El libro de las mil noches y una noche; t. 2
Part 4
Golpeó en la puerta de la cámara nupcial y llamó: «¡Sett El-Hosn!» Y desde dentro ella contestó: «¡Ya voy á abrir, padre mío!» Y levantándose en seguida, abrió la puerta. Parecía más hermosa que de costumbre, y mostraba resplandeciente el rostro y el alma, satisfecha por haber sentido las briosas caricias de aquel hermoso ciervo. E inclinándose ante su padre con coquetería, le besó las manos. Pero su padre, al verla tan contenta, en lugar de encontrarla afligida por su unión con el jorobado, le dijo: «¡Ah, desvergonzada! ¿Cómo te atreves á mostrarte con esa cara de alegría, después de haber dormido con el horrendo jorobeta?» Y Sett El-Hosn, al oirlo, se echó á reir, y exclamó: «¡Por Alah, padre mío, dejémonos de bromas! Bastante tengo con haber sido la irrisión de todos los invitados, á causa de mi supuesto marido, ese jorobado que no vale ni la recortadura de una uña de mi verdadero esposo de esta noche. ¡Oh, qué noche! ¡Cuán llena de delicias junto á mi amado! Basta, pues, de bromas, padre mío. No me hables más del jorobado.» El visir temblaba de coraje escuchando á su hija, y sus ojos estaban azules de furor, y dijo: «¿Qué dices, desdichada? ¿No pasaste aquí la noche con el jorobado?» Y ella contestó: «Por Alah sobre ti, ¡oh padre mío! No me hables más del jorobado. ¡Confúndalo Alah, á él, á su padre, á su madre y á toda su familia! Sabe de una vez que estoy enterada de la superchería que inventaste para defenderme del mal de ojo.» Y dió á su padre todos los pormenores de la boda y de cuanto le había ocurrido aquella noche, añadiendo: «¡Qué bien lo pasé sintiendo en mi regazo á mi adorado esposo, el hermoso joven de exquisitas maneras y espléndidos y negros ojos y de arqueadas cejas!»
Oído esto, gritó el visir: «Pero hija, ¿estás loca? ¿sabes lo que dices? ¿Dónde se halla el joven á quien llamas tu esposo?» Y Sett El-Hosn respondió: «Ha ido al retrete.» Entonces, el visir, muy alarmado, se precipitó afuera de la habitación, y corriendo hacia el retrete, se encontró al jorobado que seguía inmóvil, con los pies hacia arriba y la cabeza dentro del agujero. Estupefacto hasta más no poder, exclamó el visir: «¿Qué veo? ¿Eres tú, jorobeta?» Y como no le contestase, repitió esta pregunta en voz más alta. Pero el jorobado tampoco quiso contestar, porque seguía aterrado, creyendo que quien le hablaba era el efrit...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 22.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar prosiguió así la historia contada al califa Harún Al-Rachid:
«El cobarde jorobeta, creyendo que le hablaba el efrit, tenía un miedo horrible, y no se atrevía á contestar. Entonces, muy enfurecido, el visir le increpó: «¡Respóndeme, jorobado maldito, ó te atravieso con este alfanje!» Y entonces el jorobado, sin sacar del agujero la cabeza, contestó desde dentro: «¡Por Alah! ¡Oh jefe de los efrits, tenme compasión! Te juro que te he obedecido, sin moverme de aquí en toda la noche.» Al oirle, el visir ya no supo qué pensar, y exclamó: «Pero ¿qué estás diciendo? No soy ningún efrit, sino el padre ele la novia.» Y el jorobado, dando un gran suspiro, contestó entonces; «Pues márchate de aquí, que nada tengo que ver contigo. Y vete antes de que aparezca el terrible efrit, arrebatador de almas. Además, te odio, porque tú tienes la culpa de todas mis desdichas, al casarme con la querida de los búfalos, los asnos y los efrits. ¡Malditos seáis tú, tu hija y todos los que obran tan mal como vosotros!» Y el visir le dijo: «Pero ¿estás loco? Sal de ahí, para que escuche bien eso que acabas de contar.» Entonces el jorobado replicó: «Acaso esté loco; pero no lo estaré hasta el punto de moverme de este sitio sin permiso del terrible efrit. Porque me ha prohibido salir del agujero antes de que amanezca. Así, pues, vete y déjame en paz. Pero antes dime: ¿falta mucho para que salga el sol?» Y el visir, cada vez más perplejo, contestó: «¿Pero qué efrit es ese del cual hablas?» Y entonces el jorobado le contó la historia, su ida al retrete para hacer sus necesidades antes de entrar al cuarto de la desposada, la aparición del efrit bajo las diversas formas de rata, gato, perro, asno y búfalo, y por fin la prohibición hecha y el trato sufrido. Y terminado el relato, rompió á llorar.
