El libro de las mil noches y una noche; t. 2
Part 1
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CÉLEBRES
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Director literario: V. Blasco Ibáñez
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DE LAS
MIL NOCHES Y UNA NOCHE]
ES PROPIEDAD. DERECHOS EXCLUSIVOS DE TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL.
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EL LIBRO DE LAS MIL NOCHES Y UNA NOCHE
TRADUCCIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL ÁRABE POR EL DOCTOR J. C. MARDRUS
Versión española de VICENTE BLASCO IBAÑEZ
PRÓLOGO DE E. GÓMEZ CARRILLO
TOMO SEGUNDO
Historias: Del visir Nureddin, de su hermano el visir Chamseddin y de Hassan Bareddin.--Del Jorobado, con el Sastre, el Corredor nazareno, el Intendente y el Médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras sucesivamente referidas.
PROMETEO Germanías, 33.--VALENCIA (Published in Spain) ]
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DEDICO ESTE SEGUNDO TOMO
AL ADMIRABILÍSIMO
SEÑOR BERGERET
Á TRAVÉS DE ANATOLE FRANCE
J. C. M.
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Historia del visir Nureddin, de su hermano el visir Chamseddin y de Hassán Badreddin
Entonces, Giafar Al-Barmakí dijo:
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«Sabe, ¡oh Comendador de los Creyentes! que había en el país de Mesr[1] un sultán justo y benéfico. Este sultán tenía un visir sabio y prudente, versado en las ciencias y las letras. Y este visir, que era muy viejo, tenía dos hijos que parecían dos lunas. El mayor se llamaba Chamseddin y el menor Nureddin[2]; pero Nureddin, el más pequeño, era ciertamente más guapo y mejor formado que Chamseddin, el cual, por otra parte, era perfecto. Pero nadie igualaba en todo el mundo á Nureddin. Era tan admirable, que en ninguna comarca se ignoraba su hermosura, y muchos viajeros iban á Egipto, desde los países más remotos, sólo por el gusto de contemplar su perfección y las facciones de su rostro.
Pero quiso el Destino que falleciera su padre el visir. Y el sultán se condolió mucho. En seguida mandó llamar á los dos jóvenes, hizo que se aproximaran á él, les regaló trajes de honor, y les dijo: «Desde ahora desempeñaréis junto á mí el cargo de vuestro padre.» Entonces ellos se alegraron, y besaron la tierra entre las manos del sultán. Después hicieron que duraran todo un mes las exequias fúnebres de su padre, y en seguida empezaron á desempeñar su nuevo cargo de visires, y cada uno ejercía durante una semana las funciones del visirato. Y cuando el sultán salía de viaje, sólo llevaba consigo á uno de los dos hermanos.
Y una noche entre las noches, ocurrió que el sultán tenía que salir á la mañana siguiente, y habiéndole tocado el cargo de visir aquella semana á Chamseddin, el mayor, los dos hermanos departían sobre asuntos diversos para entretener la velada. En el transcurso de la conversación, el mayor dijo al menor: «¡Oh hermano mío! creo que debemos pensar en casarnos, y mi intención es que nos casemos la misma noche.» Y Nureddin contestó: «Hágase según tu voluntad, ¡oh hermano mío! pues estoy de acuerdo contigo en esta y en todas las cosas.» Y convenido ya entre los dos este primer punto, Chamseddin dijo á Nureddin: «Cuando, gracias á Alah, nos hayamos unido con dos jóvenes, y la misma noche nos acostemos con ellas, y hayan parido el mismo día, y (¡si Alah lo quiere!) tu esposa dé á luz un niño y la mía una niña, tendremos que casar uno con otro á los dos primos.» Y Nureddin repuso: «¡Oh hermano mío! ¿y qué piensas pedir entonces como dote á mi hijo para darle á tu hija?» Y Chamseddin dijo: «Pediré á tu hijo, como precio de mi hija, tres mil dinares de oro, tres huertos y tres de los mejores pueblos de Egipto. Y realmente esto será bien poca cosa, comparado con mi hija. Y si tu hijo no quiere aceptar ese contrato, no habrá nada de lo dicho.» Al oirlo, respondió Nureddin: «Pero ¿estás soñando? ¿Qué dote quieres pedirle á mi hijo? ¿Has olvidado