El libro de las mil noches y una noche; t. 2
Part 7
Pero haría pocos momentos que el jorobado se hallaba arrimado contra la pared, cuando el intendente, que estaba ausente, regresó á su casa, abrió la puerta, encendió una vela, y entró. Y encontró á un hijo de Adán de pie en un rincón, junto á la pared de la cocina. Y el intendente, sorprendidísimo, exclamó: «¿Qué es eso? ¡Por Alah! He aquí que el ladrón que acostumbraba á robar mis provisiones no era un bicho, sino un ser humano. Este es el que me roba la carne y la manteca, á pesar de que las guardo cuidadosamente por temor á los gatos y á los perros. Bien inútil habría sido matar á todos los perros y gatos del barrio, como pensé hacer, puesto que este individuo es el que bajaba por la azotea.» Y en seguida agarró el intendente una enorme estaca, yéndose para el hombre, y le dió de garrotazos, y aunque le vió caer, le siguió apaleando. Pero como el hombre no se movía, el intendente advirtió que estaba muerto, y entonces dijo desolado: «¡Sólo Alah el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder!» Y después añadió: «¡Malditas sean la manteca y la carne, y maldita esta noche! Se necesita tener toda la mala suerte que yo tengo para haber matado así á este hombre. Y no sé qué hacer con él.» Después lo miró con mayor atención, comprobando que era jorobado. Y le dijo: «¿No te basta con ser jorobeta? ¿Querías también ser ladrón y robarme la carne y la manteca de mis provisiones? ¡Oh Dios protector, ampárame con el velo de tu poder!» Y como la noche se acababa, el intendente se echó á cuestas al jorobado, salió de su casa y anduvo cargado con él, hasta que llegó á la entrada del zoco. Paróse entonces, colocó de pie al jorobado junto á una tienda, en la esquina de una bocacalle, y se fué.
Y al poco tiempo de estar allí el cadáver del jorobado, acertó á pasar un nazareno. Era el corredor de comercio del sultán. Y aquella noche estaba beodo. Y en tal estado iba al hammam á bañarse. Su borrachera le incitaba á las cosas más curiosas, y se decía: «¡Vamos, que eres casi como el Mesías!» Y marchaba haciendo eses y tambaleándose, y acabó por llegar adonde estaba el jorobado. Y entonces quiso orinar. Pero de pronto vió al jorobado delante de él, apoyado contra la pared. Y al encontrarse con aquel hombre, que seguía inmóvil, se le figuró que era un ladrón y que acaso fuese quien le había robado el turbante, pues el corredor nazareno iba sin nada á la cabeza. Entonces se abalanzó contra aquel hombre, y le dió un golpe tan violento en la nuca, que lo hizo caer al suelo. Y en seguida empezó á dar gritos llamando al guarda del zoco. Y con la excitación de su embriaguez, siguió golpeando al jorobado y quiso estrangularlo, apretándole la garganta con ambas manos. En este momento llegó el guarda del zoco, y vió al nazareno encima del musulmán, dándole golpes y á punto de ahogarlo. Y el guarda dijo: «¡Deja á ese hombre y levántate!» Y el cristiano se levantó.
Entonces el guarda del zoco se acercó al jorobado, que se hallaba tendido en el suelo, lo examinó, y vió que estaba muerto. Y gritó entonces: «¿Cuándo se ha visto que un nazareno tenga la audacia de golpear á un musulmán y matarlo?» Y el guarda se apoderó del nazareno, le ató las manos á la espalda y le llevó á casa del walí[13]. Y el nazareno se lamentaba y decía: «¡Oh Mesías, oh Virgen! ¿Cómo habré podido matar á ese hombre? ¡Y qué pronto ha muerto, sólo de un puñetazo! Se me pasó la borrachera, y ahora viene la reflexión.»
Llegados á casa del walí, el nazareno y el cadáver del jorobado quedaron encerrados toda la noche, hasta que el walí se despertó por la mañana. Entonces el walí interrogó al nazareno, que no pudo negar los hechos referidos por el guarda del zoco. Y el walí no pudo hacer otra cosa que condenar á muerte á aquel nazareno que había matado á un musulmán. Y ordenó que el portaalfanje pregonara por toda la ciudad la sentencia de muerte del corredor nazareno. Luego mandó que levantasen la horca y llevasen á ella al sentenciado.
