El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

Part 8

Chapter 83,968 wordsPublic domain

Alonso de Avila se levantó, recorrió uno á uno á los convidados, y luego volvió á sentarse diciendo: podemos hablar; todos somos los de la familia del Marqués.

--¿Por fin se ha convenido en algún plan?--interrogó Nuño de Chávez.

--Está definitivamente fijado, y voy á explicarlo en dos palabras, pero con la copa en la mano y brindando por el legítimo y futuro soberano de México.

Todos se levantaron, y un grito de aprobación y de júbilo se escuchó en el palacio. El Marqués se puso un poco encendido, sonrió, bajó los ojos y dijo á su compadre Castilla que estaba junto de él:--Es todo una chanza, un juego, una diversión de mis amigos....

--Veamos el plan, dijeron varios.

--Silencio, dijo Avila, y caiga la maldición de Dios y la excomunión de la Iglesia sobre el que revele á los enemigos una sola palabra de lo que aquí va á decirse.

Los caballeros se pusieron en pie y llevaron la mano al puño de su espada.

Alonso de Avila hizo sentar á los convidados, y él en pie comenzó á hablar:

--Los encomenderos todos están en nuestro favor, porque van á ver perdidas sus riquezas con las nuevas leyes de España; los indígenas veneran la memoria del conquistador y aman al Marqués; la juventud y la nobleza adora al que es el modelo de la caballería: conque si con tales cosas contamos, ¿por qué hemos de sufrir por más tiempo el yugo y la dependencia de España? Hagámonos _señores de la tierra_ que nuestros padres conquistaron con su sangre, dictemos leyes para nuestra felicidad, sacudamos la tiranía y arrojemos á todos esos virreyes, oidores y visitadores que vienen á poner el pie en nuestros cuellos. ¡¡Viva la independencia, viva el marqués del Valle, nuestro señor!!

Alonso bebió hasta la última gota del vino que tenía en un gran jarrón, y lo mismo hicieron todos los demás, secundando el brindis con estrepitosos aplausos.

--Aun no he concluido, gritó Alonso de Avila así que se hubo restablecido el silencio. Todo está fijado para el día de San Hipólito martir, en que sale del palacio la procesión del Pendón.--Se está construyendo un gran navío que se colocará en la plazuela como una de tantas cosas de la solemnidad de la toma de México; pero ese navío estará como el caballo de Troya, preñado de soldados y también meteremos unas cuantas piezas de artillería. Cuando los oidores pasen por la esquina de esta casa donde está la torre, D. Martín descenderá como para atacar á los del navío, y en medio de esta farsa caeremos sobre los oidores, y matándolos echaremos sus cadáveres al canal ó á la plaza. Una campanada del templo mayor avisará á los hombres de armas que tendremos en la calle y se encargarán de dar muerte á D. Luis y á D. Francisco de Velasco, á los oficiales reales y á todas las personas que se opongan á la rebelión. Una capa encarnada que moverá en la azotea del palacio el Lic. Espinosa, será la señal para el toque de las campanas, y á ese mismo tiempo se pondrá fuego al archivo y á todas las oficinas para que no quede ni el nombre del rey de Castilla.

Los convidados quedaron mudos; el prospecto de incendio, de sangre y de asesinatos había hecho pasar alguna cosa como un viento frío en sus frentes ya ardorosas por el licor.

--¿Tendremos miedo?--preguntó fieramente Alonso de Avila encarándose con los convidados.

La palabra miedo pronunciada entre hidalgos españoles hizo cambiar la escena. Todos llenaron sus vasos, bebieron y brindaron de la manera más terrible. Realmente hacían bien; el único poder armado en México era el Marqués. ¿Qué podían hacer tres viejos hurones metidos en sus casas y retirados del centro de la ciudad?

El Deán Chico de Molina se levantó, y pidiendo la atención y el silencio, tomó solemnemente la taza de oro y la puso en la cabeza del Marqués, diciéndole: _¡Qué bien que le está á la cabeza de vuestra Señoría!_

--Chanzas, chanzas todas, dijo el Marqués dirigiéndose de nuevo á su compadre D. Luis de Castilla, y quitándose modestamente la taza de la cabeza, la llenó de vino y bebió.

