El libro de las mil noches y una noche; t. 3
Part 12
Pero en cuanto á Zobeida, he aquí que cuando el califa se ausentó hizo con su rival lo que ya se ha referido, pero después reflexionó, y se dijo: «¿Qué contestaré al califa cuando al regresar me pida noticias de Kuat Al-Kulub?» Entonces se decidió á llamar á una vieja cuyos buenos consejos le inspiraban gran confianza desde muy niña. Y le reveló su secreto, y le dijo: «¿Qué haremos ahora después de haberle pasado á Kuat Al-Kulub lo que le habrá pasado?» La vieja contestó: «Me hago cargo de todo, ¡oh mi señora! pero el tiempo apremia, porque el califa va á volver en seguida. Hay muchos medios de ocultárselo todo, pero te voy á indicar el más rápido y seguro. Encarga que te hagan un maniquí de madera que simule el cadáver. Lo depositaremos en la tumba con gran ceremonial; se le encenderán candelabros y cirios á su alrededor, y mandarás á todos los de palacio, á todas tus esclavas y á las esclavas de Kuat Al-Kulub, que se vistan de luto y que pongan colgaduras negras. Y cuando venga el califa y pregunte la causa de todo esto, se le dice: «¡Oh mi señor, tu favorita Kuat Al-Kulub ha muerto en la misericordia de Alah! ¡Ojalá vivas los largos días que ella no ha vivido! Nuestra ama Zobeida le ha tributado todos los honores fúnebres, y la ha mandado enterrar en el mismo palacio, debajo de una cúpula construída expresamente.» Entonces el califa, conmovido por tus bondades, te las agradecerá mucho. Y llamará á los lectores del Corán para que velen junto á la tumba, recitando los versículos de los funerales. Y si el califa, que sabe tu poco afecto hacia Kuat Al-Kulub, sospechase y dijera para sí: «¿Quién sabe si Zobeida, la hija de mi tío, habrá hecho algo contra Kuat Al-Kulub?», y llevado de estas sospechas mandase abrir la tumba para averiguar de qué murió la favorita, tampoco debes preocuparte. Porque cuando hayan abierto la fosa y saquen el maniquí hecho á semejanza de un hijo de Adán y cubierto con un suntuoso sudario, si quisiera el califa levantar el sudario, no dejarás de impedírselo, y todo el mundo se lo impedirá, diciendo: «¡Oh Emir de los Creyentes! no es lícito ver á una mujer muerta con todo el cuerpo desnudo.» Y el califa acabará por convencerse de la muerte de su favorita, y la mandará enterrar de nuevo, y agradecerá tu acción. Y así, ¡como Alah lo quiera! te verás libre de este cuidado.»
La sultana comprendió que acababa de oir un excelente consejo, y obsequió á la vieja regalándole un magnífico vestido de honor y mucho dinero, encomendándole que se encargase personalmente de la ejecución del plan. Y la vieja logró que un artífice fabricara el maniquí, y se lo llevó á Zobeida, y ambas lo vistieron con las mejores ropas de Kuat Al-Kulub. Le pusieron un sudario riquísimo, le hicieron grandes funerales, lo colocaron en la tumba, encendieron candelabros y blandones, y tendieron alfombras alrededor para las oraciones y ceremonias acostumbradas. Y Zobeida mandó poner colgaduras negras en todo el palacio y que las esclavas vistieran de luto. Y la noticia de la muerte de Kuat Al-Kulub se extendió por todo el palacio, y todo el mundo, sin excluir á Massrur y los eunucos, lo dieron por cierto.
No tardó en regresar de su viaje el califa, y al entrar en palacio se dirigió apresuradamente á las habitaciones de Kuat Al-Kulub, que llenaba todo su pensamiento. Pero al ver á la servidumbre y á las esclavas de la favorita vestidas de luto, comenzó á temblar. Y salió á recibirle Zobeida, también de luto. Y cuando le dijo que aquello era porque había fallecido Kuat Al-Kulub, el califa cayó desmayado. Pero al volver en sí, preguntó dónde estaba la tumba, para ir á visitarla. Y Zobeida dijo: «Sabe, ¡oh Emir de los Creyentes! que por consideración á Kuat Al-Kulub he querido enterrarla en este mismo palacio.» Y el califa, sin quitarse la ropa del viaje, se dirigió hacia el sepulcro de Kuat Al-Kulub. Y vió los blandones y los cirios encendidos, y las alfombras tendidas alrededor. Y al ver todo esto, dió las gracias á Zobeida, encomiando su buena acción, y después regresó á palacio.
