El libro de las mil noches y una noche; t. 2

Part 12

Chapter 124,139 wordsPublic domain

«¡Por Alah, ¡oh hijo de mi vida! no sé á cuál de los dos alabar y bendecir hoy más extremadamente, si á ti ó á tu difunto padre! Porque, en realidad, el festín que voy á dar en mi casa se debe por completo á tu iniciativa generosa y á tus magnánimos donativos. Pero ¿te lo diré? Permíteme que te haga esta confianza. Mis convidados son personas poco dignas de tan suntuoso festín. Son, como yo, gente de diversos oficios, pero resultan deliciosos. Y para que te convenzas, nada mejor que los enumere: en primer lugar, el admirable Zeitún, el que da masaje en el hammam; el alegre y bromista Salih, que vende torrados; Haukal, vendedor de habas cocidas; Hakraschat, verdulero; Hamid, basurero, y finalmente, Hakaresch, vendedor de leche cuajada.

»Todos estos amigos á quienes he invitado no son, ni con mucho, de esos charlatanes, curiosos é indiscretos, sino gente muy festiva, á cuyo lado no puede haber tristeza. El que menos, vale más en mi opinión que el rey más poderoso. Pues sabe que cada uno de ellos tiene fama en toda la ciudad por un baile y una canción diferentes. Y por si te agradase alguna, voy á bailar y cantar cada danza y cada canción.

»Fíjate bien: he aquí la danza de mi amigo Zeitún el del hammam... ¿Qué te ha parecido? Y en cuanto á su canción, es ésta:

_¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en dulzura! ¡La quiero apasionadamente, y ella me ama lo mismo! ¡Y me quiere tanto, que apenas me alejo un instante la veo acudir y echarse en mi cama!_

_¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en dulzura!_

»Pero ¡oh hijo de mi vida!--prosiguió el barbero--he aquí ahora la danza de mi amigo el basurero Hamid. ¡Observa cuán sugestiva es, cuánta es su alegría y cuánta es su ciencia!... Y escucha la canción:

_¡Mi mujer es avara, y si la hiciese caso me moriría de hambre!_

_¡Mi mujer es fea, y si la hiciese caso estaría siempre encerrado en mi casa!_

_¡Mi mujer esconde el pan en la alacena! ¡Pero si no como pan y sigue siendo tan fea que haría correr á un negro de narices aplastadas, tendré que acabar por castrarme!_

Después, el barbero, sin darme tiempo ni para hacer una seña de protesta, imitó todas las danzas de sus amigos y entonó todas sus canciones. Y luego me dijo: «Eso es lo que saben hacer mis amigos. De modo que si quieres reirte de veras, he de aconsejarte, por interés tuyo y placer para todos, que vengas á mi casa, para estar en nuestra compañía, y dejes á esos amigos á quienes me has dicho que tenías intención de ver. Porque observo aún en tu cara huellas de fatiga, y además de esto, como acabas de salir de una enfermedad, convendría que te precavieses, pues es muy posible que haya entre esos amigos alguna persona indiscreta, de esas aficionadas á la palabrería, ó cualquier charlatán sempiterno, curioso é importuno, que te haga recaer en tu enfermedad de modo más grave que la primera vez.»

Entonces dije: «Hoy no me es posible aceptar tu invitación; otro día será.» Y él contestó: «Lo más ventajoso para ti es que apresures el momento de venir á mi casa, para que disfrutes de toda la urbanidad de mis amigos y te aproveches de sus admirables cualidades. Así, obrarás según dice el poeta:

_¡Amigo, no difieras nunca el aprovecharte del goce que se te ofrece! ¡No dejes nunca para otro día la voluptuosidad que pasa! ¡Porque la voluptuosidad no pasa todos los días, ni el goce ofrece diariamente sus labios á tus labios! ¡Sabe que la fortuna es mujer, y como la mujer, mudable!»_

Entonces, con tanta arenga y tanta habladuría, hube de echarme á reir, pero con el corazón lleno de rabia. Y después dije al barbero: «Ahora te mando que acabes de afeitarme y me dejes ir por el camino de Alah, bajo su santa protección, y por tu parte, ve á buscar á tus amigos, que á estas horas te estarán aguardando.» Y el barbero repuso: «Pero ¿por qué te niegas? Realmente, no es que te pida una gran cosa. Fíjate bien: que vengas á conocer á mis amigos, que son unos compañeros deliciosos y que nada tienen de indiscretos ni de importunos. Y aún podría decirte que, en cuanto los veas una vez nada más, no querrás tener trato con otros, y abandonarás para siempre á tus actuales amigos.» Y yo dije: «¡Aumente Alah la satisfacción que su amistad te causa! Algún día los convidaré á un banquete que daré para ellos.»

