El libro de las mil noches y una noche; t. 1

Part 3

Chapter 34,041 wordsPublic domain

Cuando oyó estas palabras el visir, contó á su hija cuanto había ocurrido, desde el principio al fin, concerniente al rey. Entonces le dijo Schahrazada: «Por Alah, padre, cásame con el rey, porque si no me mata, seré la causa del rescate de las hijas de los muslemine[12] y podré salvarlas de entre las manos del rey.» Entonces el visir contestó: «¡Por Alah sobre ti! No te expongas nunca á tal peligro.» Pero Schahrazada repuso: «Es imprescindible que así lo haga.» Entonces le dijo su padre: «Cuidado no te ocurra lo que les ocurrió al asno y al buey con el labrador. Escucha su historia:

Fábula del asno, el buey y el labrador

«Has de saber, hija mía, que hubo un comerciante dueño de grandes riquezas y de mucho ganado. Estaba casado y con hijos. Alah, el Altísimo, le dió igualmente el conocimiento de los lenguajes de los animales y el canto de los pájaros. Habitaba este comerciante en un país fértil, á orillas de un río. En su morada había un asno y un buey.

Cierto día llegó el buey al lugar ocupado por el asno y vió aquel sitio barrido y regado. En el pesebre había cebada y paja bien cribadas, y el jumento estaba echado, descansando. Cuando el amo lo montaba, era sólo para algún trayecto corto y por asunto urgente, y el asno volvía pronto á descansar. Ese día el comerciante oyó que el buey decía al pollino: «Come á gusto y que te sea sano, de provecho y de buena digestión. ¡Yo estoy rendido y tú descansado, después de comer cebada bien cribada! Si el amo te monta alguna que otra vez, pronto vuelve á traerte. En cambio, yo me reviento arando y con el trabajo del molino.» El asno le aconsejó: «Cuando salgas al campo y te echen el yugo, túmbate y no te menees aunque te den de palos. Y si te levantan, vuélvete á echar otra vez. Y si entonces te vuelven al establo y te ponen habas, no las comas, fíngete enfermo. Haz por no comer ni beber en unos días, y de ese modo descansarás de la fatiga del trabajo.»

Pero el comerciante seguía presente, oyendo todo lo que hablaban.

Se acercó el mayoral al buey para darle forraje y le vió comer muy poca cosa. Por la mañana, al llevarlo al trabajo, lo encontró enfermo. Entonces el amo dijo al mayoral: «Coge al asno y que are todo el día en lugar del buey.» Y el hombre unció al asno en vez del buey y le hizo arar todo el día.

Al anochecer, cuando el asno regresó al establo, el buey le dió las gracias por sus bondades, que le habían proporcionado el descanso de todo el día; pero el asno no le contestó. Estaba muy arrepentido.

Al otro día el asno estuvo arando también durante toda la jornada y regresó con el pescuezo desollado, rendido de fatiga. El buey, al verle en tal estado, le dió las gracias de nuevo y lo colmó de alabanzas. El asno le dijo: «Bien tranquilo estaba yo antes. Ya ves cómo me ha perjudicado el hacer beneficio á los demás.» Y en seguida añadió: «Voy á darte un buen consejo de todos modos. He oído decir al amo que te entregarán al matarife si no te levantas, y harán un tapete para la mesa con tu piel. Te lo digo para que te salves, pues sentiría que te ocurriese algo.»

El buey, cuando oyó estas palabras del asno, le dió las gracias nuevamente, y le dijo: «Mañana reanudaré mi trabajo.» Y se puso á comer, se tragó todo el forraje y hasta lamió el recipiente con su lengua.

Pero el amo les había oído hablar.

En cuanto amaneció, fué con su esposa hacia el establo de los bueyes y las vacas, y se sentaron á la puerta. Vino el mayoral y sacó al buey, que en cuanto vió á su amo empezó á menear la cola, á ventosear ruidosamente y á galopar en todas direcciones como si estuviese loco. Entonces le entró tal risa al comerciante, que se cayó de espaldas. Su mujer le preguntó: «¿De qué te ríes?» Y él dijo: «De una cosa que he visto y oído; pero no la puedo descubrir porque me va en ello la vida.» La mujer insistió: «Pues has de contármela, aunque te cueste morir.» Y él dijo: «Me callo, porque temo á la muerte.» Ella repuso: «Entonces es que te ríes de mí.» Y desde aquel día no dejó de hostigarle tenazmente, hasta que le puso en una gran perplejidad. Entonces el comerciante mandó llamar á sus hijos, así como al kadí[13] y á unos testigos. Quiso hacer testamento antes de revelar el secreto á su mujer, pues amaba á su esposa entrañablemente porque era la hija de su tío paterno[14], madre de sus hijos, y había vivido con ella ciento veinte años de su edad. Hizo llamar también á todos los parientes de su esposa y á los habitantes del barrio y refirió á todos lo ocurrido, diciendo que moriría en cuanto revelase el secreto. Entonces toda la gente dijo á la mujer: «¡Por Alah sobre ti! No te ocupes más del asunto, pues va á perecer tu marido, el padre de tus hijos.» Pero ella replicó: «Aunque le cueste la vida, no le dejaré en paz hasta que me haya dicho su secreto.» Entonces ya no le rogaron más. El comerciante se apartó de ellos y se dirigió al estanque de la huerta para hacer sus abluciones y volver inmediatamente á revelar su secreto y morir.

