El imperio jesuítico

Part 6

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[21] Ya era una especialidad española la importación de los propios productos con marca extranjera. Efectivamente, dichas formas fueron introducidas en Italia por los trovadores, tomándolas éstos de los árabes, cuyas fueron originariamente, por la influencia intermediaria del papado de Aviñón sobre España; viniendo así ésta á recibir como subalterna, la preciosa herencia que no supo conservar.

[22] Es curioso que en la pintura española, y sobre todo entre los iluminadores de la Edad Media, falte casi por completo el azul, el color místico por excelencia, que da una luz de tal modo seráfica á los cuadros del beato Angélico y que había encendido con claridades empíreas las vidrieras de las catedrales del siglo XII, el más puramente místico en arte, así como las miniaturas de los libros de horas flamencos, alemanes y franceses. En la miniatura española, se advierte el predominio del púrpura, el rojo y el violeta.

[23] Isidoro de Sevilla y Aurelius Prudentius el insigne zaragozano, influyeron de tal modo en la Edad Media sobre la ciencia y la poesía respectivamente, que hasta las alegorías de la arquitectura gótica de toda la Europa central, se inspiraron en sus obras.

[24] No ignoro que se me objetará con Garcilaso; pero siendo fácil demostrar su constante imitación de Petrarca, el lector deducirá lo que podía haber de genuino en su tendencia amatoria.

[25] No conozco el libro; pero Stendhal lo cita en alguno de sus estudios sobre el amor, y Stendhal es de los autores á quienes puede creérseles bajo palabra.

[26] Montesquieu atribuye «á las especulaciones de los escolásticos todas las desgracias que han acompañado la destrucción del comercio.»

[27] Otra plaga social característica de la Edad Media. Roma llegó en tiempo de Inocencio III á infestarse con el hedor de los cadáveres de los párvulos arrojados al Tíber.

[28] En otra nota mencioné las hazañas españolas del Príncipe Negro. Ricardo Corazón de León, había ayudado brillantemente en la defensa de Santarrem contra los moros, y lord Rivers, con 300 hombres, asistió á la toma de Granada. Millares de peregrinos ingleses visitaban anualmente el santuario de Santiago en Compostela, y tan íntima era la unión religiosa, que en 1517 se construyó una iglesia británica en terreno donado por el duque de Medina Sidonia.

[29] Dos Leonores fueron las esposas en este par de matrimonios. La mujer de Alfonso VII de Castilla, hija del primer Plantagenet, y Leonor de Castilla, consorte de Eduardo I.

Anteriormente, una hija de Guillermo el Conquistador había estado desposada con el rey de Galicia, bien que el matrimonio no llegara á consumarse por muerte de la Princesa. Recuérdese, por otra parte, el romance X del Cid:

De paño de Londres fino era el vestido bordado...

[30] Las tres vidrieras del segundo arco superior á la izquierda del coro en la catedral de Chartres, fueron donadas por San Fernando de Castilla cuya estatua ecuestre se ve aún en la rosa del mismo punto, y es lo único que resta de la donación, pues aquéllas fueron retiradas en 1788.

[31] Uno de los primeros ensayos de la imprenta en Francia, fué el _Speculum vitæ humanæ_, dedicado en 1470 á Luis XI por los impresores en señal de gratitud, y cuyo autor fué Rodrigo, obispo de Zamora.

[32] Un francés, Aimeri Picaud, había escrito en el siglo XII, la obra quizá más completa que exista sobre San Santiago, pues hasta contiene en uno de sus libros--el IV--los itinerarios para la peregrinación á Compostela. Esta obra fué atribuida durante mucho tiempo al papa Calisto II; hasta que Delisle y Le Clerc en Francia y el P. Fita en España, desvanecieron el error.

[33] Con un ligero error, que el lector salvará fácilmente, pues de otro modo la síncopa carecería de sentido.

[34] Éste fué en efecto el título de la obra de John Selden, que refutó á Grocio 37 años después, y es el trabajo más conocido en su género, aunque no el primero ni el único. En efecto, Welwood había hecho ya lo propio con su «An abridgement of all Sea-Lawes», en 1613; siguiéndole en 1625 el P. Freitas, con su «De Justo Imperio Lusitanorum Asiatico». La obra de Selden apareció en 1636.

