El libro de las mil noches y una noche; t. 3
Part 8
Mientras tanto, Dulce-Amiga había cogido el laúd y lo templaba diestramente. Después de algunos preludios, pulsó las cuerdas y vibraron con toda su alma, con una intensidad capaz de liquidar el hierro, de despertar á los muertos y de conmover corazones de roca y de bronce. Y súbitamente, acompañándose con el laúd, empezó á cantar:
_¡Ya leilí!..._
_Cuando me vió mi enemigo, vió también que el amor se complacía en apagar mi sed en su manantial, y dijo: «¡Esa agua está turbia!»_
_¡Ya einí!..._
_Si mi amigo atiende á esas voces, debe huir lo más lejos posible! Pero ¿podrá olvidar que me debe todas las delicias y todas las locuras de nuestro amor? ¡Oh locuras y delicias de nuestros amores!_
_¡Ya leilí!..._
Dulce-Amiga, después de haber cantado, siguió tañendo el armonioso laúd de cuerdas animadas, y el califa tuvo que reprimirse para no contestar con un «¡Ya einí!» de admiración. Y dijo: «¡Oh Giafar! En mi vida he oído voz tan maravillosa como la de esa esclava.» Giafar, sonriendo, dijo: «Espero que se habrá desvanecido la ira del califa contra su servidor.» Y el califa dijo: «Verdad es ¡oh Giafar! que se ha desvanecido.» Entonces bajaron del árbol, y dijo el califa: «Quiero entrar en el salón, sentarme entre ellos, y oir á esa esclava cantar delante de mí.» Pero Giafar advirtió: «¡Oh Emir de los Creyentes! Si te presentases entre ellos, les molestarías, y el jeique Ibrahim se moriría del susto.» Entonces el califa dijo: «¡Oh Giafar! tienes que indicarme un medio de saber todo lo que se refiere á este lance, sin que ellos lo adviertan ni me conozcan.»
Y el califa y Giafar, mientras pensaban cómo se las compondrían para lograr lo que deseaban, iban avanzando hacia el estanque que estaba en medio del jardín y comunicaba con el Tigris. Contenía una enorme cantidad de peces, que iban á refugiarse allí en busca del alimento que se les echaba. Así es que el califa había sabido que allí acudían algunos pescadores, pues cierto día estaba asomado á una de las ventanas del Palacio de las Maravillas y vió á los pescadores, y dió orden al jeique Ibrahim de que no les permitiese la entrada en el jardín ni la pesca en el estanque, encargándole que castigara severamente al que se desmandase.
Pero aquella noche, como había quedado la puerta abierta, entró un pescador, que se había dicho: «¡He aquí una buena ocasión de hacer una pesca magnífica!» Y se llamaba Karim este pescador, y era muy conocido entre todos los pescadores del Tigris. Echadas las redes en el estanque, se puso á esperar, mientras recitaba estos versos:
_¡Oh tú que viajas por el agua! ¡Al viajar olvidas los peligros y la perdición! Pero ¿cuándo dejarás de inquietarte, cuándo te convencerás de que la fortuna nunca viene cuando se la busca?_
_¿No ves al mar enfurecido y al pescador cansado? ¡Rendido está de cansancio por las noches, mientras las noches están llenas de estrellas, mientras las noches están serenas y llenas de estrellas!_
_¡Echó su red de cuerdas, la golpean las olas, y sus ojos no miran más que el seno de la red!_
_¡No hagas como el pescador, oh viajero! ¡Mira! ¡He aquí al hombre que conoce el valor de la vida y de la tierra, que sabe gozar de los días y de las noches, de la tierra y de sus bienes! ¡Es dichoso, su espíritu está tranquilo, y él vive de todos los frutos de la tierra!_
_¡Mira! ¡He aquí que se despierta por la mañana, después de una noche de delicias! ¡Se despierta por la mañana bajo la sonrisa de una joven gacela, bajo la mirada de dos ojos de gacela que le pertenecen y le sonríen!_
_¡Gloria al Señor! ¡Da á unos y priva á otros! ¡Unos pescan y otros se comen el pescado! ¡Gloria al Señor!_
