El imperio jesuítico

Part 16

Chapter 163,647 wordsPublic domain

Estas figuras, así como el pórtico de la sacristía antes mencionada, están labradas sobre los sillares de construcción, los cuales venían á ser gigantescas teselas, que al ajustarse, componían un verdadero mosaico en alto relieve. Los arcos eran casi todos adintelados, y no pocos una imitación en madera, como la recordaba al describir las ruinas de Apóstoles. Sólo en la iglesia inconclusa de Jesús, hay unos apuntados que revelan el carácter ojival del futuro edificio; y fuera de éste existe arruinado uno de medio punto, que iba á quedar tal vez en la intersección de dos claustros.

Al encaramarse por techos y paredes, los árboles han precipitado el derrumbe de aquellos edificios. Nada resiste á su acción desorganizadora. Desencajan las dovelas, apalancan los arquitrabes, y el viento, al encorvarlos, comunica sus sacudidas á la bóveda ó muro abrazados por sus raíces. La mencionada iglesia de Trinidad, con la cual me especializo por ser la que da más fácil acceso al viajero, presenta señales evidentes de cuanto dejo expresado. Á primera vista, dijérasela destruida por un terremoto; tal es de completa su ruina. Después se advierte que esto resulta sólo de la friabilidad del material. Pilar que caía ó muro que se derrumbaba, todo lo reducían á añicos en torno suyo. La humedad colaboraba activamente á su detrición[104] y el bosque se metía por la brecha acto continuo.

[Ilustración: =Santo Jesuítico.=] (EN CEDRO)

De las naves no queda ya resto en pie. El crucero permanece, así como un pedazo de bóveda sobre el presbiterio y uno de los arcos torales que no tardará en caer. La sacristía conserva también su bóveda y un nicho decorado por una rica archivolta. Á ella perteneció la puerta cuya reproducción habrá visto ya el lector: pesado batiente de cedro que adornan profusos ataires.

Las paredes laterales eran tabiques sordos, con sus escaleras interiores, una de las cuales va á salir sobre los calabozos que daban al cementerio.

Todos los revoques externos han caído,[105] recobrando el asperón su tinte rosa que hace destacarse á los muros con gran belleza de contraste sobre el bosque invasor. Desde el sitio donde se abría el pórtico, la vista domina un cuadro espléndido de verdes oteros y bosquecillos, convertidos en una especie de alameda sinuosa sobre las orillas un tanto lejanas del arroyo Capivarí. La antigua plaza queda á los pies del espectador, pues aquel templo ocupaba una verdadera meseta, y casi á su frente se levantan unas seis habitaciones donde están el Juzgado de Paz y la actual iglesia; pero sus techos fueron reconstruidos hace poco á la moderna... paraguaya.

Á veinte kls. de este punto se encuentra la iglesia inconclusa de Jesús, en la que iban á ensayar los jesuítas el gótico,[106] construyéndola también con mayor solidez que las otras, pues estaba toda asentada en cal. Sus murallas adentelladas, sus pilares truncos, las junturas desbordando aún de argamasa, los sillares á medio desbastar, de los cuales diríase que acaban de saltar los tasquiles, parecen indicar trabajadores próximos. Casi un siglo y medio ha corrido desde que la dejaron como está; pero la construcción era tan sólida, que podría continuársela sin ninguna refacción. Su baptisterio estaba ya abovedado, y en él habita ahora un matrimonio de campesinos paraguayos. Inmediatos á ella se levantan las celdas, también inconclusas, aunque un poco más altas. Su arquitectura iba á ser muy suntuosa, con rosetones ojivales y decorados dinteles, á los que sirven de cabíos, como puede verse también en San Ignacio, trozos de asperón.

Dentro de la iglesia, no hay más que los pilares de la triple nave, y en ellos dos plataformas de púlpito. Detrás del presbiterio queda una sacristía en la cual habían instalado ya una pila. Está patente el sumidero, que no llegó á servir, y una lagartija ha hecho de él su madriguera...

