El libro de las mil noches y una noche; t. 2

Part 13

Chapter 134,040 wordsPublic domain

Pero un día que mi hermano Bacbuk estaba cosiendo, sentado en su tienda, teniendo debajo de él al molinero y al buey del molinero, y encima al enriquecido propietario, he aquí que mi hermano Bacbuk levantó de pronto la cabeza, y vió asomada en una de las ventanas altas á una hermosa mujer como la luna saliente, que se distraía mirando á los transeuntes. Y esta mujer era la esposa del propietario de la casa.

Al verla mi hermano Bacbuk, sintió que su corazón se prendaba apasionadamente de ella, y le fué imposible coser ni hacer otra cosa que mirar á la ventana. Y se pasó todo el día como aturdido y en contemplación hasta por la noche. Y al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en su sitio de costumbre, y mientras cosía, muy poco á poco, levantaba á cada momento la cabeza para mirar á la ventana. Y á cada puntada que daba con la aguja se pinchaba los dedos, pues tenía los ojos en la ventana constantemente. Y así estuvo varios días, durante los cuales apenas si trabajó ni su labor valió más de un dracma.

En cuanto á la joven, comprendió en seguida los sentimientos de mi hermano Bacbuk. Y se propuso sacarles todo el partido posible y divertirse á su costa. Y un día que estaba mi hermano más entontecido que de costumbre, la joven le dirigió una mirada asesina, que se clavó inmediatamente en el corazón de Bacbuk. Y Bacbuk miró en seguida á la joven, pero de un modo tan ridículo, que ella se quitó de la ventana para reírse á su gusto, y fué tal su explosión de risa, que se cayó de trasero sobre el piso. Pero el infeliz Bacbuk llegó al límite de la alegría pensando que la joven le había mirado cariñosamente.

Así es que al día siguiente no se asombró, ni con mucho, mi hermano Bacbuk cuando vió entrar en su tienda al propietario de la casa, que llevaba debajo del brazo una hermosa pieza de hilo envuelta en un pañuelo de seda, y le dijo: «Te traigo esta pieza de tela para que me cortes unas camisas.» Entonces Bacbuk no dudó que aquel hombre estaba allí enviado por su mujer, y contestó: «¡Sobre mis ojos y sobre mi cabeza! Esta misma noche estarán acabadas tus camisas.» Y efectivamente, mi hermano se puso á trabajar con tal ahinco, privándose hasta de comer, que por la noche, cuando llegó el propietario de la casa, ya tenía las veinte camisas cortadas, cosidas y empaquetadas en el pañuelo de seda. Y el propietario de la casa le preguntó: «¿Qué te debo?» Pero precisamente en aquel instante se presentó furtivamente en la ventana la joven, y dirigió una mirada á Bacbuk, haciéndole una seña con los ojos, como indicándole que no aceptase nada. Y mi hermano no quiso cobrarle nada al propietario de la casa, por más que en aquella ocasión estuviese muy apurado y cualquier dinero habría sido para él una gran ayuda. Pero se consideró dichoso con trabajar para el marido y favorecerle por amor á la linda cara de la mujer.

Y al día siguiente al amanecer se presentó el propietario de la casa con otra pieza de tela debajo del brazo, y le dijo á mi hermano Bacbuk: «He aquí que acaban de advertirme en mi casa que necesito también calzoncillos nuevos para ponérmelos con las camisas nuevas. Y te traigo esta otra pieza de tela para que me hagas calzoncillos. Pero que sean muy anchos. Y no escatimes para nada los pliegues ni la tela.» Mi hermano contestó: «Escucho y obedezco.» Y se estuvo tres días completos cose que te cose, sin tomar otro alimento que el estrictamente necesario, pues no quería perder tiempo, y además no tenía ni un dracma para comprar comida.

Y cuando hubo terminado los calzoncillos, los envolvió en el pañuelo, y muy contento, fué á llevárselos él mismo al propietario de la casa.

No es necesario decir, ¡oh Emir de los Creyentes! que la joven se había puesto de acuerdo con su marido para burlarse del infeliz de mi hermano y hacerle las más sorprendentes jugarretas. Porque cuando mi hermano le presentó los calzoncillos al propietario de la casa, éste hizo como que iba á pagarle, pero inmediatamente apareció en la puerta la linda cara de la mujer, sonriéndole con los ojos y haciéndole señas con las cejas para que no cobrase. Y Bacbuk se negó en redondo á recibir nada del marido. Entonces el marido se ausentó un instante para hablar con su esposa, que había desaparecido también, y volvió en seguida junto á mi hermano y le dijo: «Para agradecer tus favores, hemos resuelto mi mujer y yo casarte con nuestra esclava blanca, que es muy hermosa y muy gentil, y de tal suerte serás de nuestra casa.» Y Bacbuk se figuró en seguida que era una excelente astucia de la mujer para que él pudiese entrar con libertad en la casa. Y aceptó en el acto. Y al momento mandaron llamar á la esclava, y la casaron con mi hermano Bacbuk.

