El libro de las mil noches y una noche; t. 3

Part 7

Chapter 74,072 wordsPublic domain

Había nombrado guarda del palacio y del jardín á un buen anciano, llamado el jeique Ibrahim, que vigilaba día y noche para que los paseantes y los curiosos no entrasen en el jardín, singularmente mujeres y niños, que podían estropear ó robar las flores y las frutas. Y aquella noche, al dar su vuelta acostumbrada, abrió la puerta principal del jardín y vió dormidas en el banco á dos personas desconocidas, cubiertas con una misma manta. Y se indignó, y dijo: «He aquí dos audaces que han infringido las órdenes del califa, y como me ha autorizado para imponer cualquier castigo á todo el que se acerque á este palacio, voy á hacerles saber lo que cuesta el apoderarse de ese banco, que está reservado á los servidores del califa.» Y el jeique Ibrahim cortó una rama de un árbol y se acercó á los durmientes, é iba á darles de latigazos, cuando de pronto pensó: «¡Oh Ibrahim! ¿qué vas á hacer? Vas á golpear despiadadamente á personas que no conoces, que tal vez sean extranjeros ó mendigos del camino de Alah, á quienes haya encaminado hacia aquí el Destino. Lo mejor es verles primeramente la cara.» Y el jeique Ibrahim levantó la manta que les ocultaba el rostro, y se quedó encantado al ver aquellas dos caras maravillosas, cuyas mejillas había juntado el sueño, y que parecían más hermosas que las flores del jardín. Y pensó: «¿Qué iba yo á hacer? ¿Qué ibas á hacer, ciego Ibrahim? Merecerías que te golpearan á ti, para castigarte por tu injusta cólera.» Después les tapó nuevamente la cara, se sentó á sus pies, y empezó á dar masaje á los de Alí-Nur, que le había inspirado una inmensa simpatía. Y Alí-Nur, al sentir aquellas manos que le acariciaban, no tardó en despertarse, y vió á un respetable anciano. Avergonzado de que éste le diera masaje, apartó los pies en seguida, se incorporó, y cogiendo la mano del jeique Ibrahim, se la llevó á los labios y luego á la frente. Entonces el jeique le preguntó: «¿De dónde venís, hijos míos?» Y Alí-Nur dijo. «¡Oh señor, somos extranjeros!» Y se le arrasaron los ojos en lágrimas. Ibrahim repuso: «¡Oh hijo mío! no soy de los que olvidan que el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) recomendó en varios pasajes del Libro Noble la hospitalidad para los forasteros, y que se les recibiera cordialmente y con agrado. Venid, pues, conmigo; os enseñaré este jardín y el palacio, y así olvidaréis vuestras penas y respiraréis á gusto.» Entonces Alí-Nur le preguntó: «¡Oh señor! ¿de quién es este jardín?» Y el jeique Ibrahim, para no intimidar á Alí-Nur y algo también por jactancia, dijo: «Este palacio y este jardín me pertenecen, y los he heredado de mi familia.» Entonces se levantaron Dulce-Amiga y Alí-Nur, y franquearon la puerta del jardín precedidos por Ibrahim.

Alí-Nur había visto en Bassra hermosos jardines, pero no había ni soñado con uno parecido á aquél. Formaban la entrada principal magníficos arcos superpuestos, de un efecto grandioso, y la cubrían unas parras que dejaban colgar espléndidos racimos, rojos unos como rubíes, negros otros como el ébano. Árboles frutales doblados al peso de la fruta madura sombreaban aquella avenida. Cantaban los pájaros en las ramas sus alegres motivos: el ruiseñor modulaba melodías; la tórtola entonaba su lamento de amor; el mirlo silbaba como un hombre; el palomo arrullaba como un embriagado con licores fuertes. Cada frutal estaba representado por sus dos especies mejores: había albaricoques de almendra dulce y amarga; había sabrosos frutales del Khorasán; ciruelos cuyos frutos tenían el color de labios hermosos; mirabeles de dulce encanto; higos rojos, blancos y verdes, de aspecto admirable. Las flores eran como perlas y coral; las rosas aparecían más bellas que las mejillas de una mujer hermosa; las violetas recordaban la llama del azufre. Había flores blancas de arrayán, alelíes, alhucemas y anémonas, cuyas corolas se cubrían con una diadema de lágrimas de nubes. Las manzanillas sonreían, mostrando todos sus dientes, y los narcisos miraban á las rosas con hondos y negros ojos. La cidra redonda parecía una copa sin asa y sin cuello; los limones colgaban como bolas de oro. Flores de todos los colores alfombraban la tierra; la primavera reinaba en los planteles y en los bosquecillos; los fecundos ríos crecían, rodaban los manantiales, y cantaba la brisa como una flauta, contestándole suavemente el céfiro, y esta canción del aire armonizaba toda aquella alegría.

