Part 8
No mostraron los indios menor suavidad ante las empresas terrestres, siendo esto más notable aún por lo directo de su contacto con los expedicionarios. Álvar Núñez, en su larga travesía desde la Cananea á la Asunción, tuvo en ellos una ayuda eficaz, pues le proporcionaron de buen grado víveres y canoas. Igual le sucedió en la expedición para buscar el camino del Perú, con la única excepción de los _guararapes_.
En la antecedente á ésta, y en las que emprendió posteriormente con objeto igual, Irala tuvo menos de qué quejarse; y la verdad es que los españoles, durante toda la conquista, atravesaron aquellas regiones á su antojo, casi sin otros obstáculos que los naturales.
Tampoco hubo nada que lamentar en la expedición de los Césares--cuyo somero detalle podrá ver el lector en el capítulo siguiente,--á pesar de su inmensa marcha; ni las diversas con que se intentó comunicar al Paraguay con el Tucumán á través del Chaco, desde la de Diego Pacheco que lo atravesó dos veces con sólo cuarenta hombres, sin perder uno.
En todas las grandes incursiones de Chaves, se manifestaron asimismo tratables, aconteciendo á propósito un hecho elocuente: Cuando fué enviado á fundar la ciudad de Santa Cruz, quedóse con sesenta hombres únicamente, mientras regresaban á la Asunción sus compañeros descontentos, sin que el escaso número de las fuerzas incitara desmán alguno; y á los que después de fundada aquélla, navegaron el Mamoré y el Marañón hasta salir al Atlántico, expedición enorme que puede parangonarse dignamente con la célebre de Pizarro y Orellana por el Amazonas--tampoco les ocurrió percance bélico.
Por último, Felipe Cáceres en su viaje de ida y vuelta al Perú, anduvo cerca de un año por tan vastas selvas sin soportar hostilidad alguna.
Si Ortiz de Vergara se vió obligado á reprimir sangrientamente la rebelión general de los guaraníes, que estalló en los comienzos de su gobierno, ello debe atribuirse á la extraordinaria dureza con que los trató su antecesor Mendoza. Por lo demás, la defensa del suelo nativo es un movimiento natural, que no denuncia en quien lo ejecuta una maldad ingénita; y en cuanto á la nación guaraní, los hechos citados bastan, me parece, para demostrar su buena índole.
De este modo, el habitante y el suelo no oponían á la conquista sino un obstáculo pasivo. Uno y otro requerían tan sólo empresas organizadas para rendir pingües ganancias, en proporción, naturalmente, del ingenio con que se explotara sus condiciones.
La gran variedad de los productos, garantía desde luego un sistema de trabajos en rotación, que suponía la vida completa bajo todas sus fases. Las tribus dispersas por la extensión de la selva, nada podían hacer, pues para ellas no existía tal variedad, limitada su vida á pegujares estrechos y adventicios. El escaso número de sus miembros, así como su permanente estado de guerra, imposibilitaban por completo cualquier idea de explotación sedentaria; pero habían conservado virgen también el terreno, preparando más opimo rendimiento al conquistador que lo avasallara con miras de engrandecerse, y con la unidad de acción requerida por toda empresa eficaz.
NOTAS:
[43] Á las diez de la mañana siguiente de una noche lluviosa, el caminante ve levantarse, casi bajo sus pies, densos vapores en todos los sitios descubiertos.
[44] Se ha pretendido restaurarlo en el Paraguay; pero la gente del pueblo cree allá, que quien planta hierba muere al año siguiente, y todo fracasó. El ocio tropical tiene un incentivo hasta en las leyendas.
[45] Habrían servido mejor las tobas de que hablé en otro lugar; mas no hay señal de que se las empleara tampoco.
[46] Como los Eddas escandinavos en _El viaje de Gylfe_, _El poema del enano Allvis_, etc.
