El libro de las mil noches y una noche; t. 2
Part 2
Y desde entonces Nureddin se consagró exclusivamente á la educación de su hijo. Y lo confió al sabio más versado en leyes religiosas y civiles. Este sabio venerable iba todos los días á dar lecciones de lectura al niño Hassán Badreddin, y poco á poco, con método, le inició en la interpretación del Corán, que acabó por aprenderse de memoria, y después el sabio siguió años y años enseñando á su discípulo todos los conocimientos útiles. Y Hassán no dejaba de crecer en hermosura, gracia y perfección, como dice el poeta:
_¡Este joven! ¡Es la luna, y, como ella, resplandece de hermosura, aunque el sol tome el esplendor de sus rayos de las anémonas de sus mejillas!_
_¡Es el rey de la hermosura por su distinción sin igual! ¡Y habrá que suponer que prestó su lozanía á las flores y las praderas!_
Durante todo aquel tiempo, el joven Hassán Badreddin no abandonó un instante el palacio de su padre Nureddin, pues el sabio le exigía una gran atención á sus lecciones. Pero cuando Hassán cumplió los quince años y ya no tuvo que aprender nada más del viejo maestro, su padre le llamó, le puso el traje más lujoso que encontró entre los suyos, le hizo que montara en la mejor de sus mulas y se dirigió con él al palacio del sultán, atravesando con numeroso séquito las calles de Bassra. Y todos los habitantes, al ver al joven Hassán Badreddin, prorrumpían en gritos de admiración, por su hermosura, la esbeltez de su talle, su gracia y sus modales encantadores. Y exclamaban: «¡Por Alah! ¡Es hermoso como la luna! ¡Que Alah lo libre del mal de ojo!» Y aquello duró hasta la llegada de Badreddin y su padre al palacio, y entonces comprendió la gente el sentido de las estrofas del poeta[4].
Cuando el sultán vió la hermosura del joven Hassán Badreddin, quedó tan sorprendido, que perdió la respiración y se olvidó de respirar durante un buen rato. Y le mandó acercarse, y le estimó mucho, le hizo su favorito, colmándole de regalos, y dijo á su padre Nureddin: «Visir, es absolutamente indispensable que me lo envíes todos los días, pues comprendo que no podría pasarme sin él.» Y el visir Nureddin tuvo que contestar: «Escucho y obedezco.»
Cuando Hassán Badreddin hubo llegado á ser amigo y favorito del sultán, su padre Nureddin cayó gravemente enfermo, y sospechando que no tardaría Alah en llamarle á Su misericordia, mandó á buscar á su hijo y le dirigió las últimas advertencias, diciéndole: «Sabe, ¡oh hijo mío! que este mundo es para nosotros una morada pasajera, porque el mundo futuro es eterno. Por eso antes de morir quiero darte algunas instrucciones; óyelas bien y ábreles tu corazón.» Y Nureddin explicó á su hijo Hassán las mejores normas para conducirse como es debido con sus semejantes y guiarse en la vida.
Luego se acordó Nureddin de su hermano Chamseddin, el visir de Egipto, y de su país y de sus parientes y de todos sus amigos del Cairo, y al recordarlos no pudo dejar de llorar por no haberlos vuelto á ver. Pero en seguida se acordó de que tenía que aconsejarle algo más á Hassán, y le dijo: «Hijo mío, conserva en tu memoria las palabras que voy á decirte, porque son muy importantes. Sabe que tengo en El Cairo un hermano llamado Chamseddin, que es tío tuyo, y además visir de Egipto. Hace tiempo que nos separamos algo disgustados, y yo estoy aquí, en Bassra, sin licencia suya. Voy, pues, á dictarte mis últimas disposiciones sobre esto. Toma un papel y un cálamo y escribe lo que dicte.»
Entonces Hassán Badreddin cogió una hoja de papel, extrajo el tintero del cinturón, sacó del estuche el mejor cálamo, que era el que estaba mejor cortado, lo mojó en la estopa empapada en tinta que estaba dentro del tintero, se sentó, dobló el pliego de papel sobre la mano izquierda, y cogiendo el cálamo con la derecha, le dijo á Nureddin: «¡Oh padre mío, escucho tus palabras!» Y Nureddin empezó á dictar: «En nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso...» Y continuó dictando en seguida á su hijo toda su historia, desde el principio hasta el fin, y además le dictó la fecha de su llegada á Bassra, y de su casamiento con la hija del viejo visir, y le dicto su genealogía completa, sus ascendientes directos é indirectos, con sus nombres; el nombre de su padre y de su abuelo, su origen, su grado de nobleza personal adquirida, y en fin, todo su linaje paterno y materno.
