El libro rojo, 1520-1867, Tomo I
Part 3
A estas circunstancias y al indomable valor que había mostrado en los últimos combates, debió Cuauhtimoc su elevación, y fué elegido Emperador. Era hijo del Rey _Ahuizotl_ y de una princesa heredera del señorío de _Tlaltelulco_. Tenía de 20 á 23 años; era gallardo y bien proporcionado; sus ojos negros y rasgados denotaban á la vez que una dulce melancolía, una fuerza y una energía indomables. Tenían algo de la belleza del ojo del ciervo y del orgullo y resolución de la mirada del águila. Su tez era aterciopelada y más blanca que morena; su cabellera, negra como el ébano, que le caía hasta los hombros, engastaba aquella fisonomía juvenil y guerrera, que era el tipo perfecto y acabado de la raza noble del nuevo mundo. A las funciones de general del ejército, reunía Cuauhtimoc las de sumo sacerdote, y esto hacía que los aztecas le mirasen como una divinidad.
La noticia de su elección voló de boca en boca por toda la tierra mexicana, y olvidando por un momento la peste y las pasadas calamidades, la ciudad se cubrió de gente, todas las casas fueron adornadas con arcos de flores, y nadie pensó sino en la ceremonia de la coronación, creyendo también que los dioses habían ya mitigado su enojo y que la abundancia y la victoria habían de borrar en lo futuro las plagas que habían caído sobre la reina del Anáhuac con la venida de los terribles hijos del sol.
Una mañana, bajo un cielo azul y diáfano que dejaba ver los pueblos lejanos que se reflejaban en las aguas del lago, las altas montañas y los frondosos y alegres bosques de cedros de que estaba entonces circundada la capital, una numerosa procesión atravesaba la ancha calle principal y se dirigía al templo mayor. Era este templo un conjunto de edificios, de torres y de capillas, cercado por una barda de piedra donde estaban enroscadas, formando una cornisa, horribles serpientes de granito, y las almenas coronadas con cráneos humanos, formando con los huecos oscuros de sus ojos y de sus narices, hileras fantásticas que parecían repentinamente animarse y devorar á los que pretendían poner el pie en el santuario de la sanguinaria deidad. En el centro se elevaba una gran pirámide orientada á los cuatro puntos cardinales, y una escalera casi vertical de cien escalones conducía á la plataforma. Cerca estaban unas grandes piedras convexas llenas de figuras deformes, y en una torre principal de madera, encerrada la imagen horrenda del dios de la guerra.
Los sacerdotes, vestidos con sus luengas capas de color sombrío, manchadas de sangre, y sus largos cabellos en desorden, iban delante. Seguían diez doncellas nobles con ramos de juncos rojos en las manos. Luego diez mancebos con incensarios, de donde se elevaban blancas columnas de humo oloroso. Después la nobleza, y al último sobresalía, como la alta montaña entre las pequeñas colinas, el gallardo Emperador de los aztecas con la rica vestidura real, recamada de figuras de oro y de verdes y vistosos chalchihuites. En la cabeza llevaba la mitra ó diadema real de los Emperadores aztecas. A su derecha iba Cohuanacoxtzin, Rey de Texcoco, y á su izquierda Tetlepan-Quetzal, Rey de Tlacopan.
A los tres Reyes seguían los prisioneros de guerra, españoles, tlaxcaltecas, cholultecas y huexotzingas, que habían sido cogidos en la Noche Triste y que estaban reservados para el sacrificio. Los españoles caminaban desnudos, con una corona de vistosas plumas en la cabeza y unos abanicos en la mano. Se distinguían por la blancura de su piel y por las barbas largas y espesas, que daban á su fisonomía un aire imponente. De tiempo en tiempo esta procesión se detenía, y se hacía danzar á los prisioneros. Cuando los españoles se resistían, se les obligaba hincando en sus carnes algunas espinas de maguey ó puntas de pedernal. Así fué subiendo las difíciles gradas del templo toda la numerosa concurrencia, hasta que llegó á la plataforma. Los prisioneros se colocaron en dos hileras á los lados de la piedra de sacrificios. Los tres Reyes entraron al templo de _Huitzilopoztli_, cuya fisonomía deforme estaba cubierta con una máscara de oro macizo.