Entonces ese maldito barbero me dijo: «Ya veo que de todos modos prefieres el festín de tus amigos y su compañía á la compañía de los míos; pero te ruego que tengas un poco de paciencia y que aguardes á que lleve á mi casa estas provisiones que debo á tu generosidad. Las pondré en el mantel, delante de mis convidados, y como mis amigos no cometerán la majadería de molestarse si los dejo solos para que honren mi mesa, les diré que por hoy no cuenten conmigo ni aguarden mi regreso. Y en seguida vendré á buscarte, para ir contigo adonde quieras ir.» Entonces exclamé: «¡Oh! ¡Sólo hay fuerzas y recursos en Alah Altísimo y Omnipotente! Pero tú ¡oh ser humano! vete á buscar á tus amigos, diviértete con ellos cuanto quieras, y déjame marchar en busca de los míos, que á esta hora precisamente esperan mi llegada.» Y el barbero dijo: «¡Eso nunca! De ningún modo consentiré en dejarte solo.» Y yo, haciendo mil esfuerzos para no insultarle, le dije: «Sabe, en fin, que al sitio donde voy no puedo ir mas que solo.» Y él dijo: «¡Entonces ya comprendo! Es que tienes cita con una mujer, pues si no, me llevarías contigo. Y sin embargo, sabe que no hay en el mundo quien merezca ese honor como yo, y sabe además que podría ayudarte mucho en cuanto quisieras hacer. Pero ahora se me ocurre que acaso esa mujer sea una forastera embaucadora. Y si es así, ¡desdichado de ti si vas solo! ¡Allí perderás el alma seguramente! Porque esta ciudad de Bagdad no se presta á esa clase de citas. ¡Oh, nada de eso! Sobre todo, desde que tenemos este nuevo gobernador, cuya severidad es tremenda para estas cosas. Y dicen que no tiene zib ni compañones, y por odio y por envidia castiga con tal crueldad esa clase de aventuras.»

Entonces, no pudiendo reprimirme, exclamé violentamente: «¡Oh tú el más maldito de los verdugos! ¿Vas á acabar de una vez con esa infame manía de hablar?» Y el barbero consintió en callar un momento, cogió de nuevo la navaja, y por fin acabó de afeitarme la cabeza. Y á todo esto, ya hacía rato que había llegado la hora de la plegaria. Y para que el barbero se marchase, le dije: «Ve á casa de tus amigos á llevarles esos manjares y bebidas, que yo te prometo aguardar tu vuelta para que puedas acompañarme á esa cita.» E insistí mucho, á fin de convencerle. Y entonces me dijo: «Ya veo que quieres engañarme para deshacerte de mí y marcharte solo. Pero sabe que te atraerás una serie de calamidades de las que no podrás salir ni librarte. Te conjuro, pues, por interés tuyo, á que no te vayas hasta que yo vuelva, para acompañarte y saber en qué para tu aventura.» Yo le dije: «Sí, pero ¡por Alah! no tardes mucho en volver.»

Entonces el barbero me rogó que le ayudara á echarse á cuestas todo lo que le había regalado, y á ponerse encima de la cabeza las dos grandes bandejas de dulces, y salió cargado de este modo. Pero apenas se vió fuera el maldito, cuando llamó á dos ganapanes, les entregó la carga, les mandó que la llevasen á su casa, y se emboscó en una calleja, acechando mi salida.

