Part 7
El crepúsculo, radioso como una aurora, tarda en decrecer; y cuando la noche empieza por último á definirse, un nuevo espectáculo embellece el firmamento. Sobre la línea del horizonte, el lucero, tamaño como una toronja, ha aparecido, palpitando entre reflejos azules y rojos, á modo de una linterna bicolor que el viento agita. Su irradiación proyecta verdaderas llamas, que describen sobre el agua una clara estela, á pesar de la luna, y la primera impresión es casi de miedo en presencia de tan enorme diamante.
Dije ya que aquellas tierras se prestan á todas las producciones. Hay, sin embargo, algunas singularidades debidas á la constitución geológica. Falta desde luego la tierra vegetal, el humus, que sólo se encuentra en fajas de sesenta metros, término medio, á las orillas de los arroyos, y en limitadas áreas bajo los bosques, como si su formación fuera difícil, ora por la evolución laboriosa de la arcilla, ora por ser muy nuevos los terrenos. Así, las Misiones propiamente dichas, se prestan poco á la cría de ganados. Las praderas no producen durante el invierno más que pastos muy duros--espartillo casi en su totalidad,--y el bosque es más escaso todavía. Los ganados enflaquecen horriblemente y sucumben en grandes cantidades; pues el recurso de darles á comer ciertas palmeras y bambúes, es demasiado costoso para dehesas un tanto crecidas. Durante el verano, las cosas andan poco mejor, no existiendo en realidad otro forraje natural que la gramilla de los terrenos pantanosos, con su precario rendimiento. Sólo el maíz, que da casi siempre dos cosechas, y algunas veces tres por año, podría compensar tal escasez, como elemento de ceba; pero queda otro inconveniente más grave aún; quiero referirme á la falta de sal, que no existe sino en pequeños ribazos de terreno vagamente salitroso, preferidos por los animales del bosque, aunque de todo punto insuficientes para grandes rebaños. La sarna, la tuberculosis y las afecciones intestinales, causan estragos al faltar ese elemento, impidiendo casi del todo la cría en grande escala.
Entiendo que en los esteros del río Corrientes se ha hecho alguna vez con éxito la tentativa de obtenerlo, evaporando las aguas palustres; y es sabido que aquéllos son campos de pastoreo; mas no sé que esto haya pasado, ni con mucho, á una explotación regular.
Fuera de ese inconveniente, nada pone obstáculos á una vasta prosperidad.
Abundan las ricas maderas, de tal modo, que el cedro reemplaza al pino en la carpintería ordinaria. Los jesuítas habían cultivado con éxito el arroz, pudiendo verse aún en ciertos terrenos bajos, durante las sequías, vestigios de sus rastrojos. El trigo, que ahora no figura entre los ramos de producción, bastaba entonces para la harina de consumo. El algodón, el cacao y el añil, producían buenos rendimientos y las viñas dieron regulares cosechas de vino.
La caña de azúcar, echa tallos macizos hasta de cinco metros de longitud y grueso extraordinario; el tabaco brota pródigo, y ya he hablado del maíz. Los naranjos se han transportado de las antiguas reducciones al bosque, y donde quiera que los indios llevaban provisión de sus frutos: las canteras, puestos de pastoreo y plantíos de hierba-mate. Por fin, estos últimos constituyen una riqueza peculiar, que será enorme, cuando se vuelva al cultivo hortense cuyo éxito demostraron los jesuítas.[44]
Sobra en el reino mineral la piedra de construcción, representada por la _tacurú_ y los asperones. El hierro se presenta con profusión, y existe algún cobre que los jesuítas laborearon. No tengo, respecto al plomo, otro dato que haber hallado en el pueblo de Concepción una bala de falconete, puesta ahora en el Museo histórico; pero ella pudo pertenecer al ejército lusitano-español que reprimió la insurrección de 1751. Las minas de metales preciosos, cuyo secreto se atribuye á los jesuítas, no han pasado de un sueño, lo propio que los criaderos diamantíferos. Uno que otro topacio, tal cual cornalina y amatista, es todo. Los cuarzos cristalinos, muy interesantes, han inspirado quizá la leyenda adamantina.
