El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

Part 6

Chapter 64,047 wordsPublic domain

--Pues á las seis ó á las seis y media tendremos una tempestad.

La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se sentía un viento caliente como si viniese del desierto de Africa, y en el horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas volvieron á tomar aliento, y la barca volaba como un alción en la superficie de las aguas.

Después de un cuarto de hora el hombre gordo volvió á ponerse en pie, á tomar su anteojo y á registrar el horizonte; y volviéndose después al piloto le dijo:

--Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero tan delgado que más bien parece una espiga de trigo. ¿Qué dices, Antón?

--Digo, mi señor D. Jerónimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo, lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga está ya subiendo la última escalera de las aguas, ó yo no me llamo Antón de Peralta: pero antes que nosotros lleguemos á la Covadonga, y la Covadonga al puerto, ya soplará recio y muy dichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan llegar á los arrecifes.

--¿Y en qué te fundas para tan triste pronóstico?

--Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas amarillas, sin que á poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros borrasca desecha. Mirad.

El hombre gordo miró con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecían, más bien que naturales, formadas ó arregladas de intento. Las ráfagas de viento caliente se hacían sentir con más frecuencia, y de vez en cuando se oía un ruido como si fuese el lejano disparo de un cañón.

--Ni una sola vez, cuando el cielo está así á la hora de ponerse el sol, ha dejado de haber tempestad, dijo el piloto. Si teneis grande interés en hablar á la Covadonga, vamos, porque un viejo piloto español jamás retrocede ni ante las ondas ni ante los vientos. Los marinos sabemos que nuestra sepultura es ancha y profunda, y nos horroriza la idea de ser machacados y encerrados debajo de la tierra; pero vuesa merced preferiría mejor cenar esta noche un buen pescado en su casa y remojarlo con una bota de tinto, en vez de exponerse á que los pescados se cenen el vientre de vuesa merced.

--Tenía yo mucho interés en saber si viene en la Covadonga un alto personaje, porque mi amigo el alcalde de Mesta, Ruíz de la Mota, tiene ya sus barruntos de que el Rey mandará un visitador con cartas y provisiones amplias; y quién sabe si la pasarán mal ciertos personajes. Este es un negocio que puede valerme unos cuantos pesos de oro, además de los que gane en el fierro y en el azogue que me vienen en el navío.

--Entonces no hay que tener miedo, y hasta encontrar á la Covadonga, que el comerciante, como el soldado y como el marino, debe morir en su oficio.

--No, no, Antón, dijo el hombre gordo: tampoco á mí me gustan ni esas nubes ni ese ventarrón caliente. Aquí en la Veracruz, cuando sopla caliente á poco sopla frío, y vale más, como dices, cenar muy quietos en casa. Volvámonos, y me acompañarás cuando lleguemos, á tomar un trago de vino. Desde tierra veremos mejor los movimientos de la Covadonga.

Antón, sin responder palabra, viró la barca y dirigió la proa á Veracruz. El mar tomaba un aspecto singular; la luz amarillenta del sol, combinándose con el verde de las aguas, formaba un ancho campo donde parecía que comenzaba ó se apagaba un incendio; el viento irregular soplaba por intervalos al Sur y al Sudeste, las ondas se iban bordando de una franja de espuma, y de las fatídicas rayas amarillas parecía que brotaban gruesas nubes de un aspecto amenazador.

--Si no llegamos en media hora no llegaremos nunca,--dijo el piloto.

--Al puerto, bogas, al puerto, dijo D. Jerónimo, y tendrá cada uno un tonel de vino. Los bogas redoblaron su esfuerzo, el mar se hinchaba por momentos, y cuando la barca pasó los arrecifes y puso la proa al embarcadero, multitud de gente en la playa veía aterrorizada aquella cáscara de nuez que se hundía y volvía á aparecer entre la espuma como si fuera arrojada por el soplo de un monstruo desde el fondo del abismo. Por fin atracó al lado del embarcadero de madera, y el hombre gordo, el piloto y los bogas saltaron á tierra llenos de agua y de sudor. La Covadonga estaba ya visible y se adelantaba resueltamente en medio de la tempestad que había estallado al entrar en el puerto.