Entonces se acercó el portaalfanje y preparó la cuerda, hizo el nudo corredizo, se lo pasó al nazareno por el cuello, y ya iba á tirar de él, cuando de pronto el proveedor del sultán hendió la muchedumbre y abriéndose camino hasta el nazareno, que estaba de pie junto á la horca, dijo al portaalfanje: «¡Detente! ¡Yo soy quien ha matado á ese hombre!» Entonces el walí le preguntó: «¿Y por qué le mataste?» Y el intendente dijo: «Vas á saberlo. Esta noche, al entrar en mi casa, advertí que se había metido en ella descolgándose por la terraza, para robarme las provisiones. Y le di un golpe en el pecho con un palo, y en seguida le vi caer muerto. Entonces le cogí á cuestas; y le traje al zoco, dejándole de pie arrimado contra una tienda en tal sitio y en tal esquina. Y he aquí que ahora, con mi silencio, iba á ser causa de que matasen á este nazareno, después de haber sido yo quien mató á un musulmán. ¡A mí, pues, hay que ahorcarme!»
Cuando el walí hubo oído las palabras del proveedor, dispuso que soltasen al nazareno, y dijo al portaalfanje: «Ahora mismo ahorcarás á este hombre, que acaba de confesar su delito.»
Entonces el portaalfanje cogió la cuerda que había pasado por el cuello del cristiano y rodeó con ella el cuello del proveedor, lo llevó junto al patíbulo, y lo iba á levantar en el aire, cuando de pronto el médico judío atravesó la muchedumbre, y dijo á voces al portaalfanje: «¡Aguarda! ¡El único culpable soy yo!» Y después contó así la cosa: «Sabed todos que este hombre me vino á buscar para consultarme, á fin de que lo curara. Y cuando yo bajaba la escalera para verle, como era de noche, tropecé con él y rodó hasta lo último de la escalera, convirtiéndose en un cuerpo sin alma. De modo que no deben matar al proveedor, sino á mí solamente.»
Entonces el walí dispuso la muerte del médico judío. Y el portaalfanje quitó la cuerda del cuello del proveedor y la echó al cuello del médico judío, cuando se vió llegar al sastre, que, atropellando á todo el mundo, dijo: «¡Detente! Yo soy quien lo maté. Y he aquí lo que ocurrió. Salí ayer de paseo y regresaba á mi casa al anochecer. En el camino encontré á este jorobado, que estaba borracho y muy divertido, pues llevaba en la mano una pandereta y se acompañaba con ella cantando de una manera chistosísima. Me detuve para contemplarle y divertirme, y tanto me regocijó, que lo convidé á comer en mi casa. Y compré pescado entre otras cosas, y cuando estábamos comiendo, tomó mi mujer un trozo de pescado, que colocó en otro de pan, y se lo metió todo en la boca á este hombre, y el bocado le ahogó, muriendo en el acto. Entonces lo cogimos entre mi mujer y yo y lo llevamos á casa del médico judío. Bajó á abrirnos una negra, y yo le dije lo que le dije. Después le di un cuarto de dinar para su amo. Y mientras ella subía, agarré en seguida al jorobado y lo puse de pie contra el muro de la escalera, y yo y mi mujer nos fuimos á escape. Entretanto, bajó el médico judío para ver al enfermo; pero tropezó con el jorobado, que cayó en tierra, y el judío creyó que lo había matado él.»
Y en este momento, el sastre se volvió hacia el médico judío y le dijo: «¿No fué así?» El médico repuso: «¡Esa es la verdad!» Entonces, el sastre, dirigiéndose al walí, exclamó: «¡Hay, pues, que soltar al judío y ahorcarme á mí!»
El walí, prodigiosamente asombrado, dijo entonces: «En verdad que esta historia merece escribirse en los anales y en los libros.» Después mandó al portaalfanje que soltase al judío y ahorcase al sastre, que se había declarado culpable. Entonces el portaalfanje llevó al sastre junto á la horca, le echó la soga al cuello, y dijo: «¡Esta vez va de veras! ¡Ya no habrá ningún otro cambio!» Y agarró la cuerda.
¡He aquí todo, por el momento!
* * * * *
En cuanto al jorobado, no era otro que el bufón del sultán, que ni una hora podía separarse de él. Y el jorobado, después de emborracharse aquella noche, se escapó de palacio, permaneciendo ausente toda la noche. Y al otro día, cuando el sultán preguntó por él, le dijeron: «¡Oh señor, el walí te dirá que el jorobado ha muerto, y que su matador iba á ser ahorcado! Por eso el walí había mandado ahorcar al matador, y el verdugo se preparaba á ejecutarle; pero entonces se presentó un segundo individuo, y luego un tercero, diciendo todos: «¡Yo soy el único que ha matado al jorobado!» Y cada cual contó al walí la causa de la muerte.
Y el sultán, sin querer escuchar más, llamó á un chambelán y le dijo: «Baja en seguida en busca del walí y ordénale que traiga á toda esa gente que está junto á la horca.»
Y el chambelán bajó, y llegó junto al patíbulo, precisamente cuando el verdugo iba á ejecutar al sastre. Y el chambelán gritó: «¡Detente!» Y en seguida le contó al walí que esta historia del jorobado había llegado á oídos del rey. Y se lo llevó, y se llevó también al sastre, al médico judío, al corredor nazareno y al proveedor, mandando transportar también el cuerpo del jorobado, y con todos ellos marchó en busca del sultán.
Cuando el walí se presentó entre las manos del rey, se inclinó y besó la tierra, y refirió toda la historia del jorobado, con todos sus pormenores, desde el principio hasta el fin. Pero es inútil repetirla.
El sultán, al oir tal historia, se maravilló mucho y llegó al límite más extremo de la hilaridad. Después mandó á los escribas de palacio que escribieran esta historia con aguja de oro. Y luego preguntó á todos los presentes: «¿Habéis oído alguna vez historia semejante á la del jorobado?»
Entonces el corredor nazareno avanzó un paso, besó la tierra entre las manos del rey, y dijo: «¡Oh rey de los siglos y del tiempo! Sé una historia mucho más asombrosa que nuestra aventura con el jorobado. La referiré, si me das tu venia, porque es mucho más sorprendente, más extraña y más deliciosa que la del jorobado.»
Y dijo el rey: «¡Ciertamente! Desembucha lo que hayas de decir para que lo oigamos.»
Entonces, el corredor nazareno dijo:
«Sabe, ¡oh rey del tiempo! que vine á este país para un asunto comercial. Soy un extranjero á quien el Destino encaminó á tu reino. Porque yo nací en la ciudad de El Cairo y soy copto entre los coptos. Y es igualmente cierto que me crié en El Cairo, y en aquella ciudad fué corredor mi padre antes que yo.
Cuando murió mi padre ya había llegado yo á la edad de hombre. Y por eso fuí corredor como él, pues contaba con toda clase de cualidades para este oficio, que es la especialidad entre nosotros los coptos.
Pero un día entre los días, estaba yo sentado á la puerta del khan de los mercaderes de granos, y vi pasar á un joven, hermoso como la luna llena, vestido con el más suntuoso traje y montado en un borrico blanco ensillado con una silla roja. Cuando me vió este joven me saludó, y yo me levanté por consideración hacia él. Sacó entonces un pañuelo que contenía una muestra de sésamo, y me preguntó: «¿Cuánto vale el _ardeb_[14] de esta clase de sésamo?» Y yo le dije: «Vale cien dracmas.» Entonces me contestó: «Avisa á los medidores de granos y ven con ellos al khan Al-Gaonalí, en el barrio de Bab Al-Nassr; allí me encontrarás.» Y se alejó, después de darme el pañuelo que contenía la muestra de sésamo.
