El legado del ignorantismo Conferencia dada el 23 de abril de 1920 ante la Asamblea de Maestros en Baguio

Part 3

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La lista de milagros hechos por la Imagen de la Virgen del Rosario es interminable y ocupa las páginas 37 a 90 de la Novena. No solamente hace milagros la imagen, sino también su falda o saya, lo mismo que el aceite que arde en su lámpara y el agua en donde se mojan sus manos y cualquier rosario u objeto tocado en su saya o imagen (pág. 90).

En la novena a San José (Manila, 1910), después de recordarle su parentesco con Dios, se afirma que no hay patrocinio más eficaz para alcanzar lo que se pide que el suyo (pág. 7). "Necesitando todos del favor divino, es cierto que no faltará este al que, confiado, se acogiera al amparo del Señor San José" (pág. 29). "San José socorre al menesteroso, da salud al enfermo, consuela al afligido, envía lluvia, contiene los hielos, multiplica los frutos, favorece en las tempestades, en los caminos, en los naufragios * * *. Finalmente, ninguno habrá que habiéndose valido del Santo, no haya recibido el efecto de su petición" (pág. 31).

Al Santo Niño de Cebú, imagen que dejaron en aquella ciudad los compañeros de Magallanes, recurrían los cebuanos, antes de convertirse al catolicismo, para pedirle lluvias, "Llevándole en procesión a la playa y metiéndole en el agua, y así conseguían la lluvia de que habían menester" (Novena al Santísimo nombre de Jesús, Malabón, 1895, pág. 11). Sin embargo, la inmersión en el agua del mar, era un recurso que podía llamarse de casos extremados, porque dice así un verso de esta novena:

"Si acaso no conseguían las aguas porque os rogaban, al mar, Oh Niño, os llevaban, y en las aguas os metían: y así el agua que pedían, otorgaba vuestro amor." (Pág. 29.)

Los milagros más conocidos hechos por el Santo Niño tuvieron lugar desde 1618 a 1675; desde entonces no se registra en la Novena ninguno memorable. Sin embargo, la Novena afirma que milagros los "hace continuamente el Santo Niño" (pág. 15) y "a él recurren todo los visayas de Bohol, Cebú, Leyte, Samar, Mindanao y muchos tagalos para besar sus sagrados piés, y venerarle, y encomendarle sus necesidades y desgracias pidiendo alivio en sus enfermedades, ayuda en las navegaciones y su protección en todos los sucesos de la vida" (págs. 15-16).

La seguridad del efecto buscado en las novenas es completa en lo que se refiere a San Roque: "El ejercicio de esta Novena, dice: (pág. 3, Novena, Manila, 1910), nos ofrece el medio de obligar a este glorioso Santo para alcanzar de Dios lo que pedimos."--"Para librarse de la peste * * * que tiene su origen en la corrupción del aire * * * a San Roque tenemos que acudir con fervorosos ruegos * * *" (pág. 3). Al lado del cadáver del Santo se halló un escrito, que se supone redactado por Dios, que decía: "Los que heridos de peste, imploran el favor de Roque, alcanzarán salud" (pág. 5). La intervención de San Roque será solamente en favor de los católicos; quien hace su novena dice lo que sigue: "Yo os suplico que por los méritos de este glorioso Santo, nos libréis, a todos los que asistimos a este culto y a todos los católicos de vuestro Reino de España y de estas Islas, de toda enfermedad pestilente que pueda quitarnos la vida" (pág. 13). Como no se hallan aquí incluidos los católicos de Estados Unidos, el Buró de Sanidad debe recordar que tales ciudadanos con los no católicos que habitan Filipinas, no gozan de la protección antipestífera de San Roque.

