El libro de las mil noches y una noche; t. 8

Part 2

Chapter 23,955 wordsPublic domain

Pero el sabio continuó: «¿Puedes decirme de qué trata este enigma? «¡Es esbelta y tierna y de sabor delicioso; es derecha como la lanza, pero no tiene hierro agudo; es útil por su dulzura, y se come con gusto por la noche en el mes de Ramadán!»

Ella contestó: «¡De la caña de azúcar!»

Dijo él: «Todavía tengo que dirigirte algunas preguntas, y voy á hacerlo rápidamente. Puedes decirme en pocas palabras: ¿Qué hay más dulce que la miel? ¿Qué hay más cortante que el hacha? ¿Qué hay más rápido que el veneno en sus efectos? ¿Cuál es el goce de un instante? ¿Cuál es la felicidad que dura tres días? ¿Cuál es el día más dichoso? ¿Cuál es el regocijo de una semana? ¿Cuál es la deuda que ni el malo deja de pagar? ¿Cuál es el suplicio que nos persigue hasta la tumba? ¿Cuál es la alegría del corazón? ¿Cuál es el sufrimiento del espíritu? ¿Cuál es la desolación de la vida? ¿Cuál es el mal que no tiene remedio? ¿Cuál es la vergüenza que no puede borrarse? ¿Cuál es el animal que vive en los lugares desiertos y habita lejos de las ciudades, huyendo del hombre, y reune la naturaleza de otros siete animales?»

Ella contestó: «¡Antes de hablar, deseo que me entregues tu manto!»

Entonces el califa Harún Al-Rachid dijo á Simpatía: «Sin duda tienes razón. Pero ¿no convendría más que, por consideración á su edad, contestases primero á sus preguntas?»

Y dijo ella: «¡El amor de los niños es más dulce que la miel! ¡La lengua es más cortante que el hacha! ¡El mal de ojo es más rápido que el veneno! ¡El goce del amor sólo dura un instante! ¡La felicidad que dura tres días es la que experimenta el marido en las épocas menstruales de su esposa, porque entonces él descansa! ¡El día más dichoso es el de ganancia en un negocio! ¡El regocijo que dura una semana es el de la boda! ¡La deuda que ha de pagar toda persona es la muerte! ¡La mala conducta de los hijos es la pena que nos persigue hasta la tumba! ¡La alegría del corazón es la mujer sumisa para con el esposo! ¡El sufrimiento del espíritu es un sirviente malo! ¡La pobreza es la desolación de la vida! ¡El mal carácter es el mal sin remedio! ¡La vergüenza imborrable es el deshonor de una hija! ¡En cuanto al animal que vive en los lugares desiertos y detesta al hombre, es el saltamontes, que reune la naturaleza de otros siete animales: tiene, efectivamente, cabeza de caballo, cuello de toro, alas de águila, pies de camello, cola de serpiente, vientre de escorpión y cuernos de gacela!»

Ante tanta sagacidad y saber, el califa Harún Al-Rachid se sintió en extremo edificado, y ordenó al sabio Ibrahim ben-Sayar que diera su manto á la adolescente. Después de haberla entregado su manto, levantó la mano derecha el sabio, y manifestó en público que la joven habíale superado en conocimientos y que era la maravilla entre las maravillas del siglo.

Entonces preguntó el califa á Simpatía: «¿Sabes tocar instrumentos armónicos y cantar acompañándote?» Ella contestó: «¡Sí, por cierto!» Inmediatamente hizo traer un laúd en un estuche de raso rojo, rematado con una borla de seda amarilla y cerrado con un broche de oro. Simpatía sacó del estuche el laúd, y leyó en él estos versos grabados como orla con caracteres enlazados y floridos:

_¡Era yo todavía una rama verde, y ya enseñábanse canciones las aves enamoradas!_

_¡En las rodillas de las jóvenes, ahora resueno bajo los dedos y canto cual las aves!_

Entonces lo apoyó ella contra sí, inclinóse como una madre sobre su hijo, sacó del instrumento acordes de doce maneras distintas, y en medio del entusiasmo general cantó con una voz que hubo de repercutir en todos los corazones y arrancar lágrimas de emoción en los ojos todos.