Entonces me dirigí á todos los mercaderes de granos y les enseñé la muestra que yo había justipreciado en cien dracmas. Y los mercaderes la tasaron en ciento veinte dracmas por _ardeb_. Entonces me alegré sobremanera, y haciéndome acompañar de cuatro medidores, fuí en busca del joven, que, efectivamente, me aguardaba en el khan. Y al verme, corrió á mi encuentro y me condujo á un almacén donde estaba el grano, y los medidores llenaron sus sacos, y lo pesaron todo, que ascendió en total á cincuenta medidas en _ardebs_. Y el joven me dijo: «Te corresponden por comisión diez dracmas por cada _ardeb_ que se venda á cien dracmas. Pero has de cobrar en mi nombre todo el dinero, y lo guardarás cuidadosamente en tu casa, hasta que lo reclame. Como su precio total es cinco mil dracmas, te quedarás con quinientos, guardando para mí cuatro mil quinientos. En cuanto despache mis negocios, iré á buscarte para recoger esa cantidad.» Entonces yo le contesté: «Escucho y obedezco.» Después le besé las manos y me fui.
Y efectivamente, aquel día gané mil dracmas de corretaje, quinientos del vendedor y quinientos de los compradores, de modo que me correspondió el veinte por ciento, según la costumbre de los corredores egipcios.
En cuanto al joven, después de un mes de ausencia, vino á verme y me dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Y le contesté en seguida: «A tu disposición; helos aquí metidos en este saco.» Pero él me dijo: «Sigue guardándolos algún tiempo, hasta que yo venga á buscarlos.» Y se fué y estuvo ausente otro mes, y regresó y me dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Entonces yo me levanté, le saludé y le dije: «Aquí están á tu disposición. Helos aquí.» Después añadí: «¿Y ahora quieres honrar mi casa viniendo á comer conmigo un plato ó dos, ó tres ó cuatro?» Pero se negó y me dijo: «Sigue guardando el dinero, hasta qué venga á reclamártelo, después de haber despachado algunos asuntos urgentes.» Y se marchó. Y yo guardé cuidadosamente el dinero que le pertenecía, y esperé su regreso.
Volvió al cabo de un mes, y me dijo: «Esta noche pasaré por aquí y recogeré el dinero.» Y le preparé los fondos; pero aunque le estuve aguardando toda la noche y varios días consecutivos, no volvió hasta pasado un mes, mientras yo decía para mí: «¡Qué confiado es ese joven! En toda mi vida, desde que soy corredor en los khanes y los zocos, he visto confianza como esta.» Se me acercó y le vi, como siempre, en su borrico, con suntuoso traje; y era tan hermoso como la luna llena, y tenía el rostro brillante y fresco como si saliese del hammam, y sonrosadas las mejillas y la frente como una flor lozana, y en un extremo del labio un lunar, como gota de ámbar negro, según dice el poeta:
_¡La luna llena se encontró con el sol en lo alto de la torre, ambos en todo el esplendor de su belleza!_
_¡Tales eran los dos amantes! ¡Y cuantos los veían, tenían que admirarlos y desearles completa felicidad!_
_¡Y ahora son tan hermosos, que cautivan el alma!_
_¡Gloria, pues, á Alah, que realiza tales prodigios y forma sus criaturas á su deseo!_
Y al verle, le besó las manos ó invoqué para él todas las bendiciones de Alah, y le dije: «¡Oh mi señor! Supongo que ahora recogerás tu dinero.» Y me contestó: «Ten todavía un poco de paciencia; pues en cuanto acabe de despachar mis asuntos vendré á recogerlo.» Y me volvió la espalda y se fué. Y yo supuse que tardaría en volver, y saqué el dinero y lo coloqué con un interés de veinte por ciento, obteniendo de él cuantiosa ganancia. Y dije para mí: «¡Por Alah! Cuando vuelva, le rogaré que acepte mi invitación, y le trataré con toda largueza, pues me aprovecho de sus fondos y me estoy haciendo muy rico.»
Y transcurrió un año, al cabo del cual regresó, y le vi vestido con ropas más lujosas que antes, y siempre montado en su borrico blanco, de buena raza.
Entonces le supliqué fervorosamente que aceptase mi invitación y comiera en mi casa, á lo cual me contestó: «No tengo inconveniente, pero con la condición de que el dinero para los gastos no lo saques de los fondos que me pertenecen y están en tu casa.» Y se echó á reir. Y yo hice lo mismo. Y le dije: «Así sea, y de muy buena gana.» Y le llevé á casa, y le rogué que se sentase, y corrí al zoco á comprar toda clase de víveres, bebidas y cosas semejantes, y lo puse todo sobre el mantel entre sus manos, y le invité á empezar, diciendo: «¡Bismilah!» Entonces se acercó á los manjares, pero alargó la mano izquierda, y se puso á comer con esta mano izquierda. Y yo me quedé sorprendidísimo, y no supe qué pensar. Terminada la comida, se lavó la mano izquierda sin auxilio de la derecha, y yo le alargué la toalla para que se secase, y después nos sentamos á conversar.
