El libro de las mil noches y una noche; t. 1

Part 14

Chapter 144,091 wordsPublic domain

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[imagen] _PERO CUANDO LLEGÓ LA 17.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la joven Zobeida no dejó de instar al mancebo, y de inspirarle el deseo de seguirla, hasta que éste consintió.

Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño cayó sobre ellos. Y la joven Zobeida se acostó entonces y durmió á los pies del príncipe. ¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!»

Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante el califa Harún Al-Rachid, Giafar y los tres saalik:

* * * * *

«Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos á revisar los tesoros, cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más fácilmente y tenían más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la ciudad, donde encontramos al capitán y á mis esclavos, que me buscaban desde el día antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la historia del joven y la causa de la metamorfosis de los habitantes de la ciudad, con todos sus detalles. Y mi relato les sorprendió mucho.

En cuanto á mis hermanas, apenas me vieron en compañía de aquel joven tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, maquinaron secretamente la perfidia contra mí.

Regresamos al barco, y yo era muy feliz, pues mi dicha la aumentaba el cariño del príncipe. Esperamos á que nos fuera propicio el viento, desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron un día: «¡Oh hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan hermoso?» Y les contesté: «Mi propósito es que nos casemos.» Y acercándome á él, le declaré: «¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego que no me rechaces.» Y entonces me respondió: «Escucho y obedezco.» Al oirlo, me volví hacia mis hermanas y les dije: «No quiero más bienes que á este hombre. Desde ahora todas mis riquezas pasan á ser de vuestra propiedad.» Y me contestaron: «Tu voluntad es nuestro gusto.» Pero se reservaban la traición y el daño.

Continuamos navegando con viento favorable, y salimos del mar del Terror, entrando en el de la Seguridad. Aún navegamos por él algunos días, hasta llegar cerca de la ciudad de Basrah, cuyos edificios se divisaban á lo lejos. Pero nos sorprendió la noche, hubimos de parar la nave y no tardamos en dormirnos.

Durante nuestro sueño se levantaron mis hermanas, y cogiéndonos á mí y al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía nadar, se ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el número de los mártires. En cuanto á mí, estaba escrito que me salvaría, pues apenas caí al agua, Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con el cual me arrastró el oleaje hasta la playa de una isla próxima. Puse á secar mis vestiduras, pasé allí la noche, y no bien amaneció, eché á andar en busca de un camino. Y encontré un camino en el cual había huellas de pasos de seres humanos, hijos de Adán. Este camino comenzaba en la playa y se internaba en la isla. Entonces, después de ponerme los vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar á la orilla opuesta, desde la que se veía en lontananza la ciudad de Basrah. Y de pronto advertí una culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua le colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme á la cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de improviso, la culebra desplegó dos alas, y volando, desapareció por los aires. Y yo llegué al límite del asombro.

Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio y dormí próximamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada á mis plantas á una negra joven y hermosa, que me estaba acariciando los pies. Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: «¿Quién eres y qué quieres?» Y me contestó: «Me he apresurado á venir á tu lado, porque me has hecho un gran favor matando á mi enemigo. Soy la culebra á quien libraste de la serpiente. Yo soy una efrita. Aquella serpiente era un efrit enemigo mío, que deseaba violarme y matarme. Y tú me has librado de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he encantado en forma de perras negras, y te las he traído.» Entonces vi las dos perras atadas á un árbol detrás de mí. Luego, la efrita prosiguió: «En seguida llevé á tu casa de Bagdad todas las riquezas que había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave á pique. En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer contra la muerte. ¡Porque Alah es el único Resucitador!»

Dicho esto, me cogió en brazos, desató á mis hermanas, las cogió también, y volando nos transportó á las tres, sanas y salvas, á la azotea de mi casa de Bagdad, ó sea aquí mismo.

Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas y todas las cosas que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado.

Después me dijo la efrita: «¡Por la inscripción santa del sello de Soleimán, te conjuro á que todos los días pegues á cada perra trescientos azotes! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te convertiré también en perra.»

Y tuve que contestarle: «Escucho y obedezco.» Y desde entonces, ¡oh Príncipe de los Creyentes! las empecé á azotar, para besarlas después llena de dolor por tener que castigarlas.

Y tal es mi historia. Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que mi hermana Amina te va á contar la suya, que es aún más sorprendente que la mía.»

