El libro de las mil noches y una noche; t. 1
Part 7
En este momento de su narración, Schahrazada vió aproximarse la mañana, y se calló discretamente. Y cuando lució la mañana, Schahriar entró en la sala de justicia, y el diván estuvo lleno hasta el fin del día. Después el rey volvió á palacio, y Doniazada dijo á su hermana: «Te ruego que prosigas tu relato.» Y ella respondió: «De todo corazón, y como homenaje debido.»
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 8.ª NOCHE_
Schahrazada dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el joven encantado dijo al rey:
«Al herir al negro para cortarle la cabeza, corté efectivamente su piel y su carne, y creí que lo había matado, porque lanzó un estertor horrible. Y á partir de este momento, nada sé sobre lo que ocurrió. Pero al día siguiente vi que la hija de mi tío se había cortado el pelo y se había vestido de luto. Después me dijo: «¡Oh hijo de mi tío! No censures lo que hago, porque acabo de saber que se ha muerto mi madre, que á mi padre lo han matado en la guerra santa, que uno de mis hermanos ha fallecido de picadura de escorpión y que el otro ha quedado enterrado bajo las ruinas de un edificio; de modo que tengo motivos para llorar y afligirme.» Fingiendo que la creía, le dije: «Haz lo que creas más conveniente, pues no he de prohibírtelo.» Y permaneció encerrada con su luto, sus lágrimas y sus accesos de dolor durante todo un año, desde su comienzo hasta el otro comienzo. Y transcurrido el año, me dijo: «Deseo construir para mí una tumba en este palacio; allí podré aislarme con mi soledad y mis lágrimas, y la llamaré la Casa de los Duelos.» Yo le dije: «Haz lo que tengas por conveniente.» Y se mandó construir esta Casa de los Duelos, coronada por una cúpula, y conteniendo un subterráneo como una tumba. Después transportó allí al negro, que no había muerto, pues sólo había quedado muy enfermo y muy débil, aunque en realidad ya no le podía servir de nada á la hija de mi tío. Pero esto no le impedía estar bebiendo á todas horas vino y buza. Y desde el día en que le herí no podía hablar y seguía viviendo, pues no le había llegado todavía su hora. Ella iba á verle todos los días, entrando en la cúpula, y sentía á su lado accesos de llanto y de locura, y le daba bebidas y condimentos. Así hizo, por la mañana y por la noche, durante todo otro año. Yo tuve paciencia durante este tiempo; pero un día, entrando de improviso en su habitación, la oí llorar y arañarse la cara, y decir amargamente estos versos:
_¡Partiste, ¡oh muy amado mío! y he abandonado á los hombres y vivo en la soledad, porque mi corazón no puede amar nada desde que partiste, ¡oh muy amado mío!_
_¡Si vuelves á pasar cerca de tu muy amada, recoge por favor sus despojos mortales, en recuerdo de su vida terrena, y dales el reposo de la tumba donde tú quieras, pero cerca de ti, si vuelves á pasar cerca de tu muy amada!_
_¡Que tu voz se acuerde de mi nombre de otro tiempo para hablarme en la tumba! ¡Oh, pero en mi tumba sólo oirás el triste sonido de mis huesos al chocar unos con otros!_
Cuando hubo terminado su lamentación, desenvainé la espada, y le dije: «¡Oh traidora! sólo hablan así las infames que reniegan de sus amores y pisotean el cariño.» Y levantando el brazo, me disponía á herirla, cuando ella, descubriendo entonces que había sido yo quien hirió al negro, se puso de pie, pronunció unas palabras misteriosas, y dijo: «Por la virtud de mi magia, que Alah te convierta mitad piedra y mitad hombre.» É inmediatamente, señor, quedé como me ves. Y ya no puedo valerme ni hacer un movimiento, de suerte que no estoy ni muerto ni vivo. Después de ponerme en tal estado, encantó las cuatro islas de mi reino, convirtiéndolas en montañas, con ese lago en medio de ellas, y á mis súbditos los transformó en peces. Pero hay más. Todos los días me tortura azotándome con una correa, dándome cien latigazos, hasta que me hace sangrar. Y después me pone sobre las carnes una camisa de crin, cubriéndola con la ropa.»
