El imperio jesuítico

Part 9

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El fantástico imperio quedaba, según sus inventores, á dos meses de viaje por la selva inundada; pero ni esto arredró á los exploradores. Tribus, terreno, arboledas, animales, régimen meteorológico de la región, todo les era desconocido. Caminaron durante quince días por un interminable pantano, llevando á la rodilla y á la cintura el agua, que los soles tropicales calentaban hasta una mórbida tibieza en la cual bullían pestíferos fermentos. Con ella apagaban su sed, exasperada por la fiebre que en ella misma bebían. Los gajos de los árboles eran sus lechos. Para comer, encendían sus fuegos sobre pértigas entrelazadas, á modo de trébedes gigantescas. Todo caía en ocasiones al fango, y los últimos días de aquel viaje, ya no hubo más alimento que el cogollo de las palmeras.

Llovía entretanto espantosamente, inundándose cada vez más la selva, y sin que por ello una ráfaga de frescura aliviara la emoliente asfixia de aquel lúgubre sudadero. Todas las sabandijas del bosque, exaltadas por la germinante humedad, se abatían sobre los expedicionarios en ferocísimos enjambres. Pero nadie intentó retroceder. Más pálidos que espectros, chapaleando pesadamente con el pantano eterno sus propias disenterías, devorados por comezones enloquecedoras, delirantes de hambre, furiosos de clausura entre aquella fronda con su ambiente de sótano, latigueados por funestos escalofríos bajo los chaparrones, profundizando su silencio lóbrego entre el agua implacable--ninguno, sin embargo, desfalleció; y tiene algo de dantesco aquella feroz pandilla, que arrastra sus lodientos harapos bajo ese bosque, medio engullida en líquida tumba por el charco cálido y muerto como una jofaina de pediluvios.

Treinta días duró aquello, pues fueron y volvieron á su través; y si hubo motines, se debieron á la disciplina que intentó imponer el Adelantado para contener las depredaciones. El saqueo y la lujuria componían su pitanza de tigres, que no había podido arrebatarles el Papa mismo.

Así fueron los dominadores del salvaje.

Conforme á cédula real, Irala había empadronado y repartido con perfecta equidad los primeros indios en número de veintiséis mil.

Á este objeto, se los dividía en dos clases. Los _yanaconas_ ó vencidos en guerra, que componían las encomiendas perpetuas; y los _mitayos_, sometidos voluntariamente ó por capitulación, en cuyas encomiendas sólo trabajaban los varones de dieciocho á cincuenta años. Su tarea anual no debía exceder de dos meses, quedando libres el resto del tiempo, y es difícil concebir nada más humanitario; pero como el gobierno, en el intento de abrir cuanto antes el país, permitía las expediciones particulares contra los indios, y el consiguiente establecimiento de encomiendas _yanaconas_, que eran naturalmente las más solicitadas--las _mitayas_ quedaron abolidas de hecho.

Su institución fué algo así como la coartada moral del poder; pero dadas las costumbres y el concepto legal predominantes, la excepción se convirtió en regla, acentuando más todavía el carácter de conquista que revistió la ocupación.

Igualmente desusadas quedaron las obligaciones, que la Corona imponía á los encomenderos, en lo relativo al trato de sus indios. En una y otra clase de encomienda, el dueño no podía venderlos ni abandonarlos, aun por razones de enfermedad; estaba asimismo sometido á cuidarlos, alimentarlos, doctrinarlos, darles oficio; y existía además otra prescripción, que comportaba una verdadera garantía del porvenir: tanto los _yanaconas_ como los _mitayos_, quedaban libres á las dos generaciones, con la sola carga de un módico tributo.

Todo lo concerniente á las relaciones entre el indio y el encomendero, era un sentimentalismo de aplicación imposible; pero aquella manumisión constituía una sabia medida de gobierno, pues prevenía radicalmente el daño de la esclavitud perpetua. De persistirse en ella, nada le habría faltado á la conquista laica para su éxito completo; pero la tendencia improvisadora de una legislación arbitraria y enteramente formal, hizo fracasar el experimento en una crisis de impaciencia. Una expedición desgraciada,[54] bastó para dar por muerto el fruto que iba á lograrse quizá, poniendo en otras manos su cultivo.

