El imperio jesuítico

Part 3

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Llegados á Constantinopla en 1302, como salvadores del imperio, en ventajosa sustitución de la célebre guardia escandinava de los Værings, muy decaída por otra parte á la sazón, el emperador nombra á su jefe _megaduque_ de la escuadra, otorgándole así el cuarto rango del imperio, y le casa con una princesa sobrina suya. Así asegurados, parten los almogávares para Cyzica, que toman como base de operaciones, iniciando éstas por la Anatolia y la Mysia. Una marcha triunfal, que dados la comarca y sus recursos resulta verdaderamente maravillosa para aquellos seis mil aventureros, gota de agua en el movedizo océano de las tribus sarracenas, les da el dominio de la Lidia y del valle del Hermos, al paso que sus galeras van haciendo paralelamente el periplo del Egeo. Ninfea, Meagnesia, Éfeso, todas las ciudades de la grande historia romana y cristiana, caen en su poder. Intérnanse más todavía, en las regiones casi legendarias de la Pisidia, la Licaonia, la Frigia, la Caria y la Capadocia, hasta el célebre desfiladero de las Puertas de Hierro, que da entrada por el macizo del Tauro á la Cilicia marítima. Regresan, después de haber impuesto con el de su fama el respeto del nombre bizantino en tan dilatado país, y traicionados por el emperador á quien parecieron ya temibles con tal victoria, se atrincheran en la península de Galípoli, cerrando así la entrada occidental del mar de Mármara.

Después de una tregua pasajera, en la que Roger de Flor encuentra el título de César--segunda dignidad del imperio jamás otorgada á ningún extranjero--y la muerte en pérfida emboscada dispuesta por el emperador, la guerra entre éste y los aventureros, vuelve á encenderse. Dos años batallan éstos en sus fortificaciones de Galípoli. Asolado el país circunvecino hasta las mismas puertas de Constantinopla, aquella especie de república militar emprende marcha con dirección á la Grecia, después de haber puesto á saco todo el litoral del mar de Mármara y sus islas, no sin haber alcanzado en audaz correría los mismos contrafuertes del temido Balkán; estréllase en un ataque infructuoso contra los monasterios del monte Athos; atraviesa el mar en dos ramas, conquistando una de ellas la Tesalia y forzando las Termópilas, como para que nada faltase á su gloria, apoderándose la otra de Negroponto y llegando ambas hasta la frontera del ducado franco de Atenas que hacen suyo en la sangrienta batalla de Copais, para conservarlo durante más de tres cuartos de siglo y celebrar sus hazañas bajo el mismo augusto techo del Partenón. Todo esto en sólo nueve años, de 1302 á 1311, repletos con las más grandes proezas y los más soberbios pillajes de la historia. La Anabasis griega resulta pequeña ante esta colosal empresa, cuyo parangón sólo podrían darlo las más audaces ficciones de los libros de caballería.

Distinguían al hombre de ley su venalidad y su torpeza. Si juez, el delito se le escapaba siempre; si alguacil, su pesquisa no daba sino en algún inocente desvalido, que pagaba por justos y pecadores. Era costumbre inveterada, desde dos siglos atrás, que los _cuadrilleros_ de la Santa Hermandad sisaran en los robos que descubrían. Las pandillas de ladrones habían llegado á reservar la quinta parte de sus robos, en los recuentos semanales que practicaban, como renta de soborno; éste daba al empleado una fuente de recursos, si no lícita, tolerada á lo menos; y con tales costumbres, el ideal de justicia fué substituido por la perfección del procedimiento. La cuestión era tener víctima, y para esto servía cualquier prójimo, encargándose del resto la tortura. Derecho y jueces andaban á la greña. La obra escrita era admirable, y las leyes de Indias forman por sí solas un monumento; pero el hecho de ser uniforme para un Continente de regiones tan diversas, está revelando su carácter artificioso. El conflicto residió siempre en que la Corona legislaba, pero no tenía cómo aplicar su legislación. El hombre de ley era un empleómano y de aquí provenían todos sus defectos. Soberbio con el pueblo, bajaba en la oficina á instrumento de sus subalternos, que le ganaban el lado flaco de la venalidad, convirtiéndose en sus cómplices; y á estado semejante, correspondía por parte del pueblo el más profundo desprecio hacia el hombre de ley.

Aquélla fué la edad de oro del rábula. La jurisprudencia, hermana de la teología que degeneraba rápidamente en casuismo, llegó á ser una habilidad de sofistas, en esgrima de cortapisas y subterfugios. El alegato adquirió más importancia que la prueba; y aquella literatura forense, presenta el más fértil enredo de suspicacia que se haya visto nunca, bordado con sutilidad bizantina desde en el auto del juez hasta en la rúbrica historiada del cartulario, sobre el fondo de barbarie inconmovible que hacía del proceso un ojeo de hombres.

Por otra parte, la misma Universidad comenzaba el estrago. El juez, el abogado, el escribano futuros, salían ya bribones de aquellas aulas, cuya tortura mental, deformando los espíritus, daba por fruto una moral igualmente contrahecha. Nada como el bachiller español en punto á estafas, raterías y travesuras brutales. Ni los salmantinos escaparon al contagio general. William Lithgow, viajero contemporáneo, decía en 1620, refiriéndose á la célebre universidad, que era en ella donde nacían «aquellos enjambres de estudiantes cuyas picardías, robos y mendicidad, poblaban la tierra.»

Esquilmados por sus tutores y bedeles; sin más recursos que la pensión insuficiente ó la magra beca; atiborrados de indigesta erudición, cohibidos por una disciplina de monasterio, la reacción de la Naturaleza así violentada, los conducía al fraude libertador. Aquella juventud, oprimida bajo el férreo arnés de juicios y prejuicios que formaban la ciencia de la época, se escabulló en una jocosa truhanería. Su vivacidad canalla fué, después de todo, el único regocijo en aquellos páramos de la escolástica, la única protesta contra esa ciencia en silogismos, que no había podido entender la lógica elemental de Colón--la buena, la franca jovialidad que abría al racionalismo un postigo con la sátira, concertando epigramas en el fondo de su bonete.

La avería del carácter no era menos honda, sin embargo. El descreimiento en todo lo que no fuera argucia, se hizo de regla; la pedantería, elevada á las nubes por una enseñanza insuficiente, injertó en la cepa soldadesca del fanfarrón, duplicando su fuerza; y este paso atrás se daba cuando Florencia, Londres y París, fundaban academias de ciencias á tres y nueve años de intervalo;[16] cuando el periodismo nacía en Venecia y en Amberes; cuando la filosofía positiva alboreaba con Bacon. Pero si España podía defenderse con la ignorancia común, todavía grande, aunque no intentara salir de semejante estado, alegando que el doctor Sangredo, por ejemplo, imperaba en las cátedras de todo el mundo, el derecho, que es la base de mi argumentación en esta parte, se veía contrariado por tropiezos inherentes al medio.

El estado larval que implicaba su existencia en los fueros, se perpetuó por la impotencia del gobierno monárquico para realizar la unidad, en el único sentido que la habría hecho duradera; pues el espíritu foral, enemigo encarnizado del romanismo, se conservaba violento á pesar de las deformaciones. Había sufrido, sin cambiar en substancia, la adaptación torpemente efectuada por los abogados del siglo XIV, é intentada desde el anterior, al contacto, diríase íntimo, con los bizantinos,[17] como que la madre de Jaime el Conquistador, por ejemplo, fué nieta de Manuel Comneno I.[18] La barbarie feudal de esos privilegios, chocó rudamente con el absolutismo latino de la monarquía, pero sin intervención del pueblo, á no ser como carne de cañón.

Las tentativas para suprimir semejantes focos de separatismo en las soberanías incorporadas, fueron éxitos más militares que políticos, pues á los abolidos no se los compensó con nada mejor, dado que la ley sustituyente era sólo un instrumento de explotación fiscal. Los subsistentes, lógicos en los tiempos feudales, quedaron como un arcaísmo, intrincando la legislación sin fruto alguno; y el Estado, como se verá en breve, fué nada más que una policía incómoda, dedicada por entero á la extorsión contributiva.

Sobrepúsose entonces la destreza leguleya al principio de equidad; toda noción de rectitud quedó suprimida por el cohecho, la justicia fué un privilegio á su vez en aquella subversión general, constituyéndose de hecho el pueblo bajo la forma de una sociedad primitiva, donde cada cual se hacía justicia á su modo, sin alcanzar el equilibrio de las agrupaciones civilizadas, en que el derecho, que es la conveniencia de los más, fundada y estatuida sobre el interés recíproco, se sustituye á la fuerza y al individualismo bárbaro de la época feudal.

Los pueblos salían, entretanto, del ideal de gloria, que la Edad Media mística y paladinesca les legara, entrando de lleno al de justicia, que las aspiraciones democráticas traían consigo; y nada más distante de él que ese derecho español, todo chicana bajo su cariz entre teológico y curial.

El clero experimentó una evolución análoga. Sus cismas y transgresiones, daban pasto abundante á la sátira popular. Ya durante la Edad Media, había quedado clásico el sucedido de Ramiro II, que profeso de los benedictinos y obispo de Pamplona, fué autorizado por el antipapa Anacleto para casarse con la hija del duque de Aquitania, en la cual tuvo á la reina Petronila; y durante el siglo XV, que acentuó más aquellos vicios, hubo casos como el de don Alonso de Aragón, hijo adulterino de Fernando el Católico y arzobispo de Zaragoza, padre á su vez de un vástago natural y sacrílego, que le sucedió en el sagrado cargo; ello sin contar la exaltación, mucho más concluyente, del primogénito del Papa Alejandro VI, á quien el mencionado monarca hizo duque de Gandía.

Tales excesos, rebajaron su prestigio. Con todo el respeto que inspiraba, su condición disoluta no escapó á las férulas del cuento picaresco. Éste reeditó, enriqueciéndolo con nuevos detalles, el tipo del clérigo vividor, que _Novellinos y Decamerones_ habían paseado en bragas sueltas á través de la Italia galante. Prebendados de triple mentón y sensuales labios de berenjena; abades de culminante panza; novicios cavernosos de flacura--son los mismos que divierten á la Península, en parranda con mozas de chancleta y manga ancha; fieles al ósculo de la bota y ambos brazos ocupados, ése por la guitarra de las juergas, éste por la Justina ó la Flora, saladas biznietas de las picantes Caterinas.

La Inquisición hizo la vista gorda ante aquellas impertinencias, que denunciaban, por otra parte, un daño real. Toleró la avaricia y la incontinencia del clero, sin duda porque no encontraba en ellas un peligro para la integridad de la Iglesia; pero el cuento picaresco jamás se metió con el dogma. El respeto hacia éste fué siempre grande. Era la letra, es decir la forma intangible, que el Santo Tribunal cuidaba con celo atroz. Poco importaba que las virtudes desalojaran la construcción teológica. La religión se dejaba llevar también por el extravío de las ideas dominantes. Su programa de estabilidad eterna, se satisfacía con la permanencia del edificio.

Esta materialidad pervirtió su fervor primitivo, limitando sus persecuciones al hereje rico. Su desdén por los gitanos, introductores de brujerías tan peligrosas como los naipes, que fueron primitivamente libros de suertes, es una prueba. El gitano era pobre, no presentaba aliciente á la confiscación; resultando de esta tolerancia, que el elemento asiático cuya productividad estaba demostrada por el trabajo, fué expulsado; mientras el vagabundo de baja ralea, quedó influyendo sobre la desorganización general, y agregando, con su fecundidad característica, elementos de la peor especie al ya acentuado orientalismo de la raza.

Chalán de mala ley, albéitar por consecuencia, contrabandista por vocación, hechicero á ratos, trápala siempre, el gitano se halló pez en aquellas turbias aguas. El medio le fué tan propicio, de tal modo se avino con el pueblo, que las reales órdenes dadas en su contra con progresiva frecuencia, desde el siglo XV al XVIII, jamás produjeron efecto. Disfrutaba de la indiferencia pública, á causa de su condición nada envidiable, cosa que no había ocurrido con el judío y con el moro. Después de todo, el gitano era para éste _charamí_ (ladrón) y para el español, _gitano_ (egipcio) simplemente. La diferencia me parece significativa.

Infestó las campañas, que aún conservaban su núcleo de trabajadores, convertido en mesonero cuyo traspatio era refugio de bandidos, donde servían de añagaza al caminante adiestradas Maritornes.

La falta de caminos seguros y de ríos navegables, mató el comercio interno, á punto que algunas provincias abandonaban sus cosechas en el rastrojo por no tener cómo transportarlas, proveyéndose las otras de cereales en el exterior. El bárbaro privilegio de la mesta, que arruinaba la agricultura para hacer prosperar á los carneros, aumentó la miseria general. El campesino se volvió á su vez tramposo; la insolvencia esparció por las campañas sus negras inquietudes; leguleyos tronados cayeron á punto con su aparato de latines; el hidalguillo rural trocó la siembra por el pleito y bajó á la ciudad en busca de tribunales; el labriego, sin trabajo en las tierras abandonadas, y aplastado por servicios pesadísimos, como el de bagajería (_acembla_, corrupción de acémila) que prestaba al Rey y á los nobles, siguió sus huellas; produciendo esa enorme concentración urbana, que es una tendencia de raza hasta hoy, es decir aumentando la ya innúmera falange del proletariado crápula é incapaz.

Sólo la nobleza, que por sus condiciones de fortuna alcanzaba á sostenerse correcta, conservó la tradición de honor, aunque exagerando, por reflejo directo el orgullo del aventurero. Su ejemplo, que pudo ser eficaz sobre el pueblo, quedó nulo, dada la distancia á que se encontraba de él, así como su efectiva impotencia de minoría. El espectáculo de su pompa, exasperaba, por otra parte, la sed de riquezas á cualquier precio, con nuevos incentivos de fraude; y como elemento de gobierno, adolecía de los defectos ya enunciados en éste.

No puede negarse que fomentó, á porfía con el monarca, las artes y sobre todo las letras; pero éstas, retraídas al gabinete, carecieron de influencia popular. La escolástica habíalas alcanzado también, con la sola excepción de las novelas picarescas, que heredaron en el pueblo la boga de los episodios de caballería, en combinación con los cuales darían á España la joya más bella de su literatura.

Dichas novelas, destinadas á divertir ensalzando en prototipos nacionales la trampa, el robo y la farsa, fueron la manifestación más vigorosa del ingenio español, y la más original á la vez,[19] como lo prueba la influencia de que gozaron durante dos siglos sobre las literaturas europeas, así por la abundancia de sus traducciones,[20] como por la afición á imitarlas. El pícaro español se volvió un tipo internacional, debiéndose su éxito, así al efecto de contraste que causaba con el paladín de las ficciones caballerescas, como á los elementos realistas que componían su carácter. Cortado en la carne viva del pueblo--paladín á su vez de la picardía y del fraude,--fué el verdadero origen de la novela de costumbres, hasta por su indiferencia perfectamente moderna ante las consecuencias morales de su actitud. En la literatura española es lo único genuino, bien que lo escaso esté aquí compensado con exceso por lo excelente.

Las demás formas literarias, confinadas según he dicho al gabinete, fueron más bien obra de humanistas, como que su auge tuvo por preludio la adaptación de los fueros al Derecho Romano, coincidiendo con la reacción latina que recibió específicamente el nombre de gongorismo. El Renacimiento en arte, y la unidad en política, confluían al mismo cauce artificial. La teología y la jurisprudencia dominantes, influyeron mucho sobre las letras españolas. El estilo forense, antecesor inmediato del gerundiano, dejó su marca en la prosa seria, sin excluir los sermones, de corte fuertemente curial. Las parténicas del examen universitario, daban su modelo al discurso; el tono jurídico, era de rigor; las intrigas dramáticas, resultaban simples coartadas; en las más altas efusiones de la mística--otra veta casi original del genio español--hay algo de abogadil... Nada extraño en todo esto, si se considera la estrecha relación del derecho y de la teología en aquella época: el mismo diablo tenía abogado para discutir los procesos de canonización.

Las formas líricas, importadas de Italia,[21] que fué el granero intelectual del Occidente cuando terminó el poder morisco--influyendo, como ya dije, hasta en la novela picaresca, la creación literaria más española,--no eran tampoco muy accesibles al pueblo. Carecían de ilación con el romance, forma popular que no progresó; y siendo productos de gabinete, cayeron á poco andar en el culto de la retórica.

Esta calamidad enfermó á toda la literatura. El retruécano se volvió la gala más delicada del estilo, influyendo hasta sobre la ideación filosófica. En las mismas efusiones religiosas se usaba de él; y nada prueba lo vacío de semejante devoción, la falsedad intrínseca de tal literatura, el frío interior de aquel pueblo al borde mismo del brasero inquisitorial--como ese estilo que impone á los verbos sublimes, contorsiones de acróbata para desahogarse con Dios.[22]

No obstante, esa literatura que era al fin benéfica, y mantenía la dignidad intelectual enhiesta ante el derrumbe, pronto se ahoga bajo la profusión retórica y agostada por su aislamiento entre la ignorancia común. Al énfasis señorial de sus dramas, sucede una gárrula parla de espadachines; á sus noblezas críticas, un gramaticalismo de dómines; á su lírica un tanto endeble, míseras rimas en vocativo. Los dos escritores más notables de aquella época, dan con su caso respectivo una enseñanza más elocuente, si cabe. En efecto, la familia cervantina se multiplica profusa, pero en una sola dirección--el estilo del maestro. Ahora bien, el estilo es precisamente la debilidad de Cervantes, y los estragos causados por su influencia han sido graves. Pobreza de color, inseguridad de estructura, párrafos jadeantes que nunca aciertan con el final, desenvolviéndose en convólvulos interminables; repeticiones, falta de proporción, ese fué el legado de los que no viendo sino en la forma la suprema realización de la obra inmortal, se quedaron royendo la cáscara cuyas rugosidades escondían la fortaleza y el sabor.

Quevedo, en cambio, mucho más castizo, mucho más artista, verdadero dechado, fruto de meditación y flor de antología, murió sin sucesión, de pie como un monolito en la coraza de su prosa. Encogiéronse de hombros ante su profundidad tachada de «conceptismo», recogieron de su pródiga troje sólo las aristas que volaba el viento, y el más noble estilista español quedó transformado en un prototipo chascarrillero.

Llegó un poco más lejos, siendo más significativa, esa esterilidad.[23] Cuando Italia florecía en artistas, al propio tiempo que los Borgias imperaban en Roma, éstos, á pesar de su pródigo fausto, no tuvieron una iniciativa en pro de la belleza. Aquel siglo del Renacimiento, que en un solo año (1564) veía morir á Miguel Ángel y nacer á Shakespeare, nada tuvo que agradecer á la familia pontificia española, sucedida, para mayor contraste, por Julio II y por León X.

Otro detalle que revela el fondo artificioso de esa literatura, en toda su amplitud, es que la mujer apenas afecta á la poesía. España no tiene un solo «poeta del amor.»[24]

Nada, sin embargo, más propicio á la inspiración que la mujer española.

Poco interesa por de contado la alta dama, que es igual bajo todas las latitudes. Clase media y pueblo, menos nivelados por el artificio convencional, más sensibles al ambiente, más puros de raza, dan un tipo decididamente admirable.

Férvidas morenas, que tienen, como la miel, su cualidad substantiva en su dulzura. Muelles en la pereza oriental, que están denunciando la pantorrilla baja, la lentitud cadenciosa del andar, el pie brevísimo, la mirada que anticipa en languidez tristezas de amores. Apasionada hasta la locura, su afecto era de una incorruptible fidelidad, que naturalmente se exteriorizaba en altivez. El amor accidental, la galantería, le eran casi desconocidos. La vida entera del amante le parecía poco, pero es porque ella amaba hasta la muerte. Doña Juana la Loca, es un caso de España. Su vida, consecuente con estos rasgos, se eclipsa en el hogar. Madre, impera; y esposa, reina. Pero la presión de los celos masculinos, la eternidad de aquella renunciación del mundo, que significa el desenlace de su amor, le infunden una gravedad cuyo fondo es tristeza; y la religión agrega su elemento terrorista á esa sombra, imponiendo una actualidad de dolor en una remota esperanza de ventura. No se amengua su exaltación, sin embargo, antes crece en la melancolía. La devoción, que es su segundo amor, la apasiona igualmente. Santa Teresa ha quedado proverbial. Fuego divino y llama infernal, lo mismo la queman. Carnal ó celeste, su amor vive en el arrebato. La monarquía, colaborando en esa devoción, más la había sublimado. Estaban para ejemplos las venerables doña María de Montpellier, doña Leonor, reina de Chipre, Santa Isabel de Portugal y aquella adorable monjita, la infanta de Aragón doña Dulce, que á los diez años fué religiosa. El hogar español, tan fieramente inviolable que recuerda desde luego al harem, profundiza con su aislamiento esa tendencia mística. Los hijos no podían sentarse á la mesa con sus padres, mientras no fuesen caballeros, y aquéllos estaban autorizados por la ley (Partida 4.ª, Título XVII, Ley VIII) á comérselos en caso necesario. Tal la rigidez de ese hogar, donde el mismo sol entraba furtivo. Su situación de plaza fuerte prolongó las formas domésticas de la Edad Media. La señora fué centro de un pequeño mundo. Desde la cocina al oratorio, toda la vida, con sus pequeñas industrias, sus necesidades comunes, estuvo para ella entre esas paredes. Lo que el castillo feudal había aislado por previsión guerrera, fué conservado por los celos orientales. Pero á causa de la igualdad monogámica, resultó favorable á la dignidad de la mujer. La calle fué para ella un terreno vedado, al cual no se aventuraba sin su dueña y su rodrigón; la escritura un arte galeoto; su aposento remedaba una celda monjil; hombres, no veía otro que su confesor, fuera del padre y los hermanos que la trataban con rígida cortesía.

La sangre, loca de sol, exasperada como por una infusión de especias, al soplo enervante de las brisas africanas, podía con todos esos recelos; y el discreteo de las «tapadas», que tornó clásicas la comedia congénere, vengó de tantos agravios á la libertad y á la belleza. Una amable rufianería de lacayos, escurrió billetes y madrigales por las junturas de las imponentes cancelas. La Celestina se volvió un personaje clásico; el percance de los galanes sorprendidos por la ronda, ó muertos en duelo anónimo al pie de cómplices rejas, fué argumento popular; pero justo es decir que semejante reacción, asaz natural por otra parte, jamás llegó á la corrupción de las costumbres. La dama española conservó integérrima su pulcritud en el arca de su fidelidad. El asalto á los hogares demasiado herméticos, no fué precisamente una proeza casquivana, y las conquistadas doncellas amaron por lo común sólo á sus dueños. La mujer de la clase media mantuvo su honestidad, y el adulterio fué casi siempre un pecado de Corte.