--A las chanzas pesadas, dijo D. Luis de Castilla, y bebió también.

El entusiasmo no tuvo límites, los brindis siguieron hasta la media noche, pero al fin se levantaron los manteles, y los caballeros que tenían sus escuderos y sus corceles en los patios, montaron á caballo y formaron una rica y costosa _Encamisada_ recorriendo y alborotando la ciudad con hachas encendidas y combatiendo y tirándose con _alcancías_, que eran unas bolas de barro rellenas de harina ó ceniza.

De en medio de este torbellino de borrachos alegres y de atrevidos conspiradores, se deslizaban de vez en cuando unas figuras negras y misteriosas que desaparecían apenas alguno fijaba en ellas sus ojos. El Marqués observó algo de esto una ocasión, y sintió, sin saber por qué, un ligero calosfrío.

VI

LOS OIDORES

Terminadas las espléndidas fiestas del bautismo de los dos gemelos, la ciudad volvió á su estado aparente de quietud y monotonía, el bosque desapareció de la plaza, y la casa del Marqués era únicamente visitada por sus hermanos y por uno que otro caballero de su intimidad. Los conspiradores se reunían de noche en la casa de Alonso de Avila. Su hermano Gil González apenas había tomado parte en todo esto, y permanecía fuera de México la mayor parte del tiempo cuidando una encomienda.

Los únicos que todo lo sabían, que todo lo observaban, eran los oidores, que eran en ese tiempo el doctor Don Francisco de Ceynos, Don Pedro de Villalobos y Don Jerónimo de Orozco. Reuniéronse un día en la Audiencia, que era un departamento oscuro y sombrío del palacio, cuyas ventanas daban á los sucios albañales que había, donde después se construyó el mercado y la Universidad.

--Supongo que todo lo sabeis, dijo el doctor Ceynos arrugando las cejas, despidiendo al alguacil que estaba en la puerta y cerrándola.

--Todos los fieles vasallos de S. M. hemos presenciado el escándalo de los desleales y traidores que quieren alzarse con la tierra, dijo Orozco; pero ¿cómo hacer, cuando ellos tienen las armas y la fuerza, y á los encomenderos y á los mismos indios de su parte? Nosotros realmente somos impotentes y estamos odiados.

--No hay más remedio que ahorcarlos á todos, interrumpió Villalobos.

--Es lo mismo que yo había pensado, y todavía más, lo he dispuesto así, y salva la opinión de vuestras señorías, lo haré como lo digo, contestó el doctor Ceynos. Desde que el reverendo Fr. Domingo de la Anunciación me reveló la confesión de Fortún del Portillo, que era nada menos que el encargado de asesinarnos, he seguido los pasos del Marqués y de los Avilas, y hoy puedo decir todo lo que está preparado para el día de San Hipólito mártir. Aquí tenemos también la denuncia de Velasco y de Villanueva.

--Nosotros lo sabemos también todo, quizá lo hemos oído á esos insolentes borrachos que se regalaban en casa del Marqués; pero repetimos, ¿cómo hacerlo?

--Voy á decirlo; y si teneis valor, fe en la justicia y amor á nuestro soberano, no se necesita más sino que juguemos la partida. Bien sé que se corre riesgo, pero también es nuestra única salvación, porque de lo contrario, un día ú otro seremos asesinados.

--Seguiremos la suerte de nuestro presidente, dijeron los dos oidores.

--Ha llegado un navío á Veracruz con pliegos de España.

--Lo sabemos.

--Pues no hay más camino sino llamar al Marqués hoy mismo á la Audiencia, diciéndole que el Rey manda que ciertos pliegos se abran en su presencia. Una vez que esté aquí, le prenderemos.

--Los dos oidores se levantaron de su silla, sorprendidos de tanta audacia.

--Y le degollaremos en seguida, lo mismo que á todos los demás. Aquí teneis la lista de los conjurados, todos deben reducirse á prisión en un mismo día y á una misma hora; de lo contrario somos perdidos: uno solo que quede, alborotará la ciudad, sacará la artillería de la casa del Marqués, y sus criados bastarán para arrollarnos.

--¿Teneis gente dispuesta?--preguntó Villalobos.

