El libro de las tierras vírgenes
Part 19
Hasta en los sitios poblados de la India, no puede un hombre estarse sentado y completamente quieto durante un día entero, sin que los animales salvajes corran por encima de su cuerpo como si fuera una roca; y en aquella soledad pronto ellos, que conocían perfectamente el templo de Kali, fueron llegando para ver al intruso. Los _langures_, los grandes monos del Himalaya, de grises patillas, fueron, como es natural, los primeros, porque andan siempre devorados por la curiosidad; y una vez hubieron tirado el cuenco, haciéndolo rodar por el suelo, y probaron la fuerza de sus dientes sobre el atravesaño de cobre de la muleta, y le hubieron estado haciendo muecas á la piel de antílope, decidieron que aquel ser humano, que estaba allí sentado tan quieto, era inofensivo. Al caer de la tarde saltaban desde los pinos, pedían con las manos algo de comida, y luego se alejaban, balanceándose en graciosas curvas. Gustábales también el calor del fuego, y se apiñaban alrededor de él, hasta que Purun Bhagat se veía obligado á empujarlos á un lado para echar leña, y más de una vez se había hallado por la mañana con que un mono compartía con él su manta. Durante todo el día, uno ú otro de la tribu se sentaba á su lado, mirando fijamente hacia la nieve, dando gritos, y poniendo una cara de expresión indeciblemente sabia y triste.
Después de los monos llegó el _barasing_, un ciervo
[Ilustración] de especie parecida á los nuestros; pero con más fuerza. Iba allí para restregar los aterciopelados cuernos contra las frías piedras de la estatua de Kali, y pateó al ver en el templo á un hombre. Pero Purun Bhagat no se movió, y, poco á poco, el magnífico ciervo fué avanzando oblícuamente y le tocó en un hombro con el hocico. Deslizó Purun Bhagat una de sus frías manos sobre las tibias astas, y el contacto pareció refrescar al animal cuya sangre ardía, y que bajó la cabeza, con lo cual siguió Purun Bhagat restregando muy suavemente y quitando la aterciopelada capa. Trajo luego el _barasing_ su hembra y su cervato, mansos animales que se ponían á mascar sobre la manta del santón, y otras veces venía solo, de noche, reluciéndole los ojos con reflejos verdosos á la vacilante luz de la hoguera, para recibir su porción de nueces tiernas. Al fin, el ciervo almizclero, el más tímido y casi el menor de los ciervos, acudió también, erguidas sus grandes orejas, que recuerdan las del conejo; y hasta el abigarrado, silencioso _mushick-nabha_ sintió el deseo de averiguar qué era lo que significaba la luz que brillaba en el templo, y puso su hocico, parecido al del anta, sobre las rodillas de Purun Bhagat, yendo y viniendo con las sombras que producía el fuego. Á todos los llamaba Purun Bhagat «mis hermanos», y su grito de _¡Bahi! ¡Bahi!_ lanzado en voz baja, tenía el poder de sacarlos del bosque por las tardes, si se hallaban á distancia en que pudieran oirlo. El oso negro del Himalaya, sombrío y malicioso (Sona, que lleva impresa bajo la barba una señal blanca en forma de V) pasó por allí más de una vez, y como el Bhagat no demostró tenerle miedo, tampoco Sona se mostró malhumorado, sino que estuvo observándolo, se acercó luego y pidió su parte de caricias, un pedazo de pan ó bayas silvestres. Muy a menudo, en la callada hora del amanecer, cuando el Bhagat subía hasta lo más alto del desfiladero para ver como el rojo día andaba por los nevados picos, hallábase á Sona arrastrando las patas y gruñendo á sus plantas; metiendo una mano curiosa bajo los caídos troncos y volviendo á sacarla con un _¡uuuf!_ de impaciencia; ó bien sus pasos despertaban en aquella hora al oso, que dormía enroscado, y el enorme animal levantábase erguido, pensando que se trataba de prepararse á la lucha, hasta que oía la voz del Bhagat y reconocía, entonces, á su mejor amigo.
