El libro rojo, 1520-1867, Tomo I
Part 11
Aquella horrible peste, á la cual algunos llaman el Matlatzahuatl, que dejó desiertas y tristes grandes ciudades y floridas campiñas, cesó casi repentinamente á fines de 1577. El Virrey, que por conducto de los gobernadores y corregidores se había informado escrupulosamente de cuanto acaecía, hizo que se guardara en el archivo de la ciudad el testimonio del número de muertos, y eran...... más de _dos millones_[18].
_Vicente Riva Palacio._
FRAY MARCOS DE MENA
PRIMERA PARTE
Lo que vamos á referir sería para novela exagerado, y, sin embargo, es exactamente cierto. Nuestra historia antigua, relegada por muchos años á las polvosas librerías de los conventos, tiene episodios que darían materia para escribir muchos y divertidos volúmenes. Conocida y popular, si se quiere, es la historia de los conquistadores, españoles, pero están olvidadas las aventuras verdaderamente románticas de los muchos religiosos que, movidos del espíritu evangélico y de esa rara heroicidad de convertir á la fe cristiana á los idólatras, no conocían ni distancias, ni temían á las tormentas, ni les asustaba ningún género de peligro, y cuando les sobrevenían algunos de esos contratiempos tan comunes en los largos viajes en tierras desconocidas y sembradas por todas partes de peligros, todo lo referían á Dios, y morían, no con el indómito orgullo de los sanguinarios capitanes, sino con la tranquila serenidad del verdadero creyente que ve en su última hora abiertas las eternas y diamantinas puertas de los cielos.
Hemos hablado de las flotas, y tendremos que volver más de una vez á este tema, porque las flotas que de la Península Española venían á México y regresaban, eran las más veces ó el principio ó el fin de sucesos importantes ó de raras aventuras.
Cincuenta años después de la conquista, el comercio era ya muy activo en México, grandes cargamentos transitaban desde Veracruz hasta Chihuahua, y cada cierto período los comerciantes de todas las ciudades españolas ya fundadas, se reunían y emprendían con sus criados, y muchas veces con sus familias, un viaje al puerto para vender los frutos de la agricultura y comprar los de ultramar. Algunas de las minas que después han sido célebres, comenzaban á derramar sus raudales de plata, y aunque La Santa Hermandad había limpiado los caminos de ladrones, los aventureros que venían en busca de la fortuna, y funcionarios de la Corona que eran enviados de España, ó regresaban, ó atravesaban los caminos seguidos de escuderos y de criados armados con grandes lanzas, y á veces con armaduras de acero como en los tiempos de la guerra. Todo este movimiento se aumentaba con la llegada ó con la salida de una flota del puerto de Veracruz.
A mediados del año de 1553, una flota estaba para darse á la vela. La Capitana era el navío de mayor porte, ya armado en guerra, ó ya perteneciente á la marina real. Además de la Capitana había siempre otros barcos con algunos cañones y tropa, y ellos servían de custodia á todos los buques mercantes que se reunían para hacer entonces una larga é incierta navegación, ya porque así sucede siempre en barcos de vela de muy poco porte, y ya también porque los marinos españoles, aunque atrevidos y resueltos, no conocían como hoy se conocen con tanta precisión las corrientes, los cayos y los arrecifes de que está sembrado todo ese mar que se llama de las Antillas, peligroso por demás en la cruel estación del invierno.
Quizá en ninguna otra época como en esta vez bajó tanta gente á Veracruz. Pasaban, entre amos, criados, cargadores y comerciantes, de cuatro mil personas, que tenían por principal objeto comprar, vender y cambiar mercancías. Los que tenían conocimientos se alojaron en las casas, gozando de esa franca hospitalidad española, que tan generosamente sabían dar á sus amigos los comerciantes de Veracruz, regalándolos con excelente pescado y con los más exquisitos vinos. La gente de menos relaciones y valía formó barracas y campamentos en las afueras de la ciudad. Era una verdadera feria.