--Poca, pero decidida y bien pagada, contestó Ceynos, y además cuidan del lance enemigos personales de los Avilas, de los Bocanegras y del Marqués: no nos faltarán.

--Entonces manos á la obra, respondió Villalobos, y no hay que pensarlo mucho.

Un atento recado al marqués del Valle hizo que éste, ó ajeno de la celada que se le tendía, ó demasiado confiado, acudiera inmediatamente.

Luego que se presentó en la sala, le ofrecieron con mucha cortesía un asiento, mientras otro de los oidores mandó ocupar las puertas con la gente armada, que de antemano había preparado Ceynos.

Villalobos se dirigió al presidente, diciéndole:--Mandad lo que deba hacerse.

El doctor Ceynos se volvió resueltamente al Marqués, y le dijo con voz amenazadora: «Dáos preso por el Rey.»

--¿Por qué tengo de ser preso?--contestó D. Martín levantándose de su asiento y mirando á las puertas.

--Por traidor á S. M., replicó Ceynos.

--¡Mentís!--interrumpió el marqués ciego de ira y echando mano á su estoque;--yo no soy traidor al Rey, ni los ha habido en mi linaje.

Villalobos y Orozco se sobrecogieron creyendo que había llegado el último trance de su vida; sólo el doctor Ceynos clavó una mirada fija y fiera en el Marqués, é hizo seña á los soldados que se acercasen.

El Marqués reflexionó, envainó el estoque, y pálido como la muerte, entregó sus armas. Un momento, dijo, y estoy á vuestras órdenes. Retiróse á un rincón de la pieza y murmuró algunas palabras como una plegaria. Fué la promesa que hizo, si escapaba con vida, de dar de comer á un número de presos ese mismo día de cada año. El Marqués fué llevado á una pieza que en el palacio estaba dispuesta de antemano por Ceynos.

A la misma hora fueron aprehendidos D. Martín y D. Luis Cortés y todos los convidados alegres á quienes hemos conocido en el magnífico comedor de las casas del Empedradillo. No escapó, ni por su carácter sacerdotal, el Deán Chico de Molina, que fué reducido á una estrecha prisión en la Torre del Arzobispado.

VII

LOS DEGOLLADOS

El 3 de agosto de 1566, víspera de Santo Domingo, á las siete de una oscura y lúgubre noche, una comitiva fúnebre se dirigía á la plaza mayor. Alonso de Avila iba montado en una mula con unos grillos en las manos; estaba vestido de negro, y una ropa ó turca de damasco pardo, con gorra de terciopelo con una pluma negra, y una gruesa cadena de oro en el cuello. Su hermano Gil González, ajeno á la conspiración, como hemos dicho, iba vestido de pardo y montado en otra mula. Eran seguidos de muchos guardias armados y de alguaciles con teas encendidas, y el verdugo, enmascarado, con una enorme hacha en el hombro, precedía muy de cerca á los presos.

Junto á las casas de cabildo estaba un tablado cubierto de paño negro, y alumbrado con la trémula y escasa luz de algunas hachas; lo custodiaba la gente de la Audiencia, y alderredor la población entera, amigos y enemigos confundidos en la dudosa sombra, aguardaban mudos y sombríos el desenlace del terrible drama. Ayudados por sus confesores, los Avila subieron al tablado. Alonso confesó allí ser cierta la conspiración, con palabras que revelaban la proximidad de la muerte, y las últimas oraciones no terminaban cuando el verdugo levantó en el aire su terrible hacha, la que zumbando trozó la cabeza del apuesto y gallardo joven, y lo mismo pasó con el inocente Gil González, quedando aquel paño fúnebre humedecido con la sangre de los dos alegres y bravos convidados del marqués del Valle.

Los cuerpos mutilados se llevaron por un sacerdote y dos hombres, á la luz de un opaco cirio, á la iglesia de San Agustín, y las cabezas amanecieron al siguiente día clavadas en unas picas en lo alto de los torreones de la Diputación.

