El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

Part 21

Chapter 214,060 wordsPublic domain

El hecho era que los asesinatos se cometían con frecuencia, que los cadáveres se encontraban al día siguiente con todas sus ropas y prendas, y que aunque en secreto y con reservas se señalaba á Don Juan Manuel como al autor de estos crímenes; pero en lo visible no había sino pruebas en contrario. Don Juan Manuel, aunque triste y sombrío como hemos dicho, concurría á la misa, daba sus limosnas y visitaba como de costumbre á su amigo el Virrey. Quién había de atreverse á acusar á un hombre acaudalado y respetable, ni qué pruebas podían presentarse; así, todo el mundo callaba y cumplía con encerrarse en su casa desde que se escuchaba el toque de ánimas.

Había en la calle de Don Juan Manuel (probablemente donde hoy se encuentra la magnífica finca del Sr. Dozal) una casa de pobre apariencia y que era propiedad de una beata que tendría sus cincuenta años. Alguna de las faltas de que es víctima la juventud cuando es demasiado confiada en el otro sexo, hizo que la Madre Mariana, que así la llamaban, tomara el hábito de beata y además hiciese la promesa de rezar un número de credos á la Preciosa Sangre, igual al día de cada mes, de modo que nunca se acostaba antes de la media noche, y el día 25, por ejemplo, empleaba más de media hora en rezar los veinticinco credos que le tocaban. En la calle oscura, sin empedrado, muda y completamente sola desde las ocho de la noche, no se veía más que una luz, como la de una sola y lejana estrella en un cielo nebuloso. Era la luz que salía por un estrecho postigo de la casa de la beata Mariana que encendía una lamparita delante de una imágen de Jesucristo atado en la columna, y no cerraba el postigo sino después de haber acabado de rezar sus credos.

Las más noches oía cerrarse con estruendo una puerta, y este ruido casi á una misma hora le hizo ponerse en observación hasta que se cercioró que era la puerta de la casa que habitaba Don Juan Manuel. Otra noche, hacia el fin de un mes en que tenía que rezar muchos credos y había permanecido de rodillas delante de la imagen, escuchó un quejido. Apagó en el acto su lámpara, de puntillas se dirigió al postigo y asomó la cabeza con precaución. Un hombre corrió, y otro detrás de él le alcanzó casi en la misma puerta de la casa de Mariana y le dió cuatro ó cinco puñaladas. El hombre gimió dolorosamente y cayó á poca distancia. El asesino se alejó de allí, y á poco, en vez del estruendo de costumbre, la beata oyó que se abría suavemente una puerta y que un hombre embozado entraba en ella. Era la casa de Don Juan Manuel, y no podía ser otro sino el mismo Don Juan Manuel.

Mariana se acostó llena de terror, y al día siguiente, ya que habían levantado el cadáver, fué á referir al confesor lo que había pasado y le dió parte también de las vehementes sospechas que tenía. El confesor obtuvo una audiencia del Virrey y le contó el suceso, pero el Virrey se rió, dijo al padre que todas eran consejas del vulgo y que no había que hablar ni que hacer caso de todo ello. Mariana había, sin embargo, referido algo á las beatas, y desde este suceso el terror se aumentó y las apariciones fueron ya más terribles.

Se refería que de los muchos escombros y andamios de la obra de la catedral salía todos los viernes á las doce de la noche una procesión de monges con unos largos sayales y unos capuchones negros que les cubrían la cara. Que las caras de esos monges eran unas calaveras á medio descarnar, pues eran nada menos que todas las víctimas de Don Juan Manuel que se levantaban de sus sepulcros. Esos cadáveres revestidos del hábito de los frailes, se dirigían en procesión por el cementerio de Catedral con unos gruesos cirios en la mano y cantando con una voz que parece salía del sepulcro, el oficio de difuntos. Llevaban cargado un ataud vacío, llegaban á la calle de Don Juan Manuel y volvían con el ataud, ya con un hombre atado de pies y manos. En el atrio de la catedral había una horca, elevaban en ella del pescuezo al hombre, apagaban los cirios y cantaban el Miserere. Cada semana se repetía esto, y los que por casualidad habían visto esta terrible procesión, regresaban á su casa con fiebre y morían á pocos días.