[47] Sabido es que la política del Emperador, consistió en dejar obrar á la necesidad sobre las tropas que sitiaban á Roma, siendo el asalto para éstas una cuestión de hambre. Así salvaba su responsabilidad, y podía dirigirse luego al Papa pidiéndole perdón por su victoria...
III =Las dos conquistas.=
El estudio comparativo de la doble corriente conquistadora que dominó el antiguo Paraguay, requiere un cuadro histórico á grandes rasgos, desde 1526, año de la exploración de Gaboto que abrió el país á la conquista, hasta 1610, cuando empezaron los jesuítas sus tareas, para que el lector se dé cuenta de la situación general. Breve será esto, y al concluirlo, nos encontraremos ya enteramente en la cuestión.
Tomaré la denominación genérica de «Paraguay» aplicada al país hoy dividido entre la República Argentina, el Brasil, el Paraguay moderno y Bolivia, pues con tal nombre distinguían los jesuítas á la provincia espiritual que erigieron en estas comarca. Abarcaba ella el Tucumán, el Río de la Plata y el Paraguay, cuyos límites orientales de entonces llegaban hasta muy cerca de la ribera atlántica, y como veremos luego, semejante división no fué puramente una expresión geográfica. De tal manera el nombre adoptado, fuera de lo que simplifica la cuestión, corresponde al plan mismo de la obra.
Como en su transcurso he de referirme indistintamente á las posesiones españolas y portuguesas, creo oportuno advertir que en caso de duda ó contradicción entre los escritores de ambas nacionalidades, he adoptado por lo común el criterio de los correspondientes á cada una, como regla de prudencia y de imparcialidad.
La conquista del Plata había quedado interrumpida por la catástrofe de Solís, hasta los años 1526-27, durante los cuales Gaboto y García entraron al estuario, llegando el primero al Salto de Apipé, y explorando á su regreso el río Paraguay, hasta cerca del punto donde se fundaría luego la Asunción, así como una parte del Bermejo.
Ciertos historiadores portugueses, han dado por cierto que cuatro compatriotas suyos, enviados por Martín Alfonso de Souza desde San Vicente en 1526, atravesaron el Paraguay hasta el Perú en viaje de exploración. Creo que se trata de un _lapsus_, en cuya virtud se atribuye á los portugueses una expedición enteramente española.
Hasta por las fechas y el itinerario, resulta en efecto análoga á aquélla de los compañeros de Gaboto, que saliendo del fuerte de _Sancti-Spiritus_ en línea recta al O., reconocieron la región de Cuyo; faldearon la Cordillera y llegaron al Tucumán, remontándose por él hasta el Cuzco. Iban á las órdenes de un oficial apellidado César, y habiéndoseles llamado por extensión los _Césares_, dieron origen á la fábula de las quiméricas ciudades de este nombre.[48]
La expedición portuguesa, parece, entonces, una adaptación fantástica. No hay, en efecto, otro dato sobre ella, que el de Ruy Díaz de Guzmán, quien se equivoca desde el principio, pues atribuye al mencionado capitán lusitano el envío de una expedición imposible, dado que éste no arribó al Brasil hasta 1530. Un escritor que se equivocaba en tal forma, á ochenta y dos años de los hechos narrados (compuso su «Argentina» en 1612), merece ciertamente poca fe. Por otra parte, la forma y el número de las cifras no dan asidero á una suposición de error caligráfico, mucho más cuando en el capítulo siguiente se incurre en uno más grave aún, dada la notoriedad del hecho, teniendo por realizado en 1530 el viaje de Gaboto.
Esta nueva errata probaría que la expedición brasileña de que hablo más arriba, fué la misma de los _Césares_, pues atribuye á Gaboto la fecha del viaje de Souza, siendo ya dos deficiencias concurrentes al mismo fin.
Fuera perfectamente natural, sin embargo, suponer una transposición del número (1526 por 1530), dado que el habitual desgaire de los cronistas españoles, sobre todo en lo referente á fechas y graduaciones geográficas, tenía por digna continuación las trocatintas peculiares del copista;[49] pero hay otros _lapsus_ más redondos y en los cuales no cabe ya explicación.
