El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

Part 13

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Parece que desde que salieron de la Florida los náufragos, hasta el punto en que aconteció la cruel aventura que acabamos de referir, habían pasado quizá sesenta días. La crónica no puntualiza la manera como pasaron los ríos de Tejas y el que se llama hoy Bravo del Norte, y señala una jornada fatal en el río de las Palmas, refiriéndola, á poco más ó menos, de esta manera: La infortunada gente atravesó un país enteramente desprovisto de agua potable, y la sed era ya tan grande que apenas alguno solía divisar un escaso manantial en una peña, cuando corría como un furioso, devorando la poca agua con todo y el lodo, las arenas y las piedrezuelas. Su esperanza para no morir de la muerte más espantosa, era la lluvia; pero ó no caía del cielo, ó cuando caía les era imposible recogerla, y veían con espanto que las arenas ardientes sorbían las gotas que á ellos darían la vida. Así pudieron llegar al río de las Palmas los más fuertes y animosos, pues los débiles y enfermizos habían quedado regados en el camino muertos los unos de hambre y de sed, y los otros de las heridas y de las llagas que los piquetes de los insectos y el sol habían hecho en sus cuerpos; pues es menester no olvidar que esta última parte de la peregrinación la hicieron completamente desnudos. Cuando vieron un ancho, dulce y cristalino río, se arrojaron voraces á beber sus frías aguas, y fatigados y sudorosos encontraron la muerte donde creyeron hallar la vida. A esto se agregó otro y más terrible ataque de los indios, que no se sabe si eran los mismos que los habían perseguido desde la Florida, ú otros, pues toda esa costa estaba llena de tribus cazadoras y feroces que los españoles nunca pudieron ni conquistar ni reducir á la vida civilizada. La descarga de flechas y de golpes fué tal, y la debilidad de las mujeres tan extremada, que á orillas de este río perecieron todas ellas, y hubo casos en que los niños quedaron abandonados, llorando junto al cadáver sangriento de sus madres, y después murieron probablemente matados por los indios, ó de hambre y de desamparo. Difícilmente en naufragio alguno se puede contar una serie de aventuras tan horrorosas. Además de las mujeres, pasaron de cincuenta hombres los que también murieron, y los pocos que quedaron, ya sin ser posible el orden ni servir de nada los mútuos auxilios, desesperados y frenéticos se desperdigaron por los bosques, tratando de salvar su vida ó de acabar con ella prontamente.

No pudiéndonos ocupar, por falta de pormenores, de todas las personas y sufrimientos individuales, no omitiremos decir lo que alcancemos de los personajes que más han figurado en esta narración.

Los cinco religiosos que hemos dicho se embarcaron en la flota, iban á España á asuntos que podemos llamar espirituales, es decir, á agenciar las facultades y los medios de convertir á los infieles y de civilizarlos. La Providencia quiso poner á prueba su fortaleza, y sufrieron su destino y su suerte sin murmurar, y bendiciendo hasta la última hora la mano de Dios.

Fray Diego de la Cruz era español, y Fray Hernando Méndez era mexicano, joven robusto, buen estudiante y dotado de las sencillas y admirables virtudes que inspira el cristianismo. Cuando los salvajes atacaron á los peregrinos en las orillas del río de las Palmas, los dos religiosos quisieron defender á las mujeres y especialmente salvar, al menos del martirio, á los niños; así, con un valor que no lo da más que la verdadera virtud, se arrojaron á contener y á exhortar á los bárbaros; pero todo fué inútil, porque aquellos hijos de las selvas no entendían el idioma, y por otra parte parece que, trasmitida á su conocimiento la conducta atroz de los conquistadores con la raza indígena, deseaban una sangrienta y señalada venganza. Los religiosos fueron heridos gravemente, y con las flechas encajadas en la carne y dejando un reguero de sangre, se apartaron de aquel campo de desolación y pudieron llegar á un lugar solitario donde morir.

