El libro rojo, 1520-1867, Tomo I
Part 18
No estuvo con poco cuidado el Virey esta noche, antes del auto, pues se levantó á las 3 de la mañana con sus caballeros y gente de palacio á hoir misa, donde estuvo en vela hasta el dia, dando á entender con esto como tan cristianisimo Principe, que los tales la an de tener en semejantes hocasiones, y despues de aver sacado los penitentes del Santo Oficio, salió luego con gran priesa, por que el dia no alcanzase de quenta á lo muncho que en él avia que hacer en el, del Real Palacio de esta Corte, su señoria, acompañado del audiencia Real y de su guardia, cabildo y lo mas ilustre de la ciudad, guiados por la calle arriba de Palacio, torciendo á la del Santo Oficio á mano izquierda, donde estavan ya á punto el Santo Oficio, y estandarte de la fee con el cabildo de la Iglesia. Y llegado que fué, se pusieron en horden en esta manera: delante de todos los alguaciles de corte y ciudad, y luego la Caballeria y familiares y detras los Cavildos de la Iglesia y Ciudad, con la Universidad, entremetidos unos con otros, y al fin dellos el Secretario, el alguacil mayor y Ministros mayores de la Inquisicion, y en un buen caballo aderezado el alcayde de la carcel perpetua, el qual llevaran de diestro dos personas, por causa de que llevava asido con ambas manos sobre el arson delantero de la silla, un cofre cerrado, y luego el Fiscal del Santo Oficio que llevava el estandarte de la fee, que es de damasco carmesí, con dos puntas, cordones y borlas de oro, y seda, que por ambas partes tienen sembrados algunos escudos bordados con mucho artificio y primor, y en sus campos las armas del apostol Sant Pedro, Príncipe de la Iglesia, y los de Santo Domingo, y Sant Pedro Martyr, y á su lado el arcangel Sant Miguel y sobre la vara de plata deste estandarte, yba la Santa Cruz de la fee, toda de oro, de honguillos, con sus franjillas al pié, de oro y seda, el qual es muy costoso y agradable á la vista, y á su lado izquierdo iva Don Joan Altamirano, que llevava las vorlas del estandarte, en cuyo seguimiento venian el Lic. Vivero, y el Dr. Rivera, consultores del Santo Oficio, y la audiencia real por sus antiguedades, y en lo último Su Señoria el Virey, que iva á el lado derecho del Inquisidor mas antiguo, que iva en medio, y detras sus pajes y criados, y con esta horden llegaron al cadalso á las siete de la mañana, en el qual, despues de haver subido se asentaron en el Tribunal, y asientos, con el horden que avian venido; y al principio de las gradas del medio, por donde suvieron al Tribunal, se sentó el fiscal del Santo Oficio, teniendo á su mano derecha, fijado en el tablado, el estandarte de la fee, y á su mano izquierda, Don Joan Altamirano, y tres gradas mas vajas, Bernardino Vasquez de Tapia y el Regidor Alonso de Valdes, y en las tres últimas, el Notario Pedro de Fonseca, á cuyo cargo era llevar las sentencias á los Relatores, dadas por mano del Secretario.