Cuando acabó ella, irguióse sobre ambos pies el califa, y exclamó: «¡Aumente en ti sus dones Alah, ¡oh Simpatía! y tenga en su misericordia á quienes fueron tus maestros y á los autores de tus días!» Y acto seguido hizo contar diez mil dinares de oro en cien sacos para Abul-Hassán, y dijo á Simpatía: «Dime, ¡oh maravillosa adolescente! ¿prefieres entrar en mi harem y tener un palacio y tren de casa para ti sola, ó bien prefieres volver con este joven, tu antiguo amo?»

Á estas palabras, Simpatía besó la tierra entre las manos del califa...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 287.ª NOCHE

Ella dijo:

...Simpatía besó la tierra entre las manos del califa y contestó: «¡Extienda Alah sus gracias sobre nuestro dueño el califa! ¡Pero su esclava desea volver á la casa de su antiguo amo!»

Lejos de mostrarse ofendido por esta preferencia, el califa accedió inmediatamente á su demanda, haciendo que como regalo le entregaran cinco mil dinares más, y le dijo: «¡Podrás acaso ser tan experta en amor como lo eres en conocimientos espirituales!» Luego quiso aún poner remate á su magnificencia, designando á Abul-Hassán para desempeñar un alto cargo en palacio, y le admitió en el número de sus favoritos más íntimos. Después levantó la sesión.

Entonces, agobiada bajo mantos de sabios Simpatía y cargado con sacos repletos de dinares de oro Abul-Hassán, salieron de la sala ambos, seguidos por todos los asistentes á la asamblea, que alzaban los brazos y exclamaban, maravillándose de cuanto acababan de ver y oir: «¿Dónde habrá en el mundo una generosidad semejante á la de los descendientes de Abbas?»

«Tales son, ¡oh rey afortunado!--continuó Schahrazada--las palabras que la docta Simpatía dijo en medio de la asamblea de sabios, y las cuales, transmitidas por los anales del reino, sirven para instruir á toda mujer musulmana.»

Luego, al ver Schahrazada que el rey Schahriar fruncía ya las cejas y meditaba de un modo inquietante, apresuróse á abordar las AVENTURAS DEL POETA ABU-NOWAS, y comenzó el relato en seguida, mientras la pequeña Doniazada, medio dormida hasta entonces, despertábase sobresaltada de repente, al oir pronunciar el nombre de Abu-Nowas, y toda oídos disponíase á escuchar.

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AVENTURAS DEL POETA ABU-NOWAS

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Se cuenta--pero Alah es más sabio--que una noche entre las noches, poseído de insomnio y con el espíritu preocupadísimo, el califa Harún Al-Rachid salió solo de su palacio y fué á dar una vuelta por sus jardines para distraer su hastío. De este modo llegó ante un pabellón cuya puerta permanecía abierta, pero en su umbral se atravesaba el cuerpo de un eunuco negro dormido. El califa saltó sobre el cuerpo del esclavo, penetrando en la única sala de que se componía el pabellón, y lo primero que se presentó á su vista fué un lecho con cortinas corridas é iluminado á derecha é izquierda por dos grandes antorchas. Había junto al lecho una mesita sosteniendo una bandeja con un cántaro de vino, al que servía de tapa un vaso puesto boca abajo.

Asombróse el califa de encontrar en aquel pabellón aquellas cosas de las que no tenía noticia, y avanzando hacia el lecho levantó las cortinas, y se quedó maravillado de la belleza que ofrecíase á su mirada. Era una joven esclava, tan hermosa cual la luna llena, y cuyo único velo consistía en su cabellera suelta.

Á su vista, el califa, en extremo encantado, cogió el vaso que coronaba el gollete del cántaro, lo llenó de vino y formuló en su alma: «¡Por las rosas de tus mejillas, ¡oh joven!», y lo bebió con lentitud. Luego inclinóse sobre el hermoso rostro y dejó un beso en un lunar negro que sonreía desde la comisura izquierda de los labios.

Pero aunque fué levísimo, aquel beso despertó á la joven, quien, al reconocer al Emir de los Creyentes, se incorporó en el lecho vivamente aterrada. Pero el califa la calmó y le dijo: «Cerca de ti hay un laúd, ¡oh joven esclava! y sin duda debes saber extraer de él deliciosos acordes. ¡Como á pesar de que no te conozco tengo determinado pasarme esta noche contigo, no me disgustaría verte manejarlo mientras te acompañas con la voz!»