Pero como era receloso por naturaleza, empezó á dudar y á alarmarse, y para acabar con las sospechas que le atormentaban, mandó que se abriera la tumba, y así se hizo. Pero el califa, gracias á la estratagema de Zobeida, vió el maniquí cubierto con el sudario, y creyendo que era su favorita, lo mandó enterrar de nuevo, y llamó á los sacerdotes y á los lectores del Corán, que recitaron los versículos de los funerales. Y él, mientras tanto, permanecía sentado en la alfombra llorando á lágrima viva, hasta que acabó por caer desmayado.
Y así acudieron todos durante un mes, los ministros de la religión y los lectores del Corán, mientras que él, sentándose junto á la tumba, lloraba amargamente.
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, é interrumpió discretamente su relato.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 41.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el califa acudió todos los días á la tumba de su favorita durante un mes. Y el último día duraron las oraciones y la lectura del Corán desde la aurora hasta la aurora siguiente. Y entonces cada cual pudo regresar á su casa. Y el califa, rendido por la fatiga y el dolor, regresó á palacio, y no quiso ver á nadie, ni siquiera á su visir Giafar, ni á su esposa Zobeida. Y de pronto cayó en un sueño profundo, velándole dos esclavas. Una de ellas estaba junto á la cabeza del califa y la otra á sus pies. Pasada una hora, cuando el sueño del califa ya no fué tan profundo, oyó á la esclava que estaba junto á su cabeza decir á la que estaba á sus pies: «¡Qué desdicha, amiga Subhia!» Y Subhia contestó: «Pero ¿qué ocurre, ¡oh hermana Nozha!?» Y Nozha dijo: «Nuestro amo debe ignorar todo lo ocurrido, cuando pasa las noches junto á una tumba donde sólo hay un pedazo de madera, un maniquí fabricado por un artífice.» Y Subhia dijo: «Pues entonces, ¿qué ha sido de Kuat Al-Kulub? ¿Qué desgracia cayó sobre ella?» Nozha respondió: «Sabe, ¡oh Subhia! que me lo ha contado todo la esclava preferida de nuestra ama Zobeida. Por su encargo le dió banj á Kuat Al-Kulub, que se durmió inmediatamente, y entonces nuestra ama Zobeida la metió en un cajón y lo entregó á los eunucos Sauab, Kafur y Bakhita para que lo enterrasen en un hoyo.» Y Subhia, llenos de lágrimas los ojos, exclamó: «¡Oh Nozha! ¿Y nuestra dulce ama Kuat Al-Kulub habrá muerto de manera tan horrible?» Nozha contestó: «¡Alah preserve de la muerte á su juventud! Pero no ha muerto, pues Zobeida ha dicho á su esclava: «He averiguado que Kuat Al-Kulub ha logrado escaparse, y está en casa de un joven mercader de Damasco, llamado Ghanem ben-Ayub, hace ya cuatro meses.» Comprenderás, ¡oh Subhia! cuán desgraciado es nuestro señor al ignorar que vive su favorita, mientras sigue velando todas las noches junto á una tumba que no hay ningún cadáver.» Y las dos esclavas continuaron hablando durante algún tiempo, y el califa oía sus palabras.
Y cuando acabaron de hablar ya no le quedaba nada que saber al califa. Y se incorporó súbitamente dando tal grito, que las esclavas huyeron aterradas. Y sentía una ira espantosa al pensar que su favorita llevaba cuatro meses en casa del joven llamado Ghanem ben-Ayub. Y se levantó, y mandó llamar á los emires y notables, así como á su visir Giafar Al-Barmakí, que llegó apresuradamente y besó la tierra entre sus manos. Y el califa le dijo: «¡Oh Giafar! averigua dónde vive un joven mercader llamado Ghanem ben-Ayub. Asalta su casa con mis guardias y tráeme á mi favorita Kuat Al-Kulub, y también á ese insolente mancebo, para castigarle.» Y Giafar contestó: «Escucho y obedezco.» Y salió con una compañía de guardias, acompañándole el walí con sus dependientes, y todos juntos no dejaron de hacer pesquisas, hasta descubrir la casa de Ghanem ben-Ayub.