El joven se echó entonces á llorar y recitó estos versos:
_¡Aguardando tu sentencia y tu justicia, ¡oh mi Señor! sufro pacientemente, pues tal es tu voluntad!_
_¡Pero me ahogan mis desgracias! ¡Y sólo puedo recurrir á ti, ¡oh Señor! ¡oh Alah, adorado por nuestro bendito Profeta!_
El rey dijo entonces al joven: «Has añadido una pena á mis penas; pero dime: ¿dónde está esa mujer?» Y respondió el mancebo: «En la tumba, donde está el negro, debajo de la cúpula. Todos los días viene á esta habitación, me desnuda, y me da cien latigazos, y yo lloro y grito, sin poder hacer un movimiento para defenderme. Después de martirizarme, se va junto al negro, llevándole vinos y licores hervidos.» Entonces exclamó el rey: «¡Oh excelente joven! ¡Por Alah! voy á hacerte un favor tan memorable, que después de mi muerte pasará al dominio de la Historia.» Y ya no añadió más, y siguió la conversación hasta que se acercó la noche. Después se levantó el rey y aguardó que llegase la hora nocturna de las brujas. Entonces se desnudó, volvió á ceñirse la espada, y se fué hacia el sitio donde se encontraba el negro. Había allí velas y farolillos colgados, y también perfumes, incienso y distintas pomadas. Se fué derechamente al negro, le hirió, le atravesó, y le hizo vomitar el alma. En seguida se lo echó á hombros, y lo arrojó al fondo de un pozo que había en el jardín. Después volvió á la cúpula, se vistió con las ropas del negro, y se paseó durante un instante á todo lo largo del subterráneo, tremolando en su mano la espada completamente desnuda.
Transcurrida una hora, la desvergonzada bruja llegó á la habitación del joven. Apenas hubo entrado, desnudó al hijo de su tío, cogió el látigo y empezó á pegarle. Entonces él gritaba: «¡No me hagas sufrir más! ¡Bastante terrible es mi desgracia! ¡Ten piedad de mí!» Ella respondió: «¿La tuviste de mí? ¿Respetaste á mi amante? Así, pues, ¡toma, toma!» Después le puso la túnica de crin, colocándole la otra ropa por encima, é inmediatamente marchó al aposento del negro, llevándole la copa de vino y la taza de plantas hervidas. Y al entrar debajo de la cúpula, se puso á llorar é imploró: «¡Oh dueño mío, háblame, hazme oir tu voz!» Y recitó dolorosamente estos versos:
_¡Oh corazón mío! ¿ha de durar mucho esta separación tan angustiosa? ¡El amor con que me traspasaste es un tormento que supera mis fuerzas! ¿Hasta cuándo seguirás huyendo de mí? ¡Si sólo querías mi dolor y mi amargura, ya serás feliz, pues bien se han cumplido tus deseos!_
Después rompió en sollozos y volvió á implorar: «¡Oh dueño mío! Háblame, que yo te oiga.» Entonces el supuesto negro torció la lengua y empezó á imitar el habla de los negros: «¡No hay fuerza ni poder sin la ayuda de Alah!» La bruja, al oir hablar al negro después de tanto tiempo, dió un grito de júbilo y cayó desvanecida, pero pronto volvió en sí, y dijo: «¿Es que mi dueño está curado?» Entonces el rey, fingiendo la voz y haciéndola muy débil, dijo: «¡Oh miserable libertina! No mereces que te hable.» Y ella dijo: «Pero ¿por qué?» Y él contestó: «Porque siempre estás castigando á tu marido, y él da voces, y esto me quita el sueño toda la noche hasta la mañana. De otro modo, ya habría yo recobrado las fuerzas. Eso precisamente me impide contestarte.» Y ella dijo: «Pues ya que tú me lo mandas, lo libraré del estado en que se encuentra.» Y él contestó: «Sí, líbralo, y recobraremos la tranquilidad.» Y dijo la bruja: «Escucho y obedezco.» Después salió de la cúpula, marchó al palacio, cogió una taza de cobre llena de agua, pronunció unas palabras mágicas, y el agua empezó á hervir como hierve en la marmita. Entonces echó un poco de esta agua al joven, y dijo: «¡Por la fuerza de mi conjuro, te mando que salgas de esa forma y recuperes la primitiva!» Y el joven se sacudió todo él, se puso de pie, y exclamó muy dichoso al verse libre: «¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el profeta de Alah! ¡Sean con Él la bendición y la paz de Alah! Y ella dijo: «¡Vete, y no vuelvas por aquí, porque te mataré!» Y se lo gritó en la cara. Entonces el joven se fué de entre sus manos. Y he aquí todo lo referente á él.