Entonces tomó el laúd la joven, y tras de templarlo, sacó de él sonidos admirables, haciéndolo de veintiún modos diferentes, y con tanta maestría, que el califa se exaltó hasta el límite de la exaltación; advertido lo cual por la joven, no dejó de aprovecharse de ello. Así, pues, le dijo ella: «¡Sufro rigores del Destino, ¡oh Comendador de los Creyentes!» El califa preguntó: «¿Y por qué?» Ella dijo: «Tu hijo El-Amin, ¡oh Comendador de los Creyentes! me compró hace algunos días por diez mil dinares, á fin de hacerte el regalo de mi persona. ¡Pero al tener conocimiento de tal proyecto, tu esposa Sett Zobeida reintegró á tu hijo el dinero que había invertido en comprarme, y me puso en manos de un eunuco negro para que me encerrase en este pabellón solitario!»

Cuando el califa hubo oído estas palabras, se sintió sumamente enfurecido y prometió á la joven darle desde el siguiente día un palacio para ella sola, con tren de casa digno de su belleza. Luego, tras de una toma de posesión, salió á toda prisa, despertando al eunuco dormido y ordenándole que inmediatamente fuese á prevenir al poeta Abu-Nowas para que se presentase en seguida en palacio.

Era costumbre del califa, en efecto, enviar que buscasen al poeta cuantas veces le asaltaban preocupaciones, con objeto de distraerse oyéndole improvisar poemas ó poner en verso cualquier aventura que le contara.

El eunuco se personó en la casa de Abu-Nowas, y como no le encontró allí, salió en su busca por todos los lugares públicos de Bagdad, y le encontró al fin en cierta mal afamada taberna, á lo último del barrio de la Puerta Verde. Se acercó á él y le dijo: «¡Oh Abu-Nowas, por ti pregunta nuestro amo el califa!» Abu-Nowas se echó á reír, y contestó: «¿Cómo quieres, ¡oh padre de blancuras! que me mueva de aquí, si me retiene como rehén un jovencito amigo mío?» El eunuco preguntó: «¿Dónde está y quién es?» Y le contestó el otro: «Es menudo, imberbe y lindo. ¡Le prometí un regalo de mil dracmas, pero como no tengo encima esa cantidad, no me parece decente irme antes de satisfacer mi deuda!»

Á estas palabras exclamó el eunuco: «¡Por Alah! ¡Abu-Nowas, enséñame á ese joven, y si verdaderamente es tan gentil como me estás dando á entender, quedarás relevado de todo lo demás!»

En tanto hablaban ellos de este modo, el pequeño asomó su linda cabeza por la puerta entreabierta, y Abu-Nowas, señalándole, exclamó: «Si la rama se balancea, ¡qué armonioso no será el canto de los pájaros que en ella anidan!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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CUANDO LLEGÓ LA 288.ª NOCHE

Ella dijo:

«...Si la rama se balancea, ¡qué armonioso no será el canto de los pájaros que en ella anidan!»

Entonces acabó de entrar el joven en la sala. Realmente, era lo más bello posible, é iba vestido con tres túnicas superpuestas y de distintos colores: la primera, completamente blanca; la segunda, roja; la tercera, negra.

Cuando Abu-Nowas le vió vestido de blanco, sintió crepitar en su espíritu el fuego de la inspiración, é improvisó estos versos en honor suyo:

_¡Se mostró vestido con un lino de blancura lechosa, y sus ojos languidecían bajo sus párpados azules, y las rosas tiernas de sus mejillas bendecían á Quien hubo de crearlas!_

_Y le dije: «¿Por qué pasas sin mirarme, cuando consientes que caiga en tus manos como la víctima bajo el arma del sacrificador?»_

_Me contestó: «Déjate de discursos y mira en silencio la obra del Creador: blanco es mi cuerpo y blanca mi túnica; blanco es mi rostro y blanco mi destino; ¡es blanco sobre blanco, y blanco sobre blanco!»_

Al oír el joven estos versos, sonrió y se despojó de su túnica blanca para aparecer todo de rojo. Á su vista, sintió Abu-Nowas poseerle por completo la emoción poética, y acto seguido improvisó estos otros versos:

_¡Se mostró vestido con una túnica roja como su proceder cruel!_

_Y exclamé, sorprendido: «¿Cómo, siendo de una blancura lunar, puedes aparecer con esas dos mejillas que se dirían enrojecidas por la sangre de nuestros corazones, y vestido con una túnica robada á las anémonas?»_

_Me contestó: «La aurora me había prestado antes su vestidura; pero ahora es el mismo sol quien me hizo el regalo de sus llamas: de llama son mis ojos y rojo mi traje; de llama son mis labios y rojo el vino que los colorea; ¡es rojo sobre rojo, y rojo sobre rojo!»_

Al oír estos versos, el pequeño arrojó con un gesto su túnica roja y apareció vestido con la túnica negra que llevaba directamente sobre la piel, y acusaba con precisión el talle ceñido por un cinturón de seda. Y Abu-Nowas, al verlo, llegó al límite de la exaltación, é improvisó estos otros versos en honor suyo:

_¡Se mostró vestido con una túnica negra como la noche, y no se dignó siquiera dirigirme una mirada! Y le dije: «¿No ves que mis enemigos y quienes me envidian se alegran del abandono en que me tienes?_

_»¡Ah! Ya lo comprendo: negras son tus vestiduras y negra tu cabellera; negros son tus ojos y negro mi destino; ¡es negro sobre negro, y negro sobre negro!»_

Cuando el enviado del califa vió al joven y escuchó estos versos, disculpó de todo corazón á Abu-Nowas, y volvió al instante á palacio, donde puso al califa en autos acerca de la aventura acaecida á Abu-Nowas, y le explicó que el poeta habíase constituído en rehén en la taberna por no poder pagar la suma prometida al hermoso mancebo.

Entonces, el califa, divertido á la vez que irritado, entregó al eunuco la suma necesaria para el rescate del rehén, y le ordenó que fuese á sacarle de allí en seguida, para llevarle, de grado ó por fuerza, á su presencia.

Se apresuró el eunuco á ejecutar la orden, y no tardó en volver sosteniendo con dificultad al poeta, que se tambaleaba por haber bebido demasiado. Y el califa le apostrofó con una voz que trató de hacer furiosa; luego, al ver que Abu-Nowas se echaba á reir, se acercó á él, le cogió de la mano, y en su compañía se encaminó hacia el pabellón donde se encontraba la esclava.

Cuando Abu-Nowas vió sentada en la cama y vestida toda de raso azul, y con el rostro cubierto por un ligero velo de seda azul, á aquella joven de grandes ojos negros que le sonreían en la faz, le pasó la embriaguez, pero en cambio sintióse inflamado de entusiasmo, y de pronto improvisó esta estrofa en honor suyo:

_¡Di á la bella del velo azul que la suplico se compadezca de alguien que arde en deseo de su hermosura! Dile: «¡Te conjuro por la blancura de tu linda tez, que no igualan ni la tierna rosa ni el jazmín, te conjuro por tu sonrisa, que hace palidecer las perlas y los rubíes, á que me dirijas una mirada en la cual no pueda yo leer la huella de las calumnias que acerca de mí inventaron quienes me envidian!»_

Cuando hubo concluído su improvisación Abu-Nowas, la esclava presentó una bandeja con bebidas al califa, quien, para divertirse, invitó al poeta á que se bebiese él solo todo el vino de la copa. Abu-Nowas accedió á ello gustoso, y no tardó en sentir de nuevo en su corazón los efectos del licor enervante. En aquel momento se le ocurrió al califa levantarse súbito, á fin de asustar á Abu-Nowas, y espada en mano precipitóse sobre él como para cortarle la cabeza.