Así, por ejemplo, nuestro desenfadado historiador atribuye á Américo Vespuccio el descubrimiento del Brasil, y afirma que Solís regresó á España en vez de haber sido muerto por los _charrúas_...
Sirva este caso de tipo al lector, para que aprenda á desconfiar en materia de papeles antiguos--que suelen ser tenidos por los mejores,--y para que valore el mortal fastidio inherente á semejantes compulsas. Leer y citar es nada; lo arduo está en controlar[50] lo que se cita.
Como quiera que sea, el caso es que el Brasil progresó mucho antes que el Paraguay, estribando en esto el comienzo de su rivalidad histórica.
Sesenta años después de su descubrimiento, la posesión portuguesa exportaba ya algodón y azúcar con tanto éxito, que este último producto contó por 32.000.000 de francos al empezar el siglo XVIII. Las nueve Capitanías en que estaba dividida, florecieron presto, existiendo en todas ellas casas de la Compañía de Jesús.
Este progreso, que era una amenaza indirecta, dado lo vago de los términos geográficos empleados por el Papa Alejandro para redactar su conocida bula arbitral,[51] y sabiéndose que en el Brasil existía una administración regular desde 1530, ocasionaron la expedición de Mendoza, entre el entusiasmo causado por la de Gaboto.
Puede decirse que con Ayolas, enviado por aquél en reconocimiento, empieza recién[52] la verdadera conquista. Subió por los ríos Paraná y Paraguay, venciendo fácilmente la escasa resistencia de las tribus ribereñas; fundó la Asunción, y continuó su viaje hasta Candelaria. Ordenando á Irala que le esperase allá con la escuadrilla durante seis meses, atravesó el Chaco y llegó hasta las fronteras del Perú, de donde regresó con algunas piezas de plata, siendo muerto por los _mbayás_ y _serigués_ entre los cuales se había establecido al no encontrar á sus compañeros.
La tenaz oposición de los indios de Buenos Aires, que amenazaban malograr toda fundación mientras no se tuviera una base sólida de operaciones sobre ellos, acarreó el abandono definitivo de la nueva ciudad y la reconcentración consiguiente de todos sus elementos en el Paraguay, donde los naturales se manifestaban más dóciles. Éste tuvo desde entonces, y á pesar de su carácter mediterráneo, la superioridad política que por tan largo tiempo iba á conservar.
Durante el gobierno de Ayolas y los comienzos del de Irala, la guerra no fué el único trabajo de los conquistadores, pues éstos, con una actividad ciertamente admirable, dadas sus expensas, fundaron trece pueblos en aquellos territorios.
Irala había sido electo popularmente gobernador; pero el arribo de Álvar Núñez, Adelantado real, le despojó del mando. Para llegar á su sede, éste acababa de realizar la segunda gran expedición por tierra á través de la comarca, en un viaje de ocho meses, desde el río Itabucú frente á Santa Catalina, hasta la Asunción, ó sea en un trayecto de trescientas leguas.
De orden suya, Irala efectuó la tercera, con el objeto de franquearse un camino hasta el Perú y unificar la acción conquistadora, dándose la mano con aquellos expedicionarios. Sin idea clara todavía sobre el inmenso territorio intermedio, los conquistadores paraguayos procuraban su acceso al país del oro; y la Corona que veía en él un centro político, procuraba darle, con miras de economía y de administración, la mayor zona de influencia posible, fomentando aquellas exploraciones.
Irala regresó con informes, habiendo llegado hasta los 17° de latitud, y entonces el Adelantado intentó por su cuenta el acceso; pero la inundación de las tierras le redujo á volverse.
Depuesto por el descontento de sus soldados, á quienes había querido imponer reglas de disciplina, predicando con el ejemplo de su honradez y de su cultura, que no hizo sino exasperarlos más, su intrépido teniente emprendió otra vez el camino del Perú.
