El libro rojo, 1520-1867, Tomo I
Part 22
En aquellos tiempos desgraciados la confesión se arrancaba á los acusados por medio del tormento, y como los oidores nada habían podido saber de Benavides, determinaron darle tormento.
El Tapado no era un hombre á quien arredraban el potro ni la garrucha; pero seguramente tenía la convicción de que la muerte era preferible al tormento, y pensó en el suicidio.
Una mañana el carcelero entró al calabozo del Tapado y se encontró con que, contra su costumbre, el preso estaba aún en su cama.
El carcelero creyó al principio que se habría dormido; acercóse á él y oyó que su respiración fatigosa era más bien el estertor de un agonizante.
--¡Este hombre está enfermo!--exclamó acercándose más y mirándole el rostro.
--¡Se ahoga!--dijo espantado mirando que el Tapado tenía el rostro cárdeno y que sus ojos parecían querer saltarse de las órbitas.
El asustado carcelero apartó violentamente la ropa de la cama que cubría el pecho de Benavides y lanzó un grito.
--¡Se está ahorcando este mal cristiano; Dios se lo perdone!
En efecto, Benavides había hecho un dogal con un pañuelo, y tiraba de ambas puntas desesperadamente.
El carcelero se arrojó sobre él, le quitó el pañuelo de las manos y luego se lo arrancó del cuello.
Ya era tiempo, un minuto más y D. Antonio hubiera dejado de existir.
Llegaron entonces otros dependientes de la prisión, atraídos por los gritos, y comenzaron á auxiliar al Tapado hasta hacerle volver en sí.
--¡Bravo susto nos habéis dado!--le dijo el carcelero--por poco os matais; tened entendido que me debéis la vida.
--Dios te lo perdone--contestó el Tapado--bien cruel ha sido tu caridad.
Y después de esto volvió á su tenaz silencio.
La noticia del suceso llegó á la Audiencia, y los oidores, temerosos de que otra vez fuese más afortunado en su tentativa, determinaron practicar cuanto antes las diligencias del tormento.
¿Para qué describir lo que pasó en aquella bárbara ejecución? Los tormentos de la justicia ordinaria eran los mismos que usaba el santo Tribunal de la Inquisición, y sobre poco más ó menos igual el modo de aplicarlos, y semejantes las fórmulas del interrogatorio y de las moniciones.
Los lectores del _Libro Rojo_ conocen ya demasiado estas bárbaras prácticas, que por fortuna de la humanidad han pasado ya para siempre.
Benavides sufría el tormento con una energía y presencia de ánimo que no se desmentía ni por un solo instante, y nada supieron los oidores de nuevo, y el dolor no arrancó al Tapado la confesión más insignificante.
Y sin embargo, espantoso debió haber sido el sufrimiento de aquel hombre, porque si la fortaleza de su alma venció al dolor, su cuerpo no pudo resistir tan duro tratamiento: nada confesó; pero al día siguiente todo México sabía que iban á sacramentar al Tapado que estaba moribundo á consecuencia del martirio que le habían hecho sufrir los señores de la Sala del Crimen.
El Virrey nada decía de todo esto, parecía haberse olvidado completamente de D. Antonio de Benavides, y se ocupaba sólo de los festejos que debían hacerse con motivo del bautismo de un hijo suyo que había nacido cinco ó seis días antes del en que dieron tormento al Tapado.
VI.
«Miércoles 14 de julio de 1683», dice el Lic. D. Antonio de Robles en su diario, de donde hemos tomado estos datos, «día de San Buenaventura fué el bautismo del hijo del Virrey, á las once y media; lleváronle en silla de manos la aya: bautizóle el señor arzobispo en la pila de San Felipe de Jesús; pusiéronle José María Francisco _omnium Sanctorum_; asistió la real Audiencia en la catedral, en la nave del altar del Perdón, y todas las religiones; marcharon todas las compañías é hicieron salvas generales; túvole de padrino Fray Juan de la Concepción, donado de San Francisco que S. E. trajo de España; acabóse la función á la una; en la marcha anduvo el conde de Santiago, de maestre de campo, á caballo.
«En la noche se quemaron delante de palacio doce invenciones de fuego grandes; hubo mucho concurso.
«Cenaron en palacio esta noche los tribunales de Audiencia.»