Cuando el pescador Karim acabó de cantar, avanzó hacia él el califa y le dijo de pronto: «Oh Karim!» Y Karim se volvió sobresaltado al oir su nombre. Y á la claridad de la luna conoció al califa, y se quedó paralizado de terror. Después se repuso un poco, y dijo: «¡Por Alah! ¡Oh Emir de los Creyentes! no creas que hago esto por infringir tus órdenes, pues la pobreza y el tener una familia tan numerosa como la mía me han impulsado á obrar así esta noche.» Y el califa dijo: «Está bien, ¡oh Karim! Hagamos cuenta de que no te he visto. ¿Quieres echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo?» Entonces, contentísimo el pescador, se apresuró á echar la red invocando el nombre de Alah, y esperó á que llegara al fondo. La sacó después, encontrándola llena de pescados de todas clases y en cantidad incalculable. Y el califa quedó muy satisfecho, y le dijo: «Ahora, ¡oh Karim! desnúdate.» Y Karim se apresuró á despojarse de sus prendas una por una: el ropón de anchas mangas, remendado con piezas de todos colores y lleno de chinches y pulgas en número suficiente para cubrir la superficie de la tierra; el turbante, que no habría desenrollado en tres años, hecho con trapos, y que encerraba piojos grandes y chicos, blancos y negros y de otras clases. Y luego de haberse quitado el ropón y el turbante, se quedó desnudo delante del califa. Entonces el califa empezó también á desnudarse, quitándose el ropón de seda iskandaraní y el de seda baalbakí, el de terciopelo y el chaleco, y dijo al pescador: «Karim, toma esta ropa y póntela.» Por su parte, el califa cogió el ropón del pescador y su turbante, y se los puso, se enrolló la bufanda de Karim, y le dijo: «Ya te puedes ir por tu camino.» Y el hombre dió las gracias al califa y le recitó estas dos estrofas:
_¡Me has hecho dueño de una riqueza sin límites, y no los ha de tener mi gratitud! ¡Me colmaste de todos los dones sin llevar cuenta!_
_¡He de honrarte, pues, mientras esté entre los vivos, y después de muerto aún te darán mis huesos las gracias dentro del sepulcro!_
Pero apenas había acabado de recitar estos versos el pescador, cuando notó el califa que le invadían los piojos y las chinches domiciliados en aquellos andrajos, y toda aquella miseria empezó á circular activamente á lo largo de su cuerpo. Y empezó á coger puñados de parásitos que le corrían por el cogote, el pecho y todas partes, y los tiraba muy lejos, lleno de repugnancia. Y tal fué su espanto, que llegó á decir al pescador: «¡Oh desgraciado Karim! ¿Cómo hiciste para reunir en tus mangas y en tu turbante todos estos animales dañinos?» Y Karim respondió: «¡Oh mi señor! no los temas para nada, pues ahora sientes sus picaduras; pero si tienes paciencia y haces lo que yo, nada sentirás dentro de una semana, y como ya no te molestará que te piquen, no les harás pizca de caso.» El califa, á pesar de su horror, se echó á reir, y dijo: «Pero desdichado, ¿cómo voy á resistir esta suciedad sobre mi cuerpo?» Y repuso el pescador: «¡Oh Emir de los Creyentes! querría decirte una cosa, pero me impone la presencia de mi augusto califa.» El rey dijo: «Habla en seguida.» Y así habló el pescador: «Se me ocurre, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que para tener un oficio con qué ganarte la vida has querido aprender á pescar. Si así fuese, ¡oh soberano emir! he aquí que esa ropa y ese turbante han de serte muy á propósito para eso.» Entonces el califa, riéndose de esto que le decía el pescador, se despidió de él. Y Karim se fué por su camino, mientras que el califa cogió la banasta de palma donde estaban los peces, la cubrió con hierba fresca y corrió en busca de Giafar y de Massrur, que le aguardaban á cierta distancia. Y al verle creyeron que era Karim el pescador, y Giafar, temiendo que descargase sobre el pescador la cólera del califa, le dijo: «¡Oh Karim! ¿qué vienes á hacer aquí? Huye á escape, que el califa está en el jardín esta noche.» Y cuando el califa oyó esto que decía Giafar, le dió tal risa, que se caía de trasero. Y Giafar exclamó: «¡Por Alah! ¡Si es nuestro amo y califa, el mismo Emir de los Creyentes!» Y dijo el califa: «¡Efectivamente, ¡oh Giafar! y tú eres mi gran visir, y al llegar á tu lado no me has conocido! ¿Cómo quieres que me conozca el jeique Ibrahim, que está completamente borracho? Quédate aquí y espera á que yo vuelva.» Y Giafar dijo: «Escucho y obedezco.»
