El libro de las mil noches y una noche; t. 3
Part 10
Pero pasado un largo rato, como la sesión no se iba á terminar hasta la mañana siguiente, Ghanem empezó á alarmarse por las mercaderías que había dejado en su casa sin que nadie las guardase. Y temió que se las robaran los ladrones, y dijo para sí: «Soy extranjero, y teniendo como tengo fama de hombre rico, si paso una noche fuera de mi casa los ladrones la saquearán, y se llevarán mi dinero y las mercancías que me quedan.» Y como sus temores fuesen mayores cada vez, se decidió á levantarse y se disculpó con los demás diciendo que iba á evacuar una necesidad apremiante, y salió á toda prisa. Echó á andar á oscuras, y fué caminando hasta que llegó á las puertas de la ciudad. Pero como ya era media noche, encontró la puerta cerrada, y no vió á nadie, ni oyó ninguna voz humana. Solamente oía el ladrar de los perros y los chillidos de los chacales que sonaban á lo lejos mezclados con los aullidos de los lobos. Entonces, asustadísimo, exclamó: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah! Antes temía por mis riquezas, y ahora he de temer por mi vida.» Y empezó á buscar un albergue donde pasar la noche, y al fin encontró una _tourbeh_ junto á la cual había una palmera. Una puerta estaba abierta, y Ghanem entró por allí, y se tendió para conciliar el sueño; pero no podía dormir, pues estaba aterrado de verse solo en medio de las tumbas. Y se puso de pie, y abrió la puerta y miró hacia afuera. Y vió una luz que brillaba á lo lejos, cerca de las puertas de la ciudad. Se dirigió hacia aquella luz, pero entonces vió que ésta se acercaba por el camino que conducía á la _tourbeh_ en que él se encontraba. Entonces Ghanem tuvo más miedo, retrocedió precipitadamente, se metió de nuevo en la _tourbeh_, y cuidó de cerrar la puerta, que era muy pesada. Pero no se tranquilizó hasta que se hubo subido á lo alto de la palmera para esconderse entre el ramaje. Desde allí vió que la luz se iba acercando, hasta que acabó por ver á tres negros, dos de los cuales llevaban un enorme cajón y el tercero una linterna y unos azadones. Al llegar á la _tourbeh_ se detuvo muy sorprendido el negro que llevaba el farol. Los demás le dijeron: «¿Qué ocurre, ¡oh Sauab!?» Y Sauab respondió: «¿No lo veis?» Y dijo uno de los otros: «¿Pero qué he de ver?» Y Sauab replicó: «¡Oh Kafur! ¿no ves que la puerta de la _tourbeh_, que habíamos dejado abierta esta tarde, está cerrada y con el cerrojo echado por dentro?» Entonces el tercer negro, llamado Bakhita, exclamó: «¡Qué poco entendimiento tenéis! ¿Ignoráis que los propietarios de estos campos salen todos los días de la ciudad y vienen á descansar aquí después de examinar sus plantaciones? ¿No sabéis que cuidan de cerrar la puerta en cuanto anochece, por temor de que los sorprendamos nosotros los negros, pues saben que si los cogemos los asamos vivos y nos comemos su carne blanca?» Entonces Kafur y Sauab dijeron al otro negro: «¡Oh Bakhita! Verdaderamente no puedes presumir de inteligencia.» Pero Bakhita replicó: «Veo que no me creeréis hasta que encontremos al que estará escondido, y os advierto anticipadamente que, si hay alguien en la _tourbeh_, al ver acercarse nuestra luz se habrá subido, aterrorizado, á la copa de la palmera. Y allí lo encontraremos.»
Y aterrado Ghanem, pensaba: «¡Qué negro tan listo! ¡Confunda Alah á todos los sudaneses por su perfidia y su malignidad!» Después, muerto de miedo, dijo: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah el Altísimo y el Omnipotente! ¿Quién me podrá salvar ahora de este peligro?»