--Hermano,--dijo Fray Hernando Méndez,--tenemos pocas horas de vida. Es necesario resignarnos con la voluntad de Dios y confesar nuestros pecados, y los mios son muy grandes, porque en esta triste jornada, última de nuestra breve vida, he murmurado algunas veces de Dios y he dudado de su clemencia y amparo.

--La vida, hermano,--contestó con una voz apagada Fray Diego--es un valle de lágrimas. No hemos venido á ella para gozar, sino para sufrir, y los dolores y los martirios que estamos pasando nos abrirán las puertas del reino celestial, si en este trance bendecimos al Señor nuestro Padre que está en los cielos y confiamos en su misericordia infinita.

Los dos religiosos, medio recostados en el tronco añoso y arrugado de un árbol corpulento, comenzaron á derramar lágrimas de arrepentimiento y á sacarse las jaras y los pedernales que tenían en las llagas dolorosas de su cuerpo.

Después tuvieron fuerza para arrodillarse, escuchar mútuamente su confesión y abrirse con el perdón las puertas del cielo.

--Hermano,--dijo Fray Hernando Méndez,--mientras que nuestras fuerzas lo permitan, cavaremos nuestras sepulturas y las bendeciremos. La tierra consagrada con nuestra sangre recibirá nuestros cuerpos, y Dios nuestras almas.

Los dos religiosos, en silencio y con unos palos de árbol que encontraron en la selva, hicieron un esfuerzo supremo y comenzaron á cavar sus sepulturas.

El día estaba espléndido, las aves cantaban, saltaban en las ramas, y algunas veces, curiosas y alarmadas, revolaban alderredor de aquellos dos sangrientos y mudos esqueletos que continuaban con trabajo y silencio cavando sus sepulcros.

Las fuerzas de Fray Diego de la Cruz no le permitieron concluir la última tarea de su vida, y cayó en la tierra moribundo. Fray Hernando Méndez, más joven y más fuerte, acudió, tomó á su hermano en brazos, le rezó las últimas oraciones, le cerró los ojos, le bendijo, le depositó suave y tiernamente como si fuese un niño dormido en la sepultura que ya él había acabado de cavar, le cubrió de arena, cortó algunas flores silvestres y las arrojó sobre la tumba de este santo, y volvió al nudoso tronco, ya sin fuerzas, á esperar su última hora. Repentinamente apareció en aquella soledad el semblante de un amigo; era Francisco Vázquez, natural de Villanueva en España, hombre rico y considerado en México, y amigo íntimo de los religiosos, y que, como ellos, había participado de los desastres de la expedición. El religioso recibió esta visita, como si hubiese bajado un ángel del cielo. Vázquez extrajo con cuidado las astillas y los pedernales de sus heridas, le lavó la sangre coagulada y le curó con yerbas medicinales que él conocía, llevándosele á otro lugar que le pareció mejor. Anduvieron los dos algunos días, dice el maestro Dávila, sustentándose de raíces y de hojas de árboles, hasta que poco después la fuerza de las llagas acabó la vida del religioso, y el seglar le enterró como pudo.

Vázquez, después de haberle sepultado y derramado las lágrimas que arranca la común desgracia sobre aquella santa é ignorada sepultura, en vez de continuar su camino hacia el Pánuco, donde todos encontraban la muerte, tuvo la increible energía de emprender el regreso hasta el punto del naufragio. El cielo premió su constancia y su excelente corazón, pues á los dos ó tres días, un barco, enviado por el gobierno de México para socorrer á los náufragos, le recogió y le condujo á Veracruz, desde donde se dirigió á la capital. De las narraciones de este personaje está sacada, en parte, la triste historia que hemos puesto ante los ojos del lector. Fray Juan de Mena, Fray Ignacio Ferrer y Fray Marcos de Mena, consultaron lo que debían hacer, y resolvieron seguir la suerte de las gentes que habían sobrevivido, resueltos á auxiliarlas hasta que las fuerzas les faltasen. Se dirigieron, pues, á un río que está antes del Pánuco, dice la Crónica, y es bien difícil, en una costa tan llena de esteros y de corrientes diversas, designar con exactitud los lugares; pero realmente no es esto de importancia para aumentar el triste y sangriento colorido de estos cuadros donde el desierto, el hambre, los enemigos y hasta los insectos contribuían á aumentar el horror.

