El libro de las mil noches y una noche; t. 1

Part 4

Chapter 44,179 wordsPublic domain

Al llegar á orillas del mar encontramos á una mujer pobremente vestida, con ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo: «Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cambio, sabré agradecer tus bondades.» Y le dije: «Te socorreré; mas no te creas obligada á la gratitud.» Y ella me respondió: «Señor, entonces cásate conmigo, llévame á tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, que yo soy de las que saben el valor de un beneficio. No te avergüences de mi humilde condición.» Al oir estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga mediante la voluntad de Alah, que es grande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en el barco para ella y le dispensé una hospitalaria acogida llena de cordialidad. Después zarpamos.

Mi corazón llegó á amarla con un gran amor, y no la abandoné ni de día ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía gozarla, estos hermanos míos sintieron celos, además de envidiarme por mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas miradas sobre cuanto poseía yo, y se concertaron para matarme y repartirse mi dinero, porque el Cheitán[20] sin duda les hizo ver su mala acción con los más bellos colores.

Un día, cuando estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita[21]. Me tomó sobre sus hombros y me depositó en una isla. Después desapareció durante toda la noche, regresando al amanecer, y me dijo: «¿No reconoces á tu esposa? Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has de saber que soy una efrita. Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplemente porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente en Alah y en su Profeta, al cual Alah bendiga y preserve. Cuando me he acercado á ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos á casarte conmigo. Y yo, en justa gratitud, he impedido que perezcas ahogado. En cuanto á tus hermanos, siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate.»

Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije: «No puedo consentir la pérdida de mis hermanos.» Luego le conté todo lo ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y me dijo entonces: «Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban.» Yo repliqué: «¡Por Alah sobre ti! No hagas eso, recuerda que el Maestro de los Proverbios dice: «¡Oh tú, compasivo del delincuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo crimen», y además, considera que son mis hermanos.» Pero ella insistió: «Tengo que matarlos sin remedio.» Y en vano imploré su indulgencia. Después se echó á volar llevándome en sus hombros, y me dejó en la azotea de mi casa.

Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo. Luego abrí mi tienda, y después de hacer las visitas necesarias y los saludos de costumbre, compré nuevos géneros.

Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones encontré estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron á llorar y se agarraron á mis ropas. Entonces acudió mi mujer, y me dijo: «Son tus hermanos.» Y yo le dije: «¿Quién los ha puesto en esta forma?» Y ella contestó: «Yo misma. He rogado á mi hermana, más versada que yo en artes de encantamiento, que los pusiera en ese estado. Diez años permanecerán así.»

Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en busca de mi cuñada, á la que deseo suplicar los desencante, porque van ya transcurridos diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento.»

* * * * *

El efrit dijo: «Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo otro tercio de la sangre destinada á rescatar el crimen.»

* * * * *

Entonces se adelantó el tercer jeque, dueño de la mula, y dijo al efrit: «Te contaré una historia más maravillosa que las de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre.» El efrit contestó: «Que así sea.»

Y el tercer jeque dijo:

Cuento del tercer jeque

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«¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa. Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré acostada sobre los tapices de la cama con un esclavo negro. Estaban conversando, y se besaban, haciéndose zalamerías, riendo y excitándose con juegos. Al verme ella, se levantó súbitamente y se abalanzó á mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas palabras luego, y me dijo arrojándome el agua: «¡Sal de tu propia forma y reviste la de un perro!» Inmediatamente me convertí en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve vagando, hasta llegar á una carnicería, donde me puse á roer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó con él.

Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó á su padre: «¿Te parece bien lo que has hecho? Traes á un hombre y lo entras en mi habitación.» Y repuso el padre: «¿Pero dónde está ese hombre?» Ella contestó: «Ese perro es un hombre. Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo.» Y su padre le dijo: «¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía.» Ella cogió una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: «¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!» Entonces volví á mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: «Quisiera que encantases á mi mujer, como ella me encantó.» Me dió entonces un frasco con agua, y me dijo: «Si encuentras dormida á tu mujer rocíala con esta agua y se convertirá en lo que quieras.» Efectivamente, la encontré dormida, le eché el agua, y dije: «¡Sal de esa forma y toma la de una mula!» Y al instante se transformó en una mula, y es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits.»

* * * * *

El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: «¿Es verdad todo eso?» Y la mula movió la cabeza como afirmando: «Sí, sí; todo es verdad.»

Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.

En aquel momento Schahrazada vió aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: «¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus palabras!» Y Schahrazada contestó: «Nada es eso comparado con lo que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme.» Y el rey se dijo: «¡Por Alah! No la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.»

