El libro de las mil noches y una noche; t. 3

Part 5

Chapter 54,063 wordsPublic domain

Y la mujer del visir, pálida de emoción, se acercó á Dulce-Amiga y le dijo: «¿Qué es lo que ha ocurrido?» Y Dulce-Amiga repitió las palabras que Alí-Nur le había enseñado: «¡Oh mi señora! Mientras estaba descansando del baño, echada en el diván, entró un joven á quien nunca había visto. Y era muy hermoso, ¡oh señora! y hasta se te parecía en los ojos y en las cejas. Y me dijo: «¿Eres tú, Dulce-Amiga, la que ha comprado mi padre en diez mil dinares?» Y yo le contesté: «Sí; soy Dulce-Amiga, comprada por el visir en diez mil dinares, pero estoy destinada al sultán Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.» Y el joven, riéndose, replicó: «¡No lo creas, oh Dulce-Amiga! Acaso haya tenido mi padre esa intención, pero ha cambiado de parecer y te ha destinado toda para mí.» Entonces, ¡oh mi señora! á fuer de esclava sumisa desde mi nacimiento, hube de obedecer. Además, creo haber hecho bien, pues prefiero ser esclava de tu hijo Alí-Nur, ¡oh mi señora! que convertirme en esposa del mismo califa que reina en Bagdad.» La madre de Alí-Nur contestó: «¡Ah, hija mía, qué desdicha para todos nosotros! Mi hijo Alí-Nur es un gran malvado, y te engañó. Pero dime, hija mía, ¿que ha hecho contigo?» Dulce-Amiga respondió: «Me rendí á su voluntad, y él se apoderó de mí y nos enlazamos.» Y la mujer del visir dijo: «¿Pero te ha poseído por completo?» Y replicó Dulce-Amiga: «Ciertamente, y hasta tres veces, ¡oh madre mía!» Al oir esto la madre de Alí-Nur, dijo: «¡Oh hija mía! ¡Cómo te han destrozado!» Y empezó á llorar y á abofetearse, y todas sus esclavas lloraban lo mismo, y clamaban: «¡Qué calamidad, qué calamidad!» Porque en el fondo lo que aterraba á la madre de Alí-Nur y á las doncellas de la madre de Alí-Nur era el temor que les inspiraba el padre de Alí-Nur. En efecto, el visir, aunque bueno y generoso, no podía tolerar aquella usurpación, sobre todo tratándose de cosa del rey, pudiendo ponerse en tela de juicio el honor y el comportamiento del visir. Y en el arrebato de su ira era capaz de matar á su hijo Alí-Nur, al cual lloraban todas aquellas mujeres, considerándole perdido para su amor y su afecto.

Y entonces entró el visir Fadleddín y vió á todas las mujeres llorando, llenas de desolación. Y preguntó: «¿Pero qué os ocurre, hijas mías?» Y la madre de Alí-Nur se secó los ojos y dijo: «¡Oh esposo mío! Empieza por jurarme por la vida de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!) que has de conformarte de todo punto con lo que te diga, si no, moriré antes que hablar.» Juró el visir, y su mujer le contó el supuesto engaño de Alí-Nur y la irremediable pérdida de la virginidad de Dulce-Amiga.

Alí-Nur había hecho pasar muy malos ratos á sus padres, pero Fadleddín, al enterarse de su reciente fechoría, quedó aterrado, se desgarró las vestiduras, se dió de puñetazos en la cara, se mordió las manos, se mesó las barbas y tiró por los aires el turbante. Entonces su esposa trató de consolarle, y le dijo: «No te aflijas de ese modo, pues los diez mil dinares te los restituiré por completo sacándolos de mi peculio y vendiendo parte de mis pedrerías.» Pero el visir Fadleddín exclamó: «¿Qué piensas, ¡oh mi señora!? ¿Se te figura que lamento la pérdida de ese dinero, que para nada necesito? Lo que me aflige es la mancha que ha caído en mi honor y la probable pérdida de la vida.» Y su esposa dijo: «En realidad, nada se ha perdido, pues el rey ignora hasta la existencia de Dulce-Amiga, y con mayor razón la pérdida de su virginidad. Con los diez mil dinares que te daré podrás comprar otra esclava, y nosotros nos quedaremos con Dulce-Amiga, que adora á nuestro hijo. Y es un verdadero tesoro el haberla encontrado, porque es de todo punto perfecta.» El visir replicó: «¡Oh madre de Alí-Nur! Te olvidas del enemigo que queda detrás de nosotros, del segundo visir, llamado El-Mohín ben-Sauí, que acabará por enterarse de todo alguna vez. Aquel día avanzará entre las manos del rey y le dirá...»