Casi todos los ermitaños y santones que viven separados de las grandes ciudades tienen fama de obrar milagros con los animales; pero el milagro consiste únicamente en estarse muy quieto, en no hacer nunca ni un solo movimiento precipitado, y por largo rato, cuando menos, en no mirar directamente al recién llegado. Vieron los aldeanos la silueta del _barasing_ caminando altanero y como una sombra á través del obscuro bosque que estaba detrás del templo; al _minaul_, el faisán del Himalaya, luciendo sus hermosos colores ante la estatua de Kali, y á los _langures_ sentados dentro y jugando con cáscaras de nuez. Algunos muchachos habían oído también á Sona, canturreando algo para sí mismo, como suelen hacer los osos, y con todo ello la reputación de milagrero que adquirió el Bhagat fué afirmándose más y más.
Y, sin embargo, nada más lejos de sus propósitos que el obrar milagros. Creía él que todas las cosas son un enorme milagro, y cuando un hombre llega á saber esto, sabe ya algo que le sirve de base. Estaba firmemente persuadido de que nada había grande ni pequeño en el mundo, y día y noche luchaba para llegar á penetrar en el corazón mismo de las cosas, volviendo al sitio de donde su alma había salido.
Dominado así por sus pensamientos, el descuidado cabello comenzó á caerle por encima de los hombros; en la losa que tenía al lado de la piel de antílope se hizo un agujerito con el continuo roce del extremo de la muleta que sobre ella se apoyaba; el sitio, entre los troncos de los árboles, donde día tras día descansaba el cuenco se hundió y fué gastándose, hasta llegar á ser un hueco tan pulimentado como la misma cáscara de color de tierra que allí se ponía; y cada animal sabía ya de memoria el lugar exacto que le correspondía junto al fuego. Con las estaciones cambiaron de color los campos; llenáronse y se vaciaron las eras, y volvieron una y otra vez á llenarse; y, al llegar el invierno, saltaron los _langures_ por entre las ramas cubiertas de ligera capa de nieve, hasta que, con la primavera, trajeron las monas desde valles más cálidos á sus pequeñuelos de lánguida mirada. En cuanto al pueblo, pocos cambios hubo en él. El sacerdote había envejecido; muchos de los que, siendo niños, solían venir con el cuenco, mandaban ahora á sus propios hijos; y cuando alguien preguntaba á los aldeanos cuanto tiempo había vivido su santón en el templo de Kali, allá al extremo del desfiladero, contestaban aquéllos: «siempre».
Llegaron entonces más lluvias de verano, tales como jamás se vieron en aquellas montañas durante muchas estaciones. Por tres meses bien cumplidos el valle se vió envuelto en nubes y húmeda niebla... y el agua caía continua, sin parar, sucediéndose las tormentas una tras otra. El templo de Kali se quedaba generalmente por encima de las nubes, y hubo un mes entero en que el Bhagat no pudo ver ni por un momento la aldea. Estaba aquélla envuelta por una blanca cubierta de nubes que se balanceaba, mudaba de sitio, rodaba sobre sí misma, ó se arqueaba hacia arriba, pero que nunca se desprendía de sus estribos, los flancos del valle.
Durante todo este tiempo no oyó más que los millones de ruidos que hacía el agua por encima de las copas de los árboles; por debajo, y siguiendo el suelo; atravesando la pinocha, cayendo gota á gota de las mil lenguas de los enlodados helechos, y lanzándose, en fangosos canales que acababan de abrirse, por todos los declives. Entonces salió el sol é hizo elevarse de los _deodoras_ y de los redodendros su agradable aroma, y con él vino aquel lejano, purísimo olor al que llaman los montañeses «el olor de las nieves». Duró el sol una semana, y, entonces, juntóse la lluvia en un último diluvio, y el agua empezó á caer formando sábanas que quitaron la corteza de la tierra y la hicieron, de nuevo, convertirse en barro. Purun Bhagat encendió aquella noche un gran fuego, porque estaba seguro de que sus hermanos necesitarían calor; pero ni un solo animal acudió al templo, por más que él llamara y llamara, hasta quedarse dormido, preocupado por la idea de lo que habría ocurrido en los bosques.
Era ya plena noche y caía la lluvia, produciendo el ruido de mil tambores á la vez, cuando fué despertado por unos tirones que daban á su manta, y, alargando la mano, hallóse con la muy pequeña de un _langur_.