Esta expedición señala el hecho importante de que los indios empezasen á figurar como aliados de los españoles en sus guerras civiles, pues demuestra que ya se había producido entre ambas razas un principio de fusión.
Consiguió Irala por fin llegar hasta Chuquisaca, resolviendo no pasar adelante por el estado político en que se hallaba el Perú, á objeto de evitarse compromisos con los bandos en lucha.
Envió desde allí á Nuflo de Chaves, con una solicitud á La Gasca para que lo confirmase en el gobierno, regresando al Paraguay donde á tiempo develó la usurpación de Abreu. Poco después llegó Chaves, el cual, con aquel doble viaje, acababa de realizar la expedición más notable que haya salido del Paraguay.
Los indios de la Guayra, duramente explotados por los portugueses que los esclavizaban, reclamaron la protección de Irala, cuyo renombre se extendía ya hasta por la selva como un símbolo de prestigio y de justicia. Acudió el conquistador á la demanda, recorrió entera la región, estableciendo el dominio español sobre blancos é indios, y abriendo de este modo una vía de comunicación entre su sede y tan lejana barbarie.
Hasta entonces la conquista se había realizado sin ninguna intervención religiosa, de tal modo que recién al año siguiente de esta última expedición (1555) llegó al Paraguay su primer obispo. El territorio ocupado después por el Imperio Jesuítico, estaba completamente abierto ya, no obstante su extensión, con más otras regiones adonde no llegó nunca la expansión misionera.
Dos nuevas expediciones á la Guayra, acabaron de cimentar en ella el prestigio español: una de Chaves, que buscaba salida al Atlántico por la costa del Brasil, y otra de Ruy Díaz Melgarejo, que fundó en dicha provincia la Ciudad Real.
No se había perdido la idea de buscar comunicación directa al Perú, é Irala envió á Chaves nuevamente con tal objeto. Ya no volvería á verle, pues murió antes de su regreso, pero aquel infatigable conquistador había cumplido sus órdenes con éxito extraordinario. Recorrió en efecto la provincia entera de Chiquitos, y el Matto Grosso, verdaderas regiones de leyenda cuyo acceso requería una constancia rayana en obstinación y una intrepidez realzada al heroísmo. Ya sobre la actual Bolivia, encontróse con Manso que venía del Perú. Disputaron sobre la posesión de aquellas tierras, que le fueron adjudicadas por el Virrey, y á su regreso fundó la ciudad de Santa Cruz.
Gonzalo de Mendoza, heredero de Irala, murió un año después de su elevación al gobierno, nombrándose en su reemplazo á Ortiz de Vergara, con quien empezó la serie de motines y golpes de mano, en que la ingerencia política del clero se manifestó por primera vez.
Entretanto, habían continuado las fundaciones, hasta alcanzar, sumadas con las trece antedichas, el número de veintiocho en setenta y cuatro años.
Azara, en su lista de pueblos, incluye como laicas las trece primeras reducciones de la Guayra; pero no creo que deba imputarse este error á malevolencia sectaria con objeto de desprestigiar la obra jesuítica; pues de Moussy, en quien ya no cabe igual sospecha, lo reprodujo. Es verosímil suponer una confusión con las trece fundaciones efectuadas en los años de 1536-38 por Ayolas é Irala, dado que la coincidencia del número, tanto en las jesuíticas como en las laicas, pudo motivar el trastrueque; y sin que esta explicación pretenda discutir el sectarismo de Azara, indudable por otra parte.
La conquista laica tuvo en Irala su dechado. Hombre de gobierno ante todo, su administración dió la pauta á las organizaciones futuras, que nunca pudieron sobrepujarla. Su intrepidez y su rectitud, combinadas en admirable equilibrio, le conciliaron el afecto de los indios y de los blancos. Legislador, sus reglamentos gobernaron por muchos años el Paraguay, siendo ahora mismo, y en atención á la sociedad que organizaron, un modelo de sabiduría política. Incansable en sus empresas, dilató los límites de su territorio hasta puntos que no fueron alcanzados sino doscientos cincuenta años después; y sus expediciones al Perú, no han vuelto á repetirse.