Entonces el califa llamó á la puerta del palacio. Y el jeique Ibrahim se levantó para preguntar: «¿Quién llama?» Y contestó el califa: «Soy yo, jeique Ibrahim.» Y el anciano dijo: «¿Pero quién eres tú?» Respondióle el califa: «Soy el pescador Karim. He sabido que tenías convidados esta noche, y he venido á traerte buen pescado, vivito y coleando.»
Precisamente á Alí-Nur y á Dulce-Amiga les gustaba mucho el pescado. Y al oir hablar al pescador, se alegraron hasta el límite de la alegría. Y Dulce-Amiga dijo: «Abre pronto, ¡oh jeique Ibrahim! y déjale entrar con el pescado que trae.» Entonces el jeique Ibrahim se decidió á abrir la puerta, y el califa, disfrazado de pescador, pudo entrar sin ningún contratiempo y fué á saludar á los presentes. Pero el jeique Ibrahim le contestó con una carcajada, y le dijo: «¡Bien venido sea entre nosotros el más ladrón de sus compañeros! ¡Ven á enseñarnos ese pescado tan bueno que traes!» Y el pescador quitó la hierba fresca y mostró el pescado que llevaba en la cesta, y vieron que estaba vivo aún y coleando todavía; y Dulce-Amiga exclamó entonces: «¡Por Alah! ¡oh señores míos, qué hermoso es ese pescado! ¡Lástima que no esté frito!» El anciano Ibrahim asintió en seguida: «¡Por Alah! verdad dices.» Y volviéndose hacia el califa, exclamó: «¡Oh pescador! ¡qué lástima que no hayas traído frito este pescado! ¡Cógelo, ve á freirlo y tráenoslo en seguida.» Y contestó el califa: «Pongo tus órdenes sobre mi cabeza. Lo voy á freir y en seguida lo traigo.» Y todos le contestaron á un tiempo: «¡Sí, sí; fríelo pronto y tráenoslo!»
El califa se apresuró á salir, y fué á buscar á Giafar, á quien dijo: «¡Oh Giafar! ahora quieren que se fría el pescado.» Y el visir contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes! dámelo y yo mismo lo freiré.» Pero el califa repuso: «Por la tumba de mis padres y de mis ascendientes, nadie más que yo ha de freir este pescado.» Y fué á la choza en que vivía el jeique Ibrahim y empezó á buscar por todas partes, hasta que encontró los utensilios de cocina y todos los ingredientes: sal, tomillo, hojas de laurel y otras cosas semejantes. Se acercó al hornillo, y exclamó: «¡Oh Harún! recuerda que en tus mocedades te gustaba andar por la cocina con las mujeres y te metías á guisar. Ha llegado el momento de demostrar tus habilidades. Cogió la sartén, la puso á la lumbre, le echó la manteca y aguardó. Y cuando hirvió la manteca echó en la sartén los peces, que ya había limpiado, escamado y untado con harina. Bien frito el pescado por un lado, lo volvió del otro con mucho arte, y cuando estuvo á punto lo sacó de la sartén y lo puso sobre grandes hojas de plátano. Después fué al jardín á coger algunos limones y los puso cortados en rajas sobre las hojas de plátano. Entonces se lo llevó á los invitados y se lo puso delante. Y Alí-Nur, Dulce-Amiga y el jeique Ibrahim se pusieron á comer, y cuando hubieron acabado, se lavaron las manos, y Alí-Nur dijo: «¡Por Alah! ¡oh pescador! nos has hecho un gran favor esta noche.» Y echó mano al bolsillo, sacó tres dinares de oro de los que le había dado generosamente el joven chambelán, y se los tendió al pescador, diciéndole: «Perdona ¡oh pescador! si no te doy más, porque ¡por Alah! si te hubiese conocido antes de los últimos acontecimientos que me han ocurrido, podría haber arrancado para siempre de tu corazón la amargura de la pobreza. Toma, pues, esos dinares, que son los únicos que mi actual situación me permite darte.» Y obligó al califa á tomar el oro que le alargaba, y el califa lo tomó y se lo llevó á los labios, y después á la frente, como para dar gracias á Alah y á su bienhechor por aquel donativo, y luego se metió los dinares en la faltriquera.
