El libro de las mil noches y una noche; t. 3

Part 6

Chapter 63,837 wordsPublic domain

Y después dijo: «¡Por Alah! que he de visitar á todos, pues espero encontrar por lo menos uno que haga lo que estos traidores se han negado á hacer.» Pero no pudo encontrar á nadie que le recibiese, ni que le enviase siquiera un pedazo de pan. Y entonces se consoló recitando estos versos:

_¡El hombre próspero es como un árbol: le rodea la gente mientras lo cubren los frutos!_

_¡Pero apenas estos frutos caen, se dispersa la gente para buscar otro árbol mejor!_

_¡Todos los hijos de este tiempo padecen la misma enfermedad, y no he encontrado uno solo que estuviese libre de ella!_

Y después fué á buscar á Dulce-Amiga, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Ni siquiera uno me ha recibido!» Y ella contestó: «¡Oh dueño mío, ya te había advertido que no te ayudarían en nada! Ahora te aconsejo que empieces por vender los muebles y objetos preciosos que tenemos en casa, y con eso nos podremos sostener algún tiempo.» Y Alí-Nur hizo lo que Dulce-Amiga le aconsejaba. Pero pasados los días ya no les quedó nada que vender, y entonces Dulce-Amiga, aproximándose á Alí-Nur, que lloraba lleno de desesperación, le dijo: «¡Oh dueño mío! ¿por qué lloras? ¿No estoy yo todavía aquí? ¿No sigo siendo la misma Dulce-Amiga á quien llamas la más hermosa de las mujeres? Cógeme, pues, llévame al zoco de los esclavos y véndeme. ¿Has olvidado que tu difunto padre me compró en diez mil dinares de oro? Espero que Alah nos ayude en esta venta y la haga fructuosa, y hasta que te paguen por mí más que la primera vez. Y en cuanto á nuestra separación, ya sabes que si Alah ha escrito que nos hemos de encontrar algún día, acabaremos por reunirnos.» Alí-Nur contestó: «¡Oh Dulce-Amiga, nunca accederé á separarme de ti, ni siquiera por una hora!» Y ella replicó: «Tampoco lo quisiera yo, ¡oh mi dueño Alí-Nur! pero la necesidad no tiene ley, como dijo el poeta:

_¡No dudes en hacer aquello á que te obligue la necesidad! ¡No retrocedas ante nada, siempre que esté en los límites de la decencia!_

_¡No te preocupes sin un motivo fundado, y cree que son muy escasas las aflicciones que tengan un verdadero motivo de constante preocupación!_»

Alí-Nur cogió entonces en brazos á Dulce-Amiga, le besó la cabellera, y con lágrimas en los ojos recitó estas estrofas:

_¡Detente, por favor! ¡Déjame recoger una mirada de tus ojos, una sola mirada, para que me acompañe durante todo el camino; una mirada que sirva de remedio á mi alma, herida por esta separación mortal!_

_¡Pero si hasta esto te parece exagerado, no me lo des, y déjame entregado á mi dolor y sin más compañía que mi tristeza!_

Entonces Dulce-Amiga habló con palabras tan dulces á Alí-Nur, que acabó por decidirle á que tomase la resolución que le acababa de proponer, pues era el único medio de evitar que el hijo de Fadleddín ben-Khacan se viese en aquella pobreza indigna de su rango. Salió, pues, con Dulce-Amiga, y la llevó al zoco de los esclavos; se dirigió al más experto de los corredores y le dijo: «Es necesario, ¡oh corredor! que sepas el valor de esta joya que vas á pregonar en el mercado. No vayas á equivocarte.» Y el corredor respondió: «¡Oh mi señor Alí-Nur! soy tuyo, y conozco, además de mis deberes, las consideraciones que te debo.» Entonces Alí-Nur entró en una habitación del khan y levantó el velo que cubría el rostro de Dulce-Amiga. Y al verla, exclamó el corredor: «¡Por Alah! ¡Si es la esclava que apenas hace dos años vendí en diez mil dinares de oro al difunto visir!» Y Alí-Nur asintió: «La misma es.» Entonces dijo el corredor: «¡Oh Alí-Nur! cada criatura lleva pendiente del cuello su destino y no se puede librar de él. Te juro que he de poner toda mi inteligencia en vender tu esclava al precio más alto del mercado.»

