El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

Part 12

Chapter 123,631 wordsPublic domain

La noche borrascosa y amenazadora pasó, sin embargo, sin novedad, y los pasajeros saludaron con una especie de frenesí los primeros rayos del sol. Un momento el astro del día se abrió paso por entre las capas de nubes é iluminó la superficie agitada del Océano, de ese Océano inmenso que azota con sus olas las orillas frondosas y fértiles de la América y las arenas abrasadoras de la costa de Africa. Todos los barcos habían conservado hasta cierto grado una distancia conveniente y se podía con el anteojo reconocer que la escuadra estaba completa. La mayor parte de los capitanes, aunque el viento marcaba un cuarto al Nordeste, y era fuerte, aprovecharon el sol y comenzaron á desplegar sus velas. Sólo la nave de Farfán conservaba únicamente la vela de foque y capeaba el viento. El día se pasó así, pero al ponerse el sol, unos reflejos entre amarillos y sangrientos que se notaban en algunas partes del horizonte, alarmaron á los capitanes y determinaron amainar las velas y esperar el viento á palo seco. La nave de Farfán ganaba el largo, mientras el barco en que iban los padres domínicos parecía visiblemente empujado á los arrecifes. Otros barcos seguían sin poderlo evitar el mismo rumbo. Cosa de las once de la noche, el viento se desencadenó y comenzó á soplar con una furia nunca vista. Todos los barcos encendieron las luces, y los que estaban armados comenzaron á poner señales y á tirar, conforme á las ordenanzas de marina, cierto número de cañonazos, para advertir á los demás el peligro.

No es fácil describir ni la confusión, ni las lágrimas, ni el espanto de los que estaban á bordo de cada barco. Ya hemos dicho que había más de mil personas distribuidas en buques que hoy llamaríamos miserables barquichuelos, y entre ellas se encontraban muchas mujeres, niños, esclavos, y también algunos indios que en calidad de sirvientes acompañaban á sus amos á España. En la nave en que iban los religiosos domínicos pasaba una escena todavía más terrible. Los pasajeros y marineros, que tenían la idea fija en la cabeza de que Doña Catalina era el diablo en persona, ó al menos la causa de la tormenta, bajaron al camarote y encontraron á la dama presa del mareo y del terror de una muerte próxima. Se apoderaron de ella y la subieron á cubierta, resueltos á arrojarla al mar. La mujer, que al principio no sabía de qué se trataba, se dejó conducir, pero advertida por el negro Francisco del peligro que corría, y recobrando sus fuerzas y energía, derribó á los que la conducían y corrió á buscar refugio cayendo á los pies y abrazando las rodillas de Fr. Marcos de Mena, que sereno y resignado en medio de la tempestad rezaba y encomendaba su vida y la de sus compañeros al Señor que aplaca los mares y calla el ruido temible de los vientos.

Fray Marcos acogió con bondad á Doña Catalina, con palabras suaves y persuasivas calmó los temores y la cólera de los marinos, y les dijo que todos estaban entregados á la voluntad divina, y que ningún influjo maléfico ejercía Doña Catalina ni nadie en los vientos y en la mar. La furia de la tempestad no dió por lo demás lugar á más conversación. Una ola, estrellándose contra el costado del barco, azotó contra la cubierta á Fray Marcos, á Doña Catalina y á cuantos estaban cerca, y destrozando una parte de la obra muerta, se llevó cuantos trastos encontró. A esa sucedió otra, y otra, y una lluvia como si se abriesen las cataratas del cielo, hizo que todos los pasajeros bajasen á la estrecha cámara. Allí los religiosos comenzaron á rezar, y todos cayeron de rodillas implorando el perdón de sus pecados y la misericordia de Dios.

Las corrientes, el viento, el terror que se había apoderado de los marinos después de tres días de un tiempo tan duro, hizo tal vez que gobernaran mal; el caso fué que las naos cada vez se juntaban más, y se podían oir los lamentos, los juramentos y los gritos que daban mutuamente los pilotos para evitar el que los barcos se estrellasen los unos contra los otros. Una nao venía derecha con una rapidez tal, que parecía empujada por Satanás á estrellarse contra la de los domínicos, pero en el tránsito se atravesó otra, arrojada por una ola, y las dos se chocaron, se oyó un traquido, y antes de cinco minutos el Océano se había tragado naves, palos, pasajeros, todo, como si la garganta oscura de algún monstruo se hubiese abierto y vuelto á cerrar devorando la presa. Los religiosos que habían subido un momento á cubierta, lanzaron un grito de horror y comenzaron á absolver á los náufragos y á encomendar sus almas á la clemencia de Dios.