En cuanto á mí, apenas desapareció el barbero, me lavé lo más de prisa posible, me puse la mejor ropa, y salí de mi casa. E inmediatamente oí la voz de los muezines, que llamaban á los creyentes á la oración aquel santo día de viernes:

_¡Bismillahi'rramani'rrahim! ¡En nombre de Alah, el Clemente sin límites, el Misericordioso!_

_¡Loor á Alah, Señor de los hombres, Clemente y Misericordioso!_

_¡Supremo soberano, Arbitro absoluto el día de la Retribución!_

_¡A ti adoramos, tu socorro imploramos!_

_¡Dirígenos por el camino recto,_

_Por el camino de aquellos á quienes colmaste de beneficios,_

_Y no por el camino de aquellos que incurrieron en tu cólera, ni de los que se han extraviado!_

Al verme fuera de casa, me dirigí apresuradamente á la de la joven. Y cuando llegué á la puerta del kadí, instintivamente volví la cabeza y vi al maldito barbero á la entrada del callejón. Pero como la puerta estaba entornada, esperando que yo llegase, me precipité dentro y la cerré en seguida. Y vi en el patio á la vieja, que me guió al piso alto, donde estaba la joven.

Pero apenas había entrado, oímos gente que venía por la calle. Era el kadí, que, con su séquito, volvía de la oración. Y vi en la esquina al barbero, que seguía aguardándome. En cuanto al kadí, me tranquilizó la joven, diciéndome que la visitaba pocas veces, y que además siempre se encontraría medio de ocultarme.

Pero, por mi desgracia, había dispuesto Alah que ocurriera un incidente, cuyas consecuencias hubieron de serme fatales. Se dió la coincidencia de que precisamente aquel día una de las esclavas del kadí hubiese merecido un castigo. Y el kadí, en cuanto entró, se puso á apalearla, y debía pegarle muy recio, porque la esclava empezó á dar alaridos. Y entonces uno de los negros de la casa intercedió por ella; pero, enfurecido el kadí, le dió también de palos, y el negro empezó á gritar. Y se armó tal tumulto, que alborotó toda la calle, y el maldito barbero creyó que me habían sorprendido y que era yo quien chillaba. Entonces comenzó á lamentarse, y se desgarró la ropa, se cubrió de polvo la cabeza y pedía socorro á los transeuntes que empezaban á reunirse á su alrededor. Y llorando decía: «¡Acaban de asesinar á mi amo en la casa del kadí!» Después, siempre chillando, corrió á mi casa seguido de la multitud, y avisó á mis criados, que en seguida se armaron de garrotes y corrieron hacia la casa del kadí, vociferando y alentándose mutuamente. Y llegaron todos, con el barbero á la cabeza. Y el barbero seguía destrozándose la ropa y gritando á voz en cuello delante de la puerta del kadí, junto adonde yo estaba.

Y cuando el kadí oyó este tumulto, miró por una ventana y vió á todos aquellos energúmenos que golpeaban su puerta con los palos. Entonces, juzgando que la cosa era bastante grave, bajó, abrió la puerta y preguntó: «¿Qué pasa, buena gente?» Y mis criados le dijeron: «¿Eres tú quien ha matado á nuestro amo?» Y él repuso: «¿Pero quién es vuestro amo, y qué ha hecho para que yo le mate?...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 30.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el kadí, sorprendido, repuso: «¿Qué ha hecho vuestro amo para que yo le mate? ¿Y por qué está entre vosotros ese barbero que chilla y se revuelve como un asno?» Entonces el barbero exclamó: «Tú eres quien ha matado á palos á mi amo, pues yo estaba en la calle y oí sus gritos.» Y el kadí contestó: «¿Pero quién es tu amo? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién lo ha traído aquí?» Y el barbero dijo: «Malhadado kadí, no te hagas el tonto, pues sé toda la historia, la entrada de mi amo en tu casa y todos los demás pormenores. Sé, y ahora quiero que todo el mundo lo sepa, que tu hija está prendada de mi amo, y mi amo la corresponde. Y le he acompañado hasta aquí. Y tú lo has sorprendido en la cama con tu hija, y lo has matado á palos, sin ayuda de tu servidumbre. Y yo te voy á obligar ahora mismo á que vengas conmigo al palacio de nuestro único juez, el califa, como no prefieras devolvernos inmediatamente á nuestro amo, indemnizarle de los malos tratos que le has hecho sufrir y entregárnoslo sano y salvo, á mí y á sus parientes. Si no, me obligarás á entrar á viva fuerza en tu casa para libertarlo. Apresúrate, pues, á entregárnoslo.»