Llegados al río, al caer una tardo, los religiosos se sentaron en una orilla, y mirándose unos á otros con su cuerpo lleno de llagas, con sus pies destrozados y sin más fuerza y apoyo que el que les inspiraba su alma enérgica y religiosa, comenzaron en silencio á derramar lágrimas. Miraban la corriente ancha é impetuosa del río, y no concebían como lo pasarían. Fray Marcos de Mena se apartó un poco, recorrió alguna parte de la orilla, y en un recodo oculto, y entre plantas acuáticas, encontró una barca con dos remos que sin duda habían los indígenas dejado allí. Túvolo y con razón en aquel trance como un milagro, y dando aviso á sus compañeros, todos se embarcaron y comenzaron á bogar con dirección á un peñón negruzco que estaba en medio de las aguas y que les pareció una isla. Abordaron á ella, tratando de desembarcar para tomar aliento y pensar á qué punto de la orilla opuesta se dirigirían, para evitar un nuevo encuentro con los salvajes. Fray Ignacio Ferrer desembarcó; pero apenas puso el pie, cuando la isla se movió y gruesos chorros de agua brotaron de aquello que habían tomado por una roca.

Eran dos ballenatos que habían entrado de la mar, y tenían, como asienta el Maestro Dávila, «las cabezas cubiertas con el agua, y el resto del cuerpo descubierto, que parecían isletas; cuando sintieron gente hacia sí, levantaron las cabezas, y arrojando gran golpe de agua por los colodrillos, se fueron río abajo á la mar.» Fray Ignacio fué socorrido por sus compañeros que le tendieron un remo antes de que se hundiera, y pasado este incidente continuaron su navegación hasta que dieron en una verdadera isleta donde pasaron la noche. Temprano al siguiente día llegaron á la orilla del río, y dejando la embarcación, emprendieron á explorar el terreno hasta encontrar á la desventurada gente en cuya demanda iban. A poco andar tropezaron con un cadáver, después con otro y otros, y algunos heridos y traspasados de flechas, que apenas tenían ánimo para pedir agua.

«Aquella noche, dice nuestro cronista, quedaron los tres religiosos entre los muertos y heridos, esperando por horas la muerte. Después de media noche comenzaron á caminar con gran prisa, siguiendo cerca de la playa todo el día, hasta la noche que descubrieron á los demás españoles que se habían adelantado, y excusado por eso, hasta entonces de la muerte. Prosiguieron su camino todos juntos, la playa siempre en la mano, sustentándose de soló el marisco muy miserablemente. Casi veinte días llevaron este paso sin ver indios, aunque hallaban á algunos españoles flechados y otros muertos, porque como el aprieto era grande, cada uno procuraba su remedio lo mejor que podía, y unos se apartaban de otros procurando cada cual adelantarse por verse más presto en tierra de cristianos. Llegaron al fin los frailes y la demás gente á un río grande que está antes del de Pánuco, y comenzaron á dar orden cómo pasarle en balsas, muy descuidados ya de ver indios; pero ellos no lo estaban de los españoles, y antes aprovecharon el tiempo de su ausencia en rehacerse de flechas, y por ganar el tiempo que los españoles les llevaban de ventaja.»