Aquel día, pues, era todo de fiestas y de regocijo en la corte del Virrey, el palacio estaba iluminado profusamente, damas y caballeros atravesaban los corredores y se reunían en las estancias, ó se asomaban á los balcones para divertirse con los fuegos, las ricas carrozas cruzaban la plaza mayor en todas direcciones, y una muchedumbre alegre y bulliciosa se apiñaba delante de la habitación del Virrey escuchando las músicas de las serenatas y confundiendo sus gritos con el estallido de los petardos.
Y en aquellos mismos momentos, en el edificio del palacio, en uno de los más oscuros y tristes calabozos de la cárcel de corte, un humilde sacerdote, acompañado nada más de algunos devotos, administraba el sacramento de la Extrema Unción al misterioso marqués de San Vicente, al visitador D. Antonio de Benavides.
El sacerdote murmuraba devotamente sus fervorosas oraciones en aquel apartado calabozo, en medio de un silencio que no interrumpían allí más que los débiles gemidos del moribundo y el chasquido triste de las hachas de cera con que alumbraban los asistentes, pero que formaba un pavoroso contraste con los perdidos ecos de las músicas y de los gritos de la multitud que gozaba.
Don Antonio de Benavides recibió los últimos sacramentos y dió al cura mil pesos de manípulo, que el cura se negó á aceptar, y que el Virrey mandó después que se aplicaran á la compra de un palio para el Santísimo.
La historia del Tapado ofrece á cada momento incidentes que sólo sirven para aumentar más y más el misterio que envuelve siempre á este célebre personaje, y que nos inducen á formar mil conjeturas.
En efecto, ¿qué puede pensarse de un hombre sobre quien la justicia había ejercido tan rudamente su poder, que estaba moribundo á consecuencia del tormento, olvidado en un calabozo, en una ciudad y en un reino al que llegaba por la primera vez, y que hacía tan fácilmente un regalo de esa clase á la Iglesia, sin tener bienes conocidos de ninguna clase, ni relaciones aparentes con ninguna persona de la colonia?
Dar, no mil sino cincuenta ó cien mil pesos á la Iglesia, era una cosa usada y muy sencilla para cualquiera de los ricos colonos de la Nueva España; pero el preso, infeliz y desvalido, regalando mil, esto es una cosa en verdad llena de misterio.
VII.
Un año se pasó, y en México se olvidaron casi de Benavides, que restablecido de su peligrosa enfermedad seguía siendo juzgado por la Audiencia.
Pero el lunes 10 de julio de 1684 se supo que el Tapado había sido condenado á muerte, y que había sido puesto ya en capilla, y como una ejecución de justicia era en aquellos tiempos un espectáculo público muy concurrido, todos comenzaron á disponerse para asistir á esta que, según las leyes y la práctica, debía verificarse tres días después, es decir, el miércoles 14.
En efecto así aconteció; Benavides pasó en la capilla esos tres días de agonía, que son el más terrible de los castigos, y durante ellos hizo llamar á Castillo, el secretario del Virrey, para hacerle una revelación: ¿qué le dijo? jamás se supo.
Amaneció por fin el día 14; la Plaza de Armas y las calles cercanas se llenaron de curiosos, las gentes coronaron las azoteas, y el sol puro y brillante en medio de un cielo limpio y sereno, alumbró con sus ardientes rayos una muchedumbre ansiosa de contemplar el suplicio de un hombre que ningún mal le había hecho y á quien solo de nombre conocía.
Don Antonio de Benavides, con el pecho cubierto de escapularios, sin sombrero, vestido de negro y caballero en una mula salió de la cárcel rodeado de soldados, llevando á su lado dos sacerdotes que le animaban á morir cristianamente.
La fúnebre comitiva hizo aquella especie de paseo que se acostumbraba hacer con los reos, y en cada esquina el pregonero con voz atronadora publicaba el nombre del ajusticiado, su crimen y la pena que iba á sufrir.
Así llegaron hasta la horca que estaba en el centro de la plaza. Benavides fué bajado de la mula, el verdugo pasó el dogal alrededor de su cuello, los sacerdotes redoblaron sus fervorosas oraciones.--¡Jesús te acompañe!--murmuró la multitud, y...... D. Antonio de Benavides, marqués de San Vicente, visitador, mariscal de campo y castellano de Acapulco, no era ya más que un cadáver que se mecía en la horca.
