El libro rojo, 1520-1867, Tomo I
Part 7
Fortún del Portillo era hombre como de más de cincuenta años, cara larga, barba cerrada y cana. Los ojos eran hundidos, pero las enfermedades se los habían retirado casi hasta el cerebro. Sufría un ataque agudo del hígado y estaba ya sin aliento ni fuerzas, tendido en su lecho y en los últimos instantes de su vida. La recámara estaba iluminada con velas de cera que ardían delante de diversas imágenes de santos, y el cuello del paciente cubierto de reliquias y de escapularios. Luego que Fr. Domingo entró, todas las mujeres que asistían al enfermo y rezaban oraciones en coro se agolparon á su derredor y le besaron la mano. El Reverendo mandó apagar algunas de las velas y retirar á todas las rezanderas.
--Vamos, señor Fortún, ¿qué es eso? os creía, al contrario, muy aliviado...... quizá Dios todavía hará un milagro,--dijo Fr. Domingo acercándose á la cama del enfermo.
--¿Traéis los Santos Oleos?--respondió el enfermo con una voz trabajosa.
--No; y á fe que no os creía tan grave, y quizá......
--Dios me ha permitido, interrumpió el enfermo, que viva el tiempo necesario para que oigáis mi confesión, y ha querido salvar mi alma del infierno. Bendita sea su divina misericordia.
--Confiad en Dios, replicó Fr. Domingo; y quitándose su negra capa, arrimó junto á la cama un tosco sillón y se dispuso á oír la confesión del enfermo, el cual, por su parte y con mil esfuerzos, se incorporó y se acercó lo más posible al confesor.
* * * * *
--¿Creéis que Su Divina Majestad me perdonará?--preguntó el enfermo después de haber confesado sus culpas.
--Si os arrepentís sinceramente, tendréis el cielo seguro, pues Dios perdona los más grandes pecados.
--¿Creéis, padre, que haría bien, para descargo de mi conciencia, en dejar para concluir la fábrica de las capillas, alguna parte de lo poco que Dios me ha dado en esta tierra?
--Seguramente, contestó Fr. Domingo. Todo eso es grato y meritorio á los ojos de Dios.
--Es que, continuó el enfermo con una voz que con esfuerzo le salía ya de la garganta, tengo otro pecado tan grande, tan horrendo, que dudo que Dios me lo perdone aun cuando dejara todo mi caudal al convento.
--No hay que blasfemar ni dudar un solo instante de la misericordia de Dios, que es infinita,--interrumpió el padre con entusiasmo. Vamos, no hay que tener empacho ni vergüenza á la hora de la muerte. Decid, depositad vuestro secreto en este Santo Tribunal.
El padre se acercó de nuevo al enfermo, y éste le habló un momento en voz muy baja.
--¡¡Jesús!!--exclamó Fr. Domingo dando involuntariamente un salto del sillón; ¿y todo ello es verdad?
--Tan verdad, padre, como que dentro de poco he de comparecer ante la presencia de Dios.
--Es muy grave, muy grave todo eso, y no hay que perder tiempo; y en esto buscó su sayal negro y caló de nuevo la montera.
--¿No me absolvéis? ¿me cerráis las puertas del cielo? ¿he de morir así como un hereje, sin esperanza ninguna?--dijo el enfermo con las lágrimas en los ojos......
--Es verdad, es verdad, dijo Fr. Domingo; pero os absuelvo con una condición. El padre se acercó al enfermo y mediaron algunas palabras. Después con toda solemnidad le dió la absolución, y apenas hubo tiempo, pues Fortún del Portillo hizo un gesto supremo, se volvió del otro lado, sus ojos se cerraron y su alma voló á la eternidad.
Fr. Domingo, preocupado con las últimas palabras que le dijo el moribundo, apenas acertó á rezarle las últimas oraciones de la Iglesia, avisó á los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras el reverendo salió á la sala y se comenzó á pasear hablando solo y haciendo diversas señas y ademanes con las manos. Parecía que se había vuelto loco.