Después le dijo: «Conserva cuidadosamente ese pliego de papel. Y si por mandato del Destino te ocurriese alguna desgracia en tu vida, regresa al país de origen de tu padre, en donde nací yo, ó sea El Cairo, la ciudad próspera; pregunta allí por tu tío el visir, que vive en nuestra casa, y salúdale de mi parte, deseándole la paz, y dile que he muerto afligido por morir en el extranjero, lejos de él, y que antes de morir no tenía más deseo que verle. He aquí, ¡oh hijo mío Hassán! los consejos que quería darte. ¡Te conjuro á que no los olvides!»
Entonces Hassán Badreddin dobló cuidadosamente el papel, después de echarle arenilla, secarlo y sellarlo con el sello de su padre el visir, y luego lo colocó en el forro de su turbante, y lo cosió allí, habiéndolo envuelto en un pedazo de hule para preservarlo de la humedad.
Hecho esto, no pensó mas que en llorar, besando la mano de su padre Nureddin y afligiéndose al comprender que se quedaba solo, siendo tan joven, y privado de la compañía de su padre. Y Nureddin no dejó de dar consejos á su hijo Hassán Badreddin hasta que entregó el alma.
Entonces Hassán Badreddin sintió un pesar grandísimo, así como el sultán y todos los emires, y los grandes y los humildes. Y enterraron á Nureddin según su rango.
Hassán Badreddin hizo durar dos meses las ceremonias del luto, y durante todo este tiempo no salió un instante de su casa y hasta olvidó la visita á palacio para saludar al sultán, según costumbre.
Y el sultán no comprendió que era la aflicción la que retenía al hermoso Hassán Badreddin lejos de él, sino que pensó que Hassán lo abandonaba y lo menospreciaba. Y entonces se indignó mucho, y en vez de nombrar á Hassán sucesor de su padre el visir Nureddin, nombró á otro para este cargo, haciendo privado suyo á un joven chambelán.
No contento con esto, hizo más el sultán contra Hassán Badreddin. Mandó sellar y confiscar todos sus bienes, todas sus casas y todas sus propiedades, y después dispuso que prendiesen á Hassán Badreddin y se lo llevasen encadenado. Y en seguida el nuevo visir, en compañía de varios chambelanes, se dirigió á la casa del joven Hassán, que no podía sospechar la desgracia que le amenazaba.
Pero afortunadamente, había entre los esclavos de su palacio un joven mameluco que quería mucho á Hassán Badreddin. En cuanto supo lo que pasaba, echó á correr, y llegó á casa del joven Hassán, al cual halló muy triste, con la cabeza baja y el corazón dolorido, sin dejar de pensar en la muerte de su padre. Y el esclavo le enteró entonces de lo que ocurría. Y Hassán le preguntó: «¿Pero no tendré tiempo para coger algo con que subsistir durante mi huida al extranjero?» Y el mameluco le elijo: «El tiempo urge. No pienses mas que en salvar tu persona.»
Al oirle, el joven Hassán, vestido tal como estaba, y sin llevar nada consigo, salió apresuradamente, después de echarse la orla de su túnica por encima de la cabeza para que no lo conociesen. Y siguió caminando hasta que se vió fuera de la ciudad.
Al saber los habitantes de Bassra que se había intentado prender á Hassán Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin, y la confiscación de sus bienes y su probable sentencia de muerte, se afligieron en extremo y exclamaron: «¡Qué lástima de hermosura y de joven tan agradable!» Y Hassán, al recorrer las calles sin que le conociesen, oía estos lamentos y exclamaciones. Pero aún se apresuró más, y siguió andando, hasta que la suerte y el destino hicieron que precisamente pasase por el cementerio donde estaba la _tourbeh_[5] de su padre. Entonces entró en el cementerio, y caminando por entre las tumbas llegó á la _tourbeh_ de su padre. Y se quitó la ropa que le cubría la cabeza, entró bajo la cúpula de la tourbeh, y resolvió pasar allí la noche.