* * * * *

Así oí referir el cuento de Don Juan Manuel, en la edad de las ilusiones y del mundo ideal de fantasmas, de espectros y de apariciones. Al calor del fogón de la cocina oímos cosas siempre maravillosas y nuevas, y nos dormimos en el seno maternal, o soñando en los príncipes generosos y las magas lindas y benéficas, ó estremeciéndonos con los espectros y las sombras de los avaros y de los malvados que brotan del sepulcro para ejemplo y enseñanza de los mortales.

El hecho cierto fué que Don Juan Manuel amaneció repentinamente ahorcado, y que el pueblo tenía razón, porque en el fondo había una historia terrible y verdadera.

* * * * *

Pasaron muchos años antes de que se supiera lo que había de verdad en todo lo que no parecía más que un cuento, hasta que Don José Gómez de la Cortina, literato distinguido y además curioso indagador de todas nuestras antiguas crónicas, publicó un escrito con el título de la _Calle de Don Juan Manuel_, en cuya primera parte refiere la leyenda popular tal como se la contó su barbero, y que difiere en algunos puntos de la que acaba de leerse. En cuanto á la parte exactamente histórica, no habiendo encontrado ningún otro dato ni documento nuevo, copio la que escribió el finado conde de la Cortina. Dice así:

«Por los años de 1623 á 1630 vivía en México un caballero español muy principal, natural de Burgos, llamado D. Juan Manuel de Solórzano, que había venido á esta América con la comitiva que trajo consigo el virrey D. Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar, y ya disfrutaba de grandes bienes de fortuna y consideración, cuando tomó posesión del virreinato de Nueva-España D. Lope Díaz de Armendáriz, marqués de Cadereyta. La privanza que logró D. Juan Manuel con este personaje fué tanta que se le hicieron cargos de ella al virrey en la corte de España, y no contribuyó poco á la ruidosa desgracia con que fueron recompensados sus servicios. Hacia 1636 contrajo matrimonio D. Juan Manuel con D.ª Mariana Laguna, hija única de un rico minero de Zacatecas, cuya dote aumentó considerablemente las riquezas de su esposo, y ambos consortes pasaron á habitar una casa contigua al palacio del virrey. Esta proximidad de habitaciones parece que estrechó mucho más las relaciones amistosas que existían entre el marqués y D. Juan Manuel, llegando á tal grado que pasaban juntos la mayor parte del día, aunque no sin graves murmuraciones del público que no estaba acostumbrado á ver á los virreyes visitar las casas de los particulares. Aumentóse el desafecto hacia el virrey, cuando se supo que daba á D. Juan Manuel la administración general de todos los ramos de real hacienda, y por consiguiente la intervención de las flotas que venían de la Península; y como en estos ramos siempre había tenido gran parte la Audiencia, pronto empezaron las quejas y representaciones al rey, pintando al marqués con los colores más odiosos, y amenazando con una revolución más violenta que la que pocos años antes había angustiado á la Nueva-España, en tiempo del marqués de Gelves. Los resortes que el virrey puso en movimiento debieron de ser muy poderosos, puesto que inutilizaron los efectos de las cuantiosas sumas de dinero que envió á Madrid la Audiencia, y consiguieron que Felipe IV aprobase la conducta del virrey y confirmase á D. Juan Manuel en el goce de sus nuevas concesiones. Por este tiempo llegó á México la noticia de las victorias obtenidas en Francia por el ejército español á las órdenes del príncipe de Saboya, que penetró hasta la ciudad de Pontoise y puso en la mayor consternacion á la capital de aquel reino. En el mismo buque que trajo estas nuevas, plausibles entonces para los habitantes de México, llegó á Veracruz una señora española llamada D.