Y los dos negros dijeron al que llevaba el farol: «¡Oh Sauab! sube á lo alto del muro, y salta dentro de la _tourbeh_, y ábrenos la puerta, pues estamos muy cansados del peso de este cajón encima del cuello y de los hombros. Y si nos abres la puerta te reservaremos al más rollizo de los individuos que cojamos ahí dentro, y te lo coceremos muy en su punto, dorándole la piel, cuidando que no se desperdicie ni una gota de grasa.» Pero Sauab contestó: «Como tengo tan poca inteligencia, prefiero que tiremos este cajón por encima de la tapia, ya que nos han dado la orden de dejarlo en esta _tourbeh_.» Pero los otros dos negros contestaron: «Si lo tiramos como dices, se hará pedazos.» Y Sauab replicó: «Pero si entramos en la _tourbeh_, acaso nos sorprendan los bandidos que ahí suelen ocultarse para asesinar y desvalijar á los viajeros. Ya sabéis que en ese sitio se reunen por la noche todos los bandoleros para repartirse el botín.» Los otros dos negros dijeron: «¿Es posible que seas tan infeliz que creas semejantes majaderías?»
Y dejando el cajón en el suelo, escalaron la pared, saltaron dentro de la _tourbeh_ y corrieron á abrir, mientras el otro les alumbraba desde fuera. Metieron entre los tres el cajón, cerraron la puerta y se sentaron á descansar en la _tourbeh_. Y uno dijo: «Verdaderamente, ¡oh hermanos! que estamos rendidos de tanto caminar y por el trabajo que hemos hecho. Y he aquí que es media noche. Descansemos algunas horas, y después abriremos la zanja para enterrar este cajón, cuyo contenido ignoramos. Luego del descanso podremos trabajar mejor. Y para pasar agradablemente estas horas de reposo, cuente cada uno cómo ha llegado á ser eunuco y por qué se le castró, relatándolo todo desde el principio hasta el fin. De esta manera pasaremos la noche agradablemente.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió clarear el día, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 38.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando uno de los negros sudaneses propuso que cada uno contase la historia de su castración, el negro Sauab, portador de la linterna y los azadones, tomó la palabra, y como los otros se rieran, repuso: «¿De qué os reís? ¿De que sea el primero en contar por qué me castraron?» Y los otros dijeron: «Nos parece muy bien. ¡Te escuchamos!»
Entonces el eunuco Sauab dijo:
Historia del negro Sauab, primer eunuco sudanés
«Sabed, ¡oh mis hermanos! que apenas tenía cinco años de edad cuando el mercader de esclavos me sacó de mi tierra para traerme á Bagdad, y me vendió á un guardia de palacio. Este hombre tenía una hija, que en aquel momento contaba tres años. Fuí criado con ella, y era la diversión de todos cuando jugaba con la niña, y bailaba danzas muy graciosas y le cantaba canciones. Todo el mundo quería al negrito.
Juntos crecimos de aquel modo, y yo llegué á los doce años y ella á los diez. Y nos dejaban jugar juntos. Pero un día entre los días, al encontrarla sola en un sitio apartado, me acerqué á ella, según costumbre. Precisamente acababa de tomar un baño en el hammam, y estaba deliciosa y perfumada. En cuanto á su rostro, parecía la luna en su décimacuarta noche. Al verme corrió hacia mí, y nos pusimos á jugar y á hacer mil locuras. Me mordía y yo la arañaba; me pellizcaba y yo la pellizcaba también, pero de tal modo, que á los pocos instantes el zib se me levantó y se me hinchó. Y semejante á una llave enorme, se me dibujaba por debajo de la ropa. Entonces se echó á reir, se me vino encima, me tiró de espaldas al suelo y se colocó á horcajadas sobre mi vientre; y empezando á restregarse conmigo, acabó por dejar mi zib al aire. Y al verlo erguido y poderoso, lo cogió con una mano y frotó y cosquilleó con él los labios de su vulva por encima del calzón que llevaba puesto. Pero estos juegos vinieron á aumentar de un modo alarmante el calor que sentía. Y la estreché entre mis brazos, mientras que ella se me colgaba del cuello apretándome con todas sus fuerzas. Y he aquí que súbitamente mi zib, como si fuese de hierro, le atravesó el pantalón, y penetrando triunfante le arrebató la virginidad.
Una vez terminada la cosa, la niña se echó á reir otra vez, y volvió á besarme; pero yo estaba aterrado con lo que acababa de ocurrir, y me escapé de entre sus manos, corriendo á refugiarme en la casa de un negro amigo mío.