Pero había allí un gallo lleno de vigor, capaz de dejar satisfechas á cincuenta gallinas, y junto á él hallábase un perro. Y el comerciante oyó que el perro increpaba al gallo de este modo: «¿No te avergüenza el estar tan alegre cuando va á morir nuestro amo?» Y el gallo preguntó: «¿Por qué causa va á morir?»

Entonces el perro contó toda la historia, y el gallo repuso: «¡Por Alah! Poco talento tiene nuestro amo. Cincuenta esposas tengo yo, y á todas sé manejármelas perfectamente, regañando á unas y contentando á otras. ¡En cambio, él sólo tiene una y no sabe entenderse con ella! El medio es bien sencillo: bastaría con cortar unas cuantas varas de morera, entrar en el camarín de su esposa y darle hasta que sucumbiera ó se arrepintiese. No volvería á importunarle con preguntas.» Así dijo el gallo, y cuando el comerciante oyó sus palabras se iluminó su razón, y resolvió dar una paliza á su mujer.»

El visir interrumpió aquí su relato para decir á su hija Schahrazada: «Acaso el rey haga contigo lo que el comerciante con su mujer.» Y Schahrazada preguntó: «¿Pero qué hizo?» Entonces el visir prosiguió de este modo:

Entró el comerciante llevando ocultas las varas de morera que acababa de cortar, y llamó aparte á su esposa: «Ven á nuestro gabinete para que te diga mi secreto.» La mujer le siguió; el comerciante se encerró con ella y empezó á sacudirla varazos, hasta que ella acabó por decir: «¡Me arrepiento, me arrepiento!» Y besaba las manos y los pies de su marido. Estaba arrepentida de veras. Salieron entonces, y la concurrencia se alegró muchísimo, regocijándose también los parientes. Y todos vivieron muy felices hasta la muerte.»

Dijo. Y cuando Schahrazada, hija del visir, hubo oído este relato, insistió nuevamente en su ruego: «Padre, de todos modos, quiero que hagas lo que te he pedido.» Entonces el visir, sin replicar nada, mandó que preparasen el ajuar de su hija, y marchó á comunicar la nueva al rey Schahriar.

Mientras tanto, Schahrazada decía á su hermana Doniazada: «Te mandaré llamar cuando esté en el palacio, y así que llegues y veas que el rey ha terminado su cosa conmigo, me dirás: «Hermana, cuenta alguna historia maravillosa que nos haga pasar la noche.» Entonces yo narraré cuentos que, si quiere Alah, serán la causa de la emancipación de las hijas de los musulmanes.»

Fué á buscarla después el visir, y se dirigió con ella hacia la morada del rey. El rey se alegró muchísimo al ver á Schahrazada, y preguntó á su padre: «¿Es ésta lo que yo necesito?» Y el visir dijo respetuosamente: «Sí, lo es.»

Pero cuando el rey quiso acercarse á la joven, ésta se echó á llorar. Y el rey le dijo: «¿Qué te pasa?» Y ella contestó: «¡Oh rey poderoso, tengo una hermanita, de la cual quisiera despedirme!» El rey mandó buscar á la hermana, y apenas vino se abrazó á Schahrazada, y acabó por acomodarse cerca del lecho.

Entonces el rey se levantó, y cogiendo á Schahrazada, le arrebató la virginidad.

Después empezaron á conversar.

Doniazada dijo entonces á Schahrazada: «¡Hermana, por Alah sobre ti! cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche.» Y Schahrazada contestó: «De buena gana, y como un debido homenaje, si es que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas maneras.» El rey, al oir estas palabras, como no tuviese ningún sueño, se prestó de buen grado á escuchar la narración de Schahrazada.

Y Schahrazada, aquella primera noche, empezó su relato con la historia que sigue:

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PRIMERA NOCHE

HISTORIA DEL MERCADER Y EL EFRIT

Schahrazada dijo:

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He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que hubo un mercader entre los mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en todos los países.