En cuanto á la bruja, volvió en seguida á la cúpula, descendió al subterráneo, y dijo: «¡Oh dueño mío! levántate, que te vea yo.» Y el rey contestó muy débilmente: «Aún no has hecho nada. Queda otra cosa para que recobre la tranquilidad. No has suprimido la causa principal de mis males.» Y ella dijo: «¡Oh amado mío! ¿cuál es esa causa principal?» Y el rey contestó: «Esos peces del lago, los habitantes de la antigua ciudad y de las cuatro islas, no dejan de sacar la cabeza del agua, á medianoche, para lanzar imprecaciones contra ti y contra mí. Y ése es el motivo de que no recobre yo las fuerzas. Libértalos, pues. Entonces podrás venir á darme la mano y ayudarme á levantar, porque seguramente habré vuelto á la salud.»
Cuando la bruja oyó estas palabras, que creía del negro, exclamó muy alegre: «¡Oh dueño mío! pongo tu voluntad sobre mi cabeza y sobre mis ojos.» E invocando el nombre de Bismillah, se levantó muy dichosa, echó á correr, llegó al lago, cogió un poco de agua, y...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 9.ª NOCHE_
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la bruja cogió un poco de agua y pronunció unas palabras misteriosas, los peces empezaron á agitarse, irguiendo la cabeza, y acabaron por convertirse en hijos de Adán, y en la hora y en el instante se desató la magia que sujetaba á los habitantes de la ciudad. Y la ciudad se convirtió en una población floreciente, con magníficos zocos bien construidos, y cada habitante se puso á ejercer su oficio. Y las montañas volvieron á ser islas como en otro tiempo. Y hete aquí todo lo que hubo respecto á esto. Por lo que se refiere á la bruja, ésta volvió junto al rey, y como le seguía tomando por el negro, le dijo: «¡Oh querido mío! Dame tu mano generosa para besarla.» Y el rey le respondió en voz baja: «Acércate más á mí.» Y ella se aproximó. Y el rey cogió de pronto su buena espada, y le atravesó el pecho con tal fuerza, que la punta le salió por la espalda. Después, dando un tajo, la partió en dos mitades.
Hecho esto, salió en busca del joven encantado, que le esperaba de pie. Entonces le felicitó por su desencantamiento, y el joven le besó la mano y le dió efusivamente las gracias. Y le dijo el rey: «¿Quieres marchar á tu ciudad, ó acompañarme á la mía?» Y el joven contestó: «¡Oh rey de los tiempos! ¿sabes cuánta distancia hay de aquí á tu ciudad?» Y dijo el rey: «Dos días y medio.» Entonces le dijo el joven: «¡Oh rey! si estás durmiendo, despierta. Para ir á tu capital emplearás, con la voluntad de Alah, todo un año. Si llegaste aquí en dos días y medio, fué porque esta población estaba encantada. Y cuenta, ¡oh rey! que no he de apartarme de ti ni siquiera el instante que dura un parpadeo.» El rey se alegró al oirlo, y dijo: «¡Bendigamos á Alah, que ha dispuesto te encontrase en mi camino! Desde hoy serás mi hijo, ya que Alah no me los ha querido dar hasta ahora.» Y se echaron uno en brazos del otro, y se alegraron hasta el límite de la alegría.
