El libro de las tierras vírgenes

Part 17

Chapter 174,180 wordsPublic domain

--Hombrecito, eso no está bien que se lo digas á un Maestro de la Ley. _Nunca_ me ha visto nadie sin piel.

--Bien, yo no quise decir nada malo, Baloo; sino únicamente que tú eres, por decirlo así, como un coco con cáscara, y yo soy como uno que no la tuviera. Ahora bien, esa cáscara parda que tú tienes...

Estaba Mowgli sentado con las piernas cruzadas, razonando, como de costumbre, con el índice levantado, cuando, de pronto, alargó suavemente Bagheera una pata, y lo tiró de espaldas en el agua.

--Vamos de mal en peor, dijo la pantera negra al levantarse el muchacho farfullando algunas palabras. Primero, que hay que quitarle la piel á Baloo; luego, que es un coco... Pues mira, cuida que no haga él lo que hacen los cocos maduros.

--Y ¿qué es eso? preguntó Mowgli, á quien por un momento cogió distraído la advertencia y no la comprendió, aunque era uno de los más hábiles adivinadores de la Selva.

--Romperte la cabeza, contestó suavemente Bagheera, dándole otro empujón.

--No está bien que bromees á costa de tu maestro, dijo el oso, á la tercera vez de ir á parar Mowgli bajo el agua.

--¡No está bien! Pues ¿qué quisieras? Esa cosa desnuda, que anda corriendo siempre de aquí para allá, bromea, como los monos, con los que un tiempo fueron buenos cazadores, y nos tira de los bigotes, por juego, á los mejores de entre nosotros.

Quien así hablaba era Shere Khan, el tigre cojo, que descendía hacia el agua. Quedóse plantado un momento para disfrutar con la impresión que su vista producía á los ciervos al otro lado del río, y, luego, dejó caer la cuadrada cabeza llena de arrugas, comenzó á beber á lengüetadas, y refunfuñó:

--La Selva se ha convertido ahora en criadero de cachorros desnudos. ¡Mírame, hombrecito!

Miró Mowgli, clavó los ojos, mejor dicho, con el aire más insolente que le fué posible, y, al cabo de un instante, Shere Khan volvióse con visible malestar.

--¡Hombrecito por aquí... hombrecito por allá!... rugió sordamente, mientras seguía bebiendo. ¡Ea! El cachorro ese no es ni hombre ni cachorro, porque, de lo contrario, hubiera tenido miedo. En la estación próxima tendré yo que pedirle permiso para que me deje beber. _¡Augr!_

--Bien podría ser que ocurriera esto, dijo Bagheera mirándole fijamente en los ojos. Bien podría ser. ¡Fú! ¡Shere Khan! ¿Qué abominable cosa es ésa que ahí nos traes?

Había el tigre cojo hundido la barba y la quijada en el agua, y oscuras, oleosas rayas flotaban, á partir de donde él bebía, siguiendo corriente abajo.

--¡Un hombre! dijo fríamente Shere Khan. Hace una hora que maté á un hombre.

Y siguió murmurando y rugiendo entre dientes.

Toda la fila de animales se estremeció, moviéndose presa de agitación, y por ella comenzó á correr un murmullo que, al fin, se convirtió en grito:

--¡Un hombre! ¡Un hombre! ¡Ha matado á un hombre!

Entonces, miraron todos hacia Hathi, el elefante salvaje; pero él parecía, en aquel momento, no oir. Nunca hace nada Hathi hasta que llega la hora, y ésta es una de las razones de que su vida sea tan larga.

--¡Matar á un hombre en esta estación! ¿Es que no tenías otra caza á mano? exclamó Bagheera, saliendo del agua teñida de rojo y sacudiéndose cada pata, como un gato, al salir.

--Maté por gusto, no porque necesitara carne.

Comenzó nuevamente el murmullo de horror, y el vigilante ojillo blanco de Hathi miró en dirección de Shere Khan.

--Por gusto, repitió lentamente Shere Khan. Y ahora vengo á beber y á limpiarme. ¿Hay alguien que se oponga á ello?

La espalda de Bagheera comenzó á encorvarse como un bambú cuando sopla fuerte viento; pero Hathi levantó la trompa y habló con calma.

--¿Has matado por gusto? preguntó. Y, cuando Hathi pregunta algo, lo mejor que puede hacerse es contestarle.

--Eso es. Tenía derecho á hacerlo, porque esta noche es _mía_. Tú lo sabes, Hathi.

Shere Khan hablaba casi cortesmente.