Más político que Álvar Núñez, cuya rigidez se volvió odiosa ante sus compañeros, él supo conciliar la severidad con la blandura, hasta hacerse idolatrar por los soldados, que le veneraban como á un padre, y amar por los indios como á un justiciero protector.
La influencia española alcanzó á su impulso el máximum de eficacia. Dejó planteada en grande escala ya, la industria de la hierba, que formaría hasta hoy, puede decirse, el principal recurso del país, siendo notable, entre otras explotaciones, la de Mbaracayú en la Guayra. El plantel de ganado mayor y menor, quedaba arrojado en las selvas y praderas como profícua simiente, que á los pocos años ya fué cosecha asombrosa.
Basta, en fin, para apreciar en conjunto la importancia de la conquista laica, saber que desde 1526 hasta 1610, fundaron los conquistadores casi tantos pueblos como los jesuítas en siglo y medio, á pesar de que éstos tuvieron la senda abierta.
Las poblaciones laicas alcanzaron á veintiocho, como dije antes, debiendo agregárseles diez ciudades, de importancia relativamente considerable;[53] mientras los jesuítas, que en los cinco primeros lustros de su apostolado fundaron diecinueve pueblos, no llegaron sino á catorce durante los ciento treinta y tres años medianeros de 1634 á 1767, figurando entre ellos seis, creados con indios de reducciones ya existentes.
Quedaba expedito, además, el camino del Perú; abierta una salida al Océano, que es decir á Europa, por el Marañón; demostrada la posibilidad de comunicarse con el Tucumán á través del Chaco, según lo había probado Diego Pacheco en su travesía de ida y vuelta desde Santiago del Estero á la Asunción; establecido desde 1573 el contacto entre las conquistas peruana y platense, con la fundación simultánea de Córdoba y Santa Fe, y todo esto casi sin sacerdotes, ó á lo menos sin su concurso especial.
Los primeros españoles sólo tuvieron uno. Veinte años después de la conquista, en plena acción expedicionaria y fundadora, apenas había diecisiete, incluso el obispo y canónigos, y treinta años después, veinte por todo.
Facilitaron aquella expansión puramente laica, las tendencias regalistas de la Corona, para quien la Iglesia fué al principio un subalterno, con frecuencia humillado y siempre contenido; pero el auge de los jesuítas, con todas las complicaciones y concurrencias ya enunciadas, engendró la reacción, incorporándolos al país, en tiempo de Hernandarias, como un elemento conquistador.
Su intervención quedó justificada desde luego, por el mal trato creciente que se daba á los naturales. Ya en 1496, Peralonso Niño había llevado á España el primer cargamento de indios esclavos; y es sabido que treinta años después, Diego García envió otro á un comerciante de San Vicente (Brasil) con quien tenía contrata por ochocientos, para ser remitidos á Europa; lo cual demuestra la regularidad del tráfico. Al suspenderse éste, la encomienda lo reemplazó como medida interna. Hernandarias pudo decir con razón á unos indios tomados en 1593, con un cargamento de hierba, que lo mandaba quemar en su presencia, presintiéndolo como causa de su ruina. Desde que empezó por entonces la explotación de los hierbales del actual Paraguay, la extinción de la raza fué problema resuelto.
La conquista no era una colonización, y traía aparejadas para los vencidos todas las consecuencias de la guerra. Poco tenía en qué efectuarse el saqueo, dada la pobreza de los naturales; pero la necesidad de mujer, que tan irritantes desmanes ocasiona en semejantes casos, y mucho más con tales hombres, así como la crueldad exasperada por el eterno chasco del oro, causaron horrorosos vejámenes.
Después del combate de _Guarnipitá_, que trajo por consecuencia la fundación de la futura capital paraguaya, figuraron en el tributo de guerra impuesto á los indios, siete muchachas para Ayolas y dos para cada uno de sus compañeros, siendo esto la regla general.