Al oir estas palabras, el kadí quedó cortado y lleno de confusión y de vergüenza ante toda aquella gente que estaba escuchando. Pero de todos modos, volviéndose hacia el barbero, le dijo: «Si no eres un embaucador, te autorizo para que entres en mi casa y busques á tu amo por donde quieras, y lo libertes.» Entonces el barbero se precipitó dentro de la casa.

Y yo, que asistía á todo esto detrás de una celosía, cuando vi que el barbero había entrado en la casa, quise huir inmediatamente. Pero por más que buscaba escaparme, no hallé ninguna salida que no pudiese ser vista por la gente de la casa ó no la pudiese utilizar el barbero. Sin embargo, en una de las habitaciones encontré un cofre enorme que estaba vacío, y me apresuré á esconderme en él, dejando caer la tapa. Y allí me quedé bien quieto, conteniendo la respiración.

Pero el barbero, después de rebuscar por toda la casa, entró en aquel cuarto, y debió mirar á derecha é izquierda y ver el cofre. Entonces, el maldito comprendió que yo estaba dentro, y sin decir nada, lo cogió, se lo cargó á hombros y buscó á escape la salida, mientras que yo me moría de miedo. Pero dispuso la fatalidad que el populacho se empeñase en ver lo que había en el cofre, y de pronto levantaron la tapa. Y yo, no pudiendo soportar aquella vergüenza, me levanté súbitamente y me tiré al suelo, pero con tal precipitación, que me rompí una pierna, y desde entonces estoy cojo. Y luego sólo pensé en escapar y esconderme, y como me vi entre una muchedumbre tan extraordinaria, me puse á echar puñados de monedas, y mientras se detuvieron á recoger el oro, me escurrí y escapé lo más aprisa que pude. Y así recorrí las calles más oscuras y más apartadas. Pero juzgad cuál sería mi temor cuando de pronto vi al barbero detrás de mí. Y decía á gritos: «¡Oh buenas gentes! ¡Gracias á Alah que he encontrado á mi amo!» Después, sin dejar de correr detrás de mí, me dijo: «¡Oh mi señor! Ya ves ahora cuán mal hiciste en obrar con impaciencia y sin atender á mis consejos, porque, según has podido comprobar, no eres hombre de muchas luces, pues eres muy arrebatado y hasta algo simple. Pero señor, ¿adónde corres así? ¡Aguárdame!» Y yo, que no sabía ya cómo deshacerme de aquella calamidad á no ser por la muerte, me paré y le dije: «¡Oh barbero! ¿No te basta con haberme puesto en el estado en que me ves? ¿Quieres, pues, mi muerte?»

Pero al acabar de hablar vi abierta delante de mí la tienda de un mercader amigo mío. Me precipité dentro y supliqué al mercader que le impidiera entrar detrás de mí á ese maldito. Y pudo lograrlo con la amenaza de un garrote enorme y echándole miradas terribles. Pero el barbero no se fué sin maldecir al mercader y también al padre y al abuelo del mercader, vomitando insultos, injurias y maldiciones tanto contra mí como contra el mercader. Y yo di gracias al Recompensador por aquella liberación que no esperaba nunca.

El mercader me interrogó entonces, y le conté mi historia con este barbero, y le rogué que me dejara en su tienda hasta mi curación, pues no quería volver á mi casa por miedo á que me persiguiese otra vez ese barbero de betún.

Pero por la gracia de Alah, mi pierna acabó de curarse. Entonces cogí todo el dinero que me quedaba, mandé llamar testigos y escribí un testamento, en virtud del cual legaba á mis parientes el resto de mi fortuna, mis bienes y mis propiedades después de mi muerte, y elegí á una persona de confianza para que administrase todo aquello, encargándole que tratase bien á todos los míos, grandes y pequeños. Y para perder de vista definitivamente á este barbero maldito, decidí salir de Bagdad y marcharme á cualquiera otra parte, donde no corriese el riesgo de encontrarme cara á cara con mi enemigo.

Salí, pues, de Bagdad, y no dejé de viajar día y noche hasta que llegué á este país, donde creía haberme librado de mi perseguidor. Pero ya veis que todo fué trabajo perdido, ¡oh mis señores! pues me lo acabo de encontrar entre vosotros, en este banquete á que me habéis invitado.

Por eso os explicaréis que no pueda tener tranquilidad mientras no huya de este país, como del otro, ¡y todo por culpa de ese malvado, de esa calamidad con cara de piojo, de ese barbero asesino, á quien Alah confunda, á él, á su familia y á toda su descendencia!»