Ante este relato, el califa Harún Al-Rachid llegó hasta el límite más extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la noche anterior, y le dijo: «Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la causa de esos golpes con que lastimaron tu cuerpo.»

Historia de Amina, la segunda joven

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Al oir estas palabras del califa, la joven Amina avanzó un paso, y llena de timidez ante las miradas impacientes, dijo así:

«¡Oh Emir de los Creyentes! No te repetiré las palabras de Zobeida acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro padre murió, yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos á vivir solas con nuestra madre, mientras mi hermana Zobeida y las otras dos marcharon con la suya.

Poco después mi madre me casó con un anciano, que era el más rico de la ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de Alah mi viejo esposo, dejándome como parte legal de herencia, según ordena nuestro código oficial, ochenta mil dinares de oro. Me apresuré á comprarme con ellos diez magníficos vestidos, cada uno de mil dinares. Y no hube de carecer absolutamente de nada.

Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada, vino á visitarme una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su cara era más fea que el trasero de un viejo; tenía la nariz aplastada, peladas las cejas, los dientes rotos, el pescuezo torcido, y le goteaba la nariz. Bien la describió el poeta:

_¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis, le enseñaría todos los fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio únicamente! ¡Podría desenredar á mil mulos que se hubieran enredado en una telaraña, y no rompería la tela!_

_¡Sabe echar sortilegios y cometer todos los horrores: le ha hecho cosquillas en el ano á una niña; cohabitó con un adolescente; ha fornicado con una mujer madura, y excitó hasta lo increíble á una anciana!_

La vieja me saludó y me dijo: «¡Oh señora llena de gracias y cualidades! Tengo en mi casa á una joven huérfana que se casa esta noche. Y vengo á rogarte (¡Alah otorgará la recompensa á tu bondad!) que te dignes honrarnos asistiendo á la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan humilde, que no conoce á nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la protección del Altísimo.» Y después la vieja se echó á llorar y comenzó á besarme los pies. Yo, que no conocía su perfidia, sentí lástima de ella, y le dije: «Escucho y obedezco.» Entonces dijo: «Ahora me ausento, con tu venia, y entretanto vístete, pues al anochecer volveré á buscarte.» Y besándome la mano, se marchó.

Fuí entonces al hammam y me perfumé; después elegí el más hermoso de mis diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de perlas, mis brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran velo azul de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego de prolongarme los ojos con khol. Y he aquí que volvió la vieja y me dijo: «¡Oh señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del esposo, que son las más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura llegada, se alegraron mucho, y te esperan con impaciencia.» Llevé conmigo algunas de mis esclavas, y salimos todas, andando hasta llegar á una calle ancha y bien regada, en la que soplaba fresca brisa. Y vimos un gran pórtico de mármol con una cúpula monumental de mármol y sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un palacio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegadas á la puerta, la vieja llamó y nos abrieron. Y á la entrada encontramos un corredor revestido de tapices y colgaduras. Colgaban del artesonado lámparas de colores encendidas, y en las paredes había candelabros encendidos también y objetos de oro y plata, joyas y armas de metales preciosos. Atravesamos este corredor, y llegamos á una sala tan maravillosa, que sería inútil describirla.

En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas, aparecía un lecho de mármol incrustado de perlas y cubierto con un mosquitero de raso.

Entonces vimos salir del lecho una joven tan bella como la luna. Y me dijo: «¡Marhaba! ¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces el mayor honor humano! ¡Anastina![52]. ¡Eres nuestro dulce consuelo, nuestro orgullo! Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:

_¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita de huésped tan encantador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante la huella de tus pasos para anunciarse la buena nueva!_

_¡Y exclamarían en su lengua: «¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Honor á las personas adornadas de grandeza y de generosidad!»_

Luego se sentó, y me dijo: «¡Oh hermana mía! He de anunciarte que tengo un hermano, que te vió cierto día en una boda. Y este joven es muy gentil y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella noche te ama con todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente. Y él es quien ha dado dinero á la vieja para que fuese á tu casa y te trajese aquí con el pretexto que ha inventado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi casa, pues mi hermano no tiene otro deseo que casarse contigo este año bendecido por Alah y por su Enviado. Y no debe avergonzarse de estas cosas, porque son lícitas.»