Así entraron Alí-Nur y Dulce-Amiga con el jeique Ibrahim en el Jardín de las Delicias. Y entonces el jeique Ibrahim, que no quería hacer las cosas á medias, les invitó á penetrar en el Palacio de las Maravillas, y abriendo la puerta les hizo entrar.

Alí-Nur y Dulce-Amiga se detuvieron deslumbrados ante el esplendor de aquel salón nunca visto y lleno de cosas extraordinarias y asombrosas. Estuvieron admirando largo tiempo aquella belleza, y después, para descansar la vista de tanto esplendor, fueron á apoyarse en una ventana que daba al jardín. Y Alí-Nur, contemplando el vergel y los mármoles bañados por la luz de la luna, empezó á pensar en sus penas pasadas, y dijo á Dulce-Amiga: «¡Oh Dulce-Amiga! Este lugar lleno de encanto ¡me recuerda tantas cosas! ¡Y he aquí que la paz desciende sobre mi alma y extingue el fuego que me consume, apartando de mí la tristeza!»

El jeique Ibrahim les llevó las provisiones que había ido á buscar, y comieron cuanto quisieron; después se lavaron las manos, y se apoyaron de nuevo en la ventana, contemplando los árboles cargados de fruta sabrosa. Al cabo de un rato, Alí-Nur preguntó al jeique Ibrahim: «¡Oh jeique Ibrahim! ¿tienes que darnos algo para beber? Juzgo muy natural beber algo después de haber comido.» Y entonces Ibrahim les llevó una vasija llena de agua dulce y fresca. Pero Alí-Nur le dijo: «¿Qué nos traes? No es esto lo que yo quiero.» Ibrahim preguntó: «¿Acaso deseas vino?» Y Alí-Nur dijo: «¡Claro que sí!» Y el jeique Ibrahim repuso: «¡Guárdeme Alah bajo su protección! ¡Hace trece años que me abstengo de esa bebida funesta, porque el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) maldijo á todo aquél que beba cualquiera bebida fermentada, al que la exprima y al que la venda!» Entonces le contestó Alí-Nur: «Permíteme, ¡oh jeique! que te diga dos palabras.» El otro respondió: «Dilas.» Y Alí-Nur dijo: «Si te indico el medio de que me facilites lo que te pido, sin que seas tú el bebedor, ni el fabricante, ni el portador del vino, ¿serás culpable ó maldito?» El jeique repuso: «Creo que no.» Y Alí-Nur dijo: «Pues entonces toma estos dos dinares y estos dos dracmas, monta en el burro que está á la puerta del jardín y que nos trajo hasta aquí, ve al zoco, detente á la puerta de cualquier mercader de aguas destiladas de rosas y flores, pues estos mercaderes siempre tienen vino en lo más retirado de la tienda, y al primer transeunte que halles ruégale, dándole el dinero, que entre á comprarte la bebida por el precio de los dos dinares de oro, y le darás dos dracmas por el recado; y él mismo colocará en el borrico los cántaros de vino, y como será el burro quien lo traiga, el transeunte quien lo compre, y nosotros los que lo bebamos, no intervendrás para nada en el lance, pues no serás ni el bebedor, ni el fabricante, ni el portador. Y de este modo nada tendrás que temer por haber faltado á la santa ley del Libro.» El jeique, al oir á Alí-Nur, se echó á reir á carcajadas, y dijo: «¡Por Alah! Nunca he encontrado persona más simpática que tú, ni con tanto ingenio y encanto.» Y Alí-Nur contestó: «¡Por Alah! Muy agradecidos te estamos, ¡oh jeique Ibrahim! y no aguardamos de ti más que ese favor, que te pedimos con insistencia.» Entonces el jeique Ibrahim, que no había querido revelar hasta aquel momento que había en el palacio toda clase de bebidas fermentadas, dijo á Alí-Nur: «¡Oh amigo! Toma estas llaves de mi bodega y de mi despensa, que siempre están llenas para obsequiar al Emir de los Creyentes cuando me honra con su visita. Puedes entrar en ellas y tomar á tu gusto todo lo que te plazca.»