La paleografía, que debió de ser profusa, si no rica, ha quedado reducida á bien poca cosa por la incuria y los saqueos. Trozos de lápidas en los cementerios, una que otra medalla--restos anepigráficos, y de examen inútil, por consiguiente,--componen el precario botín, ya broceado de sobra por la industria local que lo explota con torpes falsificaciones, cuyo éxito reside precisamente en la extinción de todo cuño ó signo denunciador.

En las antiguas reducciones del Brasil y del Paraguay quedan algunas imágenes salvadas de la destrucción, aunque no sin fallas. Su tipo medio es el de los dos santos de madera que el lector ha podido ver, y que considero criollos por estar tallados en cedro. Del mismo carácter eran las imágenes en asperón que adornaban la fachada de las iglesias y á veces su interior, en nichos excavados á diferentes alturas. Casi todas están decapitadas, pues al caer, la arenisca demasiado blanda cedió por los puntos más débiles, ocasionando el deterioro característico. Es muy difícil, además, encontrar una cabeza entera, por la misma causa, habiendo ayudado la humedad al desprendimiento de anchas lascas, que la estructura friable de esta roca presenta como fractura peculiar. Sus dimensiones promediaban á 1,50 ms. de altura por igual extensión para el grueso del torso, y 2 para la circunferencia del asiento, siendo sus pedestales netos generalmente.

Escultura correcta, pero trivial y enteramente ajustada á los tipos de la iconografía corriente. La escultura decorativa, muerta con el gótico, fué la única que convino al edificio del cual formaba parte. El individualismo del Renacimiento turbó esta armonía, y las estatuas decorativas de los templos, resultaron meros agregados. Tal sucedía también en las iglesias jesuíticas, y con mayor razón siendo ellos, en arquitectura religiosa, los decadentes por excelencia.

Queda también uno que otro sagrario, cuyo oropel interior conserva su brillo, y algún Cristo de goznes, apto para las ceremonias del Descendimiento, en su sarcófago de cristal. Las encarnaciones de estas esculturas están muy deterioradas, pero se ve que eran de buen estilo,[107] aunque sus estigmas resultan muy exagerados. El moho las asalta en aquella perenne humedad, sus coyunturas de lienzo se desflocan, el plaste de sus junturas regurgita en sórdido engrudo, los colores se desconchan, y su expresión de majestad ó de dolor, inmovilizada entre semejante decadencia, y á veces profanada hasta lo bestial por la destrucción que demolió esa nariz ó mondó aquel bigote, produce una impresión afligente y grotesca. El tiempo, enemigo de los dioses á quienes engendra y devora según la fábula inmortal, los vuelve títeres al destruirlos, sin borrar, para mayor miseria, su resto de divinidad.

Ejemplares muy escasos de alfarería es posible hallar también, desde la teja común hasta una tosca mayólica blanquecina; así como trozos de cerraduras y trancas de fierro.

Algunas piedras, cuya situación es imposible restaurar, conservan restos de inscripciones. Sobre una de ellas, por ejemplo, está grabado en letra de tortis el comienzo de una palabra, que dice: ECC... notándose casi encima de la primera c el comienzo de un rasgo curvo. Calculando que éste sea el tilde de una abreviatura, y haciendo una deducción por el carácter de la letra, puede que la palabra en cuestión haya sido _ecclesiarum_, abreviada en _eccliar_, á principios del siglo XVI, por derivación de una forma conservada casi intacta desde el XIV. Sobre otra piedra, en capitales bastante toscas, vi las iniciales L. D. O. y un palo vertical que pertenecería á una M, grabada en la parte ahora destruida, si dichas letras correspondían, como creo, á la frase _Laus Deo Optimo Maximo_, usada bajo esa forma á fines del siglo XVII. Lo único que he encontrado completo, pero igualmente inexplicable por su aislamiento, es el número romano CCMɔɔ (cien mil) usado así á fines del siglo XV; del propio modo que las cifras arábigas 801 en un bloque de piedra irregular, y la palabra _cuñá_--mujer en guaraní--sobre un trozo de arenisca; siendo posible que éste provenga de una losa sepulcral.