Después el rey y Schahrazada pasaron enlazados la noche hasta por la mañana. Entonces el rey marchó á la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diván de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dió órdenes hasta el fin del día. Luego se levantó el diván y el rey volvió á palacio.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 3.ª NOCHE_

Doniazada dijo: «Hermana mía, te suplico que termines tu relato.» Y Schahrazada contestó: «Con toda la generosidad y simpatía de mi corazón.» Y prosiguió después:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el tercer jeque contó al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: «Concedo el resto de la sangre por que había de redimirse el crimen, y dejo en libertad al mercader.»

Entonces el mercader, contentísimo, salió al encuentro de los jeques y les dió miles de gracias. Ellos, á su vez, le felicitaron por el indulto.

Y cada cual regresó á su país.

«Pero--añadió Schahrazada--es más asombrosa la historia del pescador.»

Y el rey dijo á Schahrazada: «¿Qué historia del pescador es ésa?»

Y Schahrazada dijo:

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HISTORIA DEL PESCADOR Y EL EFRIT

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He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que había un pescador, hombre de edad avanzada, casado, con tres hijos y muy pobre.

Tenía por costumbre echar las redes sólo cuatro veces al día y nada más. Un día entre los días, á las doce de la mañana, fué á orillas del mar, dejó en el suelo la cesta, echó la red, y estuvo esperando hasta que llegara al fondo. Entonces juntó las cuerdas y notó que la red pesaba mucho y no podía con ella. Llevó el cabo á tierra y lo ató á un poste. Después se desnudó y entró en el mar, maniobrando en torno de la red, y no paró hasta que la hubo sacado. Vistióse entonces muy alegre, y acercándose á la red, encontró un borrico muerto. Al verlo, exclamó desconsolado: «¡Todo el poder y la fuerza están en Alah, el Altísimo y el Omnipotente!» Luego dijo: «En verdad que este donativo de Alah es asombroso.» Y recitó los siguientes versos:

_¡Oh buzo que giras ciegamente en las tinieblas de la noche y de la perdición! ¡Abandona esos penosos trabajos; la fortuna no gusta del movimiento!_

Sacó la red, exprimiéndola el agua, y cuando hubo acabado de exprimirla, la tendió nuevamente. Después, internándose en el agua, exclamó: «¡En el nombre de Alah!» Y arrojó la red de nuevo, aguardando que llegara al fondo. Quiso entonces sacarla, pero notó que pesaba más que antes y que estaba más adherida, por lo cual la creyó repleta de una buena pesca; y arrojándose otra vez al agua, la sacó al fin con gran trabajo, llevándola á la orilla, y encontró una enorme tinaja llena de arena y barro. Al verla, se lamentó mucho y recitó estos versos:

_¡Cesad, vicisitudes de la suerte, y apiadaos de los hombres!_

_¡Qué tristeza! ¡Sobre la tierra ninguna recompensa es igual al mérito, ni digna del esfuerzo realizado por alcanzarla!_

_¡Salgo de casa á veces para buscar candorosamente la fortuna, y me enteran de que la fortuna hace mucho tiempo que murió!_

_¿Es así, ¡oh fortuna! como dejas á los sabios en la sombra, para que los necios gobiernen el mundo?_

Y luego, arrojando la tinaja lejos de él, pidió perdón á Alah por su momento de rebeldía y lanzó la red por tercera vez, y al sacarla la encontró llena de trozos de cacharros y vidrios. Al ver esto, recitó todavía unos versos de un poeta:

_¡Oh poeta! ¡Nunca soplará hacia ti el viento de la fortuna! ¿Ignoras, hombre ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de la escritura han de enriquecerte jamás?_