Entonces Alí-Nur entró en la bodega, y quedó estupefacto ante lo que veía. A lo largo de las paredes estaban ordenadas sobre tablas vasijas y más vasijas de oro macizo, de plata maciza y de cristal, con incrustaciones de toda clase de pedrerías. Alí-Nur acabó por decidirse, eligió lo que fué de su mayor agrado, y volvió al salón. Puso las preciosas vasijas sobre la alfombra, se sentó al lado de Dulce-Amiga, escanció el vino en copas de cristal con cerco de oro, y Dulce-Amiga y él empezaron á beber, maravillándose de todas las cosas encerradas en aquel palacio. No tardó Ibrahim en ofrecerles olorosas flores, y después se apartó discretamente, como manda la buena educación, cuando se ve á un joven sentado con su esposa. Y ambos siguieron bebiendo hasta que les dominó el vino; y entonces se les colorearon las mejillas, les brillaron los ojos como los de las gacelas, y Dulce-Amiga acabó por desatar sus cabellos. Ibrahim sintió una gran envidia, y se dijo: «¿Por qué he de apartarme de ellos, cuando puedo disfrutar de su compañía? ¿Cuándo me hallaré en otra fiesta tan encantadora como la de ver á estos dos admirables jóvenes que parecen dos lunas?» É Ibrahim volvió sobre sus pasos y fué á sentarse al otro extremo del salón. Entonces Alí-Nur le dijo: «¡Oh señor! te pido por tu vida que te acerques y te sientes con nosotros.» Y el jeique Ibrahim se sentó á su lado, y Alí-Nur cogió una copa, la llenó y se la alargó, diciéndole: «¡Oh jeique, toma y bebe! Verás qué bien sabe, y comprenderás las delicias que encierra el fondo de la copa.» Pero el jeique Ibrahim respondió: «¡Protéjame Alah! ¿No sabes, ¡oh joven! que hace trece años que no he cometido esa falta? ¿Ignoras que he cumplido dos veces mis deberes de hadj en la gloriosa Meca?» Y Alí-Nur, que estaba empeñadísimo en emborrachar al anciano Ibrahim, viendo que por la persuasión no la lograría, no insistió más; se bebió la copa llena, la volvió á llenar, se la bebió otra vez, y á los pocos momentos imitó todos los ademanes de un borracho, y acabó por echarse al suelo, en donde fingió dormir. Entonces Dulce-Amiga dirigió una insistente mirada al viejo Ibrahim, y le dijo: «¡Oh jeique Ibrahim! ¡Mira cómo se porta conmigo este hombre!» Y él contestó: «¡Qué desventura! Pero ¿por qué hace eso?» Dulce-Amiga dijo: «¡Si fuera esta la primera vez! Pero siempre hace lo mismo. Bebe y bebe, y luego se emborracha y se duerme, y me deja sola, sin nadie que me haga compañía y beba conmigo. Y así no le encuentro gusto á la bebida, pues nadie comparte mi copa, y ni siquiera tengo gana de cantar, porque no hay quien me escuche.» Entonces el jeique Ibrahim, cuyos músculos se estremecían al influjo de aquellas miradas ardientes y de aquella voz armoniosa, le dijo: «Realmente, así no ha de serte agradable beber.» Y Dulce-Amiga llenó entonces la copa, se la alargó sonriendo, y le dijo: «Por mi vida te ruego que tomes esa copa y la aceptes por darme gusto. Y de este modo merecerás mi gratitud.» Entonces el jeique Ibrahim tendió la mano, cogió la copa y acabó por beber. Y Dulce-Amiga se la llenó de nuevo é hizo que la bebiese, y luego otra más, y le dijo: «¡Oh mi señor! ¡nada más que ésta!» Pero él contestó: «¡Por Alah! No puedo complacerte. Bastante he bebido ya.» Ella volvió á insistir muy afable, é inclinándose hacia él, le dijo: «¡Por Alah! ¡No hay más remedio!» Y el jeique tomó la copa y se la llevó á los labios. Pero en aquel momento Alí-Nur se echó á reir y se incorporó bruscamente...

Al llegar á este punto de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y discreta, dejó para la noche siguiente la prosecución de su historia.

