El libro rojo, 1520-1867, Tomo I
Part 5
--No vengo á dar contigo mi residencia--contestó friamente Salazar--sino á amonestarte que entregues esos tesoros.
--Y yo te contesto que mal pudiera entregar tesoros que no existen.
--¿No?
--Nó, lo he dicho.
--Bien, tú lo has querido.
Y Salazar salió violentamente del calabozo.
Rodrigo le miró salir con terror, comprendiendo que algo espantoso se preparaba contra él.
Y no se engañaba: un momento después, hombres siniestramente cubiertos con capuchones y antifaces, penetraron en el aposento: mudos y sombríos se acercaron al preso, y sin contestar á sus preguntas, y sin escuchar sus razones, le sentaron en un sitial, y le ataron allí por los brazos y la cintura.
Rodrigo creyó que había llegado para él el último instante, cerró los ojos y comenzó á murmurar una de esas oraciones, que perdidas muchas veces entre los vagos recuerdos de la niñez, vuelven puras y fervientes á la memoria y á los labios del hombre, en los momentos de la suprema tribulación.
Los verdugos con una destreza increíble quitaron el calzado y las calzas á Rodrigo, que esperando la muerte y como para no verla venir, cerraba los ojos con obstinación.
De repente el infeliz lanzó un grito agudo y desgarrador: aquellos hombres vertian sobre sus desnudos piés aceite hirviendo.
--¡Jesús me ampare!--exclamaba--¡Infames!
--Confiesa en dónde tienes ocultos esos tesoros--dijo con una calma infernal el gobernador.
--He dicho la verdad--contestó con energía Rodrigo.
--Pues adelante.
Entonces siguió aquella espantosa operación; tras el aceite vino el fuego, el fuego que hacia hervir aquellas carnes; las llamas lamian como con placer aquellos pies ungidos, y sobre los que se tenía cuidado de seguir virtiendo aceite.
--¡Salazar! Salazar!--gritaba Rodrigo--no seas cruel, todos sus tesoros se los ha llevado Cortés á las Hibueras...... déjame, déjame.... te lo juro!
--Mientes--contestaba Salazar.
Y el tormento seguía, y aquellos pies habían perdido su forma, y en algunas partes ardían, y levantaban llamas, y se desprendía de ellos un líquido sangriento, espeso, que caía algunas veces encendido, y la piel se tostaba, y se levantaba y se arrollaba, y los músculos se retorcían, y las carnes se hinchaban rápidamente, y se abrasaban produciendo un ruido débil, pero horroroso.
Después de esto seguían los huesos, que crujian y que estallaban como si fueran de cristal, y los dedos comenzaron á desprenderse y á caer, como informes masas, negras, hinchadas, fétidas.
Y todo esto en medio de un humo denso, nauseabundo, y entre los gritos y los aullidos, y las quejas y las maldiciones del infeliz Rodrigo.
Los pies habían desaparecido; Salazar nada había logrado descubrir.
Rodrigo se desmayó por fin, y cesó el tormento.
La tarde de aquel mismo día, Rodrigo de Paz era sacado de su prisión y conducido hasta el pie de una horca que había en la plaza.
Rodrigo no podía caminar, porque el fuego le había consumido los pies hasta los tobillos, y le llevaban entre cuatro hombres.
Al llegar al patíbulo, y en el momento en que el verdugo iba á colocarle el dogal, Salazar se apareció.
--Aun es tiempo;--le dijo--confiesa y vivirás.
--¿Vivir?--contestó Rodrigo con voz desfallecida y levantando una manta que cubría sus mutilados pies--¿y para qué quiero vivir así?--y luego, dirigiéndose á los que le rodeaban, gritó:
--Señores, si algunos de vosotros volvéis á ver á Cortés, decidle que me perdone, por haber dicho que él se había llevado sus tesoros á las Hibueras: el dolor del tormento me hizo mentir.
Salazar, enfurecido entonces, hizo á los verdugos una señal; tendióse la cuerda, crujió el motón, y Rodrigo de Paz quedó suspendido en la horca.
Así murió el primer revolucionario de México, víctima, como todos, de la ingratitud de los mismos hombres que le debían el poder de que gozaban.
