El libro de las mil noches y una noche; t. 3
Part 9
Entonces el califa, dirigiéndose al jeique Ibrahim, le dijo: «Te perdono.» Y volviéndose hacia la desconsolada Dulce-Amiga, prosiguió: «¡Oh Dulce-Amiga! ahora que sabes quién soy, déjate conducir á mi palacio.» Y todos salieron del Palacio de las Maravillas.
Cuando Dulce-Amiga llegó al palacio, el califa le mandó preparar un aposento reservado, y puso á sus órdenes doncellas y esclavas. Después fué en su busca, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! ya sabes que actualmente me perteneces, pues te deseo, y además me has sido generosamente cedida por Alí-Nur. Y yo, para corresponder á su esplendidez, acabo de enviarle como sultán á Bassra. Y si quiere Alah, pronto le enviaré un magnífico traje de honor, y serás tú la encargada de llevarlo. Y serás sultana con él.» Y dicho esto cogió entre sus brazos á Dulce-Amiga, y aquella noche la pasaron enlazados. Y fué lo que les ocurrió á uno y otro.
En cuanto á Alí-Nur, he aquí que llegó por la gracia de Alah á la ciudad de Bassra, marchó directamente al palacio del sultán Mohammad El-Zeiní, y una vez allí dió un gran grito. Y al oirle el sultán mandó que llevasen á su presencia al hombre que había gritado de aquel modo. Y Alí-Nur, al verse delante del sultán, sacó del turbante la carta del califa y se la entregó inmediatamente. Y el sultán abrió la carta, conoció la letra del califa, y en seguida se puso de pie, leyó con mucho respeto el contenido, y después de leerlo se llevó tres veces la carta á los labios y á la frente, y exclamó: «¡Escucho y obedezco á Alah el Altísimo y al califa, Emir de los Creyentes!» Y en seguida mandó llamar á los cuatro kadíes de la ciudad y á los principales emires para darles cuenta de su resolución de obedecer inmediatamente al califa, abdicando el trono. Pero en este momento entró el gran visir El-Mohin ben-Sauí, enemigo de Alí-Nur y de su padre Fadleddín, y el sultán le entregó la carta del Emir de los Creyentes, y le dijo: «¡Lee!» El visir cogió la carta, la leyó, la releyó, y quedó consternadísimo; pero de pronto desgarró muy diestramente la parte inferior de la carta que ostentaba el negro sello del califa, se la llevó á la boca, la mascó y la tiró. Y el sultán le gritó enfurecido: «¡Desdichado Sauí! ¿Qué demonio te ha podido impulsar á cometer este atentado?» Y Sauí contestó: «¡Oh rey! Has de saber que este hombre no ha visto nunca al califa, ni siquiera á su visir Giafar. Es un bribón dominado por todos los vicios, un demonio lleno de malignidad y de falsía. Ha debido encontrar algún papel escrito por el califa, y ha imitado la letra, escribiendo á su gusto todo cuanto aquí acabo de leer. Pero ¿cómo has pensado, ¡oh sultán! en abdicar, cuando el califa no ha mandado un propio, ni una orden escrita con su noble letra? Además, si el califa hubiera enviado tal mensaje, lo habría hecho acompañar por algún chambelán ó algún visir. Y he aquí que este hombre ha llegado completamente solo.» Entonces el sultán preguntó: «¿Y qué haremos ahora, ¡oh Sauí!?» A lo cual respondió el visir: «¡Oh rey! confíame á ese joven, y ya sabré yo descubrir la verdad. Lo mandaré á Bagdad acompañado por un chambelán, que se enterará de todo lo ocurrido. Si lo que ha dicho es cierto, nos traerá una orden escrita con la noble letra del califa. Pero si ha mentido, volverá el chambelán con este joven, y entonces sabré vengarme, para hacerle expiar lo pasado y lo presente.»
Después de oir al visir, acabó el sultán por creer que Alí-Nur era un maldito embaucador, y lleno de cólera no quiso aguardar á ninguna prueba, y gritó á los guardias: «¡Apoderaos de este joven!» Y los guardias se apoderaron de Alí-Nur, lo tiraron al suelo y empezaron á darle de palos, hasta que lo dejaron sin sentido. Después les mandó que lo encadenaran de pies y manos, y llamó al jefe de los carceleros, y el jefe de los carceleros no tardó en presentarse al rey.