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 35.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Alí-Nur se echó á reir, se incorporó bruscamente, y dijo á Ibrahim: «¿Qué estás haciendo? ¿No te rogué hace una hora que me acompañaras, y te negaste entonces, y dijiste que llevabas trece años sin hacer semejante cosa?» Entonces el jeique Ibrahim se avergonzó mucho, pero se sobrepuso en seguida y se apresuró á decir: «¡Por Alah! ¡Nada tienes que echarme en cara! Toda la culpa es de ella, que ha insistido hasta que ha logrado convencerme.» Entonces se echó á reir de nuevo Alí-Nur, y lo mismo hizo Dulce-Amiga, que acabó por acercarse á su oído, y le dijo: «Déjame hacer, y ya verás cómo nos reímos á su costa.» Después echó vino en su copa y la bebió, escanció otra á Alí-Nur, que bebió también, y así siguió bebiendo y dando de beber á Alí-Nur, sin hacer caso alguno del jeique Ibrahim. Entonces éste, que los miraba asombrado, acabó por decirles: «¿Qué manera es ésa de convidar á los demás á beber con vosotros? ¿Es sólo para que miren lo que hacéis?» Y Alí-Nur y Dulce-Amiga se echaron á reir y consintieron que bebiera con ellos, y así estuvieron bebiendo hasta pasada la tercera parte de la noche.

En este momento Dulce-Amiga dijo al jeique Ibrahim: «¡Oh jeique Ibrahim! ¿quieres permitirme que encienda una de esas velas?» Y él contestó, ya medio borracho: «¡Sí; puedes hacerlo, pero no enciendas más que una sola.» Y ella se levantó en seguida, y no encendió una sola, sino todas las velas de los ochenta candelabros del salón, y se volvió á su sitio. Entonces Alí-Nur dijo á Ibrahim: «¡Oh jeique, cuánto me place estar á tu lado! Confío en que me permitirás encender una de esas antorchas.» Y el jeique Ibrahim contestó: «¡Bueno; levántate y enciende una, pero nada más que una! ¡no creas que me vas á engañar!» Y Alí-Nur se levantó, y no encendió una, sino las ochenta antorchas de la sala y además las ochenta arañas, sin que el jeique Ibrahim se diese la menor cuenta de ello. Entonces todo el salón, todo el palacio y todo el jardín quedaron iluminados. Y el jeique Ibrahim dijo: «Verdaderamente, sois más libertinos que yo.» Y como ya estaba completamente ebrio, se levantó y recorrió el salón por uno y por otro lado, abrió las ochenta ventanas, volvió á sentarse y á seguir bebiendo con los dos jóvenes, y llenaron el salón con la alegría de sus risas y sus canciones.