ª Ana Porcel de Velasco, viuda de un oficial superior de marina, de muy ilustre nacimiento y de singular hermosura, á quien un encadenamiento de desgracias había puesto en la necesidad de venir á implorar el amparo del virrey, que en tiempos más felices para ella la había distinguido en la corte, y aun le había dedicado algunos obsequios amorosos. Luego que el marqués supo la llegada de esa señora, manifestó á D. Juan Manuel el placer que tendría en alojarla en México de un modo correspondiente á su clase y al punto D. Juan, deseando corresponder á esta confianza, ofreció sus servicios al Virrey, y no sólamente le cedió la casa que entonces habitaba, sino que costeó con espléndida profusión todos los gastos que hizo Dª. Ana en su viaje desde Veracruz hasta la capital. Ignóranse los acontecimientos que mediaron desde esta época hasta que se supieron en México las noticias del levantamiento de Cataluña; pero según se ve, sirvió este suceso de pretexto á las autoridades de México para ejercer terribles venganzas. La Audiencia, que desde la revolución del marqués de Gelves había permanecido contraria á los Virreyes, no fué la que menos se aprovechó de esta circunstancia, y á fuerza de buscar la ocasión de humillar al Virrey y de perjudicar á Don Juan Manuel, debió de hallarla, puesto que á fines del año 1640 permanecía este preso en la cárcel pública, en virtud de mandamiento del alcalde del crimen D. Francisco Vélez de Pereira. D. Juan Manuel sufría tranquilamente su prisión, esperando un cambio de fortuna, cuando supo que el mismo alcalde visitaba á su esposa con más frecuencia de la que exigía la urbanidad ó el deseo de ser útil. Hallábase igualmente preso en la cárcel, y por el mismo motivo un caballero muy rico llamado D. Prudencio de Armendia, que había sido traído á México desde Orizaba, en donde poseía inmensos bienes, y en donde el rigor de que había usado al desempeñar varios cargos públicos le había proporcionado la enemistad y el odio de todos los que aspiraban á vivir sin freno y á costa de las turbulencias públicas. Este sugeto que era corresponsal de D. Juan Manuel, y de quien se había valido este último para arreglar el viaje de D.ª Ana Porcel de Velasco, halló el modo de facilitar á su amigo el medio de salir de la cárcel y de poder examinar por sí mismo la conducta de su mujer. D. Juan Manuel salió varias noches, y en una de ellas dió muerte al alcalde D. Francisco Vélez de Pereira, casi en los brazos de la adúltera esposa. Fácilmente pueden inferirse las consecuencias que debió tener este acontecimiento. El Virrey dobló sus esfuerzos por salvar á D. Juan Manuel; la Audiencia por su parte no se atrevía á manifestar al público los pormenores del delito, y ya empezaba á creerse que Don Juan Manuel saldría victorioso, cuando repentinamente amaneció su cadáver suspendido en la horca pública, un día del mes de Octubre de 1641; suceso digno de la sombría y misteriosa política de aquellos tiempos...... La calle en que acaeció la muerte del alcalde es la misma que hoy se llama de _D. Juan Manuel_, tanto por vivir éste en ella, como por haber construído la mayor parte de las casas que la formaban; así es que entonces tenía el nombre de _calle Nueva_, y era una de las extremidades de la ciudad, pues concluía el caserío de aquel lado poco más allá del hospital de Jesús.

--¡Qué reflexiones me inspira todo lo que acaba Ud. de referirme!--dijo mi amigo lanzando un suspiro de aquellos que acostumbraba.

--Pues aun hay más, le contesté. Creo que la conducta de la mujer de D. Juan Manuel era en cierto modo disculpable, porque, á lo que parece, su debilidad fué el precio que puso el alcalde á la libertad de D. Juan......

--Lo creo así, y vea Ud. la razón por que no se atrevieron los oidores á quitarle la vida públicamente...... Y luego era preciso inventar lo del diablo, y lo de la horca, y hacérselo tragar al pobre pueblo...... ¡Ah, qué tiempos!!!

--Yo le aseguro á Ud. que desde hoy no vuelvo á entrar en mi casa sin acordarme de D. Juan Manuel, y dar mil gracias á mi barbero.