Pero lo que quería ante todo el califa era oir á la esclava cantar delante de él, de modo que le dijo á Alí-Nur: «¡Oh dueño y señor! tus beneficios y tu generosidad están sobre mi cabeza y sobre mis ojos, pero mi más ardiente deseo se realizaría, gracias á tu bondad, si esta esclava tocase algo en ese laúd que á su lado veo y me dejase oir su voz, que debe ser admirable. Porque me encantan las canciones acompañadas con las melodías del laúd, y son lo que más me gusta en el mundo.» Entonces Alí-Nur dijo: «¡Oh Dulce-Amiga!» Y contestó ésta: «¡Oh mi señor!» Y dijo Alí-Nur: «Por mi vida, si la estimas en algo, te ruego que cantes para complacer á este pescador, que tanto desea oirte.» Y Dulce-Amiga, al oir estas palabras de su enamorado Alí-Nur, cogió el laúd en seguida, pulsó las cuerdas, ejecutó un preludio que hubo de encantar á todos los presentes, y después cantó estas dos estrofas:
_¡La joven esbelta y flexible tañía el laúd con las delicadas yemas de sus dedos, y al oirla voló mi alma!_
_Sonó su voz, y los sordos recobraron el oído, y los mudos rompieron á hablar de pronto, diciendo: «¡Oh qué encanto el de esa voz!»_
Y Dulce-Amiga, después de haber cantado esto, siguió pulsando el laúd con arte tan maravilloso, que enloquecía á los que allí estaban. Después sonrió y cantó estas dos estrofas:
_¡Con tu pie, joven grácil, pisaste nuestro suelo, que se estremeció de placer, al mismo tiempo que la claridad de tus ojos disipaba las tinieblas de la noche!_
_¡Oh mancebo querido! ¡cuando te vuelva á ver he de perfumar mi morada con almizcle, resina de olor y agua de rosas!_
Y Dulce-Amiga cantó tan admirablemente, que el califa llegó al límite del placer y se apasionó de tal modo, que no pudo reprimir el arrebatado entusiasmo de su alma, y exclamó: «¡Por Alah! ¡Por Alah!» Y Alí-Nur le dijo: «Pescador, ¿te ha encantado la voz de mi esclava y su arte de pulsar las cuerdas armoniosas?» Y contestó el califa: «Sí, ¡por Alah!» Entonces Alí-Nur, no pudiendo reprimir su costumbre de dar á los amigos todo lo que les gustaba, le dijo: «¡Oh pescador! ya que tanto te entusiasma mi esclava, he aquí que te la ofrezco y te la regalo, como obsequio de un corazón generoso que nunca recogió lo que dió una vez. Toma, pues, la esclava. ¡Tuya es desde ahora!» Y Alí-Nur se levantó inmediatamente, cogió su manto, se lo echó al hombro, y sin despedirse siquiera de Dulce-Amiga, se apercibió á abandonar el salón y dejar que el supuesto pescador tomase libremente posesión de la esclava. Entonces Dulce-Amiga, dirigiéndole una mirada llena de lágrimas, le dijo: «¡Oh mi dueño Alí-Nur! ¿Vas á repudiarme de este modo? Detente por favor un momento, sólo para que pueda despedirme de ti. ¡Oye, Alí-Nur!» Y Dulce-Amiga recitó amargamente estas dos estrofas:
_¿Vas á huir de mí, ¡oh sangre pura de mi corazón! cuando tu sitio está en este corazón herido, entre mi pecho y mis entrañas?
¡Ah! ¡Te suplico ¡oh tú, el Clemente sin límites! que reúnas á los que se separaron! ¡Que repartas ¡oh Generoso! los beneficios entre los hombres!_
Y terminada su lamentación, Dulce-Amiga se aproximó á Alí-Nur y le dijo:
_El día de la separación, al despedirse de mí, llorando lágrimas ardientes me dijo: «¿Qué harás ahora, lejos de mí?» Y yo contesté: «¡Oh! ¡Pregúntaselo más bien á quien se queda á tu lado!»_
Al oir estas palabras se impresionó mucho el califa, creyéndose causante de la separación de los dos jóvenes. Y sorprendiéndole la facilidad con que Alí-Nur le regalaba aquella maravilla, le dijo: «Explícate, ¡oh joven! y no temas confesármelo todo, pues tengo tanta edad que podría ser tu padre: ¿temes ser detenido y castigado por haber robado acaso á esa joven, ó piensas cedérmela por tus deudas?» Entonces le contestó Alí-Nur: «¡Por Alah, oh pescador! á esta esclava y á mí nos ha ocurrido una aventura tan asombrosa, y somos víctimas de desdichas tan extraordinarias, que si se escribieran con una aguja en el ángulo interior del ojo, servirían de lección á quien las leyera con respeto.» Y el califa dijo: «Apresúrate á contarnos detalladamente tu historia, pues acaso esto sea para ti causa de alivio y hasta de socorro, ya que el consuelo y el auxilio de Alah siempre están cercanos.» Entonces Alí-Nur dijo: «¡Oh pescador! ¿Cómo quieres que te lo relate, en verso ó en prosa?» Á lo cual respondió el califa: «La prosa es un bordado de sederías y los versos hilos de perlas.» Entonces dijo Alí-Nur: «He aquí por lo pronto el hilo de perlas.» Y entornando los ojos, bajó la frente é improvisó estas estrofas:
_¡Oh amigo mío! ¡El reposo ha huído de mi lecho! ¡Al verme tan alejado del país en que nací, me destroza el alma la amargura!