Al llegar á este momento de su narración, vió Schahrazada que iba á nacer el día, é interrumpió discretamente su relato.

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 33.ª NOCHE_

Schahrazada prosiguió:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el visir Fadleddín dijo á su mujer: «Aquel día mi enemigo el visir Sauí se presentará entre las manos del sultán y le dirá: «¡Oh rey! He aquí que el visir á quien tanto ponderas y de cuya adhesión pretendes estar seguro te sacó diez mil dinares para comprarte una esclava, y efectivamente, compró una esclava sin igual en el mundo. Y como la encontraba maravillosa, le dijo á su hijo Alí-Nur, mozalbete corrompido: «Tómala, hijo mío; más vale que la goces tú que ese sultán viejo, que tiene no sé cuántas concubinas, suya virginidad no puede disfrutar.» Y el joven Alí-Nur, que es una especialidad en lo de robar virginidades, se apoderó de la hermosa esclava, y en un abrir y cerrar de ojos la perforó de parte á parte. Pero he aquí que sigue pasando agradablemente el tiempo con ella en el palacio de su padre, y el joven perforador, disoluto y holgazán, no sale de las habitaciones de las mujeres.»

»Al oir estas palabras de mi enemigo--siguió diciendo el visir Fadleddín--, el sultán, que me estima, se negará á creerlo, y dirá: «Mientes, ¡oh Mohín ben-Sauí!» Pero Sauí le contestará: «Permíteme cercar con soldados la casa de Fadleddín, y te traeré inmediatamente la esclava, y con tus propios ojos comprobarás la cosa.» Y el sultán, que es mudable, le dará permiso, y Sauí vendrá aquí con los soldados, apoderándose de Dulce-Amiga, que arrebatará de vosotras y la llevará entre las manos del sultán. Y el sultán interrogará á Dulce-Amiga, que tendrá que confesarlo todo. Entonces mi enemigo Sauí, afirmando su triunfo, dirá: «¡Oh mi señor! ¿Ves cómo soy para ti un buen consejero? Pero ¿qué le vamos á hacer? Está escrito que me has de despreciar, mientras que el traidor Fadleddín será tu preferido.» Y el sultán, rectificando su opinión con respecto á mí, me castigará severamente. Y seré la irrisión de cuantos hoy me estiman, y perderé mi vida y con ella toda la casa.»

Al oir esto la madre de Alí-Nur, respondió á su esposo: «Créeme; no hables á nadie de este asunto, y nadie se enterará. Confía tu suerte á la voluntad de Alah, el muy poderoso. Sólo ocurrirá lo que haya de ocurrir.» Entonces el visir se sintió tranquilizado con estas palabras, calmándose su inquietud en cuanto á las consecuencias futuras, pero no por ello se aplacó su cólera contra Alí-Nur.

Por lo que se refiere al joven Alí-Nur, había salido apresuradamente del aposento de Dulce-Amiga al oir los gritos de las dos esclavas, y se pasó el día dando vueltas por aquellos alrededores. No volvió al palacio hasta que fué de noche, y se apresuró á deslizarse junto á su madre, en el departamento de las mujeres, para evitar la cólera del visir. Y su madre, á pesar de todo lo ocurrido, acabó por abrazarle y perdonarle, y lo ocultó cuidadosamente, ayudada por todas sus doncellas, que envidiaban secretamente á Dulce-Amiga por haber tenido entre sus brazos á aquel ciervo incomparable. Además, todas estaban de acuerdo para prevenirle contra la ira del visir. De modo que Alí-Nur, durante un mes entero, fué amparado por aquellas mujeres, que por la noche le abrían la puerta de las habitaciones de su madre. Y allí se deslizaba Alí-Nur sigilosamente, y allí, en connivencia con su madre, le iba á buscar en secreto Dulce-Amiga.