Entonces el visir se acercó al jorobado, y tirándole de los pies le sacó del agujero. Y el jorobado, con la faz lastimosamente embadurnada de amarillo, gritó al visir: «¡Maldito seas tú, y maldita tu hija, la amante de los búfalos!» Y por temor de que se le apareciese de nuevo el efrit, echó á correr con todas sus fuerzas, dando alaridos y sin atreverse á volver la cara. Y llegó al palacio, y fué á ver al sultán, y le explicó su aventura con el efrit.
En cuanto al visir Chamseddin, regresó como loco al aposento de su hija Sett El-Hosn, y le dijo: «Hija mía, noto que pierdo la razón. Aclárame lo sucedido.» Entonces, Sett El-Hosn le dijo: «Sabe, ¡oh padre mío! que el joven encantador que logró los honores de la boda durmió toda la noche conmigo, gozando mis primicias; y tendré un hijo seguramente. Y en prueba de lo que hablo, ahí en la silla tienes su turbante, sus calzones en el diván, y su calzoncillo en mi cama. Además, en sus calzones encontrarás algo que ha escondido y que yo no pude adivinar.» A estas palabras, se dirigió el visir hacia la silla, cogió el turbante, y le dió vueltas en todos sentidos para examinarlo bien, y luego exclamó: «¡Es un turbante como el de los visires de Bassra y de Mossul!» Después desenrolló la tela, y encontró un pliego que allí estaba cosido, y se apresuró á guardarlo, y examinó luego los calzones, encontrando en ellos el bolsillo con los mil dinares que el judío había dado á Hassán Badreddin. Y en el bolsillo había un papel, donde el judío había escrito lo siguiente: «Yo, comerciante de Bassra, declaro haber entregado la cantidad de mil dinares al joven Hassán Badreddin, hijo del visir Nureddin (á quien Alah haya recibido en Su misericordia), por el cargamento de la primera nave que arribe á Bassra.» Al leer el papel, el visir Chamseddin lanzó un grito y quedó desmayado. Cuando volvió en sí, se apresuró á abrir el pliego que había encontrado en el turbante, é inmediatamente conoció la letra de su hermano Nureddin. Y entonces empezó á llorar y á lamentarse, diciendo: «¡Pobre hermano mío! ¡pobre hermano mío!»
Y cuando se hubo calmado un poco, exclamó: «¡Alah es Todopoderoso!» Y dijo á Sett El-Hosn: «¡Oh hija mía! ¿sabes el nombre de aquel á quien te has entregado esta noche? Pues es Hassán Badreddin, mi sobrino, el hijo de tu tío Nureddin. Y esos mil dinares son tu dote. ¡Alah sea loado!» Después recitó estas dos estrofas:
_¡Vuelvo á encontrar sus huellas, y al instante me domina el deseo! ¡Y al recordar la mansión de la dicha, derramo todas las lágrimas de mis ojos!_
_Y pregunto y grito, sin lograr respuesta: «¿Quién me ha arrancado lejos de él? ¡Oh! ¡tenga piedad de mí el autor de mis desventuras, y permítame que vuelva!»_
En seguida leyó cuidadosamente la Memoria de su hermano, y encontró relatada toda la vida de Nureddin y el nacimiento de su hijo Badreddin. Y quedó muy maravillado, sobre todo cuando contrastó las fechas anotadas por su hermano con las de su propio casamiento en El Cairo, y del nacimiento de Sett El-Hosn. Y vió que estas fechas concordaban perfectamente.
Y tanto hubo de asombrarse, que se apresuró á ir en busca del sultán para contarle la historia y mostrarle aquellos papeles. Y el sultán se asombró también de tal modo, que mandó á los escribas de palacio redactasen tan admirable historia para conservarla escrupulosamente en el archivo.
En cuanto al visir Chamseddin, marchó á su casa y esperó en compañía de su hija el regreso de su sobrino Hassán Badreddin. Pero acabó por darse cuenta de que Hassán había desaparecido. Y no pudiendo explicarse la causa, se dijo: «¡Por Alah! ¡Qué aventura tan extraordinaria es esta aventura! No he conocido otra semejante...»