Pero cuando llegó la noche, quiso acercarse Bacbuk á la esclava blanca, y ésta le dijo: «¡No, no! ¡Esta noche no!» Y por mucho que lo deseara Bacbuk, no pudo darle ni siquiera un beso.

Además, el propietario de la casa había dicho á mi hermano Bacbuk que aquella noche, en lugar de dormir en la tienda, durmiese en el molino que había en el sótano de la casa, á fin de que estuviesen más anchos él y su mujer. Y como la esclava, después de resistirse á la copulación, se subió á casa de su señora, Bacbuk tuvo que acostarse solo. Y al amanecer aún dormía Bacbuk, cuando entró el molinero y dijo en alta voz: «Ya ha descansado bastante este buey. Voy á engancharlo al molino para moler todo ese trigo que se me está amontonando en cantidad considerable.» Y se acercó entonces á mi hermano, fingiendo confundirle con el buey, y le dijo: «¡Vaya, arriba, holgazán, que tengo que engancharte!» Y mi hermano Bacbuk no quiso hablar, tal era su estupidez, y se dejó enganchar al molino. Y el molinero lo ató por la cintura al cilindro del molino, y dándole un gran latigazo, exclamó: «¡Yallah!» Y cuando Bacbuk recibió aquel golpe, no pudo menos de mugir como un buey. Y el molinero siguió dándole grandes latigazos y haciéndole dar vueltas al molino durante mucho tiempo. Y mi hermano mugía absolutamente como un buey, y resoplaba al recibir los estacazos.

Y no tardó en llegar el propietario de la casa, que, al verle en tal estado, dando vueltas y recibiendo golpes, fué en seguida á avisar á su mujer, y ésta envió á la esclava blanca, que desató á mi hermano y le dijo muy compasivamente: «Mi señora acaba de saber el mal trato que te han hecho sufrir, y lo siente muchísimo. Todos lamentamos tus sufrimientos.» Pero el infeliz Bacbuk había recibido tanto palo y estaba tan molido, que no pudo contestar palabra.

Y hallándose en tal estado, se presentó el jeique que había escrito su contrato de matrimonio con la esclava blanca. Y le deseó la paz, y le dijo: «¡Concédate Alah larga vida! ¡Así sea bendito tu matrimonio! Estoy seguro de que acabas de pasar una noche feliz y que has gozado los transportes más dulces y más íntimos, abrazos, besos y copulaciones desde la noche hasta la mañana.» Y mi hermano Bacbuk le contestó: «¡Alah confunda á los embaucadores y á los pérfidos de tu clase, traidor á la milésima potencia! Tú me metiste en todo esto para que diese vueltas al molino en lugar del buey del molinero, y eso hasta la mañana.» Entonces el jeique le invitó á que se lo contase todo, y mi hermano se lo contó. Y entonces el jeique le dijo: «Todo eso está muy claro. No es otra cosa sino que tu estrella no concuadra con la estrella de la joven.» Y Bacbuk le replicó: «¡Ah, maldito! Anda á ver si puedes inventar más perfidias.» Después mi hermano se fué y volvió á meterse en su tienda, con el fin de aguardar algún trabajo que le permitiese ganar el pan, ya que tanto había trabajado sin cobrar.

Y mientras estaba sentado, hete aquí que se presentó la esclava blanca, y le dijo: «Mi ama te quiere muchísimo, y me encarga te diga que acaba de subir á la azotea para tener el gusto de contemplarte desde el tragaluz.» Y efectivamente, mi hermano vió aparecer en el tragaluz á la joven, deshecha en lágrimas, y se lamentaba y decía: «¡Oh querido mío! ¿por qué me pones tan mala cara y estás tan enfadado que ni siquiera me miras? Te juro por tu vida que cuanto te ha pasado en el molino se ha hecho á espaldas mías. En cuanto á esa esclava loca, no quiero que la mires siquiera. En adelante, yo sola seré tuya.» Y mi hermano Bacbuk levantó entonces la cabeza y miró á la joven. Y esto le bastó para olvidar todas las tribulaciones pasadas y para hartar sus ojos contemplando aquella hermosura. Después se puso á hablarle por señas, y ella con él, hasta que Bacbuk se convenció de que todas sus desgracias no le habían pasado á él, sino á otro cualquiera.