La niña no tardó en volver á su casa, y la madre, al verle la ropa en desorden y el pantalón atravesado de parte á parte, lanzó un grito. Después, examinando el lugar que se oculta entre los muslos, ¡vió lo que vió! Y se cayó al suelo, desmayada de dolor y de ira. Pero cuando volvió en sí, como la cosa era irreparable, tomó todas las precauciones para arreglar el asunto, y sobre todo para que su esposo no supiera la desgracia. Y tal maña se dió, que pudo conseguirlo. Transcurrieron dos meses, y aquella mujer acabó por encontrarme, y no dejaba de hacerme regalitos para obligarme á volver á la casa. Pero cuando volví no se habló para nada de la cosa, y siguieron ocultándoselo al padre, que seguramente me habría matado, y ni la madre ni nadie me deseaba mal alguno, pues todos me querían mucho.
Dos meses después la madre consiguió poner en relaciones á su hija con un joven barbero, que era el barbero de su padre, y con tal motivo iba mucho á casa. Y la madre le dió un buen dote de su peculio particular y le hizo un buen equipo. En seguida llamaron al barbero, que se presentó con todos sus instrumentos. Y el barbero me ató y me cortó los compañones, convirtiéndome en eunuco. Y se celebró la ceremonia del casamiento, y yo quedé de eunuco de mi amita, y desde entonces tuve que ir precediéndola por todas partes, cuando iba al zoco, ó cuando iba de visitas ó á casa de su padre. Y la madre hizo las cosas tan discretamente, que nadie supo nada de la historia, ni el novio, ni los parientes, ni los amigos. Y para hacer creer á los invitados en la virginidad de la novia, degolló un pichón, tiñó con su sangre la camisa de la recién casada, y según costumbre, hizo pasear esta camisa al acabar la noche por la sala de reuniones, por delante de todas las mujeres invitadas, que lloraron de emoción.
Desde entonces viví con mi amita en casa de su marido el barbero. Y así pude deleitarme impunemente y en la medida de mis fuerzas con la hermosura y las perfecciones de aquel cuerpo delicioso, pues aunque había perdido otras cosas, me quedaba el zib. De modo que sin peligro y sin despertar sospechas pude seguir besando y abrazando á mi ama, hasta que murieron ella, su marido y sus padres. Entonces pasaron á mí todos los bienes, y llegué á ser eunuco de palacio, igual que vosotros, ¡oh mis hermanos negros! Tal es la causa de que me castraran. Y ahora, la paz sea con vosotros.»
* * * * *
Dicho lo que antecede, el negro Sauab se calló, y el segundo negro, Kafur, tomó la palabra y dijo:
Historia del negro Kafur, segundo eunuco sudanés
«Sabed, ¡oh mis hermanos! que cuando sólo tenía ocho años de edad era ya tan experto en el arte de mentir, que cada año soltaba una mentira tan gorda que á mi amo el mercader se le arrugaba el ano y se caía de espaldas. Así es que el mercader quiso deshacerse de mí cuanto antes, y me puso en manos del pregonero, para que anunciase mi venta en el zoco, diciendo: «¿Quién quiere comprar un negrito con todo su vicio?» Y el pregonero me llevó por todos los zocos, diciendo lo que le habían encargado. Y un buen hombre de entre los mercaderes del zoco no tardó en acercarse, y preguntó al pregonero: «¿Y cuál es el vicio de este negrito?» Y el otro contestó: «El de decir una sola mentira cada año.» Y el mercader insistió: «¿Y qué precio piden por ese negrito con su vicio?» A lo cual contestó el pregonero: «Sólo seiscientas dracmas.» Y dijo el mercader: «Lo tomo, y te doy veinte dracmas de corretaje.» Y en el acto se reunieron los testigos de la venta y se hizo el contrato entre el pregonero y el mercader. Entonces el pregonero me llevó á la casa de mi nuevo amo, cobró el precio de la venta y el corretaje, y se marchó.
Mi amo me vistió decentemente con ropa á mi medida, y permanecí en su casa el resto del año, sin que ocurriera ningún incidente. Pero empezó otro año y se anunció como bendito en cuanto á la recolección y la fertilidad. Los mercaderes le festejaban con banquetes en los jardines, y cada uno pagaba á su vez los gastos del convite, hasta que le tocó á mi amo. Entonces mi amo invitó á los mercaderes á comer en un jardín de las afueras de la ciudad, y mandó llevar allí comestibles y bebidas en abundancia, y todos estuvieron comiendo y bebiendo desde por la mañana hasta el mediodía. Pero entonces recordó mi amo que había dejado olvidada una cosa, y me dijo: «¡Oh mi esclavo! monta en la mula, ve á casa para pedirle á tu ama tal cosa, y vuelve en seguida.» Yo obedecí la orden y me dirigí apresuradamente á la casa.