_Vicente Riva Palacio._
LOS DOS ENJAULADOS
I
EL EMISARIO
Era el domingo 28 de enero de 1526.
Las companas de las iglesias y monasterios de la ciudad de México llamaban á los fieles al sacrificio de la misa, y la multitud se agrupaba á las puertas de los templos.
Los mexicanos recién convertidos eran los primeros y más solícitos en acudir á la misa; y era que había castigo de azotes para el que faltase.
Permitirán nuestros lectores que se interrumpa por un momento el hilo de nuestra comenzada narración, para referir, á propósito de la asistencia á la misa, una anécdota de la vida de Hernán Cortés.
Luego que se establecieron en México, después de la toma de su capital, los primeros templos católicos, Hernán Cortés publicó una ordenanza disponiendo que ninguno fuese osado de no asistir á la santa misa los domingos y días de fiesta, desde antes del Canon, bajo la pena de azotes al que á dicha prevención faltase.
Un domingo comenzó la misa, y la gente extrañó que el general no se hubiera presentado en la iglesia; pero conocida su piedad religiosa y lo severo de sus ordenanzas, que á nadie exceptuaban, calcularon todos que enfermo estaría de gravedad.
De repente oyóse un rumor por la puerta de entrada, y todos los rostros se volvieron para mirar al que tan tarde llegaba exponiéndose así al castigo, y encontraron con asombro que era el mismo señor Hernando Cortés que atravesó el gentío y fué á arrodillarse devotamente delante del altar.
Concluyó la misa, y allí mismo, delante de aquel concurso, Cortés fué despojado de la ropilla y de la camisa y azotado en las espaldas desnudas por un sacerdote, conforme á lo dispuesto por su ordenanza.
Conservóse el recuerdo de este suceso notable en una pintura que existió muchos años en una capilla que estaba situada en el cementerio de Catedral, y fué ejemplo saludable para todos los habitantes de la ciudad.
Por eso apenas se escuchaban los primeros tañidos de las campanas, todo el mundo salia con precipitación de su casa.
En el domingo á que nos referimos había también en México una gran novedad: el gobernador Gonzalo de Salazar daba un banquete á sus amigos en una casa de su propiedad en el barrio de San Cosme.
Lucida comitiva acompañaba á Salazar y le cortejaba: damas y caballeros de la naciente nobleza de México, empleados superiores, caciques amigos, y detrás de todos, una escolta de más de doscientos hombres de toda su confianza, perfectamente armados.
Aquella comitiva salió de la casa de Cortés, en donde vivía Salazar, y se dirigió por la calle ó calzada de Tacuba, para San Cosme; los transeuntes se detenían para contemplar tanto lujo, y las damas salían á los balcones para mirar aquel soberbio acompañamiento: eran los primeros albores de la corte de los virreyes.
En este mismo momento, por otro lado de la ciudad entraba un hombre que trazas tenía de haber atravesado un largo y difícil camino.
De aquel hombre no podía decirse con seguridad si era un soldado ó un paisano, porque lo parecía todo, aunque examinando detenidamente su destrozado traje nada podía inferirse de él.
Sin embargo, en lo que no podía caber duda era en que caminaba de prisa y procuraba recatarse de las gentes.
Atravesó sin detenerse por las calles de Iztapalapa, como se llamaban las que hoy son del Rastro, llegó á la plaza mayor y se dirigió sin vacilar al monasterio de San Francisco.
En estas calles había muy pocos transeuntes, porque todos se habían ido para la de Tacuba con objeto de ver al gobernador.
El hombre misterioso aprovechó esta circunstancia, apretó el paso y muy pronto se encontró en el monasterio de San Francisco.
Aquel monasterio parecía una ciudad según el número de personas que dentro de él estaban.
Chirino y Salazar, apoderados absolutamente del mando después de la muerte de Rodrigo de Paz, comenzaron á perseguir con tal encarnizamiento á los amigos de Cortés, que todos ellos no encontraron otro medio de libertarse que buscar asilo en San Francisco.
Por eso el recién venido se encontraba allí, con aquella gran multitud: pero sin duda aquel hombre tenía ya conocimiento de lo que ocurría, porque siguió allí con la misma conducta que en la calle: con nadie se detuvo ni á nadie habló hasta haber encontrado á Pedro de Paz, hermano de Rodrigo de Paz.