Durante el día, el calor devorante mantenía á todos los huéspedes dentro de sus improvisadas habitaciones, y otros también ocupaban en la ciudad su tiempo en los negocios; pero cuando caía el sol, cuando las ondas mansas comenzaban con un monótono ruido á lamer aquellas arenas de fuego, y cuando la brisa arrojaba por intervalos esas ráfagas perfumadas y consoladoras que dan la vida en las regiones tropicales, todo comenzaba á animarse y á tomar un aspecto de alegría y de movimiento. Las luces se encendían en todas las barracas, y comenzaba la música, el baile, el juego y la conversación, y los ruidos misteriosos de la naturaleza formaban un extraño acompañamiento al bullicio y al ruido de los hombres. Las noches se pasaban así, hasta que la flota aparejada anunció que sólo esperaba un buen viento para darse á la mar. No hemos podido averiguar en la historia quién era el general de ella. En algún autor hemos leído el nombre de _Corso_; pero poco interés tiene esta indagación histórica para lo demás de nuestra narración.
Después de esperar varios días, amaneció uno hermoso y despejado; á poco sopló un viento favorable. Las anclas se comenzaron á levantar, las velas blancas se hinchaban, y aquella multitud de barcos que habían estado sombríos y tristes, balanceándose junto á Ulúa con el impulso de la marea, parecía que repentinamente se trasformaban en una alegre y blanca parvada de aves marinas.
La agitación en el puerto fué sobre toda ponderación. Más de mil personas de todos sexos y edades, que hacían viaje, ocurrieron al muelle con el resto de sus equipajes, y casi exponiéndose á caer en el agua saltaban en los botes, pateando y echando ternos cuando no lo podían hacer, y creían, porque tal era su ansia, que si perdían un minuto podían quedarse en tierra. Los deudos y amigos ocurrieron á despedirse á los embarcaderos, y no faltaron, como es de suponerse, lágrimas, y caricias, y abrazos, promesas y bendiciones, porque mil gentes que se van, siempre dejan en tierra lo menos otras tantas que las amen y se interesen por su suerte.
Entre las personas que había en la playa, casi todas fijaron su atención en una dama. Se presentó al embarcadero vestida lujosamente de seda, como si fuese á asistir á un baile, la garganta y los dedos de sus manos llenos de diamantes y piedras exquisitas de colores. Era alta, morena, de cabeza orgullosa y levantada. Su labio superior, un poco grueso y desdeñoso, estaba sombreado con un ligero bozo, y sus grandes ojos negros parecía que mandaban y exigían la sumisión y el respeto. Esta dama iba seguida de una doncella indígena y de cuatro negros. Llegó separando imperiosamente con la mano á los que le estorbaban el paso, á una lancha grande que sin duda estaba preparada para ella, y los marineros, que también eran negros, en cuanto la vieron se pusieron en pie y saludaron, saltando algunos á tierra para despejar el campo y ayudarla á embarcar. La doncella entró primero, teniendo en la mano un pequeño cofrecillo de sándalo, en seguida la dama dió resueltamente un paso, á pesar de los balanceos de la lancha, y saltó con firmeza á uno de los bancos, quedando en pie un momento, paseando su mirada por toda aquella multitud que cubría la playa y que también se fijaba en ella por su agilidad, por su hermosura y por la riqueza de sus joyas. Cuando los bogas se acomodaron y desviaron la lancha del muelle, la dama se sentó en la popa, y tomando el timón dijo en voz alta: «A la nao de Farfán.» La materia de la conversación recayó, por el momento, sobre las maneras y la hermosura de la dama. Unos creían conocerla, otros equivocaban su nombre, otros manifestaban que la amistad y ciertas consideraciones los obligaban á guardar silencio. Sin saberse el origen y el motivo, se esparció la voz de que aquella mujer, tan arrogante y tan resuelta, podía ser muy bien el diablo disfrazado, y causarles algún mal en el viaje. Muchos rieron; pero otros llevaron á bordo de las naves esa idea supersticiosa y la comunicaron á los demás pasajeros.