Pero mientras permanecía sentado y sumido en sus pensamientos, vió que se le acercaba un judío de Bassra, mercader conocidísimo en la ciudad. Este mercader judío regresaba de un pueblo cercano, encaminándose á Bassra. Y al pasar cerca de la _tourbeh_ de Nureddin, miró hacia el interior, y vió al joven Hassán Badreddin, á quien conoció en seguida. Entonces entró, se acercó á él respetuosamente y le dijo: «¡Oh mi señor! ¡qué mal semblante tienes y qué desmejorado estás, siendo tan hermoso! ¿Te ha ocurrido alguna nueva desgracia además del fallecimiento de tu padre el visir Nureddin, á quien respeté, y que tanto me quería y estimaba? ¡Téngale Alah en Su misericordia!» Pero Hassán Badreddin no quiso revelarle el verdadero motivo de su trastorno, y le contestó: «Esta tarde, mientras estaba durmiendo, se me presentó mi difunto padre, y me ha reconvenido porque no visitaba su _tourbeh_. De pronto me desperté, lleno de terror y remordimiento, y me vine aquí en seguida. Y aún estoy bajo aquella impresión tan penosa.»
Entonces el judío le dijo: «¡Oh mi señor! Hace tiempo que pensaba ir en tu busca para hablarte de un asunto, y ahora me favorece la casualidad, puesto que te encuentro. Sabe, pues, ¡oh mi joven señor! que tu padre el visir, con quien estaba yo en relaciones mercantiles, había fletado naves que ahora vuelven cargadas de mercancías. Estas naves vienen consignadas á él. Si quisieras cederme su carga, te ofrecería mil dinares por cada una, y te pagaría al contado.»
Y el judío sacó de su bolsillo un monedero lleno de oro, contó mil dinares, y se los ofreció en seguida á Hassán, que no dejó de aceptar este ofrecimiento, ordenado por Alah para sacarlo del apuro en que se hallaba. Y el judío añadió: «Ahora, ¡oh mi señor! ponme el recibo, provisto de tu sello.» Y Hassán Badreddin cogió el papel que le alargaba el judío, así como el cálamo, mojó éste en el tintero de cobre, y escribió en el papel:
«Declaro que quien ha escrito este papel es Hassán Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin (¡Alah lo haya acogido en su misericordia!), y que ha vendido al judío N., hijo de N., mercader de Bassra, el cargamento de la primera nave que llegue á la ciudad de Bassra y forme parte de las pertenecientes á mi padre Nureddin. Y vendo esto por mil dinares, y nada más.» Luego puso su sello en la parte inferior de la hoja, y se la entregó al judío, que lo saludó respetuosamente y se fué.
Entonces Hassán rompió á llorar, pensando en su padre, en su posición pasada y en su suerte presente; pero como ya se había hecho de noche, le venció el sueño y se quedó dormido en la _tourbeh_. Y así siguió hasta que salió la luna, y como en aquel momento se le había escurrido la cabeza de encima de la piedra de la _tourbeh_, hubo de dar una vuelta completa, echándose de espaldas, y la luna iluminó por completo su rostro, que resplandecía con toda su belleza.
