El libro de las mil noches y una noche; t. 2

Part 11

Chapter 114,217 wordsPublic domain

Y cuando estaba sentado se abrió frente á mí una celosía, y apareció en ella una joven con una regadera en la mano, y se puso á regar las flores de unas macetas que había en el alféizar de la ventana.

¡Oh mis señores! He de deciros que al ver á esta joven sentí nacer en mí algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo instante mi corazón quedó hechizado y completamente cautivo, mi cabeza y mis pensamientos no se ocuparon mas que de aquella joven, y todo mi pasado horror á las mujeres se transformó en un deseo abrasador. Pero ella, en cuanto hubo regado las plantas, miró distraídamente á la izquierda y luego á la derecha, y al verme me dirigió una larga mirada que me sacó por completo el alma del cuerpo. Después cerró la celosía y desapareció. Y por más que la estuve esperando hasta la puesta del sol, no volvió á aparecer. Y yo parecía un sonámbulo ó un ser que ya no pertenece á este mundo.

Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que llegó y bajó de su mula, á la puerta de la casa, el kadí de la ciudad, precedido de sus negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya ventana había yo visto á la joven, y comprendí que debía ser su padre.

Entonces volví á mi casa en un estado deplorable, lleno de pesar y de zozobra, y me dejé caer en el lecho. Y en seguida se me acercaron todas las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron á mi alrededor y empezaron á importunarme acerca de la causa de mi mal. Y como nada quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra. Pero de tal modo fué aumentando mi pena de día en día, que caí gravemente enfermo y me vi muy atendido y muy visitado por mis amigos y parientes.

Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa á una vieja, que en vez de gemir y compadecerse, se sentó á la cabecera del lecho y empezó á decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me miró, me examinó atentamente, y pidió á mi servidumbre que me dejaran solo con ella. Entonces me dijo: «Hijo mío, sé la causa de tu enfermedad, pero necesito que me des pormenores.» Y yo le comuniqué en confianza todas las particularidades del asunto, y me contestó: «Efectivamente, hijo mío, esa es la hija del kadí de Bagdad y aquella casa es ciertamente su casa. Pero sabe que el kadí no vive en el mismo piso que su hija, sino en el de abajo. Y de todos modos, aunque la joven vive sola, está vigiladísima y bien guardada. Pero sabe también que yo voy mucho á esa casa, pues soy amiga de esa joven, y puedes estar seguro de que no has de lograr lo que deseas mas que por mi mediación. ¡Anímate, pues, y ten alientos!»

Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me levanté y me sentí el cuerpo ágil y recuperada la salud. Y al ver esto, se alegraron todos mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prometiéndome volver al día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba á tener con la hija del kadí de Bagdad.

Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi la cara, comprendí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo; «Hijo mío, no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada. Figúrate que en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso de pie y me replicó muy airada: «Malhadada vieja, si no te callas en el acto y no desistes de tus vergonzosas proposiciones, te mandaré castigar como mereces.» Entonces, hijo mío, ya no dije nada; pero me propongo intentarlo por segunda vez. No se dirá que he fracasado en estos empeños, en los que soy más experta que nadie. Después me dejó y se fué.

Pero yo volví á caer enfermo con mayor gravedad, y dejé de comer y beber.

Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió á mi casa á los pocos días, y su cara resplandecía, y me dijo sonriendo: «Vamos, hijo, ¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!» Y al oirlo, sentí tal alegría, que me volvió el alma al cuerpo, y dije en seguida á la anciana: «Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor beneficio.» Entonces ella me dijo: «Volví ayer á casa de la joven. Y cuando me vió muy triste y abatida y con los ojos arrasados en lágrimas, me preguntó: «¡Oh mísera! ¿por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?» Entonces se aumentó mi llanto, y le dije: «¡Oh hija mía y señora! ¿no recuerdas que vine á hablarte de un joven apasionadamente prendado de tus encantos? Pues bien; hoy está para morirse por culpa tuya.» Y ella, con el corazón lleno de lástima, y muy enternecida, preguntó: «¿Pero quién es ese joven de que me hablas?» Y yo le dije: «Es mi propio hijo, el fruto de mis entrañas. Te vió hace algunos días, cuando estabas regando las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no quería ver ninguna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté la mala acogida que me hiciste, recayó gravemente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones de su lecho, á punto de rendir el último suspiro al Creador. Y me temo que no haya esperanza de salvación para él.» A estas palabras palideció la joven, y me dijo: «¿Y todo eso es por causa mía?» Yo le contesté: «¡Por Alah, que así es! ¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi cabeza y sobre mis ojos.» Y la joven me dijo: «Ve en seguida á su casa, y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me causa mucho dolor su pena. Y en seguida le dirás que mañana viernes, antes de la plegaria, le aguardo aquí. Que venga á casa, y ya diré á mi gente que le abran la puerta, y le haré subir á mi aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes de que mi padre vuelva de la oración.»

Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba las fuerzas y que se desvanecían todos mis padecimientos y descansaba mi corazón. Y saqué del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué á la anciana que la aceptase. Y la vieja me dijo: «Ahora reanima tu corazón y ponte alegre.» Y yo le contesté: «En verdad que se acabó mi mal.» Y en efecto, mis parientes notaron bien pronto mi curación, y llegaron al colmo de la alegría, lo mismo que mis amigos.

Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y entonces vi llegar á la vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje, me perfumé con esencia de rosas, é iba á correr á casa de la joven, cuando la anciana me dijo: «Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entretanto vayas al hammam á tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y depilen, puesto que ahora sales de una enfermedad. Verás qué bien te sienta.» Y yo respondí: «Verdaderamente, es una idea acertada. Pero mejor será llamar á un barbero, para que me afeite la cabeza, y después podré ir á bañarme al hammam.»

Mandé entonces á un sirviente que fuese á buscar á un barbero, y le dije: «Ve en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano ligera, pero sobre todo que sea prudente y discreto, sobrio en palabras y nada curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, como hacen la mayor parte de los de su profesión.» Y mi servidor salió á escape y me trajo un barbero viejo.

Y el barbero era ese maldito que veis delante de vosotros, ¡oh mis señores!

Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí á su saludo de paz. Y me dijo: «¡Que Alah aparte de ti toda desventura, pena, zozobra, dolor y adversidad!» Y contesté: «¡Ojalá atienda Alah tus buenos deseos!» Y prosiguió: «He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡oh mi señor! y la renovación de tus fuerzas y tu salud. ¿Y qué he de hacer ahora? ¿Afeitarte ó sangrarte? Pues no ignoras que nuestro gran Ibn-Abbas dijo: «El que se corta el pelo el día del viernes alcanza el favor de Alah, pues aparta de él setenta clases de calamidades.» Y el mismo Ibn-Abbas ha dicho: «Pero el que se sangra el viernes ó hace que le apliquen ese mismo día ventosas escarificadas, se expone á perder la vista y corre el riesgo de coger todas las enfermedades.» Entonces le contesté: «¡Oh jeique! basta ya de chanzas; levántate en seguida para afeitarme la cabeza, y hazlo pronto, porque estoy débil y no puedo hablar ni aguardar mucho.»

Entonces se levantó y cogió un paquete cubierto con un pañuelo, en que debía llevar la bacía, las navajas y las tijeras; lo abrió, y sacó, no la navaja, sino un astrolabio de siete facetas. Lo cogió, se salió al medio del patio de mi casa, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo miró atentamente, examinó el astrolabio, volvió, y me dijo: «Has de saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de la hégira de nuestro Santo Profeta; ¡vayan á él la paz y las mejores bendiciones! Y lo sé por la ciencia de los números, la cual me dice que este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la conjunción del planeta Mirrikh con el planeta Hutared, por siete grados y seis minutos. Y esto viene a demostrar que el afeitarse hoy la cabeza es una acción fausta y de todo punto admirable. Y claramente me indica también que tienes la intención de celebrar una entrevista con una persona cuya suerte se me muestra como muy afortunada. Y aún podría contarte más cosas que te han de suceder, pero son cosas que debo callarlas.»