En instantes el aspecto del cielo cambió, las líneas amarillas, moribundas y enterradas al parecer en un horizonte morado oscuro, despedían un opaco y siniestro brillo, el resto del cielo estaba oscuro, el viento Nordeste desencadenado silbaba, las barcas amarradas danzaban y se chocaban entre sí, y gruesas y estrepitosas olas iban á estrellarse y á hacer crujir los débiles tablados que entonces formaban el embarcadero.

La atención de todos los espectadores estaba fija en el barco atrevido que así desafiaba la tormenta; y el hombre gordo, sin sentir ni la agua, ni la fatiga, ni el cansansio, estaba fijo y mirando las maniobras de la embarcación.

Cuando cerró la noche, la Covadonga encendió una luz á proa y tiró un cañonazo. Si el cañonazo era de socorro, era inútil, pues la mar estaba de tal manera furiosa, que cualquiera barca se hubiera hecho mil pedazos.

II

DOÑA BEATRIZ

La Covadonga, juguete de las ondas, empujada más de una vez á los arrecifes, estuvo á pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marino español logró entrar al puerto, y frente del islote de San Juan de Ulúa dió fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continuó el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus costados, á pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes de Veracruz, que creían que de un momento á otro vendría á la costa; y se aprestaban á dar todo el socorro posible á los náufragos. Don Jerónimo cenó su pescado, bebió su vino en compañía del piloto y volvió á la playa, donde permaneció toda la noche esperando de un momento á otro ver hundidos sus botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y sobrenadando el cadáver del importante personaje que esperaba.

El día siguiente de esta cruel noche amaneció puro y brillante, el viento había caído y las ondas poco á poco fueron disminuyendo, de modo que á medio día se pudo barquear, y todos los botes que dejó en buen estado la tormenta volaron por la bahía, y como una parvada de pájaros que caen sobre los granos, rodearon á la nave española.

No es por cierto hoy Veracruz tan concurrido ni tan activo como otros puertos del Golfo y de las Antillas; pero en los tiempos á que nos referimos, la llegada de un barco era un verdadero acontecimiento: así, en cuanto la autoridad lo permitió, la cubierta se llenó de curiosos, y uno de los primeros que subió la escala fué nuestro conocido Don Jerónimo, procurando indagar si venía su cargamento de fierro y azogue y el personaje distinguido á quien buscaba.

--Viene nada menos, contestó el piloto, que un Visitador; pero su esposa ha sufrido mucho en el temporal, y está desmayada ó tal vez muerta en la cámara.

Nuestro hombre gordo, bien relacionado por una parte con todas las autoridades, y pesado y exigente por otra, se abrió paso por entre la muchedumbre, y saltando por sobre los cables y estorbos que había en la cubierta, logró penetrar en la cámara, y lo primero con que encontró su mirada fué á una mujer, y quedó como pasmado, sin poder articular palabra ni moverse en algunos minutos.

Era por cierto una mujer hermosa; y nada hay comparable á una mujer española cuando es joven y positivamente bella. La criatura que causó la admiración de Don Jerónimo estaba medio acostada en un banco de la cámara, y su cabeza caía descuidadamente en unos cojines. Era de un blanco limpio, grandes ojos cerrados que sombreaban unas rizadas pestañas y coronaban dos arqueadas y sedosas cejas. Su boca entreabierta dejaba ver entre sus labios algo pálidos una dentadura fuerte y no muy pequeña, pero cincelada y lustrosa, y su largo y negro cabello ligeramente rizado, caía en un armonioso desorden realzando la admirable regularidad de sus facciones. El pecho, los hombros, todo ello formaba ondas y contornos suaves que dejaba adivinar un traje de seda, algo maltratado y húmedo, pero que parecía colocado de intento por un hábil artista. La casualidad, la fatiga, el peligro, su estado de dejadez y de abandono, todo cooperaba á aumentar la belleza de esa mujer.