E inmediatamente marchó al sitio en que solían reunirse los mercaderes, y aguardó á que llegasen, pues en aquel momento llegaban dispersos, comprando esclavas de todos los países y llevándolas hacia aquel punto del zoco en que se juntaban mujeres turcas, griegas, circasianas, georgianas, abisinias y de otras partes. Y cuando vió el corredor que estaban allí todos y que la plaza se había llenado con la muchedumbre de corredores y compradores, se subió á un poyo y dijo: «¡Oh vosotros todos, mercaderes y hombres de riquezas! sabed que no todo lo redondo es nuez; no todo lo alargado es plátano; no todo lo colorado es carne; no todo lo blanco es grasa; no todo lo tinto es vino, ni todo lo pardo es dátil. ¡Oh mercaderes ilustres entre los de Bassra y Bagdad! he aquí que presento hoy á vuestro justiprecio y valoración una perla noble y única que si hubiera equidad en apreciarla valdría más que todas las riquezas reunidas. Á vosotros corresponde señalar el precio que ha de servir como base de pujas; pero antes venid á ver con vuestros ojos.» Y los hizo aproximarse, les mostró á Dulce-Amiga, y en seguida, por unanimidad, acordaron empezar por anunciarla en cuatro mil dinares como base de pujas. Entonces el corredor gritó: «¡Cuatro mil dinares la perla de las esclavas blancas!» Y en seguida un mercader pujó á cuatro mil quinientos. Pero precisamente en aquel instante el visir Ben-Sauí pasaba á caballo por el zoco de los esclavos, y vió á Alí-Nur de pie al lado del corredor, y á éste pregonando un precio. Y dijo para sí: «Ese calavera de Alí-Nur está vendiendo el último de sus esclavos después de haber vendido el último de sus muebles.» Pero pronto se enteró de que lo que se pregonaba era una esclava blanca, y pensó: «Alí-Nur debe estar vendiendo su esclava, porque ya no posee ni un óbolo. ¡Cómo se alegraría mi corazón si esto fuese verdad!» Llamó entonces al pregonero, que acudió en cuanto conoció al visir, y besó la tierra entre sus manos.» Y el visir le dijo: «Quiero comprar esa esclava que pregonas. Tráela en seguida para que la vea.» Y el pregonero, que no podía negarse á obedecer al visir, se apresuró á llevarle á Dulce-Amiga y le levantó el velo. Al ver aquel rostro sin igual y al admirar todas las perfecciones de la joven, se maravilló el visir y preguntó: «¿Qué precio es el que ha alcanzado?» Y el corredor respondió: «Cuatro mil quinientos dinares á la primera puja.» Y el visir dijo: «Pues bien; á ese precio me quedo con ella.» Y al hablar así miró fijamente á todos los mercaderes, que no se atrevieron á pujar, y ni uno solo tuvo valor para ofrecer mayor precio, temiendo la venganza del visir. Después el visir dijo al corredor: «¿Qué haces ahí parado? Ya sabes que tomo la esclava en cuatro mil dinares de oro, y te doy quinientos de corretaje.» El corredor no supo qué responder, y con la cabeza baja se fué á buscar á Alí-Nur, que estaba algo más lejos, y le dijo: «¡Oh señor, cuánta es nuestra desgracia! Se nos va de entre las manos Dulce-Amiga por un precio irrisorio; se la llevan por nada. Ahí tienes al malvado visir Ben-Sauí, enemigo de tu padre, que lo ha adivinado todo y no nos ha dejado llegar al verdadero precio. Quiere quedarse con ella por solo el importe de la primera puja. Y si estuviéramos seguros de que la pagase al contado, podríamos dar gracias á Alah, aunque el precio sea tan mezquino; pero ese maldito visir es el peor pagador del mundo, y conozco todas sus astucias y maldades. Y he aquí lo que va á hacer: te dará una letra de crédito para uno de sus agentes, al cual ordenará secretamente que no te pague nada. Y cada vez que vayas á cobrar, el agente te dirá: «Mañana pagaré», y ese mañana no llegará nunca. Y tanto te aburrirá esta serie de retrasos, que acabarás por hacer un arreglo con el agente y le confiarás el papel firmado por el visir, y el agente se apresurará á hacerlo pedazos, y de este modo perderás sin remedio el precio de la esclava.»

