El libro rojo, 1520-1867, Tomo I
Part 2
--Saldremos esta noche precisamente, dijo Cortés. Haced, pues, vuestros preparativos, y armaos de la resolución que siempre habeis tenido para acabar los más apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que querais; pero cuidado, que podreis ser víctimas del mismo peso del oro que cargueis.
Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al tesoro; y encontrando el oro amontonado en el suelo, comenzaron á llenar sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.
XI
En la tarde, el horizonte se fué nublando gradualmente, y una masa de nubes negras y amenazadoras vino al parecer expresamente de la cumbre de los volcanes. El silencio profundo que reinaba en la ciudad aumentaba más el pavor, y todo anunciaba una tormenta en el cielo y una matanza en la tierra. Así llegó la noche imponente y sombría. Los pechos de los españoles, fuertes y templados como sus aceros, se estremecieron sin embargo. Todos pensaron que quizá no verían el sol del nuevo día.
Moctezuma, mudo, silencioso, moría entre sus cojines, más del despecho, más del dolor de haber visto el fin sangriento de su reinado, que de la herida que tenía en la cabeza. Los nobles que le acompañaban de pie á su derredor, observaban los preparativos de los españoles, y casi adivinaban la suerte que les estaba reservada. Cortés, que creía que Moctezuma había causado realmente la situación tremenda en que se hallaba, había cambiado la afección que concibió al principio, en un odio profundo.
La tempestad que se cernía hacía ya algunas horas sobre la ciudad, descargó por fin. Gruesas gotas de agua y granizos comenzaron á caer en los terrados. Los relámpagos con su azufrosa y blanca luz, herían las armaduras de los caballeros, iluminaban sus fisonomías terribles, y entraban instantáneamente por una ventana estrecha á dar un lívido color al triste cuadro que presentaban el Emperador y sus caciques, esperando silenciosos que se cumpliese su inexorable destino.
El padre Olmedo dijo una misa, á la que asistieron todos los capitanes y soldados; acabada, Cortés organizó la marcha, y á las doce de la noche del 1.º de julio de 1520, en medio de una horrible tempestad, se abrieron las puertas de la fortaleza y abandonaron los españoles aquellas murallas, testigos de sus horribles padecimientos y de su indómito valor[7].
XII
--¿Qué haremos con los prisioneros?--preguntó uno de los oficiales á Cortés.
--Nunca será bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta empresa, que quede con vida el que ha sido el Rey de estos idólatras, ni ninguno de los que se llaman nobles ó caciques[8].
_Tonatiut_ con un semblante torvo se presentó en el salón donde estaba Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y á intervalos por una hoguera de ocote media apagada.
--Acabad con estos bárbaros que tratan todavía de sacrificarnos, y echadlos por la azotea á la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que toda la ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que están muertos, no nos estorben el paso.
Los indios se estremecieron y quisieron huir, ¿adónde? Se pusieron en pie y esperaron la muerte resueltamente. El Emperador apenas levantó la cabeza.
Los soldados sacaron los estoques y comenzaron á herir á todos los que allí estaban. A Moctezuma le dieron cinco puñaladas[9]. Concluida la matanza sacaron los cadáveres y los arrojaron por la azotea sobre la gran Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se incorporaron al resto de la tropa que avanzaba lentamente entre la lluvia y las tinieblas, resbalando en el lodo y en la sangre de las calles.
_Manuel Payno_
XICOTENCATL[10]
Atravesaba el pequeño ejército de Hernán Cortés la soberbia muralla de Tlaxcala que defendía la frontera oriental de aquella indómita República.
Los soldados se detenían mirando con asombro aquel monumento gigantesco, que según la expresión de Prescott «tan alta idea sugería del poder y fuerza del pueblo que le había levantado.»
Pero aquel paso, aquella fortaleza, cuya custodia tenían encargada los othomís, estaba entonces desguarnecida. El general español se puso á la cabeza de su caballería, é hizo atravesar por allí á sus soldados, exclamando lleno de fe y entusiasmo: «Soldados, adelante, la Cruz es nuestra bandera, y bajo esta señal venceremos:» y los guerreros españoles hollaron el suelo de la libre República de Tlaxcalan.
* * * * *
El ejército español y sus aliados los Zempoaltecas caminaban ordenadamente; Cortés con sus jinetes llevaba la vanguardia; los Zempoaltecas la retaguardia. Aquella columna atravesando la desierta llanura, parecía una serpiente monstruosa con la cabeza guarnecida de brillantes escamas de acero, y el cuerpo cubierto de pintadas y vistosas plumas.