que somos dos hermanos, y hasta dos visires en uno solo? En vez de esas exigencias, deberías ofrecer como presente tu hija á mi hijo, sin pensar en pedirle ninguna dote. Además, ¿no sabes que el varón vale siempre más que la hembra? Y he aquí que el varón es mi hijo, ¿y aún aspiras á que lleve la dote, cuando es tu hija quien debiera traerla? Obras como aquel comerciante que no quiere vender su mercancía, y para asustar al parroquiano empieza por pedirle cuatro veces su precio.» Entonces dijo Chamseddin: «Sin duda te figuras que tu hijo es más noble que mi hija, lo cual demuestra que careces en absoluto de razón y sentido común, y sobre todo de agradecimiento. Porque al hablar del visirato, olvidas que tan altas funciones me las debes á mí solo, y si te asocié conmigo, fué por lástima únicamente, para que pudieses ayudarme en mi labor. ¡Pero, en fin, ya está dicho! Puedes creer lo que gustes; porque yo, desde el momento en que piensas así, ¡ya no quiero casar á mi hija con tu hijo ni aun á peso de oro!» Mucho le dolieron estas palabras á Nureddin, que contestó: «¡Tampoco yo quiero casar á mi hijo con tu hija!» Y Chamseddin replicó entonces: «Pues no hay para qué hablar más del asunto. Y como mañana tengo que marchar con el sultán, no dispongo de tiempo para que comprendas lo inconveniente de tus palabras. Pero después, ¡ya verás! ¡Cuando regrese, si Alah lo permite, sucederá lo que ha de suceder!»
Entonces Nureddin se alejó, muy apenado por esta escena, y se fué á dormir solo, con sus tristes pensamientos.
A la mañana siguiente salió de viaje el sultán, acompañado del visir Chamseddin, y se dirigió hacia la ribera del Nilo, lo atravesó en barca para llegar á Guesirah, y desde allí hasta las Pirámides.
En cuanto á Nureddin, después de haber pasado aquella noche contrariadísimo por el modo de proceder de su hermano, se levantó casi al amanecer, hizo sus abluciones, dijo la primera oración matinal, y después se dirigió á su armario, del cual sacó una alforja, y la llenó de oro, pensando siempre en las palabras despectivas de Chamseddin y en la humillación sufrida. Y entonces recitó estas estrofas:
_¡Marcha, amigo mío! ¡Abandónalo todo, y marcha! ¡Otros amigos encontrarás en vez de los que dejas! ¡Marcha! ¡Deja la ciudad y arma tu tienda de campaña! ¡Y vive en ella! ¡Allí, y nada mas que allí, encontrarás las delicias de la vida!_
_¡En las moradas civilizadas y estables, no hay fervor ni hay amistad! ¡Créeme! ¡Huye de tu patria! ¡Arráncate del suelo de tu patria! ¡Intérnate en países extranjeros!_
_¡Escucha! ¡He comprobado que el agua que se estanca se corrompe; podría librarse de su podredumbre corriendo nuevamente! ¡Pero de otro modo es incurable!_
_¡He observado también la luna llena, y pude averiguar el número de sus ojos, de sus ojos de luz! ¡Pero si no hubiese seguido sus revoluciones en el espacio, no habría podido conocer los ojos de cada cuarto de luna, los ojos que me miraban!_
_¿Y el león? ¿Sería posible cazar al león si no hubiese salido del espeso bosque?... ¿Y la flecha? ¿Mataría la flecha si no escapara violentamente del arco tenso?_
_¿Y el oro y la plata? ¿No serían polvo vil si no hubiesen salido de sus yacimientos? ¿Y el armonioso laúd?_ _¡Ya sabes! ¡Sólo sería un pedazo de leño si el obrero no lo arrancase de la tierra para darle forma!_
_¡Expátriate y alcanzarás las cumbres! ¡Si permaneces adherido á tu suelo, jamás escalarás la altura!_
Cuando acabó de recitar estos versos, mandó á uno de sus esclavos que le ensillase una mula torda, poderosa y rápida para la marcha. Y el esclavo preparó la mejor de todas las mulas, le puso una silla guarnecida de brocado y de oro, con estribos indios y una gualdrapa de terciopelo de Ispahán. Y lo hizo tan bien, que la mula parecía una recién casada con su traje nuevo y brillante. Después todavía dispuso Nureddin que le echasen encima de todo un tapiz grande de seda y otro más pequeño de raso, terminado lo cual, colocó entre los dos tapices la alforja llena de oro y de alhajas.