_Manuel Payno._

DON MARTIN CORTES

_Mandaré decapitar_ _A todos los sospechosos;_ _Con suplicios espantosos_ _Haré á México temblar._

RODRIGUEZ GALVÁN.--_Muñoz._

I

LA FLOTA

En alguno de los artículos anteriores hemos dicho que la entrada de un barco al puerto de Veracruz, que era el único por donde se hacía el comercio en la Nueva-España, era un acontecimiento. La llegada de las flotas que comenzaron á venir con regularidad desde 1561, llenaba de júbilo á los habitantes. Las noticias no se circulaban en todo el vasto territorio por telégrafo, como hoy, pero sí por medio de correos indígenas que atravesaban en pocas horas distancias prodigiosas, de manera que podemos considerarlos como los telégrafos humanos; y difícilmente en cualquiera otro país del mundo las comunicaciones han de haber sido tan rápidas y tan seguras como en México desde el tiempo de los Reyes Aztecas, que tenían sistemado de una manera notable el servicio de los correos.

Luego que á todo escape llegaba el correo á las poblaciones con la noticia de que la Flota había llegado con toda seguridad á Veracruz, el Corregidor, Subdelegado ó justicia mayor del pueblo, se vestía con todo el lujo posible, el Ayuntamiento se reunía en cabildo pleno, el cura aseaba y llenaba de gallardetes y de cirios la Iglesia, y los comerciantes y labradores salían llenos de júbilo de su casa y se reunían en la plaza á referirse mútuamente las noticias que sabían, ya de la salud de los Reyes, ya de las aventuras que habían corrido los barcos en una tan larga y peligrosa navegación, ya de las mercancías que tenían que recibir. Se cantaba una misa solemne, las campanas se repicaban á todo vuelo, y los viejos vinos de España circulaban con profusión entre los buenos y honrados mercaderes. El día era de holgorio y de completa alegría. En México, por supuesto, todo se hacía con más pompa y solemnidad, aunque algunas personas, en vez de alegrarse, temblaban á la llegada de cada Flota, porque las provisiones de la corte no siempre eran conformes con los deseos de los que aquí gobernaban.

La alegría, en la época á que vamos á referirnos, fué mayor para la generalidad de los habitantes de México, aunque al mismo tiempo inspiró el más grande sobresalto á la audiencia y á sus partidarios, que como hemos visto en la narración anterior, habían mandado degollar á los hermanos Avila, y tenían reducidos á prisión y encausados al marqués del Valle y á la mayor parte de los nobles y caballeros ricos é influentes de la ciudad.

Un día, y cuando menos se esperaba, se anunció que el muy noble y bravo general Don Pedro de las Roelas había llegado á Veracruz con la Capitana, diversos barcos de guerra y muchas naves mercantes, llenas de los más valiosos y exquisitos efectos. En la Capitana venía un alto personaje, que era nada menos que Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, nombrado virrey de la Nueva España.

Los amigos del Marqués que veían su vida en peligro no economizaban ningún medio para salvarlo, por artero y peligroso que fuese, así que mientras unos trabajaban en México para proporcionarle la fuga ó embrollar la causa, otros habían secretamente dirigídose á Veracruz con el fin de trasladarse á España.

Al tiempo que la Flota llegó, dos jóvenes amigos del Marqués y de los Avila se hallaban en Veracruz. Inmediatamente fletaron una embarcación pequeña, se disfrazaron de mercaderes, y con pretexto de navegar para Campeche, se dieron á la mar y abordaron antes á la Capitana, logrando ser recibidos por el general Roelas y por el marqués de Falces.

--¿Qué noticias me dáis del Reino?--les preguntó el Marqués, pasadas las ceremonias y saludos de costumbre.

--No podemos darlas muy buenas, dijo uno de ellos quitándose con sencillez y respeto el sombrero. La tierra toda anda revuelta, y los oidores han ultrajado á la mitad de la nobleza, han degollado á los Avila, que eran los jóvenes más apuestos y más queridos de México, van á degollar al noble marqués del Valle, y van á degollar á los Bocanegras, y van á degollar á Castilla, y van á degollar á los Sotelos, y van á degollar al Deán Chico de Molina, y van á degollar á doce padres de San Francisco y á dos de Santo Domingo, y van......

--Esos monstruos, interrumpió el Marqués, van á degollar á toda la Nueva España; pero ¿es cierto? ¿ó tratáis de burlaros del Virrey?