--Deseo hablar con vuestra merced á solas--dijo el recién llegado.
Pedro de Paz le miró sin poderle reconocer.
--Pero esto ha de ser ahora mismo--continuó el hombre.
Pedro le miró con desconfianza, y luego exclamó como resolviéndose:
--Vamos.
Dos horas después Pedro de Paz refería á algunos de los refugiados de San Francisco que había llegado Martin Dorantes, lacayo del muy magnífico señor Hernando Cortés, con cartas de su amo, en las que destituía á los gobernadores, nombrando en su lugar á Francisco de Casas.
Mostráronse las cartas, pero durante todo el día aquello permaneció con el carácter de un secreto, y nada se supo fuera de las tapias del convento.
II
EL PREGÓN
Llegó la noche, y en el azul purísimo del cielo de México se elevó majestuosamente la luna, plateando con sus rayos los edificios aztecas que se demolían para no volverse á reconstruir jamás, y las casas y los templos que levantaban los conquistadores sobre aquellos escombros.
Porque en aquellos días la Tenoztltlán de Moctezuma desaparecía para dar lugar á la México de Cortés.
Serían las once de la noche, reinaba en la ciudad el más profundo silencio; ni un hombre se veía transitar por las calles, parecía que todos los habitantes dormían el sueño de la muerte; ni un ruido en las plazas, ni una luz en las ventanas, ni un eco siquiera de esas canciones ó de esas músicas que se escapan, en las altas horas de la noche, del interior de las habitaciones en todas las ciudades populosas.
El lánguido rumor del viento entre los pocos árboles que entonces había en México, y el lejano ladrido de los pocos perros que entonces había, esto era todo.
Sin embargo, ni en la casa de Hernán Cortés dormía Salazar, ni en el convento de San Francisco los allí retraidos.
La vida toda de la ciudad parecía haberse concentrado á esos dos lugares.
En San Francisco se preparaba el ataque; en la casa de Cortés la defensa.
Los retraidos en San Francisco habían citado al Ayuntamiento, y no habían conseguido que fuera más que un alcalde y algunos regidores, pero de la nobleza y los particulares reunieron más de cien personas.
Cortés en su carta nombraba para gobernador á Francisco de Casas; pero Francisco de Casas no estaba en México, y era urgente proveer á la necesidad y colocar á otro en su lugar.
Mil arbitrios se propusieron, y no faltó quien llegara á opinar que podía borrarse el nombre de Casas en la provisión de Cortés y sustituirle con otro más á propósito.
La incertidumbre seguía, y la noche avanzaba, y todos sabían ya que el gobernador Salazar algo había maliciado y aprestaba sus tropas para atacar ó resistirse.
--El tiempo vuela--dijo Jorge de Alvarado--y la indecisión es ahora nuestro mayor enemigo; resolución, y adelante.
--Y bien, ¿qué hay que hacer?--preguntó Andrés de Tapia que hasta aquel momento se consideraba como el jefe de los amigos de Cortés perseguidos por Salazar.
--Ante todo, prender á ese hombre--contestó Alvarado--quitarle el poder, impedirle que se fortalezca y pueda resistirnos.
--¿Tienes algún plan?
--Sí.
--Pues díle.
--Escuchadme--dijo con solemnidad Alvarado--en este momento no tenemos aquí más que cien hombres de combate, pero decididos á morir ó á castigar la perfidia y la tiranía de ese mónstruo: ¿es verdad?
--Sí--contestaron los presentes con una especie de rugido.
--Bien; tú, Andrés de Tapia, ¿tienes en el convento armas y caballos para estos hombres?
--Y para otros más--contestó Tapia.
--¿Y hasta qué número puedes armar?
--Con lanzas, picas, ballestas, arcabuces y otras armas, hasta quinientos.
--Con quinientos hombres resueltos me comprometo á batir á Salazar.
--Es que cuenta, según sabemos, con mil castellanos.
--Y nosotros con la justicia de nuestra causa, que vale por un ejército: quinientos hombres me bastan.
--Pero aunque hay armas, faltan brazos que las esgriman.
--Dios nos ayudará; dispón que me sigan en este momento treinta jinetes escogidos.
--¿Qué piensas hacer?