--Mejor se está aquí que entre los árboles, dijo soñoliento, levantando un poco la mano. Toma y caliéntate.
El mono le cogió la mano y tiró de ella con fuerza.
--¿Qué quieres, pues, comida? dijo Purun Bhagat. Espera un rato y te la prepararé.
Como se arrodillara para echar leña al fuego, corrió el _langur_ hasta la puerta del templo, lloriqueó allí á gritos, y volvió corriendo, tirándole al hombre de la rodilla.
--¿Qué hay? ¿Qué te ocurre, hermano? dijo Purun Bhagat, porque vió que los ojos del _langur_ estaban preñados de cosas que no podía decir. Como no sea que alguno de tu casta haya caído en una trampa (y aquí no las pone nadie) no estoy dispuesto á salir con ese tiempo. ¡Mira, hermano, hasta el _barasing_ viene aquí á buscar refugio!
Las astas del ciervo, al entrar á grandes pasos en el templo, chocaron contra la grotesca estatua de Kali. Bajólas en dirección de Purun Bhagat y pateó como sintiéndose violento, resoplando con fuerza por las contraídas narices.
--¡Ea! ¡Ea! ¡Ea! exclamó el Bhagat haciendo castañetear los dedos. ¿Este es el pago que me das por hospedarte una noche?
Pero el ciervo lo empujó hacia la puerta, y, al hacer esto, oyó Purun Bhagat el ruido de algo que se abría y vió dos losas del suelo separarse una de otra, mientras la pegajosa tierra formaba una boca cuyos labios se apartaban con un chasquido.
--Ya lo veo, ya, ahora, dijo Purun Bhagat. No es extraño que mis hermanos no se sentaran alrededor del fuego esta noche. La montaña se hunde. Y, sin embargo... ¿á qué marcharme?
Fijó los ojos sobre el cuenco vacío y la expresión de su cara cambió por completo.
--Hanme dado comida diariamente desde... desde que vine, y si no me doy prisa no quedará mañana ni un alma en todo el valle. Indudablemente, tengo el deber de ir y advertirles á todos los que en él viven lo que pasa. ¡Atrás, hermano! Déjame llegar hasta el fuego.
Retrocedió de mala gana el _barasing_ y Purun Bhagat cogió un pedazo de tea, hundiéndolo en las llamas y revolviéndolo hasta que estuvo bien encendido.
--¡Ah! ¿Vinísteis á avisarme? Pues ahora haremos algo que será aún mucho mejor, mucho mejor. Vamos afuera, y préstame tu pescuezo, hermano, porque yo no tengo más que dos pies.
Agarró al _barasing_ por la cerdosa crucera con la mano derecha, sostuvo la tea, que le servía de antorcha, con la izquierda, y salió del templo, hundiéndose en la obscuridad de la noche, que era terrible. No se sentía ni un soplo de viento, pero la lluvia apagaba casi la vacilante luz al lanzarse el gran ciervo por la pendiente, dejándose resbalar sobre las ancas. En cuanto salieron del bosque, otros de los hermanos del Bhagat se reunieron con él. Oyó, aunque no pudiera verlo, que los _langures_ se apiñaban en torno suyo, y detrás sonaba el _¡uh! ¡uh!_ de Sona. La lluvia tejió sus largas guedejas de tal modo que parecían cuerdas; el agua le salpicaba al poner los desnudos pies en el suelo, y su amarillo ropaje se le pegaba al frágil cuerpo envejecido; pero él siguió andando con firme paso, apoyándose en el _barasing_. No era ya un santón, sinó _Sir Purun Dass, K. C. I. E._, Primer Ministro de un Estado que nada tenía de pequeño, hombre acostumbrado á mandar, y que iba entonces á salvar no pocas vidas. Por el fangoso y rápido sendero descendieron juntos el Bhagat y sus hermanos hasta que las patas del ciervo tropezaron contra el muro de una era, y dió aquél un bufido, porque su olfato le indicaba que por allí estaba el Hombre. Hallábanse ya al extremo de la única y tortuosa calle de la aldea, y el Bhagat golpeó con su muleta las cerradas ventanas de la casa donde vivía el herrero, mientras la tea que le servía de antorcha llameaba al abrigo del alero de aquélla.