Por último, un día la madre de Alí-Nur, viendo al visir menos indignado que de costumbre, le preguntó: «¿Hasta cuándo va á durar ese persistente enojo contra nuestro hijo Alí-Nur? ¡Oh mi señor! realmente hemos perdido una esclava del rey; pero ¿quieres que perdamos también á nuestro hijo? Pues sabe que si continúa esta situación, nuestro hijo Alí-Nur huirá para siempre de la casa paterna, y entonces lloraremos á este hijo, único fruto de mis entrañas.» Conmovido el visir, preguntó: «¿Y qué medio emplearemos para impedirlo?» Y la mujer respondió: «Ven á pasar esta noche con nosotras, y cuando llegue Alí-Nur yo os pondré en paz. Por lo pronto finge quererlo castigar, pero acaba por casarlo con Dulce-Amiga. Porque Dulce-Amiga, según lo que en ella he podido ver, es admirable en todo y quiere á Alí-Nur, que está enamoradísimo de ella. Además, ya te he dicho que te daré de mi peculio el dinero que gastaste en comprarla.»

El visir se conformó con lo que proponía su esposa, y apenas entró Alí-Nur en las habitaciones de su madre, se arrojó sobre él, lo tiró al suelo y levantó un puñal como para matarle. Pero entonces la madre de Alí-Nur se precipitó entre el puñal y su hijo, y dirigiéndose al visir, exclamó: «¿Qué intentas hacer?» Y el visir repuso: «Lo voy á matar, para castigarle.» Y la madre replicó: «¿Pero no sabes que está arrepentido?» Y Alí-Nur dijo: «¡Oh padre! ¿tendrás valor para sacrificarme de esta suerte?» Entonces el visir, sintiendo que los ojos se le arrasaban en lágrimas, dijo: «¡Oh desventurado! ¿no tuviste tú valor para arrebatarme la tranquilidad y acaso la vida?» Y Alí-Nur respondió: «Oye, ¡oh padre mío! lo que dice el poeta:

_Supón por un momento que haya obrado muy mal y cometido todos los delitos; ¿no sabes que los seres nobles gozan con perdonar, concediendo un indulto completo?_

_¿No sabes también que al proceder así te realzas, singularmente si el enemigo está entre tus manos, ó te implora desde el fondo de una sima abierta al pie de la montaña desde cuya cumbre tú le dominas?_»

Al oir estos versos, el visir soltó á su hijo, á quien tenía sujeto con las rodillas; entró en su alma la compasión y lo perdonó. Entonces Alí-Nur se incorporó, besó la mano á sus padres, y quedó en una actitud sumisa. Y su padre le dijo: «¡Oh hijo mío! ¿por qué no me advertiste que querías de veras á Dulce-Amiga, y que no se trataba de uno más de tus caprichos? Si yo hubiese sabido que ibas á conducirte con ella como es debido, no habría vacilado en otorgártela.» Y Alí-Nur contestó: «Efectivamente, ¡oh padre mío! estoy dispuesto á cumplir con Dulce-Amiga como se merece.» Y el visir dijo: «En ese caso, ¡oh mi querido hijo! el único ruego que he de hacerte, y que no debes olvidar nunca, para que siempre te acompañe mi bendición, consiste en que me prometas no contraer legítimas nupcias con otra mujer que no sea Dulce-Amiga, ni maltratarla jamás, ni venderla.» Y Alí-Nur contestó: «¡Juro por la vida de nuestro Profeta y por el Corán sagrado no tomar otra esposa legítima mientras viva Dulce-Amiga, no maltratarla nunca y no venderla jamás!»

Después de esto toda la casa se llenó de júbilo. Alí-Nur pudo poseer libremente á Dulce-Amiga y siguió viviendo con ella durante un año, siendo muy felices. En cuanto al rey, Alah hizo que olvidase completamente los diez mil dinares que le había entregado al visir Fadleddín para la compra de la esclava. Y por lo que se refiere al malvado Ben-Sauí, no tardó en descubrir todo lo ocurrido, pero no se atrevió á decir todavía nada al rey, porque el padre de Alí-Nur era estimadísimo, no sólo del sultán, sino de todo el pueblo de Bassra.

Y he aquí que un día el visir Fadleddín fué al hammam, salió apresuradamente todo sudoroso del baño, y cogió un enfriamiento, que le obligó á meterse en la cama. Después se agravó, y ya no pudo dormir ni de noche ni de día, y fué tal su consunción, que parecía la sombra de lo que había sido. Entonces no quiso demorar el cumplimiento de sus últimos deberes, y mandó que compareciese su hijo Alí-Nur, el cual se presentó en seguida con los ojos llenos de lágrimas. Y el visir le dijo: «¡Oh hijo mío! no hay felicidad que no tenga su término, ni bien sin límite, ni plazo sin vencimiento, ni copa sin brebaje amargo. Hoy me toca á mí gustar la copa de la muerte.» Y el visir recitó estas estrofas:

_¡Podrá hoy olvidarte la muerte, pero no te olvidará mañana! ¡Todos caminamos apresuradamente al abismo de la anulación!_

_¡Para los ojos del muy Altísimo no hay llanos ni cumbres! ¡Todas las alturas están niveladas: no hay hombre pequeño ni hombre gigante!_

_¡Y jamás ha habido rey, Imperio ni profeta que haya podido desafiar la ley de la muerte!_

Después prosiguió de este modo: «¡Oh hijo mío! No me queda ahora más que encargarte una cosa: que cifres tu fuerza en Alah, no pierdas nunca de vista los fines primordiales del hombre, y sobre todo, que cuides mucho de nuestra hija y esposa tuya Dulce-Amiga.» Entonces contestó Alí-Nur: «¡Oh padre mío! ¿Cómo es posible que nos dejes? Desaparecido tú de la tierra, ¿qué nos quedará? Eres famoso por tus beneficios, y los oradores sagrados citan tu nombre desde el púlpito de nuestras mezquitas el santo día del viernes para bendecirte y desearte larga vida.» Y Fadleddín dijo: «¡Oh hijo mío! sólo ruego á Alah que me reciba y no me rechace.» Después pronunció en voz alta los dos actos de fe de nuestra religión: «¡Juro que no hay más Dios que Alah! ¡Juro que Mohamed es el profeta de Alah!» Y luego exhaló el último suspiro, y quedó inscrito para siempre entre los elegidos bienaventurados.

Y en seguida todo el palacio se llenó de gritos y lamentos. Llegó la noticia al sultán, y toda la ciudad de Bassra supo el fallecimiento del visir Fadleddín ben-Khacan. Y todos los habitantes lo lloraban, sin exceptuar á los niños de las escuelas. Por su parte, Alí-Nur, á pesar de su abatimiento, nada escatimó para hacer unos funerales dignos de la memoria de su padre. Y á estos funerales asistieron todos los emires y visires, incluso el malvado Ben-Sauí, que, como los demás, tuvo que ayudar á transportar el féretro. También concurrieron los altos dignatarios, los grandes del reino, y todos los habitantes de Bassra, sin excepción. Y al salir de la casa mortuoria, el jeique principal, que dirigía los funerales, recitó en honor del muerto las siguientes estancias:

_¡Al hombre encargado de recoger sus despojos mortales le dijo: Obedece mis órdenes, pues sabe que en vida atendió á mis consejos!_

_¡Si te place, haz correr por encima de él el agua lustral; pero cuida de regar su cuerpo con las lágrimas vertidas por los ojos de la Gloria, de la Gloria que le llora!_

_¡Aparta de él los bálsamos mortuorios y los aromas! ¡Sírvete más bien para embalsamarle de los perfumes de sus beneficios y del suave olor de sus buenas acciones!_

_¡Bajen del cielo los ángeles gloriosos para rendirle homenaje y llevar sus mortales despojos, dejando correr el llanto!_

_¡Es inútil cansar con el peso de su ataúd los hombros de los portadores, pues los hombros de todos los humanos están rendidos por el peso de sus beneficios y por la carga del bien que les echó encima cuando vivía!_

Alí-Nur, después de los funerales, guardó prolongado luto y estuvo encerrado mucho tiempo en su casa, negándose á ver á nadie y á ser visto, y así permaneció entregado á su aflicción. Pero un día entre los días, estando sentado, lleno de dolor, oyó llamar á la puerta, se levantó á abrir, y vió entrar á un joven de su edad, hijo de uno de los antiguos amigos y comensales de su difunto padre. Y este joven besó la mano á Alí-Nur, y le dijo: «¡Oh mi señor y dueño! todo humano, aunque perezca, vive en sus descendientes, y tú tienes que ser el hijo ilustre de tu padre; por lo tanto, no debes afligirte eternamente, ni olvidar las santas palabras del señor de los antiguos y modernos, nuestro profeta Mohamed (¡la plegaria y la paz de Alah sean con él!), que dijo: «Cura tu alma y no guardes más luto á la criatura.»