Luego que amaneció, se envolvió en su turca, y sin despedirse de nadie salió precipitadamente á la calle, se dirigió al palacio y encontró allí una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el Virrey había muerto casi á la misma hora que Fortún del Portillo.
--No hay otro remedio, dijo en voz baja Fr. Domingo, sino dirigirse inmediatamente al visitador Valderrama; y sin entrar en su convento tomó el rumbo donde vivía este célebre é importante personaje.
II
EL MARQUES DEL VALLE
En la época en que va á comenzar la acción del drama histórico que en compendio vamos á referir, la muerte y el tiempo habían ya arrebatado y reducido á polvo á los personajes que por un momento hemos animado en nuestros primeros capítulos y presentado como figuras principales en el gran acontecimiento de la conquista. Los reyes aztecas y texcocanos habían sido inhumanamente matados por sus conquistadores, y los conquistadores matados también por ese secreto impenetrable que se llama muerte, y que á cierto tiempo nivela al opresor y al oprimido, á la víctima y al verdugo. El gran _Tonatiut_ había muerto desbarrancado en Mochitilte, y su mujer ahogada el mismo día por un volcán en Goatemala; el conquistador Don Hernando, aislado y despreciado de la corte, había exhalado, como cualquier miserable, su postrer suspiro en un pueblacho solitario y oscuro de España; en una palabra, la generación terrible de los primeros conquistadores se había extinguido en cosa de cuarenta años, y sus hijos y deudos eran los que se disputaban los honores, el mando supremo y las más bellas porciones del territorio mexicano[13].
En principios del año de 1563 un grande acontecimiento ocupó á los habitantes de la nueva colonia, y aun no dejó de alborotar también á los indígenas, que esperaban siempre con la llegada de un nuevo gobernante, que empeorase su situación. En esta vez se trataba de una persona cuya tradición era respetada de los indios mexicanos.
Don Martín Cortés, hijo del conquistador y de la noble señora Doña Juana de Zúñiga, después de haber servido al sombrío monarca que tenía el nombre de Felipe II, y de haberse salvado de grandes peligros en la batalla de San Quintín, regresaba á su patria á disfrutar de los honores y de las riquezas que le había dejado su padre. Era señor de Tlapacoya y de Cuilapa, de Mexicapa, de Coyoacán, de Cuernavaca, de Charo, de Toluca, de Tuxtla, y á tantos bienes y vasallos reunía el título de Marqués del Valle de Oaxaca. Sus riquezas, entonces inmensas, el favor de que gozaba en la corte, sus aventuras novelescas de la juventud, su figura imponente y arrogante que recordaba la del gran conquistador, y el estar enlazado con Doña Ana Ramírez de Arellano, señora de muchas prendas y clara nobleza, le dieron tal prestigio, que México le vió, si no como el verdadero monarca de este reino, al menos como su más fiel y respetable imagen.
El Marqués puso además de su parte cuanto le fué posible para sostener esta reputación y esta grandeza. Su casa era á la vez un palacio y un castillo. Pajes con ricas y doradas libreas, criados negros, indígenas y españoles vestidos de diferentes y vistosos trajes, y damas hermosas é indias nobles que servían á Doña Ana con el mismo respeto que á una reina. El aspecto militar era todavía más imponente. Muchas piezas de artillería se veían en el espacioso patio, compañías de jinetes y de arcabuceros estaban continuamente de facción, como si fuese una plaza de guerra, y en las noches se veían brillar entre las almenas, con los rayos de la luna, los cascos de los soldados que con una enorme lanza hacían la guardia. Cuando el Marqués salía á la calle, lo hacía regularmente en un soberbio caballo de Andalucía enjaezado con seda, oro y terciopelo. Se hacía preceder de un paje con la celada en la cabeza y una gran lanza enarbolada, y era seguido de muchos caballeros que eran sus amigos, cada uno de los cuales llevaba su servidumbre, y el conjunto formaba una brillante cabalgada que levantaba torbellinos de polvo, hacía resonar las toscas piedras de las pocas calles que había entonces empedradas, y pecheros y nobles y caciques salían de sus habitaciones á contemplar con una mezcla de curiosidad y de miedo al rico y poderoso Marqués del Valle. Tales eran los espectáculos y las cosas que llamaban la atención en esos tiempos en la noble y leal ciudad de México, á medio reedificar todavía, y muy distinta de lo que es hoy, según más adelante diremos para la inteligencia de nuestros amables y benévolos lectores.