Al ver aquello, Abu-Nowas, aterrado, echó á correr por la sala dando grandes gritos; y el califa le perseguía por todos los rincones, pinchándole con la punta de la espada. Por último le dijo: «¡Ahora vuelve á tu sitio á beber otro trago todavía!» Y al mismo tiempo hizo una seña á la joven para que escondiese la copa, lo cual cumplió inmediatamente ella ocultándola con su vestido. Pero, á pesar de su embriaguez, lo advirtió Abu-Nowas, é improvisó esta estrofa:

_¡Cuán extraña aventura es mi aventura! ¡Una cándida joven se transforma en ladrona y me arrebata la copa para esconderla bajo su traje, en cierto sitio donde querría verme escondido yo! ¡Se trata de un lugar que no nombro por respeto al califa!_

Al oir estos versos, se echó á reir el califa, y dijo á Abu-Nowas en broma: «¡Por Alah! Desde ahora quiero designarte para un alto empleo. ¡En lo sucesivo serás titulado jefe de los alcahuetes de Bagdad!» Chanceándose, respondió al instante Abu-Nowas: «¡En ese caso, ¡oh Comendador de los Creyentes! me pongo á tus órdenes, rogándote me digas en seguida si necesitas de mis alcahueterías!»

Á estas palabras, montó el califa en una cólera terrible, y gritó al eunuco que llamase inmediatamente á Massrur el portaalfanje, ejecutor de su justicia. Y algunos instantes después llegó Massrur, y el califa le ordenó que despojase de su ropa á Abu-Nowas...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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PERO CUANDO LLEGÓ LA 290.ª NOCHE

Ella dijo:

...y el califa le ordenó que despojase de su ropa á Abu-Nowas y le pusiese una albarda á la espalda, atándole un ronzal y hundiéndole una espuela en las posaderas, y de tal guisa le llevase por todos los pabellones de favoritas y demás esclavos, para que sirviese de irrisión á los habitantes todos de palacio, conduciéndole luego á la puerta de la ciudad, y ante el pueblo de Bagdad en masa le cortase la cabeza, sirviéndosela en una bandeja. Y contestó Massrur: «¡Escucho y obedezco!» Y al momento se dispuso á ejecutar las órdenes del califa.

Arrastró á Abu-Nowas, que juzgaba completamente inútil intentar eludir el furor del califa, y después de ponerle como queda dicho, comenzó á pasearle lentamente por delante de los diversos pabellones, cuyo número era igual al de los días del año.

Y hete aquí que Abu-Nowas, cuya reputación de chistoso era universal en palacio, no dejó de atraerse la simpatía de todas las mujeres, las cuales, para hacer más ostensible su piedad, empezaron á cubrirle de oro y joyas, y acabaron por agruparse y seguirle prodigándole palabras de consuelo; y entonces el visir Giafar Al-Barmaki, que pasaba por frente al grupo para personarse en palacio, reclamado por un asunto urgente, al ver al poeta llorando y lamentándose, se acercó á él y le dijo: «¿Pero eres tú, Abu-Nowas? ¿Qué crimen cometiste para ser castigado de tal modo?» El otro respondió: «¡Por Alah, no cometí ni la sombra de un crimen! ¡No hice otra cosa que recitar algunos de mis más hermosos versos ante el califa, quien me ha regalado en agradecimiento sus mejores trajes!»

Como en aquel mismo instante se encontraba muy cerca de ellos el califa, oculto tras los tapices de un pabellón, no pudo por menos de echarse á reir al escuchar la respuesta de Abu-Nowas. Le perdonó, regalándole un ropón de honor y una fuerte suma de dinero, y continuó, como antes, haciendo de él su compañero inseparable en los momentos de mal humor.

Cuando Schahrazada acabó de contar esta aventura del poeta Abu-Nowas, la pequeña Doniazada, presa de un ataque de risa que en vano pretendía sofocar contra la alfombra en que se hallaba sentada, corrió á su hermana y le dijo: «¡Por Alah, hermana Schahrazada, cuán divertida fué la historia, y qué gracioso debía estar Abu-Nowas vestido de borrico! ¡Si nos contases alguna otra aventura de ese individuo serías muy amable!»

Pero exclamó el rey Schahriar: «¡Me resulta muy antipático el tal Abu-Nowas, y si deseas que te corten inmediatamente la cabeza, no tienes mas que continuar con el relato de sus aventuras! En otro caso, puedes contarme alguna historia de viajes para amenizarme el resto de la noche; porque me he aficionado á todo lo referente á viajes instructivos desde el día en que emprendí una excursión á lejanos países con mi hermano Schahzamán, rey de Samarcanda Al-Ajam, después de lo ocurrido con mi maldita mujer, á la que hice cortar la cabeza. Así, pues, si conoces un cuento verdaderamente delicioso para quien lo escuche, no dejes de contarlo desde luego, ya que esta noche es más tenaz que nunca mi insomnio.»