Cortés caminaba pensativo: el tenaz fruncimiento de su entrecejo, indicaba su profunda meditación: mil encontradas ideas y mil desacordes pensamientos debían luchar en el alma de aquel osado capitán, que con un puñado de hombres se lanzaba á acometer la empresa más grande que registra la historia en sus anales.
Reinaba el silencio más profundo en la columna, y sólo se escuchaba el ruido sordo y confuso de las pisadas de los caballos.
De cuando en cuando, Cortés se levantaba sobre los estribos y dirigía ardientes miradas, como intentando descubrir algo á lo lejos: así permanecía algunos momentos, nada alcanzaba á ver, y volvía silenciosamente á caer en su meditación.
¿Qué esperaba, qué temía aquel hombre que procuraba así sondear los dilatados horizontes?--Esperaba la vuelta de sus embajadores: temía la resolución del gobierno de la República de Tlaxcala.
* * * * *
Cuando Cortés determinó pasar con su ejército á la capital del imperio de Moteuczoma, vaciló sobre el camino que debía llevar; era su intención dejar á un lado la República de Tlaxcala y tomar el camino de Cholula, país sometido al imperio de México y en donde esperaba encontrar favorable acogida, por las relaciones de amistad que le unían yá con el emperador Moteuczoma.
Pero sus aliados los Zempoaltecas le aconsejaron otra cosa. Tlaxcala era una República independiente y libre; sus hijos, belicosos é indomables, no habían consentido nunca el yugo del imperio Azteca, vencedores en las llanuras de Poyauhtlan: vencedores de Axayacatl, y vencedores después de Moteuczoma, el amor á su patria les había hecho invencibles y les constituía irreconciliables enemigos de los mexicanos: los Zempoaltecas aconsejaron á Cortés que procurase hacer alianza con los de Tlaxcala, abonando encarecidamente el valor y la lealtad de aquellos hombres.
Comprendió Cortés que sus aliados tenían razón, y tomó decididamente el camino de Tlaxcala, enviando delante de sí como embajadores á cuatro Zempoaltecas para hablar al senado de Tlaxcala, con un presente marcial que consistía en un casco de género carmesí, una espada y una ballesta, y portadores de una carta en la que encomiaba el valor de los Tlaxcaltecas, su constancia y su amor á la patria, y concluía proponiéndoles una alianza con objeto de humillar y castigar al soberbio emperador de México.
Los embajadores partieron; Cortés continuó su camino, atravesó la gran muralla tlaxcalteca y penetró en el terreno de la República, sin que aquéllos hubieran vuelto á dar noticia de su embajada.
* * * * *
El ejército español avanzaba con rapidez; el general seguía cada momento más inquieto: por fin no pudo contenerse, puso al galope su caballo, y una partida de jinetes le imitó, y algunos peones aceleraron el paso para acompañarle; así caminaron algún tiempo explorando el terreno: de repente alcanzaron á ver una pequeña partida de indios armados que echaban á huir cuando vieron acercarse á los españoles: los jinetes se lanzaron en su persecución, y muy pronto alcanzaron á los fugitivos; pero éstos, en vez de aterrorizarse por el extraño aspecto de los caballos, hicieron frente á los españoles y se prepararon á combatir.
Aquel puñado de valientes hubiera sido arrollado por la caballería, si en el mismo momento un poderoso refuerzo no hubiera aparecido en su auxilio.
Los españoles se detuvieron, y Cortés envió uno de su comitiva para avisar á su ejército que apresurase la marcha. Entretanto los indios disparando sus flechas se arrojaron sobre los españoles, procurando romper sus lanzas y arrancar á los jinetes de los caballos; dos de éstos fueron muertos en aquella refriega, y degollados para llevarse las cabezas como trofeos de guerra.
Rudo y desigual era el combate, y mal lo hubieran pasado los españoles que allí acompañaban á Cortés, á no haber llegado en su socorro el resto del ejército: desplegóse la infantería en batalla, y las descargas de los mosquetes y el terrible estruendo de las armas de fuego que por primera vez se escuchaba en aquellas regiones, contuvieron á los enemigos que retirándose en buen orden y sin dar muestra ninguna de pavor, dejaron á los cristianos dueños del lugar del combate.
Sobre aquel terreno se detuvieron los españoles, acampando, como señal del triunfo, sobre el mismo campo de batalla.
* * * * *
Dos enviados Tlaxcaltecas y dos de los embajadores de Cortés se presentaron entonces para manifestar, en nombre de la República, la desaprobación del ataque que habían recibido los españoles, y ofreciendo á éstos que serían bien recibidos en la ciudad.