Mientras, las provincias de Vera y de la Guayra llevaban ya cincuenta años de régimen encomendero; así es que sus indios iban á entrar en libertad, cuando fueron entregados á los jesuítas.

No creo que aquello hubiera dado mucho de sí, pero el ensayo no se hizo, y queda la duda, existiendo además una circunstancia que tiende á reforzarla.

Como los españoles no trajeron consigo mujeres, su unión poligámica con las indígenas produjo numerosos mestizos, libres según la voluntad real, cabiendo inferir que su contacto con los indios, habría podido ser benéfico para éstos; pero insisto en que sólo se trata de conjeturas.

El hecho establecido es que las encomiendas constituían, á despecho de las leyes, una esclavitud efectiva, considerablemente agravada al aumentar la explotación de los hierbales. Aquella especulación desaforada, que hoy mismo es una tiranía odiosa, abolió toda noción de piedad y hasta de respeto por la vida humana.

La semi-esclavitud del indio venía á redundar en contra suya, pues no habiendo capital invertido en él, su dueño no tenía interés en conservarlo. Trabajaba con bestial exceso, y tan hambriento, que á veces sucumbía de inanición sobre su carga. Á la par seguía cebándose en sus filas la crueldad conquistadora, y su disminución fué tan rápida, que en algunas partes estaba reducido al uno por mil.

Apenas se le concedía carácter de hombre, aunadas la filosofía y la teología para declararlo, además, esclavo de nacimiento. La encomienda, institución feudal que prosperó durante casi toda la Edad Media, arraigaba como planta indígena, sin que nada pudiera contener sus abusos, sobre la raza servil é indefensa y sobre el ánimo del conquistador, más regresivo, si cabe, al revivir sus cualidades de paladín en un medio que imperiosamente las suscitaba.

Su incapacidad productiva y su desdén por el trabajo, volvían más pesada la opresión, desde que él se limitaba á mandar siervos, sin colaborar en sus tareas, residiendo aquí su diferencia substancial con el colono.

Quizá habría bastado para contener sus desmanes, un patronato espiritual de los indios; pero la Corona no sabía conciliar, siendo la intolerancia su característica, y los jesuítas eran demasiado absorbentes para resignarse á una participación. El ensayo de teocracia iba á realizarse, pues, con toda amplitud.

Los primeros religiosos que predicaron el Evangelio á los guaraníes del Paraguay propiamente dicho, fueron los franciscanos Armenta y Lebrón, que Álvar Núñez halló en Santa Catalina en 1541; pero ya antes dije que los sacerdotes no tuvieron influencia sensible durante la conquista laica.

Propiamente considerada, la «conquista espiritual», que así la llamaré adoptando la denominación de uno de sus más célebres autores (el P. Montoya), comenzó al finalizar la expansión descubridora de la otra, empalmando con ella en su concepto substancial.

Los primeros jesuítas que la raza guaraní conoció, llegaron al Brasil en 1549. Desde 1554, este país formó una provincia espiritual; y los PP. empezaron sus fundaciones, internándose rápidamente desde el litoral atlántico hasta las nacientes del Paraná, y elevando á treinta su número. Una de ellas, la de Manizoba, estaba situada en la Guayra misma.

El lector sabe ya que la rápida prosperidad brasileña, puso en guardia al gobierno español, motivando la expedición de Mendoza. No constituían la menor fuente de recelo aquellas reducciones, que empezaban á fundarse en el propio territorio español; pues los PP., lógicos en esto con su política, obedecían á los gobiernos bajo cuya jurisdicción se encontraban, haciéndolos servir por tal manera al interés general de la orden. Esta no conocía patria, teniendo por tanto una superioridad inmensa sobre aquéllos, en cuanto á la unidad de su acción y á la multiplicidad de sus medios.