Dirigiéronse entonces al palacio del rey que había estado encantado. Y el joven anunció á los notables de su reino que iba á partir para la santa peregrinación á la Meca. Y hechos los preparativos necesarios, partieron él y el rey, cuyo corazón anhelaba el regreso á su país, del que estaba ausente hacía un año. Marcharon, pues, llevando cincuenta mamalik[32] cargados de regalos. Y no dejaron de viajar día y noche durante un año entero, hasta que avistaron la ciudad. El visir salió con los soldados al encuentro del rey, muy satisfecho de su regreso, pues había llegado á temer no verle más. Y los soldados se acercaron, y besaron la tierra entre sus manos, y le desearon la bienvenida. Y entró en el palacio y se sentó en su trono. Después llamó al visir y le puso al corriente de cuanto le había ocurrido. Cuando el visir supo la historia del joven, le dió la enhorabuena por su desencantamiento y su salvación.
Mientras tanto, el rey gratificó á muchas personas, y después dijo al visir: «Que venga aquel pescador que en otro tiempo me trajo los peces.» Y el visir mandó llamar al pescador que había sido causa del desencantamiento de los habitantes de la ciudad. Y cuando se presentó le ordenó el rey que se acercase, y le regaló trajes de honor, preguntándole acerca de su manera de vivir y si tenía hijos. Y el pescador dijo que tenía un hijo y dos hijas. Entonces el rey se casó con una de sus hijas, y el joven se casó con la otra. Después el rey conservó al pescador á su lado y le nombró tesorero general. En seguida envió á su visir á la ciudad del joven, situada en las Islas Negras, y le nombró sultán de aquellas islas, escoltándole los cincuenta mamalik con numerosos trajes de honor para todos aquellos emires. El visir, al despedirse, besó ambas manos del sultán y salió para su destino. Y el rey y el joven siguieron juntos, muy felices con sus esposas, las dos hijas del pescador, gozando una vida de venturosa tranquilidad y cordial esparcimiento. En cuanto al pescador, nombrado tesorero general, se enriqueció mucho y llegó á ser el hombre más rico de su tiempo. Y todos los días veía á sus hijas, que eran esposas de reyes. ¡Y en tal estado, después de numerosos años completos, fué á visitarles la Separadora de los amigos, la Inevitable, la Silenciosa, la Inexorable! ¡Y ellos murieron!
Pero no creáis que esta historia--prosiguió Schahrazada--sea más maravillosa que la del mandadero.
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HISTORIA DEL MANDADERO Y LAS TRES DONCELLAS
[imagen] Había en la ciudad de Bagdad un hombre que era soltero y además mozo de cordel.
Un día entre los días, mientras estaba en el zoco, indolentemente apoyado en su espuerta, se paró delante de él una mujer con un ancho manto de tela de Mosul, en seda sembrada de lentejuelas de oro y forro de brocado. Levantó un poco el velillo de la cara y aparecieron por debajo dos ojos negros, con largas pestañas, y ¡qué párpados! Era esbelta, sus manos y sus pies muy pequeños, y reunía, en fin, un conjunto de perfectas cualidades. Y dijo con su voz llena de dulzura: «¡Oh mandadero! coge la espuerta y sígueme.» Y el mandadero, sorprendidísimo, no supo si había oído bien, pero cogió la espuerta y siguió á la joven, hasta que se detuvo á la puerta de una casa. Llamó y salió un nusraní[33], que por un dinar le dió una medida de aceitunas, y ella las puso en la espuerta, diciendo al mozo: «Lleva eso y sígueme.» Y el mandadero exclamó: «¡Por Alah! ¡Bendito día!» Y cogió otra vez la espuerta y siguió á la joven. Y he aquí que se paró ésta en la frutería y compró manzanas de Siria, membrillos osmaní, melocotones de Omán, jazmines de Alepo, nenúfares de Damasco, cohombros del Nilo, limones de Egipto, cidras sultaní, bayas de mirto, flores de alheña, anémonas rojas de color de sangre, violetas, flores de granado y narcisos. Y lo metió todo en la espuerta del mandadero, y le dijo: «Llévalo.» Y él lo llevó y la siguió, hasta que llegaron á la carnicería, donde dijo la joven: «Corta diez artal de carne»[34]. Y el carnicero corto los diez artal, y ella los envolvió en hojas de banano, los metió en la espuerta, y dijo: «Llévalo, ¡oh