--Sí, ya sé, contestó Hathi. Y, después de breve silencio, añadió:

--¿Has bebido todo lo que necesitabas?

--Por esta noche sí.

--Pues, márchate. El río es para beber, y no para ensuciarlo. Nadie más que el Tigre Cojo hubiera hecho gala de su derecho en esta estación en que... en que sufrimos todos... tanto los hombres como el Pueblo de la Selva. Limpio ó sucio ¡vuélvete á tu cubil, Shere Khan!

Las últimas palabras resonaron como si fueran trompetas de plata, y los tres hijos de Hathi se adelantaron cosa de un paso, aunque ninguna necesidad hubiera de ello. Escurrióse Shere Khan sin atreverse ni á dar siquiera un gruñido, porque bien sabía lo que para nadie es cosa ignorada: que en último resultado el amo de la Selva es Hathi.

--¿Qué derecho es ese de que habla Shere Khan? murmuró Mowgli al oído de Bagheera. Matar á un hombre es _siempre_ cosa vergonzosa. La Ley lo prescribe así. Y, sin embargo, dice Hathi...

--Pregúntaselo á él. Yo no lo sé Hermanito. Pero tenga ó no derecho, á no haber hablado Hathi ya le habría dado yo á ese carnicero cojo una lección. Venir á la Peña de la Paz poco después de matar á un hombre... y luego hacer gala de ello... eso es acción digna sólo de un chacal. Y además ha venido á ensuciar el agua.

Esperó Mowgli un minuto para darse ánimo, porque nadie se atrevía á hablar á Hathi directamente, y luego gritó:

--¿Cuál es el derecho que tiene Shere Khan, Hathi?

En ambas orillas hallaron eco sus palabras, porque el Pueblo de la Selva es curiosísimo, y acababan de presenciar algo que nadie, excepto Baloo, muy pensativo entonces, parecía entender.

--Es una antigua historia, dijo Hathi; una historia más vieja que la Selva. Callaos todos, en ésta y la otra orilla, y yo os la contaré.

Hubo uno ó dos minutos de barullo, pues los jabalíes y los búfalos se empujaban unos á otros, y, al fin, los que dirigían las manadas gruñeron, sucesivamente:

--Estamos esperando.

Hathi se adelantó, metiéndose, casi hasta las rodillas, en la laguna que se formaba junto á la Peña de la Paz.

Flaco y arrugado, como estaba, y con los colmillos amarillentos, su aspecto era, sin embargo, el que le correspondía: el del amo de la Selva, lo que todos sabían que era.

--«Bien sabéis, hijos míos, comenzó, que, de todas las cosas, la que más teméis es el hombre».

Oyóse un murmullo de aprobación.

--Este cuento reza contigo, Hermanito, dijo Bagheera á Mowgli.

--¿Conmigo? Yo pertenezco á la manada... soy un cazador del Pueblo Libre, contestó Mowgli. ¿Qué tengo yo que ver con los hombres?

--«¿Y no sabéis por qué le tenéis miedo al Hombre? continuó Hathi. Pues he aquí la razón: en el principio de la Selva, y nadie sabe cuando fué esto, los que de ella formábamos parte, andábamos juntos, sin sentir ningún temor unos de otros. En aquellos tiempos no había sequías, y hojas, flores y frutos crecían en el mismo árbol, no comiendo nosotros nada más que hojas, flores, yerbas, frutos y cortezas».

[Ilustración]

--Me alegro de no haber nacido en aquellos tiempos, dijo Bagheera. Las cortezas no sirven más que para afilar las garras en ellas.

--«Y el Señor de la Selva era Tha, el primer elefante. Él sacó á la Selva de las profundas aguas con su trompa; y, donde él trazó surcos en la tierra con sus colmillos, allí corren los ríos; y, donde él pegó con el pie, allí brotaron manantiales de agua potable; y cuando él hizo sonar la trompa... así... cayeron los árboles. De este modo fué hecha la Selva por Tha; y de esta suerte me contaron á mí el cuento».

--Pues no ha perdido nada en el tamaño al pasar de boca en boca, murmuró Bagheera, y Mowgli se tapó la cara con la mano para que no le vieran reir.