[Ilustración: =Santo Jesuítico.=] (EN CEDRO)

El lector habrá notado que atribuyo á todos esos restos una significación religiosa, pues me parece lo más cercano de la verdad, dados sus autores; y así, cuando hallé algunas letras que no la tenían, preferí desdeñarlas. Sirva de ejemplo, para concluir, la cifra siguiente--_h9_--en el extremo de un trozo de arenisca. No he podido encontrarle otra explicación que un vocablo más bien jurídico--_hujusmodi_ en cuya abreviatura entraron esos signos durante cerca de dos siglos: pero repito que esta epigrafía es enteramente conjetural.[108]

Volviendo, para concluir, al arte de las obras jesuíticas, he dicho ya que no existía especialmente. Siguió la evolución de la época sin discrepar, como no fuese para inclinarse al mamarracho.

El arte decorativo de la Edad Media concluyó con ella, inaugurándose en realidad la moderna por medio de las decoraciones llamadas «grotescas»[109] que Rafael y su escuela popularizaron, y que no eran sino temas de la Naturaleza fantaseados por el artista. La diferencia más saliente, es que la decoración medioeval fué ante todo simbólica con arreglo á cánones científicos y literarios, como los «Espejos» de Vincent de Beaubais, los libros de Boecio, la _Leyenda Dorada_; mientras en la moderna tuvo entera libertad la fantasía.[110] Esto dió origen al arte de los siglos XVI y XVII (la época jesuítica) arte cuyas características son el movimiento de la línea, el predominio de lo decorativo, y correlativamente la acentuación de la personalidad, que iba marcando el progresivo alejamiento de la Edad Media.

Semejante predilección por lo decorativo degeneró pronto en excesos que afeminaron el arte, dando en arquitectura edificios construidos á manera de mueblecillos japoneses, como que esta moda era originariamente oriental. Las fachadas llenas de columnitas, volutas, nichos, multiplicáronse con más buen gusto que vigor, y los decoradores jesuíticos se encontraron á sus anchas en aquel medio. Exageraron desde luego la tendencia, puesto que su objeto respondía á sobreexcitar la atención por medio del recargo llamativo, y hasta parece que hubo, bien que por el lado de la suntuosidad solamente, un vago intento de restauración bizantina en esta parte.

Falló el éxito enteramente. Mucho más cerca tuvieron los jesuítas al arte arábigo, de máxima pureza en España, donde la imitación bizantina careció de influencia sobre él, y no supieron aprovecharlo. La profusión de sus ornamentos, en los que se ha creído ver algo de medioeval, nada tiene de esto, si se considera su tosquedad deplorable, cuando la Edad Media fué la época de la orfebrería; y en cuanto al decorado, nada tiene que ver con lo bizantino y con lo arábigo, como no sea el predominio de los colores primitivos (azul, rojo y amarillo representado por el oro) que si acompaña estrechamente á los mejores períodos del arte en todos los estilos,[111] especialmente en el arábigo, no basta cuando le faltan otras calidades correlativas. Por lo demás, he mencionado hace un instante la influencia que sobre la cargazón charra pudo tener el ambiente, sin que esto explique del todo la exageración.

Sólo en unas cariátides de retablo, que representan serafines terminados por una policroma voluta, noté el tipo indígena, por cierto muy bizarro bajo la cabellera profusamente dorada de los angélicos jerarcas. Y éste es el único indicio verdaderamente «guaraní» en todos los restos que he examinado...