Este carcelero se llamaba Kutait. Cuando le vió el visir, le dijo: «Kutait, el sultán va á ordenarte que cojas á este hombre y lo metas en un calabozo subterráneo, donde lo atormentarás día y noche con la mayor dureza.» Kutait contestó: «Escucho y obedezco.» Y cogió á Alí-Nur y lo llevó en seguida á un calabozo.
Y cuando Kutait entró en el calabozo con Alí-Nur, cerró la puerta, mandó barrer el suelo y poner un banco detrás de la puerta, cubriéndolo con un tapiz y colocando en él un almohadón. Después, acercándose á Alí-Nur, le quitó las ligaduras y le rogó que se sentase en el banco, diciéndole: «No he de olvidar, ¡oh mi señor! lo mucho que me favoreció tu padre, el difunto visir; de modo que no tengas temor alguno.» Y desde entonces lo trató lo mejor que pudo, procurando que no careciese de nada; y sin embargo enviaba diariamente recado al visir de que Alí-Nur estaba sujeto á los más tremendos castigos. Todo ello durante cuarenta días.
Llegado el día cuarenta y uno llevaron al palacio un magnífico regalo para el rey de parte del califa. Y el rey se maravilló de lo espléndido de aquel regalo, y como no comprendía la causa que había movido al califa á enviárselo, mandó reunir á sus emires, y les preguntó su parecer. Opinaron algunos que el califa destinaba el regalo á la persona enviada por él para sustituir al sultán. Y en seguida Sauí exclamó: «¡Oh rey! ¿No te dije que lo mejor era deshacerse de ese Alí-Nur, si es que quieres obrar con prudencia?» Y entonces el sultán dijo: «¡Por Alah! Haces que lo recuerde á tiempo. Ve á buscarlo inmediatamente y que se le degüelle sin misericordia.» Y Sauí contestó: «Escucho y obedezco, pero convendría, ¡oh mi señor! anunciarlo por medio de los pregoneros. Y que digan: «¡Vayan á la explanada de palacio cuantos quieran presenciar la ejecución de Alí-Nur ben-Khacan!» Y todo el mundo vendrá á ver cómo lo decapitan, y así me vengaré, y se alegrará mi corazón, y quedará saciado mi odio.» Y el sultán le dijo: «Puedes disponer lo que quieras.»
Lleno de alegría, el visir corrió á casa del gobernador y le mandó pregonar la ejecución de Alí-Nur con todos los detalles mencionados. Y así ve verificó puntualmente. Pero al oir á los pregoneros se apoderó de todos los habitantes de la ciudad una gran aflicción, y todos empezaron á llorar sin excepción ninguna, hasta los niños en las escuelas y los mercaderes en los zocos. Y los unos se apresuraban á ocupar un buen sitio para ver pasar á Alí-Nur y asistir al triste espectáculo de su muerte, mientras que otros acudían en tropel á las puertas de la cárcel para acompañarle desde que saliera.