Pero el Destino, que está en manos de Alah el Omnisciente, el Entendedor de todo, el Creador de causas y efectos, quiso que el califa Harún-Al-Rachid estuviese precisamente á aquella hora tomando el fresco, á la claridad de la luna, sentado junto á una de las ventanas de su palacio que daba al Tigris. Y mirando por casualidad en aquella dirección, vió toda aquella iluminación que brillaba en el aire y se reflejaba á través del agua. Y no sabiendo qué pensar, empezó por llamar á su gran visir Giafar Al-Barmakí. Y cuando se le presentó Giafar, le dijo á gritos: «¡Oh perro visir! ¿Eres mi servidor, y no me das cuenta de lo que ocurre en mi ciudad de Bagdad?» Y Giafar contestó: «No sé lo que quieres decirme con esas palabras.» Y el califa volvió á gritarle: «¡Me parece asombroso! Si á estas horas asaltasen á Bagdad nuestros enemigos, no sería menos estupendo; ¿no ves, ¡oh maldito visir! que mi Palacio de las Maravillas está completamente iluminado? ¿Quién es el hombre lo suficientemente audaz ó suficientemente poderoso que haya podido iluminarlo encendiendo todas las arañas y abriendo todas las ventanas? ¡Desdichado de ti! Es irrisorio que me llamen el califa y que, sin embargo, puedan ocurrir semejantes cosas sin mi permiso.» Y Giafar, todo tembloroso contestó: «¿Pero quién ha dicho que el Palacio de las Maravillas está con las ventanas abiertas y las luces encendidas?» Y el califa dijo: «Acércate aquí y mira.» Y Giafar se aproximó, miró hacia los jardines, y vió toda aquella iluminación, que parecía como si el palacio estuviese incendiado, brillando más que la claridad de la luna. Entonces Giafar comprendió que aquello debía de ser una imprudencia del jeique Ibrahim, y como era hombre naturalmente bueno y compasivo, se le ocurrió inmediatamente inventar algo para disculpar al anciano guardián del palacio, que probablemente no habría hecho aquello más que para obtener alguna ganancia. Dijo, pues, al califa: «¡Oh Emir de los Creyentes! El jeique Ibrahim vino á verme la semana pasada, y me dijo: «¡Oh amo Giafar! mi mayor deseo es celebrar las ceremonias de la circuncisión de mis hijos bajo tus auspicios, y durante tu vida y la vida del Emir de los Creyentes.» Yo le contesté: «¿Y qué deseas de mí, ¡oh jeique!?» Y él respondió: «Deseo nada más que por tu mediación se logre permiso del califa para celebrar las ceremonias de la circuncisión de mis hijos en el salón del Palacio de las Maravillas.» Y yo le dije: «¡Oh jeique! ya puedes preparar lo necesario para la fiesta. En cuanto á mí, si Alah quiere, tendré audiencia del califa y le enteraré de tus deseos.» Entonces el jeique Ibrahim se marchó. En cuanto á mí, ¡oh Emir de los Creyentes! se me olvidó por completo hablarte de ese asunto.» Entonces el califa contestó: «¡Oh Giafar! en vez de una falta has cometido dos, y he de castigarte por ambos motivos. En primer lugar, no me has dado cuenta de la petición del jeique. Y en segundo lugar, no le has concedido lo que deseaba en realidad, pues si vino á hacerte aquella súplica fué para darte á entender que necesitaba algún dinero para los gastos. Y he aquí que nada le diste, ni me avisaste de su deseo para que yo le pudiese dar algo.» Y Giafar contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes! ha sido un olvido.» Y el califa transigió: «Está bien; por esta vez te perdono. Pero ¡por la memoria de mis padres y mis antepasados! te mando que vayas á pasar la noche en casa del jeique Ibrahim, que es un hombre de bien, muy escrupuloso y muy estimado de los ancianos de Bagdad, que lo visitan frecuentemente. Ya sabes cuán caritativo es para los pobres y cuán compasivo para todos los necesitados, y seguramente en este momento tendrá en su casa á mucha gente, que albergará y alimentará por amor á Alah. Acaso, si fuésemos allí, alguno de esos pobres haría en nuestro favor algún voto que nos sería provechoso en este mundo y en el otro. Quizá también sea provechosa nuestra visita al buen jeique Ibrahim, que lo mismo que todos sus amigos, se llenará de júbilo al vernos.» Pero Giafar repuso: «¡Oh Emir de los Creyentes! ha transcurrido la mayor parte de la noche, y todos los invitados de Ibrahim se dispondrán ya á dejar el palacio.» Y el califa dijo: «Es mi voluntad que vayamos á reunirnos con ellos.» Entonces tuvo que callarse, pero se quedó muy pensativo, sin saber qué partido tomar.

El califa se levantó inmediatamente, hizo lo mismo Giafar, y seguidos de Massrur el portaalfanje, se dirigieron hacia el Palacio de las Maravillas, no sin haber tomado la precaución de disfrazarse de mercaderes.

Después de haber atravesado las calles de la ciudad, llegaron al Jardín de las Delicias. Y el califa se adelantó el primero, y vió que la puerta principal estaba abierta, y se quedó muy sorprendido, y dijo á Giafar: «He aquí que el jeique Ibrahim ha dejado la puerta abierta, cuando no es ésa su costumbre.» Entraron los tres, atravesaron el jardín y llegaron al palacio. Y el califa dijo: «¡Oh Giafar! tengo que verlo todo sin que se enteren, pues he de saber quiénes son los convidados del jeique Ibrahim y cuántos son los venerables ancianos que vinieron á su fiesta y qué regalos le han hecho. Pero en este momento deben estar cada uno en su rincón, abstraídos por las prácticas religiosas de las ceremonias, ya que no se oyen voces, ni vemos á nadie.» Y el califa, señalando á un nogal cuya altura dominaba el palacio, dijo: «¡Oh Giafar! quiero subirme á ese árbol que extiende su ramaje cerca de las ventanas, y desde ahí podré mirar adentro. Conque ayúdame.» Y el califa subió al árbol, y no dejó de trepar de rama en rama hasta que llegó á una muy á propósito para atisbar el salón. Entonces se sentó en ella y miró á través de una de las ventanas que estaban abiertas.

Y he ahí que vió á un joven y á una joven, ambos hermosos como lunas (¡gloria á quien los creó!), y vió también al jeique Ibrahim, guardián de su palacio, sentado entre los dos jóvenes con la copa en la mano, y oyó que decía á Dulce-Amiga: «¡Oh soberana de la belleza! La bebida no sabe bien si no la acompaña la canción. Y para que nos permitas oir el encanto de tu voz maravillosa, escucha lo que dice el poeta:

_¡Ya leilí! ¡Ya einí!_[2].

