El infierno del amor: leyenda fantastica
Chapter 2
Y luégo, ansiosa, loca, delirante, con acento infinito de dulzura, seductora, vivífica, anhelante, así exclamó exhalando la fragante deliciosa pasion de su alma pura:
--¡Oh ensueño encantador del ansia mia! ¡fe de mi vida, hasta tenerte amarga! ¿por qué triste en tus ojos la agonía áun causa espanto á la ventura mia, por qué áun la pena del temor te embarga?
¿Temes que pobre, y yo de altiva cuna, imposible y mortal nuestro amor sea? cuando Dios de dos almas hace una, ni el humano poder ni la fortuna pueden romper lo que el Eterno crea.
Mayor ventura á nuestro amor no pidas; ¿no ves que Allah, en sus juicios misterioso, para siempre ha enlazado nuestras vidas, lanzando entre venturas bendecidas, á la esposa en los brazos del esposo?--
Y Leila su palabra entrecortaba, y estremecida de placer gemia, y hambrienta la belleza contemplaba de Ataide, que en sus brazos la estrechaba y de ansiedad y amor desfallecia.
--¡Sígueme!--Ataide al fin con voz medrosa y trémula exclamó;--de la montaña en el seno selvático, gozosa, correrá nuestra vida venturosa bajo el techo de paz de la cabaña.
Por tí en los manantiales mi ballesta la caza matará, rica en sabores; espléndida en matices la floresta por Dios bordada y al placer dispuesta, cuando la pises tú, brotará flores.
Fresca sombra, sonora y perfumada, el ardor mitigando del estío, te ofrecerá del huerto la enramada blando lecho la grama regalada, límpido baño el murmurante rio.
Sus auras la galana primavera perfumará en la magia de tu encanto difundiendo en el monte y la ladera en lánguida cadencia y hechicera, el suspiro ardoroso de tu canto.
Y en las veladas del invierno frio, en el hogar, alcázar del contento, zumbando fuera el huracan bravío, yo gozaré tu amor, tú el amor mio, junto á la alegre llama del sarmiento.
¡Oh, vén conmigo, vén, luz de mi vida, alma de fuego para amar creada y áun en el mismo infierno bendecida! ¡ah, no mates por Dios, mi alma querida, el alma triste á amarte consagrada!
Deja ese mundo vano y mentiroso correr tras la ambicion que engendra el crímen, ese mundo de lágrimas ansioso, que no sabe ser grande y venturoso sin gozar el dolor de los que gimen.
Sígueme, vén, pues que el Señor, clemente, en el fuego de amor unirnos quiso, y el arduo monte, el mugidor torrente, el dulce valle y la sonora fuente serán nuestro encantado paraíso.--
Y anhelante calló.--La contemplaba muriendo de ansiedad, y cual tesoro que de su amante corazon brotaba sangre del alma, largo resbalaba por sus mejillas pálidas el lloro.
--¡Oh adorado señor!--enloquecida Leila exclamó, resplandeciente en fuego:-- humilde, á tu mandato sometida, sin otro bien que tú para mi vida, ¿cómo negarme á tu anhelante ruego?
¡Mira, atiende, señor! tan tuya soy, tal te idolatra el pensamiento loco, á tu merced tan entregada estoy, que del amor que á tu delirio doy para decir lo inmenso todo es poco.
Pero ¿por qué me pides que envilezca del noble viejo las altivas canas, que su terrible maldicion merezca, si para que tu raza se ennoblezca tienes allí las huestes castellanas?--
Y Leila, altiva, grande, destellando el ínclito esplendor de su linaje, el brazo eburneo á Loja amenazando, así inspirada prosiguió exclamando, resplandeciente de valor salvaje:
--¡De mi amor, de tu fe, todo lo espera! ¿no ves el monte oscuro allá perdido que guarda de Granada la frontera? ¡bravo por mí levanta una bandera, vuelve á buscar mi amor ennoblecido!--
Se irguió Ataide magnífico, esplendente, de amor y de bravura trasportado, y tendiendo su brazo al Occidente, así exclamó en acento prepotente por Leila y por la gloria arrebatado:
--¡Infantes de Castilla jactanciosos, rey Adfun el rumy, que el fuerte muro acechais de Granada cautelosos, al logro de mis sueños venturosos iré por vuestra sangre, yo os lo juro!