Cuando aquel joven--prosiguió el sastre, hablando al rey de la China--acabó de pronunciar estas palabras, se levantó con el rostro muy pálido, nos deseó la paz, y salió sin que nadie pudiera impedírselo.

En cuanto á nosotros, una vez que oímos esta historia tan sorprendente, miramos al barbero, que estaba callado y con los ojos bajos, y le dijimos: «¿Es verdad lo que ha contado ese joven? Y en tal caso, ¿por qué procediste de ese modo, causándole tanta desgracia?» Entonces el barbero levantó la frente, y nos dijo: «¡Por Alah! Bien sabía yo lo que me hacía al obrar así, y lo hice para ahorrarle mayores calamidades. Pues á no ser por mí, estaba perdido sin remedio. Y tiene que dar gracias á Alah y dármelas á mí por no haber perdido mas que una pierna en vez de perderse por completo. En cuanto á vosotros, ¡oh mis señores! para probaros que no soy ningún charlatán, ni un indiscreto, ni en nada semejante á ninguno de mis seis hermanos, y para demostraros también que soy un hombre listo y de buen criterio, y sobre todo muy callado, os voy á contar mi historia, y juzgaréis.»

Después de estas palabras, todos nosotros--continuó el sastre--nos dispusimos á escuchar en silencio aquella historia, que juzgábamos había de ser extraordinaria.»

HISTORIA DEL BARBERO

El barbero dijo:

«Sabed, pues, ¡oh mis señores! que yo viví en Bagdad durante el reinado del Emir de los Creyentes El-Montasser Billah[19]. Y bajo su gobierno vivíamos, porque amaba á los pobres y á los humildes, y gustaba de la compañía de los sabios y los poetas.

Pero un día entre los días, el califa tuvo motivos de queja contra diez individuos que habitaban no lejos de la ciudad, y mandó al gobernador-lugarteniente que trajese entre sus manos á estos diez individuos. Y quiso el Destino que precisamente cuando les hacían atravesar el Tigris en una barca, estuviese yo en la orilla del río. Y vi á aquellos hombres en la barca, y dije para mí: «Seguramente esos hombres se han dado cita en esa barca para pasarse en diversiones todo el día, comiendo y bebiendo. Así es que necesariamente me tengo que convidar para tomar parte en el festín.»

Me aproximé á la orilla, y sin decir palabra, que por algo soy el Silencioso, salté á la barca y me mezclé con todos ellos. Pero de pronto vi llegar á los guardias del walí, que se apodéraron de todos, les echaron á cada uno una argolla al cuello y cadenas á las manos, y acabaron por cogerme á mí también y ponerme asimismo la argolla al cuello y las cadenas á las manos. Y yo no dije palabra, lo cual os demostrará ¡oh mis señores! mi firmeza de carácter y mi poca locuacidad. Me aguanté, pues, sin protestar, y me vi llevado con los diez individuos á la presencia del Emir de los Creyentes, el califa Montasser Billah.

Y en cuanto nos vió, el califa llamó al portaalfanje, y le dijo: «¡Corta inmediatamente la cabeza á esos diez malvados!» Y el verdugo nos puso en fila en el patio, á la vista del califa, y empuñando el alfanje, hirió la primera cabeza y la hizo saltar, y la segunda, y la tercera, hasta la décima. Pero cuando llegó á mi, el número de cabezas cortadas era precisamente el de diez, y no tenía orden de cortar ni una más. Se detuvo, por tanto, y dijo al califa que sus órdenes estaban ya cumplidas. Pero entonces volvió la cara el califa, y viéndome todavía en pie, exclamó: «¡Oh mi portaalfanje! ¡Te he mandado cortar la cabeza á los diez malvados! ¿Cómo es que perdonaste al décimo?» Y el portaalfanje repuso: «¡Por la gracia de Alah sobre ti y por la tuya sobre nosotros! He cortado diez cabezas.» Y el califa dijo: «Vamos á ver; cuéntalas delante de mi.» Las contó, y efectivamente, resultaron diez cabezas. Y entonces el califa me miró y me dijo: «¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces ahí entre esos bandidos, derramadores de sangre?» Entonces, ¡oh mis señores! y sólo entonces, al ser interrogado por el Emir de los Creyentes, me resolví á hablar. Y dije: «¡Oh Emir de los Creyentes! Soy el jeique á quien llaman El-Samed, á causa de mi poca locuacidad. En punto á prudencia, tengo un buen acopio en mi persona, y en cuanto á la rectitud de mi juicio, la gravedad de mis palabras, lo excelente de mi razón, lo agudo de mi inteligencia y mi ninguna verbosidad, nada he de decirte, pues tales cualidades son en mí infinitas. Mi oficio es el de afeitar cabezas y barbas, escarificar piernas y pantorrillas y aplicar ventosas y sanguijuelas. Y soy uno de los siete hijos de mi padre, y mis seis hermanos están vivos.