El resultado de esta maniobra de los indios fué un combate terrible y tenaz. De los españoles unos trataron de huir y de esconderse, otros con las escasas armas, que no podían ser otras más que troncos ó ramas nudosas de árboles, se defendieron, y otros sucumbieron. Los religiosos, sin tener ya posibilidad de sal males. Su martirio llegó á tal grado, que prefirieron entregarse á las flechas de los indios, y salieron de aquel matorral, ganaron corriendo la orilla del río, y se echaron á la agua, único medio posible de desembarazarse de los voraces insectos. Cuando salieron del baño, encontraron inmediatamente una bandada de indios que los habían espiado y los esperaban. A Fray Juan de Mena le dieron un flechazo que le traspasó el pulmón y cayó muerto en el acto; á Fray Ignacio Ferrer le mataron dándole en la cabeza con un tronco grueso de árbol, y á Fray Marcos de Mena le asestaron siete flechazos, entre ellos uno en el lagrimal del ojo derecho. Los tres, nadando en sangre, cayeron en tierra, y los salvajes los dejaron ya muertos, y continuaron buscando á los demás españoles que se habían ocultado por las cercanías, matando á todos los que encontraron.

Así pasó ese funesto día, y los salvajes se retiraron creyendo haber acabado su misión sangrienta.

* * * * *

El instinto de la propia conservación hizo que algunos de esos infelices se ocultasen, ya dentro del agua en la orilla del río, ya en alguna otra parte; el caso fué que todavía escaparon algunos de la matanza, y cerca de la noche, observando que los salvajes se habían retirado, salieron cautelosamente á explorar el campo, y se horrorizaron de verlo cubierto de cadáveres. Fijaron la atención en los tres religiosos, y como les tenían no sólo veneración sino una inmensa gratitud por los servicios que les habían prestado, no pudieron menos sino derramar abundantes lágrimas, y resolvieron enterrarlos. Cavaron ligeramente unas sepulturas, porque no tenían tiempo ni instrumentos para hacerlas profundas, y depositando allí aquellos cuerpos sangrientos y venerados, les echaron una leve capa de tierra encima, rezaron una oración, y encomendándose ellos mismos á Dios, continuaron su peregrinación, en demanda siempre de Pánuco, que era para ellos la tierra de promisión.

En el resto de la noche cayó una fresca lluvia. La mañana siguiente fué pura y hermosa. Cuando salieron los primeros rayos del sol, Fray Marcos de Mena se creyó presa de una pesadilla. Sentía que tenía un gran peso en su cuerpo y que un negro velo cubría su rostro; pero en vez de sentir dolores, experimentaba por el contrario, una especie de consuelo como si hubiesen ungido su cuerpo con un bálsamo. Hizo un esfuerzo, levantóse y con facilidad pudo sacudir la poca de tierra con que le había cubierto la piedad de sus amigos. Miró á todos lados y no observó sino cadáveres sangrientos y desfigurados que comenzaban á ser ya pasto de las aves de rapiña. Se encomendó á Dios, hizo un esfuerzo supremo y se levantó alentado con la idea de que muchos, como él, podrían estar todavía con vida, y él ayudaría á que se alejasen de aquel fúnebre cementerio. La tierra y arena en que había estado enterrado, refrescada con la lluvia, había servido sin duda de medicina para mitigar la inflamación de las heridas y de los piquetes de los insectos, y de pronto parece que un vigor desconocido y sobrenatural animaba á su ya descarnado y sangriento esqueleto. Uno por uno examinó á sus tendidos é insepultos compañeros, entre los cuales encontró algunas madres que de hambre, de miedo y de cansancio se habían quedado muertas estrechando á sus hijos en sus brazos. Aquel desierto donde acababa de desaparecer todo vestigio de existencia humana, aquellos cadáveres desfigurados é insepultos á quienes la muerte sorprendió en las siniestras posiciones que causan el dolor y la desesperación, habrían infundido miedo á cualquier otro hombre. Nuestro religioso, por el contrario, animado del sentimiento sublime de la caridad, cumplió en aquel remoto páramo con los últimos deberes, y dió sepultura á cuantos pudo, para que los restos de los cristianos no fuesen devorados por las fieras. Buscó en seguida algunos alimentos, sin poder encontrar más que raíces, y juntando trozos de leña los encendió llegada la noche, y permaneció velando aquellas fúnebres y solitarias tumbas.