En las gradas de mano derecha del Tribunal, en la primera, junto á la varanda de en medio, se assentó el Lic. Vasco Lopez de Bivero, corregidor que fué desta ciudad, y consultor del Santo Oficio, que por no ser de la Real Audiencia se le dió este lugar, y á su lado los Prelados de las hordenes Provinciales, Priores y Guardianes, y mas bajo los catedráticos de las hordenes, maestros y Religiosos graves; y en las de mano izquierda, en la primera, Calificadores, Patrocinadores y Comisarios de los Obispados de este Reyno, y mas bajo, Catedráticos y Religiosos graves y caballeros; y al pié de las unas y otras gradas avia repartidos 12 doctores de la Universidad, entremetidos unas personas graves con otras en bancos, por que el Santo Oficio hordenó que no uviese lugares señalados, y en el banco de espaldas de la mesa el Secretario con las llaves del dicho cofre, que era de evano, y se puso sobre ella, que tenia media vara de alto, y media de ancho, aforrado en terciopelo carmesí, todo guarnecido con visagras, chapas, cerradura, tachuelas y llave de oro, y en las esquinas de su asiento, quatro leones de oro, fijados á el; cuya figura hace demostración feroz por su guarda, y dentro dél estaban las relaciones y sentencias de los culpados, y sobre la mesa, recaudo para escribir, con tintero y salvadera de plata, en que estaban gravadas las armas del Santo Oficio; y como se ha dicho arriva, se asentaron en los vancos, por su horden, los demas del acompañamiento. A todo lo qual se dió principio con un Sermon breve, por el tiempo tan corto que restaba, el qual predicó con mucha asepcion de los oyentes, el Dr. Don Juan de Servantes, arcediano de la Catedral de México, catedrático de Escritura, calificador del Santo Oficio, y Juez ordinario de las causas de la fee, despues del qual, en el mismo púlpito del Sermon, el Secretario del Santo Oficio leyó el juramento que izo el Tribunal y todo el Pueblo, sobre un libro misal, de perseguir y arruinar por todas vias á los enemigos de nuestra Santa Fee Católica, y á su lado estava el Dr. Aranguren. Capellan del Santo Oficio, que tenia el misal, revestido con un sobrepellis, y muy rico. No estava con poco cuidado el secretario en el sacar de las sentencias del cofre por su horden, las quales iva entregando al Notario Pedro de Fonseca, que las llevava á los Relatores, y leydas aquellas las ponia en el cofre; y sacava otras, y desta suerte prosiguió como persona entendida, diestra, cursada en este ministerio, y muy necesaria en él. Y comenzando á leerse, llamava á la gradilla del pasadiso, á cada uno de los penitentes, por su nombre y naturaleza, hasta que las causas de los relajados fueron leydas, y á las 5 de la tarde se entregaron al brazo seglar; y bajados del cadalso, los llevaron; y á la entrada de calle de Sant Francisco, donde estaba en un tablado puesto un sitial, adornado de alfombras, y sentado en él el Dr. Francisco Muñoz Monforte, correjidor de esta Ciudad, y á su lado izquierdo Juan Perez de Rivera, familiar del Santo Oficio, y escribano público della, por los quales les fueron pronunciadas sus sentencias, y notificadas, de donde los llevaron por esta calle con voz de pregoneros, que manifestaban sus delitos, hasta el quemadero, y en el discurso del camino, los Religiosos que acompañavan á Simon de Santiago, aleman calvinista, ficto simulado, confitente revelde, pertinaz, condenado á quemar, vivo, á quien yvan aconsejando y amonestando por los mejores medios y caminos que podian, se convirtiese á la Ley Evanjelica y fee Católica, el qual asiendo poco casso se sonreia como lo izo en el cadalso, todo el dia, comiendo lo que le daban, con demostracion de contento, como si uviera de ir á vodas, y con grande desverguenza respondia, _no cansa padres, que esto no es forza_. Y porfiando les decia _no des boses padres_, como enojado, y finalmente, sin querer tomar la cruz en las manos, murió quemado vivo, y siempre tuvo una mordaza en la boca, por las blasfemias que decia, y era tan torpe de entendimiento que no allaron caudal en él los Relijiosos para argüirle, y con sus argumentos convencerle de sus herrores, y con él murió Tomas de Fonseca Castellanos, el qual aunque hacia demostraciones de morir cristianamente, fueron con muncha tibieza.
Y luego Dª. Mariana Nuñez de Carabajal, doncella, murió con muncha contricion, pidiendo á Dios misericordia de sus pecados; confesando la Santa fee católica, con tanto sentimiento y lágrimas, que enternecia á los que la oyan, diciendo mil requiebros á la cruz que llevava en las manos, besándola y abrazándola, con tan dulces palabras, que ponian silencio á los Relijiosos que ivan con ella, dando todos infinitas gracias á Dios Nuestro Señor, por la gran misericordia que con ella usava, por donde se entiende que está en carrera de salvacion, y para gloria de Jesucristo Nuestro Señor diré lo que dijo esta doncella en el cadalso, y munchos que allí estavamos, oymos razonando con una ermana (_Anica_) y sobrina, que tambien salió al auto con ávitos de la conciliacion; _Boy morir en la Fee de Nuestro Señor Jesucristo_, que fué cosa de gran regocijo para los cristianos. Este dia se reservó otro relajado, y se volvió al Santo Oficio no se save porqué causa.