Cortés creyó ó fingió creer en la buena fe de aquellas palabras: cerró la noche y el ejército se recogió, sin perderse un momento la vigilancia.
Amaneció el siguiente día, que era el 2 de septiembre de 1519, y el ejército de los cristianos, acompañado de tres mil aliados, se puso en marcha, después de haber asistido devotamente á la misa que celebró uno de los capellanes.
Rompían la marcha los jinetes, de tres en fondo, á la cabeza de los cuales iba como siempre el denodado Cortés.
No habían avanzado aún mucho terreno, cuando salieron á su encuentro los otros dos Zempoaltecas, embajadores de Cortés, anunciándole que el general Xicoténcatl les esperaba con un poderoso ejército y decidido á estorbarles el paso á todo trance.
En efecto, á pocos momentos una gran masa de Tlaxcaltecas se presentó blandiendo sus armas y lanzando alaridos guerreros.
Cortés quiso parlamentar, pero aquellos hombres nada escucharon, y una lluvia de dardos, de piedras y de flechas vino á rebotar, como única contestación, sobre los férreos arneses de los españoles.
«Santiago y á ellos,» gritó Cortés con ronca voz, y los jinetes bajando las lanzas arremetieron á aquella cerrada multitud.
Los Tlaxcaltecas comenzaron á retirarse: los españoles, ciegos por el ardor del combate, comenzaron á perseguirlos, y así llegaron hasta un desfiladero cortado por un arroyo, en donde era imposible que maniobrasen la artillería ni los jinetes.
Cortés comprendió lo difícil de su situación, y con un esfuerzo desesperado logró salir de aquella garganta y descender á la llanura.
Pero entonces sus asombrados ojos contemplaron allí un ejército de Tlaxcaltecas, que su imaginación multiplicaba: era el ejército de Xicoténcatl que esperaba con ansia el momento del combate.
Sobre aquella multitud confusa se levantaba la bandera del joven general; era la enseña de la casa de Tittcala, una garza sobre una roca, y las plumas y las mallas de los combatientes, amarillas y rojas, indicaban también que eran los guerreros de Xicoténcatl.
Sonaron los teponaxtles, se escuchó el alarido de guerra y comenzó un terrible combate.
* * * * *
Era Xicoténcatl, el jefe de aquel ejército, un joven hijo de uno de los ancianos más respetables entre los que componían el senado de Tlaxcala.
De formas hercúleas, de andar majestuoso, de semblante agradable, sus ojos negros y brillantes parecían penetrar, en los momentos de meditación del caudillo, los oscuros misterios del porvenir, y sobre su frente ancha y despejada no se hubiera atrevido á cruzar nunca un pensamiento de traición, como un pájaro nocturno no se atreve nunca á cruzar por un cielo sereno y alumbrado por la luz del día.
Xicoténcatl era un hermoso tipo, su elevado pecho estaba cubierto por una ajustada y gruesa cota de algodón sobre la que brillaba una rica coraza de escamas de oro y plata; defendía su cabeza un casco que remedaba la cabeza de un águila cubierta de oro y salpicada de piedras preciosas, y sobre el cual ondeaba un soberbio penacho de plumas rojas y amarillas: una especie de tunicela de algodón bordada de leves plumas, también rojas y amarillas, descendía hasta cerca de la rodilla; sus nervudos brazos mostraban ricos brazaletes, y sobre sus robustas espaldas descansaba un pequeño manto, formado también de un tejido de exquisitas plumas.
Llevaba en la mano derecha una pesada maza de madera erizada de puntas de _itztli_, y en el brazo izquierdo un escudo, en el que estaban pintadas como divisa las armas de la casa de Tittcala, y del cual pendía un rico penacho de plumas. Xicoténcatl, con ese fantástico y hermoso traje, hubiera podido tomarse por uno de esos semidioses de la Mitología griega: todo el ejército Tlaxcalteca le obedecía, y era él, el alma guerrera de aquella República, la encarnación del patriotismo y del valor; y era él, el que despreciando las fabulosas consejas que hacían de los españoles divinidades invencibles é hijos del sol, conducía las huestes de la República al encuentro de aquellos extranjeros, despreciando los cobardes consejos del viejo Maxixcatzin que quería la paz con los cristianos, y sin intimidarse de que éstos manejaban el rayo y caminaban sobre monstruos feroces y desconocidos.
* * * * *
El choque fué terrible: un día entero duró aquel combate, y Xicoténcatl, que había perdido en él ocho de sus más valientes capitanes, tuvo que retirarse, pero sin creer por esto que había sido vencido, y esperando el nuevo día para dar una nueva batalla.