La falta de cal ya mencionada, dió margen también á muchas conjeturas. Como los templos jesuíticos estaban blanqueados, el campo de la suposición quedaba abierto al fallar enteramente las canteras.
Se afirmó entonces que los padres habían empleado la _tabatinga_, ocre blanquizco que abunda en el Brasil; pero esto es inadmisible, porque los vestigios de reboque y las argamasas que traban aún algunas paredes, revelan la existencia de la cal. Lo que hubo, quizá, fué algún rancho de las reducciones blanqueado con el singular producto.
Fundados en la célebre «Memoria» de Doblas, algunos han repetido con éste que la cal se extraía de los caracoles blancos, no muy numerosos por cierto en el territorio, y después de todo insuficientes;[45] pero puede existir en esta explicación de apariencia tan nimia, un fondo de verdad, si se considera que en la costa brasileña del Uruguay, frente á Garruchos, existe un banco de conchas fósiles, el cual presenta señales de explotación. Quedaba en territorio jesuítico, y á corta distancia de la reducción de San Nicolás.
Otros han pretendido que el artículo en cuestión, iría de Buenos Aires como elemento de ornato, y creo que algo de esto pudo haber; pero su profusión, sobre todo en los templos de fecha más reciente, me ha hecho pensar en canteras allá mismo explotadas. Hay un dato que revela su probabilidad. En el «Diario» del reconocimiento, que el Virrey mandó ejecutar en 1790 sobre la costa occidental del río Paraguay, su autor, el piloto Ignacio Pasos, afirma que por la mencionada margen, á los 19° 55' y junto al paraje llamado Presidio de Coimbra, había «mucha piedra de cal». Lo análogo de esta región con la misionera, refuerza el indicio; y como nadie ha practicado una exploración de todos los puntos que ocuparon los jesuítas, puede que la supuesta cantera permanezca oculta. El hecho de que el bosque haya cubierto los puntos donde el suelo fué removido, explicaría, por otra parte, la ocultación.
Pero ya insistiré mejor sobre estos detalles en el capítulo descriptivo de las ruinas.
El suelo igual y la selva uniforme, en unión de un clima que lo es más aún por su carácter tropical, engendraron la unidad de raza en el habitante.
Sea cualquiera la opinión de ciertos etnólogos fantásticos, creo que lo más sensato es agrupar á las tribus, dispersas en el ámbito de la gran selva, bajo el nombre genérico de «raza guaraní».
Eran comunes entre ellas, costumbres tan particulares como la del bezote, que desde el Plata al Mar Caribe usaron los guerreros indios, embutiéndose al efecto en el labio inferior cuñitas de madera ó cristales de cuarzo. La ceremonia de cortarse una falange de los dedos, por cada pariente que fallecía, alcanzó la misma extensión, así como el infanticidio del hijo adulterino, que la madre ejecutaba acto continuo de su parto. Un mismo carácter predominaba en su tatuaje, su alfarería y sus armas. El entierro de los muertos, con la cabeza sobresaliendo del suelo y cubierta por un tazón de barro, es otra peculiaridad igualmente difundida; sucediendo lo mismo con la original circunstancia cosmogónica de considerar macho á la luna y hembra al sol.[46] El idioma muy vocalizado y con predominio de palabras agudas, como una vasta onomatopeya selvática, concluye de establecer el parecido; y ello es tanto más notable, cuanto que todos los indios, cualquiera que sea su tribu, se comprenden fácilmente entre sí.
Componían probablemente los restos de una gran raza guerrera en disolución, esparcidos por la selva con dirección al Oriente; existiendo vestigios de una emigración poco anterior á la conquista, que habría ascendido hacia el Norte en dos ramas, provinientes de la selva subtropical, bifurcándose por el litoral atlántico y por el centro del Continente.
