El libro de las mil noches y una noche; t. 2

Part 5

Chapter 54,077 wordsPublic domain

Entonces el eunuco se apercibió de que el pastelero les seguía, y volviéndose hacia él, le dijo: «Pastelero, ¿por qué nos sigues?» Y Badreddin respondió: «Tengo que despachar un asunto fuera de la ciudad, y he querido alcanzaros para que vayamos juntos y regresar después en seguida. Además, vuestra partida me ha arrancado el alma del cuerpo.»

Estas palabras indignaron profundamente al eunuco, que exclamó: «¡Parece que va á salirnos muy caro el dichoso dulce! ¡Qué maldito tazón! ¡Este hombre nos lo va á amargar! ¡Y he aquí que ahora nos seguirá á todas partes!» Entonces, Agib, al volverse y ver al pastelero, se puso muy colorado, y balbuceó: «¡Déjalo, Said, que el camino de Alah es libre para todos los musulmanes!» Y añadió después: «Si viene hasta las tiendas, ya no habrá duda de que nos persigue, y entonces lo echaremos.» Y dicho esto, Agib bajó la cabeza y continuó andando, y el eunuco marchaba á pocos pasos detrás de él.

En cuanto á Hassán, no dejó de seguirles hasta el meidán de Hasba, donde estaban las tiendas. Y entonces Agib y el eunuco se volvieron, viéndole á pocos pasos detrás de ellos. Y esta vez acabó por enfadarse Agib, temiendo que el eunuco se lo contase todo á su abuelo: ¡que Agib había entrado en una pastelería y que el pastelero había seguido á Agib! Y asustado de que esto ocurriese, cogió una piedra y volvió á mirar á Hassán, que seguía inmóvil, contemplándole siempre con una extraña luz en los ojos. Y Agib, sospechando que esta llama de los ojos del pastelero era una llama equívoca, se puso aún más furioso y lanzó con toda su fuerza la piedra contra él, hiriéndole de gravedad en la frente. Después, Agib y el eunuco huyeron hacia las tiendas. En cuanto á Hassán Badreddin, cayó al suelo, desmayado y con la cara cubierta de sangre. Pero afortunadamente no tardó en volver en sí, se restañó la sangre, y con un trozo de su turbante se vendó la herida. Después comenzó á reconvenirse de este modo: «¡Verdaderamente, toda la culpa la tengo yo! He procedido muy mal al cerrar la tienda y seguir á ese hermoso muchacho, haciéndole creer que le acosaba con fines sospechosos.» Y suspiró después: «¡Alah karim!»[10]. Luego regresó á la ciudad, abrió la tienda y siguió preparando sus pasteles y vendiéndolos como antes hacía, pensando siempre, lleno de dolor, en su pobre madre, que en la ciudad de Bassra le había enseñado desde muy niño las primeras lecciones del arte de la pastelería. Y se puso á llorar, y para consolarse, recitó esta estrofa:

_¡No pidas justicia al infortunio! ¡Sólo hallarás el desengaño! ¡Porque el infortunio jamás te hará justicia!_

En cuanto al visir Chamseddin, tío del pastelero Hassán Badreddin, transcurridos los tres días de descanso en Damasco, dispuso que levantasen el campamento del meidán, y continuando su viaje á Bassra, siguió el camino de Homs, luego el de Hama y por fin el de Alepo. Y en todas partes hacía investigaciones. De Alepo marchó á Mardin, después á Mossul y luego á Diarbekir. Y llegó por último á la ciudad de Bassra.

Entonces, apenas hubo descansado, se apresuró á presentarse al sultán de Bassra, que le recibió con mucha amabilidad, preguntándole el motivo de su viaje. Y Chamseddin le relató toda la historia, y le dijo que era hermano de su antiguo visir Nureddin. Y al oir el nombre de Nureddin exclamó el sultán: «¡Alah lo tenga en su gracia!» Y añadió: «Efectivamente, Nureddin fué mi visir, y lo quise mucho, y murió hace quince años. Y dejó un hijo llamado Hassán Badreddin, que era mi favorito predilecto; mas un día desapareció, y no hemos vuelto á saber de él. Pero en Bassra está todavía su madre, la esposa de tu hermano, é hija de mi antiguo visir, el antecesor de Nureddin.»