Los sacerdotes desnudaron á los Reyes, los vistieron con una especie de túnica (_xicolli_) que tenía figurados con pintura calaveras y huesos de muerto, les pusieron una calabaza llena de tabaco en las espaldas, con tres borlas verdes, en la mano izquierda un saco con incienso blanco y en la derecha un incensario. La cara y la cabeza se las cubrieron con un velo verde. Así se acercaron al dios, y los Reyes comenzaron á incensarlo, mientras el numeroso pueblo reunido en la plataforma y en los patios, hacía un ruido disonante y confuso con cornetas, tambores y otros instrumentos. Acabada la ceremonia, los Reyes vistieron de nuevo sus mantos reales, y acompañados de cuatro senadores y de los sacerdotes, descendieron las gradas y entraron en la casa que llamaban _Tlacochalco_, donde durante cuatro días deberían ayunar y hacer penitencia.
El sacrificio comenzó en seguida, pues era la costumbre en la coronación de un nuevo Rey, ofrecer al dios de la guerra todos los prisioneros. Los españoles, cuando vieron aproximarse á los terribles sacerdotes, se estremecieron, se miraron significándose una despedida eterna, y algunas gotas de un sudor frío cayeron por sus mejillas moradas y huecas, como si la muerte hubiera ya arrojado su helado soplo en sus semblantes. Cuatro sacerdotes se apoderaron de un prisionero y le condujeron á la piedra convexa, acostándole en ella y sujetándole fuertemente los pies y las manos. El sacrificador, con una navaja de _obsidiana_ le hizo una profunda herida en el costado izquierdo, metió por ella la mano y sacó entre borbotones de sangre el corazón caliente y humeante de la víctima, y entró á ofrecerle al dios de la guerra, mientras los otros desbarrancaban al cadáver, que hecho pedazos era recibido en el patio por otros sacerdotes. Lo mismo que se hizo con un prisionero, se hizo con todos los demás, y ya muy entrada la noche todavía le ofrecían corazones al incansable bebedor de sangre humana, que inmóvil, con su gran boca sombría, parecía entre la oscuridad alentar desde su frío altar de piedra el incansable furor de los sátrapas. A los españoles se les cortó en pedazos: las piernas y los brazos fueron enviados á las provincias, con estas palabras, que pronunciaban como una amenaza los oficiales aztecas: «_Estos son los hijos del sol._» Sus cabezas fueron clavadas en las almenas de las torres, y aquellos ojos abiertos y contraídos al tiempo de morir por el dolor, parecían volverse á Tlaxcala, reclamando el amparo del conquistador. Luego que el joven Emperador salió de la casa de retiro y cumplió con todas las ceremonias religiosas, se dirigió á su palacio, y allí con los Reyes, los senadores y los ancianos caciques tuvo un solemne consejo.
--«El Malinche y nuestros eternos enemigos de Tlaxcala se preparan á hacernos de nuevo la guerra, les dijo, y yo, el día que he recibido la corona del imperio, he prometido en mi corazón defender la tierra de mis padres y de mis dioses, y morir antes que sufrir el yugo de los extranjeros.»
Los reyes y los nobles prorrumpieron en un grito de entusiasmo, y juraron también ayudar al monarca y perecer en la guerra.
A los ocho días la peste había disminuido sus estragos; la tristeza y la zozobra habían desaparecido; algunas palomas blancas que habían atravesado por los terrados del palacio, habían infundido el ánimo y la alegría en la ciudad. Más de cincuenta mil hombres trabajaban de día y de noche, los unos construyendo flechas, macanas y escudos, los otros profundizando los canales, los demás estableciendo fortificaciones en la ciudad. El Emperador personalmente recorría las maestranzas, mandaba reparar los daños hechos en la anterior campaña por los españoles, ordenaba que se limpiasen los canales y se quemasen los muertos y que se hiciese un grande acopio de maíz en los almacenes reales. Mandó embajadores y oficiales á todas las Provincias con proposiciones de paz y promesas lisonjeras, manifestando que si la raza azteca no se unía para arrojar á los enemigos extranjeros, todos serían víctimas y esclavos. En poco tiempo el reino abatido y casi al perecer, volvió á cobrar ánimo y se dispuso á recibir resuelta y valientemente á los enemigos.