Cuando D. Jerónimo volvió de la admiración, procuró dirigirse al personaje que estaba cercano á esa Venus que parecía que había dormido entre las blancas espumas y las verdes ondas de la mar.

--Señor, dijo, veo que vuestra esposa ha sufrido mucho; y yo, sabiendo hace meses que debería venir de la corte un personaje tan alto, estoy encargado por mi primo Jerónimo Ruíz de la Mota, de ofreceros mi casa, mi persona y mis servicios.

El Visitador se inclinó con dignidad. Era lo que podía llamarse un hombre, y no representaba más de cuarenta años; de tez un poco morena, de ojo pequeño y vivo, grandes entradas en la frente, y un pelo negro echado hacia atrás con desorden pero con gracia, daba á su fisonomía un aire de audacia y de superioridad que no dejaba de imponer. Sin contestar á Don Jerónimo se acercó con afección á la dama desmayada, le compuso un poco los vestidos, le tomó el pulso, le puso la mano en el corazón, y después le acarició suavemente la frente.

--Es solo un desmayo, dijo dirigiéndose al hombre gordo. El temporal ha sido fuerte, y hemos estado á punto de naufragar. Los peligros y las aventuras se han hecho para los hombres, pero la naturaleza débil de las mujeres no puede sobreponerse al horror de una muerte próxima. Quizá en tierra recobrará sus sentidos, porque el olor de un barco no es el más á propósito......

--Es mi sentir, y vuestra señoría puede disponer de una buena barca que se portó ayer muy bien, pues salí con ella á encontrar á la Covadonga, y de verdad que sin Dios y mi piloto Antón, no tuviera hoy la honra de hablar con......

--El Lic. Vena, Visitador de México.

--Por muchos años, contestó inclinándose el hombre gordo; y su señoría dispondrá lo que hacer se debe.

En esto, la hermosa dama pareció volver en sí, abrió los ojos y se incorporó. Nueva admiración de Don Jerónimo. Aquellos grandes ojos negros como el azabache despedían rayos de amor y de luz. Don Jerónimo se mordía los labios, mientras el Licenciado envolvía en unas ropas á la encantadora mujer que había llegado á las Indias en medio de la más deshecha tormenta.

III

EL VISITADOR

El Lic. Vena y Doña Beatriz, que así se llamaba la dama, se hospedaron en la casa de nuestro D. Jerónimo, que era un rico comerciante y que aventajaba mucho en sus negocios, agasajando cada vez que podía á los empleados y personajes influentes que llegaban de España á la colonia.

Doña Beatriz volvió á caer en un desmayo al llegar á la habitación; pero los cuidados que le prodigaron dos criadas negras que tenía D. Jerónimo, y más que todo una buena taza de vino y algunos alimentos, la volvieron á la vida, pues lo que realmente tenía era que en cerca de treinta horas, por el mareo y el miedo no había comido. Así que estuvo repuesta y se encontró segura en una amplia y bien ventilada habitación, desde donde se veía el mar quieto, azul y brillante, sonrió y se dirigió al Lic. Vena, cuyas facciones denotaban una profunda tristeza.

--Es un placer, un placer que no tiene igual en la tierra, verse libre y segura después de una tormenta. ¡Qué noche, qué noche! creo que si pienso más en ella me volveré loca.

El Licenciado no le contestó, y continuó mirando distraídamente al mar. Beatriz, que lo observaba, cambió inmediatamente; bajó los ojos, y dos lágrimas silenciosas rodaron por aquellas mejillas suaves, deteniéndose un instante en el suave vello que las hacía parecer como un terciopelo al través de la luz.

--No sé por qué, dijo, daría yo la mitad de mi vida por verme en mi casa de Sevilla, al lado de mis flores, de mi madre, de Pilar mi hermana. La América nos ha recibido con una tormenta, y yo no puedo ver estas playas secas y arenosas, y estos arrecifes terribles, sin que se me cierre el corazón.