Ese movimiento, uno de los tantos que efectuarían periódicamente y con la mayor facilidad aquellas tribus nómades, á causa de las pestes, de extraordinarias sequías que ocasionaban el hambre, ó por hábito resultante de su estado social, puso en contacto á la segunda de las ramas supuestas, con la vanguardia incásica que bajaba en sentido inverso, desprendiendo sus falanges conquistadoras por ambas vertientes de la cordillera originaria.
No obstante la divergencia entre la civilización decadente de los hombres del bosque, y el auge colonizador del imperio quichua, el contacto produjo la comunidad de algunas tradiciones y costumbres, que es de suponer impuestas por el elemento superior--como la decoración de las alfarerías y la momificación; bien que ésta fuera entre los guaraníes, una simple desecación á fuego lento. La prueba es que la barbarie selvática disminuía mucho al Norte, en las regiones de la actual Venezuela y del Ecuador, donde la relación con los Incas de Quito sería casi regular, dado que éstos se encontraban allá en su centro más civilizado y de influencia mayor por consiguiente.
La población del bosque, se tornaba más salvaje así que descendía al centro y al Sur del Continente, donde sólo tuvo algún contacto accidental por el Chaco con el quichua civilizador; pero una y otra raza conservaron su característica emigratoria. Aquélla, siempre dentro del bosque familiar; ésta, sin desprenderse de la montaña, que la lleva como naturalmente en su transcurso austral, con el encadenamiento de sus valles.
Es todo cuanto queda de ese gran acontecimiento procolombiano, que tantas cosas habría podido dilucidar, á ser conocido en detalle; pero los cronistas españoles, si se exceptúa quizá á Sahagún, y éste para los aztecas, llevaban á sus narraciones los modales del instrumento curial. Predominaba en ellas la lógica sobre la verdad. Demasiado retóricos para ser sinceros, todo lo habían de ajustar á su molde clásico, que para colmo solía venir de contrabando, y así resulta raro el detalle típico entre su fárrago indigesto. Después de mucho andar, encuentra uno que no ha adelantado casi nada.
Como muestra entre cien, basta el P. Guevara, á quien han seguido casi todos los que se ocuparon del indio guaraní y de sus costumbres. No advirtieron, cuando era tan fácil, que su mentada historia es en esa parte una rapsodia del poema de Barco Centenera (y ¡qué poema!) no sólo por el plan idéntico, sino por los detalles que vierte á la letra en su prosa, tan insoportable como las octavas del original. La circunstancia de que acoja por verdades, leyendas tan inocentes como la metamorfosis de las flores del _guayacán_, transparente adaptación del Fénix á las mariposas americanas; así como que atribuya á restos de gigantes humanos, los huesos fósiles descubiertos por las avenidas--debieron poner sobre aviso á los que, bebiendo en él, no hacían sino copiar de segunda mano.
Queda sólo en pie la pertenencia de las tribus guaraníes á una gran nación, disuelta por la barbarie. Rastros ciertamente vagos, pero no menos significativos, parecían denunciar esa unidad superior, en los grupos centrífugos. El zodíaco les era común, y Alvear cita en su «Relación» algunas ideas astronómicas de los _mocovíes_, que son ciertamente notables.
Tenían estos indios por su hacedor y numen á las Pleyadas, y por autor de los eclipses á la estrella Sirio, lo cual demuestra observaciones detalladas y la especificación mítica de ciertos astros, que para mayor curiosidad, han tenido aplicaciones análogas en muy distintos pueblos. El carácter cosmogenésico de las Pleyadas es bien singular, si se considera que para algunos astrónomos modernos, en dichas estrellas se halla el centro de nuestro Universo; pero esto no será más que una coincidencia.
El clima ardiente les permitía una desnudez casi total, que apenas interrumpían en algunos, un ponchito terciado al hombro, y un casquete, tejido, así como la prenda anterior, con fibras de palmera. Poníanle á veces plumas á guisa de adorno, y en igual carácter llevaban ajorcas y pulseras trenzadas con el pelo de sus mujeres. He mencionado ya el bezote, generalmente formado por un cristal de cuarzo. Las mujeres agregaban al «traje» descrito, un delantalillo duplicado á veces en taparrabo, y pendientes de semillas ó conchas. Los actuales indios _cainhuá_ del Paraguay, conservan muchas de estas peculiaridades.