[35] No eran los españoles los únicos en esto. Inglaterra, Venecia, Génova, tenían por de su dominio exclusivo el Mar del Norte, el Adriático y el golfo llamado entonces de Liguria; pero el libro de Grocio era sobre todo contra España, que hizo cuanto pudo para cerrar el Mar de las Indias á los holandeses.

[36] En el siglo XVIII, Holanda reglaba el cambio en Europa; su florín daba el tipo monetario de las cotizaciones.

[37] La coincidencia es curiosa por su perfecta exactitud. No hay, en efecto, desde 1492 á 1582, más que 5 grandes navegantes ingleses que surquen el Océano: Rut en 1527; Willoughby en 1553; Frobisher en 1577; Drake en 1577-80, y Gilbert en 1578-83: lo cual hace 90 años cabales.

[38] Aunque la Academia da por anticuada esta forma verbal la uso como función del sustantivo empréstito, que no la tiene ahora, pues «prestar» significa precisamente lo contrario.

[39] Esto fué en progreso creciente; pues Campomanes estimaba los religiosos de ambos sexos de su tiempo, en 200.000 individuos. Ciento treinta años antes, añade, es decir en 1622, pues se refiere á 1752, ascendían á sólo 60.000.

[40] En el acta de independencia de Holanda, los Estados Generales habían puesto, sin embargo, la significativa declaración de que «los pueblos no estaban hechos para los príncipes, sino los príncipes para los pueblos.»

[41] Alguna vez he mencionado las correcciones hechas al Breviario, en 1631, por los jesuitas Galucci, Strada y Petrucci, de orden de Urbano VIII. Llegaron á 900, y suprimieron cuanto en la poesía mística de los primeros siglos fué audacia de expresión, neologismo, forma nueva: todo quedó nivelado al cartabón pedante del humanismo.

[42] Véase en el capítulo V la participación de los franciscanos en la revolución Comunera. La análoga de Aragón, que tuvo por víctima expiatoria á Lanuza, parece que no les fué tampoco antipática, según era lógico, dado el carácter popular de la Orden. Fueron sus miembros quienes dieron sepultura á los restos del desgraciado Justicia.

II =El futuro imperio y su habitante.=

El territorio que á los ochenta y cuatro años de su descubrimiento formaría el centro del Imperio Jesuítico, parecía realizar con su belleza las leyendas circulantes en la España conquistadora, sobre aquel Nuevo Mundo tan manso y tan profícuo.

Si Colón se había creído en las inmediaciones del Paraíso al tocar la costa firme, arrebatada su misma imaginación de comerciante con la maravilla tropical, los conquistadores que entraron al centro del Continente por el Plata y por el Sur del Brasil, pudieron suponer lo propio.

Menos grandioso el paisaje, pero más poético; añadiendo los encantos del clima y del acceso fácil á su gracia original, y alternando en discreta proporción el bosque virgen con la llanura, el río enorme con el arroyo pintoresco, su belleza se adaptaba mucho mejor á aquellos temperamentos meridionales.

Por grande que fuera su rudeza, el entusiasmo debió llegar á lo grandioso, si se considera el fondo místico de la empresa y sus contornos épicos. La geografía, recién escapada á las invenciones medievales, que durante mil años estuvieron tomando de Plinio cuanto hay en éste de más quimérico, aumentaba con lo incierto de sus datos la impresión legendaria.

Las ideas reinantes sobre el Nuevo Mundo eran en realidad tan vagas, que en 1526, cuando la expedición de Gaboto empezó definitivamente la conquista del Río de la Plata y del Paraguay, François de Moyne, en su tratado _De Orbis situ ac descriptione_, tomaba al Asia, á la Europa y á Méjico, por un solo continente, atribuyendo una costa no interrumpida y común á la Suecia, la Rusia, la Tartaria, Terranova y la Florida. Verdad es que en 1550, Pierre Desceliers protestó de semejante confusión en su mapa-mundi, aludiendo visiblemente á Moyne; pero la perplejidad siguió por muchos años todavía, engendrando los planes más insensatos.