Y con la esperanza de ver á la joven, siguió cortando y cosiendo camisas, calzoncillos, ropa interior y ropa exterior, hasta que un día fué á buscarle la esclava blanca, y le dijo: «Mi señora te saluda. Y como mi amo y esposo suyo se marcha esta noche á un banquete que le dan sus amigos, y no volverá hasta por la mañana, te aguardará impaciente mi señora para pasar contigo esta noche entre delicias y lo que sabes.» Y el infeliz Bacbuk estuvo á punto de volverse loco al oir tal noticia.

Porque la astuta casada había combinado un último plan, de acuerdo con su marido, para deshacerse de mi hermano, y verse libres, ella y él, de pagarle toda la ropa que le habían encargado. Y el propietario de la casa había dicho á su mujer: «¿Cómo haríamos que entrase en tu aposento para sorprenderle y llevarle á casa del walí?» Y la mujer contestó: «Déjame obrar á mi gusto, y lo engañaré con tal engaño y lo comprometeré en tal compromiso, que toda la ciudad se ha de burlar de él.»

Y Bacbuk no se figuraba nada de esto, pues desconocía en absoluto todas las astucias y todas las emboscadas de que son capaces las mujeres. Así es que, llegada la noche, fué á buscarle la esclava, y lo llevó á las habitaciones de su señora, que en seguida se levantó, le sonrió, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Dueño mío, qué ansias tenía de verte junto á mí!» Y Bacbuk contestó: «¡Y yo también! ¡Pero démonos prisa, y ante todo, un beso! Y en seguida...» Pero aún no había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta y entró el marido con dos esclavos negros, que se precipitaron sobre mi hermano Bacbuk, lo ataron, le arrojaron al suelo y empezaron por acariciarle la espalda con sus látigos. Después se le echaron á cuestas para llevarle á casa del walí. Y el walí le condenó á que le diesen doscientos azotes, y después le montaran en un camello y le pasearan por todas las calles de Bagdad. Y un pregonero iba gritando: «¡De esta manera se castigará á todo cabalgador que asalte á la mujer del prójimo!»

Pero mientras así paseaban á mi hermano Bacbuk, se enfureció de pronto el camello y empezó á dar grandes corcovos. Y Bacbuk, como no podía valerse, cayó al suelo y se rompió una pierna, quedando cojo desde entonces. Y Bacbuk, con su pata rota, salió de la ciudad. Pero me avisaron de todo ello á tiempo, ¡oh Príncipe de los Creyentes! y corrí detrás de él, y le traje aquí en secreto, he de confesarlo, y me encargué de su curación, de sus gastos y de todas sus necesidades. Y así seguimos.»

Y cuando hube contado esta historia de Bacbuk, ¡oh mis señores! el califa Montasser-Billah se echó á reir á carcajadas, y dijo: «¡Qué bien la contaste! ¡Qué divertido relato!» Y yo repuse: «En verdad que no merezco aún tanta alabanza tuya. Porque entonces, ¿qué dirás cuando hayas oído la historia de cada uno de mis otros hermanos? Pero temo que me tomes por un charlatán indiscreto.» Y el califa contestó: «¡Al contrario, barbero sobrenatural! Apresúrate á contarme lo que ocurrió á tus hermanos, para adornar mis oídos con esas historias que son pendientes de oro, y no temas entrar en pormenores, pues juzgo que tu historia ha de tener tantas delicias como sabor.» Y entonces dije:

«Sabe, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi segundo hermano se llama El-Haddar, porque muge como un camello. Y además está mellado. Como oficio no tiene ninguno, pero en cambio me da muchos disgustos. Juzgad con vuestro entendimiento al oír esta aventura.

