El libro de las mil noches y una noche; t. 8

Part 4

Chapter 44,046 wordsPublic domain

Luego añadí: «Cuando se puso en movimiento la ballena á causa del fuego que encendieron en su lomo, yo fuí de los que no pudieron ganar tu navío y cayeron al agua. Pero me salvé gracias á la cubeta de madera que habían transportado los mercaderes para lavar allí su ropa. Efectivamente, me puse á horcajadas sobre aquella cubeta y agité los píes á manera de remos. ¡Y sucedió lo que sucedió con la venia del Ordenador!»

Y conté al capitán cómo pude salvarme y á través de cuántas vicisitudes había llegado á ejercer las altas funciones de escriba marítimo al lado del rey Mihraján.

Al escucharme el capitán, exclamó: «¡No hay recursos y poder mas que en Alah el Altísimo, el Omnipotente!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 294.ª NOCHE

Ella dijo:

»...¡No hay recursos y poder mas que en Alah el Altísimo, el Omnipotente! ¡Ya no queda conciencia ni honradez en ninguna criatura de este mundo! ¿Cómo osas afirmar que eres Sindbad el Marino, ¡oh escriba astuto! cuando todos nosotros le vimos por nuestros propios ojos ahogarse con los demás mercaderes? ¡Vergüenza sobre ti por mentir con impudicia tanta!»

Entonces le contesté: «¡Cierto, ¡oh capitán! que la mentira es la renta de los bellacos! ¡Pero escúchame, porque voy á probarte que soy Sindbad el ahogado!» Y conté al capitán diversos incidentes que sólo conocíamos él y yo, y que sobrevinieron durante aquella maldita travesía. El capitán entonces no dudó ya de mi identidad y llamó á los que iban en el barco, y todos me felicitaron por mi salvamento, y me dijeron: «¡Por Alah, no podemos creer que lograras librarte de perecer ahogado! ¡Alah te concedió una segunda vida!»

Tras de lo cual apresuróse el capitán á devolverme mis mercancías, que yo hice transportar al zoco en el mismo momento, después de asegurarme de que no faltaba nada y de que todavía aparecían en los fardos mi nombre y mi sello.

Una vez en el zoco, abrí mis fardos y vendí mis mercancías con un beneficio de ciento por uno; pero tuve cuidado de reservarme algunos objetos de valor, que me apresuré á ofrecer como presente al rey Mihraján.

Le relaté la llegada del capitán del navío, y el rey asombróse en extremo de este acontecimiento inesperado, y como me quería mucho, no quiso ser menos amable que yo, y á su vez me hizo regalos inestimables que contribuyeron no poco á enriquecerme completamente. Porque yo me di prisa á vender todo aquello, realizando así una fortuna considerable que transporté á bordo del mismo navío donde había emprendido antes mi viaje.

Efectuado esto, fuí á palacio para despedirme del rey Mihraján y darle gracias por todas sus generosidades y por su protección. Me despidió con frases muy conmovedoras, y no me dejó partir sin haberme ofrecido aún más presentes suntuosos y objetos de valor, que ya no me decidí á vender, y que, por cierto, estáis viendo ahora en esta sala, ¡oh mis honorables invitados! Tuve igualmente cuidado de llevar conmigo por todo equipaje los perfumes que estáis aspirando aquí, madera de áloe, alcanfor, incienso y sándalo, productos de aquella isla lejana.

Subí en seguida á bordo, y á poco dióse á la vela el navío con la autorización de Alah. Porque nos favoreció la Fortuna y nos ayudó el Destino en aquella travesía, que duró días y noches, y por último, una mañana llegamos con salud á la vista de Bassra, donde no nos detuvimos mas que muy escaso tiempo para ascender por el río y entrar al fin, con el alma regocijada, en la ciudad de paz, Bagdad, mi tierra.

Cargado de riquezas y con la mano pronta para las dádivas, llegué á mi calle así, y entré en mi casa, donde volví á ver con buena salud á mi familia y á mis amigos. Y al punto compré gran cantidad de esclavos de uno y otro sexo, mamalik, mujeres hermosas, negros, tierras, casas y propiedades, como no tuve nunca, ni aun cuando murió mi padre.