Por su parte, el visir Sauí se dirigió á la prisión, haciéndose acompañar de diez guardias, y mandó que le abrieran la puerta. Y el carcelero Kutait, fingiendo ignorarlo todo, preguntó: «¿Qué desea mi señor el visir?» Y éste dijo: «Trae en seguida á mi presencia á ese miserable.» A lo cual repuso el carcelero: «Se encuentra en muy mal estado, á consecuencia de los palos que le di y de los tormentos que ha sufrido, pero de todos modos, obedeceré en el acto.» Y el carcelero se dirigió al calabozo de Alí-Nur, y le encontró recitando estas estrofas:
_¡Ay de mí! ¡Nadie me socorre en mi desventura! ¡Y cada vez son más intensos mis males y más difícil su remedio!_
_¡La ausencia implacable y amarga ha consumido lo más puro de mi sangre, arrebatándome el último aliento de vida! ¡La fatalidad ha transformado á mis amigos, convirtiéndoles en los enemigos más crueles!_
_Y pregunto á cuantos me ven: ¿No hay nadie entre vosotros que me compadezca, que se duela de lo inmenso de mi desdicha y que responda á mis llamamientos?_
_¡Qué dulce me parece la muerte, á pesar de todos sus terrores, ahora que se ha acabado toda esperanza engañosa de la vida!_
_¡Señor! ¡Tú que envías á quienes anuncian buenas nuevas; tú que eres el mar de la generosidad; tú que guías á los portadores de consuelo!_
_¡A ti imploro, abiertas todas las heridas de un alma atormentada! ¡Líbrame de mis sufrimientos y de los peligros! ¡Perdona mi torpeza! ¡Olvida mis errores y mis faltas!_
Cuando Alí-Nur terminó su lamentación, se le acercó Kutait, le explicó lo que pasaba y le ayudó á quitarse la ropa limpia que le había dado ocultamente, y le vistió de harapos, llevándole en seguida á la presencia del visir, que lo aguardaba pateando de rabia. Y apenas le vió Alí-Nur, acabó de convencerse del odio que le tenía aquel enemigo de su padre. Pero le dijo: «Heme aquí, ¡oh visir! ¿Crees que te será siempre favorable el destino para fiar en él de ese modo? Ignoras las palabras del poeta:
_¡Al tener que sentenciar lo aprovecharon para extralimitarse en sus derechos y faltar á la justicia! ¿Ignoran que su veredicto pronto dejará de serlo, y se disolverá en la nada?_»
Y añadió Alí-Nur: «¡Oh visir! ¡sabe que sólo Alah es poderoso, que es el Único Realizador!» Y el visir le dijo: «¡Oh Alí! ¿crees intimidarme con todas tus sentencias? Sabe que hoy mismo, contra tu voluntad y contra la de todos los habitantes de Bassra, te cortaré la cabeza. Y para imitarte, te recordaré lo que el poeta dijo:
_¡Deja obrar al tiempo á su gusto, pero disfruta de la satisfacción de hacerte justicia!_
Y también es admirable este otro verso:
_¡El que vive, aunque sólo sea un día, después de haber visto morir á su enemigo, consigue el fin deseado!_»
Inmediatamente mandó á los guardias que se apoderaran de Alí-Nur y lo montasen en un mulo; pero los guardias vacilaron al ver que la muchedumbre decía á Alí-Nur: «Mándanoslo, y ahora mismo apedrearemos á ese hombre y lo haremos pedazos, aunque nos arriesguemos á perdernos y á perder nuestra alma.» Pero Alí-Nur repuso: «¡Oh, no! ¡No hagáis semejante cosa! Recordad estos versos del poeta:
_¡Todo hombre tiene que pasar su tiempo en la tierra, y transcurrido ese tiempo, ha de morir!_
_¡Por eso, aunque los leones me arrastraran á su selva, nada tendría que temer como no hubiera llegado mi hora!_»
Los guardias se apoderaron entonces de Alí-Nur, lo montaron en un mulo y recorrieron así toda la ciudad, hasta llegar al palacio, frente á las ventanas del sultán. Y gritaban: «¡Este es el castigo contra todo el que se atreva á falsificar documentos!» Después llevaron á Alí-Nur al lugar de los suplicios, allí donde se encharcaba la sangre de los sentenciados. Y el verdugo, con el alfanje en la mano, se acercó un momento á Alí-Nur y le dijo: «Soy tu esclavo; si necesitas que haga alguna cosa no tienes más que decirla, y la haré inmediatamente. Si necesitas beber ó comer, manda y te obedeceré en el acto. Pues has de saber que te quedan muy pocos minutos de vida; sólo hasta que el sultán se asome á la ventana.» Entonces Alí-Nur miró á derecha é izquierda, y recitó estas estrofas:
_¡Decidme, por favor! ¿Hay entre vosotros un amigo compasivo que quiera ayudarme?_
_¡Va á terminarse el tiempo de mi vida y á cumplirse mi destino! ¿Hay algún hombre caritativo que me socorra y que merezca ser recompensado por su buena acción?_
_¡Que eche una mirada á mi desdicha, que descubra mi tristeza y me dé un poco de agua para calmar los sufrimientos de mi suplicio!_
Entonces todos los presentes empezaron á llorar, y el verdugo fué en seguida en busca de una alcarraza con agua y se la presentó á Alí-Nur. Pero inmediatamente el visir Sauí acudió desde su sitio, y dando un golpe á la alcarraza la rompió en mil pedazos. Y en seguida gritó enfurecido al verdugo: «¿Qué aguardas para cortarle la cabeza?» Y el verdugo cogió entonces un lienzo y vendó los ojos á Alí-Nur. Y al verlo, la multitud se encaró con el visir y empezó á injuriarle, aumentando cada vez más el tumulto de gritos. Y no cesaba la agitación, cuando súbitamente se levantó una nube de polvo y resonaron clamores confusos que iban aproximándose, llenando el aire y el espacio.