--Todo esto pasará, Beatriz, le contestó el Licenciado saliendo de su distracción y procurando poner un semblante muy afable. Dentro de pocos meses estaremos en Sevilla, en Granada, en Italia; pero no me hagas creer que te has arrepentido, porque eso sí me pondría de veras triste.

--Arrepentida, no; pero qué quieres; yo preferiría......

--¿Estar con tu marido, acaso?--repuso violentamente el Licenciado.

--Con mi marido; no, nunca. Esta señal que tengo en el carrillo es una garantía segura de que nunca volveré ni á mirarle. Una sevillana ama, pero no perdona.

Beatriz tenía, en efecto, una pequeña señal en el carrillo izquierdo.

--Bien, bien, dijo Vena, no hay que traer á la memoria recuerdos amargos. Pensemos en el porvenir, y es lo que nos toca.

--¿Traes tus cartas y tus provisiones?--le preguntó Beatriz.

--Precisamente las cartas del Rey, no; pero bastan por ahora las instrucciones; y sobre todo, ¿quién puede dudar......?

Don Jerónimo tocó suavemente la puerta y anunció que el Ayuntamiento quería felicitar al Visitador y ponerse á sus órdenes. En menos de media hora el Licenciado y Doña Beatriz salieron elegantemente vestidos á la sala á recibir á la concurrencia.

Los miembros del Ayuntamiento le presentaron un gran azafate de plata.

Una comisión del comercio que llegó después, le presentó á Doña Beatriz, en una bandeja de oro, una sarta de gruesas perlas.

Las visitas y las comisiones se sucedieron unas á otras, y cada persona llevaba al Visitador ó á su esposa un objeto de valor ó alguna curiosidad. Terminó la ceremonia, y el Visitador y Beatriz pasaron al comedor, donde nuestro grueso y buen Don Jerónimo tenía dispuesta una suculenta mesa.

Un correo se despachó á México avisando que el Lic. Vena, con cartas y _provisiones_ del Rey, muy importantes y secretas, había llegado á Veracruz, y dentro de pocos días pasaría á la capital.

En esa época era Virrey D. Antonio de Mendoza, hombre que poseía la confianza de la Corte, que había gobernado perfectamente la Nueva-España y que no tenía de esos enemigos tenaces y secretos que perdieron á Cortés más de una ocasión en el ánimo del Soberano; así, la llegada de un Visitador no dejó de chocarle; pero puesto que era un hecho que estaba en Veracruz, no había otro remedio sino recibirle y obedecer.

En cuanto á la Audiencia, era otra cosa. Los Oidores quizá no tenían tan limpia su conciencia, la noticia los puso en cuidado, y lo primero que trataron y convinieron entre sí, fué ganarse la confianza y protección del personaje.

IV

LA AUDIENCIA

Vena y Doña Beatriz salieron al cabo de ocho días de la Veracruz, llenos de plata, de oro y de valiosas alhajas, custodiados por cuarenta lanzas jinetas. El camino fué una perpetua ovación. Los caciques, los justicias, los vecinos principales salían á recibir á los nobles personajes, y los banquetes y los obsequios eran continuados. Llegado á México, se alojó en una de las casas principales que los oidores le habían preparado, y á los tres días le mandaron respetuosamente pedir sus _provisiones_ para darles cumplimiento.

El Licenciado contestó con la mayor franqueza y naturalidad, que él no había traído las _provisiones_, porque el Virrey Velasco que estaba para llegar, las tenía y entonces serían vistas y cumplidas por todos los vasallos de S. M.

La Audiencia se dió por satisfecha: llamó al Lic. Vena á sus _estrados_, le dió asiento en ellos, y con la mayor escrupulosidad le estuvo dando cuenta é instruyendo de todos los negocios graves que había pendientes, procurando inspirarle una resolución favorable.

Las horas en que el Licenciado acababa esos importantes quehaceres, las empleaba en su casa en recibir á las personas más distinguidas. Los encomenderos y todas las muchas gentes interesadas en la _visita_ le llevaban cuantiosos regalos de oro y plata para él, y de alhajas y perlas para Doña Beatriz. A la segunda semana de haber llegado el Visitador á México, ya tenía un valioso tesoro, que reunido al de Veracruz, formaba un respetable capital bastante para vivir con independencia el resto de la vida.