Con esta nueva vida olvidé las vicisitudes pasadas, las penas y los peligros sufridos, la tristeza del destierro, los sinsabores y fatigas del viaje. Tuve amigos numerosos y deliciosos, y durante largo tiempo viví una vida llena de agrado y de placeres y exenta de preocupaciones y molestias, disfrutando con toda mi alma de cuanto me gustaba y comiendo manjares admirables y bebiendo bebidas deliciosas.

¡Y tal es el primero de mis viajes!

Pero mañana, si Alah quiere, os contaré, ¡oh invitados míos! el segundo de los siete viajes que emprendí, y que es bastante más extraordinario que el primero.»

* * * * *

Y Sindbad el Marino se encaró con Sindbad el Cargador y le rogó que cenase con él. Luego, tras de haberle tratado con mucho miramiento y afabilidad, hizo que le entregaran mil monedas de oro, y antes de despedirle le invitó á volver al día siguiente, diciéndole: «¡Para mí, tu urbanidad será siempre un placer y tus buenos modales una delicia!» Y contestó Sindbad el Cargador: «¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Obedezco con respeto! ¡Y sea continua en tu casa la alegría, ¡oh señor mío!»

Salió entonces de allí, después de dar las gracias y llevarse consigo el regalo que acababa de recibir, y retornó á su hogar, maravillándose hasta el límite de la maravilla, y pensó toda la noche en lo que acababa de escuchar y de experimentar.

Así es que en cuanto amaneció apresuróse á volver á casa de Sindbad el Marino...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 295.ª NOCHE

Ella dijo:

...apresuróse á volver á casa de Sindbad el Marino, que le recibió con aire afable, y le dijo: «¡Séate cosa fácil la amistad aquí! ¡Y la confianza sea contigo!» Y el cargador quiso besarle la mano, y al ver que Sindbad no consentía en ello, le dijo: «¡Dilate Alah tus días y consolide sobre ti sus beneficios!» Y como ya habían llegado los demás invitados, comenzaron por sentarse en torno del mantel extendido en que vertían su grasa los corderos asados y se doraban los pollos rellenos deliciosamente con pastas de alfónsigos, de nueces y de uvas. Y comieron, y bebieron, y se divirtieron, y se regalaron el espíritu y el oído escuchando cantar á los instrumentos bajo los dedos expertos de sus tañedores.

Cuando acabaron, habló Sindbad en estos términos, en medio del silencio de los convidados:

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La segunda historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del segundo viaje

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«Verdaderamente disfrutaba de la más sabrosa vida, cuando un día entre los días asaltó mi espíritu la idea de los viajes por las comarcas de los hombres; y de nuevo sintió mi alma con ímpetu el anhelo de correr y gozar con la vista el espectáculo de tierras é islas, y mirar con curiosidad cosas desconocidas, sin descuidar jamás la compra y venta por diversos países.

Hice hincapié en este proyecto, y me dispuse á ejecutarlo en seguida. Fuí al zoco, donde, mediante una importante suma de dinero, compré mercancías apropiadas al tráfico que pretendía explotar; las acondicioné en fardos sólidos y las transporté á la orilla del agua, no tardando en descubrir un navío hermoso y nuevo, provisto de velas de buena calidad y lleno de marineros, y de un conjunto imponente de maquinarias de todas formas. Su aspecto me inspiró confianza, y transporté á él mis fardos inmediatamente, siguiendo el ejemplo de otros varios mercaderes conocidos míos, y con los que no me disgustaba hacer el viaje.

Partimos aquel mismo día, y tuvimos una navegación excelente. Viajamos de isla en isla y de mar en mar durante días y noches, y á cada escala íbamos en busca de los mercaderes de la localidad, y de los notables, y de los vendedores, y de los compradores, y vendíamos y comprábamos, y verificábamos cambios ventajosos. Y de tal suerte continuábamos navegando, y nuestro destino nos guió á una isla muy hermosa, cubierta de frondosos árboles, abundante en frutas, rica en flores, habitada por el canto de los pájaros, regada por aguas puras, pero absolutamente virgen de toda vivienda y de todo ser humano.