En aquel momento, Ghanem acababa de regresar del zoco, y estaba sentado junto á Kuat Al-Kulub, teniendo delante un hermoso carnero asado y relleno de manjares. Y lo estaban comiendo con mucho apetito. Pero al oir el ruido que armaban los de fuera, Kuat Al-Kulub miró por la ventana, y comprendió la desdicha que se cernía sobre ellos, pues la casa estaba cercada por los guardias, el portaalfanje, los mamalik y los jefes de la tropa, y vió á su cabeza al visir Giafar y al walí de la ciudad. Y todos daban vueltas alrededor de la casa, como lo negro de los ojos da vueltas alrededor de los párpados. Y adivinó que el califa lo había averiguado todo, y que estaría celosísimo de Ghanem, que desde hacía cuatro meses la tenía en su casa. Y al pensar estas cosas, se contrajeron sus hermosas facciones, palideció de terror, y dijo á Ghanem: «¡Oh querido mío! Ante todo piensa en tu salvación. Levántate y escapa.» Y Ghanem contestó: «¡Alma mía! ¿Cómo voy á salir si está la casa cercada de enemigos?» Pero ella le vistió con un ropón viejo y roto que le llegaba á las rodillas, cogió una marmita de las de llevar carne, y se la puso en la cabeza. Colocó en la marmita pedazos de pan y unos tazones con las sobras de la comida, y le dijo: «Sal sin ningún temor, pues creerán que eres el criado del fondista, y nadie te hará daño. Y en cuanto á mí, ya me las sabré arreglar, pues conozco el poder que ejerzo sobre el califa.» Entonces Ghanem se apresuró á salir, y atravesó las filas de guardias y mamalik, con la marmita en la cabeza. Y no le ocurrió nada malo, porque le protegía el Único Protector que sabe guardar á los hombres bien intencionados, librándoles de los peligros y de la mala suerte.
Entonces el visir Giafar echó pie á tierra, entró en la casa y llegó hasta la sala, llena de fardos y sederías. Mientras tanto, Kuat Al-Kulub había tenido tiempo para hermosearse y vestirse la ropa más rica con todas sus alhajas. Y se había puesto un brillante como los más brillantes. Y había reunido en un cajón los efectos más preciosos, las joyas y pedrerías y todas las cosas de valor. Y apenas penetró Giafar en la habitación, se puso de pie, se inclinó, besó la tierra entre sus manos, y dijo: «¡Oh mi señor! he aquí que la pluma ha escrito lo que había de escribirse por orden de Alah. En tus manos me entrego.» Y Giafar contestó: «¡Oh mi señora! El califa me ha dado orden de prender únicamente á Ghanem ben-Ayub. Dime dónde está.» Y ella dijo: «Ghanem ben-Ayub, después de empaquetar sus mejores mercancías, marchó hace algunos días á Damasco, su ciudad natal, para ver á su madre y á su hermana Fetnah. Y no sé más, ni puedo decirte otra cosa. Y este cajón que aquí ves es el mío, y en él he colocado lo mejor que poseo. Y espero que me lo guardes bien y lo mandes transportar al palacio del Emir de los Creyentes.» Giafar contestó: «Escucho y obedezco.» Y cogió el cajón y mandó á sus hombres que lo llevaran; y después de haber colmado de honores á Kuat Al-Kulub, le rogó que le acompañase al palacio del Emir de los Creyentes; y todos se alejaron, no sin haber saqueado antes la casa de Ghanem, según había ordenado el califa.
Cuando Giafar se presentó entre las manos de Harún Al-Rachid, le contó todo lo ocurrido, enterándole de que Ghanem se había marchado á Damasco y que la favorita se hallaba en palacio. Pero el califa estaba convencido de que Ghanem había hecho con Kuat Al-Kulub todo cuanto se puede hacer con una mujer hermosa que pertenece á otro, y ni siquiera quiso ver á Kuat Al-Kulub, y mandó á Massrur que la encerrase en un cuarto oscuro, vigilada por una vieja encargada de estas funciones.
Y envió jinetes para que buscasen por todo el mundo á Ghanem. También se lo encomendó al sultán de Damasco, su vicario Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, para lo cual cogió el cálamo, el tintero y un pliego de papel, y escribió la carta siguiente:
«A SU SEÑORÍA EL SULTÁN MOHAMMAD BEN-SOLEIMÁN EL-ZEINÍ, VICARIO DE DAMASCO, DE PARTE DEL EMIR DE LOS CREYENTES HARÚN AL-RACHID, QUINTO CALIFA DE LA GLORIOSA DESCENDENCIA DE LOS BENI-ABBAS.