El nuevo país de que la conquista se enseñoreaba, no favorecía mucho, sin embargo, las empresas puramente bélicas; y así, sus ocupantes debieron limitarse casi del todo al cometido de exploradores. Los naturales presentaron escasa resistencia, los grandes ríos facilitaron desde el comienzo las excursiones, y puede decirse que, fuera del bosque, la arduidad de la empresa no fué extrema.

La comarca se brindaba á primera vista para la fundación de un vasto imperio. Desde su geología hasta su habitante, todo presentaba caracteres uniformes.

Sobre las areniscas rojas, sincrónicas con el período cretáceo al parecer, y en todo caso muy antiguas, un vasto derrame de basalto imprimió al terreno su fisonomía actual. Otros dos productos de este fenómeno, la completaron en la forma enteramente peculiar que hasta hoy reviste. El primero es un ocre ferruginoso, que en las capas profundas se manifiesta compacto y negruzco, pulverizándose y oxidándose al contacto del aire, hasta constituir la arcilla colorada que forma el suelo de la región; el otro es un conglomerado de grava, en un cemento ferruginoso también, verdadera escoria que rellenó las grietas del basalto, y cuyo clivaje denota vagamente una disposición prismática, que facilita su desprendimiento en bloques casi regulares. La nomenclatura popular llama á esta roca piedra _tacurú_, por la semejanza que presenta con la estructura interna de los hormigueros de este nombre. Sus yacimientos, que fueron muchas veces canteras jesuíticas, permiten estudiarla bien, pues aquellos trabajos la pusieron al descubierto en grandes superficies; y la regularidad de sus bloques, de setenta á ochenta centímetros por costado generalmente, sorprende por su parecido con la cristalización basáltica á la cual acompañó.

Nuevos sacudimientos del suelo proyectaron á través de las grietas los asperones primitivos, cuyo horizonte actual patentiza claramente este fenómeno. En la costa paraguaya, frente á San Ignacio, hay una gruta que pone á la vista el levantamiento en cuestión; y los cerrillos de Teyú Cuaré, en la ribera argentina, lo ratifican mejor quizá con sus vivas estratificaciones. Si el cauce del Alto Paraná es, como se cree, una grieta volcánica, á lo menos hasta aquella altura--y ello me parece evidente,--esos bancos de arenisca en sus orillas, demostrarían la supuesta proyección.

Abundan también los lechos de cuarzo cristalino y aun agatado, aunque éste menos común, predominando la misma roca en los cantos rodados de los ríos. Las cornalinas y calcedonias que suele hallarse entre éstos, deben provenir de las sierras brasileñas, pues su pequeñez indica lo largo del camino que han debido recorrer; pero éstos son ya detalles geológicos.

Lo que predomina es el basalto y los compuestos ferruginosos, desde el ocre y el conglomerado que antes mencioné, hasta el mineral nativo, fácilmente hallable en la costa del Uruguay, y los titanatos que con aspecto de azúrea pólvora, jaspean profusamente las arenas.

Á esta exclusividad corresponde una no menos singular ausencia de sal y de calcáreo; pues fuera del carbonato de cal, elemento de las melafiras mezcladas al basalto en ciertos puntos, y de algunas tobas, estratificados de la misma sustancia, que figuran en nódulos libres, pero con mucha parsimonia en los terrenos de acarreo, no se advierte ni vestigios. Las aguas, extraordinariamente dulces, demuestran también esta escasez.

Un rojo de almagre domina casi absoluto en el terreno, contribuyendo á generalizar su matiz, los yacimientos de piedra _tacurú_, fuertemente herrumbrados; los basaltos y melafiras, con su aspecto de ladrillo fundido, y el variado rosa de los asperones; con más que éstos son accidentes nimios, pues la tierra colorada lo cubre todo.