Esta noticia colmó de alegría á Chamseddin, que dijo: «¡Oh rey! ¡Quisiera ver á mi cuñada!» Y el rey lo consintió.

Chamseddin corrió á casa de su difunto hermano inmediatamente después de haber averiguado las señas. Y no tardó en llegar, pensando durante todo el camino en Nureddin, muerto lejos de él, con la tristeza de no poder abrazarle. Y llorando, recitó estas dos estrofas:

_¡Oh! ¡Vuelva yo á la morada de mis antiguas noches! ¡Logre yo besar sus paredes!_

_¡Pero no es el amor á estos muros de la casa querida el que me ha herido en mitad del corazón, sino el amor al que en ella vivía!_

Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando á un gran patio, en cuyo fondo se alzaba la morada. La puerta era una maravilla de arcadas de granito, embellecida con mármoles de todos los colores. En el umbral, sobre una magnífica losa de mármol, vió el nombre de su hermano Nureddin grabado con letras de oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se afectó mucho, recitando estas estrofas:

_¡Todas las mañanas pido noticias suyas al sol que sale! ¡Y todas las noches se las pido al relámpayo que brilla!_

_¡Cuando duermo, hasta cuando duermo, el deseo, el aguijón del deseo, el peso del deseo, la sierra afilada del deseo, trabaja en mí! ¡Y nunca clamo estos dolores!_

_¡Oh dulce amigo! ¡No prolongues más la dura ausencia! ¡Mi corazón está destrozado, cortado en pedazos, por el dolor de esta ausencia!_

_¡Oh! ¡Que día bendito, qué día tan incomparable sería aquel en que al fin pudiéramos reunimos!_

_¡Pero no temas que por tu ausencia se haya llenado mi corazón con el amor de otro! ¡Mi corazón no es bastante grande para encerrar otro amor!_

Después entró Chamseddin en la casa y atravesó varios aposentos, hasta llegar á aquel en que estaba generalmente su cuñada, la madre de Hassán Badreddin El-Bassrauí.

Desde la desaparición de su hijo, se había encerrado en aquella estancia, y allí pasaba días y noches en continuo llanto. Y había mandado construir en medio de la habitación un pequeño edificio con su cúpula, para que figurase la tumba de su pobre hijo, al cual creía muerto desde mucho tiempo atrás. Y allí dejaba transcurrir entre lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza aguardando la muerte.

Al llegar junto á la puerta, Chamseddin oyó á su cuñada, que con voz doliente recitaba estos versos:

_¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los encantos de mi amigo! ¿Se desvaneció para siempre el magnífico espectáculo de su belleza?_

_¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplandecer dentro de ti la luna y florecer el ramo?_

Entonces entró el visir Chamseddin, saludó á su cuñada con el mayor respeto, y la enteró de que era el hermano de su esposo Nureddin. Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassán, su hijo, se había acostado una noche con su hija Sett El-Hosn y había desaparecido por la mañana, y Sett El-Hosn quedó preñada y parió á Agib. Después añadió: «Agib ha venido conmigo. Es tu hijo, por ser el hijo de tu hijo y mi hija.»

La viuda, que hasta aquel momento había estado sentada, como una mujer de riguroso luto que renuncia á los usos sociales, al saber que vivía su hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante á su cuñado el visir de Egipto, se levantó apresuradamente y se echó á los pies de Chamseddin, besándoselos, y recitó en honor suyo estas estrofas:

_¡Por Alah! ¡Colma de beneficios á aquel que acaba de anunciarme esta nueva feliz, pues para mí es la noticia más dichosa y mejor de cuantas pueden oirse!_

_¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón desgarrado por las ausencias!_

El visir ordenó que buscasen en seguida á Agib, y cuando éste se presentó, su abuela se abrazó á él llorando. Y Chamseddin le dijo: «¡Oh mi señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje á Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y sobrino mío Hassán!» Y la abuela de Agib respondió: «Escucho y obedezco.» Y en el mismo instante fué á disponer todas las cosas necesarias, y los víveres, y toda su servidumbre, no tardando en hallarse dispuesta.