Yo contesté: «¡Por Alah! Me ahogas con tanto discurso y me arrancas el alma. Parece también que no sepas mas que vaticinar cosas desagradables. Y yo sólo te he llamado para que me afeites la cabeza. Levántate, pues, y aféitame sin más discursos.» Y el barbero replicó: «¡Por Alah! Si supieses la verdad de las cosas, me pedirías más pormenores y más pruebas. De todos modos, sabe que, aunque soy barbero, soy algo más que barbero. Pues además de ser el barbero más reputado de Bagdad, conozco admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los medicamentos, la ciencia de los astros, las reglas de nuestro idioma, el arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de los números, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la historia y las tradiciones de todos los pueblos de la tierra. Por eso tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh mi señor! que hagas exactamente lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias á mi ciencia y al examen de los cálculos astrales. Y da gracias á Alah, que me ha traído á tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te aconsejo tu bien por el interés que me inspiras. Ten en cuenta que no te pido mas que servirte un año entero sin ningún salario. Pero no hay que dejar de reconocer, á pesar de todo, que soy un hombre de bastante mérito y que me merezco esta justicia.»

A estas palabras le respondí: «Eres un verdadero asesino, que te has propuesto volverme loco y matarme de impaciencia.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 29.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que cuando el joven dijo al barbero: «Vas á volverme loco y á matarme de impaciencia», el barbero respondió:

«Sabe, sin embargo, ¡oh mi señor! que soy un hombre á quien todo el mundo llama el Silencioso, á causa de mi poca locuacidad. De modo que no me haces justicia creyéndome un charlatán, sobre todo si te tomas la molestia de compararme, siquiera sea por un momento, con mis hermanos. Porque sabe que tengo seis hermanos que ciertamente son muy charlatanes, y para que los conozcas te voy á decir sus nombres: el mayor se llama El-Bacbuk, ó sea el que al hablar hace un ruido como un cántaro que se vacía; el segundo, El-Haddar, ó el que muge repetidas veces como un camello; el tercero, Bacbac, ó el Cacareador hinchado; el cuarto, El-Kuz El-Assuaní, ó el Botijo irrompible de Assuan; el quinto, El-Aschâ, ó la Camella preñada, ó el Gran Caldero; el sexto, Schakalik, ó el Tarro hendido, y el séptimo, El-Samet, ó el Silencioso; y este silencioso es tu servidor.»

Cuando oí todo este flujo de palabras, sentí que la impaciencia me reventaba la vejiga de la hiel, y exclamé dirigiéndome á mis criados: «¡Dadle en seguida un cuarto de diñar á este hombre y que se largue de aquí! Porque renuncio en absoluto á afeitarme.» Pero el barbero; apenas oyó esta orden, dijo: «¡Oh mi señor! ¡qué palabras tan duras acabo de escuchar de tus labios! Porque ¡por Alah! sabe que quiero tener el honor de servirte sin ninguna retribución, y de servirte sin remedio, pues considero un deber el ponerme á tus órdenes y ejecutar tu voluntad. Y me creería deshonrado para toda mi vida si aceptara lo que quieres darme tan generosamente. Porque sabe que si tú no tienes idea alguna de mi valía, yo, en cambio, estimo en mucho la tuya. Y estoy seguro de que eres digno hijo de tu difunto padre. (¡Alah lo haya recibido en Su misericordia!) Pues tu padre era acreedor mío por todos los beneficios de que me colmaba. Y era un hombre lleno de generosidad y de grandeza, y me tenía gran estimación, hasta el punto de que un día me mandó llamar, y era un día bendito como éste; y cuando llegué á su casa le encontré rodeado de muchos amigos, y á todos los dejó para venir á mi encuentro, y me dijo: «Te ruego que me sangres.» Entonces saqué el astrolabio, medí la altura del sol, examiné escrupulosamente los cálculos, y descubrí que la hora era nefasta y que aquel día era muy peligrosa la operación de sangrar. Y en seguida comuniqué mis temores á tu difunto padre, y tu padre se sometió dócilmente á mis palabras, y tuvo paciencia hasta que llegó la hora fausta y propicia para la operación. Entonces le hice una buena sangría, y se la dejó hacer con la mayor docilidad, y me dió las gracias más expresivas, y por si no fuese bastante, me las dieron también todos los presentes. Y para remunerarme por la sangría, me dió en el acto tu difunto padre cien dinares de oro.»