En seguida dijo á este esclavo y á todos los demás: «Me voy á dar una vuelta por fuera de la ciudad, hacia la parte de Kaliubia, donde pienso pasar tres noches. Siento una opresión en el pecho, y voy á dilatar mis pulmones respirando el aire libre. Pero prohibo á todo el mundo que me siga.»
Y provisto de víveres para el camino, montó en la mula y se alejó rápidamente. No bien salió del Cairo, anduvo tan ligero, que al mediodía llegó á Belbeis, donde se detuvo. Bajó de la mula para descansar y dejarla descansar, comió algo, compró en Belbeis cuanto podía necesitar para él y para la mula, y reanudó el viaje. Dos días después, precisamente al mediodía, merced al paso de su mula, entró en Jerusalén, la ciudad santa. Allí se apeó de la mula, descansó y la dejó reposar, extrajo del saco algo de comida, y después de alimentarse colocó el saco en el suelo para que le sirviese de almohada, luego de haber extendido el tapiz grande de seda, y se durmió, pensando siempre con indignación en la conducta de su hermano.
Al otro día, al amanecer, montó de nuevo y no dejó de caminar á buen paso, hasta llegar á la ciudad de Alepo. Allí se hospedó en uno de los khanes de la ciudad y dejó transcurrir tranquilamente tres días, descansando y dejando descansar á la mula, y cuando hubo respirado bien el aire puro de Alepo, pensó en continuar el viaje. Y al efecto, montó otra vez en la mula, después de haber comprado los maravillosos dulces que se hacen en Alepo, rellenos de piñones y almendras, cubiertos de azúcar, y que le gustaban mucho desde la niñez.
Y dejó que la mula se encaminase por donde quisiese, pues al salir de Alepo ya no sabía adónde dirigirse. Y cabalgó día y noche, hasta que una tarde, después de puesto el sol, se encontró en la ciudad de Bassra, pero no sabía que aquella ciudad fuese Bassra. Y no supo su nombre hasta después de llegado al khan, donde se lo dijeron. Se apeó entonces de la mula, la descargó de los dos tapices, de las provisiones y de la alforja, y encargó al portero del khan que la paseara un poco, para que no se enfriase por descansar en seguida. Y en cuanto á Nureddin, él mismo tendió su tapiz, y se sentó en el khan para reposar.
El portero del khan cogió la mula de la brida, y se fué con ella. Pero ocurrió la coincidencia de que precisamente entonces el visir de Bassra hallábase sentado á la ventana de su palacio, contemplando la calle. Y al divisar una mula tan hermosa, con sus magníficos jaeces de gran valor, sospechó que esta mula pertenecía indudablemente á algún visir entre los visires extranjeros, ó acaso á algún rey entre los reyes. Y se puso á mirarla, sintiendo una gran perplejidad. Y después ordenó á uno de sus esclavos que le trajese en seguida al portero que paseaba á la mula. Y el esclavo corrió en busca del portero y lo llevó ante el visir. Entonces el portero avanzó un paso y besó la tierra entre las manos del visir, que era un anciano de mucha edad y muy respetable. Y el visir dijo al portero: «¿Quién es el amo de esta mula, y qué posición tiene?» El portero contestó: «¡Oh mi señor! el amo de esta mula es un joven muy hermoso, lleno de seducciones, ricamente vestido, como hijo de algún gran mercader, y todo su aspecto impone el respeto y la admiración.»
Al oirle, el visir se puso de pie, montó á caballo, y marchando apresuradamente al khan, entró en el patio. Cuando lo vió Nureddin, corrió á su encuentro y le ayudó á apearse del caballo. Entonces el visir le dirigió el saludo acostumbrado, y Nureddin se lo devolvió y lo recibió muy cordialmente. Y el visir se sentó á su lado, y le dijo: «¡Oh hijo mío! ¿de dónde vienes y por qué estás en Bassra?» Y Nureddin contestó: «¡Oh mi señor! vengo del Cairo, mi ciudad natal. Mi padre era visir del sultán de Egipto, pero murió al ser llamado á la misericordia de Alah.» Después contó toda su historia, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: «No he de volver á Egipto hasta después de haber recorrido el mundo, visitando todas las ciudades y todas las comarcas.»