Beatriz estaba rica: su hermosura deslumbró y causó sensación en México; pero cada vez estaba más triste, y raro día no dejaba de acordarse de su Sevilla y de derramar algunas lágrimas. El Lic. Vena la tranquilizaba y le aseguraba que antes de dos semanas estarían de vuelta en Veracruz y se embarcarían en la misma Covadonga, que aun no se daba á la vela.

Un día, como de costumbre, el Licenciado se fué á los _estrados_ de la Audiencia, y allí llegó un correo expreso enviado de Veracruz, que avisaba que el Virrey Don Luis Velasco había llegado.

Al escuchar esta noticia, el Licenciado se puso pálido, y un ligero temblor se observó en sus labios; pero los oidores nada advirtieron, y él tuvo tiempo de reponerse.

--Qué me place, les dijo, que el buen Don Luis haya llegado, y sin la tormenta que á mí me trajo á tierra. Quiera Dios que yo sin tormenta vuelva, y con el permiso de vuestras señorías mañana partiré á encontrar al Virrey y á tomar las _cartas y provisiones_ que me traerá, para que podamos continuar la visita para bien de S. M. y de sus reinos.

Los oidores ofrecieron sus servicios al Visitador, y despidiéronse de él cordialmente, pues creían que con tanto presente que le habían hecho le tenían enteramente de su parte.

El Licenciado salió de la Audiencia precipitadamente, se dirigió á su casa y entró buscando á Beatriz.

--¡Estás demudado! ¿Qué te ha sucedido? ¿Estás enfermo?--le preguntó Beatriz.

--Más me valiera haber muerto,--contestó el Licenciado.--Corremos un gran peligro, y esta noche es necesario que salgamos de la ciudad. Nada me preguntes ahora, y recojamos nuestras joyas y nuestros tesoros.

V

LOS AZOTES Y LA LOCA

Don Antonio de Mendoza, que había siempre desconfiado, hizo regresar violentamente el correo á Veracruz para que preguntara al nuevo Virey lo que había.

Don Luis de Velasco contestó que no había tal visitador, que á su salida de España la Corte no había tratado de mandar persona alguna, y que así ese Lic. Vena no era más que un impostor y un aventurero, y que el no traía para tal personaje cartas ni _provisiones_ algunas.

Cuando los oidores supieron esta noticia, se mesaban los cabellos y pateaban de rabia. ¡Unos hombres tan severos, tan respetables como ellos, burlados y robados por un miserable!

El Virrey Mendoza, tranquilo y sin darse por enojado, pues él jamás fué víctima de tal superchería, dictó enérgicas disposiciones, y las circuló á los justicias de la tierra para que aprehendiesen al falso visitador.

Don Gonzalo de Vetanzos, gobernador de Cholula, prendió en el momento de marcharse al Lic. Vena y á la linda Sevillana, y los trajo á buen recaudo á México. El licenciado fué encerrado en la cárcel; la dama en una casa de confianza, y se recogieron las joyas, oro y plata que les habían regalado, devolviéndose á sus dueños.

En breves días se instruyó la causa, y el Lic. Vena fué condenado á diez años de galeras, y á recibir antes cuatrocientos azotes.

* * * * *

La misma multitud indolente y curiosa que se agolpó á ver la entrada solemne de la noble é interesante pareja, llenó las calles y los balcones para presenciar la cruel ejecución.

Un hombre, que se podía llamar hermoso, iba montado y atado en una bestia con albarda: llevaba las espaldas desnudas, pero su semblante era altanero y fiero, y desafiaba las miradas insolentes de la multitud.

El pregonero se detenía en cada esquina, y gritaba tres veces: Esta es la justicia que el Rey manda hacer en el Lic. Vena, _por embaidor, por embaidor_.