El toque solemne de una campana en la plaza y un cañonazo que disparó la Capitana anunciaron que la flota partía, y en efecto, poco á poco y una tras otra fueron saliendo las naves del canal, tomando el largo y alejándose, hasta que al caer la tarde se perdieron entre las brumas rojizas del crepúsculo.
En la noche, el campamento alegre de la víspera estuvo silencioso y oscuro. Los vecinos y comerciantes de Veracruz, fatigados y tristes, se recogieron más temprano, y al día siguiente multitud de viajeros que regresaban á México cubrían los caminos. En esa flota iban cuantiosos tesoros de oro, plata y perlas, y quizá en ninguna otra se embarcó tal número de gente de caudal y de una posición notable. Entre los pasajeros iban cinco religiosos, que eran Fr. Hernando Méndez, Fr. Diego de la Cruz, Fr. Juan de Mena, Fr. Juan Ferrer y Fr. Marcos de Mena, todos del convento de Santo Domingo de México.
Mientras que navegan los bajeles rumbo á la Habana, tenemos que decir dos palabras de la dama en quien también habremos probablemente fijado nuestra atención.
* * * * *
La dama altiva, linda y orgullosa que hemos visto embarcarse en Veracruz, se llamaba Doña Catalina. Hemos en vano procurado hallar su apellido y su patria en las narraciones antiguas. Parece que era natural de la misma ciudad de México, y producto de uno de los matrimonios de los conquistadores con las hermosas indias nobles, y esto no se podía dudar al fijarse en el color de su tez, en sus ojos rasgados y negros, y sus manos y pies de una pequeñez exagerada. Esta joven casó, no sabemos en qué época, con Juan Ponce de León, español de bastantes relaciones é influjo en la ciudad, y rico con los productos de una encomienda en Tecama.
En la apariencia los esposos vivían en paz y felices, en una de las casas principales; se les servía por negros y negras, en vajillas de plata; tenían la mejor colección de muebles de Flandes y unas grandes pantallas de Venecia; cataban buenos vinos, asistían á todas las festividades y ceremonias, y su casa era visitada por los caballeros más principales de México. Entre las visitas más constantes y más íntimas se contaba la de Don Bernardino Bocanegra, caballero noble, rico y principal, medio calavera y guapo, que portaba siempre, como la mayor parte de los hijos de los conquistadores, filoso estoque y luenga daga. Este personaje, inquieto y atrevido por carácter, fué muy amigo del Marqués del Valle y tomó una parte activa en todos los lances y conjuraciones de que hemos dado una idea en los artículos anteriores. Malas lenguas decían que las visitas de Bocanegra á la casa del Encomendero de Tecama no eran muy inocentes; y además, los hijos que Ponce había tenido antes en otra mujer, según se infiere de las leyendas, no veían de buen ojo á Doña Catalina. Sea de esto lo que fuere, el caso es que así vivía esta familia, y que tal vez durante los años de 1550 á 1553 ningún incidente notable pasó, y cada quien se quedó con sus conjeturas y sospechas.
Una noche que ni Ponce de León estaba en su casa, ni Bocanegra ni ninguna otra visita había llegado, Doña Catalina llamó á un negro esclavo que tenía, de bastante viveza, y digamos malicia. Se llamaba Francisco, nombre común que se ponía á los Africanos en México, y era de toda su confianza.
--Te voy á hacer un encargo,--le dijo;--y á ningún otro lo haría más que á tí, porque sé cuánto me quieres.
--Yo querer mucho mi ama,--contestó el negro;--mi ama mandar y Francisco dar vida y todo por ella.
--Quizá no se necesita de tanto, pero sí de que, suceda lo que suceda, y aunque llegue el caso de que te pongan en la cárcel y te den tormento, no digas ni una sola palabra.
El negro, al oír la palabra tormento que tenía llenos de terror á los habitantes, se quedó callado.
--Toma, le dijo Doña Catalina dándole un puño de monedas de plata; quería únicamente probar si de verdad me querías; pero para nada te necesito, y puedes retirarte.