La superstición y el crimen

En su notable estudio sobre la Antropología Criminal en Filipinas, dice el Doctor Sixto de los Ángeles (pág. 119): "La fácil credulidad, fomentada por el sobrecultivo del fanatismo religioso, ha constituído desde un principio y hasta el presente uno de los defectos, por desgracia bastante extendidos aún, entre los naturales del país * * *. Amante de sus tradiciones y hábitos heredados, y falta de suficientes oportunidades para adquirir conocimientos, la masa popular filipina tiene que aferrarse, como es lógico y natural, a sus creencias, las que, por no requerir ningún esfuerzo para su comprehensión, se agravan y se arraigan de una manera espontánea en su mente. Como lo demuestran nuestros anales judiciales, la superstición ocupa una categoría notable entre los factores de la criminalidad en el país." Las supersticiones a que alude el Dr. Ángeles no son tan sólo las de la antigua gentilidad de los filipinos que los misioneros, después de más de tres siglos, no han logrado destruir completamente. Las supersticiones a que se refiere en esta conferencia son las traídas por esos mismos misioneros y que han logrado fácilmente hacer penetrar en la conciencia filipina, dispuesta naturalmente a la credulidad, por medio de la propaganda eficaz y generosamente esparcida en las novenas y otros libritos llamados de devoción.

Como hasta la llegada de los americanos la enseñanza en Filipinas fué siempre y exclusivamente religiosa, y dirigida por los sacerdotes romanos, la persistencia de antiguas supersticiones son una demostración del fracaso de la educación religiosa. Tendrían por excusa los misioneros culpar a la rudeza invencible del filipino, que podríamos admitir por cortesía y para evitar discusiones. Pero lo grave no es que ellos no pudieron quitar algo de la supuesta cabeza dura del indio, sino el tremendo caudal de supersticiones que durante más de tres siglos, esos misioneros han hecho penetrar en esa misma cabeza con tan grave perjuicio para su mentalidad y su moralidad.

Falta de voluntad

El pecador falto de voluntad para refrenar sus malas obras le dice a Jesús, lavándose las manos en la intervención divina y dando testimonio de la falta de sentido de responsabilidad: "¿Es posible, dulcísimo Salvador de las almas, que convirtiendo tantos cada día, solo á la pérdida de la mía te has de demostrar insensible?" (Pág. 13.) Esta es una parte de una oración compuesta nada menos que por el Sumo Pontífice Gregorio VII, en su Ejercicio Devoto de la Pasión de Cristo (Manila, 1905).

También se dice a la Virgen: "Limpiad, Vírgen Inmaculada, mi corazón de todo pecado, y echad de mí todo aquello que desagrade a vuestros ojos purísimos. Purgad mi alma de los amores y afectos terrenos." (Págs. 10-11; Corona Franciscana--de la Virgen María. Manila, 1902.)

Por la intercesión de San Francisco el devoto pide a Dios que: "Yo sujete en un todo mis desordenadas pasiones, potencias y sentidos," para que "yo pueda reducir mis pensamientos, medir mis palabras y dirigir mis obras a la mayor perfección," y "que te dignes ablandar la dureza de mi corazón." (Págs. 18, 20 y 21 de la novena a San Francisco de Asís. Manila, 1899.)

Asustado de las maquinaciones de Satanás, el devoto a Santa Filomena le pide (pág. 23, Nov.), "que alcances del Señor el que quiebre más y más las fuerzas de mis contrarios, los demonios, y que me salve a pesar mío."

Se invoca el auxilio de Santa Filomena diciendo (pág. 25, Nov.): "Haz que yo también sea casto, según mi estado, y que mi boca no profiera ninguna de aquellas palabras que según San Pablo, no deben nombrarse entre los fieles."

A Santa Ana, Madre de María, le dice su devoto: "Interesaos, pues, Santa mía, para que se me conceda paciencia en mis adversidades, tolerancia en las injurias, y en todo un ánimo tranquilo * * * (Novena, pág. 1; Manila, 1893). También se le dirige el siguiente ruego; "Empeñaos, pues, Santa mía, con vuestro sagrado nieto Jesús para que se quite de nuestro corazón todo desafecto y mala voluntad que perdonemos por amor de Dios todas las injurias * * *."