¡Sabe que tuve un padre á quien amaba, y que fué para mí el más cariñoso de los padres! ¡Ya no está junto á mí, pues la tumba le sirve de lecho!_
_¡Desde entonces, todas las desventuras y todas las aflicciones han caído sobre mí de tal modo, que mis entrañas están destrozadas y mi corazón hecho trizas!_
_¡Mi padre eligió para mí una hermosa entre las hermosas, una joven esbelta como un tallo nuevo, esbelta y ondulante como una rama que cimbrea el viento!_
_¡La amé apasionadamente, quemé por ella toda la herencia de mi padre, y hasta tal punto la quise, que hube de preferirla al más querido de mis rápidos corceles!_
_¡Pero un día me vi falto de todo y tuve que emprender el camino del mercado, á pesar de temer con toda mi alma el dolor de la separación!_
_¡El pregonero la subastó en el zoco; y de pronto, un viejo libertino pujó para apoderarse de ella!_
_¡Al ver aquel viejo innoble, me enfurecí, cogí de la mano á mi esclava y quise llevármela del mercado!_
_¡Pero el viejo libertino se creía ya á punto de saciar su concupiscencia; el maldito viejo de corazón lleno de fuego infernal!_
_¡Y le di un puñetazo con la mano derecha y otro con la izquierda! ¡Y desahogué en él la ira que me devoraba!_
_¡Después, por temor de que me prendiesen, y para librarme de mi enemigo, huí de casa!_
_¡El rey de la ciudad mandó que me prendieran; pero entonces vi acudir en mi ayuda á un joven chambelán hermoso y leal!_
_¡Y para librarme de las asechanzas de mis enemigos, me aconsejó que huyera muy lejos!_
_¡Y cogí á mi amiga, y en alas de la noche salimos de nuestro país tomando el camino de Bagdad!_
_¡Y ahora, sabe que no tengo más tesoro que mi amiga, y te la regalo, ¡oh pescador!_
_¡Y sabe que te entrego á la amada de mi corazón, y que al quedarte con ella te quedas con mi propio corazón, ¡oh pescador!_
Cuando Alí-Nur acabó de desgranar la última perla, el califa dijo: «¡Oh mi señor! después de haberme maravillado con tu sarta de perlas, ¿querrías darme algunos pormenores sobre los preciosos bordados de esa historia tan maravillosa?» Y entonces Alí-Nur, que creía estar hablando con el pescador Karim, le refirió todas las particularidades de la historia, desde el principio hasta el fin.
Pero cuando el califa se hubo enterado perfectamente de toda la historia, dijo: «Y ahora ¿adónde piensas ir, ¡oh mi señor Alí-Nur!?» Y Alí-Nur contestó: «¡Oh pescador! las tierras de Alah son vastas hasta lo infinito.» Entonces el califa dijo: «Escúchame, ¡oh joven! Aunque sea como soy un pobre pescador oscuro y sin luces, voy á darte una carta para que la entregues en propia mano al sultán de Bassra, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní. Y cuando la haya leído, ya verás qué resultado tan favorable tendrá para ti.»
Al llegar á este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y no prolongó más el hilo de su relato.