Y prosiguiendo con las sentencias del cadalso asta que quiso anochecer, que vastó á que se leyesen las causas de dos en dos, y cerrando el dia con luces de achas, de quatro en quatro, y fenecidas con nueva majestad y señorío, el Inquisidor mas antiguo tomó la estola y el libro que trujeron dos capellanes del Santo Oficio, en dos ricas fuentes doradas, y comenzó en tono grave la ausolbcion, alumbrandole con una vela de sera blanca, puesta en un mechero de plata, respondiendo la capilla en canto de hórgano con maravillosas voces que las ay en esta Iglesia Catedral, con un maestro diestrísimo, y acavada á las ocho de la noche, volvieron á la Inquisicion, el Santo Oficio, Virey y audiencias con el demas acompañamiento, y por el mismo horden que avian llevado, y delante muchas achas encendidas, de cuyas luces avia muncha cantidad, en las ventanas y puertas de la calle desde el cadalso hasta la Inquisicion, que en ella causaban gran claridad, y llegados se despidió el Virey y audiencia.
Y porque los familiares padrinos volviesen con sus ahijados, se subieron al pasadiso del cadalso, y puestos en él en dos yleras, arrimados á las varandas, pasaron por medio los Penitentes con sus velas encendidas, y los padrinos conocieron sus ahijados, y por su horden fueron vajando á la puerta donde estavan las cruces de las parroquias, sin velos, con mangas de terciopelo carmesí, bordadas de horo, y seda, adornadas de munchas flores, por el triunfo de la fee, guiando por la calle de Sto. Domingo, se volvieron los Penitentes al Santo Oficio, donde se entregaron al Alcayde, presente el Secretario y Alguacil mayor, del número de los quales volvieron menos las diez y siete estatuas y tres relajados que quemaron.
El Lunes siguiente, Martes, Miercoles y Jueves, se sacaron del Sancto Oficio, en forma de justicia, á azotar por las calles públicas, con voz de pregoneros que manifestavan los delitos, á los que á ello estavan condenados, y los que yvan á galeras, se llevaron con testimonios de sus causas á la Carcel de Corte, y se entregaron al Alcayde y escribano de entradas de ella, y los negros á sus amos, y los de carcel perpetua al Alcayde, y los demas se llevaron á los lugares que se les señalaron por el Sancto Oficio.
Y este dia, la tarde, Lunes 26 de Marzo, el Illmo. Sr. Conde de Monterey, visorey de esta Nueva España, salió de Palacio, acompañado de su guardia y de la gente mas principal desta Ciudad, con la qual izo un general paseo por ella, demostrando la alegría que tenia y todos deven tener, por el Triunfo de la Sancta Fee Católica, y de la Iglesia Romana, contra los erejes, y por la destruicion de los vicios, y pecados, lo qual yzo á imitacion de un paseo que por las mismas causas hizo el Rey D. Felipe 2.º nuestro Sr. que sea en Gloria, cuando el auto de Casaya, que se ayó presente. Plegué á Dios nuestro Sr. que todo aya sido par nuevo ensalsamiento de su santa fee Católica, confusion y abatimiento de nuestros enemigos, alabanza y gloria de Jesucristo Nuestro Sr., y de su bendita Madre la Virjen María, y de su corte celestial, por cuyos méritos se sirva de amparar y ayudar y favorecer á tan Santo y necesario Tribunal, y prospere los sucesos en la estirpacion de las erejías, conservando el uso del Santo Oficio, como merece, y su Divina Majestad puede.
_Amen.--Laus Deo._
Este es el fiel trasunto del original y curioso manuscrito que encontré en los archivos del Tribunal de la Inquisición: en cuanto á la _lista de penitenciados_, que existe también, excuso ponerla por ser muy larga, pues ocuparía quizá un espacio igual á la preinserta relación.