Y el visir contestó á Nureddin: «Hijo mío, prescinde de esas ideas de continuo viaje, porque causarán tu perdición. Sabe que el viajar por países extranjeros es la ruina y lo último de lo último. Atiende esta advertencia, pues temo que te perjudiquen los percances de la vida y del tiempo.»
Después el visir ordenó á sus esclavos que desensillaran la mula y le quitasen los tapices y las sedas, y se llevó consigo á Nureddin, alojándole en su casa, y lo dejó descansar, luego de haberle proporcionado todo lo que necesitaba.
Nureddin permaneció algún tiempo en casa del visir, y el visir le veía diariamente y le colmaba de consideraciones y favores. Y acabó por estimarle enormemente, hasta el punto de que un día le dijo: «Hijo mío, ya soy muy viejo, y no tengo ningún hijo varón. Pero Alah me ha concedido una hija que te iguala en belleza y perfecciones. Y hasta ahora se la he negado á cuantos me la pidieron en matrimonio. Pero á ti, á quien quiero con todo el cariño de mi corazón, he de preguntarte si consientes en aceptarla como esclava tuya. Porque yo deseo fervientemente que seas el esposo de mi hija. Y si quieres aceptar, marcharé en busca del sultán y le diré que eres un sobrino mío, recién llegado de Egipto, y que has venido á Bassra expresamente para pretender á mi hija en matrimonio. Y el sultán, por cariño á mí, te dará el visirato, porque yo ya estoy muy viejo y necesito descansar. Y así podré encerrarme muy á gusto en mi casa para no salir de ella.»
Al oir esta proposición, bajó los ojos Nureddin, y después dijo: «Escucho y obedezco.»
Entonces el visir llegó al colmo de la alegría, é inmediatamente ordenó á sus esclavos que preparasen el festín y adornasen é iluminasen la sala de recepción, la más espaciosa de todas, reservada especialmente al más grande entre los emires.
Después reunió á todos sus amigos, é invitó á todos los nobles del reino y á todos los mercaderes de Bassra, y todos acudieron á presentarse entre sus manos. Entonces, el visir, para explicarles el haber elegido á Nureddin con preferencia á todos los demás, les dijo: «Yo tenía un hermano que era visir en Egipto, y Alah le había favorecido con dos hijos, como á mí me favoreció con una hija, según sabéis. Mi hermano, poco antes de morir, me encargó que casara á mi hija con uno de sus hijos, y yo se lo prometí. Y precisamente este joven á quien veis es uno de los dos hijos de mi hermano el visir de Egipto. Ha venido á Bassra con tal objeto. ¡Y mi mayor anhelo es que se escriba su contrato con mi hija, y que viva con ella en mi casa!»
Entonces contestaron todos: «¡Sea como dices! ¡Ponemos sobre nuestra cabeza cuanto hagas!»
Y todos tomaron parte en el gran festín, bebieron toda clase de vinos, y comieron una cantidad prodigiosa de pasteles y confituras. Y después, rociada la sala con agua de rosas, según costumbre, se despidieron del visir y de Nureddin.
Entonces el visir mandó á sus esclavos que llevasen á Nureddin al hammam y le diesen un buen baño. Y el visir le regaló uno de sus mejores trajes entre sus trajes, y después le envió toallas, palanganas de cobre, pebeteros y todas las demás cosas necesarias para el baño. Y Nureddin se bañó y salió del hammam con su traje nuevo, y estaba más hermoso que la luna llena en la más bella de las noches. Después Nureddin cabalgó en su mula torda, encaminándose hacia el palacio del visir, y al pasar por las calles le admiraban todos, elogiando su hermosura y la obra de Alah. Y descendió de la mula, entró en casa del visir y le besó la mano. Entonces el visir...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 20.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que entonces el visir se levantó, acogiendo con júbilo al hermoso Nureddin y diciéndole: «Entra, ¡oh hijo mío! en la cámara de tu esposa, y sé dichoso. Mañana te llevaré á ver al sultán. Y ahora sólo me resta implorar de Alah que te conceda todos sus favores y todos sus bienes.»