--¡Dios nos defienda! dijeron los dos muchachos; nosotros somos mercaderes que hacemos viajes á Yucatán, y no nos atañen ninguna de estas cosas; pero hemos visto caer las cabezas de los Avila y sabemos todo esto. Su señoría hará bien de no salir de la Capitana, porque es muy posible que también los oidores quisieran......

--Degollarme á mí también, ¿no es verdad?--interrumpió el Marqués retrocediendo un paso.

--Salvo el parecer de su señoría, contestó el más atrevido de los muchachos que llevaba la palabra, y agachó humildemente la cabeza.

Don Pedro de las Roelas, que había escuchado en silencio toda la conversación, dió una patada en la cámara y echó uno de esos juramentos españoles que hacen estremecer una torre, y volviéndose al Marqués.

--Creo, le dijo, que esos oidores son una vil canalla, y en el fondo quizá estos muchachos dicen la verdad; será mejor que permanezcáis á bordo hasta recibir mejores noticias.

--Id con Dios, muchachos, y buen viento de popa, les dijo el marino, y los despidió.

El marqués de Falces se quedó efectivamente á bordo, y allí recibió cartas que confirmaban las noticias funestas del estado que guardaba el Reino. Al cabo de seis días se decidió á ponerse en camino para México, adonde no llegó sino después de un mes, acompañado de veinticuatro alabarderos y de doce de sus sirvientes armados de lanzas jinetas.

II

DE LO VIVO Á LO PINTADO

Don Gastón de Peralta, marqués de Falces, tercer virrey de México, era hombre generoso, franco, enemigo de las violencias y de las persecuciones, y sobre todo respetaba la memoria del conquistador y estaba dispuesto á perdonar cualquier falta que sus descendientes hubiesen cometido.

Cuando llegó á México, los oidores, asustados con su propia obra, tenían la artillería abocada contra la ciudad, tercios armados recorrían los barrios, y la policía vigilaba hasta las acciones de los muchachos que andaban en la calle. Todas las noches temían que estallase una nueva conspiración y que ellos corrieran la misma suerte que habían deparado á los simpáticos jóvenes á quienes degollaron.

Don Gastón mandó retirar inmediatamente la artillería y las guardias, comenzó á conocer en todas las causas pendientes, calmó la cólera de la nobleza y volvió á los ánimos de los moradores su perdida tranquilidad.

El proceso del marqués del Valle se seguía por los oidores con actividad, el Fiscal Céspedes de Cárdenas pidió la confiscación de los bienes, el Virrey la negó; pero el miedo, que los hacía más crueles, los inclinaba á sentenciarle á muerte. El marqués del Valle, el hijo más querido de Cortés, podía ser degollado frente de la Diputación, en el mismo patíbulo que los Avila.

Don Gastón recibió, al sentarse á la mesa, informe del estado de las causas; no acabó de comer, sino que se retiró silencioso y pensativo á su cuarto. Cosa de las ocho de la noche llamó á su secretario Gordián Casasano.

--Id á la prisión del Marqués con esta orden, sacadle de ella y traedle á mi presencia. Vuestra cabeza me responde de todo.

El secretario volvió antes de una hora con un hombre embozado hasta los ojos en un ferreruelo negro. Era el marqués del Valle.

--Don Gastón, dijo conmovido, jamás mi casa olvidará lo que os debe.

--Guardad, Marqués, para otra ocasión esos cumplidos, le contestó el Virrey tendiéndole la mano, y tratemos ahora de concluír definitivamente todos estos enojosos procesos. ¿Sabéis que los oidores os condenarán á muerte?

--Me habrían ya degollado, á no haberlo impedido tan oportunamente el noble Don Gastón.

--Es verdad, Marqués, es verdad; esos hombres están sedientos de sangre. Han condenado á muerte á Don Luis Cortés.

--¡Villanos!--dijo el Marqués exaltado; el más inocente, el mejor de los hijos de mi noble y valiente padre. ¡Pero eso no es posible!

Don Gastón sonrió tristemente y contestó al Marqués:--Todo es posible en esta tierra y con estos hombres. Escuchad. Lo que voy á hacer en este momento me puede costar la vida, ó cuando menos el virreinato. No importa. Quiero salvar el nombre histórico de los españoles. Tres viejos miserables, llenos de odio y de rencor, no deben enviar al patíbulo á los hijos del capitán más grande que ha tenido la Europa. Os salvaré......