La evangelización de las tribus guaraníes, que dió su base experimental al proyecto del Imperio futuro, había empezado con método admirable. Las capitanías del Brasil eran otros tantos centros de operaciones, que aspiraban á entenderse naturalmente con los establecidos en el Tucumán; pero necesitaban para esto de un foco intermedio, siendo inaccesible la distancia entre ellos, y el Paraguay se presentaba desde luego. Lo que la conquista procuraba realizar de su parte, acomodándose á las circunstancias creadas por descubrimientos sin plan, los jesuítas concibiéronlo con adoptarlo en el territorio ya poseído.

Aventajaban á los demás en el conocimiento previo, que para aquélla había sido consecuencia fortuita, y tenían mucha mayor capacidad para organizar una empresa, por su férrea disciplina, la simplificación de método que suponía su renunciación de todo incentivo terrenal, en bien de su orden, y el concurso, para este fin, de las grandes inteligencias con que contaban.

En 1588 llegaron los primeros al Paraguay, enviados desde el Brasil. Eran experimentados misioneros y sabían el guaraní. Su acción iba á buscar en sentido inverso, el contacto que había insinuado treinta años antes, por la Guayra, aquella reducción de Manizoba, malograda en su intento á causa de su origen portugués, que la hizo naturalmente sospechosa para los expedicionarios españoles sobre aquel territorio.

Al situarse en la Asunción, aquellos jesuítas se colocaban bajo la influencia española, salvando así los celos patrióticos, mientras sus compañeros del Brasil seguían de consuno la obra proyectada. Pero como España era la más fuerte, y como sus dominios llegaban hasta la misma costa de aquel país, los últimos se limitaron á conservarse en ella. El Paraguay fué el centro de irradiación elegido, y la unidad de la acción que se intentaba quedó establecida de allí á poco, por la constitución de la provincia espiritual, que abrazaba, como se recordará, regiones tan diversas.

De tal modo revelaba aquello una acción futura, que la comunicación entre dichas regiones no existía. Á ser la tal provincia una mera subdivisión que la desprendía del Perú para facilitar su administración espiritual, habría debido crearse otra en el Tucumán. Es que mientras la conquista laica seguiría buscando su contacto con el Perú, desde aquel centro y desde el Paraguay, la espiritual, más audaz, más lógica, y sin el estorbo de los límites territoriales, orientaría todas sus aspiraciones á conseguir el desahogo marítimo por la costa del Brasil.

La primera, dirigida desde España sobre la base de informes no siempre desinteresados y fieles, tuvo por norte el miraje del oro; con más que las posesiones portuguesas la habrían opuesto siempre un obstáculo, á querer tomar el rumbo de la segunda.

Ésta, concebida por un poder nada disperso en complicaciones políticas, y exento de penurias económicas, contó desde el primer momento con la experiencia de hombres avezados é inteligentes, que percibieron sin vacilar la futura grandeza, apreciando á la vez, en su justo valor, la importancia real de aquel oro que tantas cabezas trastornaba. No le desconfiaban los intereses patrióticos, puesto que su influencia era igual en las naciones rivales; y el Evangelio le daba un admirable estandarte, para garantirle la consideración de las dos.

La relación con el Perú, que no podía ser abandonada enteramente, quedó secundaria, no obstante, sobre todo en la primera época y mientras se constituía un poderoso centro de operaciones; pero nunca fué abandonada en absoluto. Era también una posesión de la orden, cuya frontera convenía frecuentar.

Compusieron la primera misión al Paraguay, los PP. Soloni, Ortega y Fildi. El primero era un veterano de las misiones. Ya en 1576, acompañando á su maestro, el P. Gaspar Tulio Brasiliense, había fundado entre los _tabayaras_ la reducción de Santo Tomé. Á aquellas fundaciones se agregaron, hasta 1577, la de San Ignacio entre los _surubís_, y la de San Pablo en la costa del mar, vecina al río Sergipe. Llevaba, pues, el referido sacerdote, catorce años de predicación en el Brasil, donde fué ordenado. Sus compañeros entraron hasta la Guayra, y allá, en unión con los PP. Barzana, Lorenzana y Aquila, que llegaron del Tucumán poco después, formaron el primer plantel de reducciones paraguayas.