»Pero he aquí la aventura. Esta misma mañana me paseaba yo á lo largo del Tigris, cuando vi á esos diez individuos que saltaban á una barca, y me junté con ellos, y con ellos me embarqué, creyendo que estaban convidados á algún banquete en el río. Pero he aquí que, apenas llegamos á la otra orilla, adiviné que me encontraba entre criminales, y me di cuenta de esto al ver á tus guardias que se nos echaban encima y nos ponían la argolla al cuello. Y aunque nada tenía yo que ver con esa gente, no quise hablar ni una palabra ni protestar de ningún modo, obligándome á ello mi excesiva firmeza de carácter y mi ninguna locuacidad. Y mezclado con estos hombres fui conducido entre tus manos, ¡oh Emir de los Creyentes! Y mandaste que cortasen la cabeza á esos diez bandidos, y fuí el único que quedó entre las manos de tu portaalfanje, y á pesar de todo, no dije tan siquiera ni una palabra. Creo, pues, que esto es una buena prueba de valor y de firmeza muy considerable. Y además, el solo hecho de unirme con esos diez desconocidos es por sí mismo la mayor demostración de valentía que yo sepa. Pero no te asombre mi acción, ¡oh Emir de los Creyentes! pues toda mi vida he procedido del mismo modo, queriendo favorecer á los extraños.»

Cuando el califa oyó mis palabras, y advirtió en ellas que en mí era nativo el valor y la virilidad, y mi amor al silencio y á la compostura, y mi odio á la indiscreción y á la impertinencia, á pesar de lo que diga ese joven cojo que estaba ahí hace un momento, y á quien salvé de toda clase de calamidades, el Emir dijo: «¡Oh venerable jeique, barbero espiritual é ingenio lleno de gravedad y de sabiduría! Dime: ¿y tus seis hermanos son como tú? ¿Te igualan en prudencia, talento y discreción?» Y yo respondí: «¡Alah me libre de ellos! ¡Cuán poco se asemejan á mí, oh Emir de los Creyentes! ¡Acabas de afligirme con tu censura al compararme con esos seis locos que nada tienen de común conmigo, ni de cerca ni de lejos! Pues por su verbosidad impertinente, por su indiscreción y por su cobardía, se han buscado mil disgustos, y cada uno tiene una deformidad física, mientras que yo estoy sano y completo de cuerpo y espíritu. Porque, efectivamente, el mayor de mis hermanos es cojo; el segundo, tuerto; el tercero, mellado; el cuarto, ciego; el quinto, no tiene narices ni orejas, porque se las cortaron, y al sexto le han rajado los labios.

Pero ¡oh Emir de los Creyentes! no creas que exagero con esto mis cualidades, ni aumento los defectos de mis hermanos. Pues si te contase su historia, verías cuan diferente soy de todos ellos. Y como su historia es infinitamente interesante y sabrosa, te la voy á contar sin más dilaciones.

Así, sabe, ¡oh Emir de los Creyentes! que el mayor de mis hermanos, el que se quedó cojo, se llama El-Bacbuk, porque cuando se pone á charlar, parece oirse el ruido que hace un cántaro al vaciarse. Su oficio ha sido el de sastre en Bagdad.

Ejercía su oficio de sastre en una tiendecilla cuyo propietario era un hombre cuajado de dinero y de riquezas. Este hombre habitaba en lo alto de la misma casa en que estaba situada la tienda de mi hermano Bacbuk. Y además, en el subterráneo de la casa había un molino, donde vivía un molinero y el buey del molinero.