_Vicente Riva Palacio._
LOS TREINTA Y TRES NEGROS
I.
Casi en el mismo año de 1521 en que el imperio de Moctezuma fué derribado, y sometido el Anáhuac á la dominación de España, comenzaron á llegar á México esclavos africanos conducidos á la tierra nuevamente conquistada, por amos cuya sórdida codicia no se saciaba con el oro y la plata que los naturales del país podían extraer de sus minas.
Los mexicanos, bien por su aversión á los conquistadores, ó bien por sus antiguas costumbres, no querían trabajar en el beneficio de las minas con la tenacidad y constancia que deseaban los españoles.
El emperador Carlos V había sido informado de que por el excesivo trabajo á que se condenaba á los mexicanos por los conquistadores, se habían producido sediciones y levantamientos más ó menos graves, y que todo esto podía tener fatales consecuencias para la corona de España; ordenó, con audiencia de sus consejeros y teólogos, que los americanos fuesen libres de toda servidumbre, anulando los repartimientos de indios que había hecho Cortés.
De aquí vino para los españoles la necesidad de tener esclavos africanos, que trabajando día y noche en las minas, recibiendo una miserable retribución, y considerados como animales, pudieran enriquecer muy pronto á sus dueños.
En efecto, fué tan grande el número de los negros que se trajeron á la Nueva España, y tantas las ganancias que producían á sus amos, que ya en el año de 1527 Carlos V, entre otras ordenanzas que mandó á México, dispuso que los negros casados pudiesen redimirse pagando á sus amos _veinte marcos de oro_, y en proporción los niños y las mujeres.
En un principio los esclavos eran empleados únicamente en el laboreo de las minas, pero poco después se ocuparon en las siembras y cultivo de la caña de azúcar, cuya planta aseguran algunos autores que fué llevada á las islas de América desde las Canarias por el inmortal Cristóbal Colón, y que Cortés la hizo trasplantar á México.
Por el año de 1608 el número de los negros esclavos era ya tan crecido en la Nueva España, que apenas había una familia acomodada que no tuviera muchos de ellos á su servicio[19].
A pesar de que la suerte de los indígenas de América era bien triste por el trato duro é inhumano que recibían de los conquistadores, era sin embargo muy dulce comparada con la de los infelices esclavos africanos.
En aquellos primeros años, los caballos, las mulas y los bueyes eran muy escasos en Nueva España, y el trabajo de estos animales se suplía con los esclavos negros, á los cuales se quería comunicar fuerza y vigor con el látigo de los mayordomos.
Necesariamente aquellos hombres pensaban en la libertad, no sólo porque el amor á la libertad es innato en el corazón, sino por huir de los bárbaros tratamientos á que estaban expuestos todos los días y todo el día.
Rescatarse conforme á las ordenanzas del emperador Carlos V, de que hemos hablado, era para ellos casi imposible; necesitaban para eso tanto oro, como no podrían reunir con el asiduo trabajo de toda su vida: entonces pensaron lo que era natural. La Nueva España, estaba cubierta de bosques espesísimos é inexplorados; su tierra feraz podía cultivarse con poco trabajo; las selvas estaban formadas en muchas partes de árboles cuyos frutos podían dar á un hombre y á una familia la subsistencia. Las montañas convidaban á la libertad, las fieras que vivían en sus grutas eran mas felices que los esclavos negros de los españoles, y además en aquellos inmensos desiertos el fugitivo nada tendría que temer de sus perseguidores: la naturaleza ofrecía la independencia á los seres convertidos en esclavos por la civilización.
Los negros comprendieron que al lado de las ciudades de la colonia estaban las selvas en donde habitaban los ciervos, y los lobos y las serpientes; que al lado de la servidumbre y del látigo, estaban Dios, la naturaleza y la libertad.
Y los esclavos de las minas, de las casas y de los ingenios comenzaron á huir á los bosques.
Así estaban las cosas en el año de 1609, gobernando la Nueva España el virrey D. Luis de Velasco.
II.
Era la noche del 30 de enero de 1609: la luna, perdiéndose en el horizonte, apenas alumbraba las blancas nieves del soberbio Pico de Orizaba, conocido entre los naturales con el nombre de Zitlaltepec, y las sombras envolvían la fertil cañada de Aculzingo.