Nada pudo contestar Alí-Nur, y resolvió en seguida poner término á su aflicción, por lo menos exteriormente. Se levantó, fué á la sala de reuniones y mandó que llevasen á ella todo lo necesario para recibir dignamente á los visitantes. Y desde aquel momento abrió las puertas de su casa y empezó á recibir á todos sus amigos, viejos y jóvenes. Pero tomó particular afecto á diez jóvenes, que eran hijos de los principales mercaderes de Bassra. Y pasaba el tiempo en su compañía, entre diversiones y festines. Y á todo el mundo regalaba objetos de valor, y en cuanto le visitaba alguien, daba en seguida una fiesta en honor suyo. Pero todo lo hacía con tal prodigalidad, á pesar de las prudentes advertencias de Dulce-Amiga, que su administrador, asustado de aquel procedimiento, se le presentó un día y le dijo: «¡Oh mi señor y dueño! ¿no sabes que es perjudicial la excesiva generosidad, y que los regalos harto numerosos acaban con las riquezas? Recuerda que el que da sin contar se empobrece. Ya lo expuso el poeta, que expresó la verdad cuando dijo:

_¡Mi dinero! ¡Lo conservo cuidadosamente, y en vez de derrocharlo, lo convierto en barras fundidas; el dinero es mi espada y es también mi escudo!_

_¡Dárselo á mis enemigos, á mis peores enemigos, sería una locura! ¡Entre los hombres equivale obrar así á transformar la felicidad en infortunio!_

_¡Pues mis enemigos se apresurarán á comérselo y bebérselo alegremente, y no pensarán en dar una limosna al necesitado!_

_¡Por eso hago bien ocultando mi dinero al perverso que no sabe compadecer los males de sus semejantes!_

_¡Conservaré mi dinero! ¡Desdichado del pobre que pide una limosna, lleno de sed, como el camello apartado del abrevadero durante cinco días! ¡Su alma llegará á ser más vil que la misma alma del perro!_

_¡Oh! ¡Desgraciado del hombre sin dinero y sin recursos, aunque sea el más sabio de los sabios y su mérito resplandezca más que el sol!_»

Oídos estos versos, Alí-Nur miró á su administrador, y le dijo: «Tus palabras no han de influir en mí para nada. Sabe de una vez para siempre esto que te voy á decir: Cuando hechas tus cuentas resulte que aún me quede dinero para el desayuno, procura no molestarme con la preocupación de la cena. Porque tiene razón el poeta cuando dice:

_Si algún día me viese abandonado por la fortuna y rendido á la pobreza, ¿qué haría yo? ¡Pues precisamente privarme de mis placeres y no mover ni brazos ni piernas!_

_¡Desafío á todo el mundo á que me presente un avaro que haya merecido alabanzas por su avaricia, y también lo reto á que me enseñe un pródigo que haya muerto á causa de su prodigalidad!_»

Al oir estos versos, el administrador no pudo hacer más que retirarse, saludando respetuosamente á su amo, para ir á ocuparse en sus asuntos.

En cuanto á Alí-Nur, ya no supo reprimir desde aquel día su generosidad, que le incitaba á dar cuanto poseía, regalándolo á sus amigos y hasta á los extraños. Bastaba que cualquier convidado exclamase: «¡Qué bonita es tal cosa!», para que inmediatamente le contestara: «Tuya es.» Si otro decía: «¡Oh mi querido señor, qué hermosa es esta finca!», inmediatamente le replicaba Alí-Nur: «Voy á mandar que la inscriban ahora mismo á tu nombre.» Y mandaba traer el cálamo, el tintero de cobre y el papel, é inscribía la casa á nombre del amigo, sellando el documento con su propio sello. Y así hizo durante todo un año; y por la mañana daba un banquete á todos sus amigos, y por la tarde les ofrecía otro, al son de los instrumentos, amenizándolo los mejores cantantes y las danzarinas más notables.

Y ya no hacía caso de las advertencias de Dulce-Amiga, y hasta llegó á tenerla olvidada; pero ella no se quejaba nunca y se consolaba con la lectura de los libros de los poetas. Y un día que Alí-Nur entró en su gabinete, le dijo: «¡Oh luz de mis ojos! escucha estas estrofas:

_¡Cuanto más bien se hace, más firme aparece la ventura de la vida, pero hay que temer los ciegos golpes del Destino!_

_¡La noche se hizo para el sueño y el descanso; la noche es la salvación del alma; pero tú derrochas locamente esas horas reparadoras, y no ha de asombrarte que una mañana te sorprenda súbitamente la desdicha!_»