_Y CUANDO LLEGÓ LA 36.ª NOCHE_
Schahrazada dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa dijo á Alí-Nur: «Te escribiré una carta, que entregarás al sultán de Bassra, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, y ya verás sus resultados favorables», Alí-Nur, asombrado, repuso: «¿Cuándo se ha visto que un pescador escriba directamente á un rey? Es una cosa que no ha ocurrido nunca.» Y el califa dijo: «Tienes razón, ¡oh mi señor Alí-Nur! pero voy á explicarte el motivo que me permite obrar de ese modo. Sabe que me enseñaron á leer y escribir en la misma escuela que á Mohammad El-Zeiní, pues ambos tuvimos el mismo maestro. Y yo estaba mucho más adelantado que el actual califa, tenía mejor letra que él, y sabía de memoria las estrofas de los poetas y los versículos de nuestro Libro Noble, pudiéndolos recitar mucho más fácilmente que él. Éramos, pues, muy amigos; pero más adelante le favoreció la fortuna, y llegó á ser rey, mientras Alah hizo de mí un miserable pescador. Sin embargo, como su alma nada tiene de orgullosa, mi compañero de escuela, hoy sultán de Bassra, ha continuado en relaciones conmigo, y no hay cosa que le pida que no la haga inmediatamente, y si cada día le hiciese mil peticiones, atendería con seguridad á todas ellas.» Entonces Alí-Nur exclamó: «Escribe, pues, esa carta, para que yo crea en tu influjo cerca del califa.»
Y el califa, después de sentarse en el suelo, doblando las piernas, cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, apoyó el papel en la palma de la mano izquierda, y escribió esta carta:
«EN NOMBRE DE ALAH, EL CLEMENTE SIN LÍMITES, EL MISERICORDIOSO.
»Este escrito es enviado por mí, Harún Al-Rachid ben-Mahdí El-Abbasí, á Su Señoría Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.
»Recuerda que mi gracia te envuelve y que á ella debes haber sido nombrado representante mío en un reino de mis reinos.
»Y ahora te anuncio que el portador de este escrito, hecho por mi propia mano, es Alí-Nur, hijo de Fadleddín ben-Khacan, que fué tu visir y descansa ahora en la misericordia del Altísimo.
»Inmediatamente después de haber leído mis palabras te levantarás del trono del reino y colocarás en él á Alí-Nur, que será rey en lugar tuyo. Porque he aquí que acabo de investirle de la autoridad que antes te había confiado.
»Y cuida mucho que no sufra ningún aplazamiento la ejecución de mi voluntad. La salvación sea contigo.»
Después el califa dobló la carta, la selló, y se la entregó á Alí-Nur, sin revelarle su contenido. Y Alí-Nur cogió la carta, se la llevó á los labios y á la frente, la guardó en el turbante y salió en el acto para embarcarse con dirección á Bassra, mientras la pobre Dulce-Amiga lloraba abandonada en un rincón.
Esto, por lo pronto, en cuanto se refiere á Alí-Nur. Respecto al califa, he aquí que cuando el jeique Ibrahim, que hasta entonces nada había dicho, vió todo aquello, se volvió hacia el califa, á quien seguía tomando por el pescador Karim, y le dijo: «¡Oh tú, el más miserable de los pescadores! Has traído unos peces que apenas valen veinte mitades de cobre, y no contento con haberte embolsado tres dinares de oro ¿quieres llevarte ahora esa esclava? Ahora mismo me vas á dar la mitad del oro, y en cuanto á la esclava, la disfrutaremos también los dos, pero siendo yo el primero.»
Entonces el califa, después de lanzar una terrible mirada al jeique Ibrahim, se acercó á una de las ventanas y dió dos palmadas. Inmediatamente acudieron Giafar y Massrur, que no aguardaban más que aquella señal, y á un ademán del califa, Massrur se echó encima del jeique Ibrahim y lo inmovilizó. Giafar, que llevaba en la mano un ropón magnífico, que había mandado á buscar á toda prisa por uno de sus criados, se acercó al califa, le quitó los harapos del pescador y le puso el ropón de seda y oro.
Entonces el jeique Ibrahim, todo aterrado, reconoció al califa, y empezó á morderse los dedos; pero aún se resistía á creer en la realidad, y se decía: «¿Estoy despierto ó dormido?» Y el califa, sin disimular la voz, le dijo: «¿Te parece bien, jeique Ibrahim, el estado en que te encuentro?» Y al oirle se le quitó de pronto la borrachera al jeique Ibrahim, se tiró de bruces al suelo, arrastrando por él su larga barba, y recitó estas estrofas:
_¡Perdona mi falta, ¡oh tú que eres superior á todas las criaturas! ¡El señor debe generosidad al esclavo!_
_¡Confieso que hice cosas impulsado por la locura! ¡A ti te corresponde ahora perdonarlas generosamente!_