Y al ver la nube de polvo y oir el estrépito, el sultán miró por la ventana del palacio y dijo á quienes le rodeaban: «Averiguad en seguida lo que es eso.» Y el visir repuso: «No es eso lo más urgente. Antes conviene degollar á ese hombre.» Pero el sultán replicó: «Calla, ¡oh Sauí! y déjanos ver lo que es eso.»
Aquella nube de polvo la levantaban los caballos en que galopaban Giafar, el gran visir del califa, y los jinetes de su séquito.
Y he aquí el motivo de su llegada. El califa, después de la noche de amor que había pasado entre los brazos de Dulce-Amiga, había dejado transcurrir treinta días sin acordarse de ella ni de la historia de Alí-Nur ben-Khacan. Pero una noche entre las noches, al pasar junto al gabinete en que estaba encerrada Dulce-Amiga, oyó amargo llanto y una voz dolorida que cantaba estos versos del poeta:
_¡Oh delicia mía! ¡Tu sombra, estés ausente ó estés conmigo, no se aparta de mí! ¡Y mi boca, para alegrarme, gusta de repetir tu nombre delicioso!_
Y como los sollozos fuesen cada vez más desesperados, abrió el califa la puerta, entró en el gabinete, y vió á Dulce-Amiga que lloraba. Y Dulce-Amiga se echó á sus pies y se los besó tres veces, y recitó estas estrofas:
_¡Oh tú, que eres de ilustre raza y producto de sangre famosa, de origen noble, rama fértil doblada bajo el peso de frutos exquisitos!_
_¡He de recordarte la promesa que tu bondad me hizo y que me ofreció tu generosidad sin par! ¡Ojalá no la olvides nunca!_
Pero el califa, que seguía sin acordarse de Dulce-Amiga, le dijo: «¿Quién eres, ¡oh joven!?» Y ella contestó: «Soy la que te regaló Alí-Nur ben-Khacan. Y ahora te ruego que cumplas la promesa de enviarme junto á él con todos los honores debidos. Y cuenta que pronto hará treinta días que estoy aquí y no he podido disfrutar siquiera una hora de sueño.» Entonces el califa llamó apresuradamente á Giafar Al-Barmakí, y le dijo: «Llevo treinta días sin saber nada de Alí-Nur, y temo que le haya mandado matar el sultán de Bassra. Pero juro por mi cabeza y por la tumba de mis padres y mis abuelos, que como le haya ocurrido una desgracia á ese joven, perecerá el que tenga la culpa, así sea la persona más querida para mí. Quiero, pues, ¡oh Giafar! que salgas inmediatamente para Bassra y averigües lo que han hecho con Alí-Nur.» Y Giafar se puso inmediatamente en camino.
Y al llegar á Bassra se encontró Giafar con aquel tumulto, y vió la muchedumbre agitada como el oleaje del mar, y preguntó: «¿Pero qué alboroto es ese?» Y en seguida millares de voces le refirieron cuanto había ocurrido con Alí-Nur ben-Khacan. Y cuando Giafar oyó sus palabras, se dió más prisa para llegar á palacio. Y subió á las habitaciones del sultán, y le deseó la paz, y le enteró del objeto de su viaje, y le dijo: «Si le ha sucedido alguna desgracia á Alí-Nur, tengo orden de que perezca quien tuviere la culpa, y de que tú, ¡oh sultán! expíes también el crimen cometido. ¿Dónde está Alí-Nur?»
El sultán mandó entonces que trajeran en seguida á Alí-Nur, y los guardias fueron á buscarle á la plaza. Y apenas entró Alí-Nur, se levantó Giafar y mandó á los guardias que prendieran al sultán y al visir El-Mohin ben-Sauí. É inmediatamente nombró á Alí-Nur sultán de Bassra, y lo colocó en el trono, en vez de Mohammad El-Zeiní, á quien mandó encerrar con el visir.