»EN NOMBRE DE ALAH, EL CLEMENTE SIN LÍMITES Y MISERICORDIOSO.
»Después de pedir noticias de tu salud, que nos es querida, y de rogar á Alah que te conserve largos días en la dilatación y el florecimiento,
»Sabe, ¡oh nuestro vicario! que un joven mercader de tu ciudad, llamado Ghanem ben-Ayub, ha venido á Bagdad, y ha seducido y forzado á una de mis esclavas, y ha hecho con ella lo que ha hecho. Y ha huido de mi venganza y de mis iras, y se ha refugiado en tu ciudad, donde debe estar en estos momentos con su madre y su hermana.
»Te apoderarás de él y le mandarás dar quinientos latigazos. Y luego le pasearás por todas las calles montado en un camello. Y delante irá un pregonero, gritando: «¡Este es el castigo del esclavo que roba los bienes de su señor!» Y después me le enviarás, para darle el tormento que se merece y hacer de él lo que haya de hacerse.
»Y saquearás su casa, destrozándola desde los cimientos hasta la techumbre, y harás desaparecer el rastro de su existencia.
»Y te apoderarás de la madre y la hermana de Ghanem, y durante tres días las expondrás desnudas á la vista de todos los habitantes, y luego de esto las arrojarás de la ciudad.
»Pon gran diligencia y celo en ejecutar estas órdenes.
»¡Uassalam!»
Un correo fué el portador de esta carta, y viajó con tal celeridad, que llegó á Damasco á los ocho días, en vez de tardar veinte cuando menos.
Y cuando el sultán Mohammad tuvo en sus manos la carta del califa, se la llevó á los labios y á la frente. Y luego de leerla, ejecutó sin ninguna dilación las órdenes. Y los pregoneros anunciaron por todas partes: «¡Los que quieran saquear la casa de Ghanem ben-Ayub, vayan á saquearla á su gusto!»
Inmediatamente el sultán se dirigió en persona á la casa de Ghanem, acompañado de los guardias. Llamó á la puerta, y Fetnah, hermana de Ghanem, salió á abrir. Y preguntó: «¿Quién llama?» Y el sultán respondió: «Yo soy.» Entonces Fetnah abrió la puerta, y como nunca había visto al sultán Mohammad, se tapó la cara con una punta del velo y corrió á avisar á su madre.
Y la madre de Ghanem estaba sentada bajo la cúpula del sepulcro que había mandado construir en recuerdo de su hijo, al cual creía muerto, pues desde un año que no sabía nada de él. Y no hacía más que llorar, y apenas comía ni bebía. Y ordenó á su hija Fetnah que dejase entrar al sultán. Y el sultán entró en la casa, llegó hasta la tumba, y vió á la madre de Ghanem que lloraba. Y le dijo: «Vengo á buscar á Ghanem, pues lo reclama el califa.» Y ella respondió: «¡Desdichada de mí! Mi hijo Ghanem, fruto de mis entrañas, nos abandonó hace más de un año, y no sabemos lo que ha sido de él.»
Pero el sultán Mohammad, á pesar de su generosidad, tuvo que ejecutar lo ordenado por el califa. Y mandó que se apoderaran de las alfombras, jarrones, cristalería y demás objetos preciosos, y después echó abajo toda la casa, y arrastraron los escombros fuera de la ciudad. Y aunque le repugnara mucho hacerlo, mandó desnudar á la madre de Ghanem y á su hermana la hermosa Fetnah, y las expuso tres días en la ciudad, prohibiendo que se las cubriera ni con una camisa sin mangas. Y después las expulsó de Damasco. Así fueron tratadas la madre y la hermana de Ghanem, por el odio del califa.
En cuanto á Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub, al salir de Bagdad con el corazón hecho trizas, fué caminando sin comer y sin beber. Y al terminarse el día estaba muerto de cansancio. Así llegó á una aldea, y entró en la mezquita, cayendo extenuado sobre una esterilla, apoyado contra la pared. Y allí permaneció sin sentido, palpitándole desordenadamente el corazón y sin fuerzas para hacer un movimiento ni pedir nada. Los vecinos del pueblo que fueron á orar á la mezquita por la mañana lo vieron tendido y exánime. Y comprendiendo que tendría hambre y sed, le llevaron un tarro de miel y dos panes, y le obligaron á comer y beber. Después le dieron para que se vistiera una camisa sin mangas, muy remendada y llena de piojos. Y le preguntaron: «¿Quién eres, ¡oh forastero! y de dónde vienes?» Y Ghanem abrió los ojos, pero no pudo articular palabra, no haciendo más que llorar. Y los otros estuvieron allí algún tiempo, pero acabaron por irse cada cual á sus quehaceres.