El capitán accedió á nuestro deseo de detenernos unas horas allí, y echó el ancla junto á tierra. Desembarcamos en seguida, y fuimos á respirar el aire grato en las praderas sombreadas por árboles donde holgábanse las aves. Llevando algunas provisiones de boca, fuí á sentarme á orillas de un arroyo de agua límpida, resguardado del sol por ramajes frondosos, y tuve un placer extremado en comer un bocado y beber de aquella agua deliciosa. Por si eso fuera poco, una brisa suave modulaba dulces acordes é invitaba al reposo absoluto. Así es que me tendí en el césped, y dejé que se apoderara de mí el sueño en medio de la frescura y los aromas del ambiente.

Cuando desperté no vi ya á ninguno de los pasajeros, y el navío había partido sin que nadie se enterase de mi ausencia. En vano hube de mirar á derecha y á izquierda, adelante y atrás, pues no distinguí en toda la isla á otra persona que á mí mismo. A lo lejos se alejaba por el mar una vela que muy pronto perdí de vista.

Entonces quedé sumido en un estupor sin igual é insuperable; y sentí que mi vejiga biliar estaba á punto de estallar de tanto dolor y tanta pena. Porque ¿qué podía ser de mí en aquella isla, habiendo dejado en el navío todos mis efectos y todos mis bienes? ¿Qué desastre iba á ocurrirme en esta soledad desconocida? Ante tan desconsoladores pensamientos, exclamé: «¡Pierde toda esperanza, Sindbad el Marino! ¡Si la primera vez saliste del apuro merced á circunstancias suscitadas por el Destino propicio, no creas que ocurrirá lo mismo siempre, pues, como dice el proverbio, _se rompe el jarro cuando se cae dos veces_!

En tal punto me eché á llorar, gimiendo, lanzando luego gritos espantosos, hasta que la desesperación se apoderó por completo de mi corazón. Me golpeé entonces la cabeza con las dos manos, y exclamé todavía: «¿Qué necesidad tenías de viajar ¡oh miserable! cuando en Bagdad vivías entre delicias? ¿No poseías manjares excelentes, líquidos excelentes y trajes excelentes? ¿Qué te faltaba para ser dichoso? ¿No fué próspero tu primer viaje?» Entonces me arrojé al suelo de bruces, llorando ya la propia muerte, y diciendo: «¡Pertenecemos á Alah y hemos de tornar á él!» Y aquel día creí volverme loco.

Pero como por último comprendí que eran inútiles todos mis lamentos y mi arrepentimiento demasiado tardío, hube de conformarme con mi destino. Me erguí sobre mis piernas, y tras de haber andado algún tiempo sin rumbo, tuve miedo de un encuentro desagradable con cualquier animal salvaje ó con un enemigo desconocido, y trepé á la copa de un árbol, desde donde me puse á observar con más atención á derecha y á izquierda; pero no pude distinguir otra cosa que el cielo, la tierra, el mar, los árboles, los pájaros, la arena y las rocas. Sin embargo, al fijarme más atentamente en un punto del horizonte, me pareció distinguir un fantasma blanco y gigantesco. Entonces me bajé del árbol, atraído por la curiosidad; pero, paralizado de miedo, fuí avanzando muy lentamente y con mucha cautela hacia aquel sitio. Cuando me encontré más cerca de la masa blanca, advertí que era una inmensa cúpula, de blancura resplandeciente, ancha de base y altísima. Me aproximé á ella más aún y la di por completo la vuelta; pero no descubrí la puerta de entrada que buscaba. Entonces quise encaramarme á lo alto; pero era tan lisa y tan escurridiza, que no tuve destreza, ni agilidad, ni posibilidad de ascender. Hube de contentarme, pues, con medirla; puse una señal sobre la huella de mi primer paso en la arena y de nuevo la di la vuelta contando mis pasos. Por este procedimiento supe que su circunferencia exacta era de cincuenta pasos, más bien más que menos.