II
EL SITIO Y EL ASALTO
Dos fuerzas, dos voluntades, dos derechos, dos razas iban próximamente á chocarse, y de este choque debería resultar un río de sangre humana donde hubiera podido navegar un bergantín. La fuerza de Europa auxiliada por los descubrimientos del genio, contra la fuerza indígena sostenida por el indomable carácter del monarca; el derecho bárbaro de conquista contra el derecho eterno de la independencia; la raza caucásica contra la raza india, nueva hasta ese momento en la historia humana. El carácter de acero de Cuauhtimoc, contra el carácter de fierro del capitán más valiente del siglo. Tales eran los elementos que iban á entrar en acción y en un combate á muerte.
Ni la sangre ya vertida, ni la fuerza de los caballos, ni el estampido de la artillería, ni los presagios intimidaron el ánimo fuerte de Cuauhtimoc, como tampoco hicieron ni la más leve mella en el corazón valiente del conquistador español, ni los desastres de la Noche Triste, ni los riesgos y aventuras de la empresa...... Era la lucha nunca vista en la historia de dos hombres de tal tamaño, que parecía que su sombra imponente era más alta y de mayor volumen que los gigantes inmóviles de la cordillera del Anáhuac.
El día alegre y sagrado para todo el orbe cristiano, del Nacimiento del Salvador del mundo, del año de 1520, Cortés salió de nuevo con sus fuerzas de la República de Tlaxcala y se dirigió rumbo á México. El día último del año, al caer la tarde, las tropas invasoras entraban por las calles solas y tristes de Texcoco. Sus fuerzas se componían entonces de 86 caballos, 118 arcabuceros, 700 infantes, 3 cañones gruesos de fierro, 15 más pequeños y 18 quintales de pólvora, cosa de 25 mil hombres que la República de Tlaxcala había puesto á sus órdenes y 20 ó 25 mil Cholultecas y Huejotzingas. Estas fuerzas, en el curso del tiempo se aumentaron á 200 mil hombres, y con esta tropa emprendió el sitio formal, y finalmente el asalto de la ciudad.
Cuauhtimoc por su parte tenía cosa de 200 mil hombres de guerra dentro de la ciudad, y 150 mil en diversos pueblos que fueron ó vencidos antes por los españoles ó defeccionaron por el influjo de Ixtlilxochitl, bravo y terrible auxiliar, que fué, como se dice, el brazo derecho de Cortés en esta guerra.
Luego que el capitán español tuvo listos sus bergantines y reconoció que podían obrar bien en el lago, comenzó formalmente el sitio cortando la agua de Chapultepec, impidiendo la entrada de víveres y atacando las calzadas para penetrar en la ciudad. Fué á los cinco meses de su llegada á Texcoco cuando ya decididamente organizó sus columnas. La primera división que debía ocupar Tlacopan, la confió al terrible Pedro de Alvarado. La segunda, que debía operar desde Cuyoacán al centro, la mandaba Cristóbal de Olid, y la tercera, que debía situarse en Ixtapalapa, la confió á Gonzalo de Sandoval. Él se reservó el mando de la marina, pero después lo confirió á Rodríguez Villafuerte. La fuerza naval al servicio del conquistador se componía de 13 bergantines y cosa de 16,000 canoas[11].