--Pues yo desde hoy miraré esa calle con toda la veneración que se debe á un monumento que nos recuerda los progresos de la ilustración del siglo en que hemos nacido.

_Manuel Payno._

EL TAPADO

I.

El mes de mayo de 1683 fué de una gran agitación en México. La capital de la colonia, de ordinario tan tranquila y pacífica, había cambiado repentinamente de situación, y á la monótona quietud de otros días había sucedido una especie de movimiento febril, una animación extraordinaria y una conmoción verdadera en todas las clases de la sociedad.

Era que los piratas habían desembarcado en la nueva Veracruz, y los piratas eran enemigos terribles para las colonias españolas.

Casi á mediados del siglo XVII se turbó repentinamente la tranquila posesión que tenían los españoles en las islas del mar de las Antillas y en las costas de la tierra firme; el comercio se interrumpió, y las flotas que de la América salían para Europa, cargadas de tesoros ó ricas mercancías, necesitaban ir custodiadas por navíos de guerra, so pena de caer en manos de los piratas, y aun esta prevención fué inútil algunas veces, porque los piratas atacaron y vencieron á los almirantes españoles, como habían vencido á los gobernadores de las ciudades y de las fortalezas.

El mar de las Antillas, el seno mexicano y el golfo de Darien estaban constantemente cruzados por piratas, cuyas hazañas eran el asombro de los marinos del rey de España, y el dominio de aquellos mares perteneció sucesivamente á Mansveld, á Juan Morgan, á Lelonois, á Juan Darien, á Lorencillo, á Juan Chaquez, á Nicolás de Agramont, hombres todos de un valor, una audacia y una sagacidad sin ejemplo.

Los piratas no se contentaban con apresar los buques mercantes, atacaban á los de guerra, y hacían desembarcos con el objeto de saquear ciudades de importancia.

Casi siempre salieron triunfantes en sus empresas, y se hicieron sucesivamente dueños de Puerto-Príncipe, de Maracaibo, de Porto-Bello, de Veracruz, de Tampico y de otras ciudades de las islas y tierra firme.

Por esto se conmovió la población de México cuando el viernes 21 de mayo de 1683, á las tres de la tarde, se publicó un bando en el que prevenía el Virrey que en el término de dos horas se presentaran á tomar las armas todos los hombres que tuvieran desde quince hasta sesenta años de edad.

Las noticias de Veracruz no podían ser más alarmantes; los piratas, acaudillados, según se decía, por Juan Chaquez y por el famoso mulato Lorencillo, habían desembarcado en número de ocho mil hombres, y se temía como seguro que se internasen en la tierra.

El Virrey y la Audiencia desplegaron entonces tanta energía y actividad, que al día siguiente, es decir, el sábado 22, estaban ya formadas las compañías de infantería y caballería, y salían para Veracruz con gente armada los oidores D. Frutos Delgado y D. Martín de Solís.

II.

Sin embargo, en medio de la terrible alarma que produjeron en la ciudad estas nuevas, corría una noticia entre el pueblo, que no dejaba de ser de grande interés, sobre todo para el Virrey y para la Audiencia.

Esta noticia era que poco antes de la llegada de los piratas á Veracruz, había desembarcado allí Don Antonio de Benavides, Marqués de San Vicente, Mariscal de campo, castellano de Acapulco, etc., nombrado visitador del reino por Su Majestad.

El Marqués de San Vicente se puso en marcha inmediatamente para México, y como en los pueblos de su tránsito eran conocidos sus títulos y su investidura de visitador, á porfía y en todas partes se le asistía y obsequiaba espléndidamente.

La colonia, á pesar de su aparente sumisión y fidelidad, aborrecía á sus opresores, y siempre los _criollos_, como llamaban los españoles á los mexicanos, veían con una especie de placer la aparición de un visitador que venía á residenciar á los señores que en nombre del rey mandaban en la Nueva España.

Los oidores y los virreyes recibían por su parte la noticia de la llegada de un visitador como el anuncio de una calamidad, y mal disimulaban en los festejos de su recepción la ira y el despecho que ardía en sus corazones.