El carácter geológico es uniforme, pues, y con mayor razón si se considera su área inmensa; pues tanto las arcillas rojas, como el traquito del que se las considera sincrónicas, se dilatan en línea casi recta hasta el Mar Caribe, constituyendo el asiento de la gran selva americana, extendida por la misma extensión, con el mismo carácter de unidad sorprendente. Diríase que la extraordinaria permeabilidad de ese ocre, facilitando la penetración de las aguas pluviales en su seno, y en caso de sequía la imbibición por contacto con los depósitos profundos, mantiene la humedad enorme que semejante vegetación requiere; ocasionando á la vez poderosas evaporaciones,[43] condensadas luego en aquellas lluvias constantes, cuya pluviometría alcanza al promedio anual de 2 metros en Misiones, y de 3 arriba en el Norte del Paraguay, contándose aguaceros de 800 milímetros. Esto explicaría bien, me parece, la relación entre el bosque y su suelo.

La ausencia de sal y de calcáreo, que en Córdoba coexisten con las areniscas rojas del extremo boreal de su sierra, y en los Andes con los basaltos del Neuquén, puede que se haya debido en parte--pues nunca fué abundante de seguro,--á la levigación, fácilmente ejecutada por las lluvias en suelo tan permeable, pareciéndome igualmente claro que á esta causa obedezca también su pobreza fosilífera.

Salvo algunas impresiones en las areniscas, los fósiles propiamente dichos son tan escasos, que puede considerárselos ausentes. La falta de calcáreo y de sal, explica esto en buena parte; pero como ella resultaría á su vez de la permeabilidad del suelo, y de las lluvias excesivas, en estas causas queda comprendido todo.

Á esa inmensa fertilidad, se agregaba lo riente del paisaje en el centro del futuro Imperio Jesuítico. El derrame basáltico, dió al suelo un aspecto generalmente ondulado por oteros y lomas que se alzan á montañas, pero nunca imponentes ni enormes, desde que su mayor altitud alcanza en lo que fué el límite N. E. de aquél, á 750 metros.

El triángulo formado por la laguna Iberá y los ríos Uruguay, Miriñay y Paraná, es decir el actual territorio de Misiones, hasta el paralelo 26°, fué el centro del Imperio, y su aspecto da en conjunto la característica de la región.

Cruzado por la Sierra del Imán, casi paralela á los dos grandes ríos cuyas aguas divide, formaba un término medio entre la gran selva y las praderas, contando además con la montaña y con la vasta zona lacustre de la misteriosa Iberá, vale decir con todas las condiciones necesarias para una múltiple explotación industrial.

Del propio modo que en las comarcas del Brasil y del Paraguay, situadas á igual latitud, el bosque no es continuo en la región misionera. La gran selva se inicia con manchones redondos, que tienen ya toda su espesura; pero faltan todavía algunas plantas más peculiares, como los pinos y la hierba, cuya aparición señala el comienzo de los bosques continuos. Éstos, como en las dos naciones antedichas, están formados por los mismos individuos; pero en la región argentina, más broceada por la explotación industrial, no son ahora tan lozanos.

Generalmente circulares, fuera de los sotos, donde como es natural, serpentean con el cauce, su espesura se presenta igual desde la entrada. No hay matorrales ni plantas aisladas que indiquen una progresiva dispersión. Desde la vera al fondo, la misma profusión de almácigo; el mismo obstáculo casi insuperable al acceso; la misma serenidad mórbida de invernáculo.

Su silencio impresiona desde luego, tanto como su despoblación; los mismos pájaros huyen de su centro, donde no hay campo para la vista ni para las alas. Nunca el viento, muy escaso por otra parte en la región, conmueve su espesura. Los herbívoros se arriesgan pocas veces en ella, y tampoco la frecuentan entonces los felinos. Algún carnicero necesitado, ó aventurero marsupial, como el coatí y la comadreja, afrontan, trepando al acecho por los árboles, tan difícil vegetación, en busca de tal cual rata ó murciélago durmiente; pero aun esto mismo acontece rara vez. Los árboles necesitan estirarse mucho para alcanzar la luz entre aquella densidad, resultando así esbeltamente desproporcionados entre su altura y su grueso.