Doña Catalina volvió la cara con muestras de enojo, y el negro, conmovido y guardando al mismo tiempo su dinero, se arrodilló ante su ama.
--Francisco querer mucho. Francisco dejar matar. Francisco no decir nada. Mi ama mandar, y Francisco hacer todo.
--Levántate y no hay que asustarse, pues se trata de una verdadera bobada. Cuando D. Bernardino Bocanegra esté de visita, tu estarás pegado á la puerta del zaguán, no dejarás entrar á nadie si yo no te lo mando, y cuando yo te lo diga, abrirás prontamente y dejarás salir á Bocanegra. ¿Has entendido?
--Mi ama mandar, yo hacer todo; mi ama confiar en Francisco.
--Si por algún motivo te preguntaren en alguna ocasión algo de esto, nada dirás, y cuenta con que te daré tu libertad y todo el dinero que quieras; pero ten entendido que ni aun en el tormento deberás de confesar nada. El negro prometió de nuevo á su ama que haría cuanto le tenía mandado, y se retiró siempre un poco triste, pensando en el tormento; pero no alcanzando cómo pudieran en ningún caso ponerle en la cárcel y darle tormento por sólo abrir y cerrar la puerta de la casa de su ama.
Pasaron dos y tres semanas y Francisco cumplía con una minuciosa exactitud las órdenes de Doña Catalina. Si alguno tocaba la puerta, Francisco inmediatamente decía:
--Mi amo y mi ama dormir y yo no abrir.
Apenas Doña Catalina le hablaba, cuando Francisco, listo, abría la puerta á D. Bernardino Bocanegra, y lo único que le llamaba la atención y le recordaba el tormento, era que su amo D. Juan Ponce de León entraba á su casa apenas daban en las iglesias el toque de ánimas, mientras que D. Bernardino Bocanegra salía á las dos ó las tres y á veces á las cuatro de la mañana. Francisco hacía mil cuentas y cálculos en su cabeza, y al último se tranquilizaba diciendo:
«Dormir dos--pues dormir ó platicar tres.»
Una noche, poco después de las doce, Doña Catalina salió al corredor y gritó á Francisco con una voz visiblemente temblorosa y cortada: Francisco, abre con cuidado y sin ruido, y registra si alguien pasa por la calle. Francisco, que ya otras noches había recibido igual orden, abrió el postigo suavemente, asomó su negra cabeza en una todavía más negra noche, examinó por todas partes y luego se retiró y volvió á cerrar, diciendo:
--Calle sola y negra.
--Abre, pues, á Don Bernardino.
Francisco abrió y Don Bernardino salió embozado hasta los ojos y vacilando como si hubiese bebido vino.
--Don Bernardino emborrachar,--dijo el negro; pero sintiendo alguna cosa húmeda en su mano que se tropezó al abrir con la de Bocanegra, se acercó á un farolillo que ardía en el descanso de la escalera, delante de la imagen de una Virgen, y notó que era sangre.
--Dar tormento á Francisco,--dijo espantado el negro. De tres, morir uno. Ama no, Don Bernardino no. Amo Ponce sí--y sin poder articular una palabra se sentó para no caer, en un escalón de la escalera.
La casa, excepto esa luz vacilante del farol, estaba lóbrega y oscura. Los demás criados relegados y encerrados en el extremo opuesto, como de costumbre, dormían profundamente. Francisco tuvo miedo, y tan pronto pensó gritar, como salirse y dejar abandonada la casa; pero sus ideas tuvieron que cambiar repentinamente. Doña Catalina, medio vestida, medio desnuda, con su gran cabellera suelta y tendida como un manto de terciopelo negro en las espaldas, con sus grandes ojos amenazantes, se presentó ante Francisco con un largo estoque en la mano.
--Mira, esclavo de Lucifer,--le dijo blandiendo el estoque--si gritas ó si no haces ciegamente lo que te mande, te hago pedazos el corazón; por el contrario, si me obedeces, te daré dinero, mucho dinero.
Francisco quiso arrodillarse y no pudo, quiso hablar y la palabra se le anudó en la garganta. Doña Catalina, que observó á la escasa luz del farol que Francisco estaba anonadado, varió de tono.