--«En aquellos tiempos no había trigo, ni melones, ni pimienta, ni cañas de azúcar, ni había tampoco chozas como las que todos vosotros habéis visto, y el Pueblo de la Selva no sabía una palabra del Hombre, y vivía en común, formando un solo pueblo. Pero, á poco empezaron las disputas por la comida, aunque hubiera pastos suficientes para todos. Eran unos holgazanes. Cada uno de ellos quería comer donde estaba echado, como, á veces, podemos hacer nosotros cuando las lluvias de la primavera son abundantes. Tha, el primer elefante, andaba ocupado creando nuevas selvas y encauzando ríos. No podía estar en todas partes, y, así, nombró al primer tigre dueño y juez de la Selva, con la obligación de que dirimiera todas las cuestiones que el Pueblo tenía el deber de someter á su juicio. En aquellos tiempos el primer tigre comía fruta y yerba, como todos los demás. Tenía igual tamaño que yo y era hermosísimo, todo él del color de las flores de _la enredadera amarilla_. No había rayas en su piel, en aquellos felices tiempos en que la Selva era joven. El Pueblo de la Selva en masa acudió ante él sin ningún temor, y su palabra era para todos la Ley. Acordaos de que os he dicho que no formábamos entonces más que un sólo pueblo.

Pero una noche hubo una disputa entre dos gamos (una pendencia por cuestión de pastos, como las que hoy solventáis con los cuernos y las patas), y dicen que, al hablar, ambos á la vez, ante el primer tigre, que estaba echado entre las flores, uno de los gamos le empujó con los cuernos, y el primer tigre se olvidó entonces de que era el dueño y el juez de la Selva, y, saltando sobre el gamo, le rompió el pescuezo.

Hasta aquella noche, ninguno de nosotros había muerto, y el primer tigre, al ver lo que había hecho, y enloquecido por el olor de la sangre, huyó hacia los pantanos del Norte, y nosotros, los de la Selva, al quedarnos sin juez, dimos en luchar unos con otros, y Tha que oyó el ruido, volvió entonces. Dijímosle unos esto, y otros lo otro; pero él vió al gamo muerto entre las flores, y preguntó quién lo había matado, y nosotros, los de la Selva, no quisimos decírselo, porque el olor de la sangre nos había enloquecido también. Corrimos de un lado á otro formando círculos, brincando, dando gritos y sacudiendo la cabeza. Entonces Tha dió á los árboles que tenían ramas bajas y á las enredaderas de la Selva la orden de que marcaran al matador del gamo de modo que él pudiera reconocerlo, y añadió:

--¿Quién quiere ser, ahora, dueño del Pueblo de la Selva?

Saltó en seguida el mono gris, que vive entre las ramas, y dijo:

--Yo quiero ser dueño de la Selva.

Rióse Tha al oirlo, y contestó:

--Así sea.

Después de lo cual marchóse de muy mal humor.

Hijos míos, ya conocéis al mono gris. Era entonces lo que es ahora. Al principio tuvo toda la compostura de un sabio; pero, al cabo de poco tiempo, comenzó á rascarse y á saltar, y, cuando Tha volvió, hallóle colgando, cabeza abajo, de una rama, burlándose de los que estaban en el suelo, y éstos, á su vez, se burlaban de él. Así pues, no había Ley en la Selva... sino únicamente estúpida charla y palabras sin sentido.

Entonces Tha nos llamó á todos y dijo:

--El primero de vuestros dueños trajo á la Selva la Muerte, y el segundo la Vergüenza. Pues bien: ya es hora de que tengáis una Ley, y una Ley á la que no podáis faltar. Ahora conoceréis al Miedo, y, una vez lo hayáis conocido, sabréis que él es vuestro amo, y todo lo demás vendrá por sí solo. Entonces nosotros, los de la Selva, dijimos:

--¿Qué es miedo?

Y Tha contestó:

--Buscadlo hasta que lo encontréis.

Fuimos, por lo tanto, de un lado á otro de la Selva buscando al Miedo, y de pronto los búfalos...

--¡Uf! dijo Mysa, el que dirigía á los búfalos, desde el banco de arena en que se hallaban.

--«Sí, Mysa, eran los búfalos. Volvieron, pues, con la noticia de que en una caverna, en la Selva, estaba sentado el Miedo, y de que no tenía pelo en el cuerpo, caminando sólo con las patas posteriores. Entonces, nosotros, los de la Selva, seguimos al rebaño hasta llegar á aquella caverna, y allí estaba el Miedo, de pie en la entrada, y tenía, como habían dicho los búfalos, la piel desnuda de pelo, y caminaba sólo con las piernas de atrás. Al vernos gritó, y su voz nos llenó de temor, del temor que nos inspira hoy esa voz cuando la oimos, y nosotros, entonces, atropellándonos unos á otros y haciéndonos daño, huímos, porque teníamos miedo. Aquella noche (así me lo dijeron), los de la Selva no nos echamos ya juntos como solíamos, sino que cada tribu fué por sí sola... el jabalí con el jabalí, el ciervo con el ciervo; cuernos con cuernos, cascos con cascos..., cada uno con su semejante, y así se acostaron todos en la selva, presa de agitación.