--¡Levantaos y á la calle! gritó Purun Bhagat, y él mismo no reconoció su propia voz, porque años hacía que no hablaba en voz alta á ningún hombre. ¡La montaña se hunde! ¡La montaña se hunde! ¡Levantaos y echaos fuera todos los que estéis en las casas!
--Es nuestro Bhagat, dijo la mujer del herrero. Viene rodeado de sus animales. ¡Recoje á los pequeños y da la voz de alarma!
Corrió ésta de casa en casa, mientras los animales apiñados en la estrecha vía chocaban unos con otros y se atropellaban en torno del Bhagat, y Sona resoplaba con impaciencia.
Precipitóse á la calle toda la gente (no eran juntos más que unas setenta personas), y, á la luz de antorchas, vieron á su Bhagat, que aguantaba, para que no se escapara, al aterrorizado _barasing_, mientras los monos se cogían con aspecto lastimoso á la ropa de aquel y Sona se sentaba y comenzaba á dar bramidos.
--¡Atravesad el valle y subid á la montaña opuesta! gritó con fuerte voz Purun Bhagat. ¡Que no se quede nadie rezagado! ¡Nosotros iremos detrás!
Corrió, entonces, la gente como sólo los montañeses son capaces de correr, porque sabían que en un hundimiento de tierras lo que había que hacer era subirse al sitio más alto, al otro lado del valle. Huyeron, lanzándose al estrecho río que había al extremo, y subieron, sin aliento casi, por los terraplenados campos del otro lado, mientras el Bhagat y sus _hermanos_ los seguían. Fueron ascendiendo por la montaña opuesta, llamándose unos á otros por su nombre (el modo de tocar llamada en la aldea), y, pisándoles los talones, subía trabajosamente el gran _barasing_, sobre el cual pesaba el cuerpo casi desfallecido de Purun Bhagat. Por fin, paróse el ciervo á la sombra de un espeso bosque de pinos, á ciento cincuenta metros de altura en la vertiente. Su instinto, que le advirtió del próximo hundimiento, díjole también que allí se hallaba seguro.
Junto á él dejóse caer casi desmayado Purun Bhagat, porque el enfriamiento ocasionado por la lluvia y aquella desesperada ascensión lo estaban matando; pero antes había dicho á los portadores de antorchas desparramados por la vanguardia:
--Paraos, y contad cuantos sois.
Luego, añadió en voz baja dirigiéndose al ciervo, al ver que las luces se agrupaban:
--Quédate conmigo, hermano. Quédate... hasta... que... me muera.
Oyóse en el aire un ruido leve como un suspiro, que se convirtió en murmullo; luego un murmullo que fué creciendo hasta parecer rugido; y el rugido traspasó todos los límites de lo que puede resistir el oido humano, y la vertiente en que los aldeanos se hallaban recibió un choque en medio de la obscuridad, retemblando sobre sus cimientos. Entonces una nota firme, profunda, clara como un _do_ grave arrancado á un órgano, sofocó todo otro ruido por espacio, quizás, de cinco minutos, y, mientras duró, hasta las mismas raíces de los pinos temblaban. Pasó, y el rumor de la lluvia, cayendo sobre innumerables metros de tierra dura y de yerba, cambióse en ahogado tamborileo del agua sobre tierra blanda. Esto sólo bastaba para explicarlo todo.
Ni un solo aldeano (ni siquiera el mismo sacerdote) tuvo suficiente valor para hablar al Bhagat, que les había salvado á todos la vida. Acurrucáronse bajo los pinos, y allí esperaron hasta que se hizo de día. Cuando llegó éste miraron á través del valle, y vieron que lo que había sido bosque, y campos de cultivo, y tierras de pasto cruzadas de senderos, era ahora informe y sucio montón, pelado, rojo, en forma de abanico, con unos pocos árboles tirados con la copa hacia abajo sobre el declive. Subía esta masa roja hasta muy arriba de la montaña donde ellos buscaron refugio, deteniendo la corriente del estrecho río, que había comenzado ya á ensancharse, formando un lago de color de ladrillo. De la aldea, del camino que conducía al templo, y aun del templo mismo y del bosque situado á su espalda, no quedaba ni rastro. En el espacio de un cuarto de legua de ancho, y á más de seiscientos metros de profundidad, todo el flanco de la montaña había materialmente desaparecido, alisado por completo de arriba abajo.