Antes hablé de los gnomones ó relojes de sol, que figuran generalmente despedazados en las ruinas. Son casi todos poligonales, estando ocupadas cuatro caras del cubo donde se hallan trazados, por uno horizontal, cuyas líneas horarias á desigual distancia indican el concurso de la esfera armilar--y tres verticales: uno austral, uno boreal y uno declinante. La quinta cara del cubo estaba ocupada por un salmo ó versículo evangélico, y la sexta era el asiento. El gnomón plano de San Javier, que es solar y lunar, es decir, diurno y nocturno, tiene su esfera dividida en cuarenta y ocho partes, lo cual indica que señalaba las medias horas; y el poligonal de Concepción, era meridiano, circunstancia que se advierte á primera vista porque sus superficies horarias son rectangulares.

Las antedichas ruinas de San Javier, guardan los restos de otro que considero muy notable, si fué, como creo, de los llamados universales, porque sirven para cualesquiera latitudes ó meridianos. Sus trozos estaban esparcidos en una superficie bastante considerable, y una vez juntos, aunque faltaban muchos, se procedió á medirlos.

Creo haber restaurado en parte la meridiana, sin poder hacerlo con las líneas horarias, por estar muy fragmentados los trozos; pero en tres de ellos había cifras que me sirvieron para conjeturar el carácter del gnomón. Eran la V, la IX y la X. Después de varios tanteos para inferir la longitud del estilo ausente, me decidí por 15 centímetros, lo cual, suprimiendo cálculos que al lector no interesan, daba un módulo de 15 milímetros para fijar la distancia de las líneas horarias á la meridiana. Esa distancia resultaba de 505 milímetros para la V, 140 para la IX y 87 para la X. Ahora bien, la distancia exacta de la primera, debía equivaler á 34.10 módulos; la de la segunda á 10 y la de la tercera á 5.77. El error es, respectivamente, de 6-1/2, 10 y 1/2 milímetros, que creo imputables al deterioro de los trozos y á la deficiencia de mis medios; pero si bien en un caso la distancia de dos tercios de módulos es ya sensible, en otro la aproximación de medio milímetro implica un argumento concluyente, á mi entender.

Es cuanto queda de las antiguas reducciones, sin cesar devastadas por los vecinos de las aldeas que medran en sus inmediaciones, aprovechando para viviendas menos cómodas los derruidos sillares. Obra buena hará el Estado, en permitir su extracción, que ahora es clandestina, reservando como campo de estudio las ruinas más accesibles: San Carlos, Apóstoles y San Ignacio, por ejemplo. Hay allá miles de metros cúbicos de piedra cortada, que pueden dar material barato á muchos edificios.

Sea como quiera, el bosque y los hombres consumarán pronto la destrucción. Las piedras indígenas abrigan ya moradores extranjeros, que son emigrantes rusos y polacos; oyen resonar en su eco ásperos lenguajes, cuya barbarie es más ruda por contraste con la vocalización guaraní, que en sus onomatopeyas hace murmurar aguas y frondas; repercuten con extrañeza salmodias de ritos ortodoxos y rutenos; ven reemplazado el tipo y de la extinguida aborigen, por la saya roja y el corpiño verde de la campesina eslava, que viene á parir sus parvulitos de oro allá mismo donde gatearon los cachorrillos de cobre; pasan de eminentes frontaleras, á acordonar veredas ó canteros; de fustes á poyos, de estatuas á mojones. Mucho si quedan en sus antiguos sitios, sombreadas por el naranjal contemporáneo, en la paz del bosque á cuyo vigor son abono los detritus de la población ausente. Pocos años más, y para recordar la frase antigua, las ruinas habrán también perecido. Reimperará bajo aquellas frondas el inculto desgaire, y el zorzal misionero evocará la última memoria del Imperio Jesuítico en la divagación de su trova silvestre.

NOTAS:

[102] Realmente el estilo, es decir la característica dominante de una creencia ó de un esfuerzo espiritual en arquitectura, acabó con el gótico. El Renacimiento, no es propiamente un estilo, sino una soberbia anarquía, en la cual predominan las individualidades sobre la fe común, convirtiendo al arte en un producto sensual que la voluptuosidad domina y amanera á poco, haciéndolo degenerar en retórica.

