El infierno del amor: leyenda fantastica
Chapter 3
--¡Maldita, sí!--ronca, dijo:-- ¡Maldita, la que maldijo! ¡Un amor que muerte augura colmando mi desventura, mi vida, mi amor, mi hijo, arrebate á mi ternura!
--¡Qué dices, madre! --De aquí partamos sin más tardar. --¡No temas, espera en mí! ¡Tanta gloria he de alcanzar, que mi Leila me ha de dar Ben Jucef-el-Meriní!
¿Por qué, dí, te desesperas? Yo arrancaré en las fronteras ricas presas al cristiano; y á sus plantas hechiceras ella verá cien banderas conquistadas por mi mano.
El encanto de mi amor me hará incontrastable, fuerte; calma tu ansioso temor, ¿por qué pensar en la muerte, cuando propicia la suerte consuela nuestro dolor?
El Rey me ennoblecerá, Granada me aclamará, ella y tú seréis mi encanto. --¡Oh! ¡cuán léjos, cuánto y cuánto la locura humana va!-- dijo Ayela con espanto.
--Enalteciendo á mi grey, con mi sangre en las campañas, por Dios, la patria y el Rey, premio hallarán mis hazañas. --Yo no conozco más ley que el hijo de mis entrañas.
¿Qué rey nos tendió la mano? ¿Qué patria nos amparó? Dios mismo, al dolor tirano, doblegados nos dejó, que la maldicion oyó y no se maldice en vano.
--De temor estoy ajeno, dijo Ataide ya impaciente-- aquel que maldice al bueno el daño siente en su seno. --¡Oh, sí! ¡la fiera serpiente da á sus hijos su veneno!
--¡Hijo soy yo de un maldito! --Tú de tu madre el dolor desoyes, y el hondo grito de las ansias de su amor. ¡Dios es grande y vengador, y cumple lo que está escrito!
--¿Y qué ha de cumplirse, di? --Temo que te mate el fiero Ben Jucef-el-Meriní. Si sabe (de angustia muero) tus amores..... ¡ah! ¡yo espero que tengas piedad de mí!
¡Huyamos! De tu pasion me estremece la locura, se me hiela el corazon, y pienso que, horrenda, oscura, una horrible maldicion nos lleva á la desventura.
--Mañana, al rayar el dia, partirémos, madre mia. --¡Oh! ¿Qué dices? --En su empeño, mi amor á la lid me envia. --¿No me engañas? ¿No es un sueño? --Me tarda el tenerla mia;
pero esta noche..... --¡Oh, señor! --Ella en la reja me espera, piensa madre en su dolor, si escarneciendo su amor á hablar con ella no fuera por la sombra de un temor.
--¡Oh! ¿Quién sabe?--Ayela dijo para sí, con triste anhelo-- tal vez sin razon me aflijo: ¿Mas, qué madre por su hijo no vive en tenaz recelo, temiendo un afan prolijo?--
Y añadió, la voz temblando: --En buen hora ve, mas cuida que ansiosa quedo esperando. --No he de tardar, por mi vida-- dijo Ataide--y la salida ganó, impaciente escapando.
V.