Al oir del rey Schahriar tales palabras, se apresuró á decir la discreta Schahrazada: «Justamente, las más asombrosas y gratas entre todas las que conozco son las historias de viajes. En seguida vas á juzgar, ¡oh rey afortunado! porque, en verdad, no hay en los libros historia comparable á la del viajero llamado SINDBAD EL MARINO[1]. ¡Y con esta historia es precisamente con la que te voy á entretener, ¡oh rey afortunado! desde el momento en que tienes á bien el permitírmelo!»

Y acto seguido comenzó á narrar Schahrazada:

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HISTORIA DE SINDBAD EL MARINO[2]

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He llegado á saber que, en tiempo del califa Harún Al-Rachid, vivía en la ciudad de Bagdad un hombre llamado Sindbad el Cargador. Era de condición pobre, y para ganarse la vida acostumbraba á transportar bultos en su cabeza. Un día entre los días hubo de llevar cierta carga muy pesada; y aquel día precisamente sentíase un calor tan excesivo, que sudaba el cargador, abrumado por el peso que llevaba encima. Intolerable se había hecho ya la temperatura, cuando el cargador pasó por delante de la puerta de una casa que debía pertenecer á algún mercader rico, á juzgar por el suelo bien barrido y regado alrededor con agua de rosas. Soplaba allí una brisa gratísima, y cerca de la puerta aparecía un ancho banco para sentarse. Al verlo, el cargador Sindbad soltó su carga sobre el banco en cuestión, con objeto de descansar y respirar aquel aire agradable, sintiendo á poco que desde la puerta llegaba á él un aura pura y mezclada con delicioso aroma; y tanto le deleitó, que fué á sentarse en un extremo del banco. Entonces advirtió un concierto de laúdes é instrumentos diversos, acompañados por magníficas voces que cantaban canciones en un lenguaje escogido; y advirtió también píos de aves canoras que glorificaban de modo encantador á Alah el Altísimo; distinguió, entre otros, acentos de tórtolas, de ruiseñores, de mirlos, de bulbuls, de palomas de collar y de perdices domésticas. Maravillóse mucho, é impulsado por el placer enorme que todo aquello le causaba, asomó la cabeza por la rendija abierta de la puerta y vió en el fondo un jardín inmenso, donde se apiñaban servidores jóvenes, y esclavos, y criados, y gente de todas calidades, y había allí cosas que no se encontrarían mas que en alcázares de reyes y sultanes.

Tras esto llegó hasta él una tufarada de manjares realmente admirables y deliciosos, á la cual se mezclaba todo género de fragancias exquisitas procedentes de diversas vituallas y bebidas de buena calidad. Entonces no pudo por menos de suspirar, y alzó al cielo los ojos y exclamó: «¡Gloria á Ti, Señor Creador, ¡oh Donador! ¡Sin calcular, repartes cuantos dones te placen, ¡oh Dios mío! ¡Pero no creas que clamo á ti para pedirte cuentas de tus actos ó para preguntarte acerca de tu justicia y de tu voluntad, porque á la criatura le está vedado interrogar á su dueño omnipotente! Me limito á observar. ¡Gloria á ti! ¡Enriqueces ó empobreces, elevas ó humillas, conforme á tus deseos, y siempre obras con lógica, aunque á veces no podamos comprenderla! He ahí al amo de esta casa... ¡Es dichoso hasta los límites extremos de la felicidad! ¡Disfruta las delicias de esos aromas encantadores, de esas fragancias agradables, de esos manjares sabrosos, de esas bebidas superiormente deliciosas! ¡Vive feliz, tranquilo y contentísimo, mientras otros, como yo, por ejemplo, nos hallamos en el último confín de la fatiga y la miseria!»

Luego apoyó el cargador su mano en la mejilla, y á toda voz cantó los siguientes versos que iba improvisando:

_¡Suele ocurrir que un desgraciado sin albergue se despierte de pronto á la sombra de un palacio creado por su Destino! ¡Pero ¡ay! yo cada mañana me despierto más miserable que la víspera!_

_¡Por instantes aumenta mi infortunio, como la carga que á mi espalda pesa fatigosa, en tanto que otros viven dichosos y contentos en el seno de los bienes que la suerte les prodiga!_