Al llegar á este momento ele su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y discreta, interrumpió su relato, para no cansar al sultán Schahriar, rey de las islas de la India y de la China.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 23.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar al-Barmakí, visir del rey Harún Al-Rachid, prosiguió de este modo la historia que contaba al califa:
«Cuando el visir Chamseddin se convenció de que su sobrino Hassán Badreddin había desaparecido», se dijo: «Puesto que el mundo está hecho de vida y de muerte, nada tan oportuno como que procure que mi sobrino Hassán encuentre á su regreso esta vivienda igual que la ha dejado.» Y el visir Chamseddin cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, y anotó uno por uno todos los muebles y enseres de la casa, en esta forma: «Tal armario está en tal sitio; tal cortina en tal otro», y así sucesivamente. Cuando terminó, selló el papel después de leérselo á su hija Sett El-Hosn, y lo guardó con mucho cuidado en la caja de los papeles. Después recogió el turbante, el gorro, los calzones, el ropón y el bolsillo, é hizo con todo ello un paquete, que guardó con el mismo esmero.
En cuanto á Sett El-Hosn, la hija del visir, quedó preñada efectivamente la primera noche de bodas, y á los nueve meses cumplidos parió un hijo tan hermoso como la luna y que se parecía á su padre en todo, en lo bello, lo gentil y lo perfecto. En seguida que nació lo lavaron las mujeres y le ennegrecieron los ojos con kohl. Después le cortaron el cordón umbilical, y lo confiaron á las criadas y á la nodriza. Y por su hermosura sorprendente se le llamó Agib[8].
Pero cuando el admirable Agib llegó, día por día, mes por mes y año por año, á cumplir los siete de su edad, su abuelo el visir Chamseddin le mandó á la escuela de un maestro muy famoso, recomendándoselo mucho á este maestro. Y Agib, acompañado diariamente del esclavo negro Said, eunuco de su padre, iba á la escuela para regresar á su casa al mediodía y al anochecer. Y así fué á la escuela durante cinco años, hasta cumplir los doce. Pero á todo esto los demás niños de la escuela no podían soportar á Agib, que les pegaba y les insultaba y les decía: «¿Cuál de vosotros puede compararse conmigo? Mi padre, es el visir de Egipto.» Al fin se reunieron los niños y fueron á quejarse al maestro contra la conducta de Agib. Y el maestro, al ver que sus exhortaciones al hijo del visir no daban resultado, sin atreverse á despedirle, por ser quien era, dijo á los otros niños: «Os voy á indicar una cosa que en cuanto se la digáis le impedirá volver á la escuela. Mañana á la hora del recreo os reuniréis todos en torno de Agib y os diréis los unos á los otros: «¡Por Alah! ¡Vamos á jugar á un juego maravilloso! Pero para jugarlo es preciso que diga en alta voz cada uno su nombre, y el nombre de su padre y de su madre. Pues el que no pueda decir el nombre de su padre y de su madre será considerado como hijo adulterino y no jugará con nosotros.»
Y aquella mañana, cuando Agib hubo llegado á la escuela, todos los niños se reunieron á su alrededor, y uno de ellos dijo; «¡Vamos á jugar á un juego maravilloso! Pero nadie podrá jugar sino con la condición de decir su nombre y los de sus padres. ¡Empecemos, uno á uno!» Y les guiñó el ojo.
Entonces avanzó uno de los niños, y dijo: «Me llamo Nahib, mi madre se llama Nahiba y mi padre Izeddin.» Y otro dijo: «Yo me llamo Naguib, mi madre se llama Gamila y mi padre se llama Mustafá.» Y el tercero y el cuarto y los otros se expresaron en la misma forma. Cuando le tocó el turno á Agib, dijo orgullosamente: «Yo soy Agib, mi madre se llama Sett El-Hosn y mi padre se llama Chamseddin, visir de Egipto.»
Pero todos los niños replicaron: «¡No, por Alah! ¡El visir no es tu padre!» Y Agib gritó enfurecido: «¡Alah os confunda! ¡El visir es mi padre!» Pero los niños comenzaron á reirse y á palmotear, y le volvieron la espalda, gritando: «¡Vete, vete! ¡No sabes cómo se llama tu padre! ¡Chamseddin no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre! ¡No jugarás con nosotros!» Y los niños se desbandaron, riendo á carcajadas.
Entonces Agib sintió que se le oprimía el pecho y le ahogaban los sollozos. Y en seguida se le acercó el maestro, y le dijo: «Pero ¡cómo, Agib! ¿no sabías que el visir no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre Sett El-Hosn? A tu padre, ni tú, ni nosotros, ni nadie le conoce. Porque el sultán había casado á Sett El-Hosn con un palafrenero jorobado, pero el tal no pudo acostarse con ella, y ha ido contando por toda la ciudad que la noche de su boda los efrits le habían encerrado á él, para dormir ellos con Sett El-Hosn. Y ha contado también historias asombrosas de búfalos, perros, borricos y otros seres semejantes. De modo, ¡oh mi querido Agib! que nadie sabe el nombre de tu padre. Sé, pues, humilde ante Alah y con tus compañeros, que te miran como á hijo adulterino. Considera que te hallas en la misma situación que un niño vendido en el mercado y que ignora quién es su padre. Sabe, pues, que el visir Chamseddin no es mas que tu abuelo, y que tu padre nadie lo conoce. Y en adelante procura ser modesto.»