mandadero!» Y él lo llevó así y la siguió, hasta encontrar un vendedor de almendras, al cual compró la joven toda clase de almendras, diciendo al mozo: «Llévalo y sígueme.» Y cargó otra vez con la espuerta y la siguió, hasta llegar á la tienda de un confitero, y allí compró ella una bandeja y la cubrió de cuanto había en la confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas perfumadas con almizcle y deliciosamente rellenas, bizcochos llamados _sabun_, pastelillos, tortas de limón, confituras sabrosas, dulces llamados _muchabac_, bocadillos huecos llamados _lucmet-el-kadí_, otros cuyo nombre es _assabihzeinab_, hechos con manteca, miel y leche. Después colocó todas aquellas golosinas en la bandeja, y la bandeja encima de la espuerta. Entonces el mandadero dijo: «Si me hubieras avisado, habría alquilado una mula para cargar tanta cosa.» Y la joven sonrió al oirlo. Después se detuvo en casa de un destilador y compró diez clases de aguas: de rosas, de azahar y otras muchas, y varias bebidas embriagadoras, como asimismo un hisopo para aspersiones de agua de rosas almizclada, granos de incienso macho, palo de áloe, ámbar gris y almizcle, y finalmente velas de cera de Alejandría. Todo lo metió en la espuerta, y dijo al mozo: «Lleva la espuerta y sígueme.» Y el mozo la siguió, llevando siempre la espuerta, hasta que la joven llegó á un palacio, todo de mármol, con un gran patio que daba al jardín de la parte de atrás. Todo era muy lujoso, y el pórtico tenía dos hojas de ébano adornadas con chapas de oro rojo.
La joven llamó, y las dos hojas de la puerta se abrieron. El mandadero vió entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus pechos redondos y salientes, su gentil apostura, su belleza, y todas las perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su rostro como la luna llena al salir, sus dos pechos como granadas gemelas. En cuanto á su vientre juvenil, elástico y flexible, se ocultaba bajo la ropa como una carta preciada bajo el rollo que la envuelve.
Por eso, á su vista, notó el mozo que se le iba el juicio y que la espuerta se le venía al suelo. Y dijo para sí: «¡Por Alah! ¡En mi vida he tenido un día tan bendito como el de hoy!»
Entonces esta joven tan admirable dijo á su hermana la proveedora y al mandadero: «¡Entrad, y que la acogida aquí sea para vosotros tan amplia como agradable!»
Y entraron, y acabaron por llegar á una sala espaciosa que daba al patio, adornada con brocados de seda y oro, llena de lujosos muebles con incrustaciones de oro, jarrones, asientos esculpidos, cortinas y unos roperos cuidadosamente cerrados. En medio de la sala había un lecho de mármol incrustado con perlas y esplendorosa pedrería, cubierto con un dosel de raso rojo. Sobre él estaba extendido un mosquitero de fina gasa, también roja, y en el lecho había una joven de maravillosa hermosura, con ojos babilónicos, un talle esbelto como la letra _aleph_, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso. Era una estrella brillante, una noble hermosura de Arabia, como dijo el poeta:
_¡El que mida tu talle, ¡oh joven! y lo compare por su esbeltez con la delicadeza de una rama flexible, juzga con error á pesar de su talento! ¡Porque tu talle no tiene igual, ni tu cuerpo un hermano!_
_¡Porque la rama sólo es linda en el árbol y estando desnuda! ¡Mientras que tú eres hermosa de todos modos, y las ropas que te cubren son únicamente una delicia más!_
Entonces la joven se levantó, y llegando junto á sus hermanas, les dijo: «¿Por qué permanecéis quietas? Quitad la carga de la cabeza de ese hombre.» Entonces entre las tres le aliviaron del peso. Vaciaron la espuerta, pusieron cada cosa en su sitio, y entregando dos dinares al mandadero, le dijeron: «¡Oh mandadero! vuelve la cara y vete inmediatamente.» Pero el mozo miraba á las jóvenes, encantado de tanta belleza y tanta perfección, y pensaba que en su vida había visto nada semejante. Sin embargo, chocábale que no hubiese ningún hombre en la casa. En seguida se fijó en lo que allí había de bebidas, frutas, flores olorosas y otras cosas buenas, y admirado hasta el límite de la admiración, no tenía maldita la gana de marcharse.