Organizando misiones, que eran más bien reconocimientos, siguió paralizada la expansión hasta 1599, en que muerto Soloni, fué nombrado superior Lorenzana.

Poco después, el P. Esteban Páez, Visitador de la comarca, teniendo en cuenta la distancia á que se hallaban aquellos PP. de su casa central del Perú, lo cual impedía auxiliarlos con eficacia, resolvió que se retiraran al Tucumán; encargando la evangelización á los del Brasil, que se hallaban más próximos y sabían la lengua de los naturales. Lorenzana y Ortega se marcharon, pero Fildi quedó enfermo en Asunción.

No cabe duda de que aquellos sacerdotes, informaron detalladamente á su generalato, sobre las condiciones del territorio por ellos reconocido, su situación intermedia entre el Tucumán y el Brasil, la posibilidad de una salida marítima por este país, una vez efectuado el contacto, la facilidad de comunicaciones con el Perú y con Buenos Aires, la índole favorable de la raza y la consiguiente facilidad de dominarla, todavía favorecida por la influencia militar de los españoles. Si á esto se agrega el conocimiento de la extraordinaria fertilidad y excelente clima, que prometían grandes compensaciones al trabajo inteligente, no es arriesgarse hasta lo fantástico suponer que la idea del Imperio fué concebida desde entonces.

Los jesuítas eran demasiado expertos, para no comprender que la restauración teocrática no prosperaría ya en Europa; pero poseían al mismo tiempo bastante decisión, para aprovechar aquella coyuntura experimental que se les ofrecía. Sus misiones de Asia, no podían aspirar á influir sobre la política de imperios constituidos, que supieron oponerles con eficacia el prestigio de religiones organizadas; mas la orden era eminentemente política, á causa de sus procedimientos modernos, y no se resignaba á proceder como una de tantas. Acogió, pues, gozosa la ocasión que se le presentaba en aquel manso país, con la rudimentaria estructura social de sus tribus, como una masa plástica sensible á cualquier presión, entrando acto continuo á realizar el vasto plan.

Fué el primer paso, la erección de la provincia espiritual del Paraguay, que el quinto General de la Compañía, P. Claudio Aquaviva, efectuó en 1604. El año anterior, Hernandarias había realizado una expedición contra las tribus del Uruguay, siéndole adversa la fortuna, pues aquéllas llegaron á exterminar su infantería; y esto le decidió á impetrar de la Corona el establecimiento de misiones, dando por infructuosa toda acción ulterior sobre los indios.

Semejante pesimismo, á todas luces sorprendente en un carácter tan intrépido, y cuando estaba fresco aún el recuerdo de Irala, me hace sospechar que la influencia jesuítica, siempre grande sobre él, no fuera ajena á su determinación.

De todos modos, la Corona en su real orden del 30 de enero de 1609, encargó la reducción de los indios á los jesuítas.

La organización se encontró planteada, con tal oportunidad, que revela á primera vista una inteligencia entre el generalato jesuítico y el gobierno; pues éste era demasiado celoso de sus prerrogativas, para no protestar eficazmente si aquél hubiera procedido sin su aquiescencia.

Efectivamente, el general de los jesuítas había encargado al superior de la compañía en el Perú, P. Romero, la erección de la provincia del Paraguay, que en 1607 tuvo su primer Provincial en la persona del P. Diego de Torres Bollo, el cual empezó sus tareas acompañado por quince sacerdotes.