Un día que vagaba sin rumbo por las calles de Bagdad, se le acercó una vieja y le dijo en voz baja: «Escucha, ¡oh ser humano! Te voy á hacer una proposición, que puedes aceptar ó rechazar, según te plazca.» Y mi hermano se detuvo, y dijo: «Ya te escucho.» Y la vieja prosiguió: «Pero antes de ofrecerte esa cosa, me has de asegurar que no eres un charlatán indiscreto.» Y mi hermano respondió: «Puedes decir lo que quieras.» Y ella le dijo: «¿Qué te parecería un hermoso palacio, con arroyos y árboles frutales, en el cual corriese el vino en las copas nunca vacías, en donde vieras caras arrebatadoras, besaras mejillas suaves, poseyeras cuerpos flexibles y disfrutaras de otras cosas por el estilo, gozando desde la noche hasta la mañana? Y para disfrutar de todo eso, no necesitarías mas que avenirte á una condición.» Mi hermano El-Haddar replicó á estas palabras de la vieja: «Pero ¡oh señora mía! ¿cómo es que vienes á hacerme precisamente á mí esa proposición, excluyendo á otra cualquiera entre las criaturas de Alah? ¿Qué has encontrado en mí para preferirme?» Y la vieja contestó: «Ya te he dicho que ahorres palabras, que sepas callar, y conducirte en silencio. Sígueme, pues, y no hables más.» Después se alejó precipitadamente. Y mi hermano, con la esperanza de todo lo prometido, echó á andar detrás de ella, hasta que llegaron á un palacio magnífico, en el cual entró la vieja é hizo entrar á mi hermano Haddar. Y mi hermano vió que el interior del palacio era muy bello, pero que era más bello aún lo que encerraba. Porque se encontró en medio de cuatro muchachas como lunas. Y estas jóvenes estaban tendidas sobre riquísimos tapices y entonaban con una voz deliciosa canciones de amor.

Después de las zalemas acostumbradas, una de ellas se levantó, llenó una copa y la bebió. Y mi hermano Haddar le dijo: «Que te sea sano y delicioso y aumente tus fuerzas.» Y se aproximó á la joven, para tomar la copa vacía y ponerse á sus órdenes. Pero ella llenó inmediatamente la copa y se la ofreció. Y Haddar, cogiendo la copa, se puso á beber. Y mientras él bebía, la joven empezó á acariciarle la nuca; pero de pronto le golpeó con tal saña, que mi hermano acabó por enfadarse. Y se levantó para irse, olvidando su promesa de soportarlo todo sin protestar. Y entonces se acercó la vieja y le guiñó el ojo, como diciéndole: «¡No hagas eso! Quédate y aguarda hasta el fin.» Y mi hermano obedeció, y hubo de soportar pacientemente todos los caprichos de la joven. Y las otras tres porfiaron en darle bromas no menos pesadas: una le tiraba de las orejas como para arrancárselas, otra le daba capirotazos en la nariz, y la tercera le pellizcaba con las uñas. Y mi hermano lo tomaba con mucha resignación, porque la vieja le seguía haciendo señas de que callase. Por fin, para premiar su paciencia, se levantó la joven más hermosa y le dijo que se desnudase. Y mi hermano obedeció sin protestar. Y entonces la joven cogió un hisopo, le roció con agua de rosas, y le dijo: «Me gustas mucho, ¡ojo de mi vida! Pero me fastidian las barbas y los bigotes, que pinchan la piel. De modo que, si quieres de mí lo que tú sabes, te has de afeitar la cara.» Y mi hermano contestó: «Pues eso no puede ser, porque sería la mayor vergüenza que me podría ocurrir.» Y ella dijo: «Pues no podré amarte de otro modo. No hay más remedio.» Y entonces mi hermano dejó que la vieja le llevase á una habitación contigua, donde le cortó la barba y se la afeitó, y después los bigotes y las cejas. Y luego le embadurnó la cara con colorete y polvos, y lo condujo á la sala donde estaban las jóvenes. Y al verle les entró tal risa, que doblaron sobre sus posaderas.

Después se le acercó la más hermosa de aquellas jóvenes y le dijo: «¡Oh dueño mío! Tus encantos acaban de conquistar mi alma. Y sólo he de pedirte un favor, y es que así, desnudo como estás y tan lindo, ejecutes delante de nosotras una danza que sea graciosa y sugestiva.» Y como El-Haddar no pareciese muy dispuesto, prosiguió la joven: «Te conjuro por mi vida á que lo hagas. Y después lograrás de mí lo que tú sabes.» Entonces, al son de la darabuka, manejada por la vieja, mi hermano se ató á la cintura un pañuelo de seda y se puso á bailar en medio de la sala.

Pero tales eran sus gestos y sus piruetas, que las jóvenes se desternillaban de risa, y empezaron á tirarle cuanto vieron á mano: los almohadones, las frutas, las bebidas y hasta las botellas. Y la más bella de todas se levantó entonces y fué adoptando toda clase de posturas, mirando á mi hermano con ojos como entornados por el deseo, y después se fué despojando de todas sus ropas, hasta quedarse sólo con la finísima camisa y el amplio calzón de seda. Y El-Haddar, que había interrumpido el baile tan pronto como vió á la joven desnuda, llegó al límite más extremo de la excitación.