La venida, pues, de Don Antonio de Benavides causó grandísima impresión, y más de dos corazones latieron de placer y más de un rostro palideció.

El vulgo comentó á su modo, lo mismo que los oidores murmuraron á sus solas; aquél se preparó á divertirse con la lucha que iban á emprender sus amos, y éstos se dispusieron á combatir y á poner en juego sus intrigas.

Entretanto, seguía armándose en México gente para salir en busca de los piratas á la Veracruz.

Había ya batallones de españoles, de criollos, de negros y de mulatos; los soldados se habían filiado por _castas_ como se acostumbraba en aquella época, y se habían nombrado capitanes.

El conde de Santiago fué electo maestre de campo de aquel improvisado ejército.

Después de los oidores Delgado y Solís, el maestre de campo salió de la ciudad llevando más de dos mil hombres y cuatro carros de equipaje, y por capitanes de sus compañías á Miguel de Vera, al mariscal de Castilla Don Teobaldo de Gorraes, al tesorero de la casa de moneda Don Francisco de Medina Picazo, á Domingo de Cantabrama, á Juan de Dios y á Domingo de Larrea.

Pero estas tropas iban con demasiada lentitud para la actividad de los piratas, y apenas se habían alejado dos ó tres jornadas de México, cuando ya había llegado á la capital la noticia del saqueo de Veracruz y la retirada de Lorencillo.

III.

Casi al mismo tiempo que se supo en México la retirada de los piratas, se esparció la noticia de que por orden de la Audiencia había sido preso en Puebla el visitador D. Antonio de Benavides.

¿Qué causas habían movido á la Audiencia para dar este paso? todo el mundo lo ignoraba y á todos causaba esto un verdadero asombro.

La prisión de un visitador era en aquellos tiempos un atentado grande, un hecho tan escandaloso y de tan grave trascendencia, que se consideraba como ahora entre nosotros puede considerarse un golpe de Estado.

El visitador, investido con las facultades del soberano, representando su persona, era sagrado, inviolable, y poner mano en él, equivalía á un sacrilegio, casi era un delito de lesa majestad.

El público comentaba así la prisión de D. Antonio de Benavides y había quienes muy por lo bajo murmuraban que el Virrey y la Audiencia pretendían alzarse con el reino, y lo que era natural, unos se ponían del lado de Benavides y otros ensalzaban las disposiciones del Virrey.

Ni unos ni otros tenían en qué fundarse; pero como en toda división política, más parte tenían los afectos que las razones.

La efervescencia pública llegó á su colmo el viernes 4 de junio, porque desde el medio día se supo que en aquella noche debía «entrar D. Antonio de Benavides á México.»

Tanto se había hablado de Benavides, tan misteriosa había sido su conducta, y tan impenetrables la misión que traía y la causa de su prisión, que la gente comenzó á llamarle _el Tapado_, y este sobrenombre se popularizó tanto y con tanta rapidez, que la noche del día 4 de junio multitud de curiosos se dirigían á las calles del Reloj, y entre todos ellos no se oía hablar de otra cosa que del Tapado, que debía de llegar en aquella misma noche.

Mucho se hizo esperar aquella entrada para la multitud que impaciente aguardaba desde las oraciones de la noche, y sin embargo, nadie se retiraba, y por el contrario más y más personas iban llegando allí atraídas por la curiosidad; tanto interés causaba aquel personaje.

Por fin, después de las nueve de la noche, como eléctricamente circuló esta voz:

--Ahí viene.

Las gentes se apiñaban, los de la primera línea luchaban por no perder el puesto, los de atrás intentaban pasar adelante, todos abrían desmesuradamente los ojos, todos alargaban el cuello, todos se ponían sobre la punta de los pies.

Diligencias inútiles; nadie, á pesar de la claridad de la luna, pudo ver otra cosa que un hombre embozado en una gran capa negra, que caminaba montado en una mula y en medio de un grupo de alguaciles á caballo.

Ese hombre era el Tapado.

IV.

Don Antonio de Benavides fué encerrado en un calabozo, y el día 10 de junio le tomaron su primera declaración y se le consignó á la sala del crimen para que le juzgase.