Al siguiente día se alejó de aquel sitio y tomó la orilla de la playa para proporcionarse algunos mariscos; pero el sol que tostaba su desnudo cuerpo, los movimientos que tenía que hacer para proporcionarse que comer, y la falta de cuidados, ocasionaron que sus llagas volviesen á inflamarse hasta un grado tal, que le era imposible moverse. Haciendo un esfuerzo se retiró de las orillas del mar y buscó más al interior del país un sitio donde exhalar el último suspiro.

Se detuvo en una especie de gruta, formada casualmente por la vegetación exuberante de aquella costa. Había un mullido lecho de musgo, y algunos árboles que parecían colocados de propósito, formaban una cabaña. Cerca se escuchaba el ruido apacible de una fuentecilla de agua, y las aves habían escogido aquel lugar para la mansión de sus amores. Ya porque el sitio era agradable y pintoresco en extremo, ya porque el religioso no podía dar un paso mas, resolvió quedarse allí, y dió gracias al Señor porque le había llevado á aquel paraje, donde bendiciendo las obras de la naturaleza podría entregarle tranquilamente su alma. Pudo llegar á la vertiente de agua, sació su ardiente sed y se recostó en seguida en un lecho de hojas, el que se habría creído preparado por el ángel de la guarda del maltratado solitario. Tenderse en el lecho y apoderarse de sus párpados un sueño dulce y bienhechor, todo fué uno. Quién sabe cuántas horas estuvo así nuestro fraile, y recordaba que durante este tiempo, tan pronto había creído oir en la gloria melodías dulcísimas y desconocidas, como tener delante de sí al demonio «proponiéndole, con locos pensamientos, no ser verdadera la divinidad del Redentor, sino engaño de los cristianos.»

Cuando despertó de su sueño vió delante de sí una figura extraña, y de pronto creyó que era una terrible realidad. Se frotó los ojos, reflexionó un poco, y entonces observó que una negra, hincada de rodillas, con los ojos anegados de lágrimas, le contemplaba llena de veneración y de ternura. Era esta criatura una de tantas víctimas del naufragio, que huyendo descarriada había escapado de la ferocidad de los salvajes y podido vivir en los bosques. La excelente mujer contó al religioso sus aventuras, que eran parecidas á las de los demás. Hambre, frío, llagas, fatigas infinitas, calor abrasador, peligros con los salvajes, con las fieras, con los torrentes, con la soledad misma. De esta serie de incidentes se había compuesto la vida de todos los náufragos, hasta que sucesivamente fueron muriendo. Jamás el buen religioso había experimentado un placer igual al que le produjo la vista de aquella fea negra, todavía más monstruosa por el desorden de su lanuda cabellera, y por lo extenuado y flaco de sus miembros.

La negra corrió á la fuente, y en la corteza de una fruta silvestre trajo agua, lavó las llagas del religioso y le aseguró que conocía ya varios lugares donde encontraría yerbas y raíces propias para comer, y que también podría, con la ayuda de Dios, proporcionarle algunos mariscos. En efecto, durante doce ó quince días la negra aparecía con exactitud provista de algunos alimentos, acompañaba al solitario algunos ratos, rezaba con él, le curaba, y volvía á desaparecer, ocupándose en las horas de su ausencia, en procurarse los auxilios que, á duras penas, podía arrancar á aquella naturaleza salvaje.

Un día llegó la hora, que era por lo regular el medio día, y la negra no pareció. Fray Marcos esperó lleno de ansiedad, y así llegó y terminó la noche sin que la negra se presentase. A los dos días perdiendo toda esperanza, Fray Marcos urgido por la hambre y por los dolores é inflamación de sus llagas, que se habían llenado de gusanos, se resolvió á tentar el último y supremo esfuerzo, y se puso en camino con dirección á Pánuco, á ese Pánuco fabuloso que había visto cerca desde el día de su naufragio, y al cual casi ninguno había podido llegar. Pudo más bien arrastrarse, que no andar, hasta la orilla de un río, y allí perdió las fuerzas y cayó en tierra, encomendando su alma á Dios. Abrió en aquellos momentos los ojos, para cerrarlos sin duda para siempre, y observó dos hermosos mancebos de alta estatura y gallardo porte, que, aunque estaban desnudos, no tenían arcos ni flechas.