--Ya lo verás: yo saldré con esos treinta jinetes; tú entretanto te pones en son de defensa con el resto de la gente, por si Salazar intentase algo contra el convento: fía en Dios, y mañana á la madrugada, armas serán las que falten para darlas á nuestros partidarios.
Andrés de Tapia salió de la estancia en que hablaban, y media hora después volvió diciendo á Jorge de Alvarado:
--Los jinetes están listos.
Alvarado estrechó la mano de sus amigos, montó en un soberbio caballo que un escudero tenía de la brida en el patio del convento, y salió á la calle, en donde esperaba encontrar á los que acompañarle debían.
En efecto, allí estaban. La luz de la luna reflejaba sobre las brillantes armaduras de treinta jinetes que como estatuas de hierro aguardaban inmóviles las órdenes de su capitán.
Seguía reinando en la ciudad el silencio más profundo, y de repente el tropel de la caballería, y gritos y pregones inusitados despertaron á los habitantes, y las ventanas y las puertas se abrieron casi simultáneamente y se llenaron de gente ansiosa de conocer la novedad.
Aquel extraño rumor lo causaban Jorge de Alvarado y los suyos que recorrían las calles de la ciudad pregonando: «que los que quisiesen servir al rey acudiesen inmediatamente á San Francisco, en donde les mostrarían cartas del Sr. Hernán Cortés.»
Pesaba tanto sobre la ciudad la tiranía de Salazar y de Chirino, y tanto se había sentido la fatal noticia de la muerte de Cortés, que aquel pregón causó una verdadera alegría, y en muy poco tiempo toda la ciudad se puso en movimiento.
Los mozos se reunieron inmediatamente á Jorge de Alvarado, los hombres se dirigieron luego á San Francisco, y las mujeres y los ancianos quedaron en guarda de las casas y rogando á Dios por los suyos.
Cuando la aurora hizo palidecer la luz de la luna, Alvarado había cumplido su promesa.
Faltaban armas á Tapia y le sobraban combatientes.
III
LA ARREMETIDA
Mil castellanos y doce piezas de artillería eran la defensa de la casa de Hernán Cortés, en la cual se había encerrado el gobernador Gonzalo de Salazar.
En cuanto á su compañero Peralmindes Chirino, había salido de México hacía ya algún tiempo, á sofocar una sublevación de los naturales de Oaxaca, que se habían levantado y dado muerte á cincuenta españoles y á diez mil esclavos que trabajaban allí en las minas.
Peralmindes Chirino, que era, á lo que parece, tan mal gobernante como inepto general, salió burlado en aquella empresa, porque rodeados los enemigos en un gran peñón adonde se habían refugiado, escaparon durante la noche con todos sus tesoros, con mengua de la vigilancia de Peralmindes.
Por esta causa Salazar se encontraba solo en México la noche en que los amigos de Cortés determinaron atacarle.
Las noticias de cuanto pasaba en las calles y en San Francisco le llegaban á Salazar por momentos; podía haber salido con sus tropas en busca de sus enemigos y haberlos derrotado, porque eran aquellos inferiores en número y no contaban con artillería; pero nada hay tan tímido como una conciencia manchada.
Salazar revisaba personalmente la artillería, las avanzadas y las tropas de combate y las reservas, animaba á los soldados y á los capitanes, y procuraba infundirles el odio y el rencor de que estaba poseído.
En la mañana, un hombre que llegaba del rumbo de San Francisco se acercó á Salazar.
--Señor--le dijo--el enemigo se pone en movimiento.
--¿Y crees tú que se atreverán á atacarme?
--Tal creo, señor, porque reina entre ellos el mayor entusiasmo: han nombrado por capitanes á Jorge Alvarado, Alvaro Saavedra y Andrés de Tapia, y han sido electos gobernadores interinos Alonso de Estrada y Rodrigo de Albornoz.
--¡Miserables! ¿Y cuánta gente tienen?
--Gran número de plebe, pero sólo quinientos hombres listos para el combate.
--¡Que vengan!--dijo Salazar sonriéndose y dirigiendo una mirada de satisfacción á sus tropas y á sus cañones.
--¡A las armas! ¡á las armas!--gritó á ese tiempo uno de los centinelas--¡el enemigo!