Áun sonaban en el huerto sus pisadas presurosas, cuando recayendo Ayela de su miedo en las congojas, de insoportable pavor dominada, de afan loca, --_Radjí_--exclamó:--vén conmigo, precédeme: el rastro toma de tu señor.--Y _Radjí_, con marcha lenta, afanosa, el huertecillo cruzando, seguido de su señora, el rastro tomó en demanda de la pintoresca loma del Albaicin, por callejas estrechas, ágrias, medrosas, ó entre vallados floridos de cármenes, cuyo aroma el aire con su fragancia perfumaba deliciosa. Á cada paso, al subir una cuesta áspera y corva, Ayela se detenia jadeante, temblorosa; su mano buscaba apoyo en un muro, y de su boca hervoroso se exhalaba el ronco alentar que ahoga y en el comprimido pecho la sangre agitada agolpa. Fatigada, dolorida, llegó al fin á la Almanzora. Desierta la calle estaba, sumida en tinieblas, lóbrega, y al amor no daba amparo en sus rejas silenciosas. Súbito choque de aceros resonó: dos voces roncas, una de viejo, irritada, serena y jóven la otra, de entre el silencio salieron, terribles, tempestuosas. Ayela, de horror transida, que en la voz jóven, sonora, á Ataide escuchado habia, sus fuerzas cobrando todas, por un milagro de amor, cual revive luminosa y brilla por un momento una luz que á su fin toca, ansiosa, rápida, ardiente, corrió, llegó, y animosa entre las fieras cuchillas se arrojó, sublime, heroica, para defender la vida del que era su sangre propia. En un recodo del muro de la puerta que áun se nombra de Albolut, ó el Estandarte, y en el muro gris se apoya del castillo del Romano, esplendente, brilladora, alta la luna en el cielo bañaba una plaza angosta entre el adarve robusto y una torre altiva y roja, que de sus almenas reales ostentaba la corona. Asida á su Ataide Ayela, miraba, cual la leona que á su cachorro defiende, á Aben Jucef, que su cólera trocado habia en espanto, y ella, al verle, tembló toda. Era él, el miserable, que la triste una vez sola vió en su vida, al resplandor de la llama pavorosa de su aduar incendiado, rugiendo bravas las olas, zumbando irritado el viento, miéntras la voz angustiosa de sus parientes pedia, en vano, misericordia. En su recuerdo indeleble aquella faz espantosa Ayela guardado habia; y aquella mirada odiosa, sensual y repugnante que la contemplaba absorta, era la mirada misma de aquella terrible hora; y él, que de Ayela tenía en su conciencia la copia, la devoraba mirándola con expresion misteriosa, mezcla de amor y de espanto y dulce á la par que torva. Y ella, apagando su ira, que horrenda y aterradora brillaba en sus negros ojos, y con dulce y cadenciosa voz, que doliente imploraba, apenada y melancólica, --¡Ved, señor, que éste es mi hijo y que es mi esperanza sola!-- exclamó; y el fiero xeque, con voz terrible, espantosa, en que vibraban heridas las fibras de su alma rotas, --¡Maldito!--exclamó--¡maldito!-- y huyendo, la calle lóbrega ganó, se perdió por ella, y con voz triste, medrosa, --¡Maldito!--repitió un eco que surgió de entre la sombra.
VI.
Ataide, mudo, asombrado, en negras ánsias perdido, en la duda estremecido, en un misterio anegado, dudando si era soñado aquel torrente de hiel, ó una realidad cruel que su esperanza rompia, á su madre sostenia, ansiosa abrazada á él.
Luégo miró con espanto que agitada, convulsiva, por la boca sangre viva, por los ojos triste llanto, lanzaba Ayela, y que en tanto la muerte apagaba impura de sus ojos la hermosura, y con mate palidez manchaba la limpidez de su nítida blancura.
Soportando su agonía, Ayela, terrible, fuerte, con la incontrastable muerte pugnaba en lucha bravía; su palabra se perdia oscura, ronca é incierta, y muy pronto helada, yerta, dejando á Ataide perdido en un misterio, un gemido de dolor la dejó muerta.
Representar la amargura es de Ataide empeño vano; no tiene el lenguaje humano voz para tal desventura. Preguntad á la locura y os responderá inclemente: --Yo, del dolor en la fuente, mato al alma infortunada: soy la sombra, soy la nada en un cadáver viviente.--
Y así Ataide. Al golpe rudo, inesperado, violento, anulado el sentimiento, insensible, inerte, mudo quedóse, y luégo, sañudo, vuelto en sí, con la voz fiera, --¡Venganza--gritó--aunque muera en mi venganza mi amor! ¡Ay madre de mi dolor! ¡jamas á mi Leila viera!--
Y sus lágrimas brotaron, y sus labios contraidos, entre dolientes gemidos, la faz de Ayela besaron; luégo sus brazos la alzaron, sobre el hombro la cargó, desatentado partió con el vértigo en la mente, y gruñendo en són doliente el fiel _Radjí_ le siguió.
VII.
De improviso, voz vibrante, grave, extensa, poderosa, que se repite incesante, y que de instante en instante resuena más presurosa, rompiendo el silencio hiende el aire, léjos se extiende, y á la ciudad despertando, brava, al combate llamando, hasta la vega desciende.
Es la sonora campana de la alcazaba, que, fiera, dice que gente cristiana, de presa y conquista en gana, ha roto por la frontera.
Con su carga dolorosa por una altura desciende Ataide; el rebato entiende, y una mirada ardorosa á la vega ansioso tiende.
En los picos de la sierra las atalayas ardiendo hacen la señal de guerra, su roja hoguera, que aterra, incesantes repitiendo.