Yo, al oir estas palabras, le dije: «¡Ojalá no haya tenido Alah compasión de mi difunto padre, por lo ciego que estuvo al recurrir á un barbero como tú!» Y el barbero, al oirme, se echó á reir, meneando la cabeza, y exclamó: «¡No hay más Dios que Alah, y Mahoma es el enviado de Alah! ¡Bendito sea el nombre de Aquel que transforma y no se transforma! Ahora bien, ¡oh joven! yo te creía dotado de razón, pero estoy viendo que la enfermedad que tuviste te ha perturbado por completo el juicio y te hace divagar. Pero esto no me asombra, pues conozco las palabras santas dichas por Alah en nuestro Santo y Precioso Libro, en el versículo que empieza de este modo: «Los que reprimen su ira y perdonan á los hombres culpables...» De modo, que me avengo á olvidar tu sinrazón para conmigo y olvido también tus agravios, y de todo ello te disculpo. Pero, en realidad, he de confesarte que no comprendo tu impaciencia ni me explico su causa. ¿No sabes que tu padre no emprendía nunca nada sin consultar antes mi opinión? Y á fe que en esto seguía el proverbio que dice: «¡El hombre que pide consejo se resguarda!» Y yo, está seguro de ello, soy un hombre de valía, y no encontrarás nunca tan buen consejero como este tu servidor, ni persona más versada en los preceptos de la sabiduría y en el arte de dirigir hábilmente los negocios. Heme, pues, aquí, plantado sobre mis dos pies, aguardando tus órdenes y dispuesto por completo á servirte. Pero dime, ¿cómo es que tú no me aburres y en cambio te veo tan fastidiado y tan furioso? Verdad es que si tengo tanta paciencia contigo es sólo por respeto á la memoria de tu padre, á quien soy deudor de muchos beneficios.» Entonces le repliqué: «¡Por Alah! ¡Ya es demasiado! Me estás matando con tu charla. Te repito que sólo te he mandado llamar para que me afeites la cabeza y te marches en seguida.»

Y diciendo esto, me levanté muy furioso, y quise echarle y alejarle de allí, á pesar de tener ya mojado y jabonado el cráneo. Entonces, sin alterarse, prosiguió: «En verdad que acabo de comprobar que te fastidio sobremanera. Pero no por eso te tengo mala voluntad, pues comprendo que tu inteligencia no está muy desarrollada, y que además eres todavía demasiado joven. Pues no hace mucho tiempo que aún te llevaba yo á caballo sobre mis espaldas, para conducirte de este modo á la escuela, á la cual no querías ir.» Y le contesté: «¡Vamos, hermano, te conjuro por Alah y por su verdad santa, que te vayas de aquí y me dejes dedicarme á mis ocupaciones! ¡Vete por tu camino!» Y al pronunciar estas palabras, me dió tal ataque de impaciencia, que me desgarré las vestiduras y empecé á dar gritos inarticulados, como un loco.