--No hay que asustarse, levántate; ten calma y óyeme lo que te voy á decir.
Francisco, más tranquilo, pudo incorporarse y escuchó.
--El amo está muerto. Es menester decir que los ladrones le han matado y que á tí te han herido.
--No herir á mí.
--Sí; lo verás,--dijo Doña Catalina, y le rajó con el estoque una mejilla. El negro dió un grito y llevó la mano á la cara.
--No es nada, y calla. Te he cortado apenas lo bastante para que te salga sangre. Después te curaré y te daré dinero; pero por ahora aquí te has de quedar tirado y te has de fingir desmayado.
La cortada no era grave ni profunda; pero el negro no tuvo necesidad de fingir, sino que con el susto y la pérdida de la sangre se desmayó efectivamente.
--Bien, dijo Doña Catalina mirando al negro y tirando en un escalón la arma, que era un estoque común y ordinario, sin marca alguna. Ahora lo demás; y esto diciendo, se dirigió á la puerta, la abrió un poco y se asomó á las espesas tinieblas de la noche, comenzando á dar gritos y á pedir el favor de la justicia.
En esos años había materialmente una plaga de ladrones tal, que no se podía, á las ocho de la noche, andar en la población sino provisto de hachas de brea y seguido de media docena de criados armados.
Los alguaciles recorrían las calles y la justicia vigilaba; así es que antes de media hora los gritos de Doña Catalina habían sido escuchados, y un puñado de alguaciles precedidos de un alcalde llegaban á la puerta.
--Mi marido asesinado y mi esclavo también, mis alhajas robadas, ¡favor, favor, señores!--gritó Doña Catalina; y como hemos dicho que su traje era muy parecido al de nuestra primera madre, los alguaciles se apresuraron á favorecerla y á creer cuanto les dijese. Entraron á la casa y encontraron en el descanso tirado á Francisco en un charco de sangre. Subieron y notaron los trastos, las ropas, todo en desorden y con señales visibles de haber sido manejado y revuelto. Penetraron á la recámara y encontraron en la cama á Juan Ponce de León cosido á puñaladas y nadando en su sangre. Una espada y un estoque tirados en el suelo, demostraban que Ponce había tratado de defenderse.
Doña Catalina les contó lo que le pareció conveniente, lleváronse el cadáver de Ponce, y lo mismo hubieran hecho con el del negro, pero habiendo observado que se movía y que su herida no era grave, le dejaron de pronto al cargo y responsabilidad de Doña Catalina, que como dama hermosa y principal, fué tratada con las mayores consideraciones.
Lo que pasó efectivamente lo supieron Bocanegra, Doña Catalina y Dios. ¿Riñeron Ponce y Bocanegra, ó entre el amante y la dama mataron al marido? Eso fué lo que nunca se quiso ni se pudo averiguar.
Como Ponce era rico y muy relacionado, el suceso causó grande impresión en la ciudad, Doña Catalina vistió de luto á todos los criados, y ella se encerró sin dejarse ver de nadie. Francisco, restablecido de su cortada, quedó en la casa por súplicas de Doña Catalina, obligado sólo á presentarse á la justicia cuando fuese llamado. Se comenzaron á hacer pesquisas, y durante muchas semanas todo fué inútil.
Ocurrióle al Alcalde que dió auxilio á Doña Catalina, preguntar por Bocanegra, y resultó de las indagaciones, que desde la noche del suceso no se le había vuelto á ver en la calle. Dióse orden de prenderle, y no se le encontró ni en su casa ni en ninguna parte. Entonces se mandó por el negro Francisco, se le puso en la cárcel, y no queriendo confesar nada se le dió tormento, y durante él confesó lo que había pasado con relación á la puerta, pero nada más. La justicia comenzó á obrar con actividad; pero como entonces y ahora las leyes no se aplican á los poderosos, Doña Catalina, á fuerza de dinero, consiguió que terminara la causa, sentenciándola á destierro de las Indias, y á entregar diez mil pesos á cada uno de los hijos de Ponce, que la historia no dice cuántos eran. Doña Catalina arregló sus negocios, levantó su casa, reunió sus alhajas, que llevaba la doncella en el cofrecillo de sándalo. El esclavo Francisco, con su señal en la cara y medio desquebrajado por el tormento, pero libre, tuvo también que hacer el viaje. Tal era la dama que con dirección á España se embarcó en la nao de Gonzalo de Farfán.