Después de oir al maestro de escuela, Agib salió corriendo á casa de su madre Sett El-Hosn, llorando tanto, que no pudo al principio articular palabra. Entonces su madre empezó á consolarle, y viéndole tan conmovido, se le llenó el corazón de lástima, y le dijo: «¡Hijo mío, cuéntale á tu madre la causa de tu pena!» Y le besó y le acarició. Entonces el pequeño le dijo: «Dime, madre, ¿quién es mi padre?» Y Sett El-Hosn, muy asombrada, dijo: «¡Pues el visir!» Y, Agib le contestó, ahogado por el llanto: «¡No; ese no es mi padre! ¡No me ocultes la verdad! ¡El visir es tu padre, pero no el mío! Si no me dices la verdad, con este puñal me mataré ahora mismo.» Y Agib le repitió á su madre las palabras del maestro de escuela.
Entonces, al recordar á su primo y marido, la hermosa Sett El-Hosn recordó también su primera noche de bodas y la belleza y encantos del maravilloso Hassán Badreddin El-Bassrauí, y lloró muy emocionada, suspirando estas estrofas:
_¡Encendió el deseo en mi corazón, y se ausentó muy lejos! ¡Y se ausentó hacia lo más distante de nuestra morada!_
_¡Mi pobre razón no he de recobrarla hasta que él vuelva! ¡Y aguardándole, he perdido asimismo el sueño reparador y toda la paciencia!_
_¡Me abandonó, y con él me abandonó la dicha, arrebatándome la tranquilidad! ¡Y desde entonces perdí todo reposo!_
_¡Me dejó, y las lágrimas de mis ojos lloran su ausencia, y al correr, sus arroyos llenan los mares;_
_Que no pasa un día sin que mi deseo me empuje hacia él y palpite mi corazón con el dolor de su ausencia;_
_Por eso su imagen se alza frente á mí, y al mirarla, aumentan mi cariño, mi anhelo y mis recuerdos!_
_¡Oh! ¡Su imagen amada es siempre lo primero que se presenta á mis ojos en la primera hora de la mañana! ¡Y así ha de ser siempre, pues no tengo otro pensamiento ni otros amores!_
Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar á su madre, se echó á llorar también. Y mientras los dos estaban llorando, entró en la habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las voces. Y al ver cómo lloraban, se le oprimió el corazón, y dijo muy alarmado: «Hijos míos, ¿por qué lloráis así?» Entonces Sett El-Hosn le refirió la aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oirla, se acordó de todas las desventuras pasadas, las que le habían ocurrido á él, á su hermano Nureddin, á su sobrino Hassán Badreddin, y por último á su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de llorar también. Y se fué muy desesperado en busca del emir, y le contó lo que pasaba, diciéndole que aquella situación no podía durar, ni por su buen nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir hacia los países de Levante, y llegar á la ciudad de Bassra, en donde pensaba encontrar á su sobrino Hassán Badreddin. Rogó asimismo que el sultán le escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los países las gestiones necesarias para encontrar y atraerse á su sobrino. Y como no cesaba en su amargo llanto, se enterneció el sultán y le concedió los decretos. Y después de darle gracias mil veces y hacer votos por su engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus manos, el visir se despidió. Inmediatamente hizo los preparativos para la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.
Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesivamente, en dirección á Damasco, y por fin llegaron sin dificultad á Damasco. Y se detuvieron cerca de las puertas, en el meidán de Hasba, donde armaron sus tiendas para descansar dos días antes de seguir el camino. Y les pareció Damasco una ciudad admirable, llena de árboles y aguas corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:
_¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador juró no hacer en adelante nada parecido!_
_¡La noche cubre amorosamente á Damasco con sus alas! ¡Y cuando llega el día, tiende por encima la sombra de sus árboles frondosos!_
_¡El rocío en las ramas de estos árboles no es rocío, sino perlas, perlas que caen como copos de nieve á merced de la brisa que las empuja!_
_¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su lectura matutina; el agua es como una página blanca abierta; la brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blancas nubes derraman gotas para la escritura!_
La servidumbre del visir fué á visitar la ciudad y sus zocos para comprar lo que necesitaban y vender las cosas traídas de Egipto. Y no dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de los Bani-Ommiah[9], situada en el centro de la población, y que no tiene igual en todo el mundo.