La indumentaria de guerra era un poco más complicada. Una corona de cuero, ornada de vistosas plumas, reemplazaba al casquete descrito; pinturas trazadas con _tabatinga_ y almagre, cubrían el cuerpo del guerrero, imitando pieles flavas de anta ó de jaguar; y rodeaban su garganta sonoros collares de uñas ó dientes bravíos. Las pinturas, eran como quien dice el traje de parada, pero existía el tatuaje en ambos sexos, á modo de distintivo nacional.
Por armas llevaban el arco y las flechas; la macana, á veces incrustada de cuarzos agudos; algunos la honda y pocos el chuzo. Las bolas, ineficaces en la selva, eran un recurso exclusivo de los que habitaban la llanura.
Fieles al cacique, que por lo general elegían sólo en caso de guerra, nunca llegaban sus agrupaciones gregales á formar ejércitos propiamente dichos. Individualmente eran bravos, y más aún sufridos, pues los ritos crueles con que celebraban su entrada en la pubertad y sus actos fúnebres, acostumbrábanlos al dolor.
En cuanto á sus demás costumbres, eran las de todos los salvajes, salvo pequeñas diferencias; de manera que no merecen descripción sus fiestas, borracheras, casamientos, etc.
Los más erraban por el bosque al azar de la caza, de la pesca que era abundante, ó de la colmena, cuyo orificio agrandaban á la torpe machacadura de sus hachas de piedra, hasta poder introducir la mano, que desde niños se les ablandaba con tal objeto en continuo masaje--absorbiendo las heces del panal por medio de esponjosos líquenes. Esos eran naturalmente los más ariscos, y nunca aceptaron la civilización.
Algunos componían grupos sedentarios, que no duraban mucho, estableciéndose en las vecindades de los ríos. Carpían á fuego un trozo de terreno, y con un palo puntiagudo á guisa de arado, abrían, poco después de llover, agujeros donde sembraban maíz, papas, zapallos y mandioca--sistema que todavía se usa en el Paraguay. Nadadores y remeros notables, tripulaban canoas labradas á fuego en los troncos del _guabiroba_, que les ha dado su nombre genérico, y así embarcados, á veces por días enteros, pescaban y cazaban. Su ardid más civilizado, consistía en usar de señuelo cotorras domésticas para sus cacerías. Sobre éstos gozó de su mayor influencia el jesuíta; pero tanto unos como otros abandonaban difícilmente el bosque, á no ser urgidos por el hambre y durante el menor plazo posible.
La miseria en que se hallaban, dificultó la poligamia á que tendían; siendo generalmente monógamos, salvo los hechiceros y caciques.
Dominados por la más elemental idolatría, esta misma no los preocupaba mucho. Algún árbol sagrado ó serpiente monstruosa, formaban sus fetiches de conjuración contra las borrascas, á las cuales temían en razón de su violencia tropical.
Su inteligencia se manifestaba casi exclusivamente, en hábiles latrocinios y mentiras sin escrúpulo; su condición nómade, habíales quitado el amor á la propiedad y al suelo, careciendo en consecuencia de patriotismo y de economía. Todo su comercio se reducía á cambalachear objetos, lo cual disminuía más aún el amor á la propiedad organizada. Borrachos y golosos, la inseguridad del alimento, inherente á su condición de cazadores exclusivos, desenfrenó su apetito; y careciendo de sociedad estable, les faltó el control necesario para reprimirse. La música, el estrépito mejor dicho, y las decoraciones vistosas, halagaban su carácter infantil. Éste dominaba de tal modo en ellos, que al decir de los jesuítas, comprendían las cosas mejor de vista que al oído: dato precioso para determinar su psicología. Voluptuosos y haraganes, por la influencia del clima y de la selva con su ambiente enervador, no servían para las grandes resistencias. Á su arranque colérico, muy vivaz como en todas las naturalezas indecisas, sucedía una depresión proporcional. La paciencia y el buen trato, bastaban para dominarlos; pero aquella blandura recelaba la inconstancia, considerablemente favorecida por el hábito andariego.