Entre aquellas sombras se escuchaba apenas el rumor de los árboles agitados por los vientos de la noche, y el murmullo de los arroyos que bajan por las vertientes de las montañas.
Sin embargo, escuchando con atención podían oirse en medio de aquellos ruidos confusos, otros sonidos que no eran producidos ni por los vientos ni por las aguas.
Eran voces humanan, era sin duda el ruido que causaba la marcha de un gran grupo de hombres, que caminaban apresuradamente conversando entre sí, y rompiendo las malezas y los arbustos que se oponían á su paso.
La marcha de aquellos hombres no se interrumpía, y aquel grupo parecía caminar en dirección del lugar que hoy ocupa la Villa de Córdoba.
Cuando los primeros reflejos de la aurora comenzaron á teñir de rosa el espléndido cielo de la costa de Veracruz, el grupo de hombres que se había sentido cruzar durante la noche por la cañada de Orizaba, seguía su camino trepando una encumbrada cuesta.
Era una tropa de negros, extrañamente vestidos y armados: llevaban los unos, gregüescos de terciopelo y calzas de seda hechas pedazos; los otros, calzones de escudero con sucias medias, calzas de gamuza; cuál vestía una bordada ropilla de raso, cuál una loba de curial; éste cubría sus desnudas espaldas con un elegante ferreruelo, aquel iba encubierto con un balandrán, el otro abrigado con un justillo estrecho, de acuchilladas mangas; el de más allá en un tabardo de belludo: aquello parecía una mascarada, y podía asegurarse que aquellos trajes eran los despojos de los pasajeros del camino de México á Veracruz.
En cuanto á las armas de aquellos hombres, era curioso observar que había entre ellos flechas y arcos de los aztecas, arcabuces y espadas de los conquistadores, mazas, macanas, hondas, hachas, escopetas, ballestas, puñales, alabardas, y todo en el mayor desorden y en extraordinaria confusión.
Al lado de un negro que llevaba marcialmente una gran lanza de caballero al hombro y un carcax lleno de flechas con su arco á la espalda, caminaba con gran desenfado otro que llevaba á la cintura pendiente de un talabarte bordado, una macana, y en la mano un pesado arcabuz de mecha: también aquel armamento parecía el producto de un saqueo parcial.
Aquella extraña tropa estaría compuesta de más de cien hombres, y á su cabeza, con todo el aire de un general en jefe, caminaba un negro alto, fornido, de abultadas y toscas facciones, que vestía con alguna más propiedad que los otros, y que estaba también mejor armado, pues mostraba una luciente coraza de acero, ceñía un largo estoque y empuñaba una buena escopeta.
Trepando por aquellas escabrozas veredas y atravesando angostos y peligrosos desfiladeros, llegó por fin la tropa á una espaciosa meseta que coronaba una de las más elevadas serranías.
Allí estaba situado un campamento de negros, era el cuartel general de todos los esclavos que habían huido de la crueldad de sus amos buscando la libertad que iban á defender con las armas y á costa de sus vidas.
La fuerza que llegaba había sido vista desde muy lejos; todo el campamento se había movido, y hombres y mujeres se apresuraban á recibirla.
Distinguíase en medio de todos ellos á un negro anciano pero robusto, á quien todos miraban con profundo respeto, y que parecía ser el patriarca de aquella tribu errante.
Cuando los recién llegados penetraron al campamento, los soldados se desbandaron sin esperar la orden de su jefe, y se mezclaron entre los grupos de los que les aguardaban, y sólo el que había venido á la cabeza se dirigió en busca del anciano.
--Buenos días, Francisco, dijo el anciano tendiendo al otro su mano con aire paternal.
--Dios te guarde, padre Yanga, contestó Francisco.
--¿Qué nuevas me trae mi hijo Francisco de la Matosa?
--Malas nuevas, padre Yanga, malas nuevas.
--¿Qué hay, pues? ¿algunos hermanos nuestros han muerto?
--No, los blancos quieren nuestra muerte: ayer se me ha presentado un hermano, que es también como yo, de Angola, ha salido de la Puebla y me ha contado......