--¡Toma de mis alhajas el tesoro-- Leila le interrumpió;--gente esforzada á sueldo toma, derramando el oro; haz que brille en la lid el nombre moro, corre la tierra infiel en algarada!
--¡Tus joyas no, porque en el logro fies-- exclamó Ataide--de mi noble empresa, me bastan de la sierra los monfíes, feroces cual los fuertes jabalíes que se abren paso entre la jara espesa!
--¡Los monfíes! ¡fatídicos agüeros-- dijo Leila;--¿qué empresa enaltecida se puede acometer con bandoleros? --Ellos--exclamó Ataide--saben fieros causar la muerte y despreciar la vida.
Ganarán el perdon de su delito por Dios y el rey triunfando en la pelea. --¡Dios sólo es vencedor! ¡estaba escrito!-- Leila exclamó.--¡Señor de lo infinito, tu santa voluntad cumplida sea!
Y alzó los ojos, desolada, al cielo, como buscando amparo en el altura; cual si un horrible apenador recelo de su amor y su encanto tras el velo la hiciese presentir la desventura.
De improviso sus ojos irradiaron un rápido fulgor vago y sombrío, atentos al Oriente se tornaron, y trémulos sus labios exclamaron, con acento á la par triste y bravío:
--¡Ah! ¡en mi busca se acercan! ¡huye! ¡véte! ¿no escuchas el rumor vago y perdido que crece, que se acerca, que arremete, de la rauda carrera de un jinete y de feroces perros el ladrido?
Es mi padre sin duda: ¡si te hallára! ¡oh, tú no sabes su altivez cuán fiera! ¡de la espesura próxima te ampara! ¡ten compasion de mí, que me matára si una sombra de duda concibiera!
--¿Y no he de verte? --Sí. --¿Cuándo? --En la hora del silencio y del sueño: ¡huye, bien mio! --¿Y dónde te he de hallar? --En la Almanzora: yo en la reja estaré: ¡sálvate ahora! ¡líbrame del terror que siento impío!--
Y de nuevo en abrazo tembloroso sus agitados senos se juntaron, y en un beso infinito, silencioso, la amante esposa, el delirante esposo, de nuevo el pacto de su amor sellaron.
Y ella le rechazó, que ya el estruendo más cerca y más distinto se sentia; y él, apenado, de dolor gimiendo, rápido se alejó, despareciendo por el lóbrego seno de la umbría.
Y olvidó su cervato, su ballesta y su roto caftan de sangre rojo, y Leila, ansiosa, de terror traspuesta, --¡Que él se salve!--exclamó--¡yo estoy dispuesta! ¡Sálvame tú, Señor, que á tí me acojo!
XI.
Á poco, fiero se mete sobre un caballo lanzado á rienda suelta, en el prado, un fatídico jinete.
Deshecho su capellar, al aire en desórden flota; y de su roja marlota el recrujiente ondear;
y la furia con que bate los ijares del corcel, desgarrándolos cruel con el agudo acicate;
y el siniestro, el ronco grito con que excita al corredor, el aspecto aterrador le dan de un genio maldito.
Fieros, el rastro siguiendo, ante el rápido corcel, vienen perros en tropel ladrando, aullando, latiendo.
La brava y leal jauría, al ver á su dueña hermosa, á ella corre presurosa trasportada de alegría,
y el jinete, que refrena al bruto con fuerte mano, ansioso, anhelante, insano, del arzon salta á la arena.
--¡Hija!--al ver á Leila en pié, llena de vida, radiante, gritó el xeque delirante-- ¿quién te salvó? --No lo sé--
respondió Leila turbada y presintiendo la ira de su padre, á la mentira por primera vez llevada;
que aunque sencillas alienten la pureza y el candor, para defender su amor las mujeres, todas mienten.