Y Alí-Nur, desesperado al oir todo esto, preguntó al corredor: «¿Y qué haremos ahora?» Y el corredor respondió: «Voy á darte un buen consejo. Me llevaré al zoco á Dulce-Amiga, y tú nos alcanzarás, y arrancándola de entre mis manos, le hablarás de este modo: «¡Desdichada! ¿Qué te propones? ¿No sabes que hice juramento de fingir tu venta en el zoco para humillarte y corregir tu mal genio?» En seguida le darás unos golpes y te la llevarás. Y entonces todo el mundo, incluso el visir, creerá que, en realidad, no trajiste la esclava más que para cumplir tu juramento.» Le pareció muy bien á Alí-Nur, y dijo: «Es realmente una buena idea.» Entonces el corredor marchó al centro del zoco, cogió de la mano á la esclava y la llevó á presencia del visir El-Mohin ben-Sauí, y le dijo: «Señor, el propietario de la esclava es ese hombre que está allí, á pocos pasos de nosotros. Pero he aquí que se aproxima.» Y efectivamente, Alí-Nur se acercó al grupo, se apoderó violentamente de Dulce-Amiga, le dió un puñetazo y le dijo: «¡Desdichada! ¿No sabes que no te he traído al zoco más que para cumplir un juramento? Vuelve á casa y procura ser obediente. Y no creas que necesito el precio de tu venta, pues aunque me viese muy apurado, preferiría desprenderme de todos mis muebles y hasta lo último de cuanto me pertenece antes que pensar en traerte al zoco.»

Al oirlo, gritó el visir: «¡Pobre de ti, loco mancebo! Hablas como si aún te quedase algún mueble ó cualquier cosa que vender. Pero ya sabemos todos que no tienes ni un óbolo.» Y al hablar así quiso apoderarse violentamente de Dulce-Amiga. Pero todos los mercaderes y corredores miraban con simpatía á Alí-Nur, muy estimado por ellos, que se acordaban de los favores de su padre, su buen protector. Entonces Alí-Nur les dijo: «Acabáis de oir las palabras insultantes de este hombre, y os tomo á todos por testigos de ello.» Por su parte, el visir dijo: «¡Oh mercaderes! por consideración á todos vosotros no mato ahora mismo á ese insolente.» Pero los mercaderes se miraban unos á otros, como diciéndose con los ojos: «Ayudemos á Alí-Nur.» Y añadieron en voz alta: «Este asunto no nos incumbe. Arreglaos como podáis.» Y Alí-Nur, que era audaz y valiente, sujetó por las bridas al caballo del visir, después agarró á su enemigo, lo sacó de la silla y lo tiró al suelo. Le puso la rodilla en el pecho, empezó á darle puñetazos en la cabeza, en el vientre y en todas partes, le escupió en la cara y le dijo: «¡Perro, hijo de perro, mal nacido! ¡Maldito sea tu padre, y el padre de tu padre, y el padre de tu madre, oh corrompido!» Y le dió tan fuerte puñetazo en la quijada, que le rompió varios dientes. Y la sangre corría por las barbas del visir, que había ido á caer en medio de un charco de lodo.

Al ver esto, los diez esclavos que acompañaban al visir desenvainaron los alfanjes y quisieron echarse encima de Alí-Nur y despedazarle; pero el gentío se lo impidió y les decía: «¿Qué vais á hacer? Vuestro amo es visir; pero ¿no sabéis que el otro es hijo de visir? ¿No teméis que mañana se reconcilien y paguéis vosotros las consecuencias?» Y los esclavos vieron que era más prudente abstenerse.

Y como Alí-Nur se había cansado de dar golpes, soltó al visir, que se levantó cubierto de sangre y barro, y se dirigió al palacio del sultán, seguido por las miradas de la muchedumbre, que no sentía por él ninguna compasión.