Y alzando la frente al cielo, exclamó: «¡Alah! ¡Tú sabes que yo no echo la red más que cuatro veces por día, y ya van tres!» Después invocó nuevamente el nombre de Alah y lanzó la red, aguardando que tocase al fondo. Esta vez, á pesar de todos sus esfuerzos, tampoco conseguía sacarla, pues á cada tirón se enganchaba más en las rocas del fondo. Entonces dijo: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah!» Se desnudó, metiéndose en el agua y maniobrando en torno de la red, hasta que la desprendió y la llevó á tierra. Al abrirla encontró un enorme jarrón de cobre dorado, lleno é intacto. La boca estaba cerrada con un plomo que ostentaba el sello de nuestro señor Soleimán[22], hijo de Daud. El pescador se puso muy alegre al verlo, y se dijo: «He aquí un objeto que venderé en el zoco[23] de los caldereros, porque bien vale sus diez dinares de oro.» Intentó mover el jarrón, pero hallándolo muy pesado, se dijo para sí: «Tengo que abrirlo sin remedio; meteré en el saco lo que contenga y luego lo venderé en el zoco de los caldereros.» Sacó el cuchillo y empezó á maniobrar, hasta que levantó el plomo. Entonces sacudió el jarrón, queriendo inclinarlo para verter el contenido en el suelo. Pero nada salió del vaso, aparte de una humareda que subió hasta lo azul del cielo y se extendió por la superficie de la tierra. Y el pescador no volvía de su asombro. Una vez que hubo salido todo el humo, comenzó á condensarse en torbellinos, y al fin se convirtió en un efrit cuya frente llegaba á las nubes, mientras sus pies se hundían en el polvo. La cabeza del efrit era como una cúpula; sus manos semejaban rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca, una caverna; sus dientes, piedras; su nariz, una alcarraza; sus ojos, dos antorchas, y su cabellera aparecía revuelta y empolvada. Al ver á este efrit, el pescador quedó mudo de espanto, temblándole las carnes, encajados los dientes, la boca seca, y los ojos se le cegaron á la luz.

Cuando vió al pescador, el efrit dijo: «¡No hay más Dios que Alah, y Soleimán es el profeta de Alah!» Y dirigiéndose hacia el pescador, prosiguió de este modo: «¡Oh tú, gran Soleimán, profeta de Alah, no me mates; te obedeceré siempre, y nunca me rebelaré contra tus mandatos!» Entonces exclamó el pescador: «¡Oh gigante audaz y rebelde, tú te atreves á decir que Soleimán es el profeta de Alah! Soleimán murió hace mil ochocientos años, y nosotros estamos al fin de los tiempos. Pero ¿qué historia vienes á contarme? ¿Cuál es el motivo de que estuvieras en este jarrón?»

Entonces el efrit dijo: «No hay más Dios que Alah. Pero permite, ¡oh pescador! que te anuncie una buena noticia.» Y el pescador repuso: «¿Qué noticia es esa?» Y contestó el efrit: «Tu muerte. Vas á morir ahora mismo, y de la manera más terrible.» Y replicó el pescador: «¡Oh jefe de los efrits! ¡mereces por esa noticia que el cielo te retire su ayuda! ¡Pueda él alejarte de nosotros! Pero ¿por qué deseas mi muerte? ¿qué hice para merecerla? Te he sacado de esa vasija, te he salvado de una larga permanencia en el mar, y te he traído á la tierra.» Entonces el efrit dijo: «Piensa y elige la especie de muerte que prefieras; morirás del modo que gustes.» Y el pescador dijo: «¿Cuál es mi crimen para merecer tal castigo?» Y respondió el efrit: «Oye mi historia, pescador.» Y el pescador dijo: «Habla y abrevia tu relato, porque de impaciente que se halla mi alma, se me está saliendo por el pie.» Y dijo el efrit:

«Sabe que yo soy un efrit rebelde. Me rebelé contra Soleimán, hijo de Daud. Mi nombre es Sakhr El-Genni. Y Soleimán envió hacia mí á su visir Assef, hijo de Barkhia, que me cogió á pesar de mi resistencia y me llevó á manos de Soleimán. Y mi nariz en aquel momento se puso bien humilde. Al verme Soleimán hizo su conjuro á Alah y me mandó que abrazase su religión y me sometiese á su obediencia. Pero yo me negué. Entonces mandó traer ese jarrón, me aprisionó en él y lo selló con plomo, imprimiendo el nombre del Altísimo. Después ordenó á los efrits fieles que me llevaran en hombros y me arrojasen en medio del mar. Permanecí cien años en el fondo del agua, y decía de todo corazón: «Enriqueceré eternamente al que logre libertarme.» Pero pasaron los cien años y nadie me libertó. Durante los otros cien años me decía: «Descubriré y daré los tesoros de la tierra á quien me liberte.» Pero nadie me libró. Y pasaron cuatrocientos años, y me dije: «Concederé tres cosas á quien me liberte.» Y nadie me libró tampoco. Entonces, terriblemente encolerizado, dije con toda el alma: «Ahora mataré á quien me libre, pero le dejaré antes elegir, concediéndole la clase de muerte que prefiera.» Entonces tú, ¡oh pescador! viniste á librarme, y por eso te permito que escojas la clase de muerte.»