--¡No lo sabes! ¡Mas Dios santo!-- Jucef con fiera sorpresa añadió--¿qué sangre es esa en tu seno y en tu manto?
Era la sangre traidora que á Ataide bañado habia del leon, que aparecia, señalando, vengadora,
aquel abrazo de amor, aquel delirio infinito; y cual testimonio escrito, indudable, acusador,
y cual señal de una afrenta, en la blanca vestidura, marcada su huella impura, dejó una mano sangrienta.
--¿Por qué, si no estás herida, si al leon no te acercaste-- gritó Jucef--te manchaste? --¡No lo sé! Desvanecida por el terror.....
--¡El terror! ¡y el infame á quien debiste la vida, y al que ni áun viste, cobró su precio en mi honor!
--¡Oh padre! ¡no te comprendo!-- relevando la cabeza dijo Leila con fiereza. --¡Que no me entiendes! ¡Mintiendo
tu torpe maldad aumentas!-- el xeque exclamó con furia.-- ¡Estoy leyendo la injuria en estas manos sangrientas!
--¡Injuria, no!--pudorosa dijo Leila, en su bravura aumentando su hermosura hasta hacerla portentosa.--
¡Injuria! ¡Dios me maldiga si yo te ofendí, señor; que con espanto y horror su maldicion me persiga!--
Y demudado el semblante, deslumbradores los ojos, ardientes los labios rojos, alto el seno palpitante,
trasportada, poderosa, más y más resplandeciente, alzaba su pura frente de candor esplendorosa.
En sus órbitas rodaron los ojos del xeque fiero; su diestra el brazo hechicero que las Gracias modelaron
asió con fuerza brutal, y doblegando á la triste exclamó; --Si no mentiste; si la humillante señal
de los brazos de un insano, que atreviéndose á mi honor aprovechó tu pavor, mienten tambien; si es en vano
de mi furor el recelo, ¿por qué en tus ojos fulgura una inefable ventura, una alegría del cielo?
¿por qué te miro trocada de triste en resplandeciente? ¿es que tambien falaz miente el amor en tu mirada?
--¡Oh padre!--en una explosion Leila exclamó;--no tirano pretendas romper insano las leyes del corazon.
Si cual le vi le miráras, por mí venciendo á una fiera, tu gratitud le quisiera, cual le amo yo, tú le amáras.
--¿Por qué se oculta, y por qué tú no me dices su nombre? --No lo sé, ni hay que te asombre, que del amor en la fe,
de la ventura en la calma, el espíritu anhelante no pregunta, goza amante: ¿tiene acaso nombre el alma?
Y más no te he de decir, aunque tu furor lo intente, y aunque perezca inocente, por mi amor sabré morir.
--¡Ah, la osada rebeldía!-- exclamó el xeque, la mano llevando, en su furia insano, al puño de su gumía.--
Su desventura midió la triste, cerró los ojos, y desplomada, de hinojos ante su padre cayó.
--¡No!--murmuró en un rugido el xeque;--¡la muerte fuera tu perdon! ¡más te valiera, infame, no haber nacido!--
Y despiadado, brutal, del suelo la levantó, con ella al corcel saltó, partió como el vendaval;
sin ladridos la jauría fué tras su fiero señor, y á poco el postrer rumor en la noche se perdia.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.
SEGUNDA PARTE.
I.