Entonces Nureddin besó otra vez la mano del visir su suegro, y entró en el aposento de la doncella. ¡Y sucedió lo que había de suceder!
Y esto fué lo referente á Nureddin.
En cuanto á Chamseddin su hermano... he aquí lo que ocurrió. Terminada la expedición que hizo con el sultán de Egipto, hacia el lado de las Pirámides, regresó inmediatamente á su casa. Y se inquietó mucho al no encontrar á su hermano Nureddin. Y preguntó por él á sus esclavos, que le respondieron: «Nuestro amo Nureddin, el mismo día que te fuiste con el sultán, montó en una mula enjaezada con gran lujo, como en los días solemnes, y nos dijo: «Me voy hacia la parte de Kaliubia, estaré fuera unos días, pues noto opresión en el pecho y necesito aire libre; pero que no me siga nadie.» Y desde entonces no hemos vuelto á tener noticias suyas.»
Entonces Chamseddin deploró mucho la ausencia de su hermano, y fué aumentando su dolor de día en día, hasta que acabó por convertirse en una aflicción inmensa. Y pensaba: «Seguramente, el motivo de que se haya marchado no es otro que aquellas palabras tan duras que le dije la víspera de mi viaje con el sultán. Y esto y no otra cosa le ha obligado á huir. Pero es preciso que repare la falta cometida contra él y disponga que lo busquen.»
Y Chamseddin fué inmediatamente á ver al sultán, y le refirió lo que ocurría. Y el sultán mandó escribir mensajes autorizados con su sello y los envió con emisarios de á caballo en todas direcciones á todos sus lugartenientes de todas las comarcas, y les decía en estos pliegos que Nureddin había desaparecido y que precisaba buscarle fuese donde fuese.
Pero transcurrido algún tiempo, todos los correos regresaron sin ninguna noticia, porque ni uno solo había ido á Bassra, donde estaba Nureddin. Entonces Chamseddin, lamentándose hasta el límite de las lamentaciones, exclamó: «¡Mía es toda la culpa! ¡Todo esto me ocurre por mi poco tacto y mi falta de discreción!»
Pero como todo tiene su término, Chamseddin acabó por consolarse, y un día pidió en matrimonio á la hija de un gran comerciante del Cairo, hizo su contrato con ella y con ella se casó. ¡Y sucedió lo que había de suceder!
Y se dió la coincidencia de que la misma noche que penetró Chamseddin en la cámara nupcial, fué justamente la misma en que Nureddin penetró en el aposento de la hija del visir de Bassra. Y permitió Alah esta coincidencia del matrimonio de los dos hermanos en la misma noche, para demostrar que manda en el destino de las criaturas.
Y todo se verificó además según lo habían combinado los dos hermanos antes de su querella, pues las dos esposas quedaron preñadas la misma noche: parieron el mismo día y á la misma hora, y la de Chamseddin, visir de Egipto, parió una niña cuya hermosura no tuvo igual en todo el país, y la de Nureddin, de Bassra, dió á luz un niño tan hermoso que no había otro como él en todo el mundo. Ya lo dijo el poeta:
_¡El niño!... ¡Cuan delicado es!... ¡Y que gentil! ¡Y qué gracioso!... ¡Beber su boca! ¡Beber esta boca hace olvidar las cosas llenas y los vasos desbordantes!_
¡_Beber en sus labios, apagar la sed en la frescura de sus mejillas y mirarse en el manantial de sus ojos, es olvidar la púrpura de los vinos, sus aromas, su sabor y toda su embriaguez!_
_¡Si viniese la misma Belleza á compararse con este niño, bajaría humillada la cabeza!_
_Y si le preguntaseis: «¡Oh Belleza! ¿Qué te parece? ¿Viste jamás nada semejante?» Ella contestaría: «¡Como él, verdaderamente, ninguno!»_
Al hijo de Nureddin se le llamó Hassán Badreddin, á causa de su hermosura[3].
Su nacimiento motivó grandes regocijos públicos. Y el séptimo día se dieron fiestas y banquetes dignos de príncipes.