Mientras reflexionaba sobre el medio de que me valdría para dar con alguna puerta de entrada ó salida de la tal cúpula, advertí que de pronto desaparecía el sol y que el día se tornaba en una noche negra. Primero lo creí debido á cualquier nube inmensa que pasase por delante del sol, aunque la cosa fuera imposible en pleno verano. Alcé, pues, la cabeza para mirar la nube que tanto me asombraba, y vi un pájaro enorme, de alas formidables, que volaba por delante de los ojos del sol, esparciendo la obscuridad sobre la isla.

Mi asombro llegó entonces á sus límites extremos, y me acordé de lo que en mi juventud me habían contado viajeros y marineros acerca de un pájaro de tamaño extraordinario, llamado «rokh», que se encontraba en una isla muy remota y que podía levantar un elefante. Saqué entonces como conclusión que el pájaro que yo veía debía ser el rokh, y la cúpula blanca á cuyo pie me hallaba debía ser un huevo entre los huevos de aquel rokh. Pero, no bien me asaltó esta idea, el pájaro descendió sobre el huevo y se posó encima como para empollarle. ¡En efecto, extendió sobre el huevo sus alas inmensas, dejó descansando á ambos lados en tierra sus dos patas, y se durmió encima! (¡Bendito Él que no duerme en toda la eternidad!)

Entonces, yo, que me había echado de bruces en el suelo, y precisamente me encontraba debajo de una de las patas, la cual me pareció más gruesa que el tronco de un árbol añoso, me levanté con viveza, desenrollé la tela de mi turbante...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 296.ª NOCHE

Ella dijo:

...me levanté en seguida, desenrollé la tela de mi turbante, y luego de doblarla, la retorcí para servirme de ella como de una soga. La até sólidamente á mi cintura y sujeté ambos cabos con un nudo resistente á un dedo del pájaro. Porque me dije para mí: «Este pájaro enorme acabará por remontar el vuelo, con lo que me sacará de esta soledad y me transportará á cualquier punto donde pueda ver seres humanos. ¡De cualquier modo, el lugar en que caiga será preferible á esta isla desierta, de la que soy el único habitante!»

¡Eso fué todo! ¡Y á pesar de mis movimientos, el pájaro no se cuidó de mi presencia más que si se tratara de alguna mosca sin importancia ó alguna humilde hormiga que por allí se pasease!

Así permanecí toda la noche, sin poder pegar ojo por temor de que el pájaro echase á volar y me llevase durante mi sueño. Pero no se movió hasta que fué de día. Sólo entonces se quitó de encima de su huevo, lanzó un grito espantoso y remontó el vuelo, llevándome consigo. Subió y subió tan alto, que creí tocar la bóbeda del cielo; pero de pronto descendió con tanta rapidez, que ya no sentía yo mi propio peso, y abatióse conmigo en tierra firme. Se posó en un sitio escarpado, y yo, en seguida, sin esperar más, me apresuré á desatar el turbante, con un gran terror de ser izado otra vez antes de que tuviese tiempo de librarme de mis ligaduras. Pero conseguí desasirme sin dificultad, y después de estirar mis miembros y arreglarme el traje, me alejé apresuradamente hasta hallarme fuera del alcance del pájaro, á quien de nuevo vi elevarse por los aires. Llevaba entonces en sus garras un enorme objeto negro, que no era otra cosa que una serpiente de inmensa longitud y de forma detestable. No tardó en desaparecer, dirigiendo hacia el mar su vuelo.

Conmovido en extremo por cuanto acababa de ocurrirme, lancé una mirada en torno de mí y quedé inmóvil de espanto. Porque me encontraba en un valle ancho y profundo, rodeado por todas partes de montañas tan altas, que para medirlas con la vista tuve que alzar de tal modo la cabeza, que rodó por mi espalda mi turbante al suelo. ¡Además, eran tan escarpadas aquellas montañas, que se hacía imposible subir por ellas, y juzgué inútil toda tentativa en tal sentido!