Bien se predisponía todo en favor de los nuevos misioneros, revelando la certeza de sus cálculos. Diríase que la América estaba predestinada á aquella influencia. En 1508, el mapa de Ruysch llamaba á la del Sur _Terra Sancta Crucis_, denominación corriente, al parecer, pues el globo Lenox la repite;[55] y concretándonos al Paraguay, encontramos que éste, poco antes de la época á que voy refiriéndome, tuvo de obispo á Fray Martín Ignacio de Loyola, sobrino, nada menos, del fundador de la Compañía.

Los diecisiete años de activa labor yerbatera habían hecho intolerable la crueldad de los encomenderos; de modo que cuando Alfaro, Visitador de la Corona, realizó la investigación que ésta le había cometido sobre la situación de los indios paraguayos, no vaciló en tomar su partido, de acuerdo con los jesuítas, cuya acción apoyó decididamente con sus célebres ordenanzas. El segundo gobierno de Hernandarias, en 1615, robusteció aún más su naciente poder.

El Gobierno, cuyo ideal teocrático tan bien se avenía con aquel ensayo, miró á los autores como á sus vasallos predilectos, facilitando su acción con toda suerte de preferencias.

Penetraron, pues, con buen pie al país abierto ya en toda su extensión por las correrías de los conquistadores, demostrándose su acción secundaria á este respecto, con una sola consideración:

Mientras en Norte América y en Asia fueron notables sus descubrimientos por aquel mismo tiempo, durante el siglo y medio que duró su imperio en el Paraguay, sólo se cuenta tres expediciones suyas de este género. Las de los PP. Castañares y Patiño por el Pilcomayo, y la del P. Ramón por los ríos Negro y Orinoco.[56]

En las seis grandes expediciones que reconocieron el territorio, desde 1515 á 1610, la religión no tuvo parte. La conquista laica se desarrolló sola, y con tal éxito, que sólo ocho de sus veintiocho fundaciones fueron destruidas; al paso que las trece de los jesuítas en la Guayra, más otras muchas suyas hasta alcanzar á cuarenta, desaparecieron por causa igual.

De aquí á juzgar con Azara y otros liberales, que la primera empresa fué superior á la segunda, hay mucha distancia; y si he insistido de nuevo en el parangón, es á objeto de que se vea cómo la ley histórica, en cuya virtud la conquista militar precede á la religiosa, se cumplió aquí una vez más.

Continuaban al propio tiempo las fundaciones en el Tucumán y en el Perú, contándose dos poderosos centros en Córdoba y Santa Fe, que con los paraguayos y brasileños daban ya el boceto de la dominación futura. Los establecimientos de la Guayra y los del distrito del Tape, tenían tan visible objeto de darse la mano con los costaneros del Brasil, que dejaron casi abandonado el territorio intermedio entre ellos y la Asunción, donde sobraban infieles, sin embargo. El ataque simultáneo de los mamelucos sobre ambos puntos, demuestra que aquéllos también se daban cuenta del plan seguido por sus poderosos rivales.

Los jesuítas, reaccionaron sobre la idea que consideraba á los indios como bestias semi-racionales, mas para tenerlos por niños, lo cual equivalía á prolongar indefinidamente su tutela. Quedaban, con relación á sus protegidos, en la misma situación que los encomenderos, y debe alabárselos por no haber abusado de ella; pero el hecho es que, salvo el buen trato, la tendencia conquistadora permaneció incólume.

Como los espíritus más selectos habían adoptado, según dije, la carrera eclesiástica al pronunciarse la decadencia española, su mayor delicadeza de sentimientos y su elevación moral, ocasionaron el trato más humanitario de los indios en las misiones. Pero la teología hueca y la piedad acomodaticia influyeron sobre la conquista espiritual, haciendo de las conversiones un asunto mecánico. Lo que se quería era bautizar á toda costa; y á veces una tribu, vencida por la tarde, era cristianada al día siguiente en masa, sin otra comunicación evangélica que la muy precaria entre vencedor y vencidos.

Siendo tan diversa la situación moral de uno y otros, y actuando ambos en esferas psicológicas tan opuestas, claro es que la predicación sólo daba resultados insignificantes. En los primeros tiempos, se efectuó á veces con ayuda de intérpretes; y es fácil suponer la manera cómo los conceptos teológicos del catolicismo pasarían á las mentes salvajes, traducidos por el guaraní de un lenguaraz.