El pescador, al oir estas palabras del efrit, dijo: «¡Por Alah que la oportunidad es prodigiosa! ¡Y había de ser yo quien te libertase! ¡Indúltame, efrit, que Alah te recompensará! En cambio, si me matas, buscará quien te haga perecer.» Entonces el efrit le dijo: «¡Pero si yo quiero matarte precisamente porque me has libertado!» Y el pescador le contestó: «¡Oh jeque de los efrits, así es como devuelves el mal por el bien! ¡A fe que no miente el proverbio!» Y recitó estos versos:

_¿Quieres probar la amargura de las cosas? ¡Sé bueno y servicial!_

_¡Los malvados desconocen la gratitud!_

_¡Pruébalo, si quieres, y tu suerte será la de la pobre Magir, madre de Amer!_

Pero el efrit le dijo: «Ya hemos hablado bastante. Sabe que sin remedio te he de matar.» Entonces pensó el pescador: «Yo no soy más que un hombre y él un efrit, pero Alah me ha dado una razón bien despierta. Acudiré á una astucia para perderlo. Veré hasta dónde llega su malicia.» Y entonces dijo al efrit: «¿Has decidido realmente mi muerte?» Y el efrit contestó: «No lo dudes.» Entonces dijo: «Por el nombre del Altísimo, que está grabado en el sello de Soleimán, te conjuro á que respondas con verdad á mi pregunta.» Cuando el efrit oyó el nombre del Altísimo, respondió muy conmovido: «Pregunta, que yo contestaré la verdad.» Entonces dijo el pescador: «¿Cómo has podido entrar por entero en este jarrón donde apenas cabe tu pie ó tu mano?» El efrit dijo: «¿Dudas acaso de ello?» El pescador respondió: «Efectivamente, no lo creeré jamás mientras no vea con mis propios ojos que te metes en él.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 4.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit que no le creería como no lo viese con sus propios ojos, el efrit comenzó á agitarse, convirtiéndose nuevamente en humareda que subía hasta el firmamento. Después se condensó, y empezó á entrar en el jarrón poco á poco, hasta el fin. Entonces el pescador cogió rápidamente la tapadera de plomo con el sello de Soleimán, y obstruyó la boca del jarrón. Después, llamando al efrit, le dijo: «Elige y piensa la clase de muerte que más te convenga; si no, te echaré al mar, y me haré una casa junto á la orilla, é impediré á todo el mundo que pesque, diciendo: «Allí hay un efrit, y si lo libran quiere matar á los que le liberten.» Luego enumeró todas las variedades de muertes para facilitar la elección. Al oirle, el efrit intentó salir, pero no pudo, y vió que estaba encarcelado y tenía encima el sello de Soleimán, convenciéndose entonces de que el pescador le había encerrado en un calabozo contra el cual no pueden prevalecer ni los más débiles ni los más fuertes de los efrits. Y comprendiendo que el pescador le llevaría hacia el mar, suplicó: «¡No me lleves! ¡no me lleves!» Y el pescador dijo: «No hay remedio.» Entonces, dulcificando su lenguaje, exclamó el efrit: «¡Ah pescador! ¿Qué vas á hacer conmigo?» El otro dijo: «Echarte al mar, que si has estado en él mil ochocientos años, no saldrás esta vez hasta el día del Juicio. ¿No te rogué yo que me dejaras la vida para que Alah te la conservase á ti y no me mataras para que Alah no te matase? Obrando infamemente, rechazaste mi plegaria. Por eso Alah te ha puesto en mis manos, y no me remuerde el haberte engañado.» Entonces dijo el efrit: «Ábreme el jarrón y te colmaré de beneficios.» El pescador respondió: «Mientes, ¡oh maldito! Entre tú y yo pasa exactamente lo que ocurrió entre el visir del rey Yunán y el médico Ruyán.»

Y el efrit dijo: «¿Quiénes eran el visir del rey Yunán y el médico Ruyán?... ¿Qué historia es esa?»