Aquel cementerio era frecuentado por efrits de la buena especie, efrits musulmanes y creyentes. Y por casualidad, aquella noche, una encantadora efrita volaba por allí, tomando el fresco, y vió á la luz de la luna al joven Hassán que estaba durmiendo, y observó su belleza y sus hermosas proporciones, y quedándose maravillada, dijo: «¡Gloria á Alah! ¡Oh, qué hermoso joven! ¡Cómo me enamoran sus hermosos ojos, que me figuro muy negros y de una blancura...!» Pero después pensó: «Mientras se despierta, voy á seguir mi paseo por los aires.» Y echó á volar, subió muy arriba buscando el fresco, y se encontró en lo más alto con uno de sus compañeros, un efrit también musulmán. Le saludó muy gentilmente y él le devolvió el saludo con mucha deferencia. Entonces ella le preguntó: «¿De dónde vienes, compañero?» Y él le contestó: «Del Cairo.» Y la efrita volvió á preguntar: «¿Les va bien á los buenos creyentes del Cairo?» Y el efrit contestó: «Gracias á Alah, les va bien.» Entonces la efrita le dijo: «Compañero, ¿quieres venir conmigo para admirar la hermosura de un joven que está durmiendo en el cementerio de Bassra?» Y el efrit dijo: «Estoy á tus órdenes.» Entonces se cogieron de la mano, descendieron juntos al cementerio, y se pararon delante de Hassán, dormido. Y la efrita dijo al efrit, guiñándole el ojo: «¿Eh? ¿Tenía yo razón?» Y el efrit, asombrado por la maravillosa hermosura de Hassán Badreddin, exclamó: «¡Por Alah! ¡No he visto cosa parecida! ¡Ha sido creado para poner en combustión todas las vulvas!» Después reflexionó un momento, y dijo: «Sin embargo, hermana mía, he de decirte que he visto á otra persona que puede compararse con este joven tan hermoso.» Y la efrita exclamó: «¡No es posible!» Y dijo el efrit: «¡Por Alah, que la he visto. Ha sido bajo el clima de Egipto, en El Cairo, y es la hija del visir Chamseddin.» La efrita dijo: «Pues no la conozco.» Y el efrit le replicó: «Escucha. He aquí la historia de esa joven:
«Su padre, el visir Chamseddin, ha caído en desgracia por causa de ella. Habiendo oído el sultán de Egipto hablar á sus mujeres de la belleza extraordinaria de la hija del visir, se la pidió en matrimonio á su padre. Pero el visir Chamseddin, que había pensado otra cosa para su hija, se vió en una gran confusión, y dijo al sultán: «¡Oh mi señor y soberano! Ten la bondad de permitirme que me excuse, y perdóname por ello. Ya sabes la historia de mi pobre hermano Nureddin, que era visir conmigo. Ya sabes que desapareció un día, sin que hayamos vuelto á saber de él. Y el motivo de su marcha no pudo ser más leve.» Y contó al sultán detalladamente este motivo. Y después añadió: «He jurado ante Alah, el día que nació mi hija, que, ocurriera lo que ocurriera, no la casaría mas que con el hijo de mi hermano Nureddin. Y han transcurrido desde entonces diez y ocho años. Pero afortunadamente, he sabido hace pocos días que mi hermano Nureddin se había casado con la hija del visir de Bassra, y que había tenido un hijo. Por lo tanto, mi hija, nacida de mis obras con su madre, está destinada y escriturada á su primo, el hijo de mi hermano Nureddin. En cuanto á ti, ¡oh mi señor y soberano! puedes elegir otra joven. El Egipto está lleno de ellas. ¡Y muchas son bocado de rey!»
Pero el sultán, al oirle, se enfureció mucho, y gritó: «¿Qué has dicho, miserable visir? Te quise honrar descendiendo hasta ti para casarme con tu hija, ¿y aún te atreves á negármela, alegando ese pretexto tan estúpido? ¡Está muy bien! Pero ¡juro por mi cabeza que te obligaré á casarla, á despecho de tu nariz, con el último de mis servidores!» «Y el sultán tenía un palafrenero contrahecho y jorobado, con una joroba delante y otra joroba detrás, y le mandó llamar en seguida y dispuso que se escribiese su contrato de matrimonio con la hija del visir Chamseddin, á pesar de las súplicas del padre. Y ordenó al jorobado que se acostara aquella misma noche con la joven. Además, mandó que la boda se celebrase lujosamente y con música.»
Así los he dejado, ¡oh hermana mía! en el momento en que los esclavos de palacio rodeaban al jorobado y le dirigían bromas egipcias muy graciosas, llevando cada uno en la mano las velas de la boda para acompañar al novio. Y éste tomaba el baño en el hammam, entre las risas y las burlas de los esclavos, que decían: «¡Mejor quisiéramos tener la herramienta pelada de un borrico, que el asqueroso zib de ese jorobeta!» «Y efectivamente, hermana mía, el jorobado es muy feo y repulsivo.» Y el efrit, al recordarle, escupió en el suelo con un gesto de repugnancia. Después dijo: «En cuanto á la joven, es la criatura más bella que he visto en mi vida. Puedo asegurarte que es todavía más hermosa que este mancebo. La llaman Sett El-Hosn[6], y se merece el nombre. Ha quedado llorando amargamente, alejada de su padre, al cual se le ha prohibido asistir á la ceremonia. Y está sola, en medio de los festejos, entre los músicos, danzarinas y cantadoras. Y el repugnante palafrenero no tardará en salir del hammam, y le aguardan para empezar la fiesta.