En seguida Alí-Nur cogió de la mano á Dulce-Amiga y se volvió á su casa aclamado por el gentío.

El visir llegó en un estado lamentable al palacio del rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, se detuvo á la puerta y comenzó á gritar: «¡Oh rey! ¡Te implora un afligido!» Y el rey mandó que se lo presentasen, y vió que era su visir El-Mohin ben-Sauí. Y en el límite del asombro, le dijo: «¿Pero quién se ha atrevido á tratarte de esa manera?» Y el visir se echó á llorar y recitó estos versos:

_¿Es posible que, existiendo tú entre los vivientes, me haga su víctima el Tiempo? ¿Es posible que, siendo tú mi intrépido defensor, hagan de mí su presa los perros enfurecidos?_

_¿Es posible, ¡oh nube benéfica que nos das la lluvia! que todo sediento pueda extinguir su sed en tus aguas vivas, y que yo, tu protegido, me muera de sed bajo tu cielo?_

Y después añadió: «¡Oh señor! ¿Permitirás que así traten á todos los servidores que te aman y te sirven? ¿Tolerarás que se cometan con ellos semejantes infamias?» Y el rey preguntó: «¿Pero quién te ha tratado de ese modo?» Entonces el visir dijo: «Has de saber, ¡oh rey! que he salido hoy á dar una vuelta por el zoco, para comprar una buena esclava que supiera condimentar los manjares, pues mi cocinera los quema todos los días, y vi en el zoco una esclava joven como no vi otra en toda mi vida. Y el corredor á quien me dirigí me contestó: «Creo que pertenece al joven Alí-Nur, hijo del difunto visir Khacan.» Ahora bien; recordarás, ¡oh mi señor y soberano! que entregaste tiempo ha diez mil dinares de oro al visir Fadleddín para comprar una hermosa esclava que reuniese todas las perfecciones. Y en aquel tiempo el visir no tardó en encontrar y comprar la tal esclava; pero como era verdaderamente maravillosa y le había gustado mucho, se la regaló á su hijo Alí-Nur. Y Alí-Nur, muerto su padre, se entregó á tales locuras que no tardó en vender todos sus bienes, sus fincas y hasta los muebles de su casa. Y cuando ya no tuvo ni un óbolo para vivir, llevó al zoco á la esclava para venderla, y la entregó á un corredor, el cual la subastó en seguida. Y los mercaderes empezaron á pujar de tal modo, que el precio de la esclava llegó inmediatamente á cuatro mil dinares. Entonces la vi, y quise comprarla para mi soberano el sultán, que ya había dado por ella una importante suma. Llamé al corredor y le dije: «Hijo mío, yo te daré los cuatro mil dinares.» Pero el corredor me mostró al propietario de la esclava, y éste apenas me vió corrió hacia mí, gritando como un energúmeno: «¡Sucia cabeza vieja! ¡Jeique maldito y nefasto! Antes que cedértela se la vendería á un nazareno ó á un judío, aunque me llenases de oro el velo que la cubre.» Y yo dije: «Pero joven, si no la quiero para mí, pues la destino á nuestro señor el sultán, que es nuestro buen soberano, nuestro bienhechor.» Y al oir estas palabras, en vez de ceder se enfureció más aún, se tiró á la brida de mi caballo, me agarró de una pierna y me echó al suelo, y sin hacer caso de mi avanzada edad ni respetar mis barbas blancas, empezó á pegarme y á insultarme de todas maneras, y acabó por ponerme en el deplorable estado en que me ves en este momento, ¡oh rey bueno y justo! Y todo esto me ha pasado por querer complacer á mi sultán y comprarle una esclava que le pertenecía y que juzgué digna del honor de compartir su lecho.»