* * * * *
Seguramente el viaje de la flota fué en los terribles y peligrosos meses de Septiembre ú Octubre. Al día siguiente se cubrió de nuevo el tiempo, y así con una mar gruesa, con un cielo de plomo y bordeando con trabajo, pues soplaba por lo común viento de proa, la escuadra llegó después de catorce días á la Habana. Allí permaneció una semana, desembarcaron unos pasajeros, se embarcaron otros, y á las grandes riquezas que llevaban los barcos se añadieron algunos tesoros de los ricos especuladores que poblaban entonces las islas.
Antes de salir la flota de la Habana, Farfán se entró al camarote de la dama.
--Doña Catalina, le dijo, desde que salimos de Veracruz hemos traído un tiempo de perros. Los marinos somos así, y yo declaro que no os llevaré más á bordo. No me obliguéis á deciros los motivos. Vamos, es una idea.
Doña Catalina, colérica, insistía en quedarse en la nave; pero el marino fué inflexible, y llegó á decirle que si al volver á la mar continuaba el tiempo malo, si ella estaba á bordo la mandaría arrojar al agua. La orgullosa mujer mandó á uno de sus negros á buscar pasaje, y en dos ó tres embarcaciones le fué rehusado, hasta que á ruego de los cinco padres domínicos fué admitida en el mismo barco en que ellos iban.
_Manuel Payno._
FRAY MARCOS DE MENA
SEGUNDA PARTE
Salió por fin la flota de la hermosa bahía de la Habana sin que el tiempo mejorase; dió vuelta al peñasco que hoy se llama el Morro, y hasta los cuatro días logró entrar en el canal de la Florida; tanto así eran los vientos que la empujaban al Golfo de México, de donde trataba de salir. El quinto día el cielo se puso más terrible y amenazador. Gruesos, amoratados y espesos copos de nubes parece que salían de las aguas y llenaban el horizonte de una siniestra oscuridad. El mar tenía, al parecer, poco oleaje, pero hervía como si tuviese una caldera en el fondo, y sin saberse por qué, los barcos se estremecían repentinamente, como si pasase por su quilla el lomo de una ballena. Este es un fenómeno quizá peculiar del Golfo y de todo el mar de las Antillas, de modo que algunas veces se experimentan fuertes sacudimientos, á la vez que las olas apenas se levantan media vara en la movible superficie. La Capitana hizo sus señales, y todos los barcos, que eran quizá treinta y que caminaban en conserva, comenzaron la maniobra; unos arriaron completamente sus velas y quedaron cabeceando, arrastrados por las aguas rápidas del _Gulf Stream_, otros se quedaron con la vela mayor, y otros atrevidos largaron, como dicen los marinos, todos los trapos, y rápidos como los alciones comenzaron á hundirse y á salir sucesivamente de los abismos que ya con lo recio del viento comenzaban á formarse. El canal de la Florida está lleno de cayos, de islotes, de arrecifes, de costas bajas y engañosas, y el peligro era, que cerrando la noche y arrastrados por las olas y el viento, viniesen los barcos á dar en algún escollo. La noche llegó, no sólo oscura, sino llena de esas tinieblas flotantes que tanto pavor causan en la mar, y que no se sabe si son los vapores que salen del agua, ó los vapores que caen del cielo; el caso es que materialmente se ve que el barco tiene que abrirse paso en esa profunda ó interminable oscuridad que cada vez es más negra y más pavorosa. La Capitana encendió un farol á popa y otro á proa, los demás barros sólo encendieron uno á proa, y un cañonazo anunció que cada momento se aproximaba más el peligro.