[103] Conocida es la distribución simbólica de las iglesias medievales. El altar representaba la cabeza de Jesús, las dos alas del crucero sus brazos; las puertas sus manos atravesadas; la nave sus piernas, y el pórtico sus perforados pies. En algunas, la bóveda significaba el Nazareno agobiado bajo la cruz. La orientación era asimismo prolijamente respetada, pues todos los templos tenían su fachada principal al Oeste. Esta regla cayó en desuso hacia la época del concilio de Trento, siendo precisamente los jesuítas, quienes primero la violaron.

[104] En mi libro «La reforma educacional» he dado la filiación de este neologismo, que significa destrucción por frotamiento, y fué introducido al _francés_ (_nétrition_) por Cuvier en su _Discours sur les Révolutions du Globe_, parág. 4.º.

[105] Esto debe de entenderse sólo para los frontispicios, y no en todos los templos.

[106] Ignoro con qué éxito, siendo de suponerlo negativo en cuanto al arte, dados el amaneramiento y la cargazón peculiares al gusto jesuítico; pero el gran tamaño de los bloques de asperón, da á los muros una alta nobleza, siendo ellos desiguales para mejor impresión estética.

[107] Recordad la nota anterior.

[108] No resisto, sin embargo, al deseo de intentar una explicación sobre otros caracteres que hallé á los fondos de una habitación destruida, en Trinidad. Eran dos _S.S._ en un trozo de piedra, y luego una _M_ y una _Y_ en otro tirado á poca distancia; harto informes ambos para calcular su procedencia. ¿No formarían acaso esas letras la cifra con que Colón precedía su firma (S.S.A.S.X.M.Y: _Suplex Servus Altissimi Salvatoris Christi, Mariæ, Iosephi_) destruida por un derrumbe?... Estaríamos dentro del carácter religioso al conjeturarlo; y lo interesante del hecho, si existiera, podría hacer perdonar el exceso de imaginación.

[109] Llamadas así, porque Rafael y sus discípulos imitaron al principio las que fueron descubiertas en las Termas de Tito, que, enterradas bajo el suelo de Roma, parecían grutas:--_grotta_, _grottesco_.

[110] Los mismos demonios de los tímpanos y otros lugares arquitectónicos medievales, son de un naturalismo admirable, lo propio que las gárgolas, cuyos tipos fundamentales, vienen del perro, el sapo y el mono. Asimismo, las decoraciones vegetales esculpidas ó pintadas, son tan reales, que se puede determinar sin esfuerzo la especie de las plantas figuradas en miniaturas y bajos relieves.

[111] Ello viene de que dichos colores combinados producen los demás, entre ellos el morado, que está en todos los ambientes bajo su viso lila; fuera de que siendo el azul el que neutraliza la luz en proporción mayor, su predominio da al conjunto más discreción y armonía.

EPÍLOGO

EPÍLOGO

Con el capítulo sobre las ruinas terminaba, acaso, esta obra; pero el estudio realizado imponía á mi ver una conclusión cualquiera sobre los resultados de la orden jesuítica en su imperio guaraní. Nada más cómodo que limitarme á la descripción encomendada, omitiendo un juicio forzosamente susceptible de discusión; es lo que hubiera podido hacer, sin mengua de mi trabajo, á no entender que en esta clase de asuntos es necesario ir hasta donde la conciencia lo determine. Creo, pues, mi deber, agregar algunas palabras.