El único que no estaba con nosotros era el primer tigre, porque se ocultaba aún en los pantanos del Norte, y, cuando llegó hasta él el rumor de lo que habíamos visto en la caverna, dijo:

--Iré á donde está _eso_, y le romperé el cuello.

Corrió, pues, toda la noche hasta llegar á la caverna; pero los árboles y las enredaderas que hallaba al paso, recordando la orden que les había dado Tha, bajaron sus ramas y tallos y marcaron su piel mientras corría, dibujando las huellas de sus dedos en la espalda, costados, frente y quijadas del tigre. En cualquier sitio que lo tocaran quedaba una mancha y una raya sobre la amarilla piel. _¡Y éstas rayas son las que aun hoy llevan sus hijos!_ Cuando llegó á la caverna, el Miedo, _el de la piel desnuda_, tendió la mano y le llamó _el rayado, el cazador nocturno_, y el primer tigre sintió miedo ante _el de la piel desnuda_, y se volvió, rugiendo, á los pantanos».

Al llegar aquí, Mowgli se rió disimuladamente, hundida su barba en el agua.

--«Tan fuertes eran los rugidos que llegó á oirlos Tha y dijo:

--¿Qué desgracia ocurre?

Y el primer tigre, levantando el hocico al cielo, recién hecho entonces y tan viejo ahora, dijo:

--¡Oh, Tha! Devuélveme mi antiguo poder. Ante toda la Selva me avergonzaste, llegué á huir de quien tiene la piel desnuda, y aun me ha llamado lo que es para mí un oprobio.

--¿Y por qué? dijo Tha.

--Porque voy manchado con el fango de los pantanos.

--Nada, pues; revuélcate luego sobre la yerba mojada, y, si es fango, limpio quedarás de él, dijo Tha. Y el primer tigre nadó, y revolcóse cien y cien veces sobre la yerba, hasta que le pareció que la Selva comenzaba á dar vueltas y más vueltas ante su vista; pero ni una sola rayita de su piel cambió en lo más mínimo, y Tha, que lo estaba observando, se rió. Entonces, dijo el primer tigre:

--¿Qué he hecho yo para que me ocurra tal cosa?

Á lo que contestó Tha:

--Diste muerte á un gamo; con ello tuvo franca entrada en la Selva la Muerte, y con la Muerte vino el Miedo, hasta el punto de que las gentes de la Selva se temen ya unos á otros, de la propia suerte que le temes tú _al de la piel desnuda_.

El primer tigre dijo á esto:

--Á mí no me tendrán miedo nunca, porque los conocí desde el principio.

Repuso Tha:

--Anda á verlo.

Y el primer tigre corrió de un lado á otro llamando á voces al ciervo, al jabalí, al _sambhur_, al puerco espín y á todos los Pueblos de la Selva, y todos huyeron de él, que había sido su juez, porque le tenían miedo.

Volvióse entonces el primer tigre, vencido su orgullo, y dando de cabezadas contra el suelo, desgarró la tierra con sus uñas, replicando:

--Acuérdate que hubo un tiempo en que fuí el dueño de la Selva. ¡No me olvides, Tha! ¡Permite que mis hijos recuerden que algún día no supe lo que era vergüenza, ni lo que era miedo!

Y Tha le contestó:

--He aquí lo que por tí haré, porque tú y yo juntos vimos nacer la Selva. Por espacio de una noche cada año, las cosas volverán á ser lo que fueron antes de que muriera el gamo... y esto no será más que para tí y tus hijos. Durante aquella noche, si tropiezas con _el de la piel desnuda_ (y su nombre es _el Hombre_) no le temerás tú á él, sino que él te temerá á tí, como si tú y los tuyos fuerais jueces de la Selva y dueños de todas las cosas. Ten misericordia de él esta noche cuando le veas atemorizado, porque también tú conoces al Miedo.

Entonces contestó el primer tigre:

--Contento estoy.