En vano se procuró obtener de él una contestación que diese alguna luz sobre sus antecedentes, sobre su misión, sobre el objeto que le traía á la Nueva España; los esfuerzos de los oidores se estrellaron contra la fría reserva de aquel extraño y misterioso personaje, á quien no arredraban ni los tormentos ni la muerte, y á quien no ablandaban promesas ni ofrecimientos.

Con una serenidad increíble, con una sangre fría que espantaba á sus mismos jueces, Benavides contestaba á las preguntas, ya con una sátira, ya con una sonrisa de desprecio, ya con palabras duras que demostraban que aquel hombre tenía una energía salvaje y una voluntad indomable.

Entonces los oidores desesperaron y el Virrey tomó cartas en el asunto, y creyó ser más feliz en sus tentativas que la Audiencia.

Gobernaba entonces en México el Excmo. Sr. D. Tomás Antonio Manríquez de la Cerda, marqués de la Laguna y conde de Paredes, vigésimo octavo Virrey, y que había tomado posesión del gobierno en 30 de noviembre de 1680, y á su prudencia y sabiduría confiaron los oidores el desempeño de una empresa en la que ellos habían comenzado con tan poco éxito.

El viernes 11 de junio el Virrey bajó al calabozo de Benavides y se encerró con él.

Los pajes de S. E. y los caballeros que le acompañaban quedaron en la puerta esperando el resultado de aquella conversación.

La curiosidad de todos aquellos hombres era terrible, y hacíanse allí comentarios á cual más absurdos, y se cruzaban apuestas acerca del éxito que tendría la visita del Virrey al Tapado, y se acaloraban las disputas, y los ánimos se exaltaban fácilmente en la discusión, pero nada de cierto podía decirse.

Entretanto, la conferencia se prolongaba, y los de afuera con el pretexto de cuidar al Virrey comenzaron á tomarse algunas libertades que ninguno desaprobaba, deseando, como todos estaban, saber algo.

El más audaz se acercó cautelosamente á la puerta caminando sobre la punta de los pies, quitóse el sombrero, apoyó sus manos sobre sus rodillas, inclinóse hacia adelante y aplicó el oído á la cerradura, teniendo en sus ojos esa mirada fija y perdida del hombre que reconcentra toda su atención para escuchar mejor.

Los demás guardaban el más profundo silencio mirando ávidamente el rostro del que escuchaba y procurando adivinar por los movimientos de su rostro sus sensaciones para inferir de allí lo que estaba oyendo.

Pero aquel hombre permaneció inmóvil por largo rato, y al fin se separó de la puerta con el rostro sereno.

--¿Qué hay?--preguntáronle todos en voz baja y casi simultáneamente.

--Nada--contestó moviendo la cabeza con cierta especie de disgusto--nada, murmullos incomprensibles...... el aire que zumba......

De buena gana muchos habrían abierto la puerta con cualquier pretexto y entrado al calabozo, pero el respeto que tenían al Virrey no se los permitía.

Por fin, después de cuatro horas aquella puerta se abrió, y el marqués de la Laguna, pálido y sombrío, salió del calabozo del Tapado.

Aquella conversación debía haberle afectado profundamente, porque sin hablar una sola palabra á los que le esperaban, con el entrecejo tenazmente fruncido y con la frente húmeda de sudor, tomó el camino de sus habitaciones, atravesando la cárcel y los corredores de palacio sin contestar á los ceremoniosos saludos que le dirigían los que á su paso le encontraban.

La curiosidad de sus acompañantes creció con la misteriosa conducta del Virrey.

¿Qué había pasado en aquella conferencia? ¿Qué pudo decir el preso al poderoso marqués de la Laguna, que tendió sobre su frente aquella nube sombría?

Dios, el Virrey y el Tapado lo supieron no más, y aquel fué siempre uno de los impenetrables misterios en esta causa.

El Virrey se encerró en su estancia, y nadie le pudo hablar hasta el siguiente día.

La Audiencia volvió á encargarse del Tapado.

V.