Aunque los PP. contaron desde luego con el catecismo de los franciscanos, en lengua indígena, y por más que algunos ya la sabían, las dificultades fueron casi insuperables para comunicar cosas tan sutiles y complicadas como las teológicas, sin que el fetichismo aborigen presentara una sola coyuntura en su tosca sencillez. La conciencia errátil del indio producía un obstáculo quizá mayor, no quedando entonces otro expediente que una imposición directa y autoritaria.

Fué lo que se hizo, imprimiendo en aquella indolente plasticidad, todavía aumentada por su situación de vencida, el sello teocrático, y atrayéndola con el único medio de relación posible, dada su impenetrabilidad psicológica: la tentación sensual, por medio de golosinas, músicas, pinturas, etc.--arte en el que, ayer como hoy, eran maestros aquellos religiosos.

Los indios sólo adoptaron, pues, la exterioridad del nuevo culto, sin que esto perjudique á la intención de sus misioneros, pues por algo había que empezar; pero no está probado que salieran de allí. Fué una sustitución de su idolatría, mísera y rudimentaria, por otra, llena de ceremonias aparatosas, en las cuales era dado participar con trajes de viso y títulos que halagaban la pasión del fausto, tan dominante en el indio. El estilo charro, característico de los ornamentos y templos jesuíticos, estaba más próximo de su mentalidad que la severa belleza de los tipos clásicos, con su exceso decorativo que los PP. exageraron todavía.

Fiestas patronales de los pueblos, y onomásticas del Rey, han dejado en las crónicas un recuerdo de lujo bárbaro, que revela con significativa elocuencia el método.

Todo era, naturalmente, religioso. Los recamados ornamentos resplandecían al sol; aguas perfumadas servían en las ceremonias. Había profusión de incienso y de repiques; y por sobre todo, esta suprema vinculación de la gratitud primitiva con la religión que ocasionaba los festejos: aquél era el día de banquetear y vestirse bien. Familias enteras se envanecían con el roquete y los zapatos de un monaguillo. El pueblo aplaudía entusiasta á las comparsas de niños, que trajeados de ceremonia recitaban loas ó danzaban, componiendo con sus figuras cifras místicas, al compás de estrepitosas orquestas. Petardos, cajas, clarines y cascabeles que propagaban su sonoro escalofrío en el temblor de las gualdrapas, subían hasta lo delirante la fanfarria clamorosa. Simulacros militares, encendían el atavismo bélico de la sangre aún montaraz; corridas de sortijas, autos en guaraní, toscas comedias, enteraban el programa, todo ello rematado por general comilona al aire libre, bajo las galerías que rodeaban la plaza.

La procesión del Corpus era especialmente suntuosa. El oficiante recorría la plaza, deteniéndose en multitud de sitiales, bajo cuyos camones de follaje aleteaban pájaros de los más brillantes colores, sirviéndoles también de adorno vistosos peces conservados en diminutas canoas. Los acólitos iban sembrando el piso con granos de maíz tostado, que imitaban blancas florecillas, y la dulzura del ambiente, que perfumaba el naranjal cercano, imprimía un sello de tierna unción á la fiesta.

Pero el carácter pueril de esa devoción resaltaba en todo, hasta en las iglesias, más suntuosas que sólidas; trabadas generalmente con barro, pero profusas de campanas, de imágenes, de dorados y de cirios. Baste saber que sólo en las últimas construidas después de siglo y medio de dominio, se empleó argamasa para asentar los sillares.

La conquista no fué, sin embargo, enteramente pacífica, aunque presentó desde luego un notable contraste con los excesos laicos. También los PP. redujeron por la fuerza algunas tribus; pero su método preferente era la seducción. Empezaban por no exigir sino el bautismo, sabiendo que en cuanto los indios cedieran algo, acabarían por otorgarlo todo.