Y al llegar cerca de ella empecé á dar agudos chillidos y á verter abundantes lagrimones. Y me rodeó un gran grupo de vecinos de la calle y del barrio, grandes y chicos. Y las mujeres, asomándose á las puertas y ventanas, me miraban asustadas, y mi ama, que oyó mis gritos, bajó á abrirme, acompañada de sus hijas. Y todas me preguntaron qué ocurría. Y yo contesté llorando: «Mi amo estaba en el jardín con los convidados, se ausentó para evacuar una necesidad junto á la pared, y la pared se vino abajo, sepultándole entre los escombros. Y yo he montado en seguida en la mula, y he venido á todo correr á enteraros de la desgracia.»
Cuando la mujer y las hijas oyeron mis palabras se pusieron á dar agudos gritos, á desgarrarse los vestidos y á darse golpes en la cara y en la cabeza, y todos los vecinos acudieron y las rodearon. Después, mi ama, en señal de luto (como suele hacerse cuando muere inesperadamente el cabeza de familia), empezó á destrozar la casa, á destruir los muebles, á tirarlos por las ventanas, á romper todo lo rompible y á arrancar ventanas y puertas. Luego mandó pintar de azul las paredes y echar encima de ellas paletadas de barro. Y me dijo: «¡Miserable Kafur! ¿qué haces ahí inmóvil? Ven á ayudarme á romper estos armarios, á destruir estos utensilios y hacer trizas esta vajilla.» Y yo, sin esperar á que me lo dijera dos veces, me apresuré á destrozarlo todo, armarios, muebles y cristalería; quemé alfombras, camas, cortinas y almohadones, y después la emprendí con la casa, asolando techos y paredes. Y entretanto, no dejaba de lamentarme y de clamar: «¡Pobre amo mío! ¡Ay mi desgraciado amo!»
Después, mi ama y sus hijas se quitaron los velos, y con la cara descubierta y todo el pelo suelto, salieron á la calle. Y me dijeron: «¡Oh Kafur! Ve delante de nosotras para enseñarnos el camino. Llévanos al sitio en que tu amo quedó sepultado bajo los escombros. Porque hemos de colocar su cadáver en el féretro, llevarlo á casa y celebrar los debidos funerales.» Y yo eché á andar delante de ellas, gritando: «¡Oh mi pobre amo!» Y todo el mundo nos seguía. Y las mujeres llevaban descubierto el rostro y la cabellera desmelenada. Y todas gemían y gritaban, llenas de desesperación. Poco á poco se aumentó la comitiva con todos los vecinos de las calles que atravesábamos, hombres, mujeres, niños, muchachas y viejas. Y todos se golpeaban la cara y lloraban desesperadamente. Y yo me divertía haciéndoles dar la vuelta á la ciudad y atravesar todas las calles, y los transeuntes preguntaban la causa de todo aquello, y se les contaba lo que me habían oído decir, y entonces clamaban: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah, Altísimo, Omnipotente!»
Y alguien aconsejó á mi ama que fuese á casa del walí y le refiriese lo ocurrido. Y todos marcharon á casa del walí, mientras yo pretextaba que me iba al jardín en cuyas ruinas estaba sepultado mi amo.
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 39.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el eunuco Kafur prosiguió de este modo el relato de su historia:
«Entonces corrí al jardín, mientras que las mujeres y todos los demás se dirigían á casa del walí para contarle lo ocurrido. Y el walí se levantó y montó á caballo, llevando consigo peones que iban cargados de herramientas, sacos y canastos, y todo el mundo emprendió el camino del jardín siguiendo las indicaciones que yo había suministrado.