Después Giafar permaneció en Bassra, en casa del nuevo rey, los tres días reglamentarios de cortesía. Pero al cuarto día, Alí-Nur se dirigió á Giafar y le dijo: «Tengo vivos deseos de volver á ver al Emir de los Creyentes.» Y Giafar se avino á ello, y dijo: «Empecemos por hacer nuestra oración de la mañana, y saldremos en seguida para Bagdad.» Y el rey dijo: «Escucho y obedezco.» É hicieron la oración de la mañana, y ambos, acompañados de guardias y jinetes llevando consigo al ex rey Mohammad El-Zeiní y al visir Sauí, emprendieron el camino de Bagdad. Y durante el viaje, el visir Sauí tuvo tiempo para reflexionar y morderse las manos arrepentido.
Alí-Nur marchó todo el camino al lado de Giafar, hasta que llegaron á Bagdad, morada de paz. Y se apresuraron á presentarse al califa, y Giafar le contó la historia de Alí-Nur. Entonces el califa mandó acercarse á Alí-Nur, y le dijo: «Toma este alfanje y corta con tu propia mano la cabeza de tu enemigo, el miserable Ben-Sauí.» Y Alí-Nur cogió el acero y se acercó á Ben-Sauí, pero éste lo miró y le dijo: «¡Oh Alí-Nur! Yo procedí contigo según mi temperamento, al cual no podía sustraerme. Pero tú debes obrar á tu vez según el tuyo.» Entonces Alí-Nur tiró el alfanje, miró al califa, y le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! este hombre me ha desarmado.»
Y recitó lo que dice el poeta:
_¡He visto á mi enemigo y no he sabido cómo vencerle, pues el hombre puro siempre es vencido por las palabras de bondad!_
Pero el califa exclamó: «¡Está bien, Alí-Nur!» Y dijo á Massrur: «¡Oh Massrur! Levántate y corta la cabeza á ese bandido.» Y Massrur se levantó, y de un solo tajo degolló al visir El-Mohín ben-Sauí. Entonces el califa se dirigió á Alí-Nur, y le dijo: «Ahora puedes pedirme lo que quieras.» Y Alí-Nur respondió: «¡Oh señor y dueño mío! no deseo reinar, ni quiero tener ninguna intervención en el trono de Bassra. No siento más deseo que tener la dicha de contemplar tus facciones.» Y el califa contestó: «¡Oh Alí-Nur! con todo el cariño de mi corazón y como homenaje debido.» Después mandó llamar á Dulce-Amiga, y se la devolvió á Alí-Nur, y les dió grandes riquezas, y un palacio de los más hermosos de Bagdad, y una suntuosa pensión del Tesoro. Y quiso que Alí-Nur ben-Khacan fuera su íntimo compañero. Y acabó por perdonar al sultán Mohammad El-Zeiní, al cual repuso en el trono, encargándole que en adelante eligiese mejor sus visires. Y todos vivieron con alegría y prosperidad hasta su muerte.
Al terminar, la discretísima Schahrazada dijo al rey: «No creas, ¡oh rey! que esta historia de Alí-Nur y Dulce-Amiga, aunque muy deliciosa, sea tan notable y sorprendente como la de Ghanem ben-Ayub y su hermana Fetnah.» Y el rey Schahriar contestó: «No conozco tal historia.»
HISTORIA DE GHANEM BEN-AYUB Y DE SU HERMANA FETNAH
Y Schahrazada dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad de los tiempos, en lo pasado de los siglos y de las edades, hubo un mercader entre los mercaderes que era riquísimo y padre de dos hijos. Se llamaba Ayub, y su hijo varón, Ghanem ben-Ayub, fué conocido después con el sobrenombre de El-Motim El-Masslub[3], y era tan hermoso como la luna llena, y estaba dotado de una elocuencia maravillosa. La hija, hermana de Ghanem, se llamaba Fetnah[4], nombre muy merecido por sus encantos y su hermosura.
Al morir Ayub, les dejó grandes riquezas...