El viento era cada vez más recio y las olas más altas y amenazadoras. La escena que acabamos de referir se repitió, y se destrozaron mutuamente las naves, otras se hicieron pedazos contra los arrecifes, y otras fueron á embarrancar en medio de las tinieblas y de los horrores de esta tremenda noche, á las costas de la Florida. La nave de Farfán, la de Corso y otras cuatro ó cinco pudieron ganar la alta mar, maniobrando con destreza y energía, y se salvaron.

* * * * *

Parece que la tempestad no había tenido más designio que hacer perecer la flota, pues así que todos los buques ó habían encallado ó se habían hecho pedazos y hundido, el viento calmó, las olas fueron disminuyendo, y las corrientes alborotadas y contrariadas tomaron su curso natural. El sol del nuevo día alumbró á los náufragos que habían sobrevivido, y encontráronse á poca distancia de la tierra. Con el auxilio de las cuerdas, clavos y tablazón destrozada de los mismos barcos varados, pudiéronse hacer algunas balsas, y como la mar estaba ya mansa, fueron desembarcando sucesivamente los pasajeros con parte de los equipajes, aunque mojados y una cantidad más que suficiente de provisiones. De más de mil y quinientas personas que iban en la flota, sólo se salvaron cosa de trescientas y las que iban en las naves de Farfán, y las demás que como hemos dicho escaparon del desastre. Entre los trescientos que tocaron tierra, contamos á los cinco religiosos domínicos, á Doña Catalina y á su doncella que no abandonó el cofrecillo de sándalo. En cuanto al pobre negro Francisco, seguramente se lo llevó en la noche alguna ola sin que nadie lo advirtiera; el caso fué que no se encontró entre los pasajeros.

El peligro de la mar que era más próximo, no dió tiempo á que reflexionaran los desgraciados náufragos; pero cuando se vieron salvos, se presentó á su imaginación otro riesgo, en el que no habían pensado. Aquellas tierras deberían estar llenas de tribus bárbaras é indomables, y no tardarían en ser atacados por ellas. La costa estaba desierta: sin embargo, muchos se internaron y reconocieron el país, y no encontraron huellas ni señales de que hubiese ningunos habitantes. Esto tranquilizó de pronto á la desventurada colonia arrojada de improviso por las olas en aquella costa inhospitalaria, y pensaron, antes de tomar resolución alguna, en establecer una especie de campamento. Las mujeres se dedicaron á reunir los jamones, el bizcocho, las cajetas y otras provisiones que habían salvado y que les arrojaba la marea. Los hombres examinaron todos los destrozos del naufragio, para aprovecharse de las maderas y jarcia y formar unas barracas, y los religiosos procuraban conservar el orden haciendo que las provisiones se repartiesen con igualdad y que no se ocasionaran en el campamento disputas ni desorden alguno. En estos trabajos pasó una semana tranquila hasta donde era posible, y los que habían perdido sus riquezas comenzaban á consolarse con que harto habían ganado con la vida salva y los miembros íntegros y completos. La esperanza y la felicidad reinó, pues, entre aquellos desgraciados, porque el país era pintoresco y fértil, y el clima suave había influido en reponer sus fuerzas y su salud. Una mañana, al concluir la semana, se presentó á gran distancia una numerosa reunión de indios. La colonia se alarmó naturalmente, pero á medida que se fueron acercando se pudo conocer que venían en son de paz, pues traían los arcos rendidos, y muchos pescados en las manos, que ofrecían á los náufragos con visibles muestras de contento. Con temor, pero con agrado, fueron recibidos por la colonia, y las mujeres se apresuraron á tomar los pescados, y haciendo lumbre comenzaron á guisarlos y á tostarlos en las brazas, é indios y blancos en la mejor armonía se sentaron á regalarse con este repentino banquete de mariscos frescos y sabrosos. El general de la flota, cuyo nombre, repetimos, nos ha sido imposible indagar, desconfiando sin embargo, reunió al disimulo á los hombres más animosos, les dió las armas que se habían salvado, que consistían en dos ballestas y algunos estoques y espadas, y esperó el resultado. Cuando los náufragos estaban más confiados y saboreaban los pescados que les parecían deliciosos, los indios se levantaron repentinamente, lanzaron un alarido terrible y dispararon sus flechas contra aquella reunión de mujeres y de niños inermes. El general, á la cabeza de los españoles armados, arremetió briosamente contra los indios, hiriéndolos con las espadas y ballestas, y hasta las mujeres, armadas de palos y de lo que encontraban, cooperaron á la defensa. Después de cerca de una hora de combate en el que todo fué gritos y confusión, los salvajes huyeron y se internaron en las selvas, dejando maltratadas á varias personas, y cargando ellos con sus heridos y muertos.

Este incidente arrojó la consternación en el campamento, y todos comenzaron á pensar y á discutir seriamente en el partido que deberían tomar, y resolvieron, pues, ponerse en camino y seguir la costa hasta Pánuco, (Tampico), que creían firmemente que estaría á tres días de camino, y hoy se puede juzgar bien, conocida la distancia que hay desde la Florida hasta nuestra costa de Tamaulipas, de su grave error geográfico. El pánico se había apoderado de la colonia. Cada ruido en el bosque, cada silbido del viento, cada ola que se estrellaba en la playa, les parecía el alarido fatal de los bárbaros, y lo que querían era huir á toda costa de aquel sitio donde tenían por segura una desastrosa muerte. Al amanecer del día siguiente, la desatentada gente, sin precauciones ningunas, sin tomar una parte de los víveres que todavía existían, sin recoger la madera que habían arrojado las aguas, echaron á huir, medio desnudos y descalzos, cargando unos sus niños pequeños, y otros llevándolos á pie, sin que de nada valieran las órdenes del general ni los ruegos y exhortaciones de los religiosos domínicos. El maestro Agustín Dávila Padilla dice: «Todos iban á pie, los más descalzos, muchos casi desnudos, y algunos del todo. Las mujeres y niños sentían más el camino y la ocasión les obligaba á que alargasen todos el paso. Sentíanse la hambre y el cansancio, afligía el calor de la arena, y _había fuego en la cabeza y fuego en los pies_. Lloraban los niños, enternecíanse sus madres y todos marchaban con grandes lástimas, procurando remediarlas descubriendo tierra de cristianos y dándose prisa para descubrirla.»

Cinco ó seis días caminaron así, y poco hay de pronto que añadir á la patética narración que hemos copiado y que hace de este suceso el apostólico varón, autor de la _Historia de la Provincia de Santiago de México_. Los indios, que estaban ya cerciorados que la gente blanca no tenía armas de fuego, salieron de las selvas y comenzaron á perseguir á los desventurados tirándoles de flechazos é incomodándolos de cuantas maneras podían. El general de la aniquilada flota, que conservaba todavía algún imperio sobre su gente, ordenó la marcha. Los religiosos domínicos tomaron la delantera y exploraban el camino, recogiendo algunos mariscos, yerbas y cuanto creían que podía servir de alimento. Buscaban también los depósitos de agua dulce; cavaban pozos en la arena y disponían para la noche el campamento en el lugar más cómodo. Trabajaban todo el día, alentaban á los cansados, consolaban á las desgraciadas mujeres, cargaban en brazos á los niños largos trechos, ponían troncos de árboles para pasar los bayucos y riachuelos; en una palabra, eran los ángeles protectores de aquella mísera gente abandonada en los infinitos desiertos de la América del Norte. Fray Marcos de Mena, más joven, más fuerte, más activo que los otros religiosos, fué investido de autoridad por todos los peregrinos, de manera que después del general era el único á quien obedecían y respetaban. En el centro se colocaron á las mujeres, niños y ancianos, y la retaguardia la cubría el general, llevando los hombres más fuertes las ballestas y las armas. Los negros é indígenas mexicanos que formaban parte de la expedición, armados de una especie de mazas formadas con troncos de árbol, servían como de exploradores ágiles para correr, para nadar y para reconocer las astucias de los enemigos, prestaban á todos servicios de mucha consideración. Era necesario sostener en el día un continuo combate con los salvajes, y en la noche se hacía necesario que la mayor parte de los hombres de armas permaneciesen en vela para no ser sorprendidos. Cualquiera, con solo la lectura de estos renglones, en que se refiere simplemente esta desastrosa peregrinación, puede figurarse el terror y los sufrimientos de aquellas gentes en las noches lóbregas, tempestuosas, rendidos de la fatiga, temblando con el frío y la humedad, heridos algunos de las flechas, y rabiosos todos de hambre, y sobre todo de sed, pues las más veces tenían que contentarse con las aguas salobres que encontraban.

Así, en medio de estas penas infinitas, llegaron á las orillas de un caudaloso y turbio río, que arrastrando sus pesadas aguas por entre remolinos y orillas bajas y tristes, parecía impedirles la marcha de una manera definitiva. Llamaron á este río «Bravo», y seguramente no puede ser otro más que el Mississippí; y la creencia de que una vez pasado ese río encontrarían á poca distancia el Pánuco, les dió nuevo vigor y esperanza. Acamparon en las orillas, saciaron su sed con aquella agua dulce y saludable, bien que algunos, según el maestro Dávila, murieron de tanto beber; se bañaron y curaron las heridas, y con un vigor extraño, alentados por el general, y sobre todo por Fray Marcos de Mena, comenzaron la construcción de una gran balsa, aprovechando algunas hachas, instrumentos y cuerdas que había recogido el marino más cuerdo y más previsivo que los demás. Cerca de dos semanas emplearon en cortar los árboles, en labrarlos, en formar, en fin, un par de balsas sólidas en que atravesar el río, y durante ese tiempo vivieron escasamente poniendo trampas á las aves y recogiendo algunos mariscos y dividiéndose económicamente estos recursos. Los indios hacía algunos días que habían desaparecido, y los peregrinos concibieron la idea de que hallándose ya muy cerca de Pánuco, habrían prescindido sus enemigos de la idea de molestarlos. Con esta lisonjera esperanza pasaron el gran río; pero les aconteció la irreparable desgracia de que un clérigo que iba en la balsa, por echar al agua una ropa sucia y vieja que no le servía, arrojase el paquete donde estaban las ballestas, quedando así reducidos á unas cuantas hojas de espadas despuntadas y melladas por los diferentes servicios que habían hecho.

Al día siguiente de haber pasado el río, y continuando siempre la dirección de la costa, observaron que más de cien indios les seguían á distancia, y era que mientras ellos habían pasado en las balsas, los salvajes lo habían hecho en sus canoas.

Durante dos días los enemigos se mantuvieron á cierta distancia, pero cuando se cercioraron que los españoles no tenían las ballestas, se acercaron y dispararon sus flechas durante más de una hora sin interrupción. Varias mujeres y niños fueron heridos, y tres españoles que quisieron con tan escasas armas detener la furia de los indios, cayeron heridos en su poder. Apenas se apoderaron de ellos cuando lanzaron un grito de feroz alegría, y llevándolos á una mota de arbustos que cerca había, los ataron con correas de piel que desenredaron de su cintura, y comenzaron á martirizarlos. Era ya muy entrada la tarde, y la noche vino pronto. Encendieron los indios lumbradas alderredor de las víctimas, y se pusieron á bailar haciendo gestos y contorsiones diabólicas. Fatigados del baile, los más jóvenes lanzaban sus flechas, sirviéndoles de blanco los ojos y la boca de los españoles. Volvían á cabo de un rato á comenzar su baile infernal y á atizar las hogueras, y terminado el baile, intentaban cortar la lengua ó los brazos de sus prisioneros con toscos cuchillos de pedernal, cicatrizando la sangre y las heridas con tizones ardiendo. Esto pasaba á la vista de los peregrinos que, presa del terror, no se atrevían ni á moverse ni á proferir una palabra.

Doña Catalina, á quien por contar estas raras aventuras hemos olvidado, durante todo el viaje hasta el paso del gran río, había conservado su energía y su orgullo. Habiendo salvado alguna parte de su rico equipaje, aparecía vestida siempre de seda y bien que los vestidos estuviesen mojados y maltratados, les daba cierto aire de elegancia, de manera que muchos de los que podían conservar un resto de buen humor, la llamaban la reina, mientras otros que la consideraban siempre como la causa de todas las desgracias, le rehusaban todo género de auxilios y hasta el escaso alimento que se repartía. Doña Catalina sufría con un valor verdaderamente heróico el cansancio, la lluvia, el frío, y en cuanto á los alimentos, quizá era la que mejor lo había pasado. El cofrecillo de sándalo que llevaba siempre la doncella, había sido su tabla de salvación, pues encerraba sus alhajas. Un día dió un diamante del tamaño de un garbanzo por dos cangrejos, otro un hermoso rubí por un pescado y un puñado de yerbas, otro una esmeralda por unos cuantos camarones, otro una hermosa sarta de perlas por una poca de agua salobre. Entre los peregrinos, como debe suponerse, había personas que procuraban, á cambio de las piedras preciosas, servir á Doña Catalina al pensamiento, esperando siempre llegar con vida y con valiosas joyas al suspirado Pánuco. Cuando Doña Catalina abriendo sus grandes ojos que parecía penetraban con su luz los lejanos bosques, observó los crueles tormentos de los españoles, la abandonó su energía y su resolución, y anegada en lágrimas cayó á los pies de Fray Marcos, le confesó todos sus pecados é hizo voto solemne, de si escapaba con vida, dar todos sus bienes á los pobres, tomar el hábito de religiosa, y dedicar el resto de sus días á la penitencia y á la oración.