Al darme cuenta de ello no tuvieron límite mi desolación y mi desesperación, y me dije: «¡Ah, cuánto más hubiérame valido no abandonar la isla desierta en que me hallaba y que era mil veces preferible á esta soledad desolada y árida, donde no hay nada que comer ni beber! ¡Allí, al menos, había frutas que llenaban los árboles y arroyos de agua deliciosa; pero aquí sólo rocas hostiles y desnudas, para morir de hambre y de sed! ¡Qué calamidad! ¡No hay recurso y poder mas que en Alah el Omnipotente! ¡Cada vez que escapo de una catástrofe, es para caer en otra peor y definitiva!»

En seguida me levanté del sitio en que me encontraba y recorrí aquel valle para explorarle un poco, observando que estaba enteramente creado con rocas de diamante. Por todas partes á mi alrededor aparecía sembrado el suelo de diamantitos desprendidos de la montaña y que en ciertos sitios formaban montones de la altura de un hombre.

Comenzaba yo á mirarlos ya con algún interés, cuando me inmovilizó de terror un espectáculo más espantoso que todos los horrores experimentados hasta entonces. Entre las rocas de diamante vi circular á sus guardianes, que eran innumerables serpientes negras, más gruesas y mayores que palmeras, y cada una de las cuales muy bien podría devorar á un elefante grande. En aquel momento comenzaban á meterse en sus antros; porque durante el día se ocultaban para que no las cogiese su enemigo el pájaro rokh, y únicamente salían de noche.

Entonces intenté con precauciones infinitas alejarme de allí, mirando bien dónde ponía los pies y pensando desde el fondo de mi alma: «¡He aquí lo que ganaste á trueque de haber querido abusar de la clemencia del Destino, ¡oh Sindbad! hombre de ojos insaciables y siempre vacíos!» Y presa de un cúmulo de terrores, continué en mi caminar sin rumbo por el valle de diamantes, descansando de vez en cuando en los parajes que me parecían más resguardados, y así estuve hasta que llegó la noche.

Durante todo aquel tiempo me había olvidado por completo de comer y beber, y no pensaba mas que en salir del mal paso y en salvar de las serpientes mi alma. Y he aquí que acabé por descubrir, junto al lugar en que me dejé caer, una gruta cuya entrada era muy angosta, aunque suficiente para que yo pudiese franquearla. Avancé, pues, y penetré en la gruta, cuidando de obstruir la entrada con un peñasco que conseguí arrastrar hasta allí. Seguro ya, me aventuré por su interior, en busca del lugar más cómodo para dormir, esperando el día, y pensé: «¡Mañana al amanecer saldré para enterarme de lo que me reserva el Destino!»

Iba ya á acostarme, cuando advertí que lo que á primera vista tomé por una enorme roca negra era una espantosa serpiente enroscada sobre sus huevos para incubarlos. Sintió entonces mi carne todo el horror de semejante espectáculo, y la piel se me encogió como una hoja seca y tembló en toda su superficie; y caí al suelo sin conocimiento, y permanecí en tal estado hasta la mañana.

Entonces, al convencerme de que no había sido devorado todavía, tuve alientos para deslizarme hasta la entrada, separar la roca y lanzarme fuera, como ebrio, y sin que mis piernas pudieran sostenerme de tan agotado como me encontraba por la falta de sueño y de comida, y por aquel terror sin tregua.

Miré á mi alrededor, y de repente vi caer á algunos pasos de mi nariz un gran trozo de carne, que chocó contra el suelo con estrépito. Aturdido al pronto, alcé los ojos luego para ver quién quería aporrearme con aquello; pero no vi á nadie. Entonces me acordé de cierta historia oída antaño en boca de los mercaderes, viajeros y exploradores de la montaña de diamantes, de la que se contaba que, como los buscadores de diamantes no podían bajar á este valle inaccesible, recurrían á un medio curioso para procurarse esas piedras preciosas. Mataban unos carneros, los partían en cuartos y los arrojaban al fondo del valle, donde iban á caer sobre las puntas de diamantes, que se incrustaban en ellos profundamente. Entonces se abalanzaban sobre aquella presa los rokhs y las águilas gigantescas, sacándola del valle para llevársela á sus nidos en lo alto de las rocas y que sirviera de sustento á sus crías. Los buscadores de diamantes se precipitaban entonces sobre el ave, haciendo muchos gestos y lanzando grandes gritos para obligarla á soltar su presa y á emprender de nuevo el vuelo. Registraban entonces el cuarto de carne y cogían los diamantes que tenía adheridos.