En el transcurso de este ensayo ha podido ver el lector, según creo, que los jesuítas realizaron con sus reducciones una teocracia perfecta. Siendo ésta el ideal político de la monarquía española, nada extraordinario si protegió á sus autores cuanto pudo, consagrando milicias especiales á su defensa, favoreciéndolos con toda suerte de excepciones fiscales y acordándoles una legislación privilegiada, cuyo espíritu disonaba con el carácter humillante que en cuanto á la Iglesia revistió la peninsular. Desde la franquicia comercial exclusiva, hasta el permiso de armarse sin control, todo lo obtuvieron; con más que ellos mismos sugerían las ordenanzas á su favor. Con ellos no hubo patronatos ni regalías, y la Corona dió siempre mucho más de lo que la retribuyeron.

Así, pues, no hay tal cuestión de intereses en la expulsión, consentida y ejecutada además por naciones donde la confiscación no podía ser un aliciente. Concretándome á España, ésta resolvió con semejante medida una cuestión de ideas. Carlos III no era hombre para concebir un imperio teocrático basado en el quietismo y en el atraso de sus súbditos. Sus tendencias modernas y prácticas procuraban sacar, en este doble sentido, cuanto era posible del tosco instrumento que en manos de los Habsburgos fué sólo un ingenio de destrucción; y si no resultó el Luis XIV de España, faltándole el genio del Gran Rey para igualarlo, es evidente que se le pareció en algunas cosas.

La Península recibió de su mano el más saludable sacudimiento que hubiera experimentado desde la reconquista contra el moro. Una administración excelente, que era quizá la especialidad de aquel monarca, se substituyó al consuetudinario desbarajuste fiscal. La Corona fundó en todo el reino, relacionándolas con la producción regional, fábricas de paños, de tejidos de seda y algodón, de acero, vidrio, porcelanas, etc. Dotó escuelas industriales; creó el Banco de San Carlos con el fin de reanimar el crédito; protegió al comercio, regularizando la detestable vialidad peninsular, estableciendo el servicio postal, abriendo puertos, garantiendo la seguridad pública; y en cuanto á las posesiones ultramarinas, éstas que son hoy naciones independientes, y con mayor razón la nuestra, le deben la abolición del privilegio comercial de Cádiz, el establecimiento de la primera línea regular de paquebotes que servían á Cuba y al Plata, y la descentralización política que al erigirnos en virreinato preparó el camino á la Independencia.

El ideal teocrático, basado en la abolición del individualismo que la riqueza pública desarrolla al aumentarse, y unitario por esencia, no podía tener un devoto en semejante monarca, así como éste no concebía de seguro el progreso de su país bajo la faz material únicamente; de modo que su conflicto con los jesuítas, fué ante todo una cuestión filosófica. Roto el vínculo que por siglos había ligado la monarquía á ese ideal, resaltó con claridad incontestable todo lo anacrónico de aquel sistema, que en forma diversa de la conquista militar, pero substancialmente idéntico á ella, prolongaba las formas sociales de la edad de oro de la Iglesia, eternizando la organización medioeval. Ello era tanto más notable, cuanto que el resto de las naciones había entrado ya en las prácticas modernas, que al difundir popularmente la riqueza, por muerte del privilegio en cuya virtud sólo era accesible á los nobles, fundando la actual sociedad capitalista y poniendo las monarquías á favor del pueblo--fomentaban el individualismo y preludiaban la Revolución. No había, pues, avenimiento posible, produciéndose la ruptura que la evolución retardada tornaba violenta; y claro es que los jesuítas, paladines del sistema abolido, habían de experimentar con mayor viveza el percance. Respecto á las consecuencias sociales de su sistema misionero, creo que van implícitas en un dilema motivado por el estudio mismo de la cuestión:

O los indios resultaban incapaces de la civilización, que _pari passu_ con la marcha de las reducciones realizaban los pueblos blancos, y ésta era la opinión de los jesuítas; ó poseían aptitudes para adoptarla. En este caso, la teocracia erró el camino, al no comprender que el comunismo perpetuaba el ideal social de la Edad Media; en el otro, el exterminio del salvaje era una fatalidad á la cual no cabía oponerse sin perjuicio para la raza superior.