Terminados los festejos, el visir de Bassra fué con Nureddin á ver al sultán. Entonces Nureddin besó la tierra entre las manos del sultán, y como estaba dotado de una gran elocuencia y era muy versado en las bellezas literarias, le recitó estos versos del poeta:
_¡Ante él se inclina y se eclipsa, el mayor de los bienhechores; pues ha conquistado el corazón de todos los seres elegidos!_
_¡Canto sus obras, aunque no son obras, sino cosas tan bellas que debería formarse con ellas un collar que adornara el cuello!_
_¡Y si beso la punta de tus dedos, es porque no son dedos, sino la llave de todos los beneficios!_
Tanto gustaron al sultán estos versos, que obsequió espléndidamente á Nureddin y á su suegro el visir, ignorando aún lo del matrimonio y cuanto se relacionaba con su existencia, por lo cual preguntó al visir después de haber felicitado á Nureddin: «¿Quién es este joven tan hermoso y tan elocuente?»
Entonces el visir contó al sultán toda la historia, desde el principio al fin, y le dijo: «Este joven es sobrino mío.» Y el sultán exclamó: «¿Y cómo no había yo oído hablar de él?» Y el visir dijo: «¡Oh mi soberano y señor! Sabe que un hermano mío era visir de Egipto. Al morir dejó dos hijos, el mayor de los cuales heredó el cargo, y el otro, que es éste, ha venido á buscarme, pues prometí y juré á mi hermano que casaría á mi hija con uno de mis sobrinos. Así es que apenas llegó lo casé con mi hija. Este sobrino mío es joven, como ves, y yo ya soy demasiado viejo y estoy sordo y no puedo atender á los negocios del reino. Por eso vengo á pedir á mi soberano el sultán que se digne nombrar á mi sobrino, que es también mi yerno, para el cargo de visir. Y puedo asegurarte que merece este cargo, pues es hombre de buen consejo, pródigo en ideas excelentes y muy ducho en el modo de despachar los asuntos.»
Entonces el sultán miró con más detenimiento á Nureddin, y quedó encantado de este examen, aceptó el consejo de su anciano visir y nombró para el cargo á Nureddin en lugar de su suegro, y le regaló un magnífico traje de honor, el mejor de todos lo que pudo encontrar, y una mula de sus propias caballerizas, y le señaló sus guardias y sus chambelanes.
Nureddin besó entonces la mano del sultán, y salió con su suegro, y ambos regresaron á su casa en el colmo de la alegría y besaron al recién nacido Hassán Badreddin y dijeron: «El nacimiento de esta criatura nos trajo buena suerte.»
Al día siguiente, Nureddin fué á palacio á desempeñar sus nuevas funciones, y al llegar besó la tierra entre las manos del sultán, y recitó estas dos estrofas:
_¡Para ti son nuevas las felicidades todos los días, y las prosperidades también! ¡Y el envidioso se consume de despecho!_
_¡Ojalá sean blancos para ti todos los días, y negros los días de todos los envidiosos!_
Entonces el sultán le permitió que se sentara en el diván del visirato, y Nureddin se sentó en el diván del visirato. Y empezó á desempeñar su cargo, despachando los asuntos pendientes y administrando justicia como si llevara muchos años de visir, y lo hizo tan á conciencia ante el sultán, que se maravilló de su inteligencia, de su comprensión para aquellos asuntos y de su admirable manera de administrar justicia, y le distinguió más aún, entrando en gran intimidad con él.
Y Nureddin siguió desempeñando á maravilla sus elevadas funciones; pero no por eso olvidó la educación de su hijo Hassán Badreddin, á pesar de todos los asuntos del reino. Porque Nureddin era cada día más poderoso y más favorecido del sultán, que aumentó el número de sus chambelanes, servidores, guardias y correos. Y llegó á ser tan rico, que pudo dedicarse al comercio en gran escala, fletando naves mercantes que recorrían todo el mundo, construyendo molinos y ruedas elevadoras de agua y plantando magníficos huertos y jardines. Y todo esto antes de que su hijo cumpliera los cuatro años.
Falleció entonces el anciano visir, suegro de Nureddin, y éste le hizo un entierro solemne, al cual asistieron él y todos los grandes del reino.