--«Dios dispone todas las cosas y es dueño de nuestra vida, le dijo con una voz suave Fray Marcos dándole la bendición. Si está determinado que suframos el mismo martirio que nuestros compañeros, sufrámosle con resignación, ofrezcamos al Señor nuestras almas, y se abrirán para nosotros las puertas del cielo.»

Otras muchas personas imitaron el ejemplo de Doña Catalina, y aquellos buenos religiosos, sin tener en cuenta sus fatigas y sus propias penas, estuvieron oyendo la confesión, absolviendo y animando aquellas desconsoladas criaturas, mientras los prisioneros, atados en los matorrales, morían en medio de los más crueles dolores; y los indios bailaron y bailaron hasta que las hogueras se apagaron y la luz del nuevo día vino á alumbrar este cuadro de horror y de desolación.

_Manuel Payno._

FRAY MARCOS DE MENA

TERCERA PARTE

Los salvajes, arrojando gritos y soltando diabólicas carcajadas, se internaron en la selva; pero desde aquel momento el ánimo de los peregrinos quedó de tal suerte abatido que no tenían aliento ni para proporcionarse el preciso sustento. Las madres estrechaban contra su seno á sus hijos, y muchas de estas criaturas, heridas, sedientas, presa de la fiebre, arrojaban lastimosos quejidos. Tuvieron todos que continuar su marcha porque no había otro remedio, y un resto de ilusión y de esperanza les hacía ver, como si fuera la gloria celestial, la suspirada ranchería de Pánuco. Los salvajes volvieron á aparecer á los dos días con unas fisonomías risueñas y placenteras. Se apoderaron de dos hombres que por la fatiga se habían quedado atrás, y en vez de atarlos y conducirlos al martirio, los comenzaron á desnudar, y así que los dejaron como Adán, los despidieron, sin hacerles otro daño. Fué una luz, una inspiración para los desdichados. Ofrecer las ropas en cambio de la vida, no era nada.

Los indios se acercaron de nuevo y los peregrinos, les hicieron señas de si querían la ropa, á lo que también por señas contestaron afirmativamente, y entonces entraron al campamento. Dieron de pronto con un tartamudo vizcayno, el cual con visible repugnancia se quitó los pantalones: pero no fué posible que de grado les entregara una _jaqueta_ encarnada que tenía. Los salvajes se pusieron furiosos, le dispararon muchos flechazos y le dejaron hecho pedazos muerto en el suelo, haciendo trizas la _jaqueta_ y repartiéndose los fragmentos. Con este ejemplo por una parte, y amagados por los salvajes que tendían su arco, hombres, mujeres, niños, hasta los religiosos tuvieron que desnudarse, no permitiendo sus enemigos que conservasen ni siquiera un harapo ni un pañuelo con que cubrirse.

«Qué lástima tan extraña, dice el maestro Dávila Padilla, sería ver aquella pobre gente perseguida, hambrienta, desnuda, avergonzada, herida y con tanto tropel de males, que apenas hay oídos cristianos para poderlos oír sin mucho sentimiento. Algunas mujeres se caían muertas, y aunque había otras causas para esto, debió de ser mucha parte la vergüenza de verse tan faltas del honesto abrigo que con tanta fuerza les enseña la naturaleza.»

Los indios rieron, burlaron y festejaron la invención así que vieron completamente desnudos á todos los peregrinos, y comenzaron á vestirse con los trajes españoles. Doña Catalina tuvo que entregar sus vestidos de seda á una india que á su vez se desnudó y se engalanó de una manera ridícula con el traje de la rica dama. La doncella tuvo igual suerte, pero pudo ocultar entre la arena el cofrecillo de sándalo, y las alhajas que encerraba les sirvieron para vivir algunos días más.

Los indios, de pronto, se retiraron no sin disparar algunas saetas, y los náufragos tuvieron que continuar su doloroso camino en demanda de Pánuco, que parecía que siempre se les alejaba y estaba en la extremidad de la tierra.