Entonces le dije: «¡Oh mi generoso señor! Líbrame de un peso que me abruma y de una tristeza que me aflige. ¿Por qué has comido con la mano izquierda? ¿Sufres alguna enfermedad en tu mano derecha?» Y al oirlo el mancebo, me miró y recitó estas estrofas:
_¡No preguntes por los sufrimientos y dolores de mi alma! ¡Conocerías mi mal!_
_¡Y sobre todo, no preguntes si soy feliz! ¡Lo fuí! ¡Pero hace tanto tiempo! ¡Desde entonces, todo ha cambiado! ¡Y contra lo inevitable no hay mas que invocar la cordura!_
Después sacó el brazo derecho ele la manga del ropón, y vi que la mano estaba cortada, pues aquel brazo terminaba en un muñón. Y me quedé asombrado profundamente. Pero él me dijo: «¡No te asombres tanto! Y sobre todo, no creas que he comido con la mano izquierda por falta de consideración á tu persona, pues ya ves que ha sido por tener cortada la derecha. Y el motivo de ello no puede ser más sorprendente.» Entonces le pregunté: «¿Y cuál fué la causa?» Y el joven suspiró, se le llenaron de lágrimas los ojos, y dijo:
* * * * *
«Sabe que yo soy de Bagdad. Mi padre era uno de los principales personajes entre los personajes. Y yo, hasta llegar á la edad de hombre, pude oir los relatos de los viajeros, peregrinos y mercaderes que en casa de mi padre nos contaban las maravillas de los países egipcios. Y retuve en la memoria todos estos relatos, admirándolos en secreto, hasta que falleció mi padre. Entonces cogí cuantas riquezas pude reunir, y mucho dinero, y compré gran cantidad de mercancías en telas de Bagdad y de Mossul, y otras muchas de alto precio y excelente clase; lo empaqueté todo y salí de Bagdad. Y como estaba escrito por Alah que había de llegar sano y salvo al término de mi viaje, no tardé en hallarme en esta ciudad de El Cairo, que es tu ciudad.»
Pero en este momento el joven se echó á llorar y recitó estas estrofas:
_¡A veces, el ciego, el ciego de nacimiento, sabe sortear la zanja donde cae el que tiene buenos ojos!_
_¡A veces, el insensato sabe callar las palabras que, pronunciadas por el sabio, son la perdición del sabio!_
_¡A veces, el hombre piadoso y creyente sufre desventuras, mientras que el loco, el impío, alcanza la felicidad!_
_¡Así, pues, conozca el hombre su impotencia! ¡La fatalidad es la única reina del mundo!_
Terminados los versos, siguió en esta forma su relación:
«Entré, pues, en El Cairo, y fuí al khan Serur, deshice mis paquetes, descargué mis camellos y puse las mercancías en un local que alquilé para almacenarlas. Después di dinero á un criado para que comprase comida, dormí en seguida un rato, y al despertarme salí á dar una vuelta por Bain Al-Kasrain, regresando después al khan Serur, en donde pasé la noche.
Cuando me desperté por la mañana, dije para mí, desliando un paquete de telas: «Voy á llevar esta tela al zoco y á enterarme de cómo van las compras.» Cargué las telas en los hombros de un criado, y me dirigí al zoco, para llegar al centro de los negocios, un gran edificio rodeado de pórticos y de tiendas de todas clases y de fuentes. Ya sabes que allí suelen estar los corredores, y que aquel sitio se llama la kaisariat Guergués.