Schmídel, actor en lo más recio del drama, y á quien no puede sospechársele exageración, dada la escasa jactancia de sus narraciones, cuenta que en la expedición contra los _agaces_, todos los pueblos de éstos fueron quemados. La lujuria del conquistador, está visible en la calificación de «hermosísimas y lascivas» que da á las mujeres de los _jarayes_ lo cual demuestra que las frecuentó, así estuviera aquella hermosura muy exagerada, como es probable, por el celibato forzado del narrador. Durante año y medio de expedición, cautivaron, dice, en las tierras de los _guapás_, doce mil indios; habiendo soldado raso que tenía cincuenta para su servicio. Con exageración y todo, la realidad de la esclavitud no sería menos evidente.
El instinto aventurero se sobreexcitaba hasta lo increíble en aquellas comarcas, cuyo aspecto decorativo producía, y con mayor razón en los espíritus predispuestos, un delirio de grandeza teatral. La solemne espesura, inspiraba con su misterio; cada matorral podía esconder la fama ó la fortuna; los obstáculos no eran sino un incentivo mayor á la constancia, exagerada por una heroica rivalidad. Endilgados en el bosque virgen, al rastro de tal cual fábula que en caprichosa etimología derivaban de una palabra ó mito indígena, ya no habían de volver sino con la certidumbre por premio.
Crédulos acogieron la leyenda de las perlas en tal laguna del Chaco; la referencia de aquel peñón de plata que resplandecía en medio del Paraná, camino á la Guayra; los cuentos de dragones y de pigmeos; la existencia de mitológicas amazonas...
Su transcurso quedaba señalado por la devastación. Incendiaban una aldea como quien prende un fuego de artificio, y allá quedaba el tendal de violaciones y de adulterios, comentando las orgías de una noche. Al padecer ellos tanto en sus jornadas, en poco tenían el dolor ajeno; mucho más tratándose de seres tan inferiores, que hasta la humanidad se les discutía. Un feroz individualismo reinaba en aquellas huestes, apenas vinculadas por la propia inseguridad. El botín, precario casi siempre, ocasionaba disputas cuya inmediata consecuencia era el homicidio. En torno de la fogata que formaba el corazón del vivac, antes que los pucheros funcionaban los cubiletes. Ni la fatiga de jornadas terribles, ni las heridas del dardo salvaje, extinguían aquella pasión en sus férreas naturalezas. Y entrada la alta noche, bajo la sombra de aquellos bosques sin rumores, que atemorizaba á veces el rugido de algún jaguar en ronda, salían del atroz peladero para improvisar sus tálamos brutales en el rebaño de cautivos, ó para dirimir en el asesinato anónimo una apuesta infortunada, una fullería, una broma quizá.
Dogos sobre un hueso, á puñaladas y á arcabuzazos disputaban la menguada presea que la suerte les ponía al alcance en los cabellos de alguna india opulenta, estando su avaricia en razón directa de la escasez. Cómplices, no compañeros, aquellas expediciones los unían como un delito; y sólo por indefensos prefería á los indios su ferocidad. Allá dominaban exclusivos el coraje y el interés.
También así eran de tremendas sus penurias. La Naturaleza oponía de sobra la resistencia que el aborigen no supo organizar; y si aquel desenfreno de los instintos, tan característico de la guerra, trajo consigo, como parece, la obstinación demostrada por los conquistadores, en un verdadero apogeo de fuerza bruta, justo es confesar que á él se debió la conquista.
Schmídel nos ha dejado en su narración, un cuadro por demás interesante sobre aquellas exploraciones de la selva tropical. Se refiere á la que, capitaneada por Hernando de Rivera, envió Álvar Núñez para descubrir el imperio de las Amazonas.
Una vaga relación de los indios, á la que mezclarían, como es natural, sus mentiras de práctica, embrollándola más aún con su costumbre de adherirse á cuanta conjetura se les propone--decidió la expedición.