III
LOS HERMANOS
Era un espacioso salón tapizado de seda color de grana hasta la altura de dos varas. Pesados escaños y toscos sillones cuyos brazos y pies se formaban de cabezas y garras de leones, y labrados de oloroso bálsamo, estaban colocados contra las paredes y cubrían todo el espacio donde no había balcones ó puertas. En el fondo había una imagen de Cristo Crucificado, y del techo pendían tres arañas enormes de plata. El suelo estaba cubierto con alfombras venecianas y con mantas bordadas de fuertes colores, testimonio todavía patente de la industria y civilización de la raza indígena. Al entrar en esta pieza no se sabía acertivamente lo que era; pero más tenía trazas de templo que de habitación profana dedicada á los saraos y banquetes.
En este salón se hallaba el Marqués paseándose de un extremo á otro, con la cabeza baja, un dedo en la boca, y con muestras de que una idea fija le preocupaba. A pocos momentos se presentó D. Martín Cortés, hijo del conquistador y de la hermosa Doña Marina, llevando en su ferreruelo la roja Cruz de Santiago. Detrás de D. Martín Cortés se entraron silenciosamente en el salón dos caballeros: el uno era D. Luis Cortés, hijo también del conquistador y de Doña Antonia Hermosilla, y el otro Alonso de Avila. Era este un mancebo de cosa de veinticinco años, hermoso y gallardo, de ojos negros y chispeantes, de frente ancha, de nariz larga y de boca grande, sombreada por un negro bigote con las puntas retorcidas hacia arriba. Hablaba con entusiasmo y viveza, era pronto y rápido en los movimientos, accionaba mucho, y su mano derecha la llevaba frecuentemente al pomo de su larga espada, porque era pendenciero y calavera, y manejaba con garbo y destreza las armas y el caballo: vestía un capellar de damasco encarnado bordado de plata, que tenía una capucha á la usanza morisca para cubrir la cabeza, un corpezuelo de una tela de seda tejida con plata y oro, y unas calzas de terciopelo negro.
Los tres caballeros, que como hemos dicho llegaron casi al mismo tiempo, observando la distracción del Marqués, se quedaron en pie y guardaron silencio; pero éste, al volver del extremo de la sala los miró, y desarrugando su faz sonrió y les tendió la mano.
--¡Hermanos! ¡Alonso! ¿sabéis ya la buena noticia?
--Precisamente nos han dicho......
--Que la marquesa acaba de dar á luz con toda felicidad dos gemelos, ¿no es verdad?
--Me habían dicho que uno solo,--interrumpió Alonso.
--Dos, por el beneficio de Dios, contestó el marqués, y ya veremos para después como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre. Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y que......
--_Reales_ son todas vuestras cosas, Marqués, interrumpió Alonso de Avila, y _reales_ las hemos de volver de tal manera, que las majestades _reales_ queden asombradas de lo que aquí va á pasar.
--Quedo, quedo, dijo el Marqués poniéndose un dedo en la boca y cerrando la puerta;--y luego, dirigiéndose á los caballeros, continuó:--Sentáos y evitemos las ceremonias, pues que todos somos hermanos, y por tal tendréis siempre á mi fiel amigo Alonso de Avila.
Los caballeros, llamándose hermanos y estrechándose las manos, se sentaron á departir con la mayor confianza.
--¿Sabes, Marqués--dijo Alonso--que tengo un gran cuidado? es decir, de los cuidados que me dan risa y que á veces torno en placeres con mi espada.
--¿Algún duelo, alguna dama infiel, algún amor nuevo?--preguntó el Marqués.