Y yo me cubrí de tierra la cabeza, empecé á golpearme la cara y llegué al jardín gritando: «¡Ay mi pobre ama! ¡Ay mis pobres amitas! ¡Ay! ¡Desdichados de todos nosotros!» Y así me presenté entre los comensales. Cuando mi amo me vió de aquella manera, cubierta la cabeza de tierra, aporreada la cara y gritando: «¡Ay! ¿Quién me recogerá ahora? ¿Qué mujer será tan buena para mí como mi pobre ama?», cambió de color, le palideció la tez, y me dijo: «¿Qué te pasa, ¡oh Kafur!? ¿Qué ha ocurrido? Dime.» Y yo le contesté: «¡Oh amo mío! Cuando me mandaste que fuera á casa á pedirle tal cosa á mi ama, llegué y vi que la casa se había derrumbado, sepultando entre los escombros á mi ama y á sus hijas.» Y mi amo gritó entonces: «¿Pero no se ha podido salvar tu ama?» Y yo dije: «Nadie se ha salvado, y la primera en sucumbir ha sido mi pobre ama.» Y me volvió á preguntar: «¿Pero y la más pequeña de mis hijas tampoco se ha salvado?» Y contesté: «Tampoco.» Y me dijo: «¿Y la mula, la que yo suelo montar, tampoco se ha salvado?» Y dije: «No, ¡oh amo mío! porque las paredes de la casa y las de la cuadra se han derrumbado encima de todo lo que había en la casa, sin excluir á los carneros, los gansos y las gallinas. Todo se ha convertido en una masa informe debajo de las ruinas. Nada queda ya.» Y volvió á preguntarme: «¿Ni siquiera el mayor de mis hijos?» Y respondí: «¡Ay! ni siquiera ése. No ha quedado nadie con vida. Ya no hay casa ni habitantes. Ni siquiera quedan ya rastros de ellos. En cuanto á los carneros, los gansos y las gallinas, deben ser en este momento pasto de los perros y los gatos.»
Cuando mi amo oyó estas palabras, la luz se transformó para él en tinieblas, quedó privado de toda voluntad, las piernas no le podían sostener, se le paralizaron los músculos y se le encorvó la espalda. Después empezó á desgarrarse la ropa, á mesarse las barbas, á abofetearse y á quitarse el turbante. Y no dejó de darse golpes, hasta que se le ensangrentó todo el rostro. Y gritaba: «¡Ay mi mujer! ¡Ay mis hijos! ¡Qué horror! ¡Qué desdicha! ¿Habrá otra desgracia semejante á la mía?» Y todos los mercaderes se lamentaban y lloraban como él para expresarle su pesar, y se desgarraban las ropas.
Entonces mi amo salió del jardín seguido de todos los convidados, y no cesaba de darse golpes, principalmente en el rostro, andando como si estuviese borracho. Pero apenas había traspuesto la puerta del jardín, vió una gran polvareda y oyó gritos desaforados. Y no tardó en ver aparecer al walí con toda su comitiva, seguido de las mujeres y vecinos del barrio y de cuantos transeuntes se habían unido á ellos en el camino, movidos por la curiosidad. Y todo el gentío lloraba y se lamentaba.
La primera persona con quien se encontró mi amo fué con su esposa, y detrás de ella vió á todos sus hijos. Y al verlos se quedó estupefacto, como si perdiera la razón, y luego se echó á reir, y su familia se arrojó en sus brazos y se colgó á su cuello. Y llorando decían: «¡Oh padre! ¡Alah sea bendito por haberte librado!» Y él les preguntó: «¿Y vosotros? ¿qué os ha ocurrido?» Su mujer le dijo: «¡Bendito sea Alah, que nos permite volver á ver tu cara sin ningún peligro! Pero ¿cómo lo has hecho para salvarte de entre los escombros? Nosotros, ya ves que estamos perfectamente. Y á no ser por la terrible noticia que nos anunció Kafur, tampoco habría pasado nada en casa.» Y mi amo exclamó: «¿Pero qué noticia es esa?» Y su mujer dijo: «Kafur llegó con la cabeza descubierta y la ropa desgarrada, gritando: «¡Oh mi pobre amo! ¡Oh mi desdichado amo!» Y le preguntamos: «¿Qué ocurre, ¡oh Kafur!?» Y nos dijo: «Mi amo se había acurrucado junto á una pared para evacuar una necesidad, cuando de pronto la pared se derrumbó y le enterró vivo.»
Entonces dijo mi amo: «¡Por Alah! Pero si Kafur acaba de venir ahora mismo gritando: «¡Ay mi ama! ¡Ay los pobres hijos de mi ama!» Y le he preguntado: «¿Qué ocurre, ¡oh Kafur!?» Y me ha dicho: «Mi ama, con todos sus hijos, acaba de perecer debajo de las ruinas de la casa.»