El primer combate de importancia fué en las aguas. Cortés pasó en un bergantín cerca de un gran peñón de piedra color de sangre que se levantaba solitario é imponente en medio del lago (el Peñón Viejo). Un alarido terrible se escuchó repentinamente, y una nube de dardos y de piedras cayeron en la embarcación. Cortés hizo anclar el bergantín, desembarcó con la tripulación y comenzó á subir por el escarpado cerro. Gruesas piedras rodaban arrastrando á los asaltantes, y las flechas y otras armas arrojadizas no los dejaban avanzar. Después de una cruda fatiga y de perder mucha gente, los españoles subieron hasta la cumbre y mataron á todos los soldados, perdonando á las mujeres y á los niños que se habían refugiado allí creyendo que ese punto era inexpugnable. Cuando Cortés volvió á bordo, el lago estaba cubierto de canoas tripuladas por los mejores guerreros aztecas que se avanzaban remando resueltamente. Un viento fresco hinchó las velas de la escuadra española, y los pesados barcos, surcando rápidos las aguas, echaron á pique las canoas. La artillería y la fusilería completaron la obra de destrucción, y pocos momentos después flotaban en las ondas los cadáveres y los restos y destrozos de las piraguas. Los indios que se cogieron prisioneros fueron ahorcados en los palos y en la jarcia de los bergantines que se retiraron á su fondeadero, balanceándose entre las brumas del crepúsculo los cadáveres de los guerreros aztecas, todavía adornados con sus vistosos penachos de plumas y sus vestiduras bordadas de vivos colores. Alvarado y Olid por su parte penetraron por las calzadas, tomaron varias albarradas y destruyeron algunas casas.
Cuauhtimoc era incansable, no dormía de noche, y en medio del silencio reparaba todos los daños que en el día habían hecho los enemigos, y procuraba sorprenderlos en las horas de silencio y de reposo. Cortés, que tenía acampadas sus tropas á la intemperie, resolvió dar un asalto, y en esta ocasión tuvo la condescendencia de dejarse guiar por un plan que le propuso el tesorero Julián de Alderete. Las columnas se organizaron, y Cortés, pie á tierra, se puso á la cabeza de la infantería. Atacadas sucesivamente por los españoles las fortificaciones aztecas, cedían después de una corta resistencia. Así fueron penetrando hasta el interior, y Alderete el primero estaba cerca del gran mercado de Tlaltelolco. Cortés reflexionó y se alarmó: era una celada en que habían caído sus tropas, y no había ya remedio. En efecto, repentinamente se escucha la corneta terrible de Cuauhtimoc que sonaba desde lo alto de un _teocalli_. Los mexicanos, como la avalancha de un volcán, como las olas de un mar enfurecido, se precipitan sobre los enemigos, pelean cuerpo á cuerpo, se revuelven, se matan, se arrojan á los canales, y desde las azoteas las mujeres, lanzando alaridos terribles, arrojan piedras y proyectiles sobre los combatientes. Una masa sangrienta y confusa de hombres empujada por otra, caía en el lago, y así sucesivamente, sin que fuera posible ya ni huir ni resistir, ni aun pelear contra masas tan compactas que eran lanzadas con una fuerza irresistible. Cortés fué cogido por seis guerreros y derribado por tierra; procuraban asegurarlo para presentarle como el más grande trofeo al Emperador. Cristóbal de Olea y un jefe tlaxcalteca acudieron y salvaron al capitán. Olea murió en el combate, y Cortés con mil peligros y trabajos logró llegar al extremo de la calle de Tlacopan, donde ordenó se hiciese un vivo fuego de artillería para proteger la retirada y reunir los dispersos. Los españoles quedaron completamente derrotados.
En la tarde, con la viva luz de un crepúsculo rojo y gualda, los españoles pudieron ver desde su campamento una larga procesión donde se distinguían sesenta y dos españoles desnudos que subian las gradas sangrientas del templo para ser en seguida sacrificados. En la noche se encendieron luminarias en las plataformas de los templos y en las azoteas de las casas, y una multitud frenética recorría las calles con teas encendidas, bailando y entonando cantos de guerra.
Los españoles veían mudos, llenos de espanto y con la mecha encendida en la mano, estas escenas, y su corazón fuerte temblaba pensando que quizá tendrían igual suerte que sus compañeros.
Cuauhtimoc permanecia grave, callado, triste quizá, en lo alto de su palacio. Había rechazado todas las propuestas de paz que le había hecho Cortés. La guerra no estaba concluída con esta derrota. Cortés estaba vivo, y la hambre y la peste devoraban ya á la ciudad. Los cadáveres estaban amontonados y hediondos en las casas y calles: las gentes vivas discurrian á los pocos días de esta victoria como sombras en las calles, arrancando las cortezas de los árboles, cazando á las sabandijas para mantenerse, y saciando la sed que les producía la fiebre y las heridas en las aguas cenagosas y sangrientas de los canales.