Entonces el visir Chamseddin fué á despedirse del sultán de Bassra. Y el sultán le entregó muchos regalos para él y para el sultán de Egipto. Después, Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la marcha acompañados de todo su séquito.

Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente á Damasco. Hicieron alto en la plaza de Kânun, armaron las tiendas, y el visir dijo: «Ahora nos detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar regalos como se los merece el sultán de Egipto.»

Y mientras el visir recibía á los ricos mercaderes que habían acudido para ofrecerle sus géneros, Agib dijo al eunuco: «Baba Said, tengo ganas de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades hay y qué le ocurrió á aquel pastelero cuyos dulces nos comimos, y teniendo que agradecerle su hospitalidad le pagamos partiéndole la cabeza de una pedrada. Realmente, le volvimos mal por bien.» Y el eunuco respondió: «Escucho y obedezco.»

Entonces Agib y el eunuco abandonaron el campamento, porque Agib obraba con un ciego impulso, como movido por un cariño filial inconsciente. Llegados á la ciudad, anduvieron por todos los zocos hasta que encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marchaban á la mezquita de los Bani-Ommiah para la oración del _asr_.

Y precisamente en dicho momento estaba Hassán Badreddin en su tienda, ocupado en confeccionar el mismo plato delicioso de la otra vez: granos de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y entonces Agib pudo observar al pastelero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada con que le había herido. Y se le enterneció más el corazón, y le dijo: «¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras me hace venir á saber de ti. ¿No me recuerdas?» Y apenas lo vió Hassán, se le conmovieron las entrañas, le palpitó el corazón desordenadamente, abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar, le impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el muchacho, y sumisa y humildemente recitó estas estrofas:

_¡Pensé reconvenir á mi amante, pero en cuanto le vi lo olvidé todo, y no pude dominar mi lengua ni mis ojos!_

_¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y quise disimular lo que sentía, pero no lo pude conseguir!_

_¡He aquí cómo, después de haber escrito pliegos y pliegos de reconvenciones, al hallarle ante mí me fué imposible leer ni una palabra!_

Luego añadió: «¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescendencia y probar este plato? Porque, ¡por Alah! apenas te he visto, ¡oh lindo muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, como la otra vez. Y me arrepiento de haber cometido la locura de seguirte.» Y Agib contestó: «¡Por Alah, que eres un amigo peligroso! Por unos dulces que nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no entraré, ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de nosotros como la otra vez. Y sabe que de otra manera nunca volveremos aquí, porque vamos á pasar toda la semana en Damasco, á fin de que mi abuelo pueda comprar regalos para el sultán.» Entonces Badreddin exclamó: «¡Lo juro ante vosotros!» Y en seguida Agib y el eunuco entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció al instante una terrina de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: «Ven, y come con nosotros. Y así puede que Alah conceda el éxito á nuestras pesquisas.» Y Hassán se sintió muy feliz al sentarse frente á ellos. Pero no dejaba ni un instante de contemplar á Agib. Y lo miraba de un modo tan extraño y persistente, que Agib, cohibido, le dijo: «¡Por Alah! ¡Qué enamorado tan pesado y tan molesto eres! Ya te lo dije la otra vez. No me mires de esa manera, pues parece que quieras devorar mi cara con tus ojos.» Y á sus frases respondió Badreddin con estas estrofas:

_¡En lo más profundo de mi corazón hay para ti un secreto que no puedo revelar, un pensamiento íntimo y oculto que nunca traduciré en palabras!_

_¡Oh tú, que humillas á la brillante luna, orgullosa de su belleza! ¡oh tú, rostro radiante, que avergüenzas á la mañana y á la resplandeciente aurora!_

_¡Te he consagrado un culto mudo; te dediqué, ¡oh vaso selecto! un signo mortal y tinos votos que de continuo se acrecientan y embellecen!_