--¡Ah, nos embiste el rumy!-- siniestro Ataide exclamó-- ¡mi venganza es cierta! ¡sí! ¡no ha de escapárseme allí! ¡él primero! ¡luégo yo!
Y á su Leila recordando, sintiendo que la perdia á Jucef exterminando, con el alma en agonía siguió la cuesta bajando.
VIII.
Y truena y retumba la voz de combate, despierta Granada; sus puertas se abren, y el rey con sus nobles y sus estandartes, y moros sin cuento, jinetes é infantes, allá por Elvira rebosan y parten, y cruzan la Vega, y allá adonde arde incendio terrible de mieses y hogares, rugiendo adelantan por sotos y valles.
IX.
Ya el ejército domina una encumbrada colina, y al fin al contrario ve sobre la encantada tierra, que de Elvira la alta sierra se tiende fértil al pié.
Y ya venciendo á la aurora puro el sol las cumbres dora, y á su roja ardiente luz reflejan centellas puras, las brillantes armaduras del Profeta y de la cruz.
Ambas huestes se hostilizan, llegan, chocan, se encarnizan, tras el potente embestir, y el eco va retumbando de monte en monte lanzando el fragoroso reñir.
Arde la fuerte bombarda, y allí, donde no se aguarda, va su disparo á caer, y al trueno espantable y fuerte un alarido de muerte viene horrible á responder.
X.
Y saltan lanzas hechas astillas, relumbran rojas cien mil cuchillas, todos revueltos, todos trabados, los capitanes y los soldados, y los jinetes, y los pendones, y las banderas, y los pendones entran y salen, rugen, batallan, cristiano y moro do quier se hallan, y de la sierra por las vertientes, la sangre corre corre á torrentes.
XI.
Ya muchos de los que fueron á la lid no están en pié: muchos que salir miraron el sol á su trasponer, no le verán, que la muerte horrenda con ellos fué. El humo, el fuego, los gritos, el estrago y el tropel, el polvo que en remolinos levantan los fuertes piés, hacen una zambra horrible en que danza Lucifer, y ni ceden los cristianos ni el moro piensa en ceder, que todos de la victoria buscan el noble laurel.
XII.
Sucedió esta durísima batalla que ensangrentó la granadina tierra el año mil trescientos diez y nueve, mañana de San Juan, triste y sangrienta para el cristiano bando, y venturosa para la gente indómita agarena: en Castilla reinaba Alfonso Onceno, y rey y emir de los alarbes era el terrible Ismail. Los dos infantes, causa imprudente de la atroz pelea, eran don Pedro el uno, del Rey primo, y su tio don Juan el otro era; entráronse talando á sangre y fuego la peligrosa granadina tierra, y allí los dos infantes se quedaron la muerte hallando en su insensata empresa. Dia de luto fué para Granada y para Ataide de fortuna excelsa, que ganó, ya muy tarde, gran renombre, favor del Rey, mercedes y nobleza. Fué, que el bravo Ismail, harto empeñado en la revuelta bárbara pelea, el caballo perdió: cercado vióse de cristianos sin fin, que á grande priesa su desclavado arnés crujir hacian de rudos golpes bajo lluvia densa. --¡Es el Rey de Granada!--voceaban.-- --¡Á prision recibidle!--¡No! ¡que muera!-- y el tumulto arreciaba á cada instante bramando en torno de la régia presa.