Hízoles una señal, último esfuerzo de que fué capaz, y clavó su rostro en tierra, no pudiendo ya ni aún soportar la fuerza de la luz. Los mancebos saltaron á una barca que estaba en el río, sacaron de ella una sábana blanca, levantaron del suelo á Fray Marcos, le envolvieron en ella y le colocaron suavemente en la embarcación, remando ágiles con dirección á un pueblo de españoles que estaba á trece leguas de distancia en la orilla opuesta. Allí le sacaron con el mismo tiento, le dieron agua y una «_torta delgada del pan de la tierra, muy blanca y muy bien sazonada_», le cubrieron bien con la sábana, é indicándole la población, que distaba sólamente algunos pasos, le dijeron: «_Tampico, Tampico_» y desaparecieron dejándole absorto y persuadido de que solo por la intervención de los ángeles pudo haber salvado su vida.

* * * * *

Fué acogido el religioso con un entusiasmo difícil de pintarse, en la pequeña ciudad española. El refirió sus aventuras y bendijo á las familias. Las familias le agasajaron, le curaron, le mimaron con un cariño singular, hasta que estuvo en estado de emprender su camino á México, adonde llegó á tocar á las puertas de su santo convento, dejando á los religiosos asombrados con la narración de sus raras aventuras, y á todos persuadidos de que sin la especial intervención de la Providencia, era imposible que hubiese podido resistir tanta fatiga y sobrevivir á las peligrosas heridas en el desamparo de la infinita soledad de los desiertos que había atravesado.

Algún tiempo después tuvo que sufrir una dolorosa operación, pues las heridas habían cerrado en falso, y tenía dentro del cuerpo trozos de jara y de pedernal que los médicos tuvieron que extraerle. Sobrevivió veintitrés años, aunque siempre descolorido, flaco, y sufriendo diversos males, resultado de sus inauditos padecimientos. Cuando el Virrey Don Martín Enríquez salió de Nueva-España para el virreinato del Perú, le acompañaron el Maestro Fray Bartolomé de Ledesma y Fray Marcos de Mena. El primero fué electo obispo de Oaxaca, y Fray Marcos de Mena no quiso ya hacer otro nuevo viaje, y se quedó en el convento de la ciudad de los Reyes, donde murió santamente en el año de 1584.

_Manuel Payno._

LA FAMILIA CARABAJAL

PRIMERA PARTE

La historia de la familia Carabajal; las terribles persecuciones que sufrió por la Inquisición; las revelaciones curiosas que ante aquel tribunal hicieron las diversas personas de dicha familia, acerca de la observancia y ceremonias de la ley de Moisés, y el fin trágico de todas esas personas, daría motivo á escribir, no dos ó tres artículos, sino un gran libro.

Nosotros uniremos al laconismo, necesario á los estrechos límites de esta publicación, la mayor claridad posible, insertando al pie de la letra algunas diligencias, tales como existen en las causas originales; y aunque esto algunas veces parezca cansado, sin embargo, hará formar á nuestros lectores la idea más perfecta del carácter y procedimiento de esa terrible institución que se llamó el Santo Oficio.

D. Luis de Carabajal, nativo del reino de Portugal, hombre de 45 años, llegó á Tampico, nombrado por el Rey de España Gobernador del nuevo reino de León, por el año de 1583.

D. Luis de Carabajal trajo en su compañía á su cuñado D. Francisco Rodríguez de Matos y á su hermana Dª. Francisca Núñez de Carabajal, y á los hijos de estos Dª. Isabel, viuda de Gabriel Herrera y la mayor de todos los hermanos, de 26 años de edad, Dª. Catalina, Dª. Mariana, Dª. Leonor, D. Baltasar, D. Luis, Miguel y Anica, que eran muy niños; además, D. Francisco Rodríguez de Matos y su mujer tenían un hijo llamado D. Gaspar, religioso, en el convento de Santo Domingo de México, que había llegado allí poco tiempo antes.