El libro de las mil noches y una noche; t. 2

Part 6

Chapter 64,133 wordsPublic domain

Por su parte, Hassán Badreddin vió llegar gente armada con palos, piquetas y hachas, que invadieron súbitamente la pastelería, haciéndolo pedazos todo, tirando por los suelos los dulces y pasteles, y destruyendo, en fin, la tienda entera. Después, apoderándose del espantadísimo pastelero, le ataron con la tela de su turbante, sin decir palabra. Y Hassán pensaba: «¡Por Alah! La causa de todo esto debe haber sido esa maldita terrina. ¿Qué habrán encontrado en ella?»

Y acabaron por llevarle al campamento, á presencia del visir. Y Hassán Badreddin, muy asustado, exclamó: «¡Señor! ¿Qué crimen he cometido?» Y el visir le dijo: «¿Eres tú quien ha preparado ese dulce de granada?» Y Hassán repuso: «¡Oh mi señor! ¿Has encontrado en él algo por lo cual deban cortarme la cabeza?» Y el visir replicó severamente: «¿Cortarte la cabeza? Eso sería un castigo demasiado suave. Algo peor te ha de pasar, como irás viendo.»

Porque el visir había encargado á las dos damas que le dejasen obrar á su gusto, pues no quería darles cuenta de sus investigaciones hasta su llegada al Cairo.

Llamó, pues, á sus esclavos, y les dijo: «Que se me presente uno de nuestros camelleros. Y traed un cajón grande de madera.» Y los esclavos obedecieron en seguida. Después, por orden del visir, se apoderaron del atemorizado Hassán y le hicieron entrar en el cajón, que cerraron cuidadosamente. En seguida lo cargaron en el camello, levantaron las tiendas, y la comitiva se puso en marcha. Y así caminaron hasta la noche. Entonces se detuvieron para comer, y á fin de que Hassán también comiese, le dejaron salir unos instantes, encerrándole después de nuevo. Y de este modo prosiguieron el viaje. De cuando en cuando se detenían, y se hacía salir á Hassán para encerrarle luego de ser sometido á un interrogatorio del visir, que le preguntaba cada vez: «¿Eres tú el que preparó el dulce de granada?» Y Hassán contestaba siempre: «¡Oh mi señor! Así es, en verdad.» Y el visir exclamaba: «¡Atad á ese hombre y encerradle en el cajón!»

Y de este modo llegaron al Cairo. Pero antes de entrar en la ciudad, el visir hizo que sacaran á Hassán del cajón y se lo presentasen. Y entonces dispuso: «¡Que venga en seguida un carpintero!» Y el carpintero compareció, y el visir le dijo: «Toma las medidas de alto y de ancho para construir una picota que le vaya bien á este hombre, y adáptala á un carretón, que arrastrará una pareja de búfalos.» Y Hassán, espantado, exclamó: «¡Señor! ¿Qué vas á hacer conmigo?» Y el visir dijo: «Clavarte en la picota y llevarte por la ciudad para que todos te vean.» Y Hassán repuso: «Pero ¿cuál es mi crimen, para que me castigues de ese modo?» Entonces el visir Chamseddin le dijo: «¡La negligencia con que preparaste el plato de granada! Le faltaban condimento y aroma.» Y al oirlo Hassán se aporreó con las manos la cabeza, y dijo: «¡Por Alah! ¡Todo eso es mi crimen! ¿Y no es otra la causa de este suplicio del viaje, y de que sólo me hayas dado de comer una vez al día, y pienses, por añadidura, clavarme en la picota?» Y el visir respondió: «Ciertamente, esa es toda la causa; ¡por la falta de condimento!»

Entonces Hassán llegó al límite del asombro, y levantando los brazos al cielo se puso á reflexionar profundamente. Y el visir le dijo: «¿En qué piensas?» Y Hassán respondió: «¡Por Alah! Pienso en que hay muchos locos en este mundo. Porque si tú no fueses el más loco de todos los locos, no me hubieras tratado así porque falte un poco de aroma en un plato de granada.» Y el visir elijo: «He de enseñarte á que no reincidas, y no veo otro medio.» Pero Hassán exclamó: «¡Pues tu manera de proceder es un crimen muchísimo mayor que el mío, y debías empezar por castigarte!» Entonces el visir contestó: «¡No te preocupes! ¡La picota es lo que más te conviene!»