Cuando llegué, todos los corredores, avisados de mi viaje, me rodearon, y yo les di las telas, y salieron en todas direcciones á ofrecer mis géneros á los principales compradores de los zocos. Pero al volver me dijeron que el precio ofrecido por mis mercaderías no alcanzaba al que yo había pagado por ellas ni á los gastos desde Bagdad hasta El Cairo. Y como no sabía qué hacer, el jeique principal de los corredores me dijo: «Yo sé el medio de que debes valerte para que ganes algo. Es sencillamente que hagas lo que hacen todos los mercaderes. Vender al por menor tus mercaderías á los comerciantes con tienda abierta, por tiempo determinado, ante testigos y por escrito, que firmaréis ambos, con intervención de un cambiante. Y así, todos los lunes y todos los jueves cobrarás el dinero que te corresponda. Y de este modo, cada dracma te producirá dos dracmas y á veces más. Y durante este tiempo tendrás ocasión de visitar El Cairo y de admirar el Nilo.»
Al oir estas palabras, dije: «Es en verdad una idea excelente.» Y en seguida reuní á los pregoneros y corredores y marchó con ellos al khan Serur y les di todas las mercaderías, que llevaron á la kaisariat. Y lo vendí todo al por menor á los mercaderes, después que se escribieron las cláusulas de una y otra parte, ante testigos, con intervención de un cambista de la kaisariat.
Despachado este asunto, volví al khan, permaneciendo allí tranquilo, sin privarme de ningún placer ni escatimar ningún gasto. Todos los días comía magníficamente, siempre con la copa de vino encima del mantel. Y nunca faltaba en mi mesa buena carne de carnero, dulces y confituras de todas clases. Y así seguí, hasta que llegó el mes en que debía cobrar con regularidad mis ganancias. En efecto, desde la primera semana de aquel mes, cobre como es debido mi dinero. Y los jueves y los lunes me iba á sentar en la tienda de alguno de los deudores míos, y el cambista y el escribano público recorrían cada una de las tiendas, recogían el dinero y me lo entregaban.
Y fué en mi una costumbre el ir á sentarme, ya en una tienda, ya en otra. Pero un día, después de salir del hammam, descansé un rato, almorcé un pollo, bebí algunas copas de vino, me lavé en seguida las manos, me perfumé con esencias aromáticas y me fuí al barrio de la kaisariat Guergués, para sentarme en la tienda de un vendedor de telas llamado Badreddin Al-Bostaní. Cuando me hubo visto me recibió con gran consideración y cordialidad, y estuvimos hablando una hora.
Pero mientras conversábamos vimos llegar una mujer con un largo velo de seda azul. Y entró en la tienda para comprar géneros, y se sentó á mi lado en un taburete. Y el velo, que le cubría la cabeza y le tapaba ligeramente el rostro, estaba echado á un lado, y exhalaba delicados aromas y perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba las almas y arrebataba la razón. Se sentó y saludó á Badreddin, que después de corresponder á su salutación de paz, se quedó de pie ante ella, y empezó á hablar, mostrándole telas de varias clases. Y yo, al oir la voz de la dama, tan llena de encanto y tan dulce, sentí que el amor apuñalaba mi hígado.
Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no le parecieron bastante lujosas, dijo á Badreddin: «¿No tendrías por casualidad una pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?» Y Badreddin fué al fondo de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias piezas de tela sacó una de seda blanca tejida con hilos de oro puro, y luego la desdobló delante de la joven. Y ella la encontró muy á su gusto y á su conveniencia, y le dijo al mercader: «Como no llevo dinero encima, creo que me la podré llevar, como otras veces, y en cuanto llegue á casa te enviaré el importe.» Pero el mercader le dijo: «¡Oh mi señora! No es posible por esta vez, porque esa tela no es mía, sino del comerciante que está ahí sentado, y me he comprometido á pagarle hoy mismo.» Entonces sus ojos lanzaron miradas de indignación, y dijo: «Pero desgraciado, ¿no sabes que tengo la costumbre de comprarte las telas más caras y pagarte más de lo que me pides? ¿No sabes que nunca he dejado de enviarte su importe inmediatamente?» Y el mercader contestó: «Ciertamente, ¡oh mi señora! Pero hoy tengo que pagar ese dinero en seguida.» Y entonces la dama cogió la pieza de tela, se la tiró á la cara al mercader, y le dijo: «¡Todos sois lo mismo en tu maldita corporación!» Y levantándose airada, volvió la espalda para salir.