Entonces el visir se echó á las plantas del rey y rompió nuevamente á llorar, implorando justicia. Y al verle y oir su relato, se encolerizó de tal manera el sultán, que el sudor le brotaba por entre los ojos, y volviéndose hacia los emires y grandes del reino, les hizo una seña. Inmediatamente se presentaron ante él cuarenta guardias con las espadas desenvainadas. Y el sultán les dijo: «Marchad inmediatamente á la casa del que fué mi visir El-Faldl ben-Khacan, y saqueadla y destruidla por completo. Apoderaos de Alí-Nur y de su esclava, atadle los brazos, arrastradlos sobre el lodo y traedlos á mi presencia.» Los cuarenta guardias contestaron: «Escuchamos y obedecemos», y se dirigieron en seguida á casa de Alí-Nur.

Pero había en el palacio un joven chambelán llamado Sanjar, que había sido mameluco del difunto Fadleddín y se había criado con su amo Alí-Nur, á quien profesaba gran cariño. Y dispuso la Suerte que presenciara la queja del visir Ben-Sauí y cómo el sultán daba sus crueles órdenes. Y salió corriendo, tomando el camino más corto para llegar á la casa de Alí-Nur, que al oir llamar precipitadamente á la puerta fué á abrir en persona, y al ver á su amigo el joven Sanjar quiso abrazarle; pero éste, sin consentirlo, exclamó: «¡Oh mi querido dueño! no son á propósito estos instantes para palabras cariñosas ni para saludos, pues oye lo que dice el poeta:

_¡Liberta tu alma, desátala de la tiranía de las cadenas y vuela en seguida! ¡Vuela á lo lejos y deja que las casas se derrumben sobre quienes las construyeron!_

_¡Oh amigo mío! ¡Encontrarás muchos países distintos del tuyo, pues la tierra de Alah es infinita; pero otra alma que sea tu alma no la has de encontrar!_

Y Alí-Nur dijo: «¡Oh amigo Sanjar! ¿qué vienes á anunciarme?» Sanjar contestó: «Sálvate y salva á la esclava Dulce-Amiga, porque El-Mohin ben-Sauí os ha tendido un lazo, y como caigáis en él moriréis sin misericordia. Sabe que el sultán, por instigación del visir, ha enviado contra vosotros á cuarenta guardias con los alfanjes desenvainados. Debéis emprender la fuga antes de que os ocurra una desgracia.» Y Sanjar alargó su mano á Alí-Nur, que estaba llena de oro, y le dijo: «¡Oh mi señor! he aquí cuarenta dinares que han de serte útiles en estos momentos, y perdóname que no pueda ser más generoso. Pero no perdamos tiempo. ¡Levántate y huye!»

Entonces Alí-Nur se apresuró á avisar á Dulce-Amiga, que se cubrió inmediatamente con su velo, y ambos salieron de la casa, y después de la ciudad, y llegaron á orillas del mar, amparados por el muy Altísimo. Y divisaron un bajel que precisamente se disponía á desplegar las velas, y acercándose vieron al capitán que estaba de pie en medio del barco, y decía: «El que no se haya despedido que se despida inmediatamente; el que no haya acabado de proveerse de víveres que acabe en el acto; el que haya olvidado algo en su casa vaya ligero á buscarlo, porque he aquí que vamos á zarpar.» Y todos los viajeros contestaron: «Nada nos queda que hacer, capitán; ya estamos listos.» Entonces el capitán gritó á sus hombres: «¡Hola! ¡Desplegad las velas y soltad las amarras!» Y en aquel momento preguntó Alí-Nur: «¿Para dónde zarpas, capitán?» Y el capitán contestó: «Para Bagdad, morada de paz.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 34.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el capitán contestó á Alí-Nur: «Para Bagdad, morada de paz», Alí-Nur suplicó: «Aguarda, que allá vamos.» Y seguido de Dulce-Amiga, subió á bordo de la nave, que en seguida tendió sus velas y zarpó volando como la enorme ave llamada Rokh, según dice el poeta:

_¡Mira la nave: su aspecto seduce á quien la ve! ¡El viento quiere igualarle en rapidez, pero no se sabe quién vence en esta gran carrera de velocidad!_

_¡Es como un ave que con las alas desplegadas se hubiese precipitado sobre el mar y se balancease en él!_

Y el bajel bogaba con viento favorable, llevando á todos los viajeros. Esto en cuanto á Alí-Nur y Dulce-Amiga.