Y mientras tanto, el carpintero seguía preparando allí mismo el poste del suplicio, y de cuando en cuando dirigía miradas á Hassán, como queriéndole decir: «¡Por Alah, que has de estar muy á tu gusto!»

Pero á todo esto se hizo de noche. Y se apoderaron de Hassán y nuevamente lo encerraron en el cajón. Y su tío le dijo: «¡Mañana te crucificaremos!» Después aguardó á que Hassán se hubiese dormido dentro de su cárcel. Entonces dispuso que cargasen la caja en un camello y dió la orden de partir, no deteniéndose hasta llegar al palacio.

Y fué entonces cuando quiso revelárselo todo á su hija y á su cuñada. Y dijo á su hija Sett El-Hosn: «¡Loado sea Alah, que nos ha permitido encontrar á tu primo Hassán Badreddin! ¡Ahí le tienes! ¡Marcha, hija mía, y sé feliz! Y procura colocar los muebles, los tapices y todo lo de la casa y de la cámara nupcial exactamente lo mismo que estaban la noche de tus bodas.» Y Sett El-Hosn, casi en el límite de la emoción, dió al momento las órdenes necesarias, y sus siervas se levantaron en seguida, y pusieron manos á la obra, encendiendo los candelabros. Y el visir les dijo: «Voy á auxiliar vuestra memoria.» Y abrió un armario, y sacó el papel con la lista de los muebles y de todos los objetos, con la indicación de los sitios que ocupaban. Y fué leyendo muy detenidamente esta lista, cuidando que cada cosa se pusiera en su lugar. Y tan á maravilla se hizo todo, que el observador más inteligente se habría creído aún en la noche de la boda de Sett El-Hosn con el jorobado.

En seguida el visir colocó con sus propias manos las ropas de Hassán donde éste las dejó: el turbante en la silla, el calzoncillo en el lecho, los calzones y el ropón en el diván, con la bolsa de los mil dinares y el contrato del judío, volviendo á coser en el turbante el pedazo de hule con los papeles que contenía.

Después recomendó á Sett El-Hosn que se vistiese como la primera noche, disponiéndose á recibir á su primo y esposo Hassán Badreddin, y que cuando éste entrase, le dijera: «¡Oh, cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Por Alah! Si estás indispuesto, ¿por qué no lo dices? ¿Acaso no soy tu esclava?» Y le recomendó también, aunque en realidad Sett El-Hosn no necesitaba esta advertencia, que se mostrase muy cariñosa con su primo y le hiciese pasar la noche lo más agradablemente posible.

Y luego el visir apuntó la fecha de este día bendito. Y fué al aposento donde estaba Hassán encerrado en el cajón. Lo mandó sacar mientras dormía, le desató las piernas, lo desnudó y no le dejó mas que una camisa fina y un gorro en la cabeza, lo mismo que la noche de la boda. Y después se escabulló, abriendo las puertas que conducían á la cámara nupcial, para que Hassán se despertase solo.

Y Hassán no tardó en despertarse, y atónito al verse casi desnudo en aquel corredor tan maravillosamente alumbrado, y que no se le hacia desconocido, dijo: «¡Por Alah! ¿estaré despierto ó soñando?»

Pasados los primeros instantes de sorpresa, se arriesgó á levantarse y mirar á través de una de las puertas que se abrían en el pasillo. Y al momento perdió la respiración. Acababa de reconocer la sala donde se había celebrado la fiesta en honor suyo y con tal detrimento para el jorobado. Y al mirar por la puerta que conducía á la cámara nupcial, vió su turbante encima de una silla y en el diván su ropón y sus calzones. Entonces, llena de sudor la frente, se dijo: «¿Estaré despierto? ¿Estaré soñando? ¿Estaré loco?» Y quiso avanzar, pero adelantaba un paso y retrocedía otro, limpiándose á cada momento la frente, bañada de un sudor frío. Y al fin exclamó: «¡Por Alah! No es posible dudarlo. ¡Esto es un sueño! Pero ¿no estaba yo amarrado y metido en un cajón? ¡No; esto no es un sueño!» Y así llegó hasta la entrada de la cámara nupcial, y cautelosamente avanzó la cabeza.