Los grandes y negros ojos de Cuauhtimoc se humedecieron un momento; su corazón vaciló ante los ruegos de unos nobles á quienes Cortés había enviado á rogarle con la paz, pero se repuso inmediatamente, y con voz resuelta dijo: «No, no; todos debemos perecer defendiendo nuestro honor, nuestros dioses y nuestra ciudad.» La guerra y la hambre continuaron.
Cortés por su parte, repuesto de la derrota y con el auxilio de nuevos aliados, se propuso terminar el largo sitio y apoderarse, si no de la ciudad, al menos de los escombros.
Un día Cuauhtimoc vió desde la torre del templo de Tlaltelolco su ruina; pero su ánimo no desfalleció ni un momento.
Cincuenta mil hombres se ocupaban de demoler calles enteras. La artillería las batia primero, y después los aliados con grandes maderos acababan de destruir las casas, derribando los techos sobre los heridos, los niños y las mujeres que estaban dentro, y robando las telas y objetos que encontraban. Los lloros y los alaridos subian á los cielos. El ruido hueco y retumbante de la artillería acallaba á intervalos los lamentos. Cuauhtimoc personalmente salia á combatir y á contener la destrucción: los soldados, sin fuerzas por la hambre y la sed, se arrojaban sobre los enemigos, pero eran recibidos por las espadas y lanzas de los destacamentos españoles que protegían esta destrucción. Así que con los escombros se llenaron los canales, y que Cortés concibió que tenía terreno donde retirarse y donde maniobrase la caballería, emprendió un ataque simultáneo y terrible. Cuauhtimoc recibió nuevas propuestas de paz, y resuelto á defenderse hasta la última extremidad, no contestó sino con atacar de nuevo á los enemigos. Tomados los templos y los palacios y destruída en su mayor parte la ciudad, se retiró al barrio de Coyonacaxco y se embarcó allí en una gran canoa llamada la _Papantzin_, llevando á la princesa su mujer y á los reyes de Texcoco y Tlacopan. El tamaño de la embarcación, las ricas vestiduras de los que iban en ella y la velocidad con que remaban, llamó la atención. García de Holguin, que mandaba el más velero de los bergantines, dió caza á la canoa real, y en poco tiempo y ayudado del viento la abordó. Cuauhtimoc en pie dijo su nombre con voz entera, tiró sus armas y se entregó prisionero.--«Haced de mí lo que queráis, pero respetad á la princesa,»--dijo á Holguin, y subió sereno y arrogante á la nave española. El 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito y á la hora de vísperas, fué llevado ante el conquistador el último Emperador de los aztecas, y ese día terminó para siempre la monarquía y la nacionalidad indígena, y comenzó la dominación de los reyes españoles. Los grandes sucesos de la historia mexicana han sido marcados por terribles fenómenos de la naturaleza. Esa noche comenzó á soplar un violento huracán, el _viento del infierno_, como le llamaban los aztecas. Los edificios demolidos acababan de caer, los fragmentos de las torres eran arrancados, y el lago furioso se salia de su seno, inundaba los barrios, y sus olas venían á estrellarse contra las ruinas. Los relámpagos alumbraban á la ciudad desolada, á los muertos sangrientos y los templos derribados, y después todo volvia á entrar en la obscuridad y el silencio. Cortés y Cuauhtimoc permanecieron mudos y aterrados ante estas fuerzas tremendas de la naturaleza que completaban la ruina de la más grande y más hermosa ciudad del Nuevo Mundo.