--Don Gastón, interrumpió el marqués del Valle, os explicaré......

--Nada tenéis que explicarme...... _traidores no los ha habido en vuestro linaje_, vos lo habéis dicho...... tampoco quiero obligaros. Cumplo con mi conciencia y mi fe de hidalgo y de español. Firmaré la sentencia de Don Luis, pero en revisión será condenado sólo á la confiscación y á servir á su costa diez años en Orán. En cuanto á vos, partiréis para España en la flota de Juan de Velasco. Si el Rey os mata allá, morid como cristiano y como caballero, que el Rey sabrá por qué mancha su manto con la sangre del que dió á Castilla el vasto reino de Nueva España: si os perdona, buena pro os haga. Todo está dicho, y ni una palabra más.

Don Gastón tocó la campanilla y el secretario entró.--Iréis á casa de los oidores y los traeréis al palacio, diciéndoles que el servicio de S. M. los llama inmediatamente.

El secretario salió y el marqués del Valle y el Virrey quedaron platicando familiar y amistosamente de las cosas de la tierra y de las cosas de España.

Los oidores llegaron y se sorprendieron de encontrar al marqués del Valle en palacio, en vez de estar encerrado en su prisión.

--No podemos tratar ni hablar, dijo Ceynos indicando al Marqués, mientras una persona que debía estar en la prisión se halla en......

Don Gastón tomó todo el aire resuelto é imperioso de quien tiene fijada en la conciencia una resolución irrevocable.

--El Virrey sí puede hablar, y hablará pocas cosas, pero serán decisivas,--dijo encarándose, y sin darles asiento. La sentencia de muerte de Don Luis está firmada, pero en revisión sólo tendrá la pena de servir diez años á su costa en Orán, y quedará confirmada la confiscación de sus bienes.

--Su señoría reflexionará, murmuró Ceynos......

--He reflexionado ya, señor licenciado Ceynos, contestó el Virrey secamente; y continuó:

El marqués del Valle saldrá para España donde continuará su causa, y uno de vosotros le custodiará hasta entregarle al comandante de la flota. ¿Lo entendeis? y vuestra cabeza responde de la seguridad del prisionero. Id con Dios.

--Señor Virrey, dijo Ceynos, yo no me encargaré por todo el oro de las Indias, de conducir á un preso semejante. Sus muchos partidarios nos atacarían en el camino y nos matarían.

--Ni yo, dijo el otro oidor.

--Ni yo, interrumpió el tercero.

--Entonces yo me encargaré, dijo el Virrey, y ya veréis de qué manera.

--Marqués del Valle, continuó, vos saldréis de México el día que yo os diga, os embarcaréis en la nao de Felipe Boquin, llamada la _Esterlina_, iréis á San Lúcar de Barrameda ó á otro puerto de España, y á los cincuenta días os presentaréis al consejo de Indias, avisándome de todo esto por los primeros navíos de la próxima flota. Dadme la mano y prestad _pleito-homenaje_ ante mi secretario Gordián Casasano y el caballero de Calatrava Don Pedro Bui, y que Dios os ayude y os guarde.

--Señor Virrey, dijeron los oidores, el reo se fugará sin remedio; protestamos que.......

El marqués del Valle, lleno de enojo quiso contestar al inícuo Ceynos, pero el noble Don Gastón le contuvo, y dijo con una dignidad y una admirable firmeza:--«Príncipes, galeras, fortalezas y oficios se entregan á caballeros con _pleito-homenaje_.» Id con Dios, señores oidores, y sabed que con el Marqués va también Don Luis su hermano y el Deán Chico de Molina.

El Virrey saludó con dignidad á los oidores y dijo á su secretario Gordián: acompañad al Marqués á la casa y hacedle los honores debidos. Los demás presos fueron puestos en libertad al día siguiente; la ciudad quedó tranquila.

El Virrey siguió después ocupándose con afán de los asuntos de la colonia, y particularmente de componer y embellecer el palacio, donde mandó pintar la batalla de San Quintín, en la cual había tal número de figuras que según las gentes decían, pasaban de _treinta mil_.