--¡A las armas!--repitieron todos, y como estaban prevenidos, en un momento se coronaron las azoteas de gente, y los artilleros, con los mecheros encendidos, se colocaron al lado de los cañones.
En efecto, por las calles del monasterio de San Francisco caminaba con dirección á la plaza mayor una columna á la cabeza de la cual iba Andrés de Tapia.
Salazar hizo salir á la calle y formar enfrente de la casa de Cortés gran parte de sus tropas y de su artillería.
La columna de los sublevados se detuvo antes de desembocar á la plaza, y allí se adelantó gallardamente Tapia hasta ponerse á la habla con Salazar.
--Señor factor y vosotros los que con él estáis--gritó esforzando su robusta voz.--Sed testigos de que deseo la paz; me habéis perseguido, pero estoy sin pasión: vos, factor, habéis dicho y á mí me dijísteis, que teníades orden del consejo del rey para matar ó prender al gobernador D. Hernando Cortés: mostrad esa instrucción, y os seguiremos; si no la hay, ¿para qué tenéis engañada tanta gente? Y vosotros, señores, pues habéis servido al rey, dad agora ocasión á vuestros amigos, que roguemos al gobernador interceda con el rey para que os haga merced, antes que él venga y os haga cuartos.
--Tal instrucción del rey no tengo, ni á vos la mostraría--contestó Salazar con orgullo--más cuanto hago, bueno está, y antes moriré ó saldré con ello.
Tapia escuchó con asombro aquella insolente respuesta, y sin reflexionar en lo que hacía, dando espuelas á su caballo se lanzó sobre Salazar gritando:
--Caballeros, prendedle, si no queréis ser traidores.
--¡Calla, ó doy fuego!--exclamó Salazar arrebatando un mechero y precipitándose sobre un cañón.
--Retirémonos á la casa, señor,--gritó en este momento el jefe de la artillería Don Luis de Guzmán, tomando á Salazar de un brazo--el enemigo nos ataca por la retaguardia.
Salazar volvió el rostro con espanto, y en efecto, por la calle de Tacuba desembocaba otra columna.
--¡A la casa!--gritó Salazar retirándose el primero.
Entonces hubo una terrible confusión: los soldados, imitando á sus jefes, procuraron refugiarse dentro del edificio; pero el terror que se había apoderado de ellos era tan grande, que los primeros que penetraron, creyendo que tenían muy cerca al enemigo, cerraron las puertas dejando á los demás afuera.
Lo que era natural sucedió entonces: los que habían quedado fuera comenzaron á gritar: «Viva Cortés,» y se unieron á los asaltantes.
Desde este momento la derrota de Salazar fué inevitable.
Reunióse luego el Ayuntamiento, pregonáronse los nombramientos de Estrada y Albornoz y la destitución de Salazar y Chirino.
Pero Salazar no se rendía, y sus soldados comenzaron á hacer fuego sobre los que pasaban acompañando á Tapia que publicaba aquellos nombramientos.
--¡Santiago y cierra España!--gritó Tapia arremetiendo á la casa.
El grito de guerra fué repetido, y comenzó el asalto.
Tapia cayó herido de una pedrada en la cabeza, pero en un momento sus soldados derribaron las puertas y entraron á la casa.
Jorge Alvarado fué el primero que encontró á Salazar y le aprehendió; pero apenas se supo que estaba preso, cuando toda la gente se lanzó sobre él para asesinarle.
Apenas Alvarado podía defenderle; pero llegaron en su auxilio el mismo Tapia, Saavedra y muchos de sus amigos, y con gran esfuerzo lograron salvarle, haciéndole salir por una puerta excusada.
IV
LAS FIERAS
Hombres, mujeres, muchachos y viejos, todos salían á las ventanas y corrían por las calles con gran alborozo para contemplar una extraña procesión.
En medio de un grupo de soldados, entre la burla y la rechifla del populacho, caminaba un hombre á quien llevaban casi arrastrando de una gruesa cadena que tenía atada al cuello.
Aquel hombre, á quien agobiaban más que el peso de su cadena los insultos de la multitud, era Gonzalo de Salazar.
Los ancianos le ponían como ejemplo de la vanidad de las glorias humanas; las mujeres le compadecían, pero no deseaban su libertad; los hombres se reían de él, y los muchachos le arrojaban lodo y cáscaras de fruta á la cara.