Entonces la mayor de las jóvenes le dijo: «¿Por qué no te vas? ¿Es que te parece poco el salario?» Y se volvió hacia su hermana, la que había hecho las compras, y le dijo: «Dale otro dinar.» Pero el mandadero replicó: «¡Por Alah, señoras mías! Mi salario suele ser la centésima parte de un dinar, por lo cual no me ha parecido escasa la paga. Pero mi corazón está pendiente de vosotras. Y me pregunto cuál puede ser vuestra vida, ya que vivís en esta soledad y no hay hombre que os haga compañía. ¿No sabéis que un minarete sólo vale algo con la condición de ser uno de los cuatro de la mezquita? Pero ¡oh señoras mías! no sois más que tres, y os falta el cuarto. Ya sabéis que la dicha de las mujeres nunca es perfecta si no se unen con los hombres. Y, como dice el poeta, un acorde no será jamás armonioso como no se reunan cuatro instrumentos: el arpa, el laúd, la cítara y la flauta. Vosotras, ¡oh señoras mías! sólo sois tres, y os falta el cuarto instrumento: la flauta. ¡Yo seré la flauta, y me conduciré como hombre prudente, lleno de sagacidad é inteligencia, artista hábil que sabe guardar un secreto!»
Y las jóvenes le dijeron: «¡Oh mandadero! ¿no sabes tú que somos vírgenes? Por eso tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído lo que dicen los poetas: «Desconfía de toda confidencia, pues un secreto revelado es secreto perdido.»
Pero el mandadero exclamó: «¡Juro por vuestra vida, ¡oh señoras mías! que yo soy un hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he estudiado crónicas. Sólo cuento cosas agradables, callándome cuidadosamente las cosas tristes. Obro en toda ocasión según dice el poeta:
_¡Sólo el hombre bien dotado sabe callar el secreto!_ _¡Sólo los mejores entre los hombres saben cumplir sus promesas!_
_¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos candados, donde la llave se ha perdido y la puerta está sellada!»_
Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras estrofas que recitó y sus improvisaciones rimadas, las tres jóvenes se tranquilizaron; pero para no ceder en seguida, le dijeron: «Sabe, ¡oh mandadero! que en este palacio hemos gastado el dinero en enormes cantidades. ¿Llevas tú encima con qué indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la condición de que gastes mucho oro. ¿Acaso no es tu deseo permanecer con nosotras, acompañarnos á beber, y singularmente hacernos velar toda la noche, hasta que la aurora bañe nuestros rostros?» Y la mayor de las doncellas añadió: «Amor sin dinero no puede servir de buen contrapeso en el platillo de la balanza.» Y la que había abierto la puerta dijo: «Si no tienes nada, vete sin nada.» Pero en aquel momento intervino la proveedora, y dijo: «¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por Alah! pues este muchacho en nada ha de amenguarnos el día. Además, cualquier otro hombre no habría tenido con nosotras tanto comedimiento. Y cuando le toque pagar á él, yo lo abonaré en su lugar.»
Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo á la que le había defendido: «¡Por Alah! A ti te debo la primer ganancia del día.» Y dijeron las tres: «Quédate, ¡oh buen mandadero! y te tendremos sobre nuestra cabeza y nuestros ojos.» Y en seguida la proveedora se levantó y se ajustó el cinturón. Luego dispuso los frascos, clarificó el vino por decantación, preparó el lugar en que habían de reunirse cerca del estanque, y llevó allí cuanto podían necesitar. Después ofreció el vino y todo el mundo se sentó, y el mandadero en medio de ellas, en el vértigo, pues se figuraba estar soñando.
Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino y llenaron la copa y la bebieron, y así por segunda y por tercera vez. Después la proveedora la llenó de nuevo y la presentó á sus hermanas, y luego al mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición rimada:
_¡Bebe este vino! ¡Él es la causa de toda nuestra alegría! ¡Él da al que lo bebe fuerzas y salud! ¡Él es el único remedio que cura todos los males! _
_¡Nadie bebe el vino, origen de toda alegría, sin sentir las emociones más gratas! ¡La embriaguez es lo único que puede saturarnos de voluptuosidad! _