Y he aquí que Sett El-Hosn, tendida en el lecho, en toda su hermosura, levantó gentilmente una de las puntas del mosquitero de seda azul y dijo: «¡Oh dueño querido! ¡Cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Ven en seguida!»

Y entonces el pobre Hassán se echó á reir á carcajadas, como un tragador de haschich ó un fumador de opio, y gritaba: «¡Oh, qué sueño tan asombroso! ¡Qué sueño tan embrollado!» Y avanzó con infinitas precauciones, como si pisara serpientes, agarrando con una mano el faldón de la camisa y tentando en el aire con la otra, como un ciego ó como un borracho.

Después, sin poder resistir la emoción, se sentó en la alfombra y empezó á reflexionar profundamente. Y es el caso que veía allí mismo, delante de él, sus calzones tal como eran, abombados y con sus pliegues bien hechos, su turbante de Bassra, su ropón, y colgando, los cordones de la bolsa.

Y nuevamente le habló Sett El-Hosn desde el interior del lecho y le dijo: «¿Qué haces, mi querido? ¡Te veo perplejo y tembloroso! ¡Ah! ¡No estabas así al principio!»

Entonces, Badreddin, sin levantarse y apretándose la frente con las manos, empezó á abrir y á cerrar la boca, con una risa de loco, y al fin pudo decir: «¿Qué principio? ¿Y de qué noche? ¡Por Alah! ¡Si hace años y años que me ausenté!»

Entonces Sett El-Hosn le dijo: «¡Oh querido mío! ¡Tranquilízate! ¡Por el nombre de Alah sobre ti y en torno de ti! ¡Tranquilízate! Hablo de esta noche que acabas de pasar en mis brazos, ¡la noche del poderoso ariete! Saliste un instante y has tardado cerca de una hora. Pero ya veo que no te encuentras bien. ¡Ven, ojos míos, á que te dé calor; ven, alma mía!»

Pero Badreddin siguió riendo como un loco, y dijo: «¡Puede que digas la verdad! ¡Es posible que me haya dormido en el retrete y que haya soñado!» Después añadió: «¡Pero qué sueño tan desagradable! Figúrate que he soñado que era algo así como cocinero ó pastelero en la ciudad de Damasco, en Siria, muy lejos de aquí, y que vivía diez años en ese oficio. He soñado también con un muchacho, seguramente hijo de noble, al que acompañaba un eunuco. Y me ocurrió con él tal aventura...» Y el pobre Hassán, notando que el sudor le bañaba la frente, fué á enjugarla, pero entonces tentó la huella de la piedra que le había herido, y dió un salto y dijo: «¡Por Alah! ¡Esta es la cicatriz de la pedrada que me tiró aquel muchacho!» Después reflexionó un instante, y añadió: «¡Es efectivamente un sueño! Este golpe es posible que me lo hayas dado tú hace un momento, en uno de nuestros transportes.» Y luego dijo: «Sigo contándote mi sueño. Llegué á Damasco, pero no sé cómo. Era una mañana, y yo iba como ahora me ves, en camisa y con un gorro blanco: el gorro del jorobado. Y los habitantes no sé qué querían hacer conmigo. Heredé la tienda de un pastelero, un viejecillo muy amable. ¡Pero claro, esto no ha sido un sueño! Porque he preparado un plato de granada que no tenía bastante aroma... ¿Y después?... ¿Pero he soñado todo esto ó ha sido realidad?...»

Entonces Sett El-Hosn exclamó: «¡Querido mío, realmente has soñado cosas muy extrañas! ¡Por favor, prosigue hasta el final!»

Y Hassán Badreddin, interrumpiéndose de cuando en cuando para lanzar exclamaciones, refirió á Sett El-Hosn toda la historia, real ó soñada, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: «¡Cuando pienso que por poco me crucifican! ¡Y me hubiesen crucificado si no se disipa oportunamente el sueño! ¡Por Alah! ¡Todavía sudo al acordarme del cajón!»

Y Sett El-Hosn le preguntó: «¿Y por qué te querían crucificar?» Y él contestó: «Por haber aromatizado poco el dulce de granada. ¡Oh! Me esperaba la terrible picota con un carretón arrastrado por dos búfalos del Nilo. Pero gracias á Alah, todo ha sido un sueño... Y á fe que la pérdida de mi pastelería, destruída por completo, me dió mucha pena.»

Entonces, Sett El-Hosn, que ya no podía más, saltó de la cama, se echó en brazos de Hassán Badreddin, y estrechándole contra su pecho empezó á besarle todo. Pero él no se movía. Y de pronto dijo: «¡No, no! ¡Esto no es un sueño! ¡Por Alah! ¿dónde estoy? ¿dónde está la verdad?»

Y el pobre Hassán, llevado suavemente al lecho en brazos de Sett El-Hosn, se tendió extenuado y cayó en un sueño profundo, velado por su esposa, que de cuando en cuando le oía murmurar: «¡Es la realidad! ¡No! ¡Es un sueño!»

Con la mañana volvió la calma al espíritu de Hassán Badreddin, que al despertarse se encontró en brazos de Sett El-Hosn, viendo al pie del lecho á su tío el visir Chamseddin, que en seguida le deseó la paz. Y Badreddin le dijo: «¡Por Alah! ¿No has sido tú quien mandó que me atasen los brazos y has dispuesto la destrucción de mi tienda? ¡Y todo ello por estar poco aromatizado el dulce de granada!»

Entonces, el visir Chamseddin, como ya no había razón para callar, le dijo:

«¡Oh hijo mío! Sabe que eres Hassán Badreddin, hijo de mi difunto hermano Nureddin, visir de Bassra. Y si te he hecho sufrir tales tratos ha sido para tener una nueva prueba con que identificarte y saber que eras tú, y no otro, el que entró en la casa de mi hija la noche de la boda. Y esa prueba la he tenido al ver que conocías (pues yo estaba escondido detrás de ti) la casa y los muebles, y después tu turbante, tus calzones y tu bolsillo, y sobre todo, la etiqueta de esta bolsa y el pliego sellado del turbante, que contiene las instrucciones de tu padre Nureddin. Dispénsame, pues, hijo mío; porque no tenía otro medio de conocerte, ya que no te hube visto nunca, pues naciste en Bassra. ¡Oh hijo mío! Todo esto se debe á una divergencia que surgió hace muchos años entre tu padre Nureddin y yo, que soy tu tío.»

Y el visir le contó toda la historia, y después le dijo: «¡Oh hijo mío! En cuanto á tu madre, la he traído de Bassra, y la vas á ver, lo mismo que á tu hijo Agib, fruto de tu primera noche de bodas con tu prima.» Y el visir corrió á llamarlos.

El primero en llegar fué Agib, que esta vez se echó en brazos de su padre, y Badreddin, lleno de alegría, recitó estos versos:

_¡Cuando te fuiste, me puse á llorar, y las lágrimas se desbordaban de mis párpados!_

_¡Y juré que si Alah reunía alguna vez á los amantes, afligidos por su separación, mis labios no volverían á hablar de la pasada ausencia!_

_¡La felicidad ha cumplido lo que ofreció y ha pagado su deuda! ¡Y mi amigo ha vuelto! ¡Levántate hacia aquel que trajo la dicha y recógete los faldones de tu ropón para servirle!_

Apenas concluyó de recitar, cuando llegó sollozando la abuela de Agib, madre de Badreddin, y se precipitó en los brazos de su hijo, casi desmayada de júbilo.

Y á la vuelta de grandes expansiones y lágrimas de alegría, se contaron mutuamente sus historias y sus penas y todos sus padecimientos.

Dieron después gracias á Alah por haberlos reunido sanos y salvos, y volvieron á vivir en la felicidad y entre puras delicias y sin privarse de nada, ¡hasta que les visitó la Separadora de los amigos, la Destructora de la felicidad, la Irreparable, la Inevitable!»