--Nada de eso, pero quizá otra cosa más grave. No sé por qué tengo idea de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la conjuración.
--Nada es más cierto, repuso el Marqués, pero no te inquietes por eso; mi enemigo el Virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia á la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal manera que ni se acuerda del asunto.
--Y la audiencia, ¿sabrá algo?--preguntó el hijo de Doña Marina.
--Por la mirada torva y la maliciosa sonrisa que observé en el Oidor Ceynos, cuando lo encontré ayer, creo que nada ignora de cuanto está pasando, interrumpió D. Luis Cortés.
--Y qué tenemos que cuidarnos de semejantes antiguallas,--exclamó D. Alonso. ¡Por Santiago! que entre mi hermano Gil y yo acabaremos á estocadas con esos viejos pergaminos.
--Calma, contestó el Marqués, y ocupémonos del bautismo de los gemelos, porque precisamente en medio de las festividades organizaremos de tal manera nuestros negocios, que la tierra quede por nuestra, y libre de la tiranía de España y del despotismo de los oidores y visitadores. Lo que el padre quiso dar al Rey, el hijo no lo quiere confirmar.
--No hay que perder momentos, dijo Don Luis Cortés, y sepamos cómo tienen de pasar esas fiestas del bautismo.
--En primer lugar, contestó el Marqués...
En esto se escuchó en la calle el ruido seco y estridente de espadas que se chocaban, y llegaron al salón gritos descompasados de los que pedían favor.
Oír el rumor y correr los tres caballeros con tizona en mano, todo fué uno. El Marqués tomó su sombrero y su espada, y los siguió de lejos hasta la calle de _Martín de Aberraza_, donde ya reñían furiosamente los dos hermanos Bocanegras y Hernando de Córdova, de una parte; y Alonso de Cervantes, Juan Valdivieso, Nájera, Juan Juárez y Alonso Peralta, de la otra. La justicia había acudido y levantaba en ese momento á Cervantes que había caído atravesado de una estocada. El Marqués tomó la defensa de los Bocanegras, y la pendencia habría comenzado de nuevo, á no ser porque los alguaciles rogaron al Marqués y á los amigos que evitasen un disgusto en los días de un acontecimiento tan fausto. Envainaron todos las tizonas, los corchetes cargaron al herido, y el Marqués y sus hermanos, sin ocuparse ya del suceso, regresaron tranquilamente á la casa, y se dedicaron á discutir y fijar lo que ahora llamariamos el programa de las solemnidades para el bautismo de los recién nacidos.
IV
EL BAUTISMO
Es necesario decir algunas palabras para explicar al lector cómo estaba la parte de la ciudad donde pasan las escenas que hemos referido y las que aun falta que contar.
El palacio actual fué edificado por Cortés en el mismo lugar donde estaba la casa de Moctezuma. Tenía cuatro torreones, dos puertas al frente y su balconería. No tenía añadidos, como hoy, ni la casa de moneda ni los cuarteles. Don Martín Cortés lo vendió al rey de España en cosa de treinta y cinco mil pesos, y poco antes de que pasaran los sucesos de que nos ocupamos, el virrey, la audiencia y otras oficinas se habían trasladado al palacio, pues antes residían en las casas que se llamaban del Estado.
La Diputación no tenía portalería. Era un edificio sólido y triste con dos baluartes. En la plaza que es hoy del Mercado, había una construcción de paredes altas sin balconería y con raras y estrechas ventanas, propiedad del conquistador, y donde se alojaban los indios de Coyoacán cuando venían á verle. El lugar que ocupa hoy la Universidad era un pantano inmundo, y un canal venía pegado al costado del palacio y se prolongaba hasta el callejón de Dolores, donde está hoy la casa de Diligencias. Los portales de las Flores, el de la Fruta y otros dos pequeños, estaban edificados y tenían unas escaleras que descendían al canal, y allí las canoas y piraguas desembarcaban sus efectos. Las casas de Cortés ocupaban todo lo que hoy se llama el Empedradillo, y daban vuelta por Tacuba, donde se encontraba la tapia de una huerta inmensa. El frente de estos palacios era como el de un castillo, con torres en las esquinas y almenas en las azoteas.