_¡Y ahora ardo y me derrito por completo! ¡Tu rostro es mi paraíso! ¡Estoy seguro de morir de esta sed abrasadora! ¡Y sin embargo, tus labios podrían apagarla y refrescarme con su miel!_

Terminadas estas estrofas, recitó otras no menos admirables, pero en otro sentido, dirigidas al eunuco. Y así estuvo diciendo versos durante una hora, tan pronto dedicados á Agib como al esclavo. Y luego que sus huéspedes se hubieron saciado, Hassán se levantó á fin de traerles lo indispensable para que se lavasen. Y al efecto les presentó un hermoso jarro de cobre muy limpio; les echó agua perfumada en las manos y se las limpió después con una hermosa toalla de seda que le pendía de la cintura. Y en seguida les roció con agua de rosas, sirviéndose de un aspersorio de plata que guardaba cuidadosamente en el estante más alto de su tienda, sacándolo nada más que en las ocasiones solemnes. Y no contento aún, salió un instante para volver en seguida, trayendo en la mano dos alcarrazas llenas de sorbete de agua de rosas, y les ofreció una á cada uno, diciendo: «Aceptadlo y coronad así vuestra condescendencia.» Entonces Agib cogió una alcarraza y bebió, y luego se la entregó al eunuco, que bebió y se la entregó otra vez á Agib, que bebió y se la volvió á entregar al esclavo, y así sucesivamente, hasta que llenaron bien el vientre y se vieron hartos como nunca lo habían estado en su vida. Y por último, dieron las gracias al pastelero, y se retiraron muy de prisa para llegar al campamento antes de que se ocultase el sol.

Y llegados á las tiendas, Agib se apresuró á besar la mano á su abuela y á su madre Sett El-Hosn. Y la abuela le dió otro beso, acordándose de su hijo Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y después recitó estas dos estrofas:

_¡Si no tuviese la esperanza de que los objetos separados han de reunirse algún día, nada habría aguardado ya desde que te fuiste!_

_¡Pero hice el juramento de que no entraría en mi corazón más amor que el tuyo! ¡Y Alah mi señor, que conoce todos los secretos, puede atestiguar que lo he cumplido!_

Después le dijo á Agib: «Hijo mío, ¿por dónde estuviste?» Y él contestó: «Por los zocos de Damasco.» Y ella dijo: «Ya debes tener mucho apetito.» Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada, deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas primeras nociones había dado á su hijo Badreddin siendo él muy niño.

Y ordenó al eunuco: «Puedes comer con tu amo Agib.» Y el eunuco, haciendo muecas, se decía: «¡Por Alah! ¡Maldito el apetito que tengo! ¡No podré comer ni un bocado!» Pero fué á sentarse junto á su señor.

Y Agib, que se había sentado también, se encontraba con el estómago lleno de cuanto había comido y bebido en la pastelería. Sin embargo, tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así ni mucho menos. Porque la culpa era de él, pues no podía estar más ahíto de lo que estaba. Así es que, haciendo un gesto de repugnancia, dijo á su abuela: «¡Oh abuela! Este dulce no está bien hecho.» Y la abuela, despechada, exclamó: «¿Cómo te atreves á decir que no están bien hechos mis dulces? ¿Ignoras que no hay en el mundo quien me iguale en el arte de la repostería y la confitería, como no sea tu padre Hassán Badreddin, y eso porque yo le enseñé?» Pero Agib repuso: «¡Por Alah, abuela, que á este plato le falta algo de azúcar! No se lo digas á mi madre ni á mi abuelo; pero sabe que acabamos de comer en el zoco, donde nos ha obsequiado un pastelero, ofreciéndonos este mismo plato. ¡Ah! ¡sólo su perfume ensanchaba el corazón! Y su saber delicioso habría despertado el apetito de un enfermo. Y realmente, este plato preparado por ti no se le puede comparar ni con mucho, abuela mía.»

Y la abuela, enfurecida al oir estas palabras, lanzó una terrible mirada al eunuco Said y le dijo...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Entonces, su hermana, la joven Doniazada, le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y agradables son tus palabras, y cuán delicioso y encantador ese cuento!»