Hijo de esa selva, tan rica que, según Reclus, sus productos bastarían para alimentar á toda la humanidad, era el hombre tropical por excelencia, es decir indolente é imprevisor en su fácil bienestar. Su tipo común acentuaba su unidad de origen; y aquel bosque, en cuya uniformidad ha visto el autor antecitado, la sugestión de una inmensa fraternidad futura para los pueblos de la América meridional, había impreso á su dócil constitución de primitivo, que no tenía ni reacciones atávicas, ni tradiciones, ni fuerza social con qué resistir la morbidez de su perenne verdura.
Se ha hablado mucho de su canibalismo, para pintarlo feroz; pero es menester observar quiénes y cómo hablaron.
No hay desde luego un solo testimonio de que se los viera comer carne humana. El más próximo á esto, es el de los compañeros de Solís que «creyeron ver» en la confusión de la retirada.
Los primeros conquistadores y los misioneros, propalaron sobre todo la especie; pero unos y otros se hallaban harto interesados en glorificar su empresa, para que desperdiciaran detalle tan conmovedor. La ferocidad de los naturales, encarecía el éxito de la conquista.
Algunos autores modernos han pretendido que los indios no eran precisamente caníbales, aunque fueran antropófagos, pues su antropofagía formaba un rito religioso, una verdadera «comunión» en la víctima.
No obstante el cariz visiblemente clerical de la aserción, y lo que hubiera podido servir para demostrar la universalidad de ese cristianismo á la inversa, con que, según los escritores católicos, Satanás anticipó á pesar suyo la Revelación--es curioso que se les escapara á todos los misioneros contemporáneos. En ninguna crónica ni papel de la época, se alude siquiera á la socorrida «comunión»; y eso que los PP. encontraban rastros evangélicos y bíblicos en casi todos los mitos aborígenes.
Queda en pie únicamente el canibalismo, considerado como muestra de ferocidad; pero abundan las pruebas en contrario.
Así el P. Cardiel, en su célebre «Declaración», pinta á los guaraníes como á seres inocentes é inofensivos, y agrega para demostrarlo, que un ejército de 28.000 indios, por ejemplo, vale tanto ó menos que uno de niños, considerando que sus guerras no pueden ser calificadas ni siquiera de estorbo. Á pesar de esto, el P. Lozano los da por guerreros temibles, cuya única ocupación era combatir, y los presenta como antropófagos. Ambas opiniones son á todas luces exageradas, en el primero por las razones que el Capítulo IV dará al lector; en el segundo, para encarecer los méritos de sus hermanos. Pero sea como quiera, lo cierto es que sigue faltando el testimonio ocular.
Nadie «vió».
Es igualmente extraño que ninguno de los indios reducidos, intentara reincidir en una costumbre de extirpación muy difícil, cuando es inveterada, puesto que implica para el caníbal la pasión misma de la gula. Los asesinatos de jesuítas, que trataré á su tiempo, fuera de haber sido escasísimos, y en ningún caso muestras de refinada maldad, no presentan ejemplo de que los indios se comieran á ningún padre. Por el contrario, consta en los panegíricos del doctor Xarque, que los hechiceros indios se oponían á la acción religiosa de los jesuítas, presentándolos ante sus compatriotas como comedores de carne humana; y si atribuían á éstos el canibalismo que á ellos se les achacaba, es obvio suponerlos exentos de él.
Los conquistadores, interesados en propalar lo propio, para acrecer su gloria guerrera y cohonestar á la vez sus crueldades, no dejaron de asegurarlo; pero entre ellos tampoco hubo quien ratificara hechos concretos con su testimonio personal.