* * * * *

Y esta es ¡oh rey afortunado!--dijo Schahrazada al rey Schahriar--la historia maravillosa que el visir Giafar Al-Barmakí refirió al califa Harún Al-Rachid, Emir de los Creyentes de la ciudad de Bagdad. Y son estas también las aventuras del visir Chamseddin, de su hermano el visir Nureddin y de Hassán Badreddin, hijo de Nureddin.

Y el califa Harún Al-Rachid dijo: «¡Por Alah, que todo esto es verdaderamente asombroso!» Y admirado hasta el límite de la admiración, sonrió agradecido á su visir Giafar, y ordenó á los escribas de palacio que escribiesen con oro y con su más bella letra esta maravillosa historia y que la conservasen cuidadosamente en el armario de los papeles, para que sirviese de lección á los hijos de los hijos.

Y la discreta y sagaz Schahrazada, dirigiéndose al rey Schahriar, sultán de la India y de la China, prosiguió de este modo: «Pero no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea tan admirable como la que ahora te contaré si no estás cansado!» Y el rey Schahriar le preguntó: «¿Qué historia es esa?» Y Schahrazada dijo: «Es mucho más admirable que todas las otras.» Y el rey Schahriar preguntó: «Pero ¿cómo se llama?» Y ella dijo:

«Es la historia del sastre, el jorobado, el judío, el nazareno y el barbero de Bagdad.»

Entonces el rey exclamó: «¡Te lo concedo! ¡Puedes contarla!»

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Historia del jorobado, con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras sucesivamente referidas.

Entonces Schahrazada dijo al rey Schahriar:

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He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando acostumbraba á salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían pasado fuera de casa, al regresar á ella, al anochecer, encontraron en el camino á un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y haría reir al hombre más triste, disipando todo pesar y toda aflicción. Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron á pasar la noche en su compañía. El jorobado hubo de responder á esta oferta como era debido, uniéndose á ellos, y llegaron juntos á la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los comerciantes cerrasen sus tiendas, pues quería comprar provisiones con que obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran pedazo de _halaua_[11] para postre. Después volvió, puso todas estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron á comer.

Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó con los dedos un gran trozo de pescado y lo metió por broma todo entero en la boca del jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y dijo: «¡Por Alah! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio, ó si no, no te suelto.»

Entonces, el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó por tragarse el pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el Destino que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le atravesó en la garganta, ocasionándole en el acto la muerte.

Al llegar á este punto de su relato, vió Schahrazada, hija del visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no quiso proseguir la historia, para no abusar del permiso concedido por el rey Schahriar.

Entonces, su hermana la joven Doniazada le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!» Y Schahrazada respondió: «¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando oigas la continuación, si es que vivo aún, porque así lo disponga la voluntad de este rey lleno de buenas maneras y de cortesía?»

Y el rey Schahriar dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta no oir lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente.»

Después el rey Schahriar cogió á Schahrazada entre sus brazos, y pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que llegó la mañana. Entonces el rey se levantó y se fué á la sala de justicia. Y en seguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los chambelanes y los guardias, y el diván se llenó de gente. Y el rey empezó á juzgar y á despachar asuntos, dando un cargo á este, destituyendo á aquel, sentenciando en los pleitos pendientes, y ocupando su tiempo de este modo hasta acabar el día. Terminado el diván, el rey volvió á sus aposentos y fué en busca de Schahrazada.

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Y CUANDO LLEGÓ LA 25.ª NOCHE

Doniazada dijo á Schahrazada: «¡Oh hermana mía! Te ruego que nos cuentes la continuación de esa historia del jorobado, con el sastre y su mujer.» Y Schahrazada repuso: «¡De todo corazón y como debido homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey.» Entonces el rey se apresuró á decir: «Puedes contarla.» Y Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el sastre vió morir de aquella manera al jorobado, exclamó: «¡Sólo Alah el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder! ¡Qué desdicha que este pobre hombre haya venido á morir precisamente entre nuestras manos!» Pero la mujer replicó: «¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No conoces estos versos del poeta?»

_¡Oh alma mía! ¿por qué te sumerges en lo absurdo hasta enfermar? ¿Por qué te preocupas con aquello que te acarreará la pena y la zozobra?_

_¿No temes al fuego, puesto que vas á sentarte en él? ¿No sabes que quien se acerca al fuego se expone á abrasarse?_

Entonces su marido le dijo: «No sé, en verdad, qué hacer.» Y la mujer respondió: «Levántate, que entre los dos lo llevaremos, tapándole con una colcha de seda, y lo sacaremos ahora mismo de aquí, yendo tú detrás y yo delante. Y por todo el camino irás diciendo en alta voz: «¡Es mi hijo, y ésta es su madre! Vamos buscando á un médico que lo cure. ¿En dónde hay un médico?»

Al oír el sastre estas palabras se levantó, cogió al jorobado en brazos, y salió de la casa en seguimiento de su esposa. Y la mujer empezó á clamar: «¡Oh mi pobre hijo! ¿Podremos verte sano y salvo? ¡Dime! ¿Sufres mucho? ¡Oh maldita viruela! ¿En qué parte del cuerpo te ha brotado la erupción?» Y al oirlos, decían los transeuntes: «Son un padre y una madre que llevan á un niño enfermo de viruelas.» Y se apresuraban á alejarse.

Y así siguieron andando el sastre y su mujer, preguntando por la casa de un médico, hasta que los llevaron á la de un médico judío. Llamaron entonces, y en seguida bajó una negra, abrió la puerta, y vió á aquel hombre que llevaba un niño en brazos, y á la madre que lo acompañaba. Y ésta le dijo: «Traemos un niño para que lo vea el médico. Toma este dinero, un cuarto de dinar, y dáselo adelantado á tu amo, rogándole que baje á ver al niño, porque está muy enfermo.»

Volvió á subir entonces la criada, y en seguida la mujer del sastre traspuso el umbral de la casa, hizo entrar á su marido, y le dijo: «Deja en seguida ahí el cadáver del jorobado. Y vámonos á escape.» Y el sastre soltó el cadáver del jorobado, dejándolo arrimado al muro, sobre un peldaño de la escalera, y se apresuró á marcharse, seguido por su mujer.

En cuanto á la negra, entró en casa de su amo el médico judío, y le dijo: «Ahí abajo queda un enfermo, acompañado de un hombre y una mujer, que me han dado para ti este cuarto de dinar para que recetes algo que le alivie.» Y cuando el médico judío vió el cuarto de dinar, se alegró mucho y se apresuró á levantarse; pero con la prisa no se acordó de coger una luz para bajar. Y por esto tropezó con el jorobado, derribándole. Y muy asustado, al ver rodar á un hombre, le examinó en seguida, y al comprobar que estaba muerto, se creyó causante de su muerte. Y gritó entonces: «¡Oh Señor! ¡Oh Alah justiciero! Por las diez palabras santas!» Y siguió invocando á Harún, á Yuschah[12], hijo de Nun, y á los demás. Y dijo: «He aquí que acabo de tropezar con este enfermo, y le he tirado rodando por la escalera. Pero ¿cómo salgo yo ahora de casa con un cadáver?» De todos modos, acabó por cogerlo y llevarlo desde el patio á su habitación, donde lo mostró á su mujer, contando todo lo ocurrido. Y ella exclamó aterrorizada: «¡No, aquí no lo podemos tener! ¡Sácalo de casa cuanto antes! Como continúe con nosotros hasta la salida del sol, estamos perdidos sin remedio. Vamos á llevarlo entre los dos á la azotea y desde allí lo echaremos á la casa de nuestro vecino el musulmán. Ya sabes que nuestro vecino es el intendente proveedor de la cocina del rey, y su casa está infestada de ratas, perros y gatos, que bajan por la azotea para comerse las provisiones de aceite, manteca y harina. Por tanto, esos bichos no dejarán de comerse este cadáver, y lo harán desaparecer.»

Entonces el médico judío y su mujer cogieron al jorobado y lo llevaron á la azotea, y desde allí lo hicieron descender pausadamente hasta la casa del mayordomo, dejándolo de pie contra la pared de la cocina. Después se alejaron, descendiendo á su casa tranquilamente.