Pero cuando, poco después, fué á beber, y vió las rayas negras sobre sus costillas é ijadas, cuando se acordó del nombre que _el de la piel desnuda_ le había dado, entonces se encolerizó. Durante un año vivió en los pantanos, esperando á que Tha cumpliera su promesa. Una noche, al fin, cuando _el Chacal de la Luna_ (la estrella vespertina) brilló con clara luz sobre la Selva, sintió él que su noche había llegado, y fuése á la caverna en busca de _el de la piel desnuda_. Ocurrieron, entonces, las cosas como Tha había ofrecido, porque aquél cayó ante la fiera y se quedó en el suelo tendido, y el primer tigre le hirió, rompiéndole el espinazo, porque creyó que en toda la Selva no había más que uno de estos seres, y que matándole á él había dado muerte al Miedo. Entonces, mientras olfateaba al muerto, oyó á Tha que descendía de los bosques del Norte, y á poco la voz del primer elefante, que es la voz que oimos también ahora...»

Retumbaba el trueno por las secas colinas; pero no trajo con él la lluvia (sino únicamente relámpagos de calor que temblaban por detrás de la cordillera) y Hathi continuó:

--«He aquí la voz que oyó, y la voz decía:

--¿Es ésta la misericordia que tú muestras?

El primer tigre se relamió contestando:

--¿Qué importa? He muerto al Miedo.

Y replicóle Tha:

--¡Ah, ciego y loco! Le has quitado á la Muerte las cadenas que detenían sus pies, y ella seguirá tus huellas hasta que mueras. Tú enseñaste al hombre á matar.

El primer tigre, erguido junto al cadáver, dijo entonces:

--Está como estaba el gamo. Ya no existe el Miedo. Ahora juzgaré de nuevo á los Pueblos de la Selva.

Mas respondió Tha:

--Jamás volverán á buscarte los Pueblos de la Selva. Nunca cruzarán tu camino, ni dormirán cerca de tí, ni seguirán tus pasos, ni pacerán junto á tu cubil. Sólo el Miedo te seguirá, y con invisibles golpes te hará estar á merced suya. Él hará que la tierra se abra bajo tus pies; que la enredadera se enrosque á tu cuello; que los troncos de los árboles crezcan en grupos frente á tí, á mayor altura de la que tú puedes saltar; y, al fin, echará mano de tu piel para envolver á sus cachorros cuando tengan frío. Tú no le has tenido misericordia, y ninguna, tampoco, te tendrá él á tí.

Sintióse el primer tigre lleno de audacia, porque _su noche_ no había pasado aún, y dijo:

--Lo prometido es deuda para Tha. ¿Me privará él de mi noche?

Y contestóle Tha:

--La noche que te concedí es tuya, como te dije; pero tienes que pagar algo por ella. Tú enseñaste al Hombre á matar, y él es discípulo que pronto aprende.

Continuó el primer tigre:

--Aquí está, bajo mi garra, y con el espinazo roto. Haz saber á la Selva que yo maté al Miedo.

Rióse entonces Tha, y dijo:

--Has matado á uno de tantos; pero tú mismo se lo contarás á la Selva... porque tu noche ha terminado ya.

Entonces se hizo de día, y de la boca de la caverna salió otro de _los de la piel desnuda_, vió el cadáver en el camino y al primer tigre sobre él, y cogió un bastón puntiagudo...»

--Ahora arrojan unas cosas cortantes; dijo Ikki bajando á la orilla y haciendo ruido con sus púas, porque Ikki era considerado como manjar muy fino por los gondos[14] (que le llamaban _Ho-Iggoo_) y algo sabía él del hacha malvada, pequeñita, que hacen girar rápidamente, á través de un claro en el bosque, como si fuera un _caballito del diablo_.

--«Era un bastón puntiagudo, como los que ponen en el fondo de los hoyos que sirven de trampa, dijo Hathi, y arrojándolo hirió al primer tigre en el costado. Así, ocurrieron las cosas tal como había dicho Tha, porque el tigre fué corriendo por la Selva dando rugidos, hasta que logró arrancarse el palo aquel, y todos supieron que _el de la piel desnuda_ podía herir á distancia, por lo cual le temieron más que antes. Así, también, vino á resultar que el primer tigre enseñó _al de la piel desnuda_ á matar (y ya sabéis el daño que ha causado esto, desde entonces, á todos nuestros pueblos) por medio de lazos, de trampas y de bastones que vuelan, y por medio de la mosca de punzante aguijón que sale del humo blanco (Hathi aludía aquí al rifle), y de la Flor Roja, que nos obliga á huir hacia el terreno abierto y despejado. Y, sin embargo, una noche durante cada año, _el de la piel desnuda_ teme al tigre, como Tha prometió que sucedería, y nunca la fiera le ha dado motivo para perder ese miedo. Donde lo encuentra lo mata, acordándose de la vergüenza por que tuvo que pasar el primer tigre. Durante el resto del año, el Miedo se pasea por la Selva lo mismo de día que de noche».