Los escasos claros, redondeados por la expansión helicoidal de los ciclones, ó las sendas que cruzan el bosque, permiten distinguir sus detalles. Admirables parásitas, exhiben en la bifurcación de los troncos, cual si buscaran el contraste con su rugosa leña, elegancias de jardín y frescuras de legumbre. Las orquídeas sorprenden aquí y allá, con el capricho enteramente artificial de sus colores; la preciosa «aljaba» es abundantísima, por ejemplo. Líquenes profusos, envuelven los troncos en su lana verdácea. Las enredaderas cuelgan en desorden como los cables de un navío desarbolado, formando hamacas y trapecios á la azogada versatilidad de los monos; pues todo es entrar libremente el sol en la maraña, y poblarse ésta de salvajes habitantes.

Abundan entonces los frutos, y en su busca vienen á rondar al pie de los árboles, el pecarí porcino, la avizora paca, el agutí, de carne negra y sabrosa, el tatú bajo su coraza invulnerable; y como ellos son cebo á su vez, acuden sobre su rastro el puma, el gato montés elegante y pintoresco, el aguará en piel de lobo, cuando no el jaguar, que á todos ahuyenta con su sanguinaria tiranía.

Bandadas de loros policromos y estridentes, se abaten sobre algún naranjo extraviado entre la inculta arboleda; soberbios colibríes zumban sobre los azahares, que á porfía compiten con los frutos maduros; jilgueros y cardenales, cantan por allá cerca; algún tucán precipita su oblicuo vuelo, alto el pico enorme en que resplandece el anaranjado más bello; el negro _yacutoro_ muge, inflando su garganta que adorna roja guirindola, y en la espesura amada de las tórtolas, lanza el pájaro-campana su sonoro tañido.

Haya en las cercanías un arroyo, y no faltarán los capivaras, las nutrias, el tapir que al menor amago se dispara como una bala de cañón por entre los matorrales, hasta azotarse en la onda salvadora; el venado, nadador esbelto. Cloqueará con carcajada metálica, la chuña anunciadora de tormentas; silbarán en los descampados las perdices, y más de un yacaré soñoliento y glotón, sentará sus reales en el próximo estero.

En el suelo fangoso brotarán los helechos, cuyas elegantes palmas alcanzan metro y medio de desarrollo, ora alzándose de la tierra, ora encorvándose al extremo de su tronco arborescente, con una simetría de quitasol. Tréboles enormes multiplicarán sus florecillas de lila delicado; y la ortiga gigante, cuyas fibras dan seda, alzará hasta cinco metros su espinoso tallo, que arroja á la punción un chorro de agua fresca.

Por los faldeos y cimas, la vegetación arbórea alcanza su plenitud en los cedros, urundayes y timbós gigantescos. El follaje es de una frescura deliciosa, sobre todo en las riberas, donde forma un verdadero muro de altura uniforme y verdor sombrío, que acentúa su aspecto de seto hortense, sobre el cual destacan las tacuaras su panoja, en penachos de felpa amarillenta que alcanzan ocho metros de elevación; descollando por su elegancia, entre todos esos árboles ya tan bellos, el más peculiar de la región--la planta de la hierba, semejante á un altivo jazminero.

Reina un verdor eterno en esas arboledas, y sólo se conoce en ellas el cambio de estación, cuando, al entrar la primavera, se ve surgir sobre sus copas la más eminente de algún lapacho, rugoso gigante que no desdeña florecer en rosa, como un duraznero, arrojando aquella nota tierna sobre la tenebrosa esmeralda de la fronda.

Nada más ameno que esos trozos de selva, destacándose con decorativa singularidad sobre el almagre del suelo. Sus meandros parecen caprichos de jardinería, que encierran entre glorietas verdaderas _pelouses_. Los pastos duros de la región, fingen á la distancia peinados céspedes; y el paisaje sugiere á porfía, correcciones de horticultura.