Un día montó á caballo y salió para ciertas comarcas á las cuales le llamaban sus negocios. Como el calor era sofocante, se sentó debajo de un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dátiles, y cuando los hubo comido tiró á lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme estatura, que, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le dijo: «Levántate para que yo te mate como has matado á mi hijo.» El mercader repuso: «Pero ¿cómo he matado yo á tu hijo?» Y contestó el efrit: «Al arrojar los huesos, dieron en el pecho á mi hijo y lo mataron.» Entonces dijo el mercader: «Considera ¡oh gran efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente. Tengo muchas riquezas, tengo hijos y esposa, y además guardo en mi casa depósitos que me confiaron. Permíteme volver para repartir lo de cada uno, y te vendré á buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que volveré en seguida á tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras. Alah es fiador de mis palabras.»

El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.

Y el mercader volvió á su tierra, arregló sus asuntos, y dió á cada cual lo que le correspondía. Después contó á su mujer y á sus hijos lo que le había ocurrido, y se echaron todos á llorar: los parientes, las mujeres, los hijos. Después el mercader hizo testamento y estuvo con su familia hasta el fin del año. Al llegar este término se resolvió á partir, y tomando su sudario bajo el sobaco, dijo adiós á sus parientes y vecinos, y se fué muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando grandes gritos de dolor.

En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en cuestión, y el día en que llegó era el primer día del año nuevo. Y mientras estaba sentado, llorando su desgracia, he aquí que un jeque[15] se dirigió hacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo: «¿Por qué razón estás parado y solo en este lugar tan frecuentado por los efrits?

Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la causa de haberse detenido en aquel sitio. Y el jeque dueño de la gacela se asombró grandemente, y dijo: «¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fe es una gran fe, y tu historia es tan prodigiosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería motivo de reflexión para el que sabe reflexionar respetuosamente.» Después, sentándose á su lado, prosiguió: «¡Por Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre con el efrit.» Y allí se quedó, efectivamente, conversando con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa de una aflicción muy honda y de crueles pensamientos. Seguía allí el dueño de la gacela, cuando llegó un segundo jeque, que se dirigió á ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les preguntó la causa de haberse parado en aquel lugar frecuentado por los efrits. Entonces ellos le refirieron la historia desde el principio hasta el fin. Y apenas se había sentado, cuando un tercer jeque se dirigió hacia ellos, llevando una mula color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por qué estaban sentados en aquel sitio. Y los otros le contaron la historia desde el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad repetirla.

A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de aquella pradera. Descargó una tormenta, se disipó después el polvo y apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo al mercader: «Ven para que yo te mate como mataste á aquel hijo mío, que era el aliento de mi vida y el fuego de mi corazón.» Entonces se echó á llorar el mercader, y los tres jeques empezaron también á llorar, á gemir y á suspirar.

Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar ánimos, y besando la mano del efrit, le dijo: «¡Oh efrit, jefe de los efrits y de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te maravilla mi historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de este mercader?» Y el efrit dijo: «Verdaderamente que sí, venerable jeque. Si me cuentas la historia y yo la encuentro extraordinaria, te concederé el tercio de esta sangre.»

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Cuento del primer jeque

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El primer jeque dijo:

«Sabe, ¡oh gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío[16], carne de mi carne y sangre de mi sangre. Cuando esta mujer era todavía muy joven, nos casamos, y vivimos juntos cerca de treinta años. Pero Alah no me concedió tener de ella ningún hijo. Por eso tomé una concubina, que, gracias á Alah, me dió un hijo varón, más hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magníficos, sus cejas se juntaban y sus miembros eran perfectos. Creció poco á poco, hasta llegar á los quince años. En aquella época tuve que marchar á una población lejana, donde reclamaba mi presencia un gran negocio de comercio.

La hija de mi tío, ó sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia en la brujería y el arte de los encantamientos. Con la ciencia de su magia transformó á mi hijo en ternerillo, y á su madre, la esclava, en una vaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado.

Después de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté por mi hijo y por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: «Tu esclava ha muerto, y tu hijo se escapó y no sabemos de él.» Entonces, durante un año estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto de mis ojos.

Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral que me reservara una de las mejores vacas, y me trajo la más gorda de todas, que era mi esclava encantada por esta gacela. Remangado mi brazo, levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio, cuchillo en mano, cuando de pronto la vaca prorrumpió en lamentos y derramaba lágrimas abundantes. Entonces me detuve, y la entregué al mayoral para que la sacrificase; pero al desollarla no se le encontró ni carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué servía ya el arrepentimiento? Se la di al mayoral, y le dije: «Tráeme un becerro bien gordo.» Y me trajo á mi hijo convertido en ternero.

Cuando el ternero me vió, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se revolcó á mis pies, pero ¡con qué lamentos! ¡con qué llantos! Entonces tuve piedad de él, y le dije al mayoral: «Tráeme otra vaca, y deja con vida este ternero.»

En este punto de su narración, vió Schahrazada que iba á amanecer, y se calló discretamente, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia!» Schahrazada contestó: «Pues nada son comparadas con lo que os podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conservarme.» Y el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta que haya oído la continuación de su historia.»