Y cuando el barbero me vió en aquel estado, se decidió á coger la navaja y á pasarla por la correa que llevaba á la cintura. Pero gastó tanto tiempo en pasar y repasar el acero por el cuero, que estuve á punto de que se me saliese el alma del cuerpo. Pero, al fin, acabó por acercarse á mi cabeza, y empezó á afeitarme por un lado, y, efectivamente, iban desapareciendo algunos pelos. Después se detuvo, levantó la mano, y me dijo: «¡Oh joven dueño mío! Los arrebatos son tentaciones del Cheitán.» Y me recitó estas estrofas:

_¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca resoluciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser juez en la tierra!_

_¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dureza, y encontrarás misericordia cuando te toque el turno fatal!_

_¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que no pueda ser humillada por la mano de Alah, que la domina!_

_¡Y tampoco olvides que el tirano ha de encontrar siempre otro tirano que le oprimirá!_

Después me dijo: «¡Oh mi señor! Ya veo sobradamente que no te merecen ninguna consideración mis méritos ni mi talento. Y sin embargo, esta misma mano que hoy te afeita es la misma mano que toca y acaricia la cabeza de los reyes, emires, visires y gobernadores; en una palabra, la cabeza de toda la gente ilustre y noble. Y debía referirse á mí ó á alguien que se me pareciese el poeta que habló de este modo:

_¡Considero todos los oficios como collares preciosos, pero el de barbero es la perla más hermosa del collar!_

_¡Supera en sabiduría y grandeza de alma á los más sabios y á los más ilustres, y su mano domina la cabeza de los reyes!»_

Y replicando á tanta palabrería, le dije: «¿Quieres ocuparte en tu oficio, sí ó no? Has conseguido destrozarme el corazón y hundirme el cerebro.» Y entonces exclamó: «Voy sospechando que tienes prisa de que acabe.» Y le dije: «¡Sí que la tengo! ¡Sí que la tengo! ¡Sí que la tengo!» Y él insistió: «Que aprenda tu alma un poco de paciencia y de moderación. Porque sabe, ¡oh mi joven amo! que el apresuramiento es una mala sugestión del Tentador, y sólo trae consigo el arrepentimiento y el fracaso. Y además, nuestro soberano Mohamed (¡sean con él las bendiciones y la paz!) ha dicho: «Lo más hermoso del mundo es lo que se hace con lentitud y madurez.» Pero lo que acabas de decirme excita grandemente mi curiosidad, y te ruego que me expliques el motivo de tanta impaciencia, pues nada perderás con decirme qué es lo que te obliga á apresurarte de este modo. Confío, en mi buen deseo hacia ti, que será un motivo agradable, pues me causaría mucho sentimiento que fuese de otra clase. Pero ahora tengo que interrumpir por un momento mi tarea, pues como quedan pocas horas de sol, necesito aprovecharlas.» Entonces soltó la navaja, cogió el astrolabio, y salió en busca de los rayos del sol, y estuvo mucho tiempo en el patio. Y midió la altura del sol, pero todo esto sin perderme de vista y haciéndome preguntas. Después, volviéndose hacia mí, me dijo: «Si tu impaciencia es sólo por asistir á la oración, puedes aguardar tranquilamente, pues sabe que en realidad aún nos quedan tres horas, ni más ni menos. Nunca me equivoco en mis cálculos.», Y yo contesté: «¡Por Alah! ¡Ahórrame estos discursos, pues me tienes con el hígado hecho trizas!»