Y Schahrazada sonrió y dijo: «Sí, hermana mía; pero nada vale comparado con lo que os contaré la próxima noche, si vivo aún, por merced de Alah y gusto del rey.»

Y el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré antes de oir la continuación de su historia, pues realmente es una historia en extremo asombrosa y extraordinaria.»

Después el rey Schahriar y Schahrazada pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que salió el sol.

Inmediatamente el rey Schahriar fué á la sala de sus justicias, y se llenó el diván con la multitud de visires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el rey juzgó y dispuso nombramientos y destituciones, y gobernó y despachó los asuntos pendientes, hasta que hubo acabado el día.

Y luego se levantó el diván, regresó el rey al palacio, y cuando llegó la noche fué á buscar á Schahrazada, la hija del visir, y no dejó de hacer con ella su cosa acostumbrada.

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Y ERA LA 24.ª NOCHE

Y la joven Doniazada, en cuanto se hubo terminado la cosa, se apresuró á levantarse del tapiz y dijo á Schahrazada:

«¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan hermoso de la historia del bello Hassán Badreddin y de su mujer, la hija de su tío Chamseddin. Estabas precisamente en estas palabras: «La abuela lanzó una terrible mirada al eunuco Said, y le dijo...» ¿Qué le dijo?»

Y Schahrazada, sonriendo á su hermana, repuso: «La proseguiré de todo corazón y buena voluntad, pero no sin que este rey tan bien educado me lo permita.»

Entonces, el rey, que aguardaba impaciente el final del relato, dijo á Schahrazada: «Puedes continuar.»

Y Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la abuela de Agib se encolerizó mucho, miró al esclavo de una manera terrible, y le dijo: «Pero ¡desdichado! ¡Así has pervertido á este niño! ¿Cómo te atreviste á hacerle entrar en tiendas de cocineros ó pasteleros?» Á estas palabras de la abuela de Agib, el eunuco, muy asustado, se apresuró á negar, y dijo: «No hemos entrado en ninguna pastelería; no hicimos mas que pasar por delante.» Pero Agib insistió tenazmente: «¡Por Alah! Hemos entrado y hemos comido muy bien.» Y maliciosamente añadió: «Y te repito, abuela, que aquel dulce estaba mucho mejor que este que nos ofreces.»

Entonces la abuela se marchó indignada en busca del visir para enterarle de aquel «terrible delito del eunuco de alquitrán». Y de tal modo excitó al visir contra el esclavo, que Chamseddin, hombre de mal genio, que solía desahogarse á gritos contra la servidumbre, se apresuró á marchar con su cuñada en busca de Agib y el eunuco. Y exclamó: «¡Said! ¿Es cierto que entraste con Agib en una pastelería?» Y el eunuco, aterrado, dijo: «No es cierto, no hemos entrado.» Pero Agib, maliciosamente, repuso: «¡Sí que hemos entrado! ¡Y además, cuanto hemos comido! ¡Ay, abuela! Tan rico estaba, que nos hartamos hasta la nariz. Y luego hemos tomado un sorbete delicioso, con nieve, de lo más exquisito. Y el complaciente pastelero no economizó en nada el azúcar, como la abuela.» Entonces aumentó la ira del visir, y volvió á preguntar al eunuco, pero éste seguía negando. En seguida el visir le dijo: «¡Said! Eres un embustero. Has tenido la audacia de desmentir á este niño, que dice la verdad, y sólo podría creerte si te comieras toda esta terrina preparada por mi cuñada. Así me demostrarías que te hallas en ayunas.»