Y apenas acababa de recitar estos versos, se oyó llamar á la puerta. Y Alí-Nur, saliendo del gabinete, fué á abrir, y se encontró con el administrador, al que condujo á una habitación contigua á la sala de reuniones, donde estaban varios amigos de Alí-Nur, que apenas se separaban de él. Y Alí-Nur preguntó á su administrador: «¿Qué ocurre, para que pongas esa cara tan triste?» Y el otro dijo: «¡Oh mi señor! ¡Ya ha llegado lo que tanto temía!» Y Alí-Nur insistió: «Pero ¿qué pasa?» Y el administrador dijo: «Sabe que ya ha terminado mi cometido, pues ya no tengo nada tuyo que administrar. Ya no te quedan fincas, ni nada que valga un óbolo ni menos de un óbolo. Y he aquí que traigo las cuentas de lo que has gastado, hasta derrochar todo tu capital.» Y al oir estas palabras, Alí-Nur bajó la cabeza y dijo: «¡Alah es el único fuerte, el único poderoso!»

Pero precisamente, uno de los amigos, que estaba en la sala, oyó esta conversación y se apresuró á comunicarla á los demás, diciendo: «¡Oh mis señores, sabed que á Alí-Nur no le queda ya ni por valor de un óbolo!» Y en este momento entró Alí-Nur muy preocupado y muy pálido, confirmando con su gesto la exactitud de la mala nueva.

Al verle, uno de los convidados se levantó y le dijo: «¡Oh mi señor! con tu venia me voy á retirar, porque mi mujer está de parto y no puedo abandonarla, de modo que he de marchar á su lado.» Alí-Nur se lo permitió; y entonces se levantó otro amigo y le dijo: «¡Oh mi dueño Alí-Nur! necesariamente he de ir ahora mismo á casa de mi hermano, que celebra las ceremonias de la circuncisión de su hijo.» Y Alí-Nur se lo permitió. Y todos los demás amigos fueron alegando pretextos para marcharse, desde el primero hasta el último, y Alí-Nur acabó por verse solo en medio de la gran sala de reuniones. Entonces mandó llamar á Dulce-Amiga, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! aún ignoras la desgracia que se me ha venido encima.» Y le refirió cuanto le acababa de ocurrir. Y ella contestó: «¡Oh dueño mío! ya hace tiempo que te lo anunciaba, y tú, en vez de hacerme caso, hasta me recitaste un día estos versos:

_¡Si la Fortuna pasara un día por delante de tu puerta, acógela en seguida, y disfruta de ella á gusto, y que la gocen también todos tus amigos, pues podría escabullirse de entre tus manos!_

_¡Pero si se detuviese para siempre en tu casa, usa ampliamente de ella, pues la generosidad no ha de agotarla, ni tiene por qué sujetarla la avaricia!_

De modo que cuando oí estos versos me callé y no quise contrariarte.» Y Alí-Nur le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! bien sabes que nada he escatimado á mis amigos, pues con ellos he derrochado todos mis bienes. Y ahora no puedo creer que me abandonen en la desgracia.» Pero Dulce-Amiga replicó: «¡Te juro por Alah que para nada te han de servir!» Y Alí-Nur dijo: «Ahora mismo voy á verlos, uno por uno; y llamaré á su puerta, y cada cual me dará generosamente alguna cantidad, y de este modo reuniré un capital con el que me dedicaré al comercio, y me apartaré para siempre del juego y de las diversiones.» Y efectivamente, se levantó en seguida y recorrió la calle de Bassra en que vivían sus amigos, pues todos ellos vivían en aquella calle, que era la más hermosa de la ciudad. Y llamó á la primera puerta, y le abrió una negra, que le dijo: «¿Quién eres?» Él contestó: «Avisa á tu amo que ha venido hasta su puerta Alí-Nur para decirle: «Tu servidor Alí-Nur besa tus manos y espera una muestra de tu generosidad.» Y la negra fué á avisar á su amo. Y éste contestó: «Sal en seguida y dile que no estoy en casa.» Y la negra volvió, y le dijo á Alí-Nur: «¡Oh señor, no está mi amo!» Y Alí-Nur dijo para sí: «Éste es un mal nacido que se me niega, pero los demás no serán mal nacidos.» Y fué á llamar á la puerta de otro amigo, y le mandó el mismo recado que al primero, y recibió de él la misma respuesta negativa. Entonces Alí-Nur recitó esta estrofa:

_¡Apenas llegué frente á la casa se apresuraron á dejarla vacía, y vi huir á todos sus moradores, temerosos de que pusiese á prueba su generosidad!_