En la cumbre del Zenete, que está mirando á la Alhambra y á las dos torres Bermejas, y á la Vega, que se ensancha al Poniente, con sus rios, que, como cintas de plata, relucen entre la bruma de la noche solitaria por la luna esclarecida, se eleva la torre blanca, con sus bellos azulejos y sus ricas ajaracas, de la famosa mezquita donde el sepulcro se guarda en que el cuerpo se venera del santon Sydi Ben-Dara. Á la base de la torre se adhiere una pobre tapia, que coronan descollantes los pámpanos de una parra, y en ella, por una puerta estrecha, mezquina y baja, á un pequeño huertecillo, bello y frondoso, se pasa. Dentro, en la alberca, se escucha del débil chorro del agua la monótona caida, y el gemido de las auras en las rojas amapolas, en las dulces pasionarias, en la espesa madreselva y en las higueras enanas, que, con torcidas raíces, como bulbosas arañas, á las grietas del muro de la mezquita se agarran. La fragancia se respira de las flores y las plantas, y todo anunciar parece paz y contento en la casa que, al fondo, con ornamentos de verde yedra se alza. ¡Cuánto, mintiendo, extravian las apariencias villanas! Aquel huertecillo verde, aquella tranquila estancia que hace pensar en un nido que á su culto amor consagra, de Ataide, el desventurado, es la doliente morada, que en ella la triste Ayela se extingue como una lámpara, que al fin de una horrenda noche sin pábulo muere exhausta. Sentada sobre una estera, sobre una estera de palma, pálida como la muerte, como el dolor apenada, tendidas las blancas trenzas sobre la encorbada espalda, trenzas que dicen bien claro que nunca ha sido casada. Ayela en silencio reza, y las leves cuentas pasa de un rosario de marfil con sus manos descarnadas, y á pesar de todo, hermosas, que cual al frio del alma, en convulsion persistente se agitan, y apénas bastan á sostener del rosario la ligerísima carga. Una candela en un nicho con su luz rojiza baña del reducido aposento las paredes blanqueadas, que, si aparecen desnudas, por su limpieza resaltan. Un capacete sencillo, una luciente coraza, una pica de dos hierros y una pesada hacha de armas, agrupados en panoplia, penden allá de una escarpia, y en el fondo del hogar, de la cena retrasada, se oye el hervor insistente, al que el quejido acompaña de la vejez, ya caduca, de un grande perro de caza, todo á lo largo tendido ante los piés de su ama. Ya ha pasado un gran espacio desde que la voz enfática del muecin de la mezquita, llamó á la postrer plegaria de la noche á los creyentes. ¿Cómo tanto Ataide tarda? Su cuidado maternal, recelando una desgracia, Ayela con más ferviente dolor reza, ansiosa aguarda á que entre el silencio suenen las presurosas pisadas de Ataide, cruzando el huerto, y miéntras reza y se espanta, de sus ojos su desdicha rebosa en ardientes lágrimas.
II.
Aun es hermosa, y en vano la enfermedad, la tristeza de su marchita belleza, anublan el esplendor; y áun á pesar de las canas que emblanquecen sus cabellos, hay en sus ojos destellos de juventud y de amor.
Amor doliente, infinito, mal herido, acongojado, en ardoroso cuidado, en apenador afan; corriente de desventura, que la materia mezquina gasta, corroe, calcina, como el fuego en un volcan.
Desesperantes, crueles los dolores de su vida, por su mente enloquecida pasan en negro tropel, y eterno, indeleble, horrible un pavoroso momento, en su corazon sangriento mantiene viva la hiel.
No ha pasado un solo dia: espantosa, aterradora, es siempre la horrenda hora del crímen y la maldad; es lo que ensueño parece por el infierno abortado, lo infame al horror llevado; lo infinito en la crueldad.
La mar, que á la brisa ondula y al sol poniente riela, deja ver la blanca vela, recortándose en la luz, que el ocaso enciende en fuego, de esbelta nave galana que de la costa africana viene al verjel andaluz.
¡Ay de la vírgen morena que al pié de la ingente roca contra la que brava choca, rompiendo espumas la mar, sin miedo acercarse mira la nave que blandamente, mueve la brisa indolente la azul llanura al rizar!
¡Ay de la tribu que errante vino de Arabia en mal hora á aquella roca traidora y sus tiendas alzó allí! que viene en la nave aquella el feroz lobo marino, almirante granadino Ben Jucef-el-Meriní.
Se oculta el sol: ya es la noche: la brisa se torna en viento, que en largo sonoro acento anuncia la tempestad, y sobre la mar inquieta, cubierta de blanca espuma, negra y espesa la bruma aumenta la oscuridad.