Entonces, Said, aunque ahito por la comilona en casa de Badreddin, quiso someterse á la prueba. Y se sentó frente á la terrina, dispuesto á empezar; pero hubo de dejarlo al primer bocado, pues estaba hasta la garganta. Y tuvo que arrojar el bocado que tomó, apresurándose á decir que la víspera había comido tanto en él pabellón con los demás esclavos, que había cogido una indigestión. Pero el visir comprendió en seguida que el eunuco había entrado realmente aquel día en la tienda del pastelero. Y ordenó que los otros esclavos lo tendiesen en tierra, y él mismo, con toda su fuerza, le propinó una gran paliza. Y el eunuco, lleno de golpes, pedía piedad, pero seguía gritando: «¡Oh mi señor, es cierto que cogí una indigestión!» Y como el visir ya se cansaba de pegarle, se detuvo y le dijo: «¡Vamos! ¡Confiesa la verdad!» Entonces el eunuco se decidió y dijo: «Sí, mi señor, es verdad. Hemos entrado en una pastelería en el zoco. Y lo que se nos dió allí de comer era tan rico, que en mi vida probé una cosa semejante. ¡No como este plato horrible y detestable! ¡Por Alah! ¡Qué malo es!»

Entonces el visir se echó á reír de muy buena gana; pero la abuela no pudo dominar su despecho, y dijo: «¡Calla, embustero! ¿A que no traes un plato como éste? Todo eso que has dicho no es mas que una invención tuya. Ve, si no, á buscar una terrina de ese mismo dulce. Y si la traes, podremos comparar mi trabajo y el de ese pastelero. Mi cuñado será quien juzgue.» Y el eunuco contestó: «No hay inconveniente.» Entonces la abuela le dió medio dinar y una terrina de porcelana, vacía.

Y el eunuco salió, marchando á la pastelería, donde dijo al pastelero: «He aquí que acabamos de apostar en favor de ese plato de granada, que sabes hacer, contra otro que han preparado los criados. Aquí tienes medio dinar, pero preséntalo con toda tu pericia, pues si no, me apalearán de nuevo. Todavía me duelen las costillas.» Entonces Hassán se echó á reír y le dijo: «No tengas cuidado; sólo hay en el mundo una persona que sepa hacer este dulce, y es mi madre. ¡Pero está en un país muy lejano!»

Después Badreddin llenó muy cuidadosamente la terrina, y aún hubo de mejorarla añadiéndole un poco de almizcle y de agua de rosas. Y el eunuco regresó á toda prisa al campamento. Entonces la abuela de Agib tomó la terrina y se apresuró á probar el dulce, para darse cuenta de su calidad y su sabor. Y apenas lo llevó á los labios, exhaló un grito y cayó de espaldas.

Y el visir y todos los demás no salían de su asombro, y se apresuraron á rociar con agua de rosas la cara de la abuela, que al cabo de una hora pudo volver en sí. Y dijo: «¡Por Alah! ¡El autor de este plato de granada no puede ser mas que mi hijo Hassán Badreddin, y no otro alguno! ¡Estoy segura de ello! ¡Soy la única que sabe prepararlo de esta manera, y sólo se lo enseñé á mi hijo Hassán!»

Y al oirla, el visir llegó al límite de la alegría y de la impaciencia, y exclamó: «¡Alah va á permitir por fin que nos reunamos!» En seguida llamó á sus servidores, y después de meditar unos momentos, concibió un plan, y les dijo: «Id veinte de vosotros inmediatamente á la pastelería de ese Hassán, conocido en el zoco por Hassán El-Bassrauí, y haced pedazos cuanto haya en la tienda. Amarrad al pastelero con la tela de su turbante y traédmelo aquí, pero sin hacerle daño alguno.»

Luego montó á caballo, y provisto de las cartas oficiales, se fué á la casa del gobierno para ver al lugarteniente que representaba en Damasco á su señor el sultán de Egipto. Y mostró las cartas del sultán al lugarteniente gobernador, que se inclinó al leerlas, besándolas respetuosamente y poniéndoselas sobre la cabeza con veneración. Después, volviéndose al visir, le dijo: «Estoy á tus órdenes. ¿De quién quieres apoderarte?» Y el visir le contestó: «Solamente de un pastelero del zoco.» Y el gobernador dijo: «Pues es muy fácil.» Y mandó á sus guardias que fuesen á prestar auxilio á los servidores del visir. Y después de despedirse del gobernador, volvió el visir á sus tiendas.