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 21.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el efrit terminó su relato con estas palabras: «Y no esperan otra cosa sino que el jorobado salga del hammam.» Y la efrita repuso: «Se me figura, ¡oh compañero! que te equivocas al afirmar que Sett El-Hosn es más hermosa que ese joven. No es posible. Es indudablemente el más hermoso de su tiempo.» Pero el efrit respondió: «¡Por Alah, hermana mía! te aseguro que aquella joven es más bella todavía. No tienes mas que venir conmigo, para que á su vista te convenzas. Bien fácil te ha de ser esto. Además, podríamos aprovechar la ocasión para burlar al maldito jorobado aquella maravilla hecha carne. Porque los dos jóvenes son dignos el uno del otro, y tanto se parecen, que diríase que son hermanos, ó primos por lo menos. Y sería una lástima que el jorobado copulase á Sett El-Hosn.»
Entonces contestó la efrita: «Razón tienes, hermano mío. Llevemos en brazos á ese mancebo dormido y juntémoslo con la joven de quien hablas. Así haremos una buena obra, y veremos además cuál es más hermoso de los dos.» Y el efrit dijo: «¡Escucho y obedezco! Tus palabras están llenas de rectitud y de justicia. ¡Vamos, pues!» Y entonces el efrit se echó á cuestas al joven y comenzó á volar, seguido de cerca por la efrita, que le ayudaba para llegar antes, y ambos, de este modo, llegaron cargados al Cairo con toda rapidez. Y allí soltaron al hermoso Hassán, dejándole dormido sobre el banco de una calle próxima al palacio, que rebosaba de gente. Y entonces le despertaron.
Hassán se despertó, y quedó en la más extrema perplejidad al no verse en Bassra, en la _tourbeh_ de su padre. Y miró á la derecha. Y miró á la izquierda. Y no conocía nada de aquello. Pues aquello era una ciudad, pero una ciudad muy distinta á la de Bassra. Tan sorprendido quedó, que abrió la boca para gritar; pero en seguida vió delante de sí á un hombre gigantesco y barbudo, que le guiñó el ojo para indicarle que no gritase. Y Hassán se contuvo. Y aquel hombre, que era el efrit, le presentó una vela encendida, y le mandó que se uniera á las muchas personas que llevaban velas encendidas para acompañar á la boda, y le dijo: «¡Sabe que soy un efrit, pero creyente! Te transporté aquí durante tu sueño. Esta ciudad es El Cairo. Te he traído porque te quiero y deseo favorecerte sin ningún interés, sólo por amor á Alah y por tu hermosura. Toma esta vela encendida, intérnate entre la muchedumbre y marcha con ella hasta ese hammam que allí ves. De él ha de salir una especie de jorobado á quien llevarán triunfalmente. ¡Síguele! Ve siempre á su lado, pues es el novio. Entrarás en el palacio con él, y al llegar á la gran sala de recepciones te colocarás á su derecha, como si fueses de la casa. Y cada vez que veas llegar ante vosotros un músico, una danzarina ó una cantora, métete la mano en el bolsillo, que ya cuidaré yo de que esté siempre lleno de oro, y cógelo á puñados sin vacilación alguna y arrójaselo á todos. Y no temas que se te acabe, que eso es cuenta mía. Obsequia, pues, con puñados de oro á cuantos se te acerquen. Aventúrate y no te detengas ante nada. Confía en Alah que te creó tan hermoso y en mí que te estimo. Además, todo lo que te suceda, te sucederá por la voluntad y el poder del Altísimo.» Y dichas estas palabras, el efrit desapareció.
Entonces Hassán Badreddin de Bassra dijo para sí: «¿Qué querrá decir todo esto? ¿De qué favores me ha hablado este asombroso efrit?» Pero sin perder más tiempo en estas preguntas, echó á andar, encendió su vela en la de un invitado, y llegó al hammam cuando el jorobado había acabado de bañarse y salía á caballo con un traje magnífico.