Después, el rey y Schahrazada pasaron toda la noche abrazados. Luego marchó el rey á presidir su tribunal. Y vió llegar al visir, que llevaba debajo del brazo un sudario para Schahrazada, á la cual creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justicia, designando á unos para los empleos, destituyendo á otros, hasta que acabó el día. Y el visir se fué perplejo, en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía.

Cuando hubo terminado el diván[17], el rey Schahriar volvió á su palacio.

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 2.ª NOCHE_

Doniazada dijo á su hermana Schahrazada: «¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mercader y el efrit.» Y Schahrazada respondió: «De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita.» Y el rey ordenó: «Puedes hablar.»

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! que cuando el mercader vió llorar al ternero, se enterneció su corazón, y dijo al mayoral: «Deja ese ternero con el ganado.»

Y á todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeque dueño de la gacela prosiguió de este modo:

«¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: «Debemos sacrificar ese ternero tan gordo.» Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.

Al segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo: «¡Oh amo mío! Voy á enterarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una gratificación.» Y yo le contesté: «Cuenta con ella.» Y me dijo: «¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vió, cubrióse con el velo la cara, echándose á llorar y después á reir. Luego me dijo: «Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?» Yo repuse: «Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?» Y ella me dijo: «El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el mercader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y á su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro. Y si he llorado es á causa de la madre del becerro, que fué sacrificada por el padre.» Estas palabras de mi hija me sorprendieron mucho, y aguardaré con impaciencia que volviese la mañana para venir á enterarte de todo.»

Cuando oí, ¡oh poderoso efrit!--prosiguió el jeque--lo que me decía el mayoral, salí con él á toda prisa, y sin haber bebido vino creíame embriagado por el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al recobrar á mi hijo. Cuando llegué á casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano, y luego se me acercó el ternero, revolcándose á mis pies. Pregunté entonces á la hija del mayoral: «¿Es cierto lo que afirmas de este ternero?» Y ella dijo: «Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón.» Y le supliqué: «¡Oh gentil y caritativa joven! si desencantas á mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo al cuidado de tu padre.» Sonrió al oir estas palabras, y dijo: «Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera, que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar á quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer.»

Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral, le dije: «Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que tu padre me administra. En cuanto á la hija de mi tío, te permito que dispongas de su sangre.»

Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenándola de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo: «Si Alah te creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de forma; pero si estás encantado, recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo.»

E inmediatamente el ternero empezó á agitarse y volvió á adquirir la forma humana. Entonces, arrojándome en sus brazos, le besé. Y luego le dije: «¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.» Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: «¡Ah, hijo mío! Alah, dueño de los destinos, reservaba á alguien para salvarte y salvar tus derechos.»

Después de esto, ¡oh buen efrit! casé á mi hijo con la hija del mayoral. Y ella, merced á su ciencia de brujería, encantó á la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontréme con estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellas supe lo ocurrido á este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia.»

* * * * *

Entonces exclamó el efrit: «Historia realmente muy asombrosa. Por eso te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides.»

En este momento se acercó el segundo jeque, el de los lebreles negros, y dijo:

Cuento del segundo jeque

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«Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que estos dos perros son mis hermanos mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre, nos dejó en herencia tres mil dinares[18]. Yo, con mi parte, abrí una tienda y me puse á vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también, se dedicó á viajar con las caravanas, y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: «¡Oh hermano mío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?» Y echándose á llorar, me contestó: «Hermano, Alah, que es grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que nada tengo ahora.» Le llevé conmigo á la tienda, lo acompañé luego al hammam[19] y le regalé un magnífico traje de la mejor clase. Después nos sentamos á comer, y le dije: «Hermano, voy á hacer la cuenta de lo que produce mi tienda en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las ganancias.» Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé un beneficio anual de mil dinares. Entonces di gracias á Alah, que es poderoso y grande, y dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos días y días.

Pero de nuevo mis hermanos desearon marcharse, y pretendían que yo les acompañase. No acepté y les dije: «¿Qué habéis ganado con viajar, para que así pueda yo tentarme de imitaros?» Entonces empezaron á dirigirme reconvenciones, pero sin ningún fruto, pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron á proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y así pasaron seis años más. Al fin acabaron por convencerme, y les dije: «Hermanos, contemos el dinero que tenemos.» Contamos, y dimos con un total de seis mil dinares. Entonces les dije: «Enterremos la mitad, para poderla utilizar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para comerciar al por menor.» Y contestaron: «¡Alah favorezca la idea!» Cogí el dinero y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí juiciosamente entre nosotros tres. Después compramos varias mercaderías, fletamos un barco, llevamos á él todos nuestros efectos, y partimos.

Duró un mes entero el viaje, y llegamos á una ciudad, donde vendimos las mercaderías con una ganancia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.