Las privaciones y el dolor hicieron que Ghanem cayera enfermo, y siguió echado sobre la esterilla de la mezquita durante un mes, y se debilitó su cuerpo, y cambió de color, y le devoraban las pulgas. Al verle reducido á tan mísero estado, los fieles de la mezquita se concertaron un día para llevarlo al hospital de Bagdad, que era el más próximo. Y fueron á buscar á un camellero, y le hablaron así: «Colocarás á este joven en tu camello, lo llevarás á Bagdad y lo dejarás á la puerta del hospital. Y seguramente el cambio de aires y los cuidados del hospital acabarán por curarle del todo. Y vendrás después á que te paguemos lo que se te deba por el viaje y por el camello.» Y el camellero dijo: «Escucho y obedezco.» Y ayudándole los demás, cogió á Ghanem y la esterilla en que estaba echado y lo colocó sobre el camello, sujetándole bien para que no se cayese.
Y cuando iban á marchar, lloraba Ghanem sus desdichas, y entonces se aproximaron dos mujeres miserablemente vestidas que estaban entre la muchedumbre. Y al ver al enfermo, exclamaron: «¡Cuánto se parece á nuestro hijo Ghanem! Pero no es posible que sea este joven reducido á su sombra.» Y aquellas dos mujeres, que estaban cubiertas de polvo y acababan de llegar al pueblo, se pusieron á llorar pensando en Ghanem, pues eran su madre y su hermana Fetnah, que habían huído de Damasco y seguían ahora su camino hacia Bagdad.
En cuanto al camellero, no tardó en montar en el burro, y cogiendo al camello del ronzal, se encaminó hacia Bagdad. Y en cuanto llegó, se fué al hospital, bajó á Ghanem del camello, y como era muy temprano y el hospital no estaba abierto todavía, lo dejó en la escalera y se volvió al pueblo.
Y allí permaneció Ghanem hasta que los vecinos salieron de sus casas. Y al verle echado en la esterilla y reducido al estado de sombra, empezaron á hacer mil suposiciones. Y mientras tanto, pasó uno de los jeiques entre los principales jeiques del zoco. Apartó la muchedumbre, se acercó al enfermo, y dijo: «¡Por Alah! Si este joven entra en el hospital, lo veo perdido por falta de cuidados. Lo voy á llevar á mi casa, y Alah me premiará en su Jardín de las Delicias.» Mandó, pues, á sus esclavos que cogieran al joven y lo llevasen á su casa, y él los acompañó. Y apenas llegaron, le preparó una buena cama, con magníficos colchones y una almohada muy limpia. Y luego llamó á su esposa, y le dijo: «He aquí un huésped que nos envía Alah. Lo vas á asistir con mucho cuidado.» Y ella respondió: «Le pondré sobre mi cabeza y mis ojos.» Y se arremangó, mandó calentar agua en el caldero grande, le lavó los pies, las manos y todo el cuerpo. Le vistió con ropas de su esposo, le llevó un vaso de sorbete y le roció la cara con agua de rosas. Entonces Ghanem empezó á respirar mejor y á recuperar las fuerzas poco á poco. Y con las fuerzas le acudió el recuerdo de su pasado y de su amiga Kuat Al-Kulub. Esto en cuanto á Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub.
En cuanto á Kuat Al-Kulub, el califa se encolerizó tanto contra ella...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, é interrumpió discretamente su relato.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 42.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa se encolerizó tanto contra Kuat Al-Kulub y la mandó encerrar en un cuarto oscuro bajo la vigilancia de una vieja, la favorita permaneció allí ochenta días, sin comunicarse con nadie. Y el califa la había olvidado por completo, cuando un día entre los días, al pasar cerca de donde estaba Kuat Al-Kulub, le oyó cantar tristemente algunos versos. Y oyó también que decía lo siguiente: «¡Qué alma tan hermosa la tuya, ¡oh Ghanem ben-Ayub! y qué corazón tan generoso! Fuiste noble para aquel que te oprimió. Respetaste la mujer de aquel que había de arrebatar las mujeres de tu casa. Salvaste del oprobio á la mujer de aquel que derramó la vergüenza sobre los tuyos y sobre ti. Pero ya llegará el día en que tú y el califa os veáis ante el Único Juez, el Único Justo, y saldrás victorioso de tu opresor, con la ayuda de Alah y con los ángeles por testigos.»