Después de esto, los sacerdotes se retiraron y los verdugos descolgaron el cadáver, y conforme á la sentencia le cortaron las manos y la cabeza: una mano se clavó en la horca, y la otra y la cabeza fueron enviadas á Puebla.
En estos momentos, cuando en la plaza resonaban los martillazos del verdugo que enclavaba en la horca la mano, el sol que había ido palideciendo se eclipsó totalmente, la muchedumbre, impresionada con el espectáculo, sintió un terror supersticioso al ver que el sol se obscurecía, y huyó despavorida en todas direcciones.
Un momento después la gran plaza estaba desierta.
El más impenetrable misterio vela toda esta historia. ¿Quién era el Tapado? ¿á qué vino á México? ¿qué habló con el virrey? Nadie lo supo. Quizá algún día el casual encuentro de algún ignorado expediente, en México ó en España, arroje la luz sobre este, hasta hoy, sombrío episodio de nuestra historia colonial.
_Vicente Riva Palacio._
ÍNDICE.
Págs.
Moctezuma II 7
Xicotencatl 30
Cuauhtimoc 46
Rodrigo de Paz 71
Los dos enjaulados (Salazar y Chirino) 91
El Lic. Vena.--La Sevillana 108
Alonso y Gil González de Avila 127
Don Martín Cortés 159
Pedro de Alvarado 185
La Peste.--Caridad Evangélica 199
Fray Marcos de Mena.--Primera parte 211
Segunda parte 228
Tercera parte 245
La Familia Carabajal.--Primera parte 265
Segunda parte 292
Tercera parte 318
Los Treinta y tres Negros 351
El Tumulto de 1624.--El Arzobispo Pérez de la Serna 369
Don Juan Manuel 393
El Tapado 410
NOTAS:
[1] La narración de los últimos días de este infortunado monarca, se refiere en este artículo enteramente ajustada á las historias y crónicas antiguas.
[2] La aparición de este cometa que tanto miedo causó á los mexicanos, parece que es la que señala Arago en su Catálogo en el año de 1514.
[3] _Historia de las Indias de N. España_ por Fr. Diego Durán, publicada por D. José Fernando Ramírez.
[4] Fr. Diego Durán.
[5] Torquemada.--_Monarquía Indiana._
[6] Prescott.--_Historia de la Conquista._
[7] Prescott.--_Historia de la Conquista._
[8] Se ha adoptado para finalizar este escrito la tradición más probable de la muerte de Moctezuma, y puede verse en el tomo 10.º del _Boletín de Geografía y Estadística_ la disquisición histórica hecha por el Sr. D. Fernando Ramírez.
[9] Fr. Diego Durán.
[10] Prescott, _Historia de México_; Gomara, Ixtlilxochil, Herrera, Camargo.
[11] Torquemada y Sahagun.
[12] _Actas del Ayuntamiento de México._--_Año de 1525._ _Alamán._--_Cabo._
[13] Los datos están tomados de Torquemada, el padre Cabo, y especialmente de la curiosa _noticia histórica_ escrita por D. Manuel Orozco y Berra. Algunos de los pormenores se encuentran esparcidos en las crónicas antiguas de los conventos; así, en estos estudios no hacemos sino animar á los personajes y ponerlos por un instante de bulto ante el lector, pero conservando en todo la verdad histórica.
[14] Alamán, Disertaciones.--Prescott, _Historia de la conquista de Nueva España_.
[15] Cabo, _Los tres siglos_.--Mota Padilla, _Conquista de la Nueva Galicia_.--M. S. citado por el Sr. García Icazbalceta en su articulo «Alvarado.»--_Diccionario de historia y geografía._
[16] Este cometa es sin duda el mismo que registra Arago en su catálogo bajo el número 32, y que fué observado en 1577 por Tycho-Brahe, y calculado por Halley y Woldsted.
[17] Cabo, _Los tres siglos de México_, libro 5.--Torquemada, pár. 6, cap. 23.
[18] Cabo, _Los tres siglos_. Dávila Padilla, _Historia de los dominicanos_. Sahagún, _Historia de Nueva España_.
[19] Cabo, _Los Tres Siglos_.
[20] Cabo.--Torquemada.--Vetancourt.