_¡Nunca bebas sin que cante tu amiga! ¡Observa que el caballo no bebe sin el ritmo del silbido!_

_¡Ya leilí! ¡Ya einí!_

_¡Después halaga á tu amiga, y acaríciala! ¡En seguida lánzate sobre ella y tiéndela! ¡Lo tuyo es grande y lo suyo pequeño!..._

_¡Ya leilí! ¡Ya einí!»_

Al ver al jeique Ibrahim en aquella postura, y al oir de su boca aquella canción escandalosa y nada conveniente para su edad, el califa se encolerizó de tal modo que le brotaba el sudor de entre los ojos. Y se apresuró á descender del árbol, y miró á Giafar y le dijo: «¡Oh Giafar! En mi vida he presenciado un espectáculo tan edificante como el de esos respetables jeiques de nuestra mezquita que están reunidos en esa sala para cumplir religiosamente las piadosas ceremonias de la circuncisión. Esta noche es verdaderamente una noche bendita. Sube ahora tú al árbol, y apresúrate á mirar, y no desperdicies esta ocasión de santificarte, gracias á las bendiciones de esos santos jeiques.» Cuando Giafar oyó estas palabras del Emir de los Creyentes se quedó muy perplejo, pero no pudo vacilar en obedecerle y se apresuró á trepar al árbol, llegó frente á la ventana y miró hacia el interior del salón. Y vió el espectáculo de los tres bebedores: el anciano Ibrahim, con la copa en la mano, cantando y moviendo la cabeza, Alí-Nur y Dulce-Amiga mirándole fijamente, oyéndole y riéndose á carcajadas.

Al verlo Giafar se creyó perdido; pero bajó del árbol y se postró ante el Emir de los Creyentes. Y el califa dijo: «¡Oh Giafar! ¡Bendito sea Alah, que nos ha hecho seguir fervorosamente las ceremonias de la purificación, como la de esta noche, y nos aparta del mal camino, de las tentaciones y del error, y de la vista de los libertinos!» Y Giafar estaba tan confuso que no sabía qué contestar. Y el califa, mirando á Giafar, prosiguió: «Vamos á otra cosa. Quisiera saber quién ha guiado hasta este lugar á esos dos jóvenes, que se me figuran forasteros. En verdad he de decirte, Giafar, que nunca han visto mis ojos belleza, perfecciones, delicadeza ni encantos como los de ellos.» Entonces Giafar pidió perdón al califa, que se lo otorgó, y le dijo: «¡Oh califa! ciertamente has dicho la verdad. Son muy hermosos.» Y el califa repuso: «¡Oh Giafar! Subamos otra vez al árbol y observémosles desde la rama.»

Y haciéndolo así, treparon hasta la rama que daba al salón y se pusieron á contemplarle.

Precisamente en aquel momento decía el jeique Ibrahim: «¡Oh soberana mía! Este vino de los collados me ha hecho perder la seriedad, que me parece una cosa ridícula. Pero para ser completamente feliz necesito que pulses las cuerdas armoniosas.» Y Dulce-Amiga contestó: «¡Por Alah! ¡Oh jeique Ibrahim! ¿Cómo voy á pulsar las cuerdas si carezco de instrumento?» Apenas oyó el jeique Ibrahim estas palabras de Dulce-Amiga, salió del aposento. Y el califa dijo á Giafar: «¿Quién sabe lo que irá á hacer ahora ese viejo libertino?» Y Giafar respondió: «¡Quién ha de saberlo!» Entretanto, el jeique Ibrahim volvió al salón con un laúd en la mano. Y el califa se fijó en aquel laúd y vió que era el que solía tocar su cantor favorito Ishak cuando había fiesta en el palacio ó quería distraer á su señor. Y el califa dijo: «¡Por Alah! ¡Esto ya es demasiado! Pero quiero oir á esa maravillosa joven, y si canta mal os he de crucificar á todos, y si canta bien perdonaré á esos tres; pero á ti, ¡oh Giafar! te crucificaré de todos modos.» Y Giafar exclamó: «¡Alahumma! ¡Ojalá no sepa cantar!» Y asombrado el califa, preguntó: «¿Por qué prefieres el primer caso al segundo?» Y contestó Giafar: «Porque crucificado en su compañía pasaré mejor las horas del suplicio, y nos consolaremos mutuamente.» Y el califa, al oirle, rió en silencio.