En tanto, la galeota que el fiero Jucef comanda, de la ensenada en demanda, que está de la roca al pié, llega, las anclas arroja y al agua lanza el esquife, que embiste en el arrecife, donde el aduar se ve.
Los árabes, sin recelo de un barco en que está arbolada la bandera de Granada, del rey en prenda y señal, á Aben Jucef se adelantan y en paz le tienden la mano, como á un cariñoso hermano de igual raza y ley igual.
Con antorchas le esclarecen el camino, y á su llama, que en chispas se desparrama del viento bajo el furor, de Ayela ve el almirante la sobrehumana hermosura, y súbita llama impura prende en él de un torpe amor.
--¡Ah la hurí!--temblando dice; y volviéndose á su gente-- ¡llevadla!--añade vehemente con fiero acento brutal; y aquella voz pavorosa que á los árabes sorprende, su honrada cólera enciende y es del combate señal.
Á poco las tiendas arden, gritos de muerte se escuchan, presto los tristes no luchan degollados en monton, y Ayela, de horror transida, entre unos brazos se siente, y ve una mirada ardiente que la hiela el corazon.
¡El vértigo! luégo nada; insensible, muda, inerte, un letargo que á la muerte se pudiera comparar, la domina, y cuando vuelve en sí, con asombro toca un dentellon de la roca, á donde la echó la mar.
El sol brilla en el Oriente, y la azul onda serena se rompe en la blanca arena con dulce cadente són; y graznan las gaviotas, sus blancas alas mojando, la abrupta base rozando del solitario peñon.
Los miembros atormentados, de dolor temblando y frio, con espantoso extravío en su anhelante mirar, vagamente recordando rojas visiones tremendas, Ayela busca las tiendas de su querido aduar.
Ni un vestigio, ni un despojo en la arena abandonada; la mar, entónces rizada, cuando el huracan la hinchó, el arrecife asaltando, bravía por él subiendo, cuanto al paso halló barriendo, sólo á Ayela respetó.
¡Oh! ¡cuán cruel fué la ola que, cogiéndola en su espalda, en la dentellada falda de la roca, sin piedad, la arrojó, que mejor fuera que implacable la matára, porque infeliz no llorára su desolada orfandad!
Lentamente su memoria, con el marasmo luchando, la fué el crímen revelando infame, horrible, cruel; y fiera gritó, en la altura los airados ojos fijos: --¡Malditos sean sus hijos y cuantos vinieren de él!
¡Que perezca cuanto ame! ¡Que su corazon de fiera lento y lento el dolor hiera y no le mate el dolor! ¡Que sus noches el infierno llene con sueños de espanto! ¡Que nunca aplaque su llanto la cólera del Señor!
III.
Y esta maldicion horrible que del dolor en la hora Ayela desesperada, de justa venganza ansiosa, pronunció contra el malvado, ignorando su deshonra, ignorando que era madre, cuando lo fué en su memoria, se sublevó turbulenta, sombría, amenazadora; que al maldecir á los hijos de la fiera sanguinosa que asesinó á su familia, maldijo á su sangre propia; y por eso cuando Ataide en su infancia fatigosa, que siempre sobran fatigas donde el dinero no sobra, el bello semblante pálido mostraba, y su linda boca de arcángel no sonreia, la maldicion pavorosa helaba de espanto á Ayela, surgiendo de entre la sombra del imborrable recuerdo de su desdichada historia; y pasaron veinte años de angustias y de congojas para la pobre inocente madre honrada, aunque no esposa, y para el hijo sin padre, del cual fué la herencia sola, con la belleza de Ayela y su sangre generosa, el valor de Aben Jucef y su condicion indómita. Sin pan y sin esperanza, y sola en el mundo, sola; en los principios viviendo, con llanto, de las limosnas; rechazando altiva y pura, si la buscó, á la deshonra; brava su sino arrostrando, errante como una hoja que del árbol desprendida va