Cortés recogió sus heridos, y sin pérdida de tiempo continuó su marcha hasta llegar al cerro de Tzompatchtepetl, en cuya cima un templo le prestó asilo para el descanso de aquella noche.
Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. Cortés comprendió lo efímero del triunfo. La inquietud devoraba su pecho.
Se dió un día de descanso á las tropas.
Xicoténcatl acampó también muy cerca de Cortés, y se preparaba, lo mismo que los españoles, á combatir de nuevo.
Sin embargo, el general español quiso probar aún la benignidad y los medios de conciliación, enviando nuevos embajadores á proponer á Xicoténcatl un armisticio.
Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo: era un reto á muerte y una amenaza de atacar al siguiente día los cuarteles.
Cortés reflexionó que su situación era comprometida, y decidió salir á buscar en la mañana siguiente á los Tlaxcaltecas.
* * * * *
Brilló la aurora del 5 de septiembre de 1519. El sol apareció despues puro y sereno, y á su luz comenzaron á desfilar peones y jinetes.
Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre: cada uno de los soldados esperaba el combate de un momento á otro, y todos sabían ya que su valeroso general los llevaba á atacar resueltamente el campamento del ejército de Xicoténcatl.
Apenas habrían caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejército apareció á su vista en una extendida pradera.
El espectáculo era sorprendente.
Un océano de plumas de mil colores que ondulaban á merced del fresco viento de la mañana, y entre el que brillaban como las fosforescencias del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro y plata y las joyas preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcaltecas, heridos por la luz del nuevo día.
En el horizonte, perdiéndose entre la bruma las banderas y pendones de los distintos caciques Othomís y Tlaxcaltecas, y dominándolo todo, orgullosa, el águila de oro con las alas abiertas, emblema de la indómita República.
Al presentarse el ejército de Cortés, aquella multitud se estremeció, y un espantoso alarido atronó los vientos, y los ecos de las montañas lo repitieron confusamente.
El monótono sonido de los teponaxtles contestó aquel alarido de guerra: los guerreros indios se agitaron un momento, y después, como un torrente que se desborda, aquella muchedumbre se lanzó sobre los españoles.
No hubo uno solo de aquellos valientes pechos castellanos, que no sintiera un estremecimiento de pavor.
El ejército de Xicoténcatl avanzaba rápidamente levantando un inmenso torbellino de polvo, que flotaba después sobre ambos ejércitos, como un dosel, al través del cual cruzaban tristes y amarillentos los rayos del sol.
Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de plumas, de joyas y de estandartes.
Levantóse un rugido como el de una tempestad: los gritos de los combatientes que se miraban á cada momento más cerca, se mezclaban con el estrépito de las armas de fuego, el silbido de las flechas, los sonidos de los teponaxtles, y de los pífanos y de los atabales.
Los dos ejércitos se encontraron, y se estrecharon y se enlazaron, como dos luchadores.
Pasó entonces una escena espantosa, indescriptible.
Ni los caballeros ni los infantes podían maniobrar.
Se escuchaban los golpes sordos de los aceros de los españoles sobre el desnudo pecho de los indios, y como el ruido del granizo que azota una roca, el golpe de las flechas sobre las armaduras de hierro de los soldados de Cortés.
Aquella carnicería no puede ni explicarse ni comprenderse.
Las balas de los cañones y de los arcabuces se incrustaban en una espesa muralla de carne humana, y la sangre corría como el agua de los arroyos.
Era una especie de hervor siniestro de combatientes que se alzaban, y desaparecían unos bajo los pies de los otros, para convertirse en fango sangriento.
La traición vino en ayuda de los españoles, y un cacique de los que militaban á las órdenes de Xicoténcatl huyó llevándose diez mil combatientes, y la victoria se decidió por los cristianos.
* * * * *
El pueblo y el senado de Tlaxcalan se desalentaron con la derrota. Xicoténcatl sintió en su corazón avivarse el entusiasmo y el amor á la patria.
Las almas grandes son como el acero: se templan en el fuego.
Xicoténcatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron al pueblo y al senado que los cristianos, protegidos por el sol, debían ser atacados durante la noche.
Y el pueblo y el senado creyeron.
Llegó la noche y Xicoténcatl condujo sus huestes al ataque de los cuarteles de los españoles.
Cortés velaba, y entre las sombras miró las negras masas del ejército Tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie á sus soldados.
Xicoténcatl llegó hasta el campo atrincherado de los españoles: un paso los separaba ya, cuando repentinamente una faja de luz roja ciñó el campamento, y el estampido de las armas de fuego despertó el eco de los montes.
Los Tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en otras, los cañones y los arcabuces dieron la victoria á Cortés.