Las palmeras--sobre todo el precioso _pindó_, de hojas azucaradas como las del maíz,--ponen, si acaso, una nota exótica en el conjunto, al lanzar con gallardía, me atrevo á decir jónica, sus tallos blanquizcos á manera de cimbrantes cucañas; pero nada agregan de salvaje, nada siquiera de abrumador á la circunstante grandeza. Ésta se conserva elegante sobre todo, y los palmares que comienzan cada uno de esos bosques, dan con su columnata la impresión de un pronaos ante la bóveda forestal.

Serrezuelas entre las cuales corren ahocinados arroyos clarísimos, que acaudalan con violencia á cada paso las lluvias, figuran en el paisaje como un verdadero adorno formado por enormes ramilletes. Los pantanos nada tienen de inmundo, antes parecen floreros en su excesivo verdor palustre. Los naranjos, que se han ensilvecido en las ruinas, prodigan su balsámico tributo de frutas y flores, todo en uno. El más insignificante manantial posee su marco de bambúes; y la fauna, aun con sus fieras, verdaderas miniaturas de las temibles bestias del viejo mundo, contribuye á la impresión de inocencia paradisíaca que inspira ese privilegiado país.

Reptiles numerosos, pero mansos, causan daño apenas; los insectos no incomodan, sino en el corazón del bosque; hasta las abejas carecen de aguijón, y no oponen obstáculo alguno al hombre que las despoja, ó al hirsuto tamandúa que las devora con su miel.

Las mismas tacuaras ofrecen en sus nudos un regalo al hombre de la selva, con las crasas larvas del _tambú_, análogas, si no idénticas en mi opinión, á las del ciervo volador, que Lúculo cataba goloso.

El clima, salubre á pesar de su humedad extraordinaria, presenta como único inconveniente un poco de paludismo en las tierras muy bajas. La escarcha de algunas noches invernales, no causa frío sino hasta que sale el sol, y el promedio de la temperatura viene á dar una primavera algo ardiente. Viento apenas hay, fuera de las turbonadas en la selva. Neblinas que son diarias durante el invierno, envuelven en su tibio algodón á las perezosas mañanas. Ahogan los ruidos, amenguan la actividad, retardan el día, y su acción enervante debe influir no poco en la indolencia característica de aquella gente subtropical.

Cerca de mediodía, aquel muelle vellón se rompe. El cielo se glorifica profundamente; verdean los collados; silban las perdices en las cañadas; y por el ambiente, de una suavidad quizá excesiva, como verdadero símbolo de aquella imprevisora esplendidez, el _morpho Menelaus_, la gigantesca mariposa azul, se cierne lenta y errátil, joyando al sol familiar sus cerúleas alas.

Á la tarde, el espectáculo solar es magnífico, sobre los grandes ríos especialmente, pues dentro el bosque la noche sobreviene brusca, apenas disminuye la luz. En las aguas, cuyo cauce despeja el horizonte, el crepúsculo subtropical despliega toda su maravilla.

Primero es una faja amarilla de hiel al Oeste, correspondiendo con ella por la parte opuesta una zona baja de intenso azul eléctrico, que se degrada hacia el cénit en lila viejo y sucesivamente en rosa, amoratándose por último sobre una vasta extensión, donde boga la luna.

Luego este viso va borrándose, mientras surge en el ocaso una horizontal claridad de anaranjado ardiente, que asciende al oro claro y al verde luz, neutralizado en una tenuidad de blancura deslumbradora.

Como un vaho sutilísimo embebe á aquel matiz un rubor de cutis, enfriado pronto en lila donde nace tal cual estrella; pero todo tan claro, que su reflexión adquiere el brillo de un colosal arco-iris sobre la lejanía inmensa del río. Éste, negro á la parte opuesta, negro de plomo oxidado entre los bosques profundos que le forman una orla de tinta china, rueda frente al espectador densas franjas de un rosa lóbrego.

Un silencio magnífico profundiza el éxtasis celeste. Quizá llegue de la ruina próxima, en un soplo imperceptible, el aroma de los azahares. Tal vez una piragua se destaque de la ribera asaz sombría, engendrando una nueva onda rosa, y haciendo blanquear, como una garza á flor de agua, la camisa de su remero...