Hassán Badreddin se internó entonces entre la muchedumbre, dándose tanta maña, que llegó á la cabeza de la comitiva, junto al jorobado. Y entonces brilló en todo su esplendor la maravillosa hermosura de Hassán. Iba vestido con el más suntuoso de sus trajes de Bassra, llevaba un manto de seda tejido con hilo de oro, y en la cabeza un birrete rodeado de un magnífico turbante bordado en oro y plata, puesto á la usanza de Bassra. Y todo ello realzaba su apuesto continente y su hermosura.
Durante la marcha del cortejo, cada vez que una cantora ó una danzarina se separaba del grupo de los músicos y se acercaba á él para llegar frente al jorobado, Hassán Badreddin se echaba mano al bolsillo, y sacándola llena de oro, lo derramaba á puñados á su alrededor, y echaba más en la pandereta de la danzarina ó de la cantora, llenándola de oro, con ademanes de sin igual donosura.
Y por eso todas estas mujeres, lo mismo que la muchedumbre, quedaron asombradas de aquella esplendidez, admirando la belleza y los encantos de Hassán.
La comitiva acabó por llegar al palacio. Entonces los chambelanes detuvieron á la multitud, y sólo dejaron entrar detrás del jorobado á los músicos, las danzarinas y las cantoras.
Pero las cantoras y las danzarinas interpelaron unánimemente á los chambelanes, y les dijeron: «¡Por Alah! Hacéis bien en impedir á esos hombres que entren con nosotras en el harén para presenciar cómo se viste la novia. Pero por nuestra parte, nos negaremos á entrar si no nos acompaña este joven que nos ha colmado de beneficios. Y no hemos de festejar á la novia como no sea en presencia de este joven, amigo nuestro.»
Entonces las mujeres se apoderaron á la fuerza del joven Hassán y lo llevaron con ellas al harén, en medio de la gran sala de fiestas. Y fué el único hombre que estuvo en el harén á despecho de la nariz del jorobado, que no pudo impedirlo. Allí se hallaban reunidas todas las damas de palacio, las esposas de los emires, visires y chambelanes. Y se alineaban en dos filas, sosteniendo cada una en la mano un gran cirio; y todas tenían la cara cubierta con el velillo de seda blanca, á causa de la presencia de aquellos dos hombres. Y Hassán y el jorobado pasaron por entre las dos hileras y fueron á sentarse en una tarima alta, teniendo que atravesar las dos filas de mujeres, que se prolongaban desde la sala de festejos hasta la cámara nupcial, de donde había de salir la novia para la boda.
Al ver á Hassán Badreddin y advertir su hermosura, sus encantos y su rostro luminoso cual la luna creciente, las mujeres se emocionaron hasta casi quedarse sin aliento y perder la razón. Y ardía cada cual en deseos de abrazar á aquel joven maravilloso, y traerle á su regazo, permaneciendo unidos un año, ó un mes, ó siquiera una hora, solamente el tiempo preciso para que la asaltase una vez y sentirlo dentro de ella.
Y en un momento dado, todas estas mujeres, no pudiendo resistir por más tiempo, se descubrieron el rostro, levantando el velillo. ¡Y se mostraron sin pudor, olvidando la presencia del jorobado! Y todas se acercaron á Hassán Badreddin para admirarle más de cerca y decirle palabras de amor, ó siquiera guiñarle un ojo para que pudiese comprender cuánto le deseaban. Y además las danzarinas y las cantoras ponderaban la generosidad de Hassán, alentando á las damas á que le sirviesen lo mejor posible. Y las damas decían: «¡Por Alah! ¡He aquí un hermoso joven! ¡Éste sí que puede dormir con Sett El-Hosn! ¡Nacieron el uno para el otro! ¡Confunda, pues, Alah á ese maldito jorobado!»
Y mientras las damas seguían alabando á Hassán y lanzando imprecaciones contra el jorobado, las tañedoras de instrumentos rompieron á tocar, se abrió la puerta de la cámara nupcial y la novia Sett El-Hosn entró en la sala de festejos rodeada de eunucos y doncellas.