Agib marchó también á la ciudad para distraerse, acompañado de su fiel eunuco Said. Y el eunuco le seguía muy próximo y llevaba en la mano un látigo capaz de matar á un camello, pues sabía la fama que tienen los habitantes de Damasco, y con aquel látigo quería impedirles acercarse á su amo el hermoso Agib. Y efectivamente, no se engañaba, pues apenas hubieron visto al hermoso Agib, los habitantes de Damasco se percataron de lo encantador y gracioso que era, hallándole más suave que la brisa del Norte, más delicioso que el agua fresca para el paladar del sediento y más grato que la salud para el convaleciente. Y en seguida la gente de la calle, de las casas y de las tiendas siguieron á Agib, sin dejarle, á pesar del látigo del eunuco. Y otros corrían para adelantarse y se sentaban en el suelo, á su paso, para contemplarle más tiempo y mejor. Al fin, por voluntad del Destino, Agib y el eunuco llegaron á una pastelería, donde se detuvieron para escapar de tan indiscreta muchedumbre.
Y precisamente aquella pastelería era la de Hassán Badreddin, padre de Agib. Había muerto el anciano pastelero que adoptó á Hassán, y éste había heredado la tienda. Y aquel día Hassán estaba ocupado en preparar un plato delicioso con granos de granada y otras cosas azucaradas y sabrosas. Y cuando vió pararse á Agib y al eunuco, quedó encantado con la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino conmovido con una emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño: «¡Oh mi joven señor! Acabas de conquistar mi corazón y reinas para siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraído hacia ti desde el fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres hacerme la merced de probar mis dulces, sencillamente por piedad?» Y Hassán, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus ojos se arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su situación presente.
Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció también el corazón, y volviéndose hacia el esclavo, le dijo: «¡Said! Este pastelero me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para complacerle, y probemos lo que nos ofrece. Y si aliviamos con esto su pena, es probable que Alah se apiade á su vez de nosotros y haga que logren buen éxito las pesquisas para encontrar á mi padre.»
Pero Said, al oír á Agib, exclamó: «¡Oh mi señor, no hagamos eso! ¡Por Alah! ¡De ningún modo! No es propio del hijo de un visir entrar en una pastelería del zoco, y menos todavía comer públicamente en ella. ¡Oh! ¡No puede ser! Si lo haces por temor á estas gentes que te siguen, y por eso quieres entrar en esa tienda, ya sabré yo espantarlas y defenderte con mi látigo. ¡Pero lo que es entrar en la pastelería, en modo alguno!»
Y Hassán Badreddin se afectó muchísimo al oir al eunuco. Y luego, volviéndose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: «¡Oh eunuco! ¿Por qué no quieres apiadarte y darme el gusto de entrar en mi tienda? ¡Porque tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por dentro blanco! Y te han elogiado todos nuestros poetas en versos admirables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que aparezcas tan blanco por fuera como por dentro lo eres.» Entonces el buen eunuco se echó á reir á carcajadas, y exclamó: «¿Es de veras? ¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate á decírmelo!» En seguida Hassán le recitó estos versos admirables en loor de los eunucos:
_¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los reyes!_
_¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza, que los ángeles del cielo bajan á su vez para servirle!_
Estos versos eran, efectivamente, tan maravillosos y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados por Hassán, que el eunuco se conmovió y se sintió halagadísimo, hasta el punto de que, cogiendo de la mano á Agib, entró con él en la tienda.
Entonces Hassán Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró á hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y almendras mondadas, perfumado todo deliciosamente y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy complacido: «¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como provechoso!»
Agib, después de probar los primeros bocados, invitó á sentarse al pastelero, y le dijo: «Puedes quedarte con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos.» Y Hassán Badreddin se apresuró á replicar: «Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan joven, la pérdida de un ser querido?» Y Agib contestó: «¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! Porque mi abuelo y yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca.» Y Agib, al recordar su desgracia, rompió á llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel dolor, lloraba también. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de sentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de granada perfumada, dispuesta con tanto arte. Y comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.
Pero como apremiaba el tiempo, Hassán no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.
Y apenas se hubo marchado Agib, Hassán sintió que su alma se iba con él, y no pudo sustraerse al deseo de seguirle. Cerró en seguida su tienda, y sin sospechar que Agib era su hijo, marchó á buen paso, para alcanzarles antes de que hubiesen traspuesto la puerta principal de la ciudad.