Cierto es, por el contrario, que Gaboto dió en Los Patos el año 1526, casi once después de la muerte de Solís, con desertores suyos; debiendo considerarse á los _charrúas_ como miembros de la nación guaraní. Al año siguiente, el marinero Puerto, sobreviviente de aquel desastre, fué hallado sobre la costa del Uruguay por el mismo Gaboto; no obstante lo cual, en la leyenda 7 de su planisferio de 1544, éste afirma que los _charrúas_ devoraron á Solís...
Diego García atribuyó igualmente el canibalismo á los _tupíes_ de San Vicente. La carta de Pedro Ramírez, en lo que se refiere al diario de Gaboto por el Alto Paraná, también habla de la antropofagía guaraní. Schmídel imputa igual costumbre á los _carios_; pero éstos debían de ser tan poco feroces, que no vacilaron en prestar juramento de fidelidad á Irala, estableciéndose en colonia, y siendo entre todos los indios sojuzgados por dicho conquistador, los únicos que lo hicieron sin oponer resistencia.
Por último, Barco Centenera, para no citar rapsodas, lo afirma también en su fastidiosa crónica rimada (¡10.752 versos!); pero ella no es sino un tejido de leyendas pedantes y patrañas ridículas, tomadas por historia á falta de otra, y á causa de haber sido testigo presencial el autor. Esto ha bastado con harta frecuencia para dar por buenos los papeles de la conquista, citándolos al montón, sin asomo de crítica. Tal sucede entre otros, con este autor.
Al honesto arcediano le salían sirenas en los esteros (canto XIII), sus indias se llamaban _Liropeyas_; daba asimismo como cierta la leyenda de la tremebunda serpiente curiyú (canto III); y si las crueldades de los salvajes le inspiran (canto XV) horrendos detalles sobre empalados y sepultados vivos, en las dos estrofas siguientes (la 36.ª y 37.ª) narra la manera cómo se salvó de sus garras un religioso franciscano, con tal milagrería de pacotilla, que aquello sobra para desautorizar su pretendida veracidad. Pero basta con transcribir la estrofa en que explica el canibalismo precisamente, (canto I) para ver hasta qué punto aquella inocente pedantería falsificaba todo detalle natural:
Que si mirar aquesto bien queremos, Caribe dice, y suena sepultura De carne: que en latín caro sabemos Que carne significa en la lectura. Y en lengua guaraní decir podemos _Ibi_, que significa compostura De tierra, do se encierra carne humana. Caribe es esta gente tan tirana.
El logogrifo, como se ve, no tiene precio; y ese híbrido de latín y guaraní (!) resulta sencillamente impagable. ¡Hace ochenta años que nuestros historiadores y literatos nos recomiendan, sin leerlo por de contado, tan bárbaro adefesio!
Á pesar de todo, los mismos que trataban de caníbal y salvaje al guaraní, sostuvieron relaciones con él sin mayores inconvenientes. Gaboto, que en su relación lo describe sanguinario y cruel, poco tuvo de qué quejarse á su respecto durante la navegación del Paraná; pues el desastre acaecido á la tripulación del bergantín explorador del Bermejo, debe imputarse á su propia codicia, desde que su tripulación fué persuadida á descender entre los indios, con cebo de plata y oro. Esto demuestra que los tales le conocían el lado flaco, á costa de extorsiones y sevicios con toda seguridad. El episodio romancesco de Lucía Miranda, es una excepción, que cabe, por otra parte, en cualquier raza.
Puede imputarse igualmente á la crueldad conquistadora la catástrofe de la expedición de Mendoza. Los indios se entendieron bien desde el primer momento con los fundadores de Buenos Aires, vendiéndoles las vituallas que necesitaban. Los malos tratos que se les infligió después, ocasionaron la guerra. Baste saber que muchos de esos conquistadores habían pertenecido, así como su jefe, á las hordas del condestable de Borbón; y si por un asunto de salario[47] asaltaron la Ciudad Eterna, violando monjas sobre los altares de las iglesias, con detalles de sadismo espantoso, y pillando con desenfreno tal que horrorizó á la misma Europa de hierro--puede inferirse su conducta entre salvajes desamparados, con toda la exasperación de apetitos que supone en semejantes lobos una larga navegación.