En este momento de su relato, vió Schahrazada nacer el día y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 37.ª NOCHE_
Prosiguió en esta forma:
...Al morir el mercader Ayub, les dejó grandes riquezas, y entre otras cosas, cien cargas de sederías, brocados y telas preciosas, y cien vasijas llenas de vejigas de almizcle puro. Todo cuidadosamente empaquetado, y en cada fardo se veía escrito con grandes caracteres: DESTINADO Á BAGDAD, pues Ayub no pensaba morirse tan pronto, y quería ir á Bagdad para vender sus preciosas mercaderías.
Pero llamado á la infinita misericordia de Alah, y pasado el tiempo del luto, el joven Ghanem pensó realizar el viaje á Bagdad que tenía proyectado su padre. Despidióse, pues, de su madre, de su hermana Fetnah, de sus parientes y de sus vecinos, y se fué al zoco, donde alquiló los camellos necesarios, cargó en ellos sus fardos, y aprovechó la salida de otros comerciantes para Bagdad, á fin de ir en su compañía, y así marchó, después de poner su suerte en manos de Alah el Altísimo. Y Alah lo resguardó de tal modo, que no tardó en llegar á Bagdad sano y salvo con todas sus mercaderías.
Apenas llegado á Bagdad, se apresuró á alquilar una casa hermosísima, que amuebló suntuosamente, tendiendo por todas partes magníficas alfombras, colocando divanes y almohadones, sin olvidar los cortinajes en puertas y ventanas. Después mandó descargar todas las mercaderías y descansó de las fatigas del viaje, esperando tranquilamente que todos los mercaderes y personas notables de Bagdad fuesen, uno tras otro, á desearle la paz y darle la bienvenida.
Pero después pensó en ir al zoco para vender parte de sus mercancías, y mandó hacer empaquetar diez piezas de telas y de sederías finas que llevaban marcado el precio en unas etiquetas. En seguida se dirigió al zoco de los grandes mercaderes, y todos salieron á su encuentro y le desearon la paz. Después le llevaron á presencia del jeique del zoco, quien sólo con ver las mercaderías se las compró en el acto. Y Ghanem ben-Ayub ganó dos dinares de oro por cada dinar de mercancías. Y satisfechísimo de tal ganancia, siguió vendiendo piezas de tela y vejigas de almizcle, ganando dos por uno durante todo un año.
Un día, á principios del otro año, fué al mercado, según su costumbre; pero encontró todas las tiendas cerradas, lo mismo que la puerta principal del zoco. Y como no era fiesta, se asombró mucho y preguntó la causa. Le contestaron que acababa de fallecer uno de los principales mercaderes y que los demás habían ido á enterrarle. Y uno de los transeuntes le dijo: «Bien harías en ir también á acompañar al entierro, pues te lo tendrán en cuenta.» Y contestó Ghanem: «Me parece muy justo, pero quisiera saber dónde son los funerales.» Indicáronle el sitio; entró en una mezquita cercana, hizo sus abluciones, y se dirigió á toda prisa al lugar indicado. Mezclóse entonces con la muchedumbre de mercaderes, y los acompañó á la gran mezquita, en donde se dijeron las oraciones de costumbre. Luego la comitiva emprendió el camino del cementerio, que estaba situado fuera de las puertas de Bagdad. Entraron en él y fueron atravesando tumbas, hasta llegar á aquélla en que iban á depositar el cadáver.
Los parientes habían levantado una tienda, colocándola de suerte que cubriera el sepulcro, colgando en ella lámparas, antorchas y faroles. Y todos pudieron entrar para resguardarse debajo del toldo. Entonces se abrió la tumba, se depositó el cadáver, y se puso la losa. Luego los imams y demás ministros del culto y los lectores del Corán empezaron á leer sobre la tumba los versículos del Libro Noble y los capítulos prescritos. Y los mercaderes y los parientes se sentaron en corro sobre las alfombras tendidas debajo del toldo, y oyeron religiosamente las santas Palabras. Y Ghanem ben-Ayub, aunque tenía prisa por volver á su casa, no quiso retirarse en seguida, por consideración hacia los parientes, y se quedó con ellos.
Las ceremonias religiosas duraron hasta el anochecer. Entonces llegaron los esclavos con bandejas llenas de manjares y dulces, y los repartieron entre los presentes, que comieron y bebieron hasta la hartura, según es costumbre en los entierros. Después les presentaron las jofainas y los jarros, y todos los comensales se lavaron las manos, y en seguida fueron á sentarse en corro, silenciosamente, como suele hacerse.