Inmediatamente mi amo se volvió hacia donde estaba yo, y vió que seguía echándome polvo sobre la cabeza, y desgarrándome la ropa, y tirando el turbante. Y dando una voz terrible, me mandó que me acercara. Al acercarme me dijo: «¡Ah miserable esclavo! ¡Negro de mal agüero! ¡Hijo de una zorra y de mil perros! ¡Maldito y de raza maldita! ¿Por qué has ocasionado tanto trastorno? ¡Por Alah, que he de castigar tu crimen según se merece! ¡Te he de arrancar la piel de la carne, y la carne de los huesos!» Y yo contesté resueltamente: «¡Por Alah, que no me has de hacer ningún daño, pues me compraste con mi vicio, y como fué ante testigos, declararán que sabías mi vicio de decir una mentira cada año, y así lo anunció el pregonero! Pero he de advertirte que todo lo que acabo de hacer no ha sido más que media mentira, y me reservo el derecho de soltar la otra mitad que me corresponde decir antes que acabe el año.» Mi amo, al oirme, exclamó: «¡Oh tú, el más vil y maldito de todos los negros! ¿Conque lo que acabas de hacer no es más que la mitad de una mentira? ¡Pues valiente calamidad la que tú eres! ¡Vete, oh perro, hijo de perro, te despido! Ya estás libre de toda esclavitud.» Y yo dije: «¡Por Alah, que podrás echarme, ¡oh mi amo! pero yo no me voy de ninguna manera! He de soltar la otra mitad de la mentira. Y esto será antes de que acabe el año. Entonces me podrás llevar al zoco para venderme con mi vicio. Pero antes no me puedes abandonar, pues no tengo oficio de qué vivir. Y cuanto te digo es cosa muy legal, y legalmente reconocida por los jueces cuando me compraste.»
Y mientras tanto, los vecinos que habían venido para asistir á los funerales se preguntaban qué era lo que pasaba. Entonces les enteraron de todo, lo mismo que al walí, á los mercaderes y á los amigos, explicándoles la mentira que yo había inventado. Y cuando les dijeron que todo aquello no era más que la mitad, llegaron todos al límite de la estupefacción, juzgando que aquella mitad era ya de suyo bastante enorme. Y me maldijeron y me brindaron toda clase de insultos, á cuál peor de todos. Y yo seguía riéndome y decía: «No tenéis razón en reconvenirme, pues me compraron con mi vicio.»
Y así llegamos á la calle en que vivía mi amo, y vió que su casa no era más que un montón de ruinas. Y entonces se enteró de que yo había contribuído á destruirla, pues le dijo su mujer: «Kafur ha roto todos los muebles, y los jarrones, y la cristalería, y ha hecho pedazos cuanto ha podido.» Y llegado al límite del furor, exclamó: «¡En mi vida he visto un hijo de zorra como este miserable negro! ¡Y aún dice que no es más que la mitad de un embuste! ¿Pues qué sería una mentira completa? ¡Lo menos la destrucción de una ó dos ciudades!» E inmediatamente me llevaron á casa del walí, que me mandó dar tan soberana paliza, que me desmayé.
Y encontrándome en tal estado, mandaron llamar á un barbero, que con sus instrumentos me castró del todo y cauterizó la herida con un hierro candente. Y al despertar me enteré de lo que me faltaba y de que me habían hecho eunuco para toda mi vida. Entonces mi amo me dijo: «Así como tú me has abrasado el corazón queriendo arrebatarme lo que más quería, así te lo quemo yo á ti, quitándote lo que querías más.» Después me llevó consigo al zoco, y me vendió por más precio, puesto que yo había encarecido al convertirme en eunuco.
Desde entonces he causado la discordia y el trastorno en todas las casas en que entré como eunuco, y he ido pasando de un amo á otro, de un emir á un emir, de un notable á un notable, según la venta y la compra, hasta ser propiedad del mismo Emir de los Creyentes. Pero he perdido mucho, y mis fuerzas disminuyeron desde que me quedé sin lo que me falta.
Y tal es, ¡oh hermanos! la causa de mi castración. He aquí que se ha terminado mi historia. ¡Uassalam!»
* * * * *
Y los otros dos negros, oído el relato de Kafur, empezaron á reirse y á burlarse de él, diciendo: «Eres todo un bribón, hijo de bribón. Y tu mentira fué una mentira formidable.»