La catedral actual se comenzó á edificar posteriormente, y entonces había un templo pequeño que llamaban la Iglesia Mayor, y en la esquina frente al castillo del Marqués parece que había una torre aislada que llamaban la Torre del Reloj. En la esquina de la primera calle del Reloj, y que se llamaba de Ixtapalapa, donde ahora está la botica de Cervantes, estaba la casa de Alonso de Avila, formada en su mayor parte con las piedras labradas y con los ídolos de los templos mexicanos que estaban situados á poco más ó menos en donde es hoy la calle de Santa Teresa. La plaza mayor se formaba con estos edificios y estaba despejada y con un piso de tierra, con excepción de algunos tramos cercanos á las casas, que estaban cubiertos con los restos de las losas y piedras de los templos aztecas. Esta topografía, enteramente distinta de la que nos presenta hoy la plaza y sus cercanías, nos permitirá tener una idea más aproximada del carácter de las festividades que se dispusieron para el bautismo de los dos gemelos.
El aparato real que combinó el marqués con sus hermanos y amigos, se desplegó en toda su magnificencia el 30 de junio de 1566, que fué el señalado para el bautismo. Se construyó un primoroso tablado de cuatro varas de alto y seis ú ocho de ancho, por donde podía pasar todo el acompañamiento desde el interior de la casa del marqués hasta la iglesia mayor. Los padrinos fueron Don Luis de Castilla y Doña Juana de Sosa su mujer, y echó la agua á los gemelos el deán Don Juan Chico de Molina. Al salir la comitiva se disparó toda la artillería que se había sacado á la plazuela, y al regresar se repitió la descarga. En seguida, doce caballeros armados de punta en blanco hicieron sobre el tablado un torneo y lucharon valerosamente, dejando asombrada á la multitud por el brillo y riqueza de sus armaduras y por su destreza en manejar las armas.
La plaza mayor se convirtió, como por encanto, en un espeso bosque donde se veían altos cedros, encinas y otros árboles de la montaña; cerróse completamente con altas cercas de césped, y allí se pusieron venados, liebres, codornices y cuanto animal se pudo recoger, y diestros cazadores vestidos á la usanza indígena organizaron una partida de caza que divertía á todo lo más granado de la nobleza que en los balcones gozaba de la extraña novedad de este espectáculo. En la puerta principal de la casa del marqués, había de un lado un enorme tonel lleno de vino tinto, y otro de vino blanco en el extremo opuesto. Dos criados negros daban de beber á todo el pueblo, que entrando al patio cortaban en seguida grandes rebanadas de un toro asado, que entero y de pie estaba colocado en el centro. Este banquete se renovó constantemente durante ocho días. Excusado es decir que el pueblo ocioso, entusiasmado y sorprendido con festividades que antes no se habían visto y que no se volverán á ver otra vez, pasó una semana entre la borrachera, la alegría, el juego y el amor, pues la situación entonces de la ciudad, los tablados y bosques artificiales y la holganza extraordinaria, favorecían toda clase de desvaríos y de ilícitas alegrías. En medio de esta continua orgía solían aparecer tres bultos silenciosos envueltos en negros ferreruelos, que todo lo observaban y que de vez en cuando se descubrían un poco, y arrojaban con sus ojos, luminosos como los de las hienas, amenazantes miradas á la juventud alegre, bulliciosa y elegante que rodeaba al marqués. Cuando se buscaba con más empeño á estas tres sombras entre la multitud, desaparecían como si una hechicera invisible los arrebatara repentinamente por los aires.
V
LA ORGIA Y LA CONSPIRACION
Mientras el pueblo se divierte sin apercibirse del verdadero motivo de tanta bulla y de tanta fiesta, es necesario que entremos otra vez al interior de la casa del Marqués y asistamos á uno de los espléndidos banquetes en que se regalaba la nobleza, mientras el pueblo comía sus trozos de toro asado.