Por lo que se refiere á los cuarenta guardias enviados por el sultán para apoderarse de Alí-Nur, llegaron á casa de éste, la cercaron por todos lados, echaron abajo las puertas, invadieron la morada y comenzaron á buscar por todas partes, pero no pudieron encontrar á nadie. Entonces destruyeron totalmente la casa y marcharon á comunicar al sultán lo infructuoso de sus pesquisas. Y el sultán ordenó: «¡Buscadlos por todas partes y registrad si es preciso toda la ciudad!» Y como en aquel momento llegase el visir Ben-Sauí, le llamó el sultán, y para consolarle le dió un hermoso ropón de honor, y le dijo: «¡Te prometo que sólo yo he de vengarte!» Y el visir le deseó larga vida y todas las felicidades. Después el rey mandó que los pregoneros promulgaran por toda la ciudad el siguiente bando: «¡Si alguno de vosotros, ¡oh habitantes! encontrase á Alí-Nur, hijo del difunto visir Ben-Khacan, se apoderará de él y lo presentará al sultán, y en recompensa se le darán mil dinares y un traje de honor! ¡Pero si alguien le ve y le oculta, sufrirá un ejemplar castigo!» Sin embargo, á pesar de todas las pesquisas, nadie pudo averiguar qué había sido de Alí-Nur.

Este y Dulce-Amiga llegaron sin contratiempo á Bagdad, y el capitán les dijo: «He ahí la famosa Bagdad, la dulce morada. Es la ciudad feliz que nunca ha sufrido las escarchas del invierno, la ciudad que vive á la sombra de sus rosales, en una eterna primavera, en medio de flores y jardines, mecida por el canto de sus aguas murmuradoras.» Y Alí-Nur dió las gracias al capitán por sus bondades durante el viaje, le pagó cinco dinares de oro por el pasaje, y saliendo del navío seguido de Dulce-Amiga, penetró en Bagdad.

Pero quiso el Destino que Alí-Nur, en vez de tomar el camino usual, emprendiera otro, que le llevó al centro de los jardines que rodean á la ciudad. Y se detuvieron á la puerta de un jardín con una cerca muy grande, cuya entrada estaba bien barrida y regada, y tenía á cada lado un banco. La puerta, que era magnífica, estaba cerrada, y la coronaban hermosas lámparas de todos colores. Contiguo á ella había un estanque lleno de agua muy clara. Más allá de la puerta partía una avenida entre dos hileras de postes con magníficas telas de brocado que ondeaban al viento.

Entonces Alí-Nur dijo á Dulce-Amiga: «¡Por Alah! ¡Hermoso es este lugar!» Y ella contestó: «Descansemos una hora en estos bancos.» Y después de haberse lavado la cara y las manos con el agua fresca del estanque, se sentaron á tomar el aire en un banco, y respiraron deliciosamente la suave brisa que corría. Y tan á gusto se encontraban allí, que no tardaron en dormirse, después de haberse tapado con una manta.

Ahora bien; el jardín á cuya puerta estaban dormidos se llamaba el Jardín de las Delicias, y había en medio de él un palacio, llamado de las Maravillas, que era propiedad del califa Harún-Al-Rachid. Cuando el califa sentía el cansancio de la ciudad, iba á distraerse y á olvidar sus preocupaciones en aquel jardín y en aquel palacio. Todo el palacio formaba un inmenso salón con ochenta ventanas, y de cada una pendía una gran lámpara, y en el centro había una inmensa araña de oro macizo, resplandeciente como el sol. Aquel salón sólo se abría cuando llegaba el califa, y entonces se encendían las lámparas y la araña y se abrían todas las ventanas, y el califa se sentaba en un magnífico diván forrado de seda, terciopelo y oro, y mandaba á las cantoras que cantasen y á los músicos que tañesen sus instrumentos; pero lo que prefería era oir al ilustre cantor Ishak, cuyos cantos é improvisaciones admiraba todo el mundo. Y en medio de la calma de la noche y respirando aquel aire perfumado con las flores del jardín, el califa descansaba de las fatigas de la ciudad.