las del estrecho de Bering.

Sabemos que viene el hombre del sexto día del Génesis, y eso nos basta.

Negamos la profecía sobre el sér que despierta al aliento de la vida, como negamos la infalibilidad; porque sabemos que cederá á la influencia de su época en las transformaciones sociales.

Vemos al gladiador sobre la arena del anfiteatro sin preguntar si mecieron su cuna los vientos emponzoñados del Ganges, ó las brisas del Nuevo Mundo.

La filosofía no abre las hojas del pasado, sino para estudiar el fenómeno.

Hay tanta obscuridad en derredor nuestro, que apenas podemos determinar algo sin auxilio de otro misterio. Ver salir á un hombre á la vida social, apoderarse de una idea, convertirse en campeón, luchar, sufrir, sacrificarse y vencer al fin, con sólo el esfuerzo de su voluntad indomable, con sólo el magnetismo de la palabra, es más de lo que puede hacer el resto de los hombres; esto se consigna, se palpa, pero no se comprende.

Sale del humilde pueblo Nazaret un inspirado, se hace oír en la tribuna, desciende á las márgenes del Galilea, inquieta á la sociedad pagana, funda una doctrina, sube con serenidad las rocas del Calvario, acepta por completo su misión de mártir, y el mundo antiguo sobrevive apenas á la agonía del Crucificado. El catolicismo se apodera del mundo moderno y le encadena; ya no son los cristianos los que entran en el circo; de víctimas se tornan en verdugos que arrojan al fuego á sus enemigos. Entonces se levanta de la humilde celda de un convento de la Alemania la voz terrible de Martín Lutero, iniciando la reforma religiosa y la idea protestante; señala ya al siglo XIX como el crepúsculo del catolicismo.--Decididamente Martín Lutero vale tanto como Mahoma y Sakia-Muni.

Estos grandes movimientos religiosos coinciden con los cambios políticos, porque la idea civil y religiosa se tocan en la práctica de las sociedades.

No entraremos en esas apreciaciones históricas y filosóficas, porque es otro el objeto de nuestro artículo.

II

Don Santos Degollado fué el Moisés de la revolución progresista; murió señalando la _tierra prometida_, al pueblo á quien había guiado en el desierto ensangrentado de los combates.

Salió de las obscuras sombras de una catedral, donde la curia eclesiástica le veneraba como á uno de los servidores más leales de la iglesia; seguramente aquella soledad despertó en su cerebro la idea de la reforma, vió al pueblo encadenado á los hierros de la tiranía, y pesando sobre la frente de la sociedad la mano inexorable del clero. Le pareció ese abatimiento la abyección deshonrosa de una nación, el envilecimiento del sér humano, y el síntoma precursor del desaparecimiento en la absorción conquistadora.

Sintióse humillado en su calidad de hombre y de ciudadano, operóse en su alma una metamórfosis heroica, arrojó de sí la pluma, empuñó la espada y sentenció en el alto juicio de su patriotismo las ideas condensadas durante medio siglo en el cielo de la sociedad.

La Iglesia le cerró sus puertas como á un _relapso_; entonó los salmos Penitenciales al condenado, le excomulgó á su vez, diciéndole anatemas y borrándole de los registros católicos.

Pero el pueblo formó valla á su paso, respondió á su voz que le llamaba al combate, y le aclamó el campeón de sus libertades.

Entonces se desarrolló á la vista del mundo entero un espectáculo magnífico. La juventud se apoderó de aquellos estandartes que debían llegar al último reducto acribillados por la metralla. Hubo una sucesión de combates sangrientos en que los ejércitos de la Reforma desaparecían en medio de los desastres más sangrientos; pero el bravo campeón parecía llevar en sus labios el _fiat_ de la creación, porque sus filas aparecían como por encanto sobre los mismos campos de la derrota.

Luchaba contra la fatalidad; pero hay algo que está sobre el fatalismo: la constancia y la abnegación.

Aquel ejército, impulsado por el aliento sobrehumano del patriotismo, recorrió los campos escarbados de la República en una sucesión de duelos y de batallas que registran las páginas más terribles de nuestra historia.

El 11 de Abril de 1859 las huestes se presentaron al frente de la capital después de sostener en su tránsito tres combates formidables. Don Santos Degollado creyó dar un golpe de mano tomando por asalto la ciudad; pero Dios no había señalado aún el término de aquella lucha.

Mientras una parte del ejército republicano conquistaba el laurel de la victoria á bordo de la «Saratoga» en las aguas de Antón Lizardo, y rechazaba á los reaccionarios desde los muros de la Ciudad Heroica, una nueva catástrofe tuvo lugar en las lomas de Tacubaya.

El ejército de Degollado se retiraba después de un combate sangriento, dejando en poder de los soldados del clero un grupo de jóvenes que no quisieron separarse del campo, unos por asistir á la batalla hasta el último trance, y otros por estar en calidad de médicos, prestando auxilios á los desgraciados que yacían en la arena, víctimas del plomo.

Dice la sombría historia de aquella noche memorable, que los prisioneros fueron ejecutados en medio de una saturnal espantosa de sangre y de venganza.

El autor de la hecatombe yace proscripto y con la maldición de Dios vibrando sobre su frente, perseguido de los espectros de las víctimas que no le han abandonado desde entonces, ni en las apartadas regiones europeas, ni en su peregrinación á la Tierra Santa, ni en su ostracismo en los hielos del Norte[2].

Esas augustas sombras presenciarán la trabajosa agonía del malvado, tomarán asiento sobre la piedra de su sepultura, y permanecerán allí serenas, inmóviles, impasibles, hasta que el soplo de Dios pase sobre esos huesos maldecidos, y los mártires pidan justicia en la hora solemne de la resurrección!

III

La época del obscurantismo entraba en agonía; su causa estaba sentenciada, pero le daba aliento la sangre, como si refrescase los labios de un moribundo. Las huestes de la Reforma sitiaban las ciudades, se apoderaban de los puertos en el Pacífico y el Atlántico, y atravesaban el centro del país reconquistando las plazas en son de guerra.

La revolución moral estaba efectuada. D. Santos Degollado era el héroe de aquel gran movimiento; tenía por soldado á Zaragoza.

El reducto inexpugnable de la reacción acababa de capitular ante las armas republicanas. Guadalajara estaba recuperada.

No queremos recordar la combinación política que motivó la separación del general Degollado de la dirección de un ejército levantado por él, y por él llevado á los campos de victoria. El insigne patriota rindió un homenaje á la autoridad constitucional, y bajó en silencio de su alto puesto, sin pronunciar una palabra, sometiéndose á las eventualidades de un proceso.