Asaltóme á la sazón la idea de que podía tratar aún de salvar mi vida y salir de aquel valle que se me antojó había de ser mi tumba. Me incorporé, pues, y comencé á amontonar una gran cantidad de diamantes, escogiendo los más gordos y los más hermosos. Me los guardé en todas partes, abarroté con ellos mis bolsillos, me los introduje entre el traje y la camisa, llené mi turbante y mi calzón, y hasta metí algunos entre los pliegues de mi ropa. Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 297.ª NOCHE

Ella dijo:

...Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez, y me la rodeé á la cintura, yendo á situarme debajo del cuarto de carnero, que até sólidamente á mi pecho con las dos puntas del turbante.

Permanecía ya algún tiempo en esta posición, cuando súbitamente me sentí llevado por los aires, como una pluma, entre las garras formidables de un rokh y en compañía del cuarto de carne de carnero. Y en un abrir y cerrar los ojos me encontré fuera del valle, sobre la cúspide de una montaña, en el nido del rokh, que se dispuso en seguida á despedazar la carne aquella y mi propia carne para sustentar á sus rokhecillos. Pero de pronto se alzó hacia nosotros un estrépito de gritos que asustaron al ave y la obligaron á emprender de nuevo el vuelo, abandonándome. Entonces desaté mis ligaduras y me erguí sobre ambos pies, con huellas de sangre en mis vestidos y en mi rostro.

Vi á la sazón aproximarse al sitio en que yo estaba á un mercader, que se mostró muy contrariado y asombrado al percibirme. Pero advirtiendo que yo no le quería mal y que ni aun me movía, se inclinó sobre el cuarto de carne y lo escudriñó, sin encontrar en él los diamantes que buscaba. Entonces alzó al cielo sus largos brazos y se lamentó, diciendo: «¡Qué desilusión! ¡Estoy perdido! ¡No hay recurso mas que en Alah! ¡Me refugio en Alah contra el Maldito, el Malhechor!» Y se golpeó una con otra las palmas de las manos, como señal de una desesperación inmensa.

Al advertir aquello, me acerqué á él y le deseé la paz. Pero él, sin corresponder á mi zalema, me arañó furioso y exclamó: «¿Quién eres? ¿Y de dónde viniste para robarme mi fortuna?» Le respondí: «No temas nada, ¡oh digno mercader! porque no soy ningún ladrón, y tu fortuna en nada ha disminuido. Soy un ser humano y no un genio malhechor, como creías, por lo visto. Soy incluso un hombre honrado entre la gente honrada, y antiguamente, antes de correr aventuras tan extrañas, yo tenía también el oficio de mercader. En cuanto al motivo de mi venida á este paraje, es una historia asombrosa, que te contaré al punto. ¡Pero de antemano, quiero probarte mis buenas intenciones gratificándote con algunos diamantes recogidos por mí mismo en el fondo de esa sima, que jamás fué sondeada por la vista humana!»

Saqué en seguida de mi cinturón algunos hermosos ejemplares de diamantes, y se los entregué, diciéndole: «¡He aquí una ganancia que no habrías osado esperar en tu vida!» Entonces el propietario del cuarto de carnero manifestó una alegría inconcebible y me dió muchas gracias, y tras de mil zalemas, me dijo: «¡La bendición está contigo, ¡oh mi señor! ¡Uno solo de estos diamantes bastaría para enriquecerme hasta la más dilatada vejez! ¡Porque en mi vida hube de verlos semejantes ni en la corte de los reyes y sultanes!» Y me dió gracias otra vez, y finalmente llamó á otros mercaderes que allí se hallaban y que se agruparon en torno mío, deseándome la paz y la bienvenida. Y les conté mi rara aventura desde el principio hasta el fin. Pero no sería útil repetirla.