El senado de Tlaxcalan culpó la indomable constancia del joven caudillo, y le obligó á deponer las armas.
Los españoles entraron triunfantes á Tlaxcalan.
El águila de aquella República lanzó un grito de duelo y huyó á las montañas.
El senado de la República, que nada había hecho en favor de la independencia de la patria, temeroso del enojo de los conquistadores, destituyó al joven caudillo; pero el espíritu grande de Hernán Cortés sintió lo profundamente ingrato de la conducta del senado, é interpuso su valimiento para que Xicoténcatl fuese restituído en sus honores.
* * * * *
Eran los primeros dias de marzo de 1521. Cortés volvía sobre la capital del imperio Azteca, de donde había salido fugitivo y casi derrotado en la célebre _noche triste_, con un ejército poderoso compuesto de españoles y aliados, como se llamaban á los naturales del país.
En las filas de los Tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes. Xicoténcatl había desaparecido del campo, y según la opinión general, aquella separación era provenida del mal trato que los españoles daban á sus aliados, y sobre todo del odio que Xicoténcatl profesaba á esta alianza.
Dióse la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tlacopan con objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlaxcaltecas emprendieron el camino, dejando á la ciudad de Texcoco, en donde sin saber para quién, pero con gran terror, habían visto preparar una grande horca.
* * * * *
Estamos en Texcoco.
El sol se ponía detrás de los montes que forman como un engaste á las cristalinas aguas del lago: la tarde estaba serena y apacible.
Por el camino de Tlaxcalan llegaba un grupo de peones y jinetes conduciendo en medio de sus filas á un prisionero, que caminaba tan orgullosamente como si él viniera mandando aquella tropa.
Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y se dirigieron sin vacilar á la grande horca colocada cerca de la orilla del lago.
El prisionero miró la horca; comprendió la suerte que le esperaba, pero no se estremeció siquiera.
Porque aquel hombre era Xicoténcatl, y Xicoténcatl no sabía temblar ante la muerte.
Los españoles le notificaron su sentencia: debía morir por haber abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo á los fieles Tlaxcaltecas.
Xicoténcatl, que comenzaba ya á comprender el español, contestó la sentencia con una sonrisa de desprecio.
Entonces se arrojaron sobre él y le ataron.
* * * * *
La pálida y melancólica luz de la luna que se ocultaba en el horizonte, rielando sobre la superficie tranquila de la laguna, alumbró un cuadro de muerte.
El caudillo de Tlaxcala, el héroe de la independencia de aquella República, espiraba suspendido de una horca, al pie de la cual los soldados de Cortés le contemplaban con admiración.
A lo lejos, algunos Tlaxcaltecas huían espantados, porque aquel era el patíbulo de la libertad de una nación.
_Vicente Riva Palacio._
CUAUHTIMOC
I
LOS TRES REYES
Poco tiempo después de la salida de los españoles en la memorable _Noche Triste_, se comenzó á notar en los barrios de la ciudad una horrorosa enfermedad, antes desconocida entre los aztecas. Los médicos hacían uso de cuantas plantas benéficas conocían y de cuantos sortilegios les sugería la superstición, y todo era ineficaz. Los jóvenes y los niños eran atacados repentinamente de unas pústulas rojas que se sobreponían en el cuerpo las unas á las otras como los botones de una piña, y en breve tiempo los ojos, las narices, la boca, los carrillos no formaban sino un conjunto deforme, rojo y candente, como si con un fierro ardiendo hubiesen los verdugos marcado á la víctima. La mayor parte morían á los cuatro ó cinco días devorados por una fiebre ardiente, y dejando en el lecho los pedazos de sus carnes. Eran las viruelas, que como el primero y más funesto presente de la Europa, regalaba á la raza indígena un negro que vino entre las gentes de Pánfilo de Narvaez.
Después de la catástrofe de Moctezuma, los mexicanos se apresuraron á elegir Emperador, y recayó el mando en su hermano _Cuitlahuatzin_, bravo joven que había reasumido el mando de las fuerzas aztecas desde la matanza que hizo Alvarado en el templo mayor y vencido á Hernán Cortés, arrojando á los enemigos de la ciudad. Cuando se proponía levantar un grande ejército y marchar tal vez al encuentro de los españoles, que desalentados y casi perdidos se habían refugiado en la república de Tlaxcala, fué atacado de las viruelas y murió después de un corto reinado. Igual suerte tocó al Rey de Tlacopan. Los aztecas lloraron sobre los cadáveres de sus soberanos y les tributaron los honores fúnebres que eran de costumbre. La población estaba verdaderamente consternada.