No es posible cultivar el sentido de la dignidad, ni del respeto de sí mismo cuando se diseminan doctrinas como las que resultan de los siguientes ejemplos, en la novena de Santa Rosa de Lima:

"Llevada de su humildad, hacía que una criada le pisara los labios," (pág. 10). "Amaba más los desprecios que las mundanas honras * * *." (pág. 102), y "deseaba con tanta eficacia que los otros la tuvieran por la cosa más vil del mundo, que aseguraba merecía estar en el infierno y que ese era su propio lugar por sus pecados. Si alguno mostraba no creerla y que la tenía por inocente, Nadie me conoce a mí, añadía, yo sola sé lo que soy" (pág. 11). "Oyendo una vez que la alababan de virtuosa, lo sintió tanto que quedó desmayada" (pág. 11).

En una oración a Santa Filomena (Novena, pág. 16) se dice a la Santa, pidiéndole su protección: "Mis pecados me han vuelto de poco menor que los ángeles, muy inferior a las bestias, pues que éstas no olvidan el pesebre de su amo, y a su modo agradecen la comida y yo me he olvidado de la casa de Dios * * *." No es tan sólo desprecio de sí mismo lo que resulta de tales consideraciones, sino la falta de lógica en atribuir a la gratitud de las bestias su vuelta al pesebre del amo, cuando es claro que el móvil que les conduce es sencillamente el hambre.

La ira de Dios

Los fenómenos naturales se miran por la ignorancia como manifestaciones de la ira divina, que no llegarían a producirse si alguien, en la humanidad, no la provocara por medio de su conducta. Santo Tomás de Aquino, que con razón es considerado como el hombre más científico de su época, creía firmemente que los truenos, los rayos y las tempestades fueron tan sólo manifestaciones punitivas de Dios irritado contra los hombres. "De su temor a Dios, nacía en el Santo Doctor un género de miedo a los truenos y tempestades, con que como reverente hijo, temía ver airado el rostro del Padre, recelando no fueran aquellas tempestades provocadas por sus culpas." (Milicia Angélica, Manila, 1907, pág. 21.)

El miedo ciego de Santo Tomás le hacía concebir una justicia ciega de la Divinidad porque por su culpa Dios desencadenaba una tempestad y prodigaba el rayo que naturalmente dañaba y molestaba a un gran número de personas que sufrían por causa de las culpas del Santo. Para el sencillo creyente, cuando el Santo sabio pensaba y creía de tal manera, no habrá motivo para rechazar su explicación, mucho menos sospechar siquiera que lo de castigar justos con pecadores no es obra de justicia ni siquiera de sentido común.

Ausencia de lógica

La mentalidad lógica no se puede desenvolver cuando se fomenta y cultiva el absurdo, principalmente cuando se le presenta cubierto con el falso barniz de religión, cuando se funda en la superstición de un carácter totalmente pueril y simple.

En la vida de San Vicente Ferrer, impresa en su novena, se refieren los siguientes milagros, y no hay duda alguna que quien cree en ellos, no puede de ninguna manera cultivar las funciones de su inteligencia.

"En Valencia, un criado del conde de Faura, que nació sordo y sin lengua, estuvo así muchos años; y adorando un día la reliquia de San Vicente, curó de la sordera, le nació la lengua y habló en adelante" (pág. 17).

"Una mujer dió a luz un pedazo de carne sin figura humana. Ofrecióle a San Vicente haciendo decir una misa, y a la Epístola ya tenía cabeza, al Evangelio brazos, al Consagrar piernas, y al fin se hallaron con un bello niño. Lo mismo ocurrió a otra señora de Toledo" (pág. 34).

"En Lisboa vivía corrida una dama por ser tan fea, que era la risa de los que la veían. Acudió a San Vicente y amaneció una mañana muy hermosa y agraciada, de que resultó ser tan devotas a San Vicente las damas de Lisboa que no las exceden las de Valencia" (pág. 37).

"Un mercader partió a una feria y entretanto su mujer cometió una fragilidad por lo que quedó * * *. Se encomendó arrepentida a San Vicente y el Santo salió al camino por donde volvía el marido con unos caballos, poniéndose allí a espantarlos por medio de una capa y los dispersó. Entonces el marido perdió su tiempo en reunir sus caballos, de modo que, cuando llegó a su casa, ya había tenido tiempo su esposa de salir de su cuidado, librándose de las consecuencias de su falta." Así se refiere con la mayor naturalidad un acto inmoral y grotesco, en que sale sin razón ni causa castigado el marido inocente, y el Santo ejecuta con su capa una picardía digna tan sólo de un granuja del arroyo.

Se dice que San Ramón toma tal interés en las desdichas y penas de sus devotos y es tan extremadamente compasivo "que han sudado sus imágenes por la aflicción de los devotos" (pág. 12). "Una imagen del Santo sudó tan manifiestamente al tiempo que su devota padecía, que se manchó el velo con que se cubría; y algunos pañolitos mojados en el sudor aliviaban maravillosamente los dolores de cabeza" (pág. 21).

San Roque tiene el poder de evitar la propagación de las epidemias. "Su protección es la que nos preserva de la peste y de otras muchas dolencias, que teniendo su origen en la corrupción del aire que nos había de conservar la vida, nos causa la muerte" (pág. 3).

El colmo de lo absurdo

¿Es acaso posible inventar ni suponer mayores absurdos que los hasta aquí mencionados? Sin embargo, para no alargar esta conferencia sólo presento un pequeño número de casos citados a montones en estos pequeños opúsculos repartidos con profusión en nuestro pueblo. ¿Qué lógica, qué razonamiento podemos esperar de cerebros nutridos con tales absurdos, alimentados con patrañas de carácter tan pueril que no se comprende que hayan sido narrados por hombres de simple sentido común?

"El colchón en que murió San Vicente quedó con virtud de hacer milagros; pues acostándose en él en diversas ocasiones más de 400 enfermos de diferentes accidentes, todos lograron la salud" (pág. 32).

Una vez que San Antonio de Padua predicaba en la playa, ocurrió que "salieron del agua los peces a quienes predicó y que le oyeron atentos." Ningún devoto pone en duda la salida de los peces ni tampoco se interesa en resolver los problemas de física, fisiología, lingüística y principalmente de lógica de semejante acontecimiento, pero así lo afirma la novena al Santo (pág. 20).

Prolongaría innecesariamente esta conferencia si mencionara todos los absurdos consignados en las Novenas de los cuales tengo un amplio caudal que constituye una documentación positiva utilísima para la historia de la superstición que apenas desfloro aquí. Con lo dicho hay bastante para explicar el origen de la inmoralidad, la verdadera causa de la predisposición al vicio, la ausencia del sentido de responsabilidad, la explicación natural de ese carácter incomprensible formado de una mezcla de sentimientos encontrados que los misioneros han atribuido al filipino, indio, español y chino, influidos todos por el espíritu nocivo que informa toda esa literatura completamente perturbadora de la razón. Ella y no la educación laica es la responsable del fenómeno.

No vengo formulando teorías ni emito hipótesis caprichosas. Ante un auditorio como el que tengo el honor de hablar, necesito pesar el valor de mis palabras y de mis juicios. Por tal motivo he traído hechos, he citado textos repitiendo las propias palabras, no de la literatura profana constituida por los Corridos anónimos cuya perjudicial influencia es perfectamente conocida, sino de los textos auténticos de novenas autorizadas por la censura eclesiástica por no contener cosa contraria a la sana moral, como se dice en las licencias para imprimir.

Ni por un momento he tratado de mezclar la religión en mi crítica ni tampoco está en mis manos variar las consecuencias que se deducen de los hechos mencionados en las novenas, que es la literatura responsable de un estado de mentalidad pueril, absolutamente inadecuada para la inteligencia de la moral, compuesta de elementos paralizadores y no de progreso.

La moral no es más que el triunfo sobre sí mismo mediante el cual el hombre hace lo que debe y no lo que quiere. En el hombre inmoral no hay lucha entre dos tendencias, una hacia el mal, otra hacia el bien. Solamente hay una tendencia instintiva: ningún freno racional que se oponga. ¿Qué dominio de sí mismo tiene quien para refrenar su costumbre y pronunciar palabras sucias y obscenas recurre a la intervención de un santo? Falto de voluntad, desprovisto de la idea misma de lucha consigo mismo, ¿cómo puede triunfar sobre sí mismo? Juguete de sus pasiones, parecía que lo único que podría retenerle era el castigo en la vida futura; pero ese temor no le preocupa, puesto que al mismo tiempo que se le amenaza con el fuego eterno, se le dice de qué manera lo puede evitar, sin dejar de practicar el mal.

La inmoralidad de las novenas

Esas novenas contienen una enseñanza funesta para la sociedad cuyo fundamento moral consiste en el desarrollo de las condiciones individuales tales como el trabajo, el cumplimiento del deber, el respeto a la ley, la lucha contra los propios instintos y pasiones que requiere antes que nada el dominio de sí mismo. No solamente no se enseñan ni siquiera se mencionan estas obligaciones sociales, sino que se estimula a todo lo malo asegurando al criminal, al pecador, que será perdonado, que podrá librarse del castigo, que por mal que obre y por culpable que sea, sin el menor esfuerzo, con la mayor naturalidad y facilidad, conseguirá lo que se le antoje y triunfará en la tierra, lo mismo que en la otra vida.

Por un lado se atemoriza al individuo con el genio del mal, siempre empujándole por el camino del vicio y la ignominia: por otro se le inspira confianza ciega poniéndole al lado un Ángel de la Guardia que no le abandona noche y día, que le sostiene, le conduce, "siendo su intervención tan útil, que modifica aquello que pedíamos a Dios cuando conoce que nuestras peticiones pueden acarrearnos algún mal espiritual o corporal."

¿Qué idea de justicia puede concebir quien recuerda el espectáculo que presenció aquel caballero en el cementerio de Cuzco? No sólo se le presenta a María y a José intercediendo con toda energía por la salvación del malvado por la sola razón que invocaba sus nombres, sino que ni se conmueven ni ensayan siquiera dulcificar la crueldad de Jesucristo cuando condena a muerte repentina y condenación eterna a las dos desdichadas mujeres de mala vida. Ellas no invocaban a María y José, quienes sólo se apiadan de sus clientes y obran con la misma parcialidad de un cacique nacionalista o demócrata.

¿Y qué significa la ley que no admite y persigue la poligamia cuando son esposas de Jesús tantas vírgenes que esperan otra vida para entregarse a su esposo? ¿Y qué decir de María, esposa del Padre, de su propio hijo, de José y Santo Domingo?

El Sr. Ignacio Villamor refiere en un informe al Comité de Mortalidad Infantil, escrito cuando era Fiscal General, varios casos de asesinatos de personas consideradas como embrujadas y como tales sacrificadas por los fanáticos.

El mozo de Traiguerra que acometió a una vieja fea por suponerla el mismo demonio, después de oir un sermón de San Vicente, es absolutamente del mismo carácter que los posesionados del asuang referidos por el Sr. Villamor.

¿Y qué decir del patrocinio de San Isidro, invocado por los agricultores? El dió ejemplo de abandono de su deber como agricultor, puesto que en lugar de arar la tierra haciendo el trabajo por el que su amo le pagaba, se pasaba el día rezando. Por un milagro, un ángel tomaba el arado y conducía los bueyes mientras el Santo oraba y no trabajaba. ¡Y a la sombra de nuestras mangas, confiando en San Isidro, la gente del campo duerme esperando que los ángeles hagan su trabajo! ¿Cómo predicar lo de "Comerás el pan con el sudor de tu rostro," cuando el trabajo que ese sudor significa no es necesario?

Sin conexión alguna con el Buró de Educación del Gobierno de Filipinas he discurrido en la forma en que acabo de hacerlo, no para defender las escuelas laicas de una acusación injusta e injustificable, no para atacar a personas ni a ideales religiosos ni políticos, sino para contribuir a extirpar una de las bases, una de las causas más fuertes de la criminalidad, de la corrupción, de la formación de individuos inútiles y nocivos a la sociedad: ¡la superstición! Y, señores, no es una superstición digna solamente de risa: de ninguna manera. Es una superstición ridícula, sí, absurda, pero trágica, peligrosa, porque ofrece a los malvados, a los criminales, a los ignorantes, los medios de triunfar en la vida, de salirse con la suya, de conseguir lo que quieren dándoles los medios de evitar el castigo, burlando en la tierra la justicia de los hombres, y consiguiendo de Dios el perdón de la condenación eterna, por el sencillo medio de la invocación de un nombre de santo, o de una palabra latina que, como un sésamo ábrete, franquea al devoto las puertas del cielo.

Error lamentable del obispo de Cebú

El prelado que acusó en la forma antes mencionada a las escuelas públicas, ha cometido un error lamentable. Por mi parte puedo asegurar que sus acusaciones despertaron en mí la curiosidad de investigar las causas de la inmoralidad y de la perversión de costumbres que dicho prelado, y nosotros con él, todos lamentamos. De acuerdo con los que han estudiado la mentalidad de la mayoría de nuestro pueblo, resulta evidente que la superstición es el enemigo que tenemos que combatir, que ella es la causa de los errores morales que observamos. Tanto los sacerdotes regulares como los del clero secular confiesan que la masa del pueblo se halla aún sometida a la superstición heredada de los antepasados, la superstición que podría llamarse genuinamente filipina, la que proviene de las antiguas creencias en el nunu, el asuang y el anito y todos los espíritus de la antigua idolatría, anterior a la implantación del catolicismo por los misioneros españoles.

El fracaso de los misioneros

Según propia confesión, estos misioneros, después de tres siglos de predicaciones, no han logrado extirpar esas supersticiones incrustadas en la conciencia del pueblo. Debemos aceptar su declaración como honrado testimonio del fracaso de su misión religiosa. No me interesa ni discuto el punto de vista religioso, sino la importancia de la superstición en la vida social, su influencia perniciosa contra la evolución de la moralidad. Lo que resulta, sin duda alguna, consecuencia de los relatos contenidos en esa literatura que constituye la única lectura del pueblo, es el fomento de la ignorancia, propagando de una manera tan efectiva todas las supersticiones antes mencionadas y aumentando con ellas el caudal de errores que por desdicha gobierna la mentalidad de la masa del pueblo.

No se trata solamente de los llamados indios; también están acusados de supersticiones los hijos de españoles de pura sangre o mezclados con indios, así como los mestizos chinos. Todos estos, todos nosotros, filipinos, estamos incluidos entre los individuos contagiados con la lepra de la superstición, fomentada por la absurda milagrería de las novenas, y no se puede decir que sea un mal de una raza de Filipinas, sino de los habitantes de Filipinas en general.

Para que la educación sea útil, tiene que formar en el individuo el sentido de responsabilidad mediante el libre automático ejercicio de la razón. El cumplimiento del deber será su objetivo; para conseguir tal fin es indispensable desarrollar en el hombre la voluntad por medio de la cual luchará contra los instintos bestiales, contra los impulsos sentimentales, contra todo lo que se halla en oposición a los dictados de la razón.

Mentalidad lógica para saber lo que debemos hacer, para poder trazarnos un camino justo que seguir: Voluntad, para lograr sobreponer los dictados de nuestra razón a los impulsos de nuestros deseos. Este es el objeto de la educación laica, de la educación de las escuelas sin Dios, aquí con las escuelas del gobierno como en aquel Colegio de la Beata Imelda, dirigido por los PP. Dominicos, bajo la norma de las ideas japonesas traducidas en leyes imperativas, situado en Taihoku, capital de Formosa.