Entonces cogió la navaja y volvió á suavizarla, como lo había hecho antes, y reanudó la operación de afeitarme muy poco á poco; pero no podía dejar de hablar, y prosiguió: «Mucho siento tu impaciencia, y si quisieras revelarme su causa, sería bueno y provechoso para ti. Pues ya te dije que tu difunto padre me profesaba gran estimación, y nunca emprendía nada sin oir mi parecer.» Entonces hube de convencerme que para librarme del barbero no me quedaba otro recurso que inventar algo para justificar mi impaciencia, pues pensé: «He aquí que se aproxima la hora de la plegaria, y si no me apresuro á marchar á casa de la joven, se me hará tarde, pues la gente saldrá de las mezquitas, y entonces todo lo habré perdido.» Dije, pues, al barbero: «Abrevia de una vez y déjate de palabras ociosas y de curiosidades indiscretas. Y ya que te empeñas en saberlo, te diré que tengo que ir á casa de un amigo que acaba de enviarme una invitación urgente convidándome á un festín.»

Pero cuando oyó hablar de convite y festín, el barbero dijo: «¡Que Alah te bendiga y te llene de prosperidades! Porque precisamente me haces recordar que he convidado á comer en mi casa á varios amigos y se me ha olvidado prepararles comida. Y me acuerdo ahora, cuando ya es demasiado tarde.» Entonces le dije: «No te preocupe ese retraso, que lo voy á remediar en seguida. Ya que no como en mi casa, por haberme convidado á un festín, quiero darte cuantos manjares y bebidas tenía dispuestos, pero con la condición de que termines en seguida tu negocio y acabes pronto de afeitarme la cabeza.» Y el barbero contestó: «¡Ojalá Alah te colme de sus dones y te lo pague en bendiciones en su día! Pero ¡oh mi señor! ten la bondad de enumerar, aunque sea muy sucintamente, las cosas con que va á obsequiarme tu generoso desprendimiento, para que yo las conozca.» Y le dije: «Tengo á tu disposición cinco marmitas llenas de cosas excelentes: berenjenas y calabacines rellenos, hojas de parra sazonadas con limón, albondiguillas con trigo partido y carne mechada, arroz con tomate y filetes de carnero, guisado con cebolletas. Y además diez pollos asados y un carnero á la parrilla. Después, dos grandes bandejas: una de kenafa y la otra de pasteles, quesos, dulce y miel. Y frutas de todas clases: pepinos, melones, manzanas, limones, dátiles frescos y otras muchas más.» Entonces me dijo: «Manda traer todo eso aquí, para verlo.» Y yo mandé que lo trajesen, y lo fué examinando y lo probó todo, y me dijo: «¡Grande es tu generosidad, pero faltan las bebidas!» Y yo contesté: «También las tengo.» Y replicó: «Di que las traigan.» Y mandé traer seis vasijas, llenas de seis clases de bebidas, y las probó una por una, y me dijo: «¡Alah te provea de todas sus gracias! ¡Cuán generoso es tu corazón! Pero ahora falta el incienso, y el benjuí, y los perfumes para quemar en la sala, y el agua de rosas y la de azahar para rociar á mis huéspedes.» Entonces mandé traer un cofrecillo lleno de ámbar gris, áloe, nadd, almizcle, incienso y benjuí, que valía más de cincuenta dinares de oro, y no se me olvidaron las esencias aromáticas ni los hisopos de plata con agua de olor. Y como el tiempo se acortaba tanto como se me oprimía el corazón, dije al barbero: «Toma todo esto, pero acaba de afeitarme la cabeza, por la vida de Mohamed (¡sean con El la oración y la paz de Alah!)» Y el barbero dijo entonces: «¡Por Alah! No cogeré ese cofrecillo sin haberlo abierto, á fin de saber su contenido.» Y no hubo más remedio que llamar á un criado para que abriese el cofrecillo. Y entonces el barbero soltó el astrolabio, se sentó en el suelo, y empezó á sacar todos los perfumes, incienso, benjuí, almizcle, ámbar gris, áloe, y los olfateó uno tras otro con tanta lentitud y tanta parsimonia, que se me figuró otra vez que el alma se me salía del cuerpo. Después se levantó, me dió las gracias, cogió la navaja, y volvió á reanudar la operación de afeitarme la cabeza. Pero apenas había empezado, se detuvo de nuevo y me dijo: