El imperio jesuítico

Part 4

Chapter 43,606 wordsPublic domain

El pueblo no resistió tan bien á la corrupción general. El pícaro se desdobló á poco andar en la pícara, sujeto específico como él. De concierto con perillanes y bandidos, ésta fué activo fermento de corrupción. Mestiza de judío, de moro, de gitano, presa de la alcahuetería ó de la miseria, ella había operado la fusión de las razas, al descender los de casta superior hasta sus brazos tentadores y fáciles. Su tálamo fortuito en los pesebres de las ventas y los sotos silvestres, alzado en ocasiones hasta la alcoba real, efectuó la mezcla funesta para los elementos arios, que la guerra mantuvo libres del contacto semita. Agente de la disolución ahora, propagaba con fecundidad doblemente perniciosa las pestes del cuerpo y los males del espíritu. Pero siempre desinteresada é instintiva, su prostitución jamás fué sórdida; su fidelidad continuó descollando característica, en los tugurios de la hampa. La altivez nativa acentuó siempre su garbo, constituyendo una especie de lustre, que resaltaba lo mismo entre blondas que entre harapos; y nadie pisó la tierra con gallardía igual, cuando bajo la escolta de su majo pálido, derramaba por los barrios bravíos aquella delicia de su carne amorosa, purpureando en sus cabellos el clavel popular, suscitando con esos ojos, que evocaban melancolías de lunas agarenas, lampos de navajas y candencias de piropos.

Á ese impulso inspirador, que la verba improvisadora de los gitanos estimulaba, tuvo aquella mujer su poesía. La musa plebeya realizó en su honor, lo que no pudo el estro de los retóricos. Coplas mil nacieron, al sonar su chapín destalonado en las aceras que desdeñaba el brodequín de la duquesa; y la única poesía erótica de España, la que aún vive con su gracia original, cuando ya nadie menciona los atildados perifollos de academia, es fruto de su cuerpo.

La tristeza morisca, bien cultivada en aquel ambiente de opresión, impregnó tanto á esa poesía como á la mujer de quien ella emanaba, siendo éste otro rasgo genérico del femenino español. Los celos, más vivos también en el alma inculta, dieron á tales efusiones su elocuencia desesperada. El amante en sus coplas, si ofrece la vida, en cambio amenaza con la muerte. Las melodías arábigas, cuyas quejas y suspiros cesan apenas de alternarse, para traducir en ayes los aullidos del desierto, engendraron la música popular; y ésta formó, como quien dice, el comentario del despotismo, en consorcio con aquella poesía donde flotan las añoranzas y los desengaños de una raza, que en su literatura posee historias enteras «de árabes que han muerto de amor;»[25] las quimeras de éste, único paraíso para el esclavo, cuyos celos lo guardan cual sanguinarios mastines; la indefinida protesta de un pueblo aherrojado en el calabozo teológico, del cual es el monarca la centinela, cuando la nacionalidad al integrarse ensanchaba sus horizontes, que aun se amplificarían con el Descubrimiento hasta la infinitud del mar, convirtiendo en amargura el hondo contraste.

Chispa y buen humor, también perecieron en el naufragio. La misma novela picaresca fué ante todo un desahogo brutal, una carcajada cínica--en la cual había más desplante de perdido que gracia verdadera--y en el fondo, en su entraña recóndita, una venganza, menos baladí de lo que parece á primera vista, contra la opresión de la conciencia.

Ésta se extremaba en razón directa del absolutismo político. La misma teología, que era la filosofía de la época, experimentó una reacción mística. Declinó la vasta influencia interna é internacional de Vives y de Osorio, con su imperturbable serenidad y sus agilidades polémicas, respectivamente, sustituyéndosele la exaltación de Fr. Luis de Granada. Papistas antes que cristianos, lo que perdieron los místicos en latitud, ganáronlo en profundidad. Cierto es también que llegaban duros tiempos.

La inquietud político-filosófica que llenó el siglo XV, tuvo en la Península poderosa repercusión, no sólo popular, sino de cátedra, bastando para prueba la actitud del profesor salmantino Pedro de Osma, reputado por el hombre más sabio de su tiempo, y condenado en el concilio de Alcalá; del propio modo que el decisivo apoyo, prestado por Alonso V de Aragón al cisma de Basilea.

Depravaciones y simonías del clero, contribuían á inquietar más los ánimos, y así las cosas, la Reforma había penetrado, por el contacto comercial con los países herejes, no obstante el genio avizor de Carlos V. Libros prohibidos, de origen alemán y genovés, circulaban con relativa profusión, clandestinamente reimpresos algunos en la misma Castilla. La unión con Inglaterra, estrecha entonces, por la doble relación del comercio y de la alianza inalterable--que subsistió desde el primero de los Plantagenet y Alfonso VII de Castilla, hasta María Estuardo y Felipe II--fomentaba la propaganda herética. Así este monarca, una vez concluidas sus guerras en Italia y Francia, consagróse entusiastamente á la represión de la herejía, empezando su campaña en 1558.

El espíritu de la Edad Media, volvió á dominar imperioso. Durante ella, y bajo la influencia exclusiva de la Iglesia, había reinado la inmovilidad. Á condición de no cambiar nada, se podía discutir todo, siendo un error creer que no existía la libertad de discusión. Era, sin embargo, una libertad puramente dialéctica, puesto que demandaba, ante todo, la conformidad con lo establecido. De aquí que hereje, quiera decir estrictamente «disconforme». Tener opinión propia era el verdadero delito.

De esta inmovilidad fundamental, que limitaba las operaciones filosóficas á sacar consecuencias de los principios invariables, nació el predominio del silogismo. Ciencia y religión eran la misma cosa á este respecto, pues la Biblia y Aristóteles se conciliaban en el mismo concepto de autoridad. Corporal y espiritualmente, la unidad era el objetivo. Así, la única oposición provino de que tanto el papa como el emperador, se atribuyeron la representación de esa unidad, discutiendo sus parciales una mera cuestión de investidura. En España había vencido el emperador.

El protestantismo rompió este molde, con la agitación que causara. Ello fué involuntario sin duda, pues la Reforma, «querella de frailes», en efecto, al comenzar, quería la misma cosa, desde que discutía todo, menos la Biblia; pero á fuer de revolución, sobrepasó su objetivo, beneficiando su éxito al mundo.

La monarquía absoluta, cuyos privilegios hería de muerte aquella conmoción, reaccionó potente; y su triunfo en la Península quitó á ésta la última esperanza de abandonar la Edad Media en que permanecía. Bajo Felipe II, las Cortes de Tarazona prohibieron como un delito que se gritara _Viva la Libertad_.

Así como el Nuevo Mundo le quitó lo mejor de su raza, Inglaterra aprovechó sus talentos más libres, aunque no quizá los mejores; pero la cuestión no era de calidad individual, sino de ideas generales.

Desde 1559 comenzaron á llegar á aquel país los reformadores españoles perseguidos por la Inquisición. El sectarismo y la rivalidad política, que se pronunciaba cada vez más en ofensas, los acogían con predilección singular, reconociendo sus méritos hasta el punto de darles á desempeñar cátedras en la misma Oxford.

Arias Montano y Pérez de Pineda merecieron la admiración británica; Del Corro y Valera imprimieron sus obras en Inglaterra; y los españoles residentes allá, casi todos comerciantes, vale decir más accesibles al espíritu moderno, adoptaron la Reforma.

De tal modo España, al repudiar las tres manifestaciones correlativas de la civilización moderna que comenzaba: el comercio, y en consecuencia la colonización; la Reforma, fuente directa del racionalismo, y el concepto civil de la autoridad, base de las instituciones democráticas, abjuró de hecho el progreso.

El atraso intelectual, sobreviniente á la expulsión morisca, quitó á sus universidades la clientela inglesa, contribuyendo esto, tanto como la religión, es decir, en parte principal, á la pérdida de aquella alianza británica, cuya ruptura empieza la era de las grandes desgracias peninsulares. Las ciencias naturales acabaron del todo, y la medicina, que fué su resto, dió á poco andar en el más ridículo empirismo. La escuela griega se sobrepuso á la arábiga, dominando el campo desde los comienzos del siglo XVI, y ya España no fué su sede. La medicina española estaba reducida á los trataditos de Monardes, cuyos solos títulos bastan para denunciar su carácter: _Tratado de la piedra bezoar y de la hierba escorzonera_; _Tratado de la nieve y del beber frío_, etc. En la Academia de Medicina de Granada servía de texto la disparatada _Medicina española contenida en proverbios vulgares de nuestra lengua_, por el doctor Juan Soropán de Rieros. La misma Salamanca carecía de una cátedra de matemáticas. En Alcalá no se enseñaba derecho patrio. Servían de fundamento histórico, apocrifidades tan burdas como la _Crónica de Ávila_, cuya primera parte establecía «cuál de los 43 Hércules fué el mayor, y cómo siendo rey de España tuvo amores con una africana en quien tuvo un hijo que fundó á Ávila»(!). Desapareció toda idea de ciencia práctica, y la alquimia, que había producido siglos atrás sabios tan nobles como Raimundo Lulio, apagó su horno científico ante el quemadero inquisitorial.

Aquel desierto de ideas absorbió en su esterilidad la vida entera del país, cuya decadencia irremediable, á pesar de su bravura y de su genio, demostró que el progreso de las naciones no está en la raza, ni en la riqueza del suelo, sino en las ideas, cuyo es el espíritu animador.[26]

Quedaron sólo en pie, cada vez más enormes, cada vez más opresores, la Iglesia con su lúgubre maquinaria de tormento y su teología, y el insaciable Fisco, del cual eran danaides alcabalas y gabelas.

Una rapacidad sin ejemplo acosó al trabajo nacional. El hambre fué desde entonces «el diablo de España». Los mendigos se instituyeron en corporaciones que explotaban las ciudades por barrios, como los ladrones, con quienes tenían más de un parecido en lo desalmados y bellacos. Hasta la Naturaleza parecía complicarse en sus farsas, pues la hierba de los pordioseros (_clematis vitalba L._) con que producían sus llagas artificiales, ha abundado siempre en España de una manera prodigiosa...

La caridad pública los fomentaba, sin embargo, á título de intermediarios con la divinidad; y el clero, improductivo como ellos, y como ellos mendicante de profesión, agravaba el daño con preconizarlo. Nada pudieron contra su difusión las disposiciones reales; la religión los amparaba, y exagerando los principios de caridad evangélica con sectario fervor, dió en el panegírico de la miseria.

Añadíase á éste otro azote de la misma procedencia. La vagancia, que reclutaba sus hordas en el bajo fondo social, donde la ilegitimidad creciente de los nacimientos aumentó, á la vez que los infanticidios,[27] los abandonos en cantidad prodigiosa. Esto último llegó á constituir un peligro social tan grande, que las Cortes de 1552 solicitaron la creación de funcionarios especiales, cuya misión fuera amparar y proporcionar trabajo á los niños abandonados; pues los bribones viejos formaban con ellos cuadrillas de bandoleros que asolaban arrabales y campañas.

La rapiña tomaba todos los caracteres de una industria regular. Un libro contemporáneo, _La desordenada codicia de los bienes ajenos_, enumera, imitando á los _Liber vagatorum_ de la Alemania medioeval, las más selectas clases de ladrones. En realidad pasaban de treinta, pero no clasifica sino las siguientes, que transcribiré á título de curiosidad:

Eran ellos los _salteadores_, _estafadores_, _capeadores_, es decir, especialistas en capas; _grumetes_, porque robaban con escalas de cuerda; _apóstoles_, porque á semejanza de San Pedro, cargaban llaves; _cigarreros_, ó cortadores de vestidos; _devotos_, porque operaban en los templos; _sátiros_, ó ladrones campestres; _dacianos_, ó compra-chicos; _mayordomos_, ó ladrones de posadas; _cortabolsas_, _duendes_, _maletas_ y _liberales_.

Admirablemente organizados, con sus señas y palabras de pase, tenían ramificaciones en todas las capas sociales. Monjes, estudiantes, mozos de cordel, lindas damiselas, venteros, señoronas beatas, ancianos venerables, cooperaban como espías; siendo la estafa una especialidad, que dió nombre en todas las lenguas al famoso «cuento del tío».

Las zonas de explotación en los centros urbanos, estaban tan bien delimitadas, lo propio que las distintas especialidades, que ningún bribón podía casarse sino en las suyas, so pena de multa á título de dispensa. Y tal era su poder, que bandas de mendigos gitanos, los más peligrosos de todos, habían llegado á asaltar la ciudad de Logroño, para pillarla, mientras sus habitantes estaban atacados por la peste.

Todo revelaba, pues, una sociedad en descomposición, cuyo ideal terreno era vivir sin trabajar, aun á costa de la miseria. El mismo de la Edad Media, sin el fervor religioso que lo explicaba y engrandecía.

La anexión de Portugal acabó de realizar en la Península el ensueño absolutista, contribuyendo más, si cabe, á aumentar el maleficio con su gloria fugaz. Pero la situación se volvía cada vez más alarmante en el exterior. Ya hemos visto cómo se perdió la amistad de Inglaterra, natural aliada y tributaria comercial é industrial.[28] La unión, cimentada sobre dos matrimonios célebres,[29] había sido cultivada con toda clase de sacrificios, por la astuta política de Fernando y el genio del Emperador. El sueño de la unidad absoluta derribó aquel monumento. Quísose imponer á la fuerza la neutralidad británica en la cuestión de los Países Bajos, y el resultado fué perder ésa y éstos.

Fracasó igualmente la acción sobre Francia, rompiéndose otra antigua y fecunda unión. En efecto, desde fines del siglo XI y principios del XII, ésta se sostenía por la doble influencia política y religiosa. Los magnates más considerados en la corte de Alonso VI de Castilla, fueron borgoñones; las tres mujeres con que dicho monarca contrajo matrimonios, fueron francesas, y contó además por yernos á dos señores de Borgoña.[30] Un arzobispo de Toledo, y tal cual obispo de Sigüenza, de Salamanca, Zamora[31] y Osma, procedieron también de Francia. Los Papas de Aviñón, estuvieron en íntimas relaciones con España, de tal modo, que tres sobrinos de Clemente V tuvieron las catedrales de Zaragoza y de Tarazona, y el deanato de Tudela. El rito mozárabe fué sustituido por la liturgia de los cistercienses, orden enteramente francesa, como es sabido; y dichos frailes llegaron á poseer fuero propio, con derecho á justicia de Dios en el monasterio de San Facundo. Don Jerónimo, monje cluniacense, es decir francés por su orden, tanto como lo era por su nacimiento, fué capellán del mismo Cid, y profesor de aquella elegante y liviana doña Urraca, que tantos dolores conyugales debía causar á la honestidad aragonesa de Alfonso el Batallador. La célebre _Unión_ de los nobles aragoneses, había estado entendida con el primero de los Valois, para el mejor éxito de su rebelión foral...[32]

Todo esto se perdió en la aventura, al paso que aumentaban los éxitos de la piratería turca. España quedó entonces aislada por el Pirineo y el Océano. Francia, con Enrique IV y Luis XIV, reduciría el Austria colosal de Carlos V á las dos primeras vocales de su divisa: A.E.I.O.U. (_Austriæ[33] Est Imperare Orbi Universo_); Inglaterra cerrábale el acceso al Occidente y á los puertos europeos; Holanda, al libertarse, había prohibido el tráfico con ella; estaba aliada de hecho con los ingleses, desde que en 1598 el embajador británico en París, había apoyado á los suyos en sus gestiones para obtener la neutralidad de Enrique IV, datando además casi desde entonces su rivalidad en el comercio de las especias; y no es acaso impertinente recordar, que el fracaso de la Grande Armada coincidió con la libertad de los mares, preconizada por Grocio en su memorable _Mare Liberum_, contra el _mare clausum_ (para hablar con una frase de la época, que fué el título de la más célebre refutación al insigne holandés)[34] el mar cerrado de la conquista peninsular.[35]

La formidable tetrarquía, que formada por las casas de Castilla y Aragón, de Valois, de Tudor y de Habsburgo, había dominado de concierto á la Europa del siglo XV, se desvinculó enteramente en perjuicio de España. Logróse, con igual efecto, la segunda renovación germánica, y aquella grandeza cuyo remonte tuvo sanción en el Tratado de Blois, entraba al ocaso con el de Chateau Cambresis.

Por el lado económico, por el espiritual mismo, también se diseñaba el fracaso. La banca florentina, que venía dominando desde dos siglos atrás los cambios de Europa, estableció sucursales en los primeros centros, ampliando su acción con mengua de España, no obstante la dependencia nominal en que la República se hallaba respecto á ésta, por fuerza, no por afecto,[36] y la misma Roma volvióle las espaldas con Sixto V, negando al Imperio Cristiano la colaboración espiritual que era su fuerza y su pretexto.

Tantos desastres, en lapso tan breve, acarrearon el desencanto de las glorias patrias y el pesimismo sobre el porvenir. El pícaro, que por su carácter de correvedile popular, estaba en todos los secretos del alma española, no tenía empacho en disertar sobre «las vanidades de la honra». _Vanitas vanitatum_, que no aproxima sino en apariencia á Guzmán de Alfarache y al Salmista, pues para el uno es consecuencia de ese alto desdén que inspira la vida, á quienes saben dominarla desde las alturas de su virtud ó de su genio, mientras daba razón al otro para justificar sus pillerías.

La marcha triunfal de los descubrimientos se suspendía también. El lector recordará la cantidad superior de descubridores españoles, desde 1492 hasta 1610, año en que los jesuítas se establecieron en el Paraguay. Desde ese hasta 1700, y guardando las mismas proporciones de la nota citada, el resultado no es menos elocuente, al invertirse los términos; pues para 87 capitanes extranjeros, entre los que predominan ahora los holandeses, no encontramos sino 5 españoles. ¡El mismo número de ingleses que en los primeros 90 años del descubrimiento![37]

Al par se agravaba la carestía. Los altos precios de la época de abundancia, sosteníanse con mayor razón en la general lacería. Los impuestos aumentaban, en proporción con el descrédito y la improductividad, á pesar de lo cual el Estado precipitábase cada vez más en la insolvencia. En 1574 se debía 37.000.000 emprestados[38] al 32%, y la Corona repudió esta deuda alegando que los prestamistas habían procedido «contra la caridad y la ley de Dios.» Acababa, sin embargo, de confiscar en su provecho, por cinco años, todo el oro de las Indias; y esa verdadera trampa, realzada todavía por esta extorsión, es la mejor prueba de la inmoralidad común. El gobierno no temía el escándalo, á causa de que el pueblo se dejaba llevar por análogas corrientes, demostrándolo así la escasa resonancia de la iniquidad. La voracidad fiscal, correspondía al providencialismo de Estado, que constituía el _modus vivendi_ predilecto del pueblo; y esto consumó la hostilidad contra todo individualismo, cimentando á la monarquía en el concepto de un Estado omnipotente.

Carlos había sido el tirano paladín; Felipe fué el tirano burócrata. Lo único que le sobrevivió, es decir su obra más perfecta, fué la administración, instrumento ingenioso de tortura económica en el cual colaboró la Inquisición misma, no obstante lo diverso de su destino.

[Ilustración: =Una lámina del libro del P. Nieremberg.=]

Fundada en efecto para defender la unidad política, bajo la monarquía que reemplazó al feudalismo, é incorporada al pueblo con este fin por medio del prestigio religioso, su sistema resultó de gran eficacia para la unidad, y Felipe calcó sobre ella su régimen administrativo. Este doble carácter religioso y fiscal, le dió una importancia inmensa, robusteciendo sus vínculos, es decir garantiendo su permanencia como institución normal. Su obra, entonces, resultó más funesta. Las ejecuciones en masa, que las damas iban á ver, coqueteando con sus abanicos cuando llegaba hasta ellas el humo del quemadero, ó tomando sorbetes, acostumbraron á la crueldad, acentuando hasta lo siniestro ese rasgo del tipo conquistador. Los sayones del duque de Alba, ajustaban un pito á la lengua de los herejes flamencos, para que sus gemidos en la tortura salieran agradablemente modulados...

De este modo la unidad absoluta, al evolucionar con los tiempos, dominando las diversas tendencias, desde la militar á la religiosa en el individuo y desde la gloriosa á la económica en el gobierno, deformó enteramente el carácter nacional, infestado en todas sus partes á virtud de las citadas trasposiciones; y así fué como Felipe, al dividirse la herencia del Emperador, imposibilitando el sueño universal de la monarquía, soñó el Imperio Cristiano como una oportuna compensación.

Las insurrecciones forales, habían mostrado con harta elocuencia la estructura intrínsecamente federal del país; vencidas, impusieron transacciones que contrariaban la soñada unidad. El gobierno carecía realmente de fuerza militar y económica para imponerla; los intereses eran distintos y aun adversos en las diferentes regiones; la raza y el idioma se encontraban en el mismo caso. Nada común tenían fuera de la religión, y á ella decidió apelar el monarca para realizar sus designios. La Inquisición llegaría con esto al máximum de poderío como instrumento fiscal.

Pero el sueño universalista no residió inútilmente en la cabeza del siniestro Habsburgo, de tal modo que su propósito tuvo por complemento la unificación «cristiana» de la Italia, la Francia y el Portugal.

Era un pensamiento político grandioso, pero anacrónico, y así no ocasionó consecuencias sino en el orden interno y bajo la faz religiosa, por ser la religión su inspiradora.

La conquista espiritual fué su producto, al haberse vuelto imposible la conquista política hacia la cual se marchaba secundariamente, y el gobierno adoptó en definitiva su ideal teocrático.

Semejante final se preparaba desde muy antiguo, pues ya Alfonso el Batallador había fundado en su época más de quinientas iglesias y dotado más de mil monasterios, acabando por heredar con su propio reino á las órdenes militares de la Tierra Santa. Era, pues, una tradición de la monarquía.

Cerca de diez mil casas religiosas, poblaron la Península;[39] el clero, instrumento precioso de la empresa, duplicó su poderío, que no hacía, después de todo, sino realzar el mal ejemplo de la improductividad; y como la conquista religiosa derivaba tan directamente de la guerrera, militar fué el espíritu de la orden que encarnó aquel ideal.

La Compañía de Jesús fué creada con el objeto ostensible de combatir al protestantismo--y hasta puede creerse que su fundador no tuvo otro; pero las instituciones populares, son siempre una copia reducida del medio donde nacen, dependiendo su éxito de su conformidad con las tendencias predominantes en él. El rápido incremento de la Compañía, demuestra entonces cuánta era esta conformidad.

San Ignacio que había sido militar, y hasta militar exageradísimo, por la natural expansión de su rica naturaleza, refundió en su creación la tendencia agonizante con la que venía á reemplazarla, en procura del mismo ideal dominador, pero adaptándose, en su carácter religioso, á los nuevos tiempos.