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Historia del visir del rey Yunán y del médico Ruyán

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El pescador dijo:

«Sabrás, ¡oh efrit! que, en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo en la ciudad de Fars, en el país de los ruman[24], un rey llamado Yunán. Era rico y poderoso, señor de ejércitos, dueño de fuerzas considerables y de aliados de todas las especies de hombres. Pero su cuerpo padecía una lepra que desesperaba á los médicos y á los sabios. Ni drogas, ni píldoras, ni pomadas le hacían efecto alguno, y ningún sabio pudo encontrar un eficaz remedio para la espantosa dolencia. Pero cierto día llegó á la capital del rey Yunán un médico anciano, de renombre, llamado Ruyán. Había estudiado los libros griegos, persas, romanos, árabes y sirios, así como la medicina y la astronomía, cuyos principios y reglas no ignoraba, lo mismo que sus buenos y malos efectos. Conocía las virtudes de las plantas grasas y secas, y también sus buenos y malos efectos. Por último, había profundizado la filosofía y todas las ciencias médicas y otras muchas además. Cuando este médico llegó á la ciudad y permaneció en ella algunos días, supo la historia del rey y de la lepra que le martirizaba por la voluntad de Alah, enterándose del fracaso absoluto de todos los médicos y sabios. Al tener de ello noticia, pasó muy preocupado la noche. Pero no bien despertó por la mañana (al brillar la luz del día y saludar el sol al mundo, magnífica decoración del Óptimo) se puso su mejor traje y fué á ver al rey Yunán. Besó la tierra entre las manos del rey[25] é hizo votos por la duración eterna de su poderío y de las gracias de Alah y de todas las mejores cosas. Después le enteró de quién era, y le dijo: «He averiguado la enfermedad que atormenta tu cuerpo y he sabido que un gran número de médicos no ha podido encontrar el medio de curarla. Voy, ¡oh rey! á aplicarte mi tratamiento, sin hacerte beber medicinas ni untarte con pomadas.» Al oirlo, el rey Yunán se asombró mucho, y le dijo: «¡Por Alah! que si me curas te enriqueceré hasta los hijos de tus hijos, te concederé todos tus deseos y serás mi compañero y amigo.» En seguida le dió un hermoso traje y otros presentes, y añadió: «¿Es cierto que me curarás de esta enfermedad sin medicamentos ni pomadas?» Y respondió el otro: «Sí, ciertamente. Te curaré sin fatiga ni pena para tu cuerpo.» El rey le dijo, cada vez más asombrado: «¡Oh gran médico! ¿Qué día y qué momento verán realizarse lo que acabas de prometer? Apresúrate á hacerlo, hijo mío.» Y el médico contestó: «Escucho y obedezco.»

Entonces salió del palacio y alquiló una casa, donde instaló sus libros, sus remedios y sus plantas aromáticas. Después hizo extractos de sus medicamentos y de sus simples, y con estos extractos construyó un mazo corto y encorvado, cuyo mango horadó, y también hizo una pelota, todo esto lo mejor que pudo. Terminado completamente su trabajo, al segundo día fué á palacio, entró en la cámara del rey y besó la tierra entre sus manos. Después le prescribió que fuera á caballo al meidán[26] y jugara con la bola y el mazo.

Acompañaron al rey sus emires, sus chambelanes, sus visires y los jefes del reino. Apenas había llegado al meidán, se le acercó el médico y le entregó el mazo, diciéndole: «Empúñalo de este modo y da con toda tu fuerza en la pelota. Y haz de manera que llegues á sudar. De ese modo el remedio penetrará en la palma de la mano y circulará por todo tu cuerpo. Cuando transpires y el remedio haya tenido tiempo de obrar, regresa á tu palacio, ve en seguida á bañarte al hammam, y quedarás curado. Ahora, la paz sea contigo.»

El rey Yunán cogió el mazo que le alargaba el médico, empuñándolo con fuerza. Intrépidos jinetes montaron á caballo y le echaron la pelota. Entonces empezó á galopar detrás de ella para alcanzarla y golpearla, siempre con el mazo bien cogido. Y no dejó de golpear hasta que transpiró bien por la palma de la mano y por todo el cuerpo, dando lugar á que la medicina obrase sobre el organismo. Cuando el médico Ruyán vió que el remedio había circulado suficientemente, mandó al rey que volviera á palacio para bañarse en el hammam. Y el rey marchó en seguida y dispuso que le prepararan el hammam. Se lo prepararon con gran prisa, y los esclavos apresuráronse también á disponerle la ropa. Entonces el rey entró en el hammam y tomó el baño, se vistió de nuevo y salió del hammam para montar á caballo, volver á palacio y echarse á dormir.

Y hasta aquí lo referente al rey Yunán. En cuanto al médico Ruyán, éste regresó á su casa, se acostó, y al despertar por la mañana fué á palacio, pidió permiso al rey para entrar, lo que éste le concedió, entró, besó la tierra entre sus manos y empezó por declamar gravemente algunas estrofas:

_¡Si la elocuencia te eligiese como padre, reflorecería! ¡Y no sabría elegir ya á otro mas que á ti!_

_¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encendido!_