Apenas acababa aquel funesto grito, cuando los verdugos descargaban con todas sus fuerzas diez varazos, contándolos con una especie de complacencia.

Cuando hubo la tumultuosa comitiva y el infeliz licenciado pasado cuatro esquinas, su brío se había acabado, la sangre corría escurriendo al suelo, y algunos pedazos de carne se levantaban de sus espaldas.

El pregón continuó, y los azotes también. En la sexta esquina, una hermosa mujer apareció, encontrándose frente á frente con el azotado. Abrió los ojos, llevó la mano á los cabellos, y empujando á la multitud corrió por las calles dando lastimeros gritos. El Licenciado la miró espantado, hizo un esfuerzo por romper sus ligaduras, pero un terrible azote del verdugo le hizo lanzar un gemido de dolor.

* * * * *

La historia no dice si el Lic. Vena murió en el suplicio ó fué al fin llevado á galeras. Tampoco se sabe la suerte que corrió la hermosa Sevillana, víctima de un extravío y de un amor desgraciado.

Pasados algunos años de este suceso, se refería por el vulgo que á las doce de la noche se aparecía la Sevillana y corría por las calles dando gemidos tan dolorosos que partían el corazón.

_Manuel Payno._

ALONSO DE AVILA

I

PROLOGO.--LA CONFESIÓN

En una noche oscura y lluviosa de fin de Julio de 1564, víctima el Virrey D. Luis de Velasco de los más acerbos dolores que le ocasionaba una aguda enfermedad, entregaba su alma á Dios. A ese mismo tiempo, y entre las tres y cuatro de la mañana, un hombre envuelto en un raído y pardo ferreruelo, escurriendo por todas partes la agua que había mojado su sombrero y vestidos, tocaba con grande estrépito la portería del convento de Santo Domingo de México, y los golpes duros y compasados producían un eco triste en las calles solitarias y en las bóvedas y estrechos corredores del monasterio. Parece que el lego portero, que estaba dormido profundamente, era el único que no oía este ruido que sin interrupción continuaba, hasta que al fin una voz ronca y gruñona se escuchó del otro lado de la puerta, y al mismo tiempo una ventanilla se abrió y dejó pasar por sus pequeñas pero espesas barras de hierro un manojo de rayos de luz que fueron á iluminar las espesas y mojadas barbas del que tocaba.

--¿Quién es el imprudente que turba á estas horas el reposo de este convento, y qué quiere?--preguntó desde adentro el lego portero con visible mal humor.

--Su Paternidad perdone. Soy Pero Ledesma, criado de mi señor Fortún del Portillo, que está en la agonía, y su alma no espera más que al Muy Reverendo Padre Fr. Domingo de la Anunciación para irse al otro mundo.

--Eso es otra cosa, Pero, dijo el lego, y todo lo que sea para la salud de la alma de tu amo que es bienhechor de nuestro convento, debemos hacerlo. Espera un poco y arrímate al marco de la puerta, pues parece que llueve fuerte. El lego sonó un gran manojo de llaves, metió una de ellas en la chapa, y en pocos minutos el rechinido de la enorme puerta anunció que el criado de D. Fortún tenía expedita la entrada del sombrío é inmenso monasterio.

--No hay que perder tiempo, dijo el lego, acomodando en la cintura el manojo de llaves y tomando en la mano una linterna que despedía una luz rojiza; cuando se trata del alma de un cristiano y de un buen español, no hay que dormirse ni que perder tiempo.

Los dos personajes subieron la escalera y se internaron por los corredores oscuros, dejando el uno un rastro de agua y el otro una nube de humo denso que despedía la mecha del farol. Llegaron á la celda de Fr. Domingo, tocaron, y al escuchar el Reverendo Padre el nombre de Fortún del Portillo, se levantó resignado, se puso una montera que le cubría las orejas y los ojos, y envuelto en una especie de turca ó sayal negro salió en compañía del criado, que encendió una tea de resina y le guió por las calles oscuras y llenas de charcos y de lodo, hasta la casa del moribundo y penado caballero.