Y los aldeanos, uno á uno, se acercaron á su Bhagat, á través del bosque, sin hacer ruido, para rezar ante él. Vieron entonces al _barasing_ de pie, á su lado, y escapándose en cuanto estuvieron cerca; oyeron á los _langures_ lamentándose por entre las ramas, y á Sona quejándose tristemente montaña arriba; pero su Bhagat estaba muerto, sentado, con las piernas cruzadas, apoyada la espalda en el tronco de un árbol, la muleta bajo el sobaco, y el rostro vuelto hacia el Noroeste.
El sacerdote les dijo:
--¡Mirad: he aquí un milagro tras otro, porque precisamente en esta actitud deben ser enterrados todos los _sunnyasis_! Así, pues, donde ahora está es donde elevaremos un templo á nuestro santón.
Antes de terminarse el año había sido ya edificado ese templo (un santuario pequeño, de piedra y de fango) y llamaron á la montaña la Montaña del Bhagat, adorándolo allí y llevándole luces, flores y dádivas, lo que continúa hasta hoy. Pero lo que no saben los aldeanos es que el santo de su devoción es el difunto _Sir Purun Dass, K. C. I. E., D. C. L., Ph. D._,[17] etc., que fué un tiempo Primer Ministro del ilustrado y progresivo Estado de Mohiniwala, y miembro honorario ó correspondiente de muchas más sabias y científicas sociedades de las que se necesitan para hacer algo de provecho en este mundo...
[Ilustración]
=Canción al estilo de Kabir=[18]
Leve peso era el mundo entre sus manos, insoportable carga sus riquezas: al _guddee_ ha preferido la mortaja y cual _bairagi_[19] vaga por la tierra.
No posa ya sus pies en otra alfombra que el polvo del camino, aquel que lleva á Delhi, y en el cual sólo le guardan el _sal_ y el _kikar_ cuando el sol le quema.
Su casa es el lugar en que reposa, ya entre las gentes ó en desiertos duerma, y él prosigue su vía, aquella vía de perfección con que el _bairagi_ sueña.
Ha clavado en el Hombre su mirada y ha visto clara la verdad entera: un Dios hubo, un Dios hay: no más que uno Kabir, el gran Kabir, dijo que hubiera.
Todo el problema de la acción lo mira cual leve nube, no cual ancha niebla roja, extendida, como en otro tiempo... y él vaga, cual _bairagi_, por la tierra.
Quiere aprender á amar á sus hermanos el césped, y Dios mismo, y aun las fieras: deja el poder y la mortaja toma: (¿no oís, dice Kabir?)--_bairagi_ queda.
[Ilustración]
NOTAS:
[15] Iniciales del título: _Knight Commander of the Order of the Indian Empire_.--N. del T.
[16] _Coco de mar_ es el nombre vulgar de la _Lodoicea Secheyllarum_, planta que pertenece al género de las monocotiledóneas, familia de las palmeras. El fruto de este árbol es enorme. Del hueso hacen los indios vasijas.--N. del T.
[17] D. C. L. y Ph. D. son las iniciales de los títulos: _Doctor of Civil Law y Doctor of Philosophy_ (Doctor en Derecho Civil y Doctor en Filosofía).--N. del T.
[18] Kabir es el nombre del más original é influyente de los reformadores religiosos de la India. Es una especie de Mahoma. Aún hoy se cuentan por miles los que «siguen el camino de Kabir», y la secta que él fundó cuenta con importantes monasterios.--N. del T.
[19] Usa aquí el autor la palabra _bairagi_ en otro sentido distinto del que le da anteriormente en este mismo cuento, pero sin explicarlo, y dejándolo á la penetración del lector, como tantos otros vocablos exóticos que emplea deliberadamente.--N. del T.
[Ilustración]
LA SELVA INVASORA
Yerba, flor y enredadera, tiende sobre todo un velo: que de esa raza se borre hasta el más leve recuerdo; que cubra negra ceniza los altares y que en ellos los blancos pies de la lluvia pongan su huella en silencio; que en el campo yermo pueda tener el gamo su lecho, y nadie á asustarle vaya ni á azorar sus pequeñuelos; que los muros se derrumben por ceder al propio peso, y que ni lo sepa nadie, ni nadie en pie vuelva á verlos.