Cuando oí tales palabras y me vi conocida y estimada en aquella mansión, le dije á la joven: «Escucho y obedezco.» Entonces, mostrando una gran alegría, dió varias palmadas. Y á esta señal, se abrió una puerta y entró un joven como la luna, según dijo el poeta:

_¡Ha llegado á tal grado de hermosura, que se ha convertido en una obra verdaderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!_

_¡Ha llegado á la misma perfección de la belleza! ¡No te asombres si enloquece de amor á todos los humanos!_

_¡Su hermosura resplandece á la vista, por estar inscrita en sus facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!_

Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven avanzó y fué á sentarse junto á su hermana, y en seguida entró el kadí con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí escribió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos estamparon sus sellos, y se fueron todos.

Entonces el joven se me acercó, y me dijo: «¡Sea nuestra noche una noche bendita!» Y luego añadió: «¡Oh señora mía! quisiera imponerte una condición.» Yo le contesté: «Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?» Entonces se incorporó, trajo el Libro Sagrado, y me dijo: «Vas á jurar por el Corán que nunca elegirás á otro mas que á mí, ni sentirás inclinación hacia otro.» Y yo juré observar la condición aquella. Al oirme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sentí que su amor me penetraba en las entrañas y hasta el fondo de mi corazón.

En seguida los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de día.

Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al concluir este mes, pedí permiso á mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé conmigo á la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré á la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y á quien conocía de muy antiguo. Y añadió: «Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su padre.» Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: «Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama.» Y dijo él: «Escucho y obedezco.» Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas, seguía elogiándolo y haciéndome observar sus cualidades, y yo le dije: «Nada me importan sus cualidades ni los elogios que le diriges, pues no hemos venido mas que á comprar lo que necesitamos, para volvernos luego á casa.»

Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al mercader el dinero de su importe. Pero él se negó á tomar el dinero, y nos dijo: «Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que recibo al veros en mi tienda.» Entonces le dije á la vieja: «Si no quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela.» Y exclamó: «¡Por Alah! No quiero tomar nada de vosotras. Todo eso os lo regalo. En cambio, ¡oh hermosa joven! concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor á ese beso que á todas las mercancías de mi tienda.» Y la vieja le dijo, riéndose: «¡Oh guapo mozo! Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable.» Y á mí me dijo: «¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No tengas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te dé un beso únicamente, y en cambio, podrás escoger y tomar lo que más te plazca de todas esas telas preciosas.» Entonces contesté: «¿No sabes que estoy ligada por un juramento?» Y la vieja replicó: «Déjale que te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también.» Y tanto siguió encareciéndolo la vieja, que hube de consentir. Y para ello, me tapé los ojos y extendí el velo, á fin de que no vieran nada los transeuntes. Entonces el joven mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios á mi mejilla y me besó. Pero á la vez me mordió tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de emoción.

Cuando volví en mí, me encontré echada en las rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto á la tienda, estaba cerrada y el joven mercader había desaparecido. Entonces la vieja me dijo: «¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha!» Y luego añadió: «Ahora tenemos que volver á casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un remedio que te curará la mordedura inmediatamente.» Entonces me levanté, y sin poder dominar mis pensamientos y mi terror por las consecuencias, eché á andar hacia mi casa, y mi espanto iba creciendo según nos acercábamos. Al llegar, entré en mi aposento y me fingí enferma.

A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: «¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?» Yo le contesté: «Nada. Estoy bien.» Entonces me miró con atención, y dijo: «Pero ¿qué herida es esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?» Y yo le dije entonces: «Cuando salí hoy con tu permiso á comprar esas telas, un camello cargado de leña ha tropezado conmigo en una calle llena de gente, me ha roto el velo y me ha desgarrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!» Entonces se llenó de ira, y dijo: «¡Mañana mismo iré á ver al gobernador para reclamar contra los camelleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar á todos!» Al oirle, repliqué compasiva: «¡Por Alah sobre ti! ¡No te cargues con pecados ajenos! Además, yo he tenido la culpa, por haber montado en un borrico que empezó á galopar y cocear. Caí al suelo, y por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara, haciéndome esta herida en la mejilla.» Entonces exclamó él: «¡Mañana iré á ver á Giafar Al-Barmaki, y le contaré esta historia, para que maten á todos los arrieros de la ciudad.» Y yo repuse: «Pero ¿vas á matar á todo el mundo por causa mía? Sabe que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por el Destino, á quien gobierna.» Al oirme, mi esposo no pudo contener su furia y gritó: «¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas á sufrir el castigo de tu crimen!» Y me trató con las palabras más duras, y á una llamada suya se abrió la puerta y entraron siete negros terribles, que me sacaron de la cama y me tendieron en el centro del patio. Entonces mi esposo mandó á uno de estos negros que me sujetara por los hombros y se sentara sobre mí y á otro negro que se apoyase en mis rodillas para sujetarme las piernas. Y en seguida avanzó un tercer negro con una espada en la mano, y dijo: «¡Oh mi señor! le asestaré un golpe que la partirá en dos mitades.» Y otro negro añadió: «Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará á los peces del río de la Dejla[53], pues así debe castigarse á quien hace traición al juramento y al cariño.» Y en apoyo de lo que decía, recitó estos versos:

_¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma se rebelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le diría á mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos nobles! ¡Porque no alcanzará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!_

Entonces mi esposo dijo al negro que empuñaba la espada: «¡Oh valiente Saad! ¡Hiere á esa pérfida!» Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me dijo: «Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado el fin de tu vida.» Entonces le dije: «¡Oh servidor de Alah el Óptimo! dame nada más el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento.» Después levanté al cielo la mirada, la volví á bajar y reflexioné acerca del estado mísero é ignominioso en que me veía, arrasándoseme en lágrimas los ojos, y recité llorando estas estrofas:

_¡Encendiste en mis entrañas la pasión, para enfriarte después! ¡Hiciste que mis ojos velaran largas noches, para dormirte luego!_

_¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos?_

_¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi corazón, me dejaste!_

_¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste mas que para ser causa de mi desdicha y de la de toda mi juventud?_

_¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo muera escribáis en la losa de mi tumba: «¡Aquí yace un gran culpable! ¡Uno que amó!»_

_¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor dirigirá á mi tumba una mirada compasiva!_

Terminados los versos, seguía llorando, y al oirme y ver mis lágrimas, mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo estas estancias:

_¡Si así dejé á la que mi corazón amaba, no ha sido por hastío ni cansancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!_

_¡Ha querido asociar á otro á nuestra ventura, cuando ni mi corazón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad semejante!_

Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la intención de conmoverle, y dije para mí: «Me tornaré sumisa y humilde. Y acaso me indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas.» Y le dirigí mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:

_¡En verdad te juro que, si quisieses ser justo, no mandarías que me matasen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la separación nunca supo ser justo!_

_¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del amor, cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más fina ó algún otro todavía más ligero!_

_¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino que mi cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!_

Terminados los versos, mis sollozos continuaban. Y entonces me miró, me rechazó con ademán violento, me llenó de injurias, y me recitó estos otros:

_¡Atendiste á un cariño que no era el mío, y me has hecho sentir todo tu abandono!_

_¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado, desdeñando mi deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo tuviste!_

_¡Y me apasionaré por otra, ya que á otro le inclinaste! ¡Y de la ruptura eterna entre nosotros no tendré yo la culpa, sino tú solamente!_

Y al concluir estos versos, dijo al negro: «¡Córtala en dos mitades! ¡Ya no es nada mío!»

Cuando el negro dió un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo ya segura mi muerte, me confié á Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi entrar á la vieja, que se arrojó á los pies del joven, se puso á besarlos, y le dijo: «¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los cuidados que tuve contigo, á que perdones á esta criatura, pues no cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones caigan sobre ti.» Y luego rompió á llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: «¡Basta! Gracias á ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida.»

Entonces ordenó algo á los negros, é inmediatamente me quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillero me fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda esperanza de sobrevivir á tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fué, dejándome tendida en el suelo, mandando á los esclavos que me abandonasen en aquel estado hasta la noche, para transportarme después á mi antigua casa, á favor de la oscuridad. Y los esclavos lo hicieron así, llevándome á mi antigua casa, como les había ordenado su amo.

Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme, á causa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco á poco acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron de mis miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y látigos. ¡Todos habéis visto sus huellas!

Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el palacio en que fuí víctima de tanta violencia; pero se hallaba completamente derruído, lo mismo que la calle donde estuvo, desde el uno hasta el otro extremo. Y en el lugar de todas aquellas maravillas no había mas que montones de basura acumulados por las barreduras de la ciudad. Y á pesar de todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi esposo.