Al oir el califa estas palabras, comprendió lo que significaban estas quejas, sobre todo cuando nadie podía oirlas. Y se convenció de cuán injusto había sido con ella y con Ghanem. Se apresuró, pues, á volver á palacio, y encargó al jefe de los eunucos que fuese á buscar á Kuat Al-Kulub. Y Kuat Al-Kulub se presentó entre sus manos, y permaneció con la cabeza inclinada, arrasados los ojos en lágrimas y el corazón muy triste. Y el califa dijo: «¡Oh Kuat Al-Kulub! he oído que te dolías de mi injusticia. Has afirmado que obré mal con quien obró bien conmigo. ¿Quién ha respetado á mis mujeres mientras que yo perseguía á las suyas? ¿Quién ha protegido á mis mujeres mientras que yo deshonraba á las suyas?» Y Kuat Al-Kulub contestó: «Es Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub. Te juro, ¡oh mi señor! por tus mercedes y tus beneficios, que nunca intentó forzarme Ghanem, ni cometió conmigo nada que merezca censura. No hallarías en él ni el impudor ni la brutalidad.» Y convencido el califa, disipadas todas sus sospechas, dijo: «¡Qué desventura la de este error, oh Kuat Al-Kulub! ¡Verdaderamente, no hay sabiduría ni poder más que en Alah el Altísimo y el Omnisciente! Pídeme lo que quieras y satisfaré todos tus deseos.» Y Kuat Al-Kulub dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! si me lo permites, te pediré á Ghanem ben-Ayub.» Y el califa, á pesar de todo el amor que aún le inspiraba su favorita, le dijo: «Así se hará, si Alah lo quiere. Te lo prometo con toda la generosidad de un corazón que nunca se vuelve atrás de lo que ha ofrecido. Será colmado de honores.» Y Kuat Al-Kulub prosiguió: «¡Oh Emir de los Creyentes! te pido que cuando vuelva Ghanem le hagas don de mi persona, para ser su esposa.» Y el califa dijo: «Cuando vuelva Ghanem te concederé lo que pides, y serás su esposa y propiedad suya.» Y contestó Kuat Al-Kulub: «¡Oh Emir de los Creyentes! nadie sabe lo que ha sido de Ghanem, pues el mismo sultán de Damasco te ha dicho que ignoraba su paradero. Concédeme que lo pueda buscar yo, con la esperanza de que Alah me permitirá encontrarle.» Y el califa dijo: «Te autorizo para que hagas lo que te parezca.»
Y Kuat Al-Kulub, con el pecho dilatado de alegría y regocijado el corazón, se apresuró á salir de palacio, habiéndose provisto de mil dinares de oro.
Y recorrió aquel primer día toda la ciudad, visitando á los jeiques de los barrios y á los jefes de las calles. Pero les interrogó sin conseguir ningún resultado.
El segundo día fué al zoco de los mercaderes, y recorrió las tiendas, y fué á ver al jeique, á quien entregó una gran cantidad de dinares para que los repartiese entre los forasteros pobres.
El tercer día se proveyó de otros mil dinares, y visitó el zoco de los orífices y de los joyeros. Y se encontró con el jeique entre los principales jeiques, á quien entregó otra cantidad de oro para que lo repartiese entre los forasteros pobres. Y el jeique le dijo: «¡Oh mi señora! precisamente tengo recogido en mi casa á un joven forastero y enfermo, cuyo nombre ignoro, pero debe ser hijo de algún mercader muy rico y de noble prosapia. Porque aunque está como una sombra, es un joven de hermoso rostro, dotado de todas las cualidades y de todas las perfecciones. Indudablemente debe estar en tal situación por grandes deudas ó por algún amor desgraciado.» Al oirlo Kuat Al-Kulub, sintió que el corazón le palpitaba violentamente y que las entrañas se le estremecían. Y dijo al jeique: «¡Oh jeique! Ya que no puedes abandonar el zoco, haz que alguien me acompañe á tu casa.» Y el jeique dijo: «Sobre mi cabeza y sobre mis ojos.» Y llamó á un niño y le dijo: «¡Oh Felfel! lleva á esta señora á casa.» Y Felfel echó á andar delante de Kuat Al-Kulub, y la llevó á casa del jeique, donde estaba el forastero enfermo.