Pero entonces se le acercó la vieja y le dijo: «Ahora te toca correr detrás de ella. Porque cuando se excita con la bebida y con la danza, acostumbra á desnudarse por completo, pero no se entrega á ningún amante sin haber examinado su cuerpo desnudo, su zib en erección y su ligereza para correr, juzgándole entonces digno de ella. De modo que la vas á perseguir por todas partes, de habitación en habitación, hasta que la puedas atrapar. Y sólo entonces consentirá que la cabalgues.»

Y mi hermano, al oir aquello, se quitó el cinturón de seda y se dispuso á correr. Y la joven se despojó de la camisa y de lo demás, y apareció toda desnuda, cimbreándose como una palmera nueva. Y echó á correr, riéndose á carcajadas y dando dos vueltas al salón. Y mi hermano la perseguía con su zib erguido.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 31.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió su relato en esta forma:

«Mi hermano Haddar, con su zib erguido, empezó á perseguir á la joven, que, ligera, huía de él y se reía. Y las otras jóvenes y la vieja, al ver correr á aquel hombre con su rostro pintarrajeado, sin barbas, ni bigotes, ni cejas, y erguido su zib hasta no poder más, se morían de risa y palmoteaban y golpeaban el suelo con los pies.

Y la joven, después de dar dos vueltas á la sala, se metió por un pasillo muy largo, y luego cruzó dos habitaciones, una tras otra, siempre perseguida por mi hermano, completamente loco. Y ella, sin dejar de correr, reía con toda su alma, moviendo las caderas.

Pero de pronto desapareció en un recodo, y mi hermano fué á abrir una puerta por la cual creía que había salido la joven, y se encontró en medio de una calle. Y esta calle era la calle en que vivían los curtidores de Bagdad. Y todos los curtidores vieron á El-Haddar afeitado de barbas, sin bigotes, las cejas rapadas y pintado el rostro como una ramera. Y escandalizados, se pusieron á darle correazos, hasta que perdió el conocimiento. Y después le montaron en un burro, poniéndole al revés, de cara al rabo, y le hicieron dar la vuelta á todos los zocos, hasta que lo llevaron al walí, que les preguntó: «¿Quién es ese hombre?» Y ellos contestaron: «Es un desconocido que salió súbitamente de casa del gran visir. Y lo hemos hallado en este estado.» Entonces el walí mandó que le diesen cien latigazos en la planta de los pies, y lo desterró de la ciudad. Y yo ¡oh Emir de los Creyentes! corrí en busca de mi hermano, me lo traje secretamente y le di hospedaje. Y ahora lo sostengo á mi costa. Comprenderás que si yo no fuera un hombre lleno de entereza y de cualidades, no habría podido soportar á semejante necio.

Pero en lo que se refiere á mi tercer hermano, ya es otra cosa, como vas á ver.

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ÍNDICE

Páginas

HISTORIA DEL VISIR NUREDDIN, DE SU HERMANO EL VISIR CHAMSEDDIN Y DE HASSÁN BADREDDIN 9-104

Empieza á mediados de la 19.ª noche y termina á últimos de la 24.ª

HISTORIA DEL JOROBADO, CON EL SASTRE, EL CORREDOR NAZARENO, EL INTENDENTE Y EL MÉDICO JUDÍO; LO QUE DE ELLO RESULTÓ, Y SUS AVENTURAS SUCESIVAMENTE REFERIDAS 105-179

Comienza hacia el fin de la 24.ª noche y termina á últimos de la 32.ª--Comprende:

RELATO DEL CORREDOR NAZARENO 118-145 RELATO DEL INTENDENTE DEL REY DE LA CHINA 146-160 RELATO DEL MÉDICO JUDÍO 160-177 RELATO DEL SASTRE 178-179

la cual comprende:

HISTORIA DEL JOVEN COJO CON EL BARBERO DE BAGDAD 180-210

y las

HISTORIAS DEL BARBERO DE BAGDAD Y DE SUS SEIS HERMANOS 210-229

que son:

_Historia del barbero_ 210-214 _Historia de Bacbuk_ 215-223 _Historia de El-Haddar_ 223-229

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Editorial PROMETEO.--Llorca y C.ª 5.d b.ª Apartado 130, Valencia

OBRAS DE V. BLASCO IBAÑEZ

Director literario de esta Editorial

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