Recordaréis, si leisteis los primeros cuentos de esta obra, que después que Mowgli hubo clavado en la Peña del Consejo la piel de Shere Khan dijo á cuantos quedaban en la manada de Seeonee que, en adelante, cazaría solo en la Selva, y los cuatro hijos de Papá Lobo y de su esposa afirmaron que ellos cazarían también en su compañía. Pero no es muy fácil cambiar de vida en un momento... sobre todo en la Selva. Lo primero que hizo Mowgli cuando la manada se hubo dispersado, marchándose los que la formaban, fué irse á la cueva donde había tenido su hogar, y dormir allí durante un día y una noche. Luego, contóles á Papá Lobo y á la Mamá todo lo que creyó que podrían entender de cuantas aventuras había corrido entre los hombres, pero cuando, por la mañana, se entretuvo en hacer que el sol se reflejara en la hoja de su cuchillo (el mismo que le sirvió para desollar á Shere Khan), entonces confesaron que algo había aprendido. Luego, Akela y el _Hermano Gris_ tuvieron que contar cómo habían tomado parte en la gran embestida de los búfalos en el torrente; Baloo subió con pena la montaña para oirlo todo, y Bagheera se rascaba de gusto al ver de qué modo había Mowgli dirigido su batalla.
Rato hacía que había salido el sol, y nadie pensaba aún en irse á dormir, antes bien, de cuando en cuando, durante el relato, levantaba Mamá Loba la cabeza y olfateaba profundamente y con satisfacción cuando el viento le llevaba el olor de la piel del tigre desde la Peña del Consejo.
--Á no ayudarme Akela y el _Hermano Gris_, nada habría podido hacer, dijo Mowgli al terminar. ¡Ah, madre, madre! ¡Si hubieras visto á aquellos toros negros bajar por el torrente, ó precipitarse por las puertas de la aldea cuando me apedreaba la _manada_ de hombres!
--Me alegro de no haber visto esto último, dijo muy tiesa Mamá Loba. No entra en mis costumbres el permitir que traten á mis cachorros como si fueran chacales. Buen desquite hubiera yo tomado de la manada humana; pero perdonando á la mujer que te dió la leche. Sí, lo que es á ella la hubiera perdonado... sólo á ella.
--¡Calma, calma, Raksha! dijo perezosamente Papá Lobo. Nuestra _rana_ ha vuelto... y tan sabia que hasta su propio padre tiene que lamerle los pies... Después de esto ¿qué significa una cicatriz más ó menos en la cabeza? Deja en paz á los hombres.
Y Baloo y Bagheera juntos repitieron como un eco:
--Deja en paz á los hombres.
Mowgli, colocada la cabeza sobre uno de los lados de Mamá Loba, sonrió tranquilamente, y dijo que, por su parte, no deseaba ver ú oir á hombre alguno, ni husmearlo siquiera.
--Pero (contestó Akela levantando una oreja), pero ¿y si fueran los hombres los que no te dejaran á tí en paz, Hermanito?
--_Cinco_ somos... dijo el Hermano Gris mirando á los allí reunidos y castañeteando los dientes al pronunciar la última palabra.
--También nosotros podríamos tomar parte en la caza, añadió Bagheera sacudiendo un poco la cola y mirando á Baloo. Pero ¿por qué pensar ahora en los hombres, Akela?
--Por esta razón, contestó el Lobo Solitario: cuando la amarilla piel de ese ladrón estuvo extendida sobre la peña volví yo, siguiendo nuestra acostumbrada pista, hacia la aldea, pisando en mis mismas huellas, volviéndome de lado y echándome, para que así se perdiera el rastro, si alguien intentaba seguirnos. Pero cuando hube enmarañado de tal modo ese rastro que ni yo mismo era capaz de reconocerlo, Mang, el murciélago, llegó, vagando por entre los árboles, y se puso á revolotear en el sitio en que yo estaba. Díjome entonces:
--La aldea en que vive la manada de hombres que arrojó al _cachorro humano_ está como un avispero.