Aquel hombre, ó más bien dicho, aquella fiera sombría y silenciosa, fué paseada así largo tiempo por todas las calles de la ciudad.
Llegó después el caso de ponerle en una prisión, pero ninguna se consideró bastante estrecha, ni nadie quiso recibir en su casa á aquel _excomulgado_.
--Haremos una jaula--dijo el carpintero Hernando de Torres que se encontraba allí.
--Sí, una jaula--dijeron todos.
Hernando de Torres salió y comenzó á trabajar con una actividad increíble, ayudado de muchos.
Cuatro horas después, frente al palacio de Cortés, había ya dos fuertes jaulas formadas de vigas.
--¿Para quién es esa otra?--preguntó Tapia mostrando la jaula que estaba cerca de la de Salazar.
--Para Chirino, que viene en auxilio de su compañero--contestó Hernando de Torres.
--Tienes razón.
Salazar quedó encerrado en su jaula, y atado en ella del cuello con una cadena.
Todos los días los muchachos rodeaban aquella jaula, y se divertían en arrojar piedras y cieno á Salazar.
Muy pronto Chirino, hecho prisionero por Tapia, vino á ocupar el puesto que se le había destinado, y comenzó para aquellos monstruos la época de la expiación.
Sin embargo, no les faltaron amigos que pretendiesen libertarlos, y se formó para ello un complot, y los conjurados intentaron cohechar á los guardianes y abrir las jaulas con llaves falsas.
Descubrióse la conspiración, y un Escobar que hacía cabeza en ella fué ahorcado, y á sus cómplices se les cortaron las manos y los pies.
Salazar y Chirino, como dos fieras encadenadas y enjauladas, quedaron allí sin esperanza de libertad en mucho tiempo.
V
DOS GOTAS EN EL MAR
Cortés volvió á México al saber cuanto ocurría en la ciudad, pero sus enemigos no dejaban de trabajar contra él en la corte, y así es que no quiso volver á recibirse del gobierno; y después de mil peripecias, Alonso de Estrada fué reconocido como gobernador.
Entonces Salazar fué sacado de la jaula, y esto aconteció en Agosto de 1527.
Su prisión había comenzado en Enero de 1526: cerca de veinte meses estuvo encadenado y enjaulado.
Chirino había sido puesto en libertad un poco antes.
Salazar quedó aún en la Nueva España intrigando con los visitadores y gobernadores que el rey enviaba.
Pasó después á España, donde se le confió el mando de una flota que venía á México, en compañía de la armada que mandaba D. Hernando de Soto; pero al salir de Cuba, Salazar desobedeció á Soto, y en poco estuvo que Soto no le hubiese ahorcado.
Desde entonces los nombres de Salazar y de Chirino se pierden en la oscuridad, y desaparecen como dos gotas de agua que caen en el mar.
Sin embargo, algunos dicen que Chirino murió á manos de los indios en Jalisco.
Tal fué la suerte de los primeros tiranos que tuvo México después de la conquista.
_Vicente Riva Palacio._
LA SEVILLANA
I
LA TEMPESTAD
En una hermosa tarde del mes de Octubre del año de 1550, una barca pequeña se desprendió del embarcadero de Veracruz y se hizo mar afuera. Iban en ella dos bogas, un viejo piloto manejando el timón, y un grueso personaje vestido con un largo gabán ó pellica oscura, y un sombrerillo arriscado sin plumaje alguno, al estilo de los que usaban los que no se consideraban como hijodalgos. Cuando hubieron pasado los arrecifes, el piloto hizo señal á los remeros de que bogaran más despacio, y se dirigió al hombre gordo.
--¿Piensa vuesa merced que en esta cáscara de nuez lleguemos á Cádiz ó al Puerto de Palos?
--Yo te lo diré, Antón, antes de cinco minutos. El hombre gordo se puso en pie, sacó de un estuche de baqueta un anteojo, lo graduó á su vista y se puso á registrar el horizonte. A los cinco minutos justos se volvió á sentar en la barca y le dijo al piloto:--Adelante, Antón, porque no tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.
--¿Qué horas son?--preguntó el piloto.
--Las cinco,--contestó el hombre gordo alzando la vista al sol.