Contra el muerto caballo replegado batallaba Ismail, cual la pantera de innumerables canes acosada, en los que alcanza brava se ensangrienta. Rota la adarga, sobre el rojo polvo tendida la riquísima cimera, la corona de golpes destrozada, desgarrada la toca al aire suelta, de polvo y sangre y de sudor bañado, le faltan, no el valor, sino las fuerzas, y por sus fieros ojos centellantes cruza horrible y fatal nube siniestra. De repente, en el círculo terrible, hacha en mano un mancebo se presenta, que ante su paso arrolla á los cristianos y á sus plantas exánimes los deja, cual en las mieses la segur metiendo el campesino infatigable siega. Parece que el Altísimo á su brazo poder terrible y misterioso presta, por el hacha enrojecida corre raudal de sangre, que á su paso deja con rastro pavoroso señalado, cual su rastro de horror marca la fiera. Es Ataide que en vano al asesino de su madre ha buscado en la pelea; Ataide, á quien dolor de las entrañas y el recuerdo tristísimo de Leila y de su suerte el torcedor cuidado en horrendo afanar le desesperan; es que la muerte, como bien supremo, por todas partes busca y no la encuentra. Llega un momento, al fin, en que aterrados los nazarenos en desórden cejan, y al revolverse Ataide, con asombro ve que el Rey admirado le contempla. Libre se ve Ismail por su bravura cuando creyó su perdicion ya cierta, y los brazos le tiende, y en un punto contra su bravo corazon le estrecha. --¡Pide--dícele al fin--cuanto quisieres, que por mucho que pidas, recompensa pareceráme poco cuanta darte mi potestad y mi cariño puedan!-- Y volviéndose á punto á los bizarros, que en su socorro desalados llegan, --Sin su valor--les dice--en este dia de Rey quedára mi Granada huérfana.-- La vida le debí: llegárais tarde si ántes él no acudiera á mi defensa. Mi púrpura vestidle y que en Granada entre á la par conmigo, y á mi diestra: con mi estandarte Real en las batallas, á mi lado de hoy más lidiar le vean, y en su poder y en su favor conmigo honrado premio y merecido tenga: y ¡sús! á recoger, que ya el cristiano ha pasado en desórden la frontera, y á Granada llevemos la victoria y del vencido la perdida presa.-- Y cabalga Ismail en un caballo que sus humildes siervos le presentan, y á Ataide con la púrpura vistiendo, otro caballo igual gratos le muestran. Marcha de triunfo tocan atabales, y añafiles, dulzainas y trompetas, y en la impaciencia de ostentar su triunfo rápidos cruzan la tendida vega, y por Elvira en la ciudad alegre en cerrado escuadron altivos entran, y del rey Ismail al par marchando, las hermosuras que Granada encierra; ven al hermoso Ataide y le codician al verle junto al Rey de tal manera, y Ataide, el desdichado, va llorando, la mente en Leila y en su madre puesta, y que es de gozo por su altivo triunfo, los que le miran, con envidia piensan.
XIII.
A la Alhambra le llevó el Rey, y con él entrando en la sala de Comares, viendo que su acervo llanto no cesaba, interrogóle: Ataide en acento opaco le contó su desventura, y el Rey atento escuchando, cuando brevemente Ataide finó su triste relato le dijo con grave acento, pero cariñoso y blando: --Es misterioso y terrible el decreto de los hados: se cumple lo que está escrito: si por tu madre en espanto, Ben Jucef el Meriní huyó en su fuga lanzando una maldicion, ¿qué piensas que esto fué? --Yo no lo alcanzo --exclamó Ataide abatido. --Ben Jucef sabrá explicárnoslo --dijo el Rey:--y de su guardia al punto un kaid llamando le mandó fuese á la casa de Aben Jucef con mandato de que, sin perder momento, se presentase en palacio. El kaid salió, y á poco volvió trayendo recado de que en aquel mismo dia Ben Jucef, abandonando á Granada con su hija, con una guardia de esclavos y á su torre de Almuñécar el camino enderezando, á pasar al Mogreb iba resuelto y determinado. --¿Cuándo partió?--dijo el Rey. --Al amanecer. --¡No ha estado entónces en la batalla! Que enjaecen dos caballos; tú kaid con cien zenetes nos iréis acompañando. Véte.--Y tú no desesperes, que, pues salvaste bizarro mi vida, yo salvaré tu corazon en los brazos de Leila, ó con su cabeza Ben Jucef me dará el pago.-- Poco despues, sin reposo de su abrumador cansancio, el Rey y Ataide partian, sirviéndoles de resguardo cien alentados zenetes en poderosos caballos, y por la puerta de Lachar lanzándose sobre el campo, atravesando el Genil, hácia la costa bajando, por la falda de la sierra tomaron al trote largo.
XIV.