allí donde el viento sopla; con su tesoro cargada, y libre como una alondra, danzando cual bayadera, cantando cual trovadora, diciendo las buenas hadas en natalicios y bodas; vendiendo filtros de amores y oraciones milagrosas; ornando con oropeles, collares y falsas joyas su portentosa hermosura; sin más amor que su ansiosa pasion por su pobre hijo; por valles, cerros y lomas, parando en las alquerías, en las villas populosas, y en las altivas ciudades que de torres se coronan; marchitando su hermosura las fatigas, las zozobras, y de su llanto apenado la corriente silenciosa, y de su dormir inquieto las sombras aterradoras, á la juventud viril llegó de Ataide, ya rotas sus fuerzas, su juventud, y con canas presurosas la pálida frente ornada, anciana ya áun siendo moza. Siempre con el miedo horrible de que en fatídica hora su maldicion alcanzase al hijo de sus congojas, su único bien en el mundo, aquella noche en que llora por la tardanza de Ataide, una fatídica sombra su delirante cabeza asalta y la vuelve loca: nunca más vivo el recuerdo de la noche tormentosa de su desdicha la aqueja; la faz repugnante y torva, por el deseo irritada, de su asesino, medrosa cual si pasado no hubieran los años, abrumadora, impregnada de amenazas, en frio pavor la ahoga; y ya no reza ni siente crujir la puerta premiosa del huerto, ni unas pisadas sobre la arena sonoras; pero _Radjí_ se levanta penosamente, la cola menea, con sus gruñidos la atencion de Ayela evoca, que de su estera se alza y á la puerta llega ansiosa, palpitante, en el momento en que Ataide al umbral toca, y muriendo de alegría entre sus brazos se arroja.
IV.
--¡Oh! ¡cuánto he sufrido, cuánto!-- Ayela anegada en llanto dice con voz amorosa.-- ¡Jamas he llorado tanto!
¡Jamas con igual espanto tu vuelta esperé afanosa!
Y de su cuello colgada, besándole enloquecida, por las lágrimas velada la mirada enamorada, por la pasion encendida y en Ataide encarnizada;
la pálida frente pura reflejando la hermosura del amor de los amores, de la maternal ternura olvidaba en la locura de su espanto los horrores.
--¡Oh tu amor cuál te amedrenta!-- dijo Ataide conmovido. --¡Sí, de la brava tormenta-- Ayela exclamó--el rugido en mi corazon herido siento horrible y me amedrenta!
Vén: la cena preparada está ya; la blanda almohada al reposo te convida; pero ¡ay de mí desdichada, en penas siempre anegada! ¿por qué has tardado, mi vida?--
Y de nuevo le besó de amor trasportada, hambrienta; y cuando de él se apartó, cuando de improviso vió su vestidura sangrienta, desatentada exclamó:
--¡Ay de mí! ¡vienes herido! ¿Quién tu valor ha rendido? ¿qué terrible sangre es ésta? --Vencedor, mas no vencido-- dijo Ataide. --¡Y di, ¿qué ha sido entónces de tu ballesta?
--El colmo de la ventura me hizo olvidarla. --¡Qué dices! --¡Ah, la propicia aventura dijo Ataide con locura:-- ¡ah! ¡los augurios felices del amor y la hermosura!
--Yo no te entiendo, ¡ay de mí! ¿Mas no estás herido? --Sí; pero con dardo de amor: la suerte cruda hasta aquí nos brinda con su favor. Asienta y escucha. --Di.
En el hogar la asentó Ataide, y con voz ardiente su aventura la contó, y ella, abatida la frente, estremecida, doliente, en silencio le escuchó.
Ataide acabado habia, Ayela permanecia doblegada, muda, inerte, y su alentar parecia el hervor de la agonía tras el cual viene la muerte.
Al fin, la faz levantando, en su mirada infinita, avara, á Ataide abarcando, dijo, con voz inaudita, cual consigo misma hablando: --¡Maldita de Dios! ¡Maldita!
Luégo, su voz lastimera resonó, vibrante, fiera, aterradora, sombría, cual rugido de pantera, que al temor se desespera de que la roben su cría.