--¿Qué te ha contado?
--Que de Puebla viene una expedición contra nosotros; mándala un capitán vecino de aquella ciudad, llamádose Pedro González de Herrera, y ha salido el día veintiseis......
--Estamos á los treinta días, muy cerca debe venir ya.
--Tal creo, y por eso me he replegado, á fin de disponer todas las tropas y prepararlas para el combate. Pedro González de Herrera trae cien soldados españoles, cien aventureros, ciento cincuenta indios flecheros, y cerca de doscientos más entre mulatos, mestizos y españoles que se le han reunido de las estancias.
--Es decir, cosa de quinientos cincuenta hombres: mucha gente es en verdad, y otros tantos no tenemos; pero no importa, Dios nos ayudará. ¿Por qué camino vienen?
--No han seguido ningún camino real, y se acercan extraviando veredas. ¿Hay vigilantes por todos lados?
--Sí, y es imposible que se acerquen sin ser sentidos...... Allí viene corriendo uno; noticia debe traer.
--Sin duda la llegada del enemigo. Pon á tus gentes sobre las armas, y yo voy al encuentro del vigilante......
El viejo salió á encontrar al que llegaba, y Francisco comenzó á disponer sus tropas.
El trabajo no era grande, y en un momento se formaron cuatrocientos negros, todos armados.
Yanga volvió.
--Francisco, dijo, es preciso escribir á ese D. Pedro González.
--¿Y para qué?--preguntó Francisco con extrañeza.
--Para decirle que obedecemos á Dios y al rey, pero que queremos nuestra libertad; que si nos la conceden, si no nos vuelven á nuestros amos crueles, si nos dan un pueblo para nosotros, depondremos las armas; ¿te parece bien?
--Sí, contestó Francisco. ¿Y quién llevará esa carta?
--El español que tenemos prisionero.
Una hora después salía del campamento de los negros un español que llevaba una carta de Yanga, caudillo de los sublevados, al capitán D. Pedro González de Herrera.
El viejo Yanga era el espíritu de aquella revolución, que había meditado por espacio de treinta años, y el negro Francisco de la Matosa era el general de las armas, nombrado por Yanga.
Los negros estaban ya esperando la señal del combate.
III.
Las tropas del capitán D. Pedro González de Herrera caminaron muchos días, y acamparon á la orilla de un caudaloso río y enfrente de las posiciones que ocupaban los negros.
Esto acontecía el 21 de febrero de 1609.
Los dos campos enemigos podían observarse, y los dos pequeños ejércitos se preparaban para el combate, que indudablemente debía de darse al día siguiente.
Los soldados de González contaban en su abono con el número, la disciplina y la buena calidad de su armamento.
Los de Yanga confiaban en lo fuerte de sus posiciones y en la justicia de su causa.
Llegó la noche: poco á poco los contornos de los árboles y de las montañas se fueron como desvaneciendo en el obscuro fondo del espacio, y luego no fué todo aquello mas que una niebla densa y misteriosa, en medio de la cual no se distinguía otra cosa que la lejana luz de algunas hogueras que parecían estrellas, ó la vacilante claridad de algunas estrellas que brillaban como las hogueras. Cielo y tierra se confundían con sus sombras y con sus luces.
Entonces se pudo notar que en ambos campamentos se movían las tropas y se disponían los combatientes.
Yanga y Francisco de la Matosa arreglaban la defensa.
D. Pedro González de Herrera preparaba el asalto.
Los primeros albores de la mañana darían sin duda la señal de acometida, y Dios daría la victoria.
Así pasó toda la noche, y durante toda ella no hubo sin duda uno solo de aquellos corazones (que ahora hace ya más de dos siglos y medio que dejaron de latir para siempre), que no estuviera conmovido con el peligro del día siguiente.
Brilló por fin la aurora, y las columnas de los asaltantes se pusieron en marcha, en medio de un silencio sombrío.
Don Pedro González iba á la cabeza de todos, procurando animar á sus soldados con su ejemplo; pero delante de él caminaba alegre y juguetón un perrillo de uno de los soldados.