Ya el sol sobre su ocaso descendia abrillantando las hinchadas aguas, y en el brumoso y cárdeno horizonte rojas, cual sangre, amenazantes ráfagas, próxima tempestad y formidable fatídicas, siniestras, auguraban, cuando el Rey por las puertas de Almuñécar se metió con Ataide y con su guardia. Transidos, sudorosos los caballos de la violenta presurosa marcha, por montañas que al cielo se atrevian, por valles que al abismo se humillaban, inútiles al fin hubieran sido á seguir la durísima jornada. Supo el Rey que Jucef partido habia con rumbo hácia la roca solitaria, que avanzada á la mar con su arrecife desde los muros, al levante, vaga, coronada de niebla se veia como un siniestro aterrador fantasma. Aun léjos de ella, sobre el mar inquieto, á toda vela un barco se alejaba, y de sus remos la pujante fuerza ayudaba del viento á la pujanza. --¡A la playa!--con voz temblando en ira el Rey prorumpe, y á la playa bajan; se quedan los caballos en la arena, el Rey y Ataide y los zenetes saltan á una larga y fortísima almadía, que las agudas velas desplegadas, el arraez atento al gobernalle, la chusma al remo en las salientes bandas, su bandera de rey enarbolando, del barco de Jucef se pone en caza; crecen las sombras y la bruma crece; las olas, cual montañas, se levantan rodando en turbillon, rugiendo horribles al formidable empuje de la racha; crujen atormentadas las maderas, saltan silbando las forzadas jarcias, y el Rey, que se mantiene en la crujía, Ataide al lado, que agoniza y calla, el Rey, que sin pavor mira la furia del viento y de las olas encrespadas, grita con ronca voz:--¡Cargad las velas! ¡á la chusma azotad! ¡la fuerza brava venced del mar y el viento! ¡avante, avante, que ese infame traidor se nos escapa!-- Y tanto reman, tanto maniobran, que al fin la nave de Jucef alcanzan, y los enormes ganchos de abordaje en ella aferran y su mura asaltan; como una tromba los zenetes entran, cuanto á su paso encuentran desbaratan, y al castillo de proa el Rey acude, donde Jucef, inmóvil, se levanta. Una mujer, que doblegada llora, cuya flotante vestidura blanca se señala en la sombra, ante él se mira de feroces esclavos rodeada. --¡Leila!--con voz de angustia Ataide grita. --¡Tuya en la eternidad!--llorando exclama la mísera doncella.--El Rey, airado, llega á Jucef, y con la voz que manda segura del respeto y la obediencia: --¡Dame á Leila en el punto--dice--ó guarda! Se estremece Jucef y en voz horrenda prorumpe en su furor:--¡La infame al agua!-- Y se oye un grito de terror que hiela, sobre la mura, despedida salta una blanca figura que la ola en su espumosa cresta coge avara. Se demuda Ismail, silba su acero arrancado con furia de la vaina, y en el instante mismo la cabeza de Jucef, de su tronco cercenada por el terrible golpe, de la proa rebota horrible y á la mar se lanza: y Ataide, de dolor desesperado, del castillo se arroja, la mar gana, y allí á donde una blanca vestidura sobre las ondas flota, ansioso nada; sus esfuerzos redobla, avanza, llega, y la cabeza de Jucef le aparta, chocando en su cabeza, y siempre y siempre que domina su vértigo y mar gana, para llegar á Leila, formidable la cabeza cruel lo estorba airada. Leila, al fin, desparece entre las olas; Ataide, loco de dolor, desmaya, enervados sus miembros se entorpecen y las olas horrísonas le tragan. Desaferrada en tanto la almadía por salvar á los náufragos avanza; monta las olas y á la fin se encuentra en frente de la roca en que, irritada, rompe la mar con fragoroso estruendo, y hasta la gruta sus espumas lanza. Con asombro del Rey y de los suyos la gruta gigantesca iluminada por lívido fulgor fosforescente se muestra, y de hermosura sobrehumana esplendorosa, Leila, ansiosa gira, buscando á Ataide que incesante vaga en el pálido ambiente, y que angustioso de amor, de espanto y de dolor en ansia á ella tiende los brazos, que le mira la rubia cabellera destrenzada, y los brazos le tiende, y siempre y siempre que se aproximan, en su giro, rauda, revolviendo sus ojos infernales la sangrienta cabeza los separa. Al ver esta vision la frente humilla el creyente Ismail, y en voz ahogada: --¡Dios solo--dice--sabe los misterios que en el humano corazon se guardan! ¡Él solo sabe lo que estaba escrito! ¡Él sus criaturas, ó condena, ó salva! ¡Infierno del amor, de tí me aparto! ¡que Dios tenga piedad de esas tres almas!
XV.
Y el Rey contó la tradicion sombría de la espantosa roca, que áun se guarda, y que en los bellos cuentos de la costa áun el INFIERNO DEL AMOR se llama.
FIN.
PRECIO: Una peseta en toda España.
End of Project Gutenberg's El infierno del amor, by Manuel Fernández González