III
EL TESORO Y EL TORMENTO
Al día siguiente de la rendición de la capital, Cortés se retiró á Coyoacán, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde hubo vinos y tocino que habían recibido, la espléndida pero sangrienta victoria que alcanzaron. En esa orgía tormentosa donde bebieron y jugaron y donde no faltaron las mujeres que habían robado en la ciudad saqueada y enteramente aniquilada por los aliados, se relajaron los resortes del respeto y de la subordinación, y la sed del oro se encendió con el estímulo de los licores. Deseaban oro y más oro y piedras preciosas á montones, y lo que habían recogido y tomado de las casas no era bastante. Supusieron que Cortés, de acuerdo con Cuauhtimoc á quien tenía prisionero en Cuyoacán, había ocultado todos los tesoros para apropiárselos y defraudar á la tropa su parte y al rey el quinto que le correspondía. Al día siguiente amanecieron pasquines insultantes escritos en las paredes de las casas, y Julián de Alderete, con el carácter de tesorero de la Corona, tomó la demanda por su cuenta.
--¿Sabéis, señor, lo que se dice entre nuestra gente?--dijo á Cortés antes de saludarle.
Cortés fingió no comprender nada y preguntó friamente: ¿Qué se dice?
--Se dice, prosiguió Alderete con firmeza y encarándose á Cortés, que vuesa merced de acuerdo con el Guatemuz ha ocultado los inmensos tesoros de la Corona Azteca, y que......
--Por Santiago, exclamó Cortés como buscando una arma; yo cortaré la lengua á quien tal diga.
--Vos podéis cortar la lengua á vuestros soldados, pero no al tesorero del rey de España,--contestó secamente Alderete descubriéndose y haciendo una profunda reverencia.
Cortés se dominó y replicó con una afectada amabilidad: Lo que se dice en efecto es grave; pero ¿qué hacer para acallar esas murmuraciones?
--Hay un medio que os justificará á los ojos de vuestros soldados y de S. M. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Pedídselos, y si no los entrega, sujetadlo al tormento, y en último caso mandadle ahorcar.
--No, nada de eso, contestó resueltamente Cortés. Es mi prisionero y le he dado mi palabra, y un castellano jamás falta á ella.
--Se cumple la palabra que se da á un castellano, pero no la que se ofrece á un infiel y á un bárbaro. Acordáos del martirio de los sesenta y cuatro castellanos sacrificados en las aras del demonio.
--No, replicó Cortés secamente.
--Como gustéis, dijo Alderete cubriéndose la cabeza y retirándose; pero acordáos de que un amigo os ha venido á tender una mano cuando estábais en el borde del abismo. Perdereis vuestra gloria y vuestra conquista, y aparecereis en España como un defraudador del rey, como un ladrón.
Cortés se puso pálido, se mordió los labios, y volviendo las espaldas dijo:--Os entrego al Guatemuz; haced con él lo que os agrade.
Alderete salió con los ojos llenos de alegría, participó esta orden á los soldados, y no tardaron en encontrar el género de suplicio que debían dar al infortunado prisionero.
Llamaron al conciliábulo al Maestre Juan que era el médico, á Murcia que era el boticario, y al barbero Llerena y á otro llamado Santa Clara, y dispusieron una grande vasija de barro con aceite hirviendo. Fueron á la habitación que ocupaban los prisioneros, y sacaron á Cuauhtimoc y al rey de Tlacopan y los llevaron al patio de una casa donde había dispuestos unos maderos.
--¿Dónde está el tesoro de los Emperadores?--les preguntó Alderete.
Cuauhtimoc vió aquel aparato aterrador, comprendió de lo que se trataba, sonrió tristemente y no contestó ni una sílaba á las interpelaciones de Alderete, el cual furioso con este desprecio, ultrajó con palabras soeces al monarca. Los soldados se apoderaron de los Reyes, los ataron fuertemente á los maderos, y el barbero comenzó á bañarles los pies con aquella resina hirviente, mientras otro les acercaba unas teas encendidas.
--Señor, ¿no véis cómo sufro?--gritó retorciéndose el Rey de Tacuba.
--_¿Estoy acaso en un lecho de rosas?_--contestó con firmeza el Emperador azteca.
El Rey de Tacuba se fortificó con esta heróica resolución de Cuauhtimoc, y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza conmovió el pecho de los soldados, y los mismos que habían pedido el suplicio comenzaron á murmurar contra Alderete.