El comedor era un salón que tenía más de veinticinco varas de largo y siete de ancho, con los techos formados con vigas labradas de oloroso cedro; pero al entrar en la noche, era necesario ponerse la mano en los ojos para no cegar con los reflejos de tantas vasijas, platos y vasos de plata y oro como estaban colocados en los aparadores que cubrían la pared, casi hasta el labrado artesón.
Entraron al comedor en una de esas noches, D. Martín y D. Luis, que eran hombres por temperamento quietos, pero que á la sazón tenían que seguir la corriente de los acontecimientos, y no veían tampoco con indiferencia que su hermano llegase á ser el rey y señor de la Nueva-España. Tras de ellos fueron entrando sucesivamente D. Luis y D. Lorenzo de Castilla, D. Lope de Sosa, D. Hernán Gutiérrez de Altamirano, D. Diego Rodríguez Orozco, D. Bernardino Pacheco de Bocanegra, D. Fernando de Córdova y otra multitud de caballeros, todos amigos y partidarios del Marqués. Aun no se acababan de reunir y se saludaban y dábanse las manos, cuando entró éste.
--Extraña sorpresa, dijo, echando una mirada á la espléndida mesa que estaba ya puesta y aderezada.
--Seguramente es invención de Alonso de Avila, dijo D. Martín, y no sabemos cómo completará esta festividad tan extraña.
--Por Dios, exclamó D. Hernán Gutiérrez, que esta vajilla con ser de tierra no es menos curiosa que la de plata.
El Marqués y sus amigos se pusieron á examinar la vajilla que por orden de Avila se había construído, y era toda de barro tan primorosamente labrado, que cada pieza era curiosidad digna de un museo. Este servicio de mesa, hecho por los indígenas mexicanos, había sido sustituído al de plata del Marqués que se hallaba distribuído en los aparadores, con excepción de una primorosa taza de oro que tenía la forma de una corona, y que estaba intencionalmente colocada en el lugar preferente de la mesa en que debía sentarse el Marqués del Valle.
Cada uno decía algo á propósito del servicio indígena, cuando se presentó un paje que habló al oído del Marqués y salió inmediatamente.
--Por mi fé, caballeros, dijo el Marqués, que no sé lo que Avila tiene dispuesto; pero sea lo que fuere, él nos manda la orden de que nos sentemos á la mesa, y debemos obedecerle.--Todos los caballeros que hemos mencionado, el Deán Chico de Molina y otros más que habían entrado tomaron sus asientos y comenzaron á comer y á catar los ricos y exquisitos vinos españoles de que tan bien provistas estaban las bodegas del palacio.
Escuchóse el ruido del teponaxtle y de otros instrumentos indígenas, y casi al instante fué entrando al comedor el emperador Moctezuma, los reyes de Texcoco y Tlacopan y multitud de caciques nobles vestidos con tal propiedad, que si D. Hernando hubiese resucitado, trabajo le habría costado reconocer á los españoles bajo el disfraz indígena. Alonso de Avila desempeñaba el papel del emperador Azteca, y sus amigos el de los reyes y nobleza mexicana.
Saludaron al Marqués con la ceremonia indígena, se confesaron sus vasallos, le reconocieron como á su único y legítimo soberano. El fingido Moctezuma puso en el cuello del Marqués un sartal de flores y de joyas de gran valor, y los reyes colocaron en la cabeza del Marqués y de la Marquesa que se hallaba en una pieza inmediata, unas coronas de laurel, y luego en coro toda aquella loca y alegre mascarada azteca dió un grito diciendo: «_¡Oh, qué bien les están las coronas á vuestras Señorías!_»
Acabada esta ceremonia se incorporaron á los convidados y se sentaron á comer. El vino circuló con profusión, los brindis comenzaron y las conversaciones no tuvieron freno.
--No hay que perder un momento más, dijo Avila. Días y semanas han transcurrido, y nosotros llenos de miedo por tres viejos estantiguas.
--Al infierno con ellos, interrumpió Gutiérrez.
--¿Todos son de los nuestros?--preguntó D. Luis de Castilla.