--_¡Ahi! ¡Au!_ dijo el ciervo, pensando en lo que todo esto significaba para ellos.

--«Y sólo cuando un gran Miedo se cierne sobre todas las cosas, como ocurre ahora, podemos los de la Selva dejar á un lado todos nuestros temores de poca monta y juntarnos en un mismo sitio, como actualmente hacemos».

--¿Nada más que durante una noche le tiene miedo el Hombre al Tigre? dijo Mowgli.

--«Sólo durante una noche, contestó Hathi».

--Pero yo... pero vosotros... pero toda la Selva sabe que Shere Khan mata hombres dos y tres veces en lo que dura una misma luna.

--«Así es. _Entonces_ ataca por la espalda y vuelve la cabeza al saltar, porque está lleno de miedo... Si el Hombre llegara á mirarlo, el tigre echaría á correr. Pero durante la noche que es _suya_ va á cara descubierta hacia el pueblo, se pasea entre las filas de casas y asoma la cabeza á las puertas, y los hombres caen entonces de cara al suelo y allí es dónde y cuando mata él. Una muerte durante aquella noche».

--¡Ah! dijo entre sí Mowgli, revolcándose en el agua. _Ahora_ comprendo por qué Shere Khan me retó á que le mirara. No ganó mucho con ello, porque no pudo resistir mi mirada, y... y yo la verdad es que no caí á sus pies. Pero hay que tener en cuenta que yo no soy un hombre, pues pertenezco al Pueblo Libre.

--¡Je! exclamó Bagheera desde lo más profundo de su garganta. ¿Sabe el tigre cual es _su noche_?

--«Nunca hasta que el Chacal de la Luna brilla claramente, elevándose por encima de la niebla vespertina. Cae á veces en la sequía del verano y á veces en la época de las lluvias... esa noche del tigre. Pero, á no ser por el primero, nunca hubiera ocurrido nada de eso, ni ninguno de nosotros hubiera conocido el miedo».

Gimió tristemente el ciervo, y los labios de Bagheera se movieron para sonreir con una sonrisa irónica.

--¿Saben los hombres este cuento? preguntó.

--«Nadie lo sabía más que los tigres, y nosotros, los elefantes... los hijos de Tha. Ahora ya lo sabéis, también, todos los que estáis por ahí en las lagunas. _He dicho._»

Hundió Hathi la trompa en el agua, como demostrando que no quería hablar más.

--Pero... pero... pero... dijo Mowgli, volviéndose hacia Baloo, ¿por qué el primer tigre no siguió comiendo yerba, hojas y árboles? Después de todo, no hizo más que romperle el pescuezo al gamo: no lo devoró. ¿Qué es lo que le hizo aficionarse á comer carne caliente?

--Los árboles y las enredaderas le llenaron el cuerpo de señales, Hermanito, é hicieron de él esa cosa rayada que hoy vemos. Nunca más quiso él comer sus frutos, sino que desde aquel día vengó la afrenta en el ciervo, y en los demás que son de _los que comen yerba_, contestó Baloo.

--Pues entonces _tú_ sabías también el cuento ¿eh? ¿Cómo no te lo oí nunca?

--Porque la Selva está llena de cuentos así. Si empezara á contártelos no acabaría nunca. Vamos, suéltame la oreja, Hermanito.

[Ilustración]

=La Ley de la Selva=

(Sólo con el fin de dar idea de la inmensa variedad de la Ley de la Selva he traducido en verso porque Baloo los recitaba siempre como una especie de cantinela) algunos de los preceptos relativos á los lobos. Por supuesto que existen aún no pocos centenares parecidos; pero bastarán éstos como muestra de los más sencillos).

He aquí la Ley que en nuestra Selva rige, y que es antigua como el mismo cielo; prosperarán los lobos que la cumplan, mas aquél que la infrinja será muerto.

Cual planta trepadora envuelve al árbol así á todos la Ley nos tiene envueltos; porque el lobo da fuerza á la manada, mas la manada á él fuerte le ha hecho.

Del hocico á la cola cada día lávate, y bebe siempre sin exceso, pero no escasamente, y no lo olvides, da la noche á la caza, el día al sueño.