Part 5
Es _El Jayón_ uno de esos dramas humanos que, por lo mismo, por lo humanos, pueden pasar en cualquier parte, en cualquier época, allí donde latan dos humanos corazones... ¿Qué decimos dos? No; aquí son necesarios más; cinco por lo menos: tres _activos_, digámoslo así (los de dos mujeres madres y un hombre padre), y dos _pasivos_ (los de los hijos): el _jayón_ y el legítimo.
En la vida se han dado sin duda muchos casos como el que presenciamos ayer en la escena. La novedad en estos asuntos nada importa; su verdadera novedad no está en el motivo, sino en el modo de desarrollarlo, y la distinguida y laureada autora de _La Esfinge Maragata_ ha demostrado un tacto escénico admirable.
Sobriamente y con creciente interés en cada escena, va desenvolviéndose el drama, que tiene instantes felicísimos de emoción y poesía.
Es verdad que ninguno de los papeles está hecho _a la medida de ningún actor_; pero es cierto también que todos estos papeles de la vida real, con sus palabras y sus sentimiento comunes, _caen_ siempre como hechos a la medida para nuestros cómicos, que son insuperables en cuanto se les hace caminar por la superficie terrena y no se les obliga a explorar en psicologías subterráneas o aéreas.
Anoche, todos los actores de Eslava que tomaron parte en la obra lo hicieron a maravilla. Hasta los más secundarios; por ejemplo, aquellos dos pastores, llegados al llano de las alturas nevadas, parecían tipos arrancados de la propia sierra.
Todos dignos de plácemes, y sobre todos hemos de mencionar especialmente y en justicia a la Sra. Peñaranda, que dió la nota dramática más emocionante, sin gritos desentonados, gestos extemporáneos, sin aspavientos, sino con una sobriedad en la actitud y en la palabra, palabra cálida, humana, de dolor profundo y contenido, mil veces más emocionante y trágica que un coro de voces plañideras.
La Sra. Espina salió al final de todos los actos, reclamada por los aplausos unánimes del público. Reciba también el nuestro fervoroso.
GOY DE SILVA.
De "El Imparcial":
Con motivo del estreno de «El Jayón».
_Hablando con Concha Espina._
Dulzura; todo en ella es dulzura: los ojos puros que miran siempre _más allá_, el pliegue de la boca cansada, los gestos pausados, la voz igual...
Entra en el saloncillo del teatro, donde la espero; el ancho sombrero de terciopelo negro proyecta una sombra suave sobre su rostro, cubriendo los cabellos negros; los largos pendientes de coral rojo no son en ella una extravagancia, ni siquiera una fantasía: son un adorno encantador e inmóvil, porque su cabeza apenas se mueve.
--Vengo a molestarla--la digo--con motivo del estreno de esta noche; la actualidad manda, y usted es hoy una figura de actualidad de primer orden...
--¡Oh, no!--protesta casi intimidada--: de primer orden, no.
--Un estreno teatral femenino--prosigo--es aquí un acontecimiento, y tratándose de una firma, como la de usted... Pero esto es un pretexto; hace mucho que yo deseaba hablar con usted para poder luego hablar de usted a mis lectoras. Y antes de tratar de su nueva personalidad literaria, yo quisiera que me hablase usted de su vida.
Y me habló de su vida muy sencillamente, con su voz dulce e igual, parándose a menudo, como si cada palabra evocase algo ante sus ojos, que miran siempre _más allá_...
* * * * *
--Y ahora hablemos un poco de su última encarnación literaria. ¿Cómo se le ocurrió escribir para el teatro?
--Paso de la novela al teatro con la misma naturalidad y lógica que pasé del periodismo a la novela, o de los versos a la prosa. Hace algún tiempo escribí _El Jayón_ en novela para _La Novela Corta_. Mis pocos amigos intelectuales me aseguraron que los tres capítulos de _El Jayón_ eran más bien tres actos de un drama. Y un buen día me decidí a seguir su consejo y, en efecto, a medida que escribía me parecía que mi novela iba adquiriendo su verdadera forma, realizando su verdadera misión.
--Volviendo al motivo _de actualidad_ de mi visita, ¿cuáles son sus impresiones de autora dramática en día de primer estreno?
--Estos días confieso que en los ensayos sufrí un poco; es doloroso el oir las frases que nos dictó la emoción, cien veces remachadas, indiferentemente, desapasionadamente. Yo comprendo que esto es una sensación algo pueril, de autora novicia.
--No sé si es pueril, pero me parece que debe ser muy justa. ¿Y hoy?
--Hoy estoy muy tranquila; soy muy optimista.
Y sus ojos, y su actitud toda, confirman tan sinceramente sus palabras que la miro algo desconcertada, y no temiendo ya turbar tan robusta serenidad, insisto:
--Sin embargo, descontado el valor seguro de una obra de usted, hay obras muy hermosas y hasta de gran éxito más tarde, que fueron, el día de su estreno...
--... ¿Un fracaso?--concluye tranquilamente--. Pues bien, yo me pongo perfectamente en el caso; de todas maneras no será culpa mía. Yo he escrito un drama que yo misma he presenciado y hondamente sentido, entregándome en mi obra con toda pasión, con toda fe. Yo no podía hacer más; luego, sean las cosas como sean, mi trabajo es el mismo; yo también...
¡Admirable Concha Espina, inmortal autora de _La Esfinge Maragata_; el éxito de su primer drama ha debido llenarla de una alegría digna, sin nervosidad, como sin nervosidad también fué la espera! Porque usted en la gloria como en el arte, como en la vida misma, permanece siempre fuerte con dulzura, optimista sin vanidad, y sin pasividad, serena. Porque usted, como sus ojos claros, está siempre _más allá_...
MAGDA DONATO.
De "La Unión", de Sevilla:
Anoche, en el escenario de Eslava, se representó una obra teatral debida al ingenio de Concha Espina, la de la prosa correcta y clara como agua de manantial serrano, la novelista que sabe tejer realidades de nuestra propia vida con finos hilos de ensueño, dando a la labor un tono suave, de verdad y de ilusión, tan perfectamente armonizado, que logra poner un suspiro en nuestros labios, al mismo tiempo que, embebecidos, pensando en unas dulces quimeras, miramos a las lejanías más azules.
Y la representación de _El Jayón_--que así se denomina la nueva comedia dramática--nos proporcionó aquella hora grata que el espíritu nos demandaba, cansado de tanta aridez y de tanto mezquino prosaísmo como estamos viviendo estos días en este nuestro buen pueblo español.
Concha Espina, dotada de un exquisito temperamento artístico, escribiendo para el teatro como escribe sus novelas, tuvo el singularísimo acierto de subyugar a los espectadores, brindándoles generosamente aquellas exquisiteces de que estamos tan ayunos y que, en verdad, hemos echado de menos en tantas temporadas teatrales perdidas para la cultura, para el buen gusto y para el arte, nuestro supremo soberano.
_El Jayón_, que tiene por fondo un brioso panorama de vidas rurales, que exalta hasta un sacrificio eterno--el de dejar el amor al hombre único--, el santo cariño maternal, está enmarcado en una pureza de lenguaje y en una simplicidad de tecnicismo que constituyen la triunfal ejecutoria de la pluma que anoche fué aclamada, no ya por el aplauso de los selectos, sino por el público de la galería, que, abierta el alma a la llegada de la emoción, supo gustar ésta y apropiársela, agradeciéndola como una señalada merced.
Los periódicos madrileños relatarán, de seguro, el argumento de la obra que de modo tan definitivo triunfó anoche en Eslava, y por ello, para no hacer demasiado extenso este apunte, no he de meterme en tal detalle; pero, por si no te lo dijesen los críticos de teatros al hacer el comentario del estreno, yo he de manifestarte, amigo lector, que _El Jayón_ tiene una escena tan intensa y tan sublime, tan generosa y tan llena de dulzores de alma de mujer, tan ungida por la gracia de las que fueron madres, que la diputo como uno de los mayores aciertos de nuestro teatro.
* * * * *
Cuando _El Jayón_ siga su camino por todos los teatros de España, que la ruta es amplia y reclaman las gentes de todos los lugares beber en el mismo fresco y grato manantial, Concha Espina recogerá el fruto de la gratitud, pues ha puesto en el duro surco de nuestra vida semilla de arte noble y grande.
Y bien haya quien así atiende la sed de nuestro espíritu, que ya empezaba a mostrar grietas producidas por la hosca resequedad que hubieron de proporcionarnos los que se propusieron extraviarnos en nuestro camino hacia lugares de cordialidad, de